domingo, 30 de diciembre de 2012

LO QUE YO INVENTABA


            Recuerdo que, cuando yo era pequeña, se leían muchísimos más tebeos y cómics que ahora. No hace tanto de eso, acabo de cumplir los cuarenta, de modo que ha llovido, pero no estoy hablando de tiempos remotos. Para mí fue anteayer.

            En aquellos años, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, las Hermanas Gilda y demás personajes poblaban casi todas mis horas de ocio. Con solo dos canales de televisión, un aparato por familia (o ninguno) y la ausencia de ordenadores, móviles, videojuegos y demás maquinitas tecnológicas, esas páginas de colores fueron la tabla de salvación de mi niñez. Si juntara los minutos que invertí en aquellas maratones de cómics, la cifra daría miedo.

            Por circunstancias de la vida, ni mis hermanos ni yo tuvimos demasiados juguetes, o al menos no tantos como otros niños, de modo que llenar las tardes del sábado, los eternos domingos de invierno y los ratos muertos era todo un reto. Yo pasé casi todo aquel tiempo leyendo. Cerca de mi casa, en León, había un kiosko en el que te cambiaban los cuentos; dos pesetas los normales, cinco pesetas los olés de tapa gorda, y seis los cómics de adultos. Después, en Palma de Mallorca, nada más desembarcar, mi madre buscó en el barrio el horno, la lechería, la farmacia y un lugar donde renovar las lecturas. Dio con un cuchitril al que más porquería no le cabía, atendido por una vieja gordísima (la más gorda que yo había visto en mi vida, valía la pena saltarla antes que rodearla) que trataba los tebeos con una dejadez que a mí me parecía imperdonable. Pero tenía muchos clientes, de modo que no faltaban novedades y Mortadelos frescos cada semana. Establecimos un presupuesto semanal para esa actividad, porque no podíamos disponer de más de cien pesetas cada siete días, y yo acompañaba a mi madre cada vez, para vigilar que no trajese ningún ejemplar que ya hubiésemos leído. Después, al llegar a casa con la bolsa, todos caíamos sobre ella como aves de rapiña, nos repartíamos los cuentos, y cada uno se iba con sus tesoros a esconderse en algún rincón tranquilo para devorarlos convenientemente.

            En alguna ocasión, mi picardía de los diez u once años, espoleada por la curiosidad y las bromas de mis hermanos mayores, me llevó a incluir en el lote algún cómic para adultos, camuflado entre Anacleto Agente Secreto, Rompetechos y Carpanta. En ellos descubrí a Lady Godiva, a la fantástica Red Sonja con sus cabellos de fuego y sus habilidades guerreras, a Conan el Bárbaro y algunos más. Solamente se veía alguna teta, o un par de viñetas con escena de sexo, eso sí, bastante púdico. Había que echarle imaginación, pero a esa edad todos tenemos  mucha. Algún capón me gané por traer ese tipo de publicaciones a casa, pero la verdad es que luego las leíamos todos.

            Una de las cosas que más me llamaba la atención de los cómics de aquella época eran los llamados “TBO”. En ellos salía un inventor loco que creaba todo tipo de artilugios estrambóticos y curiosos, a cuál más aparatoso e inútil, pero razonados de una manera prodigiosa. O al menos, eso me parecía a mí. Entonces fue cuando empecé a imaginar las cosas que yo inventaría para que mi vida y la de los que me rodeaban fuera más fácil. Y luego dibujaba aquellas cosas imposibles, pensando que algún día, de mayor, podría materializarlas.

            Hace poco, ordenando armarios, salió la libreta de los inventos. No os podéis hacer una idea de lo que me he reído repasando sus páginas. En ella dibujé cosas como un aparato para hacer pis de pie, por ejemplo, porque odiaba ir al campo y tener que agacharme con el trasero al aire. También un ablandador de pulpos, para que mi madre no tuviera que apalearlos a mano antes de cocerlos (menudas palizas les daba, pobres). En otra hoja había una máquina que doblaba y planchaba camisetas, para evitar los dolores de espalda de la plancha, y una bicicleta estática con conexión a la manivela de una heladera artesanal, que hacía mucho menos pesada la tarea de fabricar los helados y sorbetes que tanto me gustaban. Inventé un artilugio que limpiaba el váter y pasaba la escobilla cada vez que se tiraba de la cadena, y una cama que se hacía ella sola, además de un ventilador espanta-moscas, un aporreador de puertas para hacer callar a los escandalosos y desconsiderados vecinos de arriba, y un sistema que preparaba el pollo asado mientras mi madre me llevaba a la playa, para encontrar la comida puesta al llegar a casa.

            El dibujante de aquel “Profesor Franz de Copenhague” de mis TBO infantiles se ha quedado sin saber la gran admiradora que tenía en mí. Ese cuaderno es el testigo de mi inocencia infantil, de cuando aún creía que podía realizar cuanto imaginase. Menos mal que me hice escritora, porque como inventora no habría tenido mucho futuro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario