jueves, 13 de diciembre de 2012

EL BAILECITO


            Ni su tía la del pueblo conocía a este paisano. Eso suponiendo que en Corea haya pueblos, que imagino que sí, pero cualquiera sabe con esos países exóticos. Pues eso, a este chato de nombre inrecordable, (toma palabro que me acabo de sacar de la manga) no le conocía ni su madre, y ahora, de golpe y porrazo, es el más famoso del mundo mundial. ¿Gracias a qué? Pues está más claro que el agua: al bailecito.

            El trabajo difusor de payasadas que antes hacía la televisión (así le va) ahora lo hace internet, y el vídeo de este fulano de ojos rasgados y look horterochorras (con todos mis respetos a los horterochorras del mundo, que son una raza bastante numerosa) ya lo conocen hasta los niños de teta. Y es que es sonar los primeros compases del “Gangman style” o como se diga, y todo bicho viviente se levanta, cruza las manos, levanta la pata y se pone a botar a ritmo desenfrenado. La canción no habría llegado a nuestros oídos (ni de coña) de haber sido solo eso, una canción. Porque mira que es mala la condenada. Pero la sazonaron con los ingredientes estrella: bailecito accesible, mini-shorts con jamones coreanos al aire, y situaciones absurdas con gente bailando “eso” en diferentes escenarios. Y dieron en el clavo.

            A ver quién es el guapo que me dice que no ha oído nunca la musiquita de marras. Y a ver en qué sarao, de aquí al verano que viene, no lo ponen y organizan filas de danzarines dale que te pego todos a la vez. Si esto no es nuevo, ya nos pasó con el famoso “Saturday night” (trirí lirá lirá la laaaaaa, bi ma beibe), o con el “no rompas más mi pobre corazón”, que solo había que escuchar la letra para que le entrase a uno dolor de estómago. No me tildéis de exagerada, recordad: “no rompas más mi pobre corazón, estás pegando justo (¿ein?) entiendeló / si quiebras poco más (¿ein, ein?) mi pobre corazón lo harás mil pedazos, quiereló”. Y no sigo, que me da un p’allá. Ahora es cuando algún perspicaz lector me dice: “es que el Coyote Dax era sudamericano, de ahí la diferencia entre su castellano y el nuestro”. ¡Ja! Armando Manzanero también el sudamericano y hay que ver qué primorosos boleros. No me vale la excusa. Pero el caso es, no nos desviemos del tema (que me voy por los cerros de Doña Úbeda), que todavía hoy, diez años después, todos sabríamos bailar aquello. Pues lo mismo nos pasará con el tema del asiático este. Que a la vuelta de una década, aún nos veo yo pegando saltos caballunos en cuanto a algún nostálgico con mala leche le dé por pinchar el disco.

            El fenómeno del hombre este de gafas de sol y nombre de duda razonable (lo acabo de buscar en Google y se llama Psy. Parece mi hija cuando le pregunto si ha hecho los deberes. Siempre me contesta eso: “psssy”), con su jeta de póker y su conjunto de movimientos espasmódicos, ha revolucionado internet, las discotecas, y de paso toda fiesta de nochevieja, celebración de boda, cena de empresa con discoteca móvil y verbena que se precie. Si ya hasta en mi charanga la estamos ensayando, y es terminarla y quitarnos el pito de la boca (entendamos por pito trompeta, saxo, clarinete o similar, malpensados) y mirarnos todos con cara de “uggggggss”. Me veo esta próxima Semana Santa sacar algún paso en procesión con esa musiquita (ya pasó, recordad, con el “ai, se eu ti pego”, otra que tal baila).

            Me dirijo a todos esos magníficos compositores musicales (entre ellos a algunos que conozco), fantásticos cantantes (también conozco unos cuantos) e increíbles músicos (ni os cuento de estos los que tengo la suerte de conocer) que han echado su vida en estudiar y mejorar para parir hermosas, soberbias canciones, cantarlas e interpretarlas, y nunca ven su trabajo convenientemente reconocido. No importa cuánto os hayáis esforzado: luego vendrá un fulano con un esperpento de canción cuya letra ni siquiera se entiende (podría estar llamándonos a todos gilitontos, y nosotros tan frescos venga a levantar la pata, ole, ole, el gangastail) y se hará multimillonario ante vuestras narices sin siquiera despeinarse.

            Queda demostrado, una vez más, que al ser humano no le importa demasiado la calidad. Lo que le priva es hacer el moñas en grupo. Aunque sea una chorrada, pero que sea la misma chorrada hecha por todos a la vez. Pues hale, os dejo al coreano. Yo me voy a escuchar a Los Sabandeños, y si me entran ganas de bailar, me marco una buena salsa, que además de mover el esqueleto se puede mojar pan.

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