sábado, 22 de diciembre de 2012

SALUD QUE HAYA


         Ellos son los que dan el verdadero pistoletazo de salida de la Navidad. Sus cánticos de voz blanca e infantil son los que nos traen la ilusión. La traen… y se la llevan, porque nunca nos toca nada, al menos a mí. El soniquete de los “miiiiiiil eeeeeuroooooooos” (me gustaba más cuando eran ciento veinticinco miiiiiil peseeeetaaaaas) es algo que a todos los españoles nos mete de lleno en las fiestas. Hasta que ellos no cantan, no hay Navidad.

            Reconozco que me habría encantado que el número que jugaba la escuela de música en la que estudio hubiera tocado. He vendido cien papeletas a amigos, compañeros y familiares, y si yo hubiera podido darles la oportunidad de salir de este cenagal tan cabrón en el que todos estamos metidos (paro, pobreza, recortes, estrecheces, dificultades, maldito año 2012 monstruoso y crítico como pocos) habría sido la mujer más feliz del mundo. Por Paco, que le han recortado un veinte por ciento del jornal y le han quitado la extra. Por Begoña, que lleva cuatro años sin trabajo. Por Ángel, que no se atreve a tener un hijo porque no encuentra cómo mantenerlo. Por Manolo, jubilado y con dos hijos en casa aún. Por Fernando, que es el único que tiene curro en su casa y no sabe si el ERE que prepara su empresa le va a afectar. Por Ana, cuyo negocio necesita un empujón para no tener que cerrar. Por mí, que llevo dos años sin encontrar trabajo. Por…

            Sé perfectamente a quién le he vendido papeletas y cuántas tiene. La alegría de volverme loca celebrando la suerte con todos ellos habría hecho de estas las más hermosas navidades de mi vida, pero no ha sido así. La diosa Fortuna ha pasado otra vez de largo, y no he podido ser su hada de los sueños. Una vez pinchado el globo de la ilusión, bajo de nuevo a la Tierra, a la realidad, y me doy cuenta de que ese privilegio está reservado para otros, no para mí. Pero no dejo de reconocer que, aunque no me hubiera tocado ni un céntimo, si mi mano hubiera sido la repartidora de esa inmensa suerte, ahora mismo sería una de las personas más dichosas del mundo.

            Cuando eres pequeño y te preguntan eso tan típico de “y tú, ¿qué quieres ser de mayor?”, a ningún niño se le ocurre decir “quiero ser lotero”. Todos echan mano de las profesiones heroicas: médico, maestra, bombero, enfermera… Pero luego te haces mayor, y te das cuenta de que pasas el año viendo en las noticias imágenes de guerras, atentados, muertes y desastres. La crisis, el aumento incesante del paro, los inmigrantes que se ahogan tratando de llegar en patera sin saber que van de Guatemala a Guatepeor, los desahucios, la desvergüenza de banqueros y políticos, el lujo en el que nadan algunos y la escasez con la que luchan otros son noticia todo el tiempo. Pero hay un día mágico, un día en que el telediario habla durante muchos preciosos minutos de esperanza y de alegría, y ese es el informativo de hoy. Hoy se ve en las caras, en los ojos de muchos, la felicidad de un sueño cumplido, la posibilidad de dejar atrás grandes preocupaciones. Hoy se solucionarán muchos problemas, muchas almas que no dormían por el agobio económico que les atenazaba respirarán aliviadas, y soñarán felices con una vida mejor a partir de mañana. El telediario del día 22 de diciembre es el más bonito del año.

            En mi próxima vida quiero ser lotera. A ver si quien lleva el cotarro este de los destinos humanos me concede al menos eso. Quiero sacar el cava de la nevera para celebrar que participé en la suerte de otros, quiero llorar de alegría viendo que gracias a mi trabajo alguien pudo pagar su hipoteca por fin, que alguien que vino a buscarme para comprarme un décimo logró montar el negocio con el que llevaba tiempo soñando. Quiero que esa chica que espera un hijo tenga con qué darle una vida mejor, quiero que ese matrimonio que necesitaba dinero para operar a la niña en Estados Unidos respire esperanzado y coja por fin ese avión, quiero…

            Este año no ha podido ser. A ver si el que viene. Os dejo, que ahora necesito intimidad para llorar a gusto viendo la televisión. Voy a ver las lágrimas, los abrazos, el júbilo de gente a la que no conozco, pero a la que deseo que ese dinero les haga felices. Voy a soñar junto a ellos y a emocionarme con su alegría sincera, inmensa, preciosa y navideña. Y para los demás, salud que haya.

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