domingo, 2 de diciembre de 2012

GARBANCITO


            Cuando supe que Garbancito venía de camino, casi no me lo podía creer. Una de mis hermanas de cariño había conseguido al fin, después de muchas lágrimas, muchas esperanzas frustradas, y con algo de ayuda de la medicina moderna, que la vida anidase en ella. Recuerdo la ilusión en sus ojos, la prudencia que le indicaba no hacerlo público hasta que pasara un tiempo y el riesgo de que algo saliese mal se redujese. Confieso que me costó muchísimo callarme que iba a ser tía, ella y yo nos mirábamos y nos entendíamos, y nos mordíamos la lengua para mantener el secreto unos días más.

            El día que nació hacía un calor de infierno. El panzón era inmenso, el verano valenciano aprieta de lo lindo, y como yo sé lo que es un embarazo avanzado en plena canícula (mis dos niñas nacieron en agosto), miraba a mi hermanilla y me daba hasta pena ver su sofoco, su incomodidad y las dificultades que tenía para moverse y para dormir. Por eso yo también estaba deseando que Garbancito saliera cuanto antes y la dejase respirar. Ella misma me llamó, fresca como una lechuga, poco más de una hora después de dar a luz. “Ya lo tenemos aquí”, me dijo. “Eres requete-tía”. Me sentí orgullosa de su fortaleza, casi cuatro kilos de niño no hay muchas que lo resistan y luego estén animosas y tan enteras. Creo que, si por ella hubiera sido, habría salido del paritorio en bicicleta.
 

            Aquel puñadito de carne rubiete y con los ojos azules tenía (y tiene) un hambre voraz, el llanto vigoroso y una vitalidad de vértigo, fruto de la buena calidad de la teta de su madre. Yo le quiero tanto como si fuese sobrino de sangre, y espero tener con él la misma complicidad que mi hermanilla postiza tiene con mis hijas. Que vea mis brazos como ellas vieron los suyos: siempre acogedores y llenos de juegos, de meriendas de fruta triturada, cuchara y babero, de galletas a escondidas, bailes, películas de dibujos y mordiscos en el la barriguita.

            Soy un desastre para los cumpleaños, lo admito. No me acuerdo nunca de cuándo felicitar a mi padre, ni a mi suegra, ni a mi sobrino el de Santander o a mis sobrinas mayores. Pero del cumple de Garbancito sí que me acordaré, y os voy a explicar por qué. Este Levante en el que vivo es una de las tierras más festeras del mundo mundial. Se celebran las Fallas, los Moros y Cristianos, Hogueras de San Juan, la Magdalena, en general se celebra todo lo celebrable y alguna cosilla más. Y cuando faltan seis meses para la gran fiesta de cada uno, a fin de entretener la espera y que no se haga tan largo, se festeja el “Mig Any”, el medio año. Si un pueblo hace moros y cristianos en Julio, organiza desfiles también en enero. Si una asociación fallera tiene su fiesta para San José, en Marzo, se premia a sí misma con un pasacalles, algo de pirotecnia y un cenorro allá por septiembre. Se trata de no estar sin celebrar lo que sea más de un semestre. Pues bien: Garbancito nació el 28 de junio, y para mí, su orgullosa y sobona tía (cómo me gusta achucharle, releñes, es que está tan macizo que no me puedo resistir), que cumplo los años el día de los Santos Inocentes, esa cosita de ojos grandes y piel blanquísima es mi fiesta del medio año, mi “Mig Any”.

            En este 2012 en que yo alcanzo la cuarentena, él ha alcanzado la vida. Para mi cumple le haré una tartita con media vela. Y para el suyo me vestiré de gala, porque él y yo ya somos parte de la misma fiesta, yo soy su medio año y él es el mío, y la celebración de uno siempre estará unida a la del otro. Él es una razón más (por si tenía pocas) para seguir luchando por un futuro mejor.

Mis hijas, mis sobrinos de sangre, los postizos que ya tengo, los que han de venir y los que me conviertan en tía-abuela cualquier día de estos, necesitan y merecen una sanidad pública de calidad y una educación pública de calidad. A batallar tocan. Dependemos de ellos para que todo siga funcionando, de modo que invertir en su futuro es invertir en el futuro de todos nosotros. No lo olvidéis.

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