miércoles, 12 de diciembre de 2012

LOS MISERABLES


            A Laura le encargaron un trabajo en el instituto sobre “Los Miserables”. No importaba qué método utilizase para ello: podía ver la película, leer la novela de Víctor Hugo, ir a una de las representaciones del musical… Lo que ella quisiera. Después debía presentar una redacción de no menos de seis páginas en las que relatase el argumento, analizase los personajes y comentase sus impresiones. Tenía todas las vacaciones de Navidad para hacerlo.

            Como era una chica muy disciplinada, Laura comenzó leyendo el libro. Sabía que cualquier cosa que viese después la decepcionaría, porque su propia imaginación daría vida a los personajes y recrearía cada escena, y ninguna película es capaz de igualar eso. Pero bueno, era un trabajo obligatorio, no le quedaba más remedio. Cuando salió a la calle, en la puerta del cine había una mujer mendigando. Después de toda la miseria que acababa de ver en la pantalla aquella situación le pareció aún más triste; cuando uno va a ver una peli que le deja el ánimo tocado, lo mejor de todo es salir de la sala y encontrarte que la realidad es mejor, más tranquilizadora. Aquello era como terminar de ver una película de guerra y tener los soldados combatiendo también en la calle.

            Rebuscó en su monedero y dejó caer el dinero que guardaba para coger el autobús en la mano de aquella mujer, sabiendo que debería volver andando a casa. No le importó, hacía buena noche, y le vendría bien el paseo. O el pateo, más bien, porque su casa quedaba bastante lejos. Mientras caminaba vio varios mendigos más; bajo los puentes del antiguo cauce del Turia ya se agrupaba la gente con colchones para refugiarse durante las horas nocturnas. La cola para cenar en la puerta de la Casa de la Caridad daba la vuelta a la manzana. No habría para todos esa noche. Se paró, nerviosa, junto a una familia. No iban mal vestidos, no eran pobres andrajosos como muchos de los otros. “Quince días podemos comer con los cuatrocientos del subsidio. El resto del mes venimos aquí. Hasta que encontremos un trabajo no nos queda más remedio. Muchas noches solamente cenan los niños, para nosotros no llega, pero no nos importa”. La mayoría de aquellas personas contaban historias parecidas. Desahuciados por los bancos, hacinados en casa de los abuelos cuyas pensiones los mantenían a todos, ancianos a los que habían tenido que sacar de las confortables residencias en las que estaban por no poder pagarlas.

            Laura observó atentamente toda aquella cola. Había inmigrantes, pero no tantos. Lo demás era gente normal, como ella, como sus vecinos, como sus compañeros del instituto. Uno de ellos, de hecho, también estaba en la fila, escondiéndose para no ser visto por nadie conocido. De camino a casa vio colas en algunas parroquias también, en las que voluntarios repartían café con leche caliente y pan para que los modernos miserables afrontasen la noche con algo caliente en el estómago. Vio a muchos rebuscar en los contenedores de basura más próximos a los supermercados y los restaurantes. Llegó temblando a casa.

            No era lo mismo verlos en las noticias que verlos en la calle, oírles hablar, ver su desesperación. No eran los miserables de la época de Víctor Hugo, como los del cine, pero la desesperación de sus ojos sí era la misma. Estaba tan descolocada que no sabía por dónde ni cómo iba a comenzar la redacción.

            El primer día de clase entregó su trabajo al profesor. Los seis folios eran una larga lista de nombres de políticos, banqueros y grandes empresarios, funcionarios corruptos, jueces pasivos, gobernantes ineptos y estafadores de renombre. Al pie de esa lista había escrito solamente unas líneas:

            “Los miserables del siglo XXI no son los que han sido desposeídos de todo cuanto tenían. No son los que perdieron su techo, los que no tienen salario y tienen que tirar de la caridad para sobrevivir. No son los que lloran y piden ayuda a quienes los están despojando de lo más básico. Ellos solamente son pobres. Estos, los de la lista, son los verdaderos miserables, porque aunque tengan dinero carecen de lo fundamental, lo que diferencia al ser humano de los animales: la conciencia”.

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