domingo, 9 de diciembre de 2012

EL NEGOCIO


            Era la cuarta vez que Esteban llamaba al ayuntamiento para quejarse: en los locales que había en los bajos de su edificio, cerrados y abandonados, anidaban las ratas con total impunidad. En una ocasión subieron por los conductos de cables del portero automático y royeron los hilos, provocando una avería cuya reparación costó un montón de dinero. A veces se las oía corretear por los falsos techos de escayola, y tenían a todos los vecinos con los nervios de punta. Los dueños del inmueble siempre escurrían el bulto, de modo que el problema continuaba ahí, año tras año.

            Después de varias denuncias y multas, por fin los locales fueron vendidos. Alguien iba a montar un negocio en ellos, así que los roedores serían desterrados y dejarían de aterrorizar a Luisa, la del segundo, que pegaba unos gritos cada vez que se cruzaba alguna rata en la escalera que parecía presa de posesión diabólica. Como la niña del exorcista, pero en gordo. En seguida acometieron obras, y los ruidos y el polvo eran molestos, pero más soportables que los bichos. Nadie sabía qué era lo que iban a poner allí, pero no importaba con tal de que el bajo estuviera cuidado y en uso.

            Un asador de pollos. Esa era la actividad. Esteban vio cómo colocaban una enorme chimenea por el patio de luces hasta la terraza del edificio; presentaron proyecto y todos los vecinos dieron permiso. El día de la inauguración, el empresario obsequió a cada uno de ellos con un pollo a l’ast, patatas asadas y salsa como agradecimiento. En ese momento nadie habló del intenso olor a pollo asado que inundaba el portal y la escalera, y que se colaba en las viviendas sin remedio. Era un mal soportable, después de todo olía rico, ¿no?

            Al cabo de un mes, Esteban estaba harto. Cada rincón de su casa olía a pollo asado. Se duchaba, y en cuanto salía ya todo él olía a pollo asado. Cocinara lo que cocinara, todo hedía a pollo asado y le sabía raro. La chimenea escupía vaharadas de humo y grasa que ensuciaban la terraza; ya nadie podía subir a tender la ropa allí porque cuando la recogían estaba impregnada de olor a pollo asado y grasa rancia. Era una pesadilla. Comenzaron las denuncias, obligaron a instalar filtros para el humo, a aislar mejor el negocio, pero no sirvió de nada. Todo el edificio era un enorme y chorreante pollo asado con patatas y salsa.

            Al cabo de un año de guerra, el asador cerró. Otra persona compró el local para emprender una nueva actividad. Se convocó una junta de vecinos para celebrarlo, e incluso sacaron cava y brindaron, jurando no comer pollo a l’ast jamás en la vida. La incógnita sobre el nuevo negocio se despejó pronto: era un bar. Esteban se olió la tostada y preguntó sobre la ordenanza municipal que regula las horas de cierre de ese tipo de locales. Por si las moscas.

            El del bar abría la persiana a las cinco de la mañana, y comenzaba a poner cafés. El trasiego era incesante. La terraza se llenaba a las nueve de mamás que acababan de dejar los niños en el cole, y luego de trabajadores en la pausa del bocadillo. Por la tarde, los borrachines del barrio ocupaban el local para consumir cerveza tras cerveza hasta la hora de cierre. Pronto comenzaron los regueros de orines en el portal, las vomitonas en la acera, las colillas, el escándalo de los que salían a fumar a la calle, justo debajo de la línea de balcones… El éxito del bar fue una continua fuente de molestias. Pronto comenzó, de nuevo, la rutina de las denuncias. Por ruidos, por suciedad, por incumplimiento de la hora de cierre, escándalo… Los dos años que estuvo el bar en funcionamiento fueron un verdadero suplicio para los vecinos.

            Cuando la clientela del local decidió cambiar de ambiente, el bar comenzó a languidecer. Y ya se sabe, lo que no da beneficios, cierra. Fue vendido a otro empresario. Los vecinos fueron a verle: “Si va usted a poner un local de comidas o a abrir de nuevo el bar, no pararemos hasta obligarle a cerrar”, le advirtieron. El hombre les tranquilizó. “No se preocupen, mi negocio es bastante más silencioso. Nadie va a molestarles. No más pollos, ni más bocadillos de chorizo asado, ni más borrachos en la calle”. No dijo más, y les dejó con la intriga. ¿Qué sería lo que aquel hombre de dedos gordos y anillos aún más gordos iba a instalar?

            Un local de masajes. Con final feliz. Ya me entendéis. Todas las mujeres del edificio (incluida la de Esteban) se pusieron de uñas. La beata del primero y la santurrona del cuarto, tan cotillas como mojigatas, pusieron el grito en el cielo: ¡Pilinguis en la finca! ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! A partir de entonces, el “¿por qué viniste tan tarde de trabajar?”, el “¿adónde vas a estas horas?” o el “ojito con lo que tardas en sacar la basura por la noche” impusieron el mandato del “mal rollo” en todas las viviendas. No tardó demasiado tiempo en convocarse una nueva reunión; el administrador de la finca, resignado, ya traía bajo el brazo los formularios para empezar con las denuncias. Los masajes tardaron en cesar lo que tardó en llegar la resolución judicial. A partir de entonces, el bajo quedó cerrado y vacío.

            Esteban bajó a ver a Luisa, la vecina del segundo, y le dijo: “cuando las ratas vuelvan no quiero oír que te quejas, ¿me has oído? Si te molestan los animales, vendes el piso y te mudas a otro barrio”.

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