lunes, 19 de noviembre de 2012

SÁBADO A LAS DOS SALSAS


         Contrariamente a lo que siempre se ha dicho, los hombres sí pueden hacer dos cosas a la vez. Javi siempre lo supo, y lo hacía a menudo sin perder por ello un ápice de eficacia en los resultados. Era una manera de rentabilizar el tiempo, porque siempre pensó que la vida es corta, y que hay tantas cosas por hacer, vivir y experimentar, que necesitaríamos dos vidas ciertamente longevas para poder realizar en ellas cuanto nos gustaría realizar.

            En una ocasión, mientras moderaba una charla sobre libros, hizo reír al público con un comentario acerca de ese tema: una mosca, pesada en insistente, no dejaba de molestarle mientras hablaba, y la cazó al vuelo, sin perder el hilo del coloquio que estaba dirigiendo. “Con esto queda demostrado que los hombres sí podemos hacer dos cosas a la vez”, dijo entre risas, y su maliciosa vecina de silla tomó nota de la frase por si en un futuro podía servirle de base para un cuento. Aquello no fue más que una simple anécdota, pero lo cierto es que a Javi le gustaba combinar actividades; le resultaba estimulante, y además comprobaba que no perdía eficacia por ello.

            Era una mañana de sábado como otra cualquiera. Se despertó temprano, y una melodía bailaba en su cabeza. Era un ritmo de salsa, sabroso y animado. Le dio vueltas mientras desayunaba y se lavaba los dientes, y decidió escribir una letra para aquella música. ¿Sobre qué podría versar? Pensaba y pensaba mientras recogía la cocina, y decidió que iría anotando las ideas al tiempo que hacía la comida. ¿Qué le apetecía preparar? Caminó por la sala mientras ponía orden: dobló la manta del sofá, recogió las revistas, colocó los cojines, limpió el polvo y pasó la mopa, moviendo los pies a ritmo del tema. Tarareó mientras hacía la cama y metía la ropa en la lavadora, sin dejar de bailotear por la casa. Era sábado, día de hacer todo lo que uno no puede hacer entre semana porque el trabajo copa casi todo el tiempo disponible; pero este no iba a ser un sábado cualquiera. Iba a ser un sábado salsero. Definitivamente, mientras escribía la canción, prepararía una sabrosa salsa para pasta. Seguro que cierta persona llegaría a mediodía, después de un intenso ensayo de baile flamenco con su grupo, y agradecería un buen plato de spaghetti recién hechos, humeantes y espolvoreados con queso provolone, y también una canción nueva con un beso nuevo.

            Abrió la nevera buscando ingredientes, y también la caja de sus sentimientos, buscando emociones. Encontró una berenjena, un te quiero, dos zanahorias, una caricia fresca al salir de la ducha, pimientos rojos y verdes, un paracetamol con zumo de naranja que le llevó a la cama cuando se puso enfermo de gripe, tres cebolletas tiernas y un montón de tardes tiernas acurrucados en el sofá viendo series americanas. Comenzó a cortar las verduras, y de tanto en tanto dejaba el cuchillo y cogía el bolígrafo. “A pesar de que dicen que somos la noche y el día / no sabría vivir sin sentir tu rabiosa alegría / Y a quien habla palabras que son de veneno salvaje / yo le digo que para querernos nos sobra coraje“. Le echó sal a la cazuela, aceite de oliva virgen extra de su tierra, y puso el recipiente al fuego. Mientras las verduras comenzaban a sudar, tamborileó con la cuchara de madera sobre el granito de la encimera, releyó las cuatro frases y sonrió.

            ¿Había más verdura en el frigorífico? Rebuscó un poco y rescató dos rabanitos picantes para añadirlos al proyecto de salsa, una cebolla grande, y también una jornada de buceo en un país exótico, fuertemente abrazados en la oscuridad de una gruta subterránea, la tranquilidad de su contacto. Dio unas vueltas con la cuchara a todos los ingredientes y encendió el extractor. Comenzaba a oler bien. “De tu mano ya es mucho camino el que he caminado / y no siento ni el miedo si sé que tú estás a mi lado / Hoy te quiero decir que contigo yo compartiría / mis locuras, mis besos, mi tiempo, mis noches, mis días”. Otra vueltecita más con la cuchara, un poco de hierbabuena y pimienta negra. Y un toque de picante también a la otra salsa: “Cuando escucho tu risa alborotas todos mis sentidos / y te escribo una salsa de amor p’a bailarla contigo / No hay ternura más cierta que un beso de tus labios rojos / ni pasión más abierta que el brillo que tienen tus ojos”.

            Añadió el contenido de un bote de tomate triturado a las verduras. Ya solo faltaban unos minutos para que el pasapurés entrase en acción. Subió el fuego para acelerar la cocción del tomate y se puso un delantal; las salpicaduras dejaban la ropa hecha un asco, y desagradables quemaduras a veces. Mejor prevenir. Mientras, puso a cocer la pasta en agua hirviendo con sal. Le faltaba el estribillo. “Estrena por mí un nuevo ritmo, y baila conmigo, que quiero sentir / tu cintura entre mis brazos, tu gracia bailando, tu pecho al latir / Inventa por mí una caricia, regálame un beso, que quiero vivir / la vida mirando tus ojos, bailar cada día y sentirme feliz”. Trituró con paciencia la salsa mientras leía los versos de la otra salsa. Marcó: “primera estrofa, estribillo, segunda estrofa, estribillo, repetir…” Añadió una cucharada de azúcar para rectificar la acidez del tomate. Probó la mezcla. Deliciosa.

            Puso la mesa, y cuando estaba abriendo el vino oyó la puerta. “Hola, cariño. Te he cocinado una canción y te he escrito unos spaghetti con salsa de verduras. ¿Qué prefieres primero, comer o bailar?” Y Carlos, encantado, se echó a reír y le abrazó muy fuerte.

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