martes, 31 de enero de 2012

ORGULLO CASTELLANO

         Mi padre, entre tantas otras cosas, me enseñó de pequeña eso de que “no se es de donde se nace, sino de donde se pace”. Lo hizo para que dejase de llorar después de mi primer “transplante”, el que me arrancó de mi León natal para ponerme en Palma de Mallorca, una isla cálida y con un idioma nuevo, un lugar que al principio me pareció otro mundo, pero que acabé aceptando. Lo conseguí al fin… justo, justo, justo antes de volver a transplantarme.
            Desde que aprendí e interioricé ese refrán me ha resultado más sencillo aceptar los siguientes transplantes, que han sido unos cuantos, y me he mimetizado con los oriundos igual que si fuera uno más. Pero de vez en cuando llega algo, como un soplo de brisa, como un olor que recordamos de la niñez, y me invade de nuevo el orgullo de ser castellana. Y en semanas como esta es cuando recupero mi carácter mesetario para pensar de puertas adentro: ¡qué redaños tenemos!
            En semanas como esta, el Cid Campeador, uno de los más grandes héroes que ha parido España, cabalga de nuevo con doce de los suyos, (polvo, sudor y hierro) hacia un destierro a todas luces injusto, pidiendo asilo a los campesinos burgaleses, que se lo dan aún a costa de perder la propia vida, porque son como él: leales, duros y valientes. Y al fin, sobre la muerte, sobre el rey, sobre los moros y sobre todo lo que se menea, él gana, teniéndolo todo en contra, pero gana. Y sus tátara-tara-tara-tara-tara-tara-nietos, los jugadores del Mirandés, repiten su gesta, aunque no a lomos de Babieca y espada en mano, sino con calzón corto, botas de tacos y un balón de reglamento.
            No son muchas las ocasiones en que un equipo como el Mirandés puede cambiarse el nombre y llamarse “David”, el héroe que mató al gigante Goliath, como todos sabemos, arreándole una pedrada en todo el frontispicio. Pero ahora está pasando, y yo sé por qué es: Rodrigo Díaz de Vivar se ha cansado de que su Burgos no aparezca en los mapas más que por la Catedral, y ha decidido poner el orgullo de sus paisanos en el lugar que merece; el Mirandés ha sido su instrumento, su Tizona, su Colada y su armadura. Y ha insuflado en ellos el coraje que narraron los cantares de gesta para hacer que se hayan convertido en la admiración de toda España, pero sobre todo en el triunfo de los castellanos.
            En el Mirandés juegan un puñado de hombres hechos del mismo barro duro que aquellos hidalgos que formaban su ejército fiel, y Miranda entera ha olvidado sus problemas y su crisis para gritar como un solo hombre que la hombría castellana sigue tan viva como antaño, y que igual que el Campeador pudo con todo lo que se le puso delante, el Mirandés podrá con los leones de Bilbao.
            Lo siento por los vascos, pero todas mis fuerzas hoy se van con los de Burgos. No suelo tomar partido en estas cosas, pero mi sangre castellana me empuja a estar con ellos. Aunque perdiesen, nunca olvidarán las alas, el sueño que les han dado a los suyos. Y aunque hoy el equipo y los seguidores del Mirandés hayan ido a Bilbao en autobús, junto a ellos, con doce de los suyos, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.
            Mamás, alimentad a vuestros niños con sabrosas morcillas de Burgos, y veréis hasta dónde llegan de mayores. Como poco, llegarán a semifinales de todo lo que se propongan. Seguro.

lunes, 30 de enero de 2012

EL TRANSPLANTE

            Mateo nació madrileño con acento andaluz. Algo bastante corriente en aquellos tiempos, por cierto, ya que aunque algún noble de neurona única piense lo contrario, los andaluces trabajaron, y mucho, para levantar España en los tiempos revueltos. Eso, el trabajo, determinó su primer transplante.
            Dicen que esas operaciones, cuando tienen lugar a corta edad, no son tan traumáticas, así que la primera amputación de raíces que sufrió Mateo fue bastante llevadera, y el madrileño con acento andaluz pasó a ser barcelonés con cierta gracia en las “eses”. Sus raíces nuevas se agarraron bien a la tierra, y creció sin más problemas. Lo peor vino con el segundo transplante.
            Empezar de cero con dieciocho años es un reto inmenso. Nadie que no lo haya sufrido puede saber hasta qué punto. Para Mateo no sólo cambiaron el aire y la luz, la tierra y el agua, sino también el ánimo y las ganas. Dejó atrás a los amigos, a las personas con quienes había elegido estar, y no encontraba las fuerzas para comenzar relaciones nuevas. Para combatir el rechazo que le produjo este nuevo transplante de raíces, se volvió más introvertido, y buscando apoyo y compañía para sobrellevar las horas encontró un amor que aún le acompaña: su cámara de fotos. Con ella en las manos, persiguiendo instantes irrepetibles de lo que ocurría a su alrededor, vagando a la caza de imágenes bellas o distintas, fue aprendiendo a amar su nueva tierra, aquella con cuyo acento habló desde niño, pero que por desconocida le había resultado hostil en un principio.
            Dice un refrán que “no se es de donde se nace, sino de donde se pace”. Y yo, como múltiple transplantada que soy, sé bien que no es del todo verdad, porque al final, cuando ya uno ha experimentado lo que es hacer el hatillo y tener que cambiar de aires, comprende también que es el amor lo que más nos ata, y por eso Mateo se quedó en tierra de olivares; le llenó el corazón una andaluza, y los dos arbolillos jóvenes que plantaron juntos fueron los que terminaron de consolidarle. A pesar de ello, de vez en cuando echaba de menos el aire del mar, y les hablaba a sus hijos de Barcelona.
            No es sencillo combatir la nostalgia, ni tampoco pasarse la vida soñando con mirar los paisajes que nos vieron crecer cuando los tenemos lejos, pero Mateo, que al fin había alcanzado la estabilidad laboral después de mucho esfuerzo y muchos oficios, no sabía qué hacer para dejar de echar en falta los escenarios de su adolescencia. Y una vez más su cámara, la fiel amiga que siempre le había acompañado, que había sido su refugio y seguía siendo una de sus grandes pasiones, le dio la respuesta. “Úsame”, le dijo. “Fotografía lo que añoras, cada detalle. Haz una escapada a Barcelona y lléname de sus imágenes. Y después de eso, busca aquí, en Jaén, aquellos rincones que signifiquen algo para ti. Con todas esas instantáneas, unas junto a otras, haremos un libro, y verás cómo entre los dos conseguimos que tus dos tierras se acerquen tanto que casi podrán tocarse. Pondremos bajo cada una de las fotos un verso, una frase, un pensamiento, un recuerdo feliz… lo que se te ocurra. Será como el teatro de tu vida”.
            Si vais alguna vez a Barcelona, o a Jaén, y veis un hombre serio haciendo fotografías y hablando con su cámara, no os extrañéis. Es Mateo, que está trabajando en el libro. Cuando lo tenga terminado le servirá para explicarles a sus hijos por qué es como es, y también por qué ha peleado tanto para no tener que transplantarlos a ellos. A veces las imágenes pueden explicar muchas más cosas que las palabras solas, y Mateo conseguirá, viendo a Colón señalar hacia un campo de olivos, sentir que las heridas del último transplante se le han cerrado para siempre.

domingo, 29 de enero de 2012

RETRATO EN PALABRAS DE UNA MUJER ESPECIAL

            Anjana, la retratista en palabras que ya ha dejado aquí algunos de sus trabajos, pasó ayer por la playa de la Malvarrosa, el lugar en el que yo la conocí. Con su melena de rizos suelta y su eterno aspecto bohemio, me tuvo un rato entretenida contándome algunos de sus últimos viajes. En uno que hizo a Madrid encontró a una mujer muy especial, y tanto le ha marcado su personalidad que no ha podido resistirse a plasmarla en uno de sus retratos literarios. Me lo ha dado para que lo difunda, por si alguien la conoce y se lo hace llegar. Espero que así sea, seguramente le gustará conocer la visión que los demás tienen de ella.
            “La bella Helena de Troya, de hermosura legendaria, provocó con sus indecisiones amorosas una guerra, y con este dudoso honor entró en la Historia. Sin embargo, la mujer que hoy he conocido sólo comparte con la troyana cinco letras. Con la “H”, letra falsa donde las haya porque no suena y traiciona la ortografía de quienes no la conocen bien, Elena perdió también el rasgo de la indecisión. No he conocido a nadie con un carácter como el suyo. La constancia de los Leo se manifiesta en ella con todas sus consecuencias; es de las que se ponen un objetivo delante y caminan hacia él sin detenerse. Da igual que tropiece; vuelve a levantarse y sigue andando hacia su meta. Cuando se propuso cambiar la obesidad por la salud, ya sabía que era difícil, pero eso no la desanimó. Y cuando encontró el camino para lograrlo, se dio cuenta de que su ayuda y su ejemplo podían ser determinantes para otros. Decidió apoyar a cuantas personas se lo pidieron, hombres y mujeres con un carácter menos perseverante que el suyo y que necesitaban de una muleta para recorrer ese camino en el que ella llevaba ya la delantera. Y se prestó a ello con todas sus fuerzas. Es un peso, el de tirar de los demás, que a ella no le supone esfuerzo, al revés, hace que se sienta más ligera. No pierde la sonrisa cuando mira a los otros, y sus ojos sinceros siempre dicen: “Cuéntamelo, yo te ayudo”.
            Vivir la infancia con muchos hermanos agranda el corazón y pulveriza el egoísmo, y Elena lo sabe bien. Se comparte la cama, la ropa, los juegos, el cuarto de baño, el cepillo del pelo, el amor de los padres… se aprende a ser generoso, y después uno ya no puede dejar de serlo nunca. Esto hace que, en ocasiones, a las personas así se las tome por lo que no son, y siempre hay quien trata de aprovecharse, ya sea en el terreno laboral o en el afectivo, o en los dos a un tiempo. Y por esa razón una persona valiosa e inteligente como Elena se ha unido a la tendencia de moda en el país, que no es otra que estar en el paro. Pero su optimismo ha sabido encontrar el lado bueno de eso, porque así tiene tiempo de cultivar dos de sus grandes aficiones: la cocina y el uso y disfrute de sus muchos sobrinos, que la quieren como tía, amiga, consejera, canguro y maestra. Aunque ellos no lo sepan, son tan felices a su lado porque han tenido la suerte de tener como tía a una persona tan buena como completa.
            Todas las personas tenemos un punto débil. A las rocas más duras, a veces, les pasa que por alguna grieta se les cuela el agua de lluvia. Luego llega una helada, y ese agua aumenta de volumen al congelarse y parte la roca en dos. Elena está llorando porque la muerte se ha llevado a alguien a quien amaba mucho. Y es que perder a uno de nuestros compañeros de juegos, a quien recordamos junto a nosotros desde el principio de nuestra existencia, ese hermano mayor que nos llevó tantas veces de la mano, es como perder un brazo. Cuando el niño, el muchacho, y luego el hombre que nos ayudó a partir la carne cuando aún el cuchillo se nos resistía, nos echó una mano para remediar los efectos de nuestras travesuras, nos aconsejó con nuestros primeros amores adolescentes y creció a nuestro lado, cuando ese que siempre creímos que estaría toda la vida con nosotros de pronto desaparece, cuando la ley natural se incumple y no es un anciano el que muere sino tu igual, sientes como si tú también murieses un poco. Nunca es justo, siempre es demasiado pronto. Ese dolor indescriptible, esas lágrimas que se le han colado dentro son las que amenazan con congelarse y partir a Elena en dos como si fuera una roca. La mujer constante, cariñosa y soñadora, la muleta en la que tantos se apoyan, cree que se está quedando sin fuerzas. Pero hay un poder que aún no ha alcanzado a ver, y que la rodea aunque ella no lo sepa. Yo lo he visto a su alrededor y sé que es lo que hará que la leona renazca y sonría con toda su fuerza: el amor y la admiración de las personas a las que ayuda todos los días. Cuando a ella le quedaban pocas palabras de aliento, las empleó para animar a los demás y no guardó ninguna para sí misma, tanto que casi estuvo al borde de perder toda esperanza. Pero esas palabras fueron semillas que prendieron en otras almas, y algunas de ellas son las que ahora van a abrigarla, a darle todo el calor necesario para que el agua de su llanto no se congele y rompa ese corazón tan generoso. Y entonces Elena pondrá en marcha su Thermomix para inventar nuevos platos, y quizá incluso se atreva con esa empresa de cátering sano que lleva tanto tiempo queriendo montar. Ya no será, como siempre en el colegio, la última de la lista por el maldito orden alfabético que siempre deja detrás a los apellidos que empiezan por V, X, Y y Z: será Elena, la Ele-o-na peleona de coche negro y corazón dorado, la primera en la lista de amigos de mucha gente.
            Hace tiempo vi un mosaico que representaba a la hermosa Helena de Troya. Era muy antiguo, y le faltaban algunas piezas. Al principio sólo podía ver los agujeritos negros de las teselas perdidas, pero al cabo de un rato mis ojos se acostumbraron y alcancé a disfrutar de la belleza del conjunto. A pesar de los vacíos, el mosaico seguía siendo tan bonito como cuando fue hecho. Me pareció una metáfora perfecta de la vida. Espero que lo entiendas, Elena, y que mires a tu alrededor y veas que, aún en la distancia, hay tantas personas que te quieren tanto que te va a resultar imposible no sonreír”.
            Desde todas partes y desde ninguna, Anjana, la retratista en palabras. Enero de 2012.

sábado, 28 de enero de 2012

LAS CINTAS DE TU CAPA

            Quizá porque te conocí vestido de tuno, aunque hace años que no te pones el traje de terciopelo negro, no puedo evitar, cuando te miro, pensar en las cintas que bordé para tu capa. ¿Qué habría pasado si no me hubiera esforzado con aquella primera cinta? No lo sé, tal vez nada, tal vez sí. Lo que sí sé es que la ilusión que puse en aquel primer trozo de raso azul cielo te empujó a averiguar si merecía la pena volver a Santander.
            Enamorarse de un tuno es enamorarse de algo más que un hombre. Es entrar a formar parte de la Historia, con mayúsculas. Es abrazar la tradición, el piropo, la canción, el requiebro, la noche, los claveles, el revuelo de capas y cintas, el rasgueo de una guitarra, el trinar de una bandurria. Es entrar en la parte más hermosa de la España en la que he nacido.
            Dice la tradición que en cada cinta que adorna tu capa llevas un trocito de corazón, y debe ser verdad, porque poco a poco te fui dejando el mío, a cachitos, en cada una de las que te bordé. Del resto, las que no salieron de mis manos, conozco la procedencia de algunas. De otras no, pero me da igual, porque desde aquel primer mensaje hecho de hilo, raso y esperanzas, toda tu vida ha sido mía.
            Durante cuatro años busqué los colores más innovadores para cada ocasión: cobre, amarillo fosforescente, verde mar, rosa pasión… e inventé para ti los mensajes más misteriosos, los más bellos que se me ocurrieron. “Una rosa pintada de azul es un motivo”, dice el bolero, y yo pinté para ti una rosa azul sobre una cinta blanco nacarado, porque mi motivo mayor eras tú, y sigues siendo tú. En otra te recordé aquel café con tostadas en la cafetería del Alisas, lo primero que compartimos. Ahora desayunamos juntos cada día, pero entonces… era distinto. Bordé una cinta color oro viejo con hilo negro y plata, y el texto en latín te recordaba lo mucho que me gustaba besarte. Esos mensajes no han caducado, ni lo harán, porque sigues siendo para mí la razón por la que me levanto cada mañana. Aunque la edad me haya hecho más gruñona, aunque los problemas que ahora tengo y entonces desconocía me roben a veces la sonrisa, sólo necesito recordar aquella primera ronda bajo mi balcón para que la ilusión regrese y me envuelva, y mis dieciocho años vuelvan a ser la edad que reflejen mis ojos. Aunque ya tenga arrugas en la cara y manchas en las manos, aunque mi carnet de identidad diga otra cosa, cuando me cantas los años se me borran y tú vuelves a ser aquel tuno rubio de mirada azul y beca roja y negra, y yo vuelvo a ser la azafata rubia con la gorrita de marinero que trataba de que todos aquellos gremlins con capa llegasen a los actos programados en el certamen, allá por el 91, en el Santander lluvioso en que la vida me había puesto.
            Bendigo cada día aquel marzo de frío y chubascos en que te vi llegar con tu traje de terciopelo. Ese traje que ahora duerme en un armario, junto con la capa llena de cintas que tantos pinchazos le procuraron a mis dedos inexpertos, es el testigo de lo que vivimos, y siempre, mientras conserve mis neuronas activas y en su sitio, recordaré tu imagen vestido con él. El día en que la edad o el Alzheimer me roben ese recuerdo, sólo me quedará sentarme a esperar el final de la vida. Una vida que ha merecido la pena porque la he vivido contigo.
            Por si no te has dado cuenta, te estoy diciendo que te quiero. Buenas noches, amor.

jueves, 26 de enero de 2012

PATRICIA

            Todo empezó con un desengaño amoroso. Aquel chico llevaba a Patricia por la calle de la amargura, pero ella no conseguía dejar de correr tras él como un perrillo. Él le daba un día de amor, y al día siguiente se dejaba ver comiéndole la boca a cualquier otra que se cruzara en su camino; Patricia lo tenía en un pedestal, y si él era perfecto… si él era perfecto, entonces el fallo estaba en ella.
            Nadie espera de una muchacha de diecisiete años que sea perfecta, pero Patricia necesitaba serlo para que él no mirase a otras, para que no tocase a otras. Comenzó a fijarse en ellas, eran bonitas, con espectaculares cuerpos, melenas largas y una gran generosidad a la hora de dejar que él las disfrutase. Ella tenía que ser mejor. Quizá si cedía a acostarse con él, como le había pedido tantas veces, dejase de mirar a las otras. Lo hizo. No fue suficiente.
            Patricia se miró al espejo buscando el fallo. Algo había en ella que no estaba bien, y tenía que encontrarlo y suprimirlo. Dio varias vueltas frente al espejo, vestida sólo con sus braguitas y el sujetador. Las otras eran delgadas y espléndidas. Ella debía serlo también, y para llegar a esa meta le sobraban kilos. Tenía que actuar, y deprisa, antes de perderlo para siempre. Se sentó en su escritorio y se trazó un plan draconiano para reducir peso en el mínimo tiempo posible.
            Su madre empezó a notar que apenas comía, y que las ojeras destacaban en su cara más que sus propios ojos azules. Trató de hablar con ella, pero Patricia consiguió engañarla. No pasa nada, mamá. Los exámenes, que me tienen un poco absorbida. Estudio hasta tarde y no tengo apetito, pero me esforzaré en comer más. Comenzó a provocarse vómitos para que no fuesen tan evidentes sus ayunos. Un mes después, los pantalones se le caían. Lo iba a conseguir.
            Comenzó a usar ropa holgada, se ponía varios jerseys a la vez, porque tenía frío, y para que su familia no viese su cuerpo. A los dos meses su delgadez era notable, pero ella se miraba al espejo y se veía gorda. Él comenzó a rehuirla, y Patricia comenzó a espiarle. Seguía yendo con otras chicas, pero ya ni siquiera el sexo le servía para atraerlo. Tenía que adelgazar más.
            Tomaba café a todas horas, al principio con sacarina, después sin nada. Su pecho desapareció, las costillas eran evidentes bajo su piel, bebía litros y litros de agua y vomitaba todas las comidas en cuanto se quedaba sola. Comenzó a perder pelo, y se lo cortó para que no se notase. No tenía ganas de nada, no estudiaba. Hacía ejercicio continuamente para acelerar la pérdida de peso. Él seguía sin querer verla, es más, le pidió que dejase de perseguirle, que no le llamase, que no fuese a buscarle al trabajo. Para entonces, Patricia ya estaba en los huesos. Llegó la depresión, y se encerró en su cuarto a llorar. No escuchaba a sus padres, no quería ver a nadie. Hubo que sacarla de allí por la fuerza.
            El día que cumplía los dieciocho años estaba ingresada en una clínica, sedada, entubada y alimentándose contra su voluntad a través de sondas. Hicieron falta varios especialistas y más de un año de hospitalización para que volviese a comer, ganase peso hasta un nivel aceptable, curase su depresión y dominase la anorexia. Cuando volvió a casa aún estaba muy delgada, pero lo primero que hizo fue ir a buscarle a él, con una sonrisa pintada en la cara y toda la ilusión de volver a verle. Regresó llorando, y pidió volver a ingresar en la clínica, el único lugar en el que se sentía segura.
            Han pasado ya unos años de aquello. Patricia mantiene bajo control al monstruo de la anorexia, pero le han quedado huellas imborrables: una lesión cardíaca, osteoporosis y uno de los riñones tan dañado que apenas le funciona. No volvió a ver a aquel chico, pero sabe que en realidad no fue él el causante de su enfermedad, sino sólo quien encendió la mecha de la bomba que su cabeza llevaba dentro. Sabe que es una enferma crónica, igual que un alcohólico, un drogadicto o un ludópata, pero confía en que la ayuda del psicólogo y su propia fuerza de voluntad la mantengan a flote. La anorexia es un verdadero infierno.
            Durante unos años se habló mucho de esa enfermedad, pero ahora parece que ha “pasado de moda”. No es así, sigue habiendo muchas adolescentes, niñas y mujeres adultas que tratan de arreglar los problemas de su vida dejando de comer. No las olvidemos.

miércoles, 25 de enero de 2012

MI PEQUEÑA FLOR

            Mi pequeña flor era una de las criaturas más dulces que yo he conocido nunca. Menudita, comprensiva, dulce, buena. Para ella no había nadie malo, creía en la gente, en el amor y en la vida, creía en la felicidad y en la buena fe. Soñaba, como soñamos todos, con formar una familia, con tener lo que todo el mundo tiene. Para ella la normalidad era sinónimo de dicha y alegría. Ayudaba a todos, quería a todos, y su debilidad por los niños hacía que todos los pequeños la adorasen. Cuando ella hablaba, el cielo entero sonreía.
            Llegó un día en que mi pequeña flor se enamoró, y vio en alguien lo que buscaba. Cupido se quitó la venda de los ojos y se la puso a ella, y a pesar de que ninguno de los que la queremos estábamos demasiado convencidos, tiró para adelante y eligió. Quise pensar que ella acertaba y yo me equivocaba, pero fue al revés. Durante un tiempo fue feliz queriendo creer que las cosas iban a cambiar, a mejorar, pero la flecha que el ángel del amor le había clavado se infectó, y la gangrena se fue extendiendo con el paso de los meses. Su clavel enamorado resultó ser un cardo, y cuando enseñó las espinas ya era tarde para volver atrás.
            No hace falta pegarle a una mujer para convertirla en una desgraciada. Basta con aislarla e ignorarla, es suficiente con mostrarse encantador con todo el mundo menos con ella. Mi pequeña flor comenzó a marchitarse poco a poco. Le faltaba la ilusión que era su alimento, sus ojeras cada vez eran más grandes y su cuerpo más pequeño. Y su perenne sonrisa, la que siempre lo iluminaba todo a su alrededor, se esfumó. Dejó de luchar y se resignó a que su vida solamente fuera eso, existir. Sin amar. Sin sentirse amada. La felicidad era un cuento de hadas, pero no era posible en la realidad.
            Fueron años muy difíciles, aunque ella no se lo dijo a nadie. No entiendo cómo pudo vivir así, el miedo que sentía de perder lo poquito que le quedaba de hermoso en su día a día mantenía su boca cerrada. Había apostado todo lo que tenía, y le había tocado perder, eso era todo. Pero de pronto, sin esperarlo, sucedió algo. Un rayo de sol se coló por entre las nubes negras de su cielo, como ocurre a veces en los días de tormenta, y esa luz se le metió dentro. Se aferró a esa esperanza, y sus pétalos se colorearon tímidamente otra vez. Quizá después de todo la felicidad soñada sí era posible, quizá la condena que la vida le había impuesto no fuera perpetua, quizá… quizá pudiera, después de todo, recuperar la sonrisa.
            El rayo de sol comenzó a tostar la piel de sus mejillas, y ese agradable calor le fue devolviendo las fuerzas, pero el viento cambió su rumbo, y las nubes negras volvieron a cubrirlo todo. El sol estaba escondido tras ellas, pero no podía asomarse. Y la pequeña flor, que pudo tratar de romperlas de un cañonazo, no lo hizo. No quiso dañarlas: las nubes, aunque ciegas y egoístas, no tenían la culpa. Pero algo en ella había cambiado. Se negó a volver a marchitarse, y el recuerdo del poco calor que había recibido de ese rayo de sol se le quedó escondido en las raíces. Luchó por no volver a helarse, recogió sus pétalos y esperó.
            Hay que ser muy valiente para vivir lo que mi pequeña flor vive, plantada en un jardín hostil, y mantener la cordura. Pero lo peor de su invierno ya ha pasado, sólo es cuestión de tiempo que las nubes busquen otros cielos y el sol vuelva a brillar. Y si ese día hacen falta mis manos para desenterrar sus raíces y que pueda trasplantarse a donde a ella le dé la gana, yo iré y cavaré. Hasta que ese día llegue, espera, pequeña flor, y mantén tus colores, aunque sea difícil. Ser dulce, cariñoso y bueno acaba teniendo su recompensa, y la tuya no tardará en llegar. Yo ya tengo una botella de buen cava en la despensa, de ese que solamente compro para celebrar las cosas que merecen la pena. Estoy deseando descorcharla contigo.

martes, 24 de enero de 2012

POSTIZOS

            No sé si os habéis fijado alguna vez en el peinado del traje regional de las valencianas. Es fácil que hayáis visto a las falleras en la televisión, o que hayáis estado en Fallas alguna vez. Se trata de un moño elaboradísimo, lleno de detalles, rodeado con dos trenzas y cruzado de elementos decorativos dorados o plateados. A los lados, sobre las orejas, lleva dos rodetes de pelo con sus ganchos correspondientes, estilo a la Dama de Elche, pero más pequeños. El conjunto va adornado con tres peinetas ricamente labradas.
            Cuando vine a vivir a esta tierra y me vestí por primera vez de valenciana (a los cuatro días, más o menos), recuerdo que pensé: “madre mía, cuánto pesa esto”, porque para realizar el peinado hace falta añadirle al pelo propio un montón de mechones de cabello postizo. Al principio, me lo hacía con pelo prestado; después compré mechones nuevos, teñidos de mi color. Los usé durante trece años, y tanto los mojé, los engominé, los coloqué, los descoloqué, los lavé, los peiné y los volví a engominar, colocar y descolocar que al final se acabaron declarando en “huelga de pelos caídos” y me vi en la necesidad de comprar mechones nuevos.
            Mi hija mayor hacía la Primera Comunión ese año, y para ello le había dejado crecer la melena más de lo habitual. La pequeña, por imitación, también quiso llevar el pelo largo ese día, y les hice prometer que no pondrían pegas a la hora de cortarlo una vez pasara la fecha de la fiesta. La verdad es que no sé quién tenía más ganas de meter la tijera, si ellas o yo. El calor y las melenazas no se llevan bien, y los rizos y el cepillo tampoco, así que después de aguantar meses de tirones y trenzas, llegó el día… y me dio una inmensa pena. Tanto que, mientras le lavaban el pelo a la mayor, crucé la calle hasta una zapatería próxima, pedí una caja vacía y con ella en la mano me coloqué detrás de la peluquera que estaba preparando ya sus tijeras. Y a medida que los mechones iban siendo cortados, en lugar de dejarlos caer al suelo, los fue poniendo en la caja. Con cada uno de aquellos tijeretazos me venía a la cabeza cada tirón, cada lágrima, cada protesta ante el secador, cada minuto que pasé peinándolas y recogiéndoles el pelo para evitar enredos, las pasadas de vinagre para evitar los piojillos que pululaban por el colegio como Pedro por su casa… Demasiados ratos, demasiado esfuerzo como para tirarlo a la basura.
            Un rato después, sobre el cabello cortado de la mayor cayeron en la caja los rizos de la pequeña, y mientras terminaban de arreglarlas, yo tapé aquella caja de zapatos con cuidado para que no se escapara ningún cabello, ni tampoco nada del tiempo que pasé acariciando sus cabecitas. Ellas son parte de mí, así que no podía dejar que aquello fuera a parar a la basura.
            Lo llevé a un especialista que le dio un tratamiento para preservarlo, y lo arregló para que yo lo pudiera utilizar. Con todos aquellos mechones me hago el tocado de valenciana para las actuaciones, y lo luzco con un orgullo que brilla más que mis peinetas. Y cuando alguien me pregunta: “¿Todo ese pelo es tuyo?”, yo siempre contesto que sí. Y no miento, ¿verdad?

lunes, 23 de enero de 2012

PUERTAS

            Antes no les prestaba atención a las puertas, pero he aprendido que eso es un error. Son un elemento tremendamente importante en nuestras vidas. Se puede saber mucho de una persona viendo las puertas de su casa. Ellas nos cuidan, nos protegen, nos sufren, nos unen y nos separan, y nosotros no les hacemos caso. Pobrecitas.
            Recuerdo el día que vi por primera vez el piso en el que vivo. Es una gran decisión esto de comprar una vivienda, más que nada porque el tema de las hipotecas es casi como una condena de por vida, así que aquel día lo inspeccioné con cuidado casi todo. Casi. No presté suficiente atención a las puertas, pero la de la inmobiliaria me lo remarcó convenientemente: “las puertas son de gran calidad, sapely del bueno”. Yo lo di por válido, aunque no tenía ni idea de lo que era el sapely, y además, la casa llevaba deshabitada varios años y había polvo y porquería para aburrir, cosa lógica, por otra parte. También es verdad que, si las puertas no te gustan, siempre puedes cambiarlas, ¿verdad? Eso dice la teoría. Lo malo es cuando viene la parte práctica.
            La realidad fue que, una vez despojadas las puertas de su capa de olvido y dejadez, descubrimos que en esta casa los niños eran algo así como indios apaches, a juzgar por los rastros de patadas y golpes que mostraba la madera. La niña más crecidita había llenado, además, su puerta de pegatinas del Súper-Pop, y esa fue la segunda lección del día: el adhesivo de las pegatinas se come el barniz y deja huella. Vamos, que entre arañazos, patadas y cromos las puertas estaban hechas un cristo. “No pasa nada”, dijo mi costillo. “Las cambiamos, y ya está”. Pedimos presupuesto. Tantas puertas a chorrocientos euros la unidad, sumaban… una pasta. Ni pensarlo.
            La segunda posibilidad que se nos planteó fue la de pulirlas. Nos lo valoraron: lijado, masillado, reparación de desperfectos y lacado en dos capas, a tanto por puerta… casi tanto como nuevas. Descartado. Yo las miraba y pensaba: bueno, a lo mejor con reparador y una buena limpieza quedan presentables. Se intentó, pero no funcionó. Las huellas de Michael Jackson, Madonna y Britney Spears, de hecho, aún destacaban más. Probé con una buena dosis de resignación, y adopté los arañazos, las patadas y las siluetas. Ahora quedaban los pomos. Si los cambiábamos, haría otro efecto, las puertas tendrían otra apariencia.
            Desmontamos uno de ellos y nos lo llevamos al Leroy Merlín. Ya no los hacen tan grandes, y con cualquier otro pomo se veía la huella del anterior. No se podía hacer nada, había que dejar los que había, aunque el latón estuviera todo picado. Estupendo. Pintamos el piso, limpiamos las ventanas, colgamos las lámparas, pulimos el suelo y metimos los muebles, colgamos las cortinas y quedó todo precioso. Todo menos las puertas, obviamente. Son el grano en la cara de mi casa, la verruga negra y fea en su nariz. La gente dice que no es para tanto, que son manías mías, pero yo sé que no, y que hasta que no reúna el capital suficiente como para hacerles la cirugía estética o para extirparlas junto con sus marcos no estaré conforme.
            A veces miro las puertas de los pisos antiguos, las que se pintaban de colores con Titanlux y una brocha, y me dan envidia. Al menos tú mismo podías repararlas y ponerlas bonitas y alegres sin necesidad de maquinaria industrial pesada y pistolas de lacar (de ahí la expresión de “va pintada como una puerta”). Yo quisiera poder hacer lo mismo con las mías. La de mi dormitorio la pondría de color naranja, la de Marina sería azul, la del cuarto de baño la pintaría de amarillo limón, y la de la cocina rojo fresa. Quizá a algunas personas les podría parecer una horterada, pero iría mucho más con mi personalidad que lo que tengo ahora. Claro, que cuando venda el piso la señorita agente de la inmobiliaria no podría decir eso de “las puertas son de sapely de primera calidad”, porque mis puertas… mis puertas serían indescriptibles.
            Como os decía al principio, se puede saber mucho de las personas mirando las puertas de su casa. Si por arriba están sucias, es porque son un poco dejados. Si la de la cocina tiene grasa, abusan de los fritos. Si hay arañazos de mitad para abajo, tienen gato, perrillo o niños salvajes. Si están de mitad para arriba, perro grande. Si los arañazos son muy profundos, posiblemente les visitó el protagonista de “Psicosis”. Si son oscuras, gustos clásicos. Si son claritas, juventud y mirada alegre. Y si son rojas, verdes, amarillas, azules o con flores, son de alguien como yo, pero más valiente.

domingo, 22 de enero de 2012

LA TIENDA DE MAGIA

            Me llamó mucho la atención el rótulo de la tienda. Era de color azulón, con las letras en amarillo y muchas estrellas de distintos tamaños salpicándolo todo. “Tienda de magia”. ¿Qué habría dentro? Una lástima que pasara frente a ella en domingo y estuviera cerrada. Me iba a quedar con las ganas de entrar, pero como mi curiosidad es muy perseverante y me conozco, anoté la dirección para cuando volviera a pasar por el centro de Valencia.
            Al día siguiente, lunes, se me ocurrió algo urgentísimo que comprar allí cerca, así que cogí el tren y me planté ante la puerta azulona y amarilla. Yo tenía que saber, escudriñar, mirar y remirar. El dependiente, un hombre mayor, calvo y muy amable, me preguntó qué deseaba. “Nada, sólo tengo curiosidad. ¿Qué es lo que venden aquí?” El hombre me sonrió. “Vendemos ilusión, magia, sorpresa, asombro, misterio e imaginación. Mire cuanto quiera, y si necesita algo, ya sabe dónde encontrarme”. Y desapareció detrás de una cortina. Yo me puse a recorrer las estanterías abarrotadas de objetos, y mi fantasía comenzó a hacer de las suyas.
            Allí había de todo lo que uno pueda esperar ver en manos de un mago: jaulas, cajas, chisteras, varitas, barajas de naipes, cuerdas, pañuelos, flores de papel, conejos, palomas, pistolas de fogueo, espadas metálicas y de goma, monedas, billetes, pelotas de colores… Había también una infinidad de libros en los que venían explicados todos los trucos de magia conocidos. Hojeé alguno de ellos, concretamente el de “Trucos de cartas con baraja francesa”, y “Los aros y las cuerdas sirven para algo más que para entrenar delfines”.
            Continué curioseando por entre las estanterías de la tienda, y al fondo del local vi una vitrina que estaba cerrada con llave. En ella había lamparillas de aceite, todas pulidas y brillantes, hechas de latón. Me hicieron gracia porque eran copias de la lámpara que sale en la película de Aladino, y pensé que a mis hijas les podría gustar tener una, así que, viendo que su precio era razonable, decidí avisar al dependiente.
            Cuando compro un décimo de lotería, el lotero siempre me pregunta si quiero algún número en particular, y yo siempre contesto “deme ese que usted sabe que toca”; en esta ocasión pasó algo parecido. El dependiente me preguntó cuál de todas las lámparas quería, y yo le contesté riéndome: “pues deme la que tenga genio”. Él también se echó a reír.
            Cuando llegué a casa con mi regalo, las niñas se mostraron entusiasmadas. “¡Anda, mamá, es igual que la de Aladino!”. Y como habían visto la película, decidieron disfrazarse de princesas orientales. Sacaron mi tetera de Marruecos, el cojín brocado en oro y la alfombra imitación persa, y montaron su propio cuento de las mil y una noches. Lo malo vino cuando frotaron la lámpara: de ella comenzó a brotar un humo negro que nos dio un susto tremendo. Salimos corriendo, y los vecinos llamaron a los bomberos pensando que la casa se quemaba. Cuando llegó mi marido intenté explicarle lo que había pasado; era imposible que no se diera cuenta del incidente porque las cortinas, las paredes y el techo del salón estaban llenos de hollín. No me creyó, y frotó la lámpara para demostrarme que era imposible. Al instante, el sonido de una sirena estridente nos dio un nuevo susto. Los vecinos, alarmados, salieron dando gritos a la escalera.
            Era preciso devolver la lámpara a la tienda antes de que nos metiera en otro lío, así que la encerré en una bolsa y la dejé en mi mochila para llevarla al día siguiente a la vitrina de la que nunca debió salir. Con lo que no contaba yo es con la manía que tiene mi gato de dormir encima de mis bolsos. En cuanto la lámpara sintió el peso del animal, de ella comenzó a manar agua como de un grifo abierto. Por la mañana, cuando echamos los pies al suelo, el agua nos llegaba a los tobillos y las zapatillas flotaban por dentro de casa. Casi me da un ataque.
            Estuve toda la mañana arreglando el desastre y hablando con el perito del seguro, al que le dijimos que se había roto el lavavajillas (cualquiera intenta contarle la verdad, me habría tomado por loca). Y por la tarde me fui a devolver la lámpara. Al llegar a la tienda, el dependiente me sonrió. Creo que ya me esperaba. Le dije que aquel objeto estaba poseído, o maldito, o yo qué sé. Y él, que no parecía nada sorprendido, se limitó a guardar la lámpara en su lugar de la vitrina y a cerrar ésta con su llave. Luego fuimos hacia la caja para que me devolviera el dinero, pero yo no quería quedarme con la duda, y antes de irme le pregunté dónde estaba el truco, por qué aquel puñetero trozo de latón me había dejado la casa negra e inundada, y a todos mis vecinos en pie de guerra. Él, sin dejar de sonreír, me respondió: “es que usted me pidió una lámpara con genio. Y esta tiene mucho, pero que mucho genio”.
            Tengo que tener más cuidado con las cosas que pido en las tiendas. Nunca se sabe lo que puede pasar.

sábado, 21 de enero de 2012

ELEGIR UN LUGAR DE LA TIERRA

            La Madre Naturaleza, que ya sé que no lo sabíais y por eso os lo cuento, tuvo cuatro hijos. Uno de ellos era el que se ocupaba de ayudarla a cuidar del mundo animal, otro le echaba una mano con el vegetal, otro más era su mano derecha en cuanto al aire y al reino de lo mineral, y el último era el que colaboraba cuidando del agua y de sus criaturas. Amaba por igual a los cuatro, y les consolaba y aconsejaba en sus problemas, compartía sus alegrías y sus penas, aliviaba sus enfermedades lo mejor que sabía, festejaba sus triunfos y asumía sus fracasos. Igual que cualquier madre.
            Aérgeo, el mayor de sus hijos, era el que tenía a su cargo la tierra y el aire. Fue el primero en existir, y los reinos de sus hermanos dependían del suyo. Él vio con complacencia cómo Vegelio desposaba a la margarita, cómo Marfluvio se casaba con la estrella de mar y cómo Faunavio se unía a la yegua, pero no entraba en sus planes seguir el mismo camino. Sin embargo, la felicidad de sus hermanos terminó por hacerle desear el mismo tipo de dicha que disfrutaban ellos, y empezó a pensar en elegir una compañera.
            La Madre Naturaleza ya lo esperaba. Los destinos de sus hijos siempre habían de ir en la misma dirección para que todo pudiese funcionar como lo llevaba haciendo desde siempre, así que cuando Aérgeo fue a pedirle consejo ya tenía muy meditado lo que había de decirle. “Hijo mío, la que vaya a ser tu esposa tiene que ser, como en el caso de tus hermanos, parte de tu reino. Ya sé que el aire forma parte de tus dominios, pero ninguno de los vientos es de fiar, como tampoco lo son las nubes, las nieblas ni las brisas; la tierra, sin embargo, es la que consolidará tu vida y tu felicidad. Elige entre todos los lugares el que más te guste y únete a él, pero ten siempre presente una cosa: tus hermanos y sus parejas deben poder visitarte allí, y tu esposa debe poder acogerlos a todos. Si no, surgirán los conflictos y el equilibrio que hay entre vosotros se romperá. Las consecuencias que eso puede tener son fáciles de imaginar: si desairas a Marfluvio y éste no deja a sus ríos discurrir por la tierra, las plantas de Vegelio morirán. Si ofendes a Faunavio y éste retira de ti a sus animales, toda la Tierra será un desierto. Y si es Vegelio el que se enoja y no deja crecer las plantas sobre tu reino, los animales de Faunavio morirán, las lluvias arrasarán la Tierra y la vida será imposible, todos desapareceremos. Lo entiendes, ¿verdad?” Aérgeo asintió, y se fue para comenzar su búsqueda.
            Valoró con cuidado todos y cada uno de los lugares de su reino que más le atraían. Uno de ellos era el Kilimanjaro, una de las montañas más bellas de la Tierra. Solía sentarse en la cumbre para contemplar sus dominios desde la altura, pero a pesar de que la amaba no podía escogerla. Ninguno de sus hermanos, ni tampoco sus esposas, podrían llegar hasta allí. También pensó en el corazón del Sáhara, otro de sus lugares favoritos, sobre todo de noche. El brillo de las estrellas era tan espectacular, y el silencio tan profundo, que le hacían sentir el poder del Universo al alcance de su mano. Pero también tuvo que descartarlo. Y el volcán Kilauea, en Hawaii, por el que sentía verdadera pasión por su fuerza y por su terrible belleza de fuego, también fue eliminado de la lista por razones obvias. ¿Qué otro lugar podía reunir la hermosura suficiente, dónde encontraría el fuego de las entrañas de la Tierra que le provocase esa pasión sin dañar a sus hermanos, qué paraje le regalaría el silencio y las estrellas, y a la vez podría albergar a Vegelio y su margarita, a Faunavio y su yegua y a Marfluvio y su criatura marina?
            Muchas veces, cuando se nos presenta un problema, ocurre que tenemos la solución frente a nosotros y no somos capaces de verla. Ella sabía que era la indicada para ser la esposa de Aérgeo, pero por más esfuerzos que hacía para que él se diese cuenta, no lo conseguía. Tenía que hacer algo para llamar su atención, de modo que se lavó la cara con el agua del Atlántico, peinó sus plantas con la brisa, y aclarando su garganta hizo sonar su voz. Ésta era tan profunda y hermosa que el mundo entero se volvió para mirarla, y también Aérgeo. Entonces ella tembló de emoción al cantarle, y dejó entrever su pasión con un volcán submarino; él se dio cuenta al momento de que al fin había encontrado lo que buscaba, y se enamoró.
            Todo el mundo natural fue testigo de aquella boda. Aérgeo miró a la novia, la isla de El Hierro, y se sintió orgulloso de ella. Y la isla, feliz, le juró amarle y respetarle hasta el fin de los tiempos.

viernes, 20 de enero de 2012

LA IMPORTANCIA DE LA MÚSICA

            La música es una cosa maravillosa. No hay nada que se le pueda comparar. Tiene capacidades y virtudes para dar y vender, y se han hecho ya más estudios al respecto que pelos tengo yo en la cabeza. Lo malo es que los estudios que se han hecho son unos para bien y otros para mal. Me explico: la mayoría están orientados a beneficiarnos, pero hay otros que se han usado para lo contrario.
            De todos es sabido que la música prenatal ayuda al desarrollo físico y cerebral de nuestros proyectos de niños. Desde que salió ese estudio (que ya ha llovido), todas las futuras mamás gorditas y rellenas se han colocado cascos en la tripa para que los tiernos oídos de los fetillos se empapasen de barroco, Bach y Mozart, y favorecer así la creación de conexiones neuronales a velocidad supersónica. También es de todos conocido el efecto beneficioso para la relajación de la música adecuada: suavecita, chill out o amortiguada como si hubiéramos regresado a nuestra etapa fetal, esa en la que nos sentíamos protegidos y despreocupados, y en la que nos limitábamos a chuparnos el dedo y disfrutar de la vida acuática bien calentitos. La idea es que nos sintamos como cuando no sabíamos lo que eran mercados, hipotecas, crisis y primas de riesgo.
            Sin embargo, hay otros tipos de música que han sido creados para manipularnos, utilizarnos o simplemente sacarnos de quicio. Ahí está la madre del cordero. Hace ya unos años leí que en los centros comerciales tienen estudiado el fondo musical que ponen para inducirte a comprar más. Las canciones animadas te las colocan por la mañana, cuando más carga de energía tienes. Las salseras a mediodía, para que te entre el hambre y compres más comida de la que necesitas. Las relajadas van por la tarde, para que te tomes tu tiempo y mires más, y entres a curiosear en los pasillos donde están las cosas que no te ibas a llevar, a ver si picas. Y el chunda-chunda machacón te lo ponen por la noche, para que hagas la compra corriendo y sin mirar los precios antes de que cierren. Lo tienen todo previsto, ahí calculan hasta la cantidad de serotonina, dopamina, adrenalina, endorfinas y un montón más de –inas que el cuerpo humano segrega a lo largo del día. Sólo se trata de ponerle a cada fase la musiquita adecuada, y ¡hale! A llenar carros. En los comercios de ropa moderna te colocan música frenética a volumen inhumano para que te trastornes y compres a saco, y si no, comprobadlo. Entrad en un comercio de prendas juveniles en rebajas, que lo vais a flipar. Yo no lo resisto, me vuelvo tarumba, y sin embargo mi vástaga preadolescente bailotea entre las perchas mientras mira y remira, y con semejante animación toda la ropa le parece chulísima de la muerte.
            Este tema de la inducción al gasto a través de la música lo tenemos presente en muchos ámbitos. El más claro, el de los anuncios en televisión. Uno de los factores más importantes en ellos es la musiquita, y si os fijáis, las más atractivas, pegadizas y machaconas son las de los anuncios de juguetes, chucherías, bollos y refrescos, porque los niños y los jóvenes son los más fácilmente manipulables con esos trucos. Aunque los adultos no nos quedamos atrás, porque está más que demostrado que la gran baza de las máquinas tragaperras es la música combinada con las lucecitas, que llega a ser tan efectiva como para inducirte a que eches y eches monedas sin parar en ese pozo sin fondo, y tus neuronas se atrofien de tal modo que no seas capaz de echar cuentas (porque entonces te darías cuenta de que te están timando a manos llenas, y se les jorobaría el negocio). Para que veáis hasta qué punto la música es importante.
            Hoy me ha sorprendido un nuevo estudio al respecto, y es el de lo que escuchamos cuando conducimos. Resulta que los conductores que escuchan música moderna (pop, rock and roll) corren más. Resulta también que los que se ponen al volante con música suave y melódica están más atentos a las señales y pisan menos el acelerador. Y para terminar, demuestran que los conductores más agresivos, los que más protestan, pitan, dan frenazos y arrancones, y son más proclives a las discusiones violentas de tráfico y a los insultos, son los que van escuchando hip-hop. Toma ya.
            Voy a proponer a la DGT que me den una bonificación de puntos al carnet por ir escuchando siempre la música más indicada por ese estudio. A ver si prospera mi iniciativa, y entre todos hacemos a los Sabandeños y a Sergio Dalma superventas, y de paso bajan los accidentes en carretera, que siguen siendo demasiados.

jueves, 19 de enero de 2012

TU VOZ

            Pocas cosas le disgustaban tanto a Daniela como la impuntualidad, y esta vez era ella la que llegaba tarde. Llovía a cántaros y había perdido el autobús; esperar al siguiente habría supuesto más retraso todavía porque no era una línea de las más frecuentes, y no podía permitirse un taxi, así que decidió ir andando. Llegaba tarde, y además calada hasta los huesos. Estupendo.
            El edificio que albergaba la emisora de radio estaba en las afueras de la ciudad. Las grandes cadenas tenían sus sedes en el centro, pero ella se dirigía a una pequeña emisora local, y ésta emitía desde uno de los barrios más alejados. Chapoteando en los charcos y muerta de frío, Daniela llegó al portal y entró sin llamar. La puerta siempre estaba abierta. Pensó que tendría que leer descalza, porque con los pies mojados y helados no dejaría de temblar, así que nada más entrar en el estudio se quitó los calcetines y los zapatos, y agradeció en el alma la moqueta instalada en el suelo. Alguien le dejó una toalla y trató de que su melena dejase de chorrear frotándosela con cuidado. Luego se quitó la chaqueta y se acercó a una estufa. En diez minutos comenzaba su espacio.
            Daniela colaboraba en un programa de radio que hablaba de deseos. En él, los oyentes planteaban aquello que deseaban conseguir, y en relación con esos especiales anhelos el locutor buscaba los temas musicales, y Daniela escribía un cuento. La semana anterior había llamado una mujer. Ella deseaba que el banco no la echase a la calle y le quitase su casa. Un tema muy en auge últimamente, pero un drama en cualquier caso. Carlos había encontrado varias canciones que hablaban del hogar, y Daniela había construido una historia en la que la unión de los vecinos conseguía parar el deshaucio, y la intervención de un empresario local le proporcionaba a la mujer un trabajo y la posibilidad de evitar quedarse en la calle. Nada original, todo previsible, pero ¿qué podía escribir sobre aquello? ¿Que finalmente el banco se salía con la suya y la pobre señora se quedaba en la puñetera calle con su padre anciano? La gente quería oír cosas que les dieran esperanza, no historias que les hundiesen en la miseria. Esa mujer necesitaba que alguien le dijera que no iba a pasar, que no se iba a ver expulsada de su casa, aunque fuera mentira. Al menos sería una mentira que la alentaría a seguir luchando hasta el final. Las personas necesitaban apoyo para no tirar la toalla, con esa intención se había creado el programa de radio, y para eso Daniela creaba aquellas historias.
            Al terminar el espacio radiofónico, como siempre, se quedó unos minutos con Carlos escuchando los mensajes de los oyentes en el contestador para elegir el deseo que llenaría el programa siguiente. Había muchos, y de todo tipo. Un hombre quería enamorarse, otro quería recuperar un amor perdido, una mujer mayor deseaba que sus hijos la visitasen más y otra que le tocase la lotería para que los suyos se pudieran ir de casa. Hasta hubo uno que decía “quiero tomarme un café con la chica que cuenta cuentos”, cosa que hizo mucha gracia a Daniela. Al fin, decidieron trabajar sobre la soledad de los mayores y la falta de tiempo de los hijos para visitar a sus padres.
            El día a día de Daniela consistía en servir mesas en el bar de sus padres. Lo de la radio era una colaboración por la que no cobraba, pero le satisfacía tanto que no quería dejarlo. A la gente le gustaba, y a ella también; su padre le decía muchas veces que el tiempo vale dinero, y que malgastar las horas era un desperdicio, pero luego dejaba que se fuera los jueves a la radio sin poner ningún problema.
            La semana siguiente, después de acabar el programa, se quedaron de nuevo para elegir deseo, y entre los muchos que había en el contestador volvía a estar el de “Yo querría tomar un café con la chica de los cuentos”. Daniela se echó a reír y no dijo nada. Pero siete días después se repitió el mismo mensaje, y así continuó ocurriendo, semana a semana, durante cuatro meses. Al fin, pese a la oposición de Carlos, ella decidió escribir sobre “el insistente muchacho con necesidad de cafeína”. A su compañero le daba miedo que el oyente fuera algún pirado e intentase hacerle daño a Daniela, pero ella ya lo tenía decidido: no le daría una cita, pero sí un cuento.
            Por la noche se sentó a escribir. Trató de imaginar quién sería, y por qué no se daba por vencido. Tal vez fuese alguien que necesitaba otro alguien con quien hablar, o simplemente un aficionado a los relatos que quería conocerla, y ya está. Pero una vez más le dio alas a su fantasía y construyó para él una historia sobre cafés compartidos y recuerdos de antiguos amores platónicos. Y al jueves siguiente se puso de nuevo delante del micrófono y leyó.
            Él llamó a la puerta del estudio cuando ya estaban a punto de marcharse. Se presentó como Lorenzo; era un chico más o menos de su edad, iba bien vestido y llevaba un bastón blanco. Daniela aceptó al fin ese café, y juntos, bajo la atenta mirada de Carlos, cruzaron la calle hasta un bar cercano.
            Una vez sentados, y después de pedirle al camarero lo que más le apeteció a cada uno, Lorenzo sacó un papel de su chaqueta y se lo tendió a Daniela mientras le preguntaba: “¿No me reconoces? Porque yo a ti te reconocí enseguida. Desde el primer programa en el que interviniste ya sabía que eras tú”. Ella lo miraba, curiosa. Pero no le sonaba de nada su cara. Además, si hubiera conocido alguna vez a un invidente, lo recordaría, sin duda. Y no era así. Abrió el papel, que resultó ser la factura de un dentista. No entendía nada.
–Disculpa, pero creo que estás equivocado –le dijo Daniela–. Yo no te conozco, me acordaría.
–¿Estás segura? Yo juraría que eres la misma Daniela que me quitaba el chupete en la guardería, y que me daba todo tipo de explicaciones mientras me separaba de las paredes del aula para que me perdiera –le contestó él, divertido–. Te aprovechabas de que no podía ver apenas nada, y luego me dejabas solo en mitad de ninguna parte para que no pudiera seguirte y recuperar lo que era mío.
Daniela no podía creer lo que estaba oyendo, pero el caso es que la historia le sonaba. Su madre se la había contado alguna vez.
            –¿Tú eres “ese” Lorenzo? No me lo puedo creer. Pero si yo tenía…
            –Tres años –le interrumpió él–. Y yo cinco. Por eso me acuerdo. Pero ya te hacías entender igual de claro que ahora. Siempre me contabas alguna historia rara que te ibas inventando sobre la marcha para engatusarme, y luego tenía que esperar a que alguna profesora me oyera y me rescatara, porque si no tenía paredes no podía caminar, tenía miedo de tropezar y caerme.
            –¡Qué mala! Dios, qué vergüenza me está entrando –se ruborizó Daniela–. Pero de todos modos me parece increíble que me hayas reconocido sólo escuchándome por la radio.
            –Vale, me has pillado, hay truco –reconoció Lorenzo sonriendo–. Es por lo que dices cuando acabas las historias, eso de “pórtense bien, pollitos míos, si es que quieren otro cuento la semana que viene”. Nos lo decía Nuria, nuestra maestra de la guardería, cuando nos hacía las lecturas de los miércoles. Y si miras alguna foto de esa época…
            –… la guardería se llamaba “La Granja” y llevábamos el jersey del uniforme amarillo y con un pollito como escudo –terminó Daniela–. “El pollito mala leche” me llamaban a mí. Se ve que era de armas tomar, o al menos eso dice mi madre.
            –Lo dice tu madre y lo certifico yo –rió Lorenzo–. Reconoce que me debías este café a cambio de los chupetes robados.
            –De acuerdo, lo reconozco –respondió ella, divertida–. Pero sigo sin entender lo de la factura del dentista.
La respuesta de Lorenzo la dejó, por una vez, sin palabras.
            “Es que tu voz es tan dulce que sólo de escucharte se me han hecho caries”.

miércoles, 18 de enero de 2012

LA MALDICIÓN

            El grupo estaba un poco nervioso. Trataban de mantener el buen ánimo a base de bromas, pero las risas eran tensas. Unos a otros se daban fuerzas, repasando las letras y afinando las voces antes del salir al escenario. Los trajes estaban listos, el maquillaje había sido cuidadosamente aplicado, y todos estaban a punto. Se miraban con los ojos llenos de ilusión y el corazón bailando salsa con las mariposas de sus estómagos.
            Había tanto trabajo en aquellos disfraces como ingenio en las letras y magia en las melodías. Las guitarras ya estaban afinadas, y el bombo y la caja tamborileaban impacientes. El Paraíso hervía en murmullos. Era la hora.
            Antonio Pedro respiró hondo mientras pensaba en todo lo que habían vivido hasta esa tarde. No quería recordar la maldición, pero ésta rondaba su cabeza desde que había empezado a componer los pasodobles y los cuplés, desde que había comenzado a dar forma a la presentación y al popurrí. Él mismo la había conjurado en los carnavales anteriores, sobre aquellas mismas tablas: “Los años pares no sé qué te pasa a ti, los años pares que no me quieres ni ver, y para la final no estoy en tu menú…” Pero el año anterior era impar, y ganaron. ¿Y este? Este era año par, y había puesto la misma maestría o más en aquel trabajo.
            Los chicos no se atrevían a hablar de ella, pero en esos instantes la dichosa maldición se asomaba a todos los ojos. Con la que estaba cayendo tenían material de sobra para divertir y para emocionar, pero sabían que la gente tenía, más que nunca, hambre de carnaval; necesitaban que alguien les hiciera reír y olvidar, y todos los grupos habían echado el resto igual que ellos. No estaban seguros. Si no conseguían llegar a la final, el esfuerzo de tanta gente durante un año se quedaría sin recompensa.
            Antonio Pedro había echado mano de cuantos recursos que se le ocurrieron: contó con el sol de Cádiz y el aire del mar, con el reflejo de la luna llena en la Caleta y con todo el arte y la gracia del acento gaditano, con las inconfundibles voces de los chicos, el dominio de los guitarras y los percusionistas, con la sonrisa limpia de sus hijas, el genio del compositor de las melodías, la creatividad de los diseñadores y sastres, y con su propio duende. Toda la carne estaba a punto de lanzarse al asador, y aún así no estaba seguro. La maldición de los años pares volaba sobre ellos como un buitre calvo y feo.
            Desde que empecé en esto de la escritura y la fantasía, he conocido a casi tantos duendes, enanos, hechiceras, musas, hadas, dioses y brujas como cuentos he escrito. He tirado de contactos hasta llegar a Momo, el dios de la risa, y le he prometido una buena historia en su honor si les echa una mano. No hay cosa que más les guste a los seres mágicos que un buen cuento, así que puede ser que Momo le coloque una silla de montar al buitre y lo utilice para ver los carnavales desde arriba, y que desde allí deje caer su gracia sobre ese puñado de muchachos. Y puede ser que este año, aunque es par, los veamos en la final peleando por un premio. Si es así, Momo tendrá su cuento, Cádiz reventará de risa escuchando a la chirigota del Canijo en el Falla, y la maldición se irá volando para no volver.
            El final de esta historia está por escribir. Me muero de ganas de ver cómo acaba. A por ello, chicos.

martes, 17 de enero de 2012

SAN ANTONIO DE LOS BICHEJOS

            El día de San Antonio Abad, en el pueblo de Miriam, como en casi todos los pueblos de España, se bendecían los animales después de la misa. A la puerta de la iglesia la calle estaba cortada, y un gran montón de leña y trastos viejos estaba preparado para arder en honor al santo. Las mujeres ya tenían listo el pan y las patatas asadas con el vino caliente para animar la fiesta.
            Miriam se puso guapa para llevar a su mascota a bendecir. Se atusó con gomina los mechones rebeldes de la frente, abrillantó sus botas negras de militar, y se vistió discreta. Un pantalón negro, una camiseta negra sin dibujos ni nada, no se fueran a asustar las beatas. Pasó revista a los piercings de su nariz, mejilla, ceja y mentón. Estaban brillantes y perfectos. Se pintó los ojos con lápiz negro, y también los labios. Luego metió a Ruperta, su mascota, en una jaulita, y salió a la calle rumbo a la iglesia.
            Había dejado de llover, y la noche, aunque fría, resultó agradable. Le llegaba ya el calor de la gran hoguera cuando se puso en la cola de los animales con Ruperta. Delante de ella, una señora llevaba a su Yorkshire vestida de bailarina, con un tutú rosa. La miró raro, pero no le dijo nada. Inmediatamente delante de la Paulova peluda, una pareja con un cerdo vietnamita al que habían colocado una corbata de rayas bromeaba sobre el tutú, pero se les fue la sonrisa al ver a Miriam. Una gótica no pegaba nada en aquel acto.
            En la fila había de todo: niños y mayores con perros, con gatos, periquitos y agapornis en sus jaulas, conejos, cobayas, una cabra, palomas, un poney castaño que dejó la calle perdida (aún no se han inventado los pañales para poneys), hámsters rusos y nacionales, peces… Detrás de Miriam se colocó una niña de largas trenzas con una fiambrera en las manos. Le preguntó que si lo que llevaba era la merienda, pero no, era una tortuguita de Florida. Para suavizar la metedura de pata, Miriam le enseñó la jaula de Ruperta. La niña dio un grito, salió corriendo y se echó a llorar abrazada a su abuelita, que se estaba arreando un lingotazo de vino caliente junto a la hoguera.
            La verdad es que Miriam adoraba a su mascota, y no entendía por qué la gente las miraba a las dos tan raro. Vale, la estética gótica llama un poco la atención, pero hoy se había puesto discreta para la ocasión, y su adorable Ruperta era un animalito precioso, así que… ¿a qué venía tanta miradita y tanta tontería?
            El sacerdote bendecía a los animales rociándolos de agua bendita con un ramito de laurel. Llevaba casi una hora salpicando bichos, tenía hambre, el olorcillo de las patatas asadas era de lo más atrayente y tenía ganas de acabar. Ya había visto a casi todos los perros, gatos, ratones, pájaros, tortugas y conejos del vecindario, además de un caballito, la cabra, el cerdo y hasta una iguana con pajarita. Lo que no esperaba era ver llegar a Miriam, siniestra, toda blanco de piel y negro de ropa y pelo, con su tarántula del Amazonas en una jaula. Casi le da un pasmo.
            Bendijo al bicho pensando que, al fin y al cabo, también era una criatura de Dios, y en ningún sitio ponía que a San Antonio le dieran repelús las arañas gigantes y peludas como aquella. No se atrevió a preguntarle a Miriam qué narices comía semejante monstruo. Prefería no saberlo. “Lo de ser sacerdote tiene a veces estas cosas”, pensó. Y, agitando la rama de laurel mojada sobre la tortuga de la niña con trenzas y sobre los dos perritos que cerraban la fila, suspiró y se fue a comer patatas asadas cerca de la hoguera.
            Miriam se marchó a casa contenta, con su tarántula en la mano. Quizá al año siguiente, si no hacía mucho frío, podría llevar a bendecir la pitón. Se lo comentó a la serpiente mientras le daba de comer, y ésta le contestó con un silbido de satisfacción. Sí, definitivamente estaba de acuerdo. Aunque quizá fuera mejor advertir al cura antes de ir. Por si las serpientes no le resultaban del todo agradables.

lunes, 16 de enero de 2012

NADIE NOS QUIERE

“Nadie nos quiere”. Así, a priori, en frío, puede dar un poco de pena la frase, pero no nos dejemos engañar. Todo depende de quién la pronuncie, y en qué circunstancias lo haga. Yo la escuché hace unos días, y no me eché a reír porque no estaba en disposición de poder hacerlo.
Hay cosas que, por poca gracia que nos hagan, hay que pasarlas sí o sí. Es necesario y ya está. Una de ellas es, por ejemplo, pagar los recibos de la luz. Por gusto, desde luego, mandarías a la compañía de turno más para allá del Rancho Grande por lo ladrones que son, pero con tal de que no te corten el suministro aflojas la mosca y te aguantas. Otra es, por no ir más lejos, ir al ginecólogo. No conozco a ninguna mujer que vaya por deporte, si vamos es porque no nos queda otra, pero desde luego preferiríamos ir a tomarnos un chocolate con churros en lugar de pasar revisión. Pues lo mismo, lo mismo, se podría aplicar a los dentistas, porque fue precisamente mi odontóloga la que pronunció esa frase: “A nosotros nadie nos quiere”.
Lo malo de esas cosas es que normalmente te las dicen cuando no puedes contestar. Imagináos el cuadro: tumbamiento bartolero en el sillón del dentista, boca abierta como un pajar, el salivero colgando de una de las comisuras (ffffsuuuuuuuuucssssssss), la señorita con sus guantes de látex metiendo el torno con la broca del seis en una de tus muelas (uuuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnng), la luz dándote en los ojos, media boca dormida por la anestesia y aún así viendo las estrellas porque te está tocando un nervio con el aparatito (uuuuiiiiiiiiiiiing, uiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing), y va y te suelta: “es que a nosotros, los dentistas, nadie nos quiere”. ¿Hay para contestarle o no hay para contestarle? Pues yo no lo hice. Soy así de cobarde.
El caso es que fui a esa clínica porque me la recomendaron. Bueno, por eso y porque de un lado ya no podía morder del dolorcillo que se me ponía, una de esas molestias que nunca auguran nada bueno y que son la señal de alarma que te indica “vete ya que luego será peor”. La consulta muy chula, todo muy bonito y bien decorado, varias salas clínicas, música suave, y revistas frescas (raro, raro, raro) en la sala de espera. Me llamaron enseguida, me tumbé y ahí empezó todo.
Comenzamos con las radiografías. ¡Huy! Ahí hay un agujero. ¡Huy! Ese empaste hay que levantarlo. ¡Vaya! Necesitas una limpieza profunda. Y dentro de mi cabeza los números de la caja registradora comenzaron a dar vueltas como locos al ritmo de su soniquete característico: “clin, clin, clin, clin, clin…” Continuamos para bingo. Tienes las encías no sé cómo (clin, clin, clin), hace falta hacer una radiografía panorámica para ver el estado del hueso (clin, clin, clin, clin), este nervio hay que matarlo (clinclinclinclinclinclin), hay que enfundar esta pieza (clinclinclinclinclinclinclin, la máquina registradora echando humo), vamos a empezar. A esas alturas yo ya no sólo tenía dolor de muela, sino también de bolsillo y cuenta bancaria. Y después de la tortura psicológica, comenzó la física.
Creo que ya os he dicho alguna vez que cuando me entra la ansiedad suelo hacer dos cosas: o ataco la nevera o me arranco por Doña Concha Piquer. El caso es que, como con la boca abierta y la dentista hurgando en ella no era cosa de comerme un bocata de chorizo, me arranqué a tararear “Ojos verdes” mientras ella le daba al torno. Y la tía, muerta de risa, me dice: “eres la primera paciente que he tenido que se pone a cantar mientras le hago una endodoncia”. Pero es que era eso o echar a correr, y a media faena no era plan de largarse. “No te pongas nerviosa, te he puesto dos dosis de anestesia, no te va a doler”. ¡¡Meeeec!! ¡¡Error!! Sí me dolió. Tercer jeringazo de anestesia, los pelillos de punta, el torno chillando (uuuiiiiiiiiiiiiiinnnnggggg), y yo venga de tararear y de tararear “Suspiros de España”. Al fin, me dice aquello de “no tenías que haber esperado tanto para venir, pero claro, es que a los dentistas nadie nos quiere”. Y tenía razón, desde luego. Nadie los queremos, pero todos los necesitamos, aunque nos pese.
Salí de allí con una cita para la semana siguiente, la boca de lado, la lengua gorda y un presupuesto todavía más gordo para todo lo que tiene que hacerme, pero como aún estaba temblando como un flanecillo y ya no tenía nada extraño jeringándome en la boca, me fui de la consulta cantando “La Bien Pagá” por lo bajinis.
Espero que no me oyera, porque no quisiera que se sintiese ofendida. Para la próxima sesión me tomaré una tortilla de valerianas antes de entrar, y a ver si el rato es corto y sólo me da tiempo a repasar “El Romance de la Reina Mercedes”, porque si tengo que echar mano también de “Tatuaje” y “La Maredeueta” significará que estoy al borde de un ataque de nervios. Eso sí, como me vuelva a decir que a los dentistas no les quiere nadie, se expone a alguna contestación muy heavy por mi parte. Que una tiene sus límites.