lunes, 17 de diciembre de 2012

MARÍA AMPARO


            No sé por mediación de quién (supongo que algún conocido de alguien pidió el favor, y ya se sabe, a estas cosas uno no puede ni debe negarse), ayer por la tarde fuimos a tocar a una residencia de ancianos. Es bastante típico por estas fechas que grupos musicales, de folklore, coros, tunas y demás agrupaciones dediquen un poquito de su tiempo para ir a alegrarles las fiestas a las personas que más lo agradecen: ancianos, discapacitados y niños sin familia. De hecho, mi grupo va cada año desde hace veinte al mismo centro geriátrico, sin faltar a la cita ninguna Navidad, pero a ese iremos el domingo que viene. Al de ayer no habíamos ido nunca.

            Reconozco que, desde mi época de enfermera geriátrica, los abuelitos me despiertan una ternura especial. No puedo evitar fijarme en ellos, en sus dificultades, en sus manías, en sus problemas. Los que tienen la suerte de contar con plaza en una residencia hoy en día son afortunados (si es un buen centro, obviamente), y no porque en sus casas no fueran a estar bien atendidos por sus hijos, sino porque en un geriátrico no solamente ven colmadas sus necesidades de rehabilitación, alimentación y limpieza. Allí ven cubierta también la más importante: la necesidad de compañía. Allí nunca están solos.

            Cuando llegamos, con nuestros trajes regionales y nuestros instrumentos a cuestas, la expectación era máxima. Aquello iba a sacarles de su rutina, y eso siempre crea un ambiente especial. Las cuidadoras arrimaron sillas de ruedas formando corro, y acomodaron a los demás en las butacas, dejando un espacio grande para músicos y danzantes. Presentamos y comenzamos con un villancico tradicional. Después, una jota, otro villancico, un fandango, una nana al Niño Jesús. No sabéis lo que es tratar de cantar con una lágrima atravesada en la garganta, mi Garbancito (sobrinillo lustroso y rubio que me lo como a mordiscos de guapo que está) en mi regazo, y enfrente de mí una mujer de más de ochenta, con un muñeco entre los brazos, acunándolo al son de mi canto con tanta ternura que ponía el vello de punta. Terminé la canción como pude, pero viendo que, de seguir así, la tarde iba a terminar con mi paquete de pañuelos de papel.

            Continuamos el espectáculo. Otro baile, otra canción navideña, cantes de estilo con la boca y la garganta hechas un estropajo por culpa de la calefacción excesiva, uno de nuestros peores enemigos, pero vital para el bienestar de los residentes. Muchos aplausos y vítores, torpes, temblorosos y salpicados de artrosis, pero valiosos para nosotros como la ovación más prolongada en el más distinguido teatro de la ciudad. En ese momento reparé en María Amparo.

 Ocupaba una butaca bastante cercana a los músicos, y movía los brazos al compás de los bailes, chasqueando los dedos como si llevase unas castañuelas en las manos. Lo vi en su cara. Ella también había bailado aquellas jotas y fandangos alguna vez, los conocía y los amaba. Trataba de levantarse, pero sus piernecitas de alambre, débiles y extremadamente delgadas, no la sostenían. Llegó un momento en que sus ganas eran más fuertes que su propio cuerpo, mandó al diablo su fragilidad e hizo un esfuerzo por ponerse en pie. La música se me congeló en las manos y el grito en la garganta. Yo sabía que, si se levantaba, caería al suelo sin remedio. Eso podía suponer una cadera rota, quizá también la clavícula y un brazo, un fuerte golpe en la cabeza, o quién sabe. Por caídas así he visto morir a otros.

            Afortunadamente, las cuidadoras estaban al quite. Ese oficio hace que desarrollemos ojos, manos y piernas suplementarias, para llegar corriendo a evitar el accidente. La cogieron en el momento justo para volverla a sentar y convencerla de que moviendo los brazos solamente ya estaba bailando. Una tuvo que quedarse junto a ella para impedir un nuevo intento. La pobre María Amparo hubo de conformarse, pero no dejó de gritar, animar, vitorear y aplaudir hasta que terminamos.

            Esto es lo que tiene el folklore: en casi todos los rostros hace aflorar una sonrisa. Pero en quien ama y siente su tierra, en quien ha defendido y respetado siempre sus tradiciones, las notas de una canción, los pasos de un baile que conoce con los ojos cerrados porque lo bailó docenas de veces y lo aprendió de sus mayores, provocan algo distinto: el corazón les florece con toda la fuerza de la primavera. Solamente por María Amparo ya valió la pena echar la tarde del domingo.

Ya no necesito más regalos de Navidad.

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