miércoles, 5 de diciembre de 2012

DESMONTANDO EL BELÉN


            De verdad de la buena, en serio, yo no logro entenderlo. Resulta que estas fiestas que se avecinan, que se inventaron en teoría (la teoría es mía, que conste) para crear un sentimiento de unidad, para mirar más la cara del vecino y menos el ombligo propio, se han convertido en una inagotable fuente de controversias. Y no me gusta un pelo, porque si pierden ese espíritu, ¿qué carajo les queda? Ya os lo digo yo: nada.

            Vamos empezando por el sitio en que se localiza el nacimiento de Jesús; el parto de esa criatura se supone que es el “leit motiv” de las fiestas, ¿verdad? Ya sabéis, paz, unidad y esas cosillas. Pues no debió servir de mucho, porque los habitantes de la zona no solo se pasan la vida zarpa-la-greña con los vecinos de ambos lados, sino que en cuanto uno se descuida se lían a arrearse con misiles tierra-tierra, lo cual inunda el mundo con fotos de niños sepultados entre ruinas, muertos en brazos de sus desconsolados padres, instantáneas muy distintas a las del glorioso recién nacido en el pesebre. Vamos, que si Cristo tuviese que volver a nacer, lo haría en cualquier otro lugar, porque allí, cuando queramos darnos cuenta, no queda vivo ni el apuntador. Eso mientras el resto del mundo mira hacia otro lado.

            Continuamos con el tema de los ángeles. Sí, esos seres alados con túnica que se supone anuncian cosas importantes. Creo que debieron extinguirse tiempo atrás, como los demonios de Tasmania y los tigres de Java. Si no, no me lo explico, nunca están donde se les necesita. Igual es que, a falta de buenas nuevas que comunicar y visto el buen rollo que nos gastamos, han emigrado a un planeta mejor como nuestros científicos emigran a Estados Unidos o nuestros ingenieros a Alemania.

            Con el asunto de la Virgen María y el glorioso San José, ahí hay mucha tela que cortar. El triángulo amoroso con el Espíritu Santo, el abandono de hogar por parte de él, el embarazo de ella sin relación conyugal alguna (hay que hacer un ejercicio de fe espectacular para creer en eso), y la irresponsabilidad de tener al bebé medio desnudo y acostado en un sitio en el que comen animales sin más abrigo que un triste pañal y pinchándose con las pajas, con la falta de higiene que ello comporta. Eso por no hablar de cuando María le daba teta al niño, que digo yo que el chaval algo tendría que comer, ¿no? ¿Y qué hacían los pastores mientras? ¿Se quedaban a mirar? ¿Se iban a tomar un café y continuaban con la adoración más tarde? No cuela.

            Vamos ahora con la figura del rey Herodes. El muy canalla, que por no verse amenazado manda asesinar los niños varones de todo el reino. Muy bien, machote, así ya podrás. No es que me lo crea mucho, siempre pensé que en todas las pelis, para que tengan emoción, tiene que haber un malo, y en esta le tocó a él. Si hubiese sido cierto lo de la matanza de los inocentes, les habría pasado como a los chinos, que con eso de no tener más que hijos varones ahora no encuentran con quién casar a sus muchachos. Nazaret se habría llenado de solteronas, o de cougars. O habrían hecho una caravana de hombres, o algún viaje a Cuba en busca de hombretones. Y de eso no hay noticias. Tampoco cuela.

            Luego está el asunto de los Reyes Magos. Dicen que la estrella era el cometa Halley, lo cual no cuadra muy bien en fechas, pero bueno, tragaremos. Lo de los regalos ya es más cuestionable; la mirra y el incienso, puede ser, pero el oro… ¿vosotros creéis que si le hubieran regalado un cofre de oro habrían seguido siendo tan pobres? Bien vendido, habrían tenido bastante para ponerle una buena carpintería a San José con lo último en maquinaria, y no los creo tan espléndidos yo a los monarcas por muy orientales que fueran, de modo que lo de los Reyes se va a quedar en incienso, mirra y ya.

            Solamente me quedaban en el Nacimiento dos figuras con algo de autenticidad: el buey y la mula. Y ahora va el Papa Benedicto y dice que son mentira, que no había buey, ni mula, ni nada. Pues ya me diréis entonces qué hacemos. Yo voy a empezar por desmontar todo el Belén y meterlo en una caja, que para inventar cuentos me sobra a mí imaginación, no me hace falta reproducir los de los demás.

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