jueves, 20 de diciembre de 2012

EL VERDADERO CAPITAL


            Después de mucho tiempo sin trabajo, a Daniel se le habían acabado las reservas. No le quedaba dinero en el banco, su nevera estaba vacía, y no tenía ni idea de cómo iba a hacer para pagar el próximo plazo de la hipoteca. Hacía mucho tiempo que no salía con los amigos porque no se podía permitir las copas, o cenar fuera de casa. Como último recurso había pensado alquilar parte de su piso, pero si tenía que compartir vivienda, prefería hacerlo volviendo a la casa de sus padres que con un desconocido.

            En esas dudas estaba cuando de pronto, como un milagro, le llegó la llamada. ¡Un trabajo! Daba igual de lo que fuese o dónde fuese. No podía dejarlo escapar. Ya pensaría luego en los inconvenientes que pudiera tener. Aceptó la entrevista, y le dieron la dirección. Era en un pueblo, a cuarenta kilómetros del suyo. Estupendo, no tenía coche y debía madrugar como un loco para coger el autobús, pero daba igual: la sola ilusión de volver a tener un empleo, la necesidad de aquel sueldo hacían que los problemas pareciesen pequeños, asequibles.

            Durante los primeros cuatro meses dedicó parte de su sueldo a devolver los favores que sus padres y hermanos le habían ido haciendo durante el tiempo en que no tenía ingresos: reintegró los pequeños préstamos, los recibos de la luz y el agua que su padre le había pagado para que no le cortasen el suministro, y también la cuenta del horno y del colmado, que como eran los mismos establecimientos en los que ya compraba su madre cuando él nació no tuvieron problema en fiarle algo de género. Sabían que era una persona de confianza, y que en cuanto pudiese, pagaría. También organizó una cena en casa para los amigos, por todo el tiempo que estuvo sin acompañarlos y por las veces que le invitaron para obligarle a salir y levantarle el ánimo.

            Cuando llegó el invierno, la lluvia y el frío hicieron mucho más pesados los madrugones y el transporte público, pero ¿qué podía hacer? No tenía carnet ni coche, y el gasto de sacar el permiso, las clases, las prácticas y la compra de un vehículo eran gastos que no podía afrontar. Lo pensó mucho, y al fin decidió esperar a ver qué pasaba con su contrato: si le renovaban o le hacían indefinido, podría vender su piso y buscar algo en la población donde tenía su empleo. Así tendría más tiempo libre, dormiría más y su calidad de vida aumentaría. Pidió consejo a sus padres, que convinieron con él en que esa era una buena solución.

            No le fue difícil vender su casa; dicen que ahora es imposible vender nada, pero todo depende del precio que pongas. Si es razonable, encontrarás comprador. Afortunadamente, el piso que él quería adquirir también tenía un precio razonable, de modo que consiguió llegar a un acuerdo bastante rápido. Lo malo es que los gastos de la operación, el notario, la liquidación de la hipoteca, la apertura de una nueva… todas esas cosas valen un riñón, y Daniel se quedó completamente descapitalizado de nuevo. ¿Cómo iba a hacerlo para realizar las pequeñas reformas que necesitaba su nueva casa? Las llaves de la luz estaban para cambiar, había un par de grifos estropeados en el baño, una persiana no bajaba, era preciso pintar, pulir el suelo, limpiar, contratar una empresa de mudanzas que trajera todos sus muebles… ¿cómo lo iba a pagar?

            Su amigo Jesús fue a ver el piso. Se dio cuenta de lo que pasaba en cuanto echó el primer vistazo, no en vano era electricista y estaba acostumbrado a ver viviendas en obras. Conocía de sobra a Daniel, habían ido juntos desde la escuela primaria. Lo habló con su mujer, y ésta con los demás amigos. El primer fin de semana se presentaron seis. El primo de Jesús era persianero, Susana sabía usar la máquina de pulir terrazo, y Jaime tenía algo de idea de fontanería. A Daniel le enviaron a por pintura: “son tus paredes, debes elegir el color”. El fin de semana siguiente fueron once. Las llaves de la luz fueron fáciles de cambiar, trajeron bocadillos y cajones vacíos de fruta para sentarse. La cocina necesitaba una limpieza a fondo, se pusieron tres de las chicas en ello mientras dos más pintaban el techo de los cuartos de baño y despejaban la terraza para poder barnizar las barandillas. Al siguiente fin de semana terminaron de pintar; pulir el suelo se llevó todo el domingo, pero en cuanto uno terminaba una habitación, cuatro más entraban a limpiarla. Ya solo quedaba la mudanza.

            Treinta personas. Amigos, primos, hermanos, compañeros de estudios. Cada uno con su coche, un furgón alquilado, y viajes arriba y abajo. La mitad vaciando una casa, la otra mitad llenando la otra, colgando lámparas, reinstalando muebles… Daniel estaba abrumado. No sabía cómo agradecer toda aquella ayuda, y al final del día, cuando se quedó solo, se sentó en la cama recién hecha y se echó a llorar. Estaba agotado, sobrepasado. Toda la ayuda, todas las manos, todos los hombros que habían ido a sacar adelante aquella mudanza, todo el trabajo que habían hecho pintando, limpiando, arreglando. ¿Lo merecía? No se le ocurrió recordar el apoyo que él siempre había brindado a los demás, las jornadas de pintura en las casas de los amigos, los sábados de bricolajes compartidos con unos y otros. No llevaba la cuenta de las estanterías y muebles que había montado a sus primos, las lámparas y estores que había colgado a las parejas de amigos que se iban a casar o que se iban a vivir juntos... Ahora, simplemente, le estaban devolviendo el favor, recordándole que siempre había estado ahí para todos, y de igual modo todos estaban allí para él.

            Cuando queráis saber cuál es vuestro capital, no miréis en el banco, ni en vuestra cartera. Mirad con cuántos amigos contáis, cuántos familiares dejarían lo suyo para atender lo vuestro. Echad cuentas de cómo cultiváis el cariño de todos ellos. El resultado de esa operación es el verdadero capital que tenéis para salir adelante. Lo otro solamente es dinero.

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