lunes, 5 de noviembre de 2012

TROZOS DE VIDA


            El diagnóstico no dejó lugar a dudas: el trabajo en una fábrica clandestina de aerografía textil, con productos tóxicos, sin medidas higiénicas ni de seguridad adecuadas, habían destruido los pulmones de Sara. Fibrosis quística. El transplante era el único modo de que sus veintiún años continuasen contando navidades sin detenerse. Si no llegaban a tiempo unos pulmones, moriría.

            La espera de esa llamada fue una larguísima condena de final incierto. Cada día, Sara esperaba, tumbada en su cama y conectada al oxígeno, que el teléfono sonase anunciando el milagro. Pero las semanas corrían, y los órganos no llegaban. Se le acababa el tiempo, y ella deseaba vivir por encima de todo, anhelaba poder volver a caminar sin asfixiarse, quería pasear por la playa de la mano de su novio, correr hasta los brazos de su padre cuando le oía entrar en casa, como había hecho siempre. Ahora apenas podía darse la vuelta en la cama sin sentir que el pecho le iba a reventar.

            Su madre ya no sabía qué hacer. No podía soportar la idea de que su niña fuese a morir, necesitaba aferrarse a cualquier esperanza que le hiciese continuar levantándose cada mañana. Rezaba todo el tiempo, despierta y dormida. Rezaba mientras hacía las labores de la casa, mientras lavaba a Sara y le cambiaba el pijama. Continuaba rezando mientras preparaba el puré para alimentarla, y también los ratos en que el médico venía a valorar su estado y administrarle la medicación. Pensaba que si no dejaba de rezar tal vez Dios, o quien fuese, la escuchara, quizás tuviese piedad de su pobre criatura y precipitase el final de alguien sano que le pudiese regalar algo tan importante.

            Desde su cama, Sara no paraba de pensar en su mala suerte. Sabía que otras trabajadoras de la fábrica habían enfermado también, y una de las más mayores había muerto. Le dijeron que su jefe había sido encarcelado por no poner ventilación, por no dar las mascarillas y las protecciones a las empleadas, y por usar pinturas baratas sin homologar. En resumen, por enriquecerse a costa de la salud ajena. No se alegraba de su detención, no tenía fuerzas. Las pocas que le quedaban debía reservarlas por si llegaban los pulmones, para resistir la operación. Las necesitaba para mantener viva la esperanza.

            No conocía a nadie que hubiera pasado por nada tan duro como aquello. Desear que alguien muriese para que le arrancasen los órganos y los pusieran en su cuerpo era algo que tenía a Sara dudando cada día. Si rezaba pidiéndolo, estaba diciéndole a Dios que matase a alguien para salvarla a ella, pero ¿qué otra cosa podía hacer?

            Era un asesino, una mala persona. Había arrancado vidas por capricho, pero era joven y estaba sano, de modo que, cuando su coche se salió de la carretera mientras la policía le perseguía, el protocolo de trasplantes se puso en marcha. Su familia, abrumada, pensó que quizá él no había sido bueno, pero su muerte sí podía serlo. Que había matado, pero que muriendo podía devolver la vida a un buen puñado de seres que no querían perderla. Concedieron el permiso y se fueron a casa a llorar su pena.

            La prensa se hizo eco de la noticia a la velocidad del rayo, y alguien se atrevió a juzgar, sacándose de la manga un dilema moral gratuito e innecesario. Ese alguien dijo que los órganos tal vez llevasen parte del alma, y que no deberían trasplantarse a personas buenas. Que a ella no le gustaría saber que le habían puesto un trozo de un asesino. La madre de Sara oyó esas palabras, y pensó que solo un loco, un estúpido o un inconsciente podría decir semejante sandez. “Cuando sea su hija la que agoniza, que opine lo que quiera, pero mientras sea la mía, si tienen dudas, que me pregunten a mí. No es parte de un asesino lo que le van a poner a Sara. Son dos pulmones sanos, vengan de donde vengan. No necesito saber quién los llevó antes, ni si era buena persona, iba o no a misa, o si su certificado de penales estaba limpio. Solo quiero, necesito, que respiren por ella para que no muera. Ya se encargará Sara de que formen parte de alguien feliz y bondadoso, porque mi niña lo es”.

            Dos meses más duró la espera, pero los pulmones llegaron. Se mantuvo, por fortuna, el anonimato del donante, como debe ser, porque un órgano no es una persona. Solo es un órgano. El atrevido periodista también aprendió una valiosa lección: que cada uno es libre de pensar lo que le dé la gana cuando la vida que está en juego es la propia, pero si atañe a los demás, lo más inteligente es cerrar el pico y buscar otro tema acerca del que polemizar.

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