viernes, 14 de diciembre de 2012

LA LECCIÓN DEL ÁRBOL


            El árbol de los kakis vivía muy feliz. Estaba plantado en un huerto cerca del Mediterráneo, y era el niño mimado del agricultor que lo cuidaba. El hombre le dedicaba mucho tiempo: lo podaba, lo rociaba con tratamientos para que no se llenase de bichos, lo protegía de la dañina mosca de la fruta… Sí, se podía decir que era un árbol feliz.

            Esta primavera tuvo una floración espectacular. Se llenó de esperanzas de vida, porque cada una de aquellas flores se convertiría en un dulce y jugoso fruto, y nada le gustaba más al árbol del kaki que dar rojísimos y abundantes kakis. Las abejas hicieron bien su trabajo, polinizaron a discreción, y al poco tiempo los pétalos cayeron dejando los redonditos botones que, una vez crecidos, alimentarían a los humanos. El agricultor sonreía al verle tan fértil, y él sonreía a su vez, con su gesto leñoso y amable, al paso de su cuidador.

            Esta feliz correspondencia de cariños se rompió, sin embargo, con la llegada del verano. Aquel hombre, aquel despiadado y despreciable humano, sin razón aparente, llegó una mañana con la fresca y comenzó a despojarle de sus pequeños kakis. Arrancaba varios de cada rama, y los arrojaba al suelo sin ningún miramiento. El árbol estaba enojadísimo. “¿Quién te crees que eres tú para quitarme a mis hijos?” le gritó hecho una furia. “Cada una de esas bolitas que arrancas y tiras le ha costado la vida a una de mis flores. ¿Quién eres tú para decidir que no merecen crecer y desarrollarse?” Pero el hombre no le oía, porque hace milenios que el ser humano perdió la capacidad de escuchar a los vegetales.

            Durante días, aquellos pequeños kakis se pudrieron en el suelo, ante la desesperación del árbol. Un olor dulzón y pegajoso llenaba el aire, y podía notarlo todo el mundo. Hasta la gente que paseaba por el camino torcía el gesto, con un mohín de asco, al pasar junto al huerto. El árbol del kaki se sentía desgraciado, no podía evitar la rabia, el disgusto, el rencor hacia aquel a quien tanto había querido en otros tiempos.

            Los frutos descompuestos alimentaron al árbol sin que este se diera cuenta, llenándole de nutrientes a través de la tierra. Los kakis que quedaron en las ramas, el mismo número en cada una de ellas, fueron engordando hasta alcanzar un tamaño fabuloso, nutridos por aquellos que entregaron la vida. Si todos se hubiesen quedado, si algunos no hubiesen sido sacrificados, el alimento no habría alcanzado para tantos, habrían crecido mucho menos, y habrían partido las ramas con su peso, dejando a su padre el árbol completamente mutilado. Así, por el contrario, el vegetal no se vería dañado, y los kilos de buena fruta superarían en cantidad y en calidad a los que se habrían obtenido sin quitar ningún kaki a principios de verano.

            El árbol miró al agricultor, y comprendiendo sus razones le acarició levemente dejando caer sobre él, como por descuido, algunas hojas ya secas. Por fin había entendido que a veces, para ser mejores, debemos sacrificar algunas cosas, por doloroso que nos parezca. Al final, el resultado casi siempre compensa.
 

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