domingo, 2 de diciembre de 2012

EL CONTRATO


            Cuando Diego se dio cuenta de que amaba la música y quería aprender a conocerla para poder adoptarla como compañera de vida, le dijo a su madre que le llevara a algún sitio en donde encontrarse con ella. “Necesito que me enseñen a tratarla bien. Yo la quiero, pero no sé acariciarla, no sé comprenderla. No sé tratarla como ella merece. Mamá, llévame a una escuela de música, por favor”. Tenía seis años.

            El maestro de aquella escuela le dio un contrato para que lo firmara. “Nadie puede decidir por ti, esto es un acuerdo entre tú y la música. Si cumples tu parte, ella cumplirá la suya”. Diego leyó con dificultad (acababa de aprender a leer, y aún no lo hacía del todo bien) la letra grande, y quedó deslumbrado por lo que ponía: “Tocarás sobre escenarios de muchos lugares. Viajarás por el mundo, conocerás gente de todas las nacionalidades, harás amigos nuevos. Te aplaudirán, te pagarán por tocar, cuando los demás te miren sentirán admiración por tu capacidad de producir belleza. La música hará que tu vida sea mucho más interesante”. ¡Era fantástico! Cogió un bolígrafo, y con la letra titubeante propia de su corta edad, firmó.

            Al llegar a casa traía la ilusión pintada en la cara y el contrato bajo el brazo. Le hizo falta ir creciendo poco a poco para darse cuenta de que no había leído la letra pequeña, y de que si en su momento lo hubiera hecho quizá en lugar de a música se habría apuntado a clases de cualquier otra cosa. En el acuerdo, por la parte de atrás y en pequeño, decía: “Irás a clases durante años, y años, y más años. Te harás mayor, y seguirás luchando por aprender. Tocarás horas, y horas, cada día, cada mes, cada año. Pagarás maestros, autobuses o gasolina para ir al conservatorio. Comprarás cañas, aceite, vaselina, o cuerdas, según la herramienta musical que elijas. Cuando termines de pagar un instrumento, y no son nada baratos, ya necesitarás otro mejor, y pagarás también reparaciones y ajustes para mantenerlo en condiciones. Te perderás muchos ratos de jugar por practicar, te perderás muchas salidas con amigos porque tendrás ensayo. Lloverá, y tú irás a clase. Hará frío, y tú irás a ensayar. Tu instrumento se convertirá en una prolongación de ti mismo, hasta el punto de que no te imaginarás sin él en las manos. Irás de casa a clase, y de clase a casa, con él a la espalda. Comprarás libros, métodos de estudio, los vecinos se quejarán de tus horas de práctica, pero tú seguirás tocando. Te saldrán callos en los dedos, o llagas en la boca; tendrás tendinitis en los brazos, contracturas en el cuello, y en cuanto te cures continuarás tocando. Y después de años de llevar esa vida, llegarás a ser músico. Ella te dará lo que te ha prometido en la medida en que tú le entregues tu tiempo; si la dejas de la mano, si no practicas, si no ensayas, ya no se sentirá querida por ti y vuestro contrato quedará roto”.

            Diego creció con su guitarra entre las manos; los primeros cuatro años ni siquiera le llegaban los dedos para hacer sonar muchos de los acordes. Muchas veces estuvo tentado de enviarlo todo a freír espárragos y marcharse a jugar al fútbol con sus amigos, aunque al final la música siempre ganaba la partida. No tuvo la misma infancia que los demás niños, pero seguía empecinado en ser fiel al contrato que había firmado. Vio a otros alumnos de la escuela abandonar; él no lo hizo porque disfrutaba tanto de cada avance que conseguía, de cada partitura que lograba dominar, que al fin daba por bien empleado lo que perdía en el camino. Estudiar y tocar fue toda su vida hasta que alcanzó la edad adulta, y la música iba cumpliendo su parte dándole merecidas recompensas: algunos viajes, cursos en el extranjero, becas, gente interesante, artistas, cantantes…

            Un día llamaron a Diego para tocar en un concierto. Preguntó por las condiciones de la actuación: duración, temas, retribución… La organización del acto le dijo que no había mucho presupuesto para pagar a los músicos. “Bueno, total es un rato. Poco te cuesta ir, rasguear un poco para acompañar al cantante y ya está. Te lo vas a pasar bien, y vas a estar en un magnífico escenario. Así te das a conocer, es publicidad gratuita, no pretenderás que encima te paguemos”.

            Diego se fue a casa y se sentó al ordenador. Preparó el documento, lo imprimió y se lo entregó a los que organizaban el concierto. “Señores, esta es la factura de lo que la música me ha cobrado a mí por aprender los acordes que, según ustedes, no me cuestan nada”. Y a continuación detallaba todo lo gastado en sus años de formación: cuerdas, guitarras, clases, desplazamientos, libros, partituras… El montante de la cuenta era, ciertamente, abultadísimo. El documento terminaba de este modo: “Ahora, cuando le pidan a un músico que toque gratis, sepan con certeza por qué les va a decir que NO”.

            La música es algo fantástico, el alma de todas las fiestas. Pero no es gratis. Cuando le dices a un músico que tocar no le cuesta nada, prueba a hacerlo tú. Y verás lo que cuesta.

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