miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL DICCIONARIO DE LOS SUEÑOS


            Todos tenemos nuestras manías, nuestros rituales particulares y nuestras pequeñas supersticiones, y quien diga que no, miente. A mí, por ejemplo, me gusta tener una vela encendida cerca de mí, en la cocina, cuando me pongo a guisar. Suelo echarle, antes de prenderla, un poco de azúcar, una pizca de canela, pimienta o sal, depende del día. Pienso que, de alguna manera, eso me ayuda. Además, asocio el cocinar con el concepto de hogar, y éste va ligado íntimamente al fuego. Dado que mi cocina es vitrocerámica y no tiene llama, la vela hace que no me falte ese elemento primitivo e insustituible.

            Otra de las cosas que hago habitualmente es congelar a la gente. Me explico: cuando alguien me hace daño, me perjudica de alguna manera a mí o a alguno de los míos, escribo un papel con su nombre, lo envuelvo en plástico y lo meto en el congelador. No soy de desear mal a nadie, solamente los quiero alejados de mí, y ese pequeño e inofensivo ritual me ayuda a pensar que esos sujetos o sujetas van a dejar de hacerme la pascua y se van a largar con viento fresco. Os parecerá una bobada, pero aquí, en petit comité, os confesaré que tantas veces lo he hecho, tantas ha funcionado. Palabra.

            No me pongo cosas de piedra: ni anillos, ni pendientes con grandes piedras. Si lo que uso no es de metal solo, llevará circonitas o inofensivos cristales, pero huyo de ágatas, ónices, lapislázulis y similares. Siempre que tuve alguna pieza de esas características arrastré un cenizo horroroso hasta que acabaron en la basura (o algunas lanzadas al mar). Pensaréis: “vaya pava, como si los pedruscos tuviesen la culpa de sus meteduras de pata”. Llamadlo como queráis, sé que mucha gente usa esos minerales semipreciosos como amuletos, los asocian a los horóscopos y confían en que tienen algún supuesto poder. Para mí sí lo tienen, pero no me beneficia, de modo que procuro mantenerlas alejadas de mi cuerpo serrano (vade retro, minerás, digo Satanás) por si las moscas.

            Todo esto os lo he contado porque así entenderéis por qué le prendí fuego una vez a un libro. Sí, ya lo sé, eso es un sacrilegio y un pecado gordo donde los haya, pero lo hice. ¿Por qué? Pues porque me quitó el sueño durante mucho tiempo, y la que aquí firma puede no comer y tira adelante, pero sin dormir no funciona.

            No recuerdo quién me lo regaló, pero sí que fue por las navidades del 98. “Diccionario de los sueños”. El título era, desde luego, atractivo. Soñases lo que soñases, el significado de las imágenes que viste dormido estaba allí, por orden alfabético. Ya que lo tenía, comencé a usarlo, y consultaba en él mis sueños (cuando conseguía recordarlos, porque yo duermo muy bien y muy profundo y no suelo acordarme de nada al despertar). Al principio todo eran trivialidades y cosillas inofensivas: que si conflictos de trabajo, que si se avecinan gastos imprevistos, que si noticias de alguien lejano y querido. Hasta que un día soñé con un enorme búho, animal que siempre me ha parecido una hermosura. Lo vi dentro de la alacena de mi casa, tras el cristal. Me miraba, pero no se movía. No lo vi volar. El diccionario decía: “inminente fallecimiento de un ser muy querido”. Dos días después, un amigo muy, muy cercano, sufrió un infarto fulminante y murió. Me quedé de piedra.

            A partir de entonces, cada cosa que soñaba la consultaba muerta de miedo. Si el libro la asociaba con algo malo, yo ya no dormía de la preocupación. Me daba pánico volver a ver otro búho y perder a alguien. Tantas vueltas le di al tema que una noche, agotada y embarazada de siete meses, me dormí y vi en sueños al enorme pájaro volar sobre mí. Y pasé dos días sin pegar ojo temiendo perder la criatura, o a mi marido, o a uno de mis hermanos. Las ojeras me llegaban al ombligo, estaba de mal humor y solo tenía ganas de llorar, pero no pasó nada. “Si el búho vuela, significa preocupación por el futuro”. Lo de la muerte era con el pájaro quieto. Aquel libro me estaba trastornando. ¿Cómo era posible que me tuviera en aquel estado de nervios un miserable puñado de páginas encuadernadas en cartoné?

            En la primera ocasión que tuve de ir al pueblo, llevé aquel maldito ejemplar de bolsillo escrito por vete a saber quién y le prendí fuego en la barbacoa. Después, añadí carbón vegetal, unos chorizos, y almorzamos tan a gusto.

            Conocer lo que va a pasar mañana quizá no sea tan buena idea. No, si eso te quita el sueño. Yo ya no estoy dispuesta a quedarme una sola noche en blanco pase lo que pase. Por eso lo del fin del mundo que predijeron los mayas me preocupa tan poquito: seguro que al iluminado que interpretó el calendario de piedra se le había ido la mano con el tequila o leyó mal las instrucciones de uso del invento indígena.

Sea como sea, el 22 os veo a todos mirando el sorteo de la lotería, felices y contentos y con el turrón en la mano. Yo, de momento, me voy a dormir, que ya sabéis que si no duermo… ¡Buenas noches!

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