domingo, 23 de diciembre de 2012

EL COCINERO INNOVADOR


            Había una vez un cocinero que trabajaba en un restaurante pequeño. No era de su propiedad, él era solamente un empleado, de modo que únicamente eran de su competencia las pequeñas decisiones de la cocina: qué peroles se empleaban cada día, cuánto caldo preparaba en cada uno, cuánta sal se tenía que comprar a la semana, qué delantal se ponía para trabajar…

El plato del día del restaurante eran garbanzos con chorizo. Todos los días, de lunes a viernes, se servía el mismo menú. El cocinero no entendía el porqué, pero el dueño se negaba a ampliar la carta, de modo que cada jornada, a la hora de comer, lo que salía a las mesas era lo mismo: garbanzos con chorizo. Semana tras semana, año tras año, igual verano que invierno.

            Un día el cocinero pensó que sería bueno ir sorprendiendo a los clientes con alguna pequeña innovación en el plato. De ese modo era más difícil que llegasen a aburrirse de comer siempre lo mismo, ya que el guiso tendría otros matices. La primera semana puso ajo y perejil. Apenas nadie notó nada. La segunda semana retiró la mitad del chorizo para sustituirlo por carne de ternera. El olor y el color variaron; a los comensales les gustó.

            Al cabo de dos meses los garbanzos con chorizo del principio habían cambiado bastante, evidentemente para mejor. Ahora incluían embutido del norte, pimentón picante, una pizca de cominos, ajo y perejil, falda de ternera y laurel. Se habían convertido en un plato diferente, aromático y mucho más sabroso. Las raciones tenían que ser un poco más pequeñas, ya que los nuevos ingredientes encarecían ligeramente el resultado final, pero lo que se perdía en cantidad se ganaba, con creces, en calidad. Había elevado los garbanzos a la categoría de manjar.

            Una mañana el dueño del restaurante llamó al cocinero para hablar con él. Quería explicaciones. Le espetó que él no era nadie para cambiar la receta original, que allí la gente iba para comer garbanzos con chorizo hasta hartarse y que el nuevo plato sería bueno, pero resultaba más caro. El cocinero, sorprendido, se defendió: “ya, pero es mucho más rico, mejor en todos los sentidos. A la gente le encanta, los clientes vienen a comer más a gusto que nunca”. El empresario, sin embargo, no era de la misma opinión. “Debiste pedirme permiso antes de innovar nada. Ahora los platos van menos llenos, eso no es bueno para mi negocio, me haces perder dinero”.

            A sabiendas de que eso no era cierto, el cocinero siguió exponiendo sus razones. “Comer lo mismo siempre es decepcionante y aburrido. Mira las caras de los parroquianos, no son las mismas que hace dos meses. No solamente están llenando el estómag, sino que además están disfrutando. ¿Piensas que pierdes dinero? Sube el precio del plato un poquito, el producto lo vale, nadie discutirá ese pequeño encarecimiento”. El dueño del restaurante, al oírle, montó en cólera. “¿Pagar más? ¿Tú crees que la gente quiere pagar más? ¡No tienes ni idea! Si no vuelves a la receta original y te ciñes estrictamente a mis órdenes, si continúas con tus innovaciones, quitaré el sobrecoste de tu sueldo. Es mi última palabra”.

            El cocinero se disgustó mucho, pero no replicó. Necesitaba ese jornal para vivir, no podía perder el empleo, de modo que, después de ver despreciado su trabajo y a pesar de sentirse profundamente decepcionado por el empresario para el que trabajaba, hubo de meterse su talento en el bolsillo y volver a cocinar los sosos, anodinos y pesados garbanzos con chorizo de siempre.

            Al restaurante sigue yendo la misma gente de gusto atrofiado. El cocinero, sin embargo, lejos de conformarse, buscó otro lugar en el que dar rienda suelta a su creatividad y los fines de semana va a desplegar su talento a otro local. Allí prepara deliciosos, sabrosísimos platos que hacen disfrutar como locos a quienes tienen la suerte de probarlos.

            De esa experiencia el chef sacó una valiosa lección: “Guarda tu generosidad y tu sabiduría para quien sepa apreciarlas”. Y al que quiere garbanzos no le des caviar, porque además de no merecerlo, no sabrá degustarlo.

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