miércoles, 29 de febrero de 2012

HILO MUSICAL

            A Diego le costaba mucho estudiar. Superar los cursos en el colegio fue un objetivo más o menos asequible, pero al llegar al instituto la cosa se complicó. El problema del muchacho no es que no fuese inteligente, porque sí lo era, pero se veía incapaz de estar sentado estudiando media hora seguida. Se distraía con una mosca que pasase, con cualquier ruido, con los coches de la calle… hasta los ronquidos del perro le sacaban de su frágil concentración, y así era imposible tratar de memorizar nada.
            A medida que el curso avanzaba, los contenidos se iban complicando, las materias cada vez eran más densas y la cantidad de datos, fechas, palabras y nombres que debía retener crecía sin parar. Y él no podía recordarlos todos. Comenzó a fracasar en los exámenes. Comprendía los conceptos en matemáticas, pero en historia, lengua, literatura y geografía iba de mal en peor. Comenzó a creer que era estúpido y pensó seriamente en abandonar.
            Al finalizar el segundo trimestre, las cosas iban rumbo a la catástrofe. Cuanto más lo intentaba, más le agobiaba el fracaso, y no paraba de lamentarse de su supuesta estupidez. Quizá si no hubiese conocido a Aroa difícilmente habría conseguido superarlo.
            Aroa tenía pocos años más que él. Era una muchacha bohemia y dulce, le gustaba cortarse el pelo ella misma, vestir sin seguir las modas, los pañuelos de cuello y las prendas de lana tejidas en casa. Tocaba el piano desde niña, estudiaba el último curso de secundaria y lo compaginaba sin problemas con las clases en el conservatorio. Siempre veía a Diego solo en el patio, y un día se acercó para hablar con él. Poco a poco se hicieron amigos, eran una extraña pareja, el zoquete de primero y la rarita de cuarto, pero se entendían bien. Ella comprendía bien lo que él estaba sufriendo, y trató de ayudarle, pero él no quería. “Las personas como yo no servimos para estudiar”, decía.
            Un día, Aroa se presentó en casa de Diego con su teclado, las patas y una banqueta. Y le dijo: “vamos a preparar tu examen de literatura de mañana”. Se sentó con él, subrayaron juntos las frases clave del tema, las ordenaron y después ella les añadió algunas palabras. Al final de cada una de las frases, puso algo que nada tenía que ver, pero que rimaba con lo que había puesto al final de la línea anterior. Algo más o menos así:
El máximo exponente de los cantares de gesta en España es “el Cantar del Mio Cid” (estoy convencido)
Se desconoce el autor, y narra una parte de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, sus servicios al Rey (me lo he aprendido)
La traición, el destierro y sus hazañas heroicas hasta su muerte. Otros personajes que aparecen (lo tengo chupado)
Son los Infantes de Carrión, sus hijas, Doña Elvira y Doña Sol, su esposa, Doña Jimena, sus leales caballeros hidalgos (está superado)
Y presenta multitud de epítetos épicos, como el detalle de la barba larga, que simbolizaba el valor y la nobleza (ya lo he conseguido).
            Diego no tenía ni idea de para qué iba a servir semejante composición, pero Aroa sonrió y se sentó frente a su teclado. Colocó en el atril el papel que acababa de escribir y comenzó a tocar una conocida melodía. Luego se puso a cantar, sustituyendo la letra original por la que hablaba del Cid y sus gestas. Diego se echó a reír a carcajadas, aquello no pegaba ni con cola, pero Aroa repitió la canción un par de veces más, añadiéndole más versos, más datos. Al final de la tarde, Diego se había aprendido, con tres canciones, el resumen del tema que tenía que preparar.
            Aroa le dijo: “La música es un hilo. Con él se van cosiendo unas junto a otras todas las palabras que conforman una canción, de manera que si tú estiras del principio del hilo las palabras van saliendo solas, porque están cosidas a él. Y es imposible olvidarlas, porque la melodía se te pega, y ya nunca se va. Cuantas más veces escuchas una canción más rápido la aprendes, y para ello no hay que sentarse a estudiar. Basta con escuchar y cantar. Por eso somos capaces de recordar canciones que escuchamos de niños y que no habíamos vuelto a oír;  por muchos años que hayan pasado, es suficiente con tirar del hilo de la melodía, y podemos cantarla prácticamente toda sin equivocarnos. Si consigues cantar tus lecciones, los datos se quedarán cosidos a tu memoria”.
            Al día siguiente, Diego hizo su examen de literatura. Fue el primer notable de su vida.

martes, 28 de febrero de 2012

EL JOYERO DE ROCÍO

            Rocío era una niña increíble. No tenía nada material, ni siquiera padres. Tampoco hermanos, que ella supiera. A sus siete escasos años de edad había conocido ya gran parte de las miserias del ser humano. El centro de acogida era el primer lugar que recordaba en su vida, y eso en ella era una suerte, porque el barrio de chabolas en el que la habían encontrado, medio muerta, cubierta de lodo y porquería y mordida por las ratas, no era, precisamente, un lugar del que merece la pena guardar ningún recuerdo. La policía preguntó, pero nadie dijo nada. Todos los habitantes de aquel inmundo lugar se habían vuelto amnésicos de pronto. Los servicios sociales, asqueados de lidiar contra tanta miseria, se la llevaron sabiendo que entre todos aquellos que afirmaban no saber nada había unos cuantos que sabían mucho, pero era inútil insistir.


            La bautizaron Rocío porque a la anterior niña abandonada que se había encontrado la habían llamado Patricia, y siguiendo el alfabeto se saltaron la “Q” por falta de nombres bonitos. Tenía los anticuerpos del SIDA, aparte de una alarmante desnutrición y una fuente inagotable de lágrimas en sus ojos. Lloró durante días porque no sabía hacer otra cosa. En el centro de acogida sabían que era una criatura muy complicada para dar en adopción, su enfermedad latente echaría para atrás a muchos posibles padres. Así fue. Nadie la quiso. Con el tiempo, sus rasgos fueron revelando en su origen una mezcla racial difícil de definir.


            Rocío creció en aquel hogar-escuela, sin apellidos y sin una casa ni una familia a la que volver después de clase. Se fue mostrando poco a poco al crecer como una criatura reflexiva que compartía con los demás solo lo imprescindible. Lo demás, sus deseos, sus pensamientos, sus ilusiones, se los guardaba todos para ella.


            No tenía nada propio. La ropa era propiedad del centro, su material escolar también. Cuando los pantalones y jerseys se le quedaban pequeños, eran heredados por alguna otra niña de menor talla, y lo mismo pasaba con los zapatos. Pero Rocío no se conformaba, y en su afán de tener algo privado y únicamente suyo, secuestró una caja vacía de galletas de la cocina y la convirtió en “su joyero”. La forró con cuidado empleando un papel de regalo maltrecho que había recuperado de la papelera los días posteriores a la última Navidad. Algunos de sus compañeros tenían familia, aunque no podían vivir con ella; algunos recibían incluso regalos por Navidad. Ella no.


            El joyero de Rocío dormía bajo su cama. En él iba guardando sus pequeños tesoros: una bolita del ciprés del patio, dos canicas robadas, una goma del pelo de un fabuloso color rosa chicle, un caramelo a medio chupar… Todo aquello significaba cosas para Rocío, aunque los mayores no lo logremos entender. Pero un día todo aquello cambió.


            Algo falló en el organismo de la niña. A pesar de que tomaba una medicación para que la enfermedad que tenía no se desarrollase, por alguna razón su cuerpo respondió mal. Lo primero fue una neumonía. Luego, una infección intestinal. Después, otra neumonía. Ella solamente quería ver el mar antes de estar tan mal como para no poder moverse de la cama. Pero el mar estaba tan lejos que nadie quería “mojarse”, subirla a su coche, recorrer con ella medio país para que lo conociera y volver.


            Una noche se fue a buscar a Gerardo, el director del centro de acogida, y le entregó su joyero con todos sus tesoros. “Es todo lo que tengo. Te lo doy. Por favor, llévame a ver el mar”. Gerardo abrió la caja de galletas camuflada, contempló las canicas, el caramelo, una tapa de bolígrafo, la goma del pelo, y le entraron muchas ganas de llorar.


            El AVE tarda una hora y media en llegar de Madrid a Valencia. Salieron de mañana, y la invitó a comer en Pinedo, al borde del mar. La niña no podía despegar los ojos de las olas. Pasearon descalzos por la orilla, y cuando el sol comenzó a declinar volvieron a la estación. Cuando llegaron al centro de acogida, Rocío iba dormida. En los bolsillos llevaba sus nuevos tesoros, y los colocó en su joyero en cuanto despertó. Ahora, junto a la goma, la bolita del ciprés, las dos canicas y el caramelo están los pedazos de su sueño que logró robarle al mar aquel inolvidable día en Valencia.


            Gerardo mira la caja cada día. Sigue estando en una estantería de su despacho. Cuando Rocío se fue, pocos meses después de cumplir su ilusión, fue incapaz de tirar el joyero a la basura.

lunes, 27 de febrero de 2012

LA MUELA DEL JUICIO

            Guillermo era el chico más popular del instituto. No era el mejor estudiante, pero sí el que más amigos tenía, y el que más suspiros provocaba entre las chicas. Era monín, pero sobre todo era un chaval simpático y alegre, siempre con la broma a flor de labios, el chiste agudo, la ocurrencia justa para que todo el mundo lo pasara bien. Sacaba los cursos sin demasiado esfuerzo, las notas que obtenía no eran malas, y todo el mundo le quería.


            Cuando cumplió los dieciséis años, de pronto, pasó algo. Se notó un bulto en la encía inferior, justo donde acababa su última muela. La inflamación le dolía bastante. Estaba saliendo su primera muela del juicio. Después le salió otra, luego otra más, y al fin la cuarta asomó su corona blanca terminando el proceso. Lo malo es que, a medida que le iban saliendo las últimas piezas dentales, su carácter iba cambiando. Empezó a hacerse preguntas: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Debería estudiar más y salir menos? ¿Tendría que pensar más en la física y la química y menos en las chicas? Todas esas dudas se agolpaban en su cabeza. Poco a poco, fue dejando de salir. Estaba comenzando a preocuparse en serio por el futuro.


            Guillermo le daba tantas vueltas al tema de la universidad, o los ciclos de formación profesional, las salidas laborales, la elección de carrera o de profesión, y a todos esos temas que nunca le habían preocupado en exceso, que ya no estaba tan alegre ni tenía la broma tan ágil. Ni siquiera tenía ganas de bromas.


            Dejó de salir con chicas. No era lo más acertado. ¿Y si le distraían de sus estudios? ¿Y si llegaba a más con alguna, se casaba y después descubría que no era la mujer de su vida? ¿Y si la elegida no les gustaba a sus padres? O peor aún: ¿Y si él no les gustaba a los padres de ella? ¿Debía elegir una chica que fuera a estudiar carrera universitaria o una que se fuera a quedar en casa cuidando de la familia?


            Cada día que pasaba, Guillermo estaba más lleno de dudas, sólo tenía diecisiete años y ya parecía un cuarentón serio y aburrido. Apenas salía, y los chistes y bromas que le hacían tener esa imagen alegre y despreocupada ya no acudían a su cabeza ni salían de su boca. No solo ya no era el más popular del instituto, sino que ahora todo el mundo le veía como un fastidio.


            La madre de Guillermo, al verlo siempre tan caviloso, comenzó a preocuparse. Lo llevó al médico, que le recetó unas vitaminas. “Cambios de la adolescencia. Nada grave”, dictaminó. El psicólogo del instituto le dijo más o menos lo mismo. Sin embargo, la chica de la farmacia que le vendió el bote de vitaminas recetado por el médico, al oírle contar lo que le pasaba, le llamó aparte y le dijo: “A mí también me ocurrió, y ¿sabes qué era? Una de mis muelas del juicio era una muelis futuronegrum. Me lo hacía ver todo complicado, venga a preocuparme por el día de mañana, y sin disfrutar nada del presente. Al final me la hice arrancar, y ya está. Se acabó el problema, y volví a ser la de antes”.


            Guillermo lo pensó despacio, y se dio cuenta de que todo el cambio había venido después de la salida de las últimas muelas. Todavía iba a ser verdad que tenía una muelis futuronegrum. ¿Cómo saber cuál de las cuatro era? Decidió ir al dentista para ver si allí se lo podían decir, pero el odontólogo no supo distinguir cuál de ellas era la culpable de tanta preocupación. El chico reflexionó con cuidado. ¿Qué debía hacer?


            Resolvió vivir la juventud con un poco de alegría. Ya tendría tiempo de preocuparse por cosas de adultos cuando fuera adulto. Se hizo arrancar las cuatro muelas del juicio, y cuando se le pasó la inflamación recuperó la sonrisa.           

domingo, 26 de febrero de 2012

JORDI

            Le conozco desde que nació, o mejor dicho, desde que “lo nacieron”. Jordi era un niño querido y buscado, pero no imaginábamos lo que vendría con él. Ahora que ya han pasado los peores años echo la vista atrás y pienso en su madre y en su padre. En la reacción que tenemos las personas cuando se presenta una situación así de difícil es donde realmente se ve nuestra calidad como seres humanos.


            El cuerpo de la madre comenzó a rechazar al feto cuando estaba de siete meses. Había detectado una malformación en él y pretendía eliminarlo. Ella se hinchó como un globo aerostático, en dos días pasó de tener un volumen normal a parecer una embarazada de gemelos a punto de dar a luz. Consiguieron parar las contracciones con reposo y medicación, entraba y salía del hospital continuamente, y en el octavo mes le dijeron que no veían el problema, así que suponían que estaba en sus tripitas. Podía no tener ano, podía ser que el intestino no fuese funcional, pero no sabían. Hicieron una cesárea y Jordi fue examinado a conciencia.


            En pocas horas se precipitaron las cosas. Seguían sin encontrar el problema, Jordi hizo una acidosis, y luego complicó con una enterocolitis necrosante, o dicho para los profanos, sus riñones sufrían y su intestino se moría a trozos, amenazando con matarlo rápidamente. Lo metieron a quirófano sin esperanzas, lo abrieron de arriba a abajo. Salió lleno de sondas, con una enorme cicatriz y un agujero en su costado que vertía las heces en una bolsa. Y esperaron a ver qué pasaba.


            Los días iban transcurriendo y Jordi peleaba por vivir como una pequeñísima fiera. No le servía la leche adaptada para prematuros, tenía que ser leche humana. Su madre no tenía. Tiraron de donaciones, que gracias a Dios aún existen. En los siguientes meses, su vida dependió de que la siguiente complicación que se presentase no fuese más fuerte que él. Yo no sé la cantidad de médicos que le vieron, la cantidad de infecciones, agujas y medicamentos, ni podría calcular los kilómetros de pasillo de hospital que hicieron sus padres en los siguientes cuatro meses. Y por fin, aquel cuerpecillo blanco, agujereado, cosido y frágil, recibió el alta y pudieron llevarlo a casa. Muchos meses después fue operado de nuevo, extirparon gran parte de su intestino, que no era funcional, y cerraron la colostomía para que pudiese dejar de llevar la bolsa pegada a su piel y su vida se aproximase a la normalidad. Aun así, las visitas a los médicos eran frecuentes: al nefrólogo, al de digestivo, al hematólogo… Hay que suplementarle la sal, el bicarbonato y el hierro porque no los puede absorber de los alimentos, crece muy despacio, es pequeñito y los dientes se le han teñido de gris por los medicamentos. A cambio, Jordi es la alegría de vivir personificada, juega, grita, revuelve, canta, aporrea su tambor hasta que se agota. Es inteligente y curioso, y no da besos porque le dan asco. Si le insistes mucho te arrea un lametón en la mejilla y te dice: “toma, un beso de vaca”. Y se marcha riéndose como un diablillo rubio.


            Esta semana ha cumplido siete años, y quería compartirlo con vosotros. Su vida es el triunfo de la constancia de su familia, del tesón de su madre, de la ayuda de sus tías, de su padre, de los médicos y enfermeras del hospital, que lo vigilaban de un modo exhaustivo, de la mujer que iba donando la leche para su crianza. Hace siete años por estas fechas, dos amigas entramos en su casa y ayudamos a guardar todo lo que estaba preparado para el recién nacido. Quitamos de la vista el capazo, la cuna, el carro, la ropita y el cambiador, y lo escondimos todo en la buhardilla, para que su madre no lo viese al volver del hospital sin él. Lo más probable era que muriese, pero él se empeñó en demostrarnos a todos que estábamos equivocados, que Jordi había llegado para quedarse.


 Las personas como él son las que cambian el mundo cuando crecen. No podrá hacer deporte a nivel de competición, ni será tan alto como otros niños, ni podrá dejar de tomar los suplementos para rellenar las carencias que su escaso tramo de intestino le produce, pero a cambio se come la vida a bocados. Llegará tan lejos como sus ganas quieran, y creedme, tiene muchas. No deja a nadie indiferente.


Felicidades, Jordi. Es la séptima tarta cuyas velas te veo soplar, y brindo por ello. Un beso de vaca, “amic”.

sábado, 25 de febrero de 2012

EL RELOJ DE ARENA

            La Muerte miró a los ojos a un hombre y le dijo: “Voy a regalarte un reloj de arena. El tiempo que tarden en terminar de caer los granos dorados es el tiempo que te queda de vida. Lo confío a tu custodia; tengo mucho trabajo en la Tierra, así que no voy a poder estar vigilándote. Te aconsejo, de todos modos, que no intentes engañarme dándole vueltas al reloj antes de que acabe de caer el último grano para alargar tu vida. Si me entero de que me has mentido, las consecuencias para ti pueden ser terribles”. Y dicho esto, la figura siniestra se echó la guadaña al hombro, colocó la capucha sobre su cráneo desnudo y se fue.


            El hombre no quería morir, así que, después de asegurarse de que la harapienta Muerte se había ido, colocó el reloj de arena sobre la repisa de la chimenea. Los granos iban cayendo lentamente al cuerpo inferior del objeto. Calculó que le quedaban muchos años de vida, así que decidió vivirla a fondo. Sabía que no moriría joven, y con esa información privilegiada en la mano arriesgó el pellejo de manera absurda con carreras estúpidas, deportes peligrosos y drogas. Se sentía inmune al peligro porque sabía que su final estaba aún muy lejano.


            Fueron pasando los años, y el hombre se cansó de su vida de locuras. El resto de hombres y mujeres de su edad llevaban una vida tranquila y familiar, y él acabó deseando también una etapa más serena. Se enamoró, se casó y tuvo hijos, y siempre guardó celosamente su reloj de arena para que nadie lo tocase.


            Cuando ya apenas quedaba una fina capa de granitos en la parte superior del reloj, el hombre acababa de cumplir los sesenta años. Empezó a tener miedo. Su hija mayor esperaba una criatura, su mujer, de cincuenta y cinco años, estaba más hermosa que nunca, y los hijos más jóvenes aún estaban terminando sus estudios. No quería morir, no era el momento de dejarlos solos. Aún no. Lo pensó mucho, y decidió burlar a la Muerte y darle la vuelta al reloj de arena para alargar su vida. Ella no tenía por qué enterarse. Lo hizo.


            Escondió el reloj, que ahora marcaba su tiempo prestado, para que nadie pudiese sospechar lo que había hecho. Cinco años después, su nieto contrajo una meningitis muy violenta y murió. El dolor fue enorme, terrible. Demoledor. Algo se le desgarró dentro. Deseó no haber tenido que ver morir a aquel ser que le adoraba y al que amaba tanto como a su propia vida. La Muerte pasó junto a él sin siquiera mirarle después de segar la vida del niño. Seis meses después, sus dos hijos varones salieron de viaje con sus parejas. El avión se estrelló. No hubo supervivientes.


            El hombre sintió que su vida ya no tenía sentido. Tres de las personas a las que más amaba, tres consecuencias directas de sí mismo, habían muerto. Ya nunca volverían. Sentía el corazón hecho jirones, temió enloquecer y quiso morir, pero no podía: su reloj continuaba dejando caer granos de arena de un tiempo que no le pertenecía. Definitivamente, la Muerte sabía que la había intentado engañar, y le estaba castigando con dureza. Se arrepintió de haber creído que era más listo que ella, porque lo que estaba sufriendo era mucho más terrible que el hecho de morir. El hombre entonces buscó el reloj y le dio de nuevo la vuelta. Le quedaban cinco años y medio de vida.


            Consumida por la pena y los anti-depresivos, su esposa, la mujer a la que más había amado nunca, desarrolló un cáncer de hígado. La metástasis fue rapidísima. La perdió. Aún le quedaban cuatro años de castigo, cuatro larguísimos años para llorar a los que le faltaban, sin tener posibilidad de reunirse con ellos. Intentó morir de mil formas, pero todo su esfuerzo resultó inútil: el reloj seguía intacto, desgranando el tiempo de manera inexorable. Intentó romperlo, derramar la arena, precipitar el final, pero no pudo. Ese fue el momento que eligió la Muerte para volver a visitarle.


            El hombre le pidió perdón de rodillas, le suplicó que fuera compasiva y que se lo llevara con ella porque no podía soportar tanto sufrimiento. Ella se echó a reír, levantó su dedo huesudo y le dijo: “Te advertí que no intentases burlarme, y aun así lo hiciste. Tu castigo serán los cuatro años de soledad y llanto que te esperan. Me llamarás mil veces, pasarás muchas noches en vela, derramarás lágrimas tan amargas que te obligarán a vomitar, pero yo no vendré hasta que no transcurra tu tiempo”.


            Cuatro años son un suspiro para quien goza, pero una eternidad para quien sufre. Duraron tanto como todo el resto de su vida junta. Al fin, el día en que los últimos granos de arena debían caer y la Muerte debía venir a por él, el hombre se acostó en la cama con la foto de su mujer contra el pecho y el coche de juguete favorito de su nieto junto a la almohada. Se vistió con la ropa de sus hijos, que había conservado celosamente en sus armarios. Lloró de alivio al ver aparecer a la de la guadaña y le besó la mano huesuda, la misma mano que iba a arrebatarle la vida. Había aprendido la lección.


            No he querido entristeceros con este relato. Simplemente he querido que penséis y saquéis vuestras propias conclusiones. Yo ya tengo las mías.

viernes, 24 de febrero de 2012

EL ENEMIGO

            Hace pocos días, en unas desafortunadísimas declaraciones públicas, cierto jefe de policía de cuyo nombre no quiero acordarme calificaba a los adolescentes que se manifestaban en la calle contra los recortes en la educación (y a los que, por cierto, adornaron con favorecedores colores rojos y morados con alegría y salero) (y olé, añado) de “el enemigo”. Sí, sí, habéis leído bien. Los chavales de 12 a 18 años que estudian en nuestros institutos son “el enemigo”.


            Sin entrar en valoraciones personales, que no son el objetivo de este blog, os voy a contar una cosa que me ha ocurrido hoy. Me llamaron anoche para ir a cantar un poquillo de folklore a Alcoy. Podía y quería, así que dije “sí”; los amigos que me buscan normalmente suelen encontrarme, así que allá me fui este mediodía hecha un pincel. Carretera y manta, hora y media escasa de coche por una autovía muy decente, risas, charla y buena música. El evento en cuestión iba a tener lugar en un instituto de formación profesional. Terreno enemigo.


            Fuera, en la calle, había un puñado de enemigos fumando. Nada que no hiciéramos los estudiantes de mi época, cuando éramos solamente estudiantes, y no una amenaza para el orden público (eso no lo he dicho yo, que conste. El comentario lo he recogido del Facebook). Entramos al interior, subimos a una terraza, cruzamos hasta otro edificio buscando el punto de encuentro: la cafetería. Mientras esperábamos a las personas a las que teníamos que agasajar con nuestra música y nuestros cantes, algunos enemigos más entraron y salieron.


            El grupo visitante era muy numeroso. Llegaron cerca de las tres, realizamos nuestra actuación, muy aplaudida, por cierto (grandes músicos, un buen compañero de cante, versos bien construidos por él para la ocasión, y mi humilde aportación), y nos sentamos a comer con todos ellos.


            Os voy a transcribir el menú, primero por poneros los dientes largos, y también porque no tiene desperdicio (y vaya que si no lo tiene, no quedaron ni las migas):


Espuma de anchoas sobre pan de leche con aceite de oliva y caviar de tomate.


Coca de maíz con habitas tiernas.


Carpaccio de rape con piruleta de canónigos.


Huevos Benedictine.


Terrina de pescados y marisco.


Merluza en salsa Colbert y mousse de pimientos sobre patata confitada o Lomo de cerdo relleno de costillas a la barbacoa con crema de castañas.


Pastel de queso con peras al vino y chocolate rizado con bartolillo de crema.


            Si hay alguien que está leyendo esto y no se le ha hecho la boca agua, le invito a que se lo haga mirar. No había nada que no estuviera entre rico y buenísmo. Me lo comí todo, como una niña buena, y más a gusto que un arbusto. Caliente, bien presentado, servido con especial cuidado, la mesa perfectamente atendida, vino, agua, cafés al gusto. En la mitad de bodas a las que he asistido en los últimos diez años he comido bastante peor. Pero ahora viene el detalle, el toque de distinción: la comida, los postres y el servicio de las mesas corrieron a cargo de… tachán, tachán… ¡¡¡EL ENEMIGO!!! Enemigos en la cocina, uniformados de blanco con sus gorros y delantales, enemigos en la sala, uniformados de negro y con sus delantales verdes, todos ellos supervisados por sus profesores. Eran los alumnos de hostelería del instituto CIP de FP Batoi, de Alcoy. Les hicimos salir de las cocinas y formar frente a la barra para que recibiesen la ovación que se merecían, que fue larga, ruidosa y sincera.


            Ellos, los profesionales de mañana, los que serán abogados, jueces, economistas y también administrativos, cocineros, mecánicos o electricistas, son “el enemigo”. Pues un gran aplauso y un “hurra” por el enemigo.

jueves, 23 de febrero de 2012

LA SUBASTA

         Heredar una casa medio derruida puede ser una gran oportunidad o un gran problema, dependiendo de cada caso. Para Meli representaba, en principio, lo segundo. Había tenido una gran relación con su tía-abuela recientemente fallecida, y ahora encontrarse con que le había otorgado el título de propiedad de su vivienda en el pueblo suponía un gasto que no podía afrontar. En principio, solamente los impuestos y el cambio de nombre de las escrituras ya sumaban una cantidad de dinero de la que no disponía. A ello había que sumarle el hecho de que la casa estaba ya en muy mal estado. La tía Benita había pasado los últimos ocho años de su vida en una residencia, y el tiempo y la falta de mantenimiento habían acelerado el proceso. Ya se sabe lo que pasa en las casas en las que no se vive.


            Después de pensarlo mucho, y con una gran pena, Meli decidió vender su herencia. Con lo que le dieran podría pagar los gastos y aún le quedaría algo de dinero. Abrió la casa, levantó las persianas y se dispuso a recorrerla. Estaba llena aún con los enseres de la tía Benita. Encontró su rosario y su velo de ir a misa, la antigua Singer, las sábanas bordadas para su ajuar de novia que nunca usó, porque se había quedado soltera. También estaba la antigua radio, el botijo, su bastón, el aguamanil de plata, que era su mayor tesoro… A Meli se le ocurrió una idea: podía organizar una subasta con todos aquellos objetos, muebles y enseres. A mucha gente le gustaba decorar las casas de campo con cosas como aquellas, para dar un aspecto de antigüedad al ambiente. También había visto piezas similares en restaurantes, pubs y hoteles rurales. Decididamente, era una buena idea.


            Publicó en la prensa y en la red la subasta y eligió las piezas que iba a vender. Se quedó el rosario de bolitas de ébano, el aguamanil de plata y algunas cosas más que le traían buenos recuerdos. El resto lo fue catalogando y numerando, puso precios de salida a todo lo que consideró vendible, etiquetó, elaboró la lista y fotografió los objetos. Por último, colgó todo en su página de internet y esperó hasta la fecha que había fijado para el evento.


            El día de la venta acudió mucha más gente de la que esperaba. Hubo una puja por la máquina de coser, otra por el arca de guardar las mantas, otra por sus madreñas de madera con un rosetón tallado, las que usaba cuando llovía para no mancharse las zapatillas con el barro de la calle. La lechera de lata, un cedazo, una horca de madera con sus tres dientes y el botijo desaparecieron rápidamente. Los juegos de sábanas salieron también pronto de la casa. El bacín de porcelana, que no estaba a la venta porque Meli pensó que nadie lo querría fue solicitado por un matrimonio. Le puso un precio al azar, y no hubo discusión. Adjudicado.


            A lo largo de la tarde, todas las cosas fueron desapareciendo mientras la caja de Meli se llenaba de dinero. Nunca pensó que fuera a ir todo tan bien. Un hombre preguntó si la enorme radio, una de las primeras con enchufe eléctrico, funcionaba. La probaron, y aún estaba en uso. Pujó por ella y alguien más se interesó. El precio subió hasta los casi seiscientos euros. Vendida. Fantástico.


            Un hombre de unos sesenta años merodeó por allí sin inclinarse por ninguna pieza en concreto. Esperó a que todo fuera vendido, incluido el cuadro de la Última Cena del comedor, el crucifijo del dormitorio y los muebles de la alcoba. Ya no quedaba nada que vender, pero aquel hombre no se marchaba. Meli se acercó a él para preguntarle si necesitaba algo. Su respuesta fue muy extraña: “Quiero la puerta de la casa, si usted tiene a bien vendérmela. No me importa el precio que le ponga”. Intrigada, Meli decidió cerrar la vivienda vacía, ir a tomar café al bar del pueblo y averiguar por qué aquel hombre quería a toda costa la puerta vieja y deteriorada de una casa ruinosa.


            “Doña Benita y mi madre eran pretendidas por el mismo hombre, un carpintero nacido en el pueblo de al lado. Él hizo esta puerta, el tallado, las molduras, el barniz… Cuando tomó las medidas del dintel se fijó en Doña Benita, que según cuentan era buena moza, saludable y bonita, y cuando vino a colocar la puerta ya terminada le habló por fin. Anduvieron juntos unos meses, hasta que llegaron las fiestas del pueblo de al lado. Ese día, uno de los hermanos de ella, posiblemente tu abuelo, averiguó que mi padre había dado palabra a otra mujer, a mi madre. Doña Benita, muy a su pesar porque estaba enamorada, esperó a que viniese a buscarla como cada tarde para dar un paseo, y allí mismo, delante de esa casa que has heredado y a la que no le dejó entrar, le pidió que no volviera más. Y luego entró y cerró la puerta. Dicen que él estuvo llorando y rogando que le abriera durante varias horas, hasta que alguien desde la ventana de arriba le tiró un cubo de agua. Entonces agachó la cabeza y volvió a su pueblo con mi madre. Si Doña Benita hubiera cedido a sus ruegos y le hubiera abierto, yo no estaría aquí. Por eso mi madre siempre me ha dicho que estoy en el mundo gracias a una puerta que no se abrió. Esa es su historia, y por eso quiero comprarla. Mis padres ya no viven, pero después de aquello fueron muy felices y se quisieron mucho. Por eso yo también agradezco que la puerta que hizo mi padre se le cerrara en las narices gracias a la fortaleza de Doña Benita. No olvidó la lección y nunca más le faltó a mi madre”.


            Después de escuchar esa historia, Meli le dijo a aquel hombre que si ponía otra en su lugar se podía quedar con la puerta. Para él significaba algo importante. A ella solamente le había confirmado lo que ya sabía: que su tía-abuela Benita había sido una mujer noble, íntegra y con un gran carácter. Y admirándola aún más en su fuero interno, se fue a casa acariciando el rosario de bolitas de ébano, que dormía en su bolsillo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

LA COLMENA

            El apicultor colocó la colmena frente a un campo de naranjos. La miel de azahar era un producto muy apreciado, y si los insectos hacían bien su trabajo podría comprar y colocar más colmenas. Puso a la reina en su sitio, y una gran cantidad de obreras y zánganos comenzaron a hacer su función: fecundar, hacer las celdillas, depositar las larvas, alimentarlas, fabricar cera, recolectar polen… La pequeña sociedad de la colmena tenía tan claros y tan bien repartidos los papeles que marchaba como una máquina perfectamente engrasada.


            Al llegar el otoño siguiente, el apicultor colocó otra colmena junto a la primera, con otra reina y toda su corte. El campo de naranjos abastecía de sobra a las dos comunidades, pero algunas obreras, empujadas por su instinto, volaron a buscar campos más lejanos en los que encontrar su polen vital. Otro plantío de naranjas de otra clase fue descubierto, e inmediatamente comunicaron el hallazgo a las demás obreras. Pronto las abejas comenzaron a visitar el nuevo campo sin descuidar la recolección del otro. La miel se enriqueció, fue abundante, sabrosa y perfumada, y el apicultor colocó una tercera colmena.


            Una mañana, el dueño del campo de naranjos más cercano fue a ver al apicultor. El hecho de que las abejas cruzasen el polen de sus árboles con los del otro campo, que era de otra variedad de naranjas, estaba haciendo que los frutos salieran llenos de semillas, el sabor no era el mismo, y sus clientes estaban rechazando la cosecha. Ya solamente podría servir para vendérsela por mucho menos precio a alguna fábrica de zumos. Le instó a llevarse las colmenas de allí, pero el apicultor no quiso. El dueño del otro campo de naranjos vino con la misma queja que el primero. Le amenazaron con quemar los panales con los insectos dentro si no se los llevaba de allí.


            El apicultor no sabía qué hacer. Si cambiaba de variedad de miel tal vez podría mantener su actividad, así que buscó una zona de monte en la que abundase el romero y colocó allí las colmenas. Las abejas estaban al principio un poco confusas, pero al fin comenzaron a recolectar el néctar de los arbustos aromáticos que las rodeaban. En una de las colmenas nació otra reina, y el apicultor compró un cajón más. Ya eran cuatro.


            La asociación de cazadores que usaba el monte para sus cacerías de conejos y perdices fue un día a hablar con el apicultor. Le dijeron que las abejas les molestaban, que les picaban cuando se acercaban a los panales, y que debía quitarlos de allí porque les estaba perjudicando en su actividad. El apicultor ya no sabía dónde colocar las colmenas para poder seguir produciendo y vendiendo la miel. Y si no tenía miel, ¿de qué viviría? Mientras tanto, una nueva reina reclamó su propia colmena. Ya eran cinco.


            Después de mucho pensarlo, decidió marcharse a otra comarca. Adormeció a las abejas, cargó los cajones en la furgoneta y se fue. Encontró un pueblo abandonado, lleno de casas vacías y en ruinas, y decidió establecerse allí. Estar solo era la única manera de no molestar a nadie. Puso las colmenas en un campo lleno de flores silvestres, y pensó que la miel no sería tan selecta como la de azahar o la de romero, pero no dejaría de ser miel y de estar buena, aunque tuviera que venderla más barata. Después, buscó un pajar con el tejado en pie, y utilizando piedras y madera de las ruinas circundantes, se arregló una casita para vivir.


            Han pasado muchos años de aquello. Ya no está solo en el pueblo, varias familias se han establecido en él. Todos se dedican a la apicultura. Han plantado naranjos, romeros y lavanda en los campos cercanos a la población, tienen una pequeña cooperativa para unificar la calidad de la miel y establecer los precios. Entre todos han ido arreglando casas y corrales, y el pueblo ha vuelto a la vida.


            Cuando el apicultor mira a su alrededor y ve los campos, las abejas, la cooperativa y la actividad de sus vecinos, se da cuenta de que la semilla de todo aquello la plantó él, y que no lo habría hecho si no le hubiesen cerrado todas las puertas. Nada de aquello habría sido posible si él hubiese sido cobarde.

martes, 21 de febrero de 2012

EL REBAÑO DE OVEJAS

            Érase una vez, en un lejano país, un pastor llamado Pedro. Cuidaba de un rebaño de ovejas que pertenecían a un terrateniente; eran animales pacíficos, y aunque de vez en cuando surgía algún roce entre ellas, la normalidad solía reinar. Caminaban, pacían, rumiaban, amamantaban a sus corderos y dormían. Lo normal en un rebaño de ovejas.


            En el cuidado de los animales, Pedro se ayudaba de dos perros pastores. Los había elegido con especial atención, quiso que fueran inteligentes y cuidadosos, que supieran conducir a las ovejas para alejarlas de los riscos y del río que corría caudaloso cerca de su majada. Los perros obedecían al pastor, y nunca mordieron a ninguna de las ovejas. Ladraban si alguna se iba por el camino que no debía, y con eso era suficiente. Y si no, el amo siempre andaba cerca para vigilar que nada ocurriese.


            Una noche de invierno, un par de lobos intentaron colarse en el redil. Los dos perros defendieron al rebaño con todas sus fuerzas y alertaron al amo con sus ladridos. Los lobos, al fin, se marcharon sin haber conseguido llevarse a ninguna oveja.


            Llegó una época en que dejó de llover, y el pasto comenzó a escasear. Pedro, el pastor, no encontraba nada que dar de comer a sus ovejas, y temió que se le muriesen, así que abandonó el valle con todos sus animales buscando la hierba que les era vital. Las ovejas, cansadas y debilitadas por la falta de comida y la caminata, protestaban y se tumbaban en el suelo, pero el pastor, con ayuda de los perros, consiguió, poco a poco, conducir al rebaño hacia una cañada en la que pensó que podía haber alimento. El terrateniente le preguntó a Pedro el motivo de llevarse a los animales de sus tierras, y el pastor le respondió que si no morirían. “La sequía la manda Dios, no respeta a nadie. Si volvemos a la majada antigua y no llueve pronto, perderemos todas las ovejas”.


            Sucedió que otro pastor quería el puesto de Pedro, y le insistió al terrateniente propietario del rebaño para que lo despidiese. Le hizo creer que no cuidaba de ellas, que no les procuraba alimento ni agua y que por eso los animales se veían débiles y enfermizos. Esa era la razón de que la producción de leche, lana y corderos hubiera disminuido. Le convenció de que era un error dejar que los animales se fueran de sus tierras. Y el terrateniente le creyó. Despidió a Pedro sin contemplaciones y puso a Pablo en su puesto. Éste lo celebró “extraviando” un corderillo lechal que asó para cenar esa misma noche. Después llevó a los dos perros pastores a la perrera y los sustituyó por dos perros de presa, se instaló de nuevo en la antigua majada, que tenía una cómoda cabaña para él, y se echó a dormir. Los animales, que no tenían pasto ni agua por culpa de la sequía, se fueron debilitando cada vez más. Pablo les gritaba: “Estúpidas ovejas, ¿qué queréis? Si tenéis hambre, os aguantáis. Si tenéis sed, os aguantáis. Yo no voy a moverme de aquí, la que quiera buscar nuevos pastos, que se marche”. Algunas se fueron, y no se volvió a saber de ellas. Unas encontraron hierba fresca en otros lugares, otras murieron en el camino, pero a Pablo eso le daba igual. Cuando volviera la lluvia, el rebaño crecería y engordaría en poco tiempo.


            Una mañana, las ovejas se sentaron en el redil y se negaron a salir de él para pastar. El pastor, temiendo que el terrateniente viera que no las sacaba al campo como era su obligación, les echó los perros para obligarlas a salir; al no ser perros pastores, sino de presa, hirieron a un buen puñado de ovejas con sus mordiscos. Los animales, aterrorizados, huyeron en todas direcciones, y el rebaño se dispersó. Pablo se dio cuenta de que tenía un grave problema: cuando el terrateniente se enterase de que había perdido todo el rebaño, le despediría. ¿Qué podía hacer?


            Aquella misma noche, Pablo acuchilló a una de las ovejas y la dejó en el monte para que los lobos la encontrasen. Luego mató otra y la colocó cerca del redil. Finalmente, soltó los perros y se encerró en la cabaña. Sabía que la matanza iba a ser cruel y no quería verlo ni escucharlo, así que conectó la televisión y subió el volumen bien alto. Al día siguiente, los lobos no solo habían dado cuenta de las ovejas muertas, sino que habían atacado a las que andaban dispersas y a las que habían vuelto al redil. Los perros habían huido. Cuando el terrateniente, muy enfadado, le pidió explicaciones al pastor, éste le dijo que la culpa era de los perros, que en lugar de defender al rebaño habían enloquecido y masacrado a las ovejas, y después se habían marchado.


            El terrateniente, que no se caracterizaba precisamente por su inteligencia, se quedó pensando si aquello podía ser cierto o Pablo le estaba engañando. Y Pedro, el antiguo pastor, se abrazó a sus fieles perros, a los que había tenido que rescatar de la perrera con sus últimos ahorros,  y lloró la muerte de los animales a los que durante tanto tiempo había cuidado.

lunes, 20 de febrero de 2012

ALUBIAS

         Delfina me lo contó muchas veces, pero yo no quería creerlo. Yo tenía veinte, ella ochenta. “Un día comíamos lentejas, al siguiente alubias, y con suerte, al siguiente garbanzos. Y vuelta a empezar. El arroz era un lujo mensual. La carne, los domingos. El pescado… de ciento en viento. Los huevos dependían de la voluntad de nuestras pocas gallinas. Nabos y coles, el que tenía huerta. Los demás, a mirar. Se mataba un cerdo para todo el invierno, y cuando se acababa, pues se acabó. Conejos, el que podía cazarlos, y los demás, con ratas teníamos para ir tirando. Era muy duro”.


            Siempre tuve la impresión de que lo que Delfina me contaba eran exageraciones producto de la mala memoria y de los muchos años que curvaban su espalda e hinchaban sus piernas, pero ahora me doy cuenta de que no. Era cierto, totalmente cierto. Y ese tiempo, si nada lo impide, está de vuelta.


            Hablar con los mayores es un deporte que no todo el mundo practica. Yo lo he hecho mucho, porque he trabajado en un par de residencias, porque me gusta escuchar y porque no le niego, ni le he negado nunca, la atención a nadie que tuviese algo que contar. Escuché a mis abuelos hablarme de metralla en las piernas, y la toqué sobre su carne con mis dedos de niña. Les escuché hablar de “paseos de la muerte” y de estraperlo, de cerrar los ojos y la boca para sobrevivir, de carencias, de miseria y de represión. De vivir por gritar un lema, de morir por creer en otro. De esconder a los seres queridos emparedados en vida para que no fueran fusilados. Eran otros tiempos que hablaban de venganza, de guerra civil, de hambre, de niños llenos de piojos, de madres que no comían para que sus hijos pudieran dejar de llorar.


            Hoy miro mi ordenador y siento que vivimos en otra época. Y me han entrado ganas de llamar a mi tía Elvira, nonagenaria que nació en Argentina y que nos espera allí con los brazos abiertos, y pedirle asilo. Sus padres huyeron buscando paz y un medio de vida, ella se ha negado a cortar su vínculo con esta tierra, y ahora nos abre su casa allí por si la necesitamos. Desde su edad y su invalidez no puede ver lo que está pasando, y esa pena que se ahorra, porque pese a haber nacido en aquel continente, lo que ocurre aquí lo siente en su carne como algo propio.


La quiero y la admiro por haber sabido conservar su raíz. No la haré llorar ni sufrir por nosotros contándole lo que está ocurriendo. No le diré que en su querida Valencia hoy los policías apalean chavales que podrían ser sus nietos. No le contaré que falta trabajo. No le diré que esa visita que le prometimos hace años no se va a producir, y que probablemente morirá sin conocer a mis hijas, sin volver a vernos, sin que podamos abrazarla de nuevo y decirle lo mucho que la queremos.


Vivíamos en una abundancia artificial, lo admito. Pero ni tanto, ni tan calvo. Hace un par de días, una profesora de mis hijas lloraba porque tenía que elegir entre hacer la compra y pagar el recibo de la luz. Los adolescentes corren delante de la policía, apaleados, golpeados e insultados, por pedir una enseñanza digna y que no les corten la luz en el instituto. He visto pensionistas buscando en los contenedores de basura porque sus hijos en paro han vuelto a casa y no hay para comer todos.


Escuchar a los mayores es algo que todos tenemos al alcance de la mano. Es barato, instructivo y beneficioso. Os lo recomiendo encarecidamente. Muchas veces, los libros de historia se hacen sin preguntar a quien realmente vivió los hechos que se cuentan en ellos, y la experiencia me dice que siempre hay dos versiones, porque cada uno cuenta la feria según le fue. Así que, si queréis un buen consejo, no juzguéis mirando la televisión. Visitad, hablad, estrechad manos llenas de artrosis y callos, escuchad memorias de quienes nacieron en los diez, en los veinte, en los treinta, en los cuarenta. Y luego, juzgad y decidid.


Estoy haciendo acopio de alubias, garbanzos y lentejas. El cielo está negro, y viene lloviendo. Quisiera pensar que la tormenta pasará pronto, pero aún no he visto ningún claro. Ojalá me equivoque.

domingo, 19 de febrero de 2012

EL NIÑO QUE GRITA

            No sé cómo se llama, yo lo llamo “el niño que grita”. Tampoco conozco a sus padres más que de vista, ignoro sus nombres, de qué viven y cómo son. Solamente sé con certeza una cosa: que ese niño tiene un gran problema y sus padres tendrán pronto muchos más. No soy una experta en educación infantil, pero lo poco que mi experiencia me dice sobre el tema basta para ver venir ciertas cosas.


            El niño que grita vive en mi barrio. Tendrá seis o siete años, calculo yo. Y hace lo que le da la gana a todas las horas. Si un día no quiere ir al colegio, grita y patalea en la puerta de casa, se tira al suelo, se provoca el vómito… y al fin, su madre claudica y vuelven para dentro. No sé qué hará allí toda la mañana, supongo que ver la televisión o jugar a los marcianitos, porque no creo que sea de los que les da por leer. Si está jugando en la calle y le dicen que ya es hora de recogerse, vuelven a empezar los gritos. Y se queda un rato más. Le he visto gritar en el parque, en la calle, en la puerta del colegio… El niño que grita consigue todo lo que quiere así, gritando como si estuviera loco.


            Los padres del niño que grita discuten todo el tiempo, y no me extraña. Cuando el crío está en pleno éxtasis de berridos, son incapaces de ponerse de acuerdo. Uno dice “déjale”, el otro dice “no lo dejes”. Uno quiere pegarle, el otro lo defiende. Cuando el chaval quiere algo, le pregunta a uno. Si no lo obtiene, le pregunta al otro, y ya está. Y si ese día, por casualidad, los dos le niegan lo que demanda, empiezan los gritos. Se alimenta a capricho, no sabe lo que es un plato de acelgas, pero conoce todas las marcas de pastelitos del mercado. Presenta un incipiente problema de obesidad, y todo el mundo le huye. Al niño que grita ya no lo aguanta nadie.


            Los padres del niño que grita se han quedado sin amigos. Nadie va a su casa a cenar los sábados, porque el enano siempre consigue crear algún conflicto, alguna situación incómoda que ahuyente a los intrusos. Ellos tampoco van a ningún sitio. En las casas de los demás, el niño que grita pretendía hacer lo mismo que en la propia, así que ya nadie los invita. Una vez, en un restaurante, les echaron a la calle porque varios comensales se habían quejado de las rabietas y los gritos del pequeño


            Los profesores del niño que grita están desesperados; es imposible hacer que obedezca las normas que siguen los demás, porque solamente hace lo que le da la gana. No escucha, no respeta. Es inteligente, pero parece tonto. Y esa es la impresión que todo el mundo tiene de él: que es estúpido, que está mal de la cabeza. El psicólogo del colegio ya les ha dicho a sus padres que los problemas de aprendizaje que tiene no son tales. Lo que tiene es falta de educación y de normas. Tiene una grave falta de “NO”.


            Los padres del niño que grita no entendieron que su hijo muchas veces necesitó un “NO” rotundo e inflexible para aprender a ser una persona, pensaron que eran mejores padres dándole cuanto pedía. Ya no tendrán más hijos, he oído que se van a separar. Su amor no ha aguantado la dura prueba de educar al pequeño monstruo. Piensan que han tenido la desgracia de que su hijo sea así, y no se dan cuenta de que ellos son los responsables de haber creado una persona sin futuro.


            Muchas veces me sentí culpable de reñir a mis hijas, de negarles cosas, muchas veces estuve tentada de ceder ante sus rabietas. Los primeros ocho años de la crianza de un niño son extremadamente duros, yo nunca creí que tanto. Muchas veces llamé por teléfono a mi marido al trabajo para saber qué respondió él a la petición que me estaban haciendo en ese momento, y cambié mi respuesta para no contradecir ni ser contradicha. Pude disfrutar mucho más de la maternidad siendo más permisiva, pero ellas habrían pagado las consecuencias. La gran renuncia de ser madre no está en prestar tu cuerpo a otro ser, en sufrir pariendo, en estar disponible las 24 horas del día durante la lactancia o en las noches sin dormir calmando llantos o fiebres. El gran sacrificio de la maternidad estriba en la cantidad de veces que hay que decir “NO” a ese inteligentísimo ser que tenemos delante y que no levanta un metro del suelo para conseguir que no nos destruya a nosotros.


            Hoy he visto al niño que grita darle una patada a su madre porque se había equivocado al comprar el pastelito de la merienda. Y la cara de ella me ha producido una pena inmensa.

sábado, 18 de febrero de 2012

LA TORRE EIFFEL

            De tanto ser fotografiada y admirada durante tantos años, la Torre Eiffel se llegó a creer el centro del mundo. Ella pensaba que había sido construida en aquel lugar preciso porque era el mejor que existía en toda la Tierra, y que todo lo que la rodeaba estaba a su servicio. Los aviones que aterrizaban en París venían llenos de gente que solamente había hecho aquel viaje para contemplarla a ella, las calles conducían todas a ella, los autobuses fueron fabricados para llevar a la gente hasta ella. Tenía a su servicio una gran cantidad de personas que se ocupaban de mantenerla limpia, pintada, con el ascensor funcionando, perfectamente iluminada de noche y reluciente de día.


            Desde su altura venía contemplando la ciudad y el cielo desde hacía muchos años, y hasta donde a ella le alcanzaba la vista no distinguía ninguna figura tan alta, tan esbelta ni tan bonita. Por eso con el paso del tiempo la torre se fue envaneciendo hasta creer que todo giraba en torno a ella, y se molestaba si alguna bombilla se le fundía y no era inmediatamente sustituida, o si algún desaprensivo la ensuciaba y no la limpiaban al instante. Le molestaba el mendigo ciego que rondaba bajo ella tocando el violín cada día a cambio de unas monedas de los turistas, pensaba que daba mala imagen y empañaba su belleza. Llegó un día en que hasta los pájaros que se posaban en sus barandillas eran tratados por ella de terroristas desaprensivos que venían a ensuciarla.


            La Torre Eiffel se puso a pensar, y vio que la contaminación de París también perjudicaba su piel, que si llovía se podía oxidar y que el frío hacía sufrir el metal del que estaba hecha, así que decidió presentar al Ayuntamiento un pliego de denuncia en el cual detallaría todas las cosas que la hacían sentirse agredida, convencida de ser tan importante como para que sus reivindicaciones fuesen atendidas de inmediato.


            Al Ayuntamiento del distrito parisino en donde estaba colocada la torre llegó una carta extraña. Iba dirigida al alcalde, así que fue abierta, como todas, por su secretario. El hombre, acostumbrado a leer toda clase de cosas, soltó una carcajada, y tiró la hoja a la papelera sin siquiera pasar de la segunda línea. ¿Qué clase de pirado se entretendría en escribir cartas al alcalde firmando como “La Magnífica y Sin Igual Torre Eiffel”, y atreviéndose a pedir quién sabe qué estupideces? Sin embargo, la limpiadora que se ocupaba de mantener el despacho del Alcalde se fijó en la hoja cuando pasó a vaciar la papelera, la leyó y se la guardó en el bolsillo.


            Al llegar el siguiente verano, la mujer de la limpieza hizo la maleta y fue a pasar unos días a su Sevilla natal. Se acercó paseando hasta el río Guadalquivir, y comparó sus aguas llenas de destellos de sol con el Sena gris que veía a diario. Al llegar a la Torre del Oro se detuvo a mirarla de arriba a abajo, y comparó el color de su piedra histórica con el hierro frío y gris de la Torre Eiffel junto a la que pasaba para ir a trabajar. Y sacudiendo la cabeza con un gesto de resignación se acercó a la hermosa edificación sevillana. Se sentó en un banco y sacó del bolso la carta que el monumento parisino había dirigido a su alcalde, y una fotografía de la vanidosa torre metálica.


            Durante toda aquella tarde, la del Oro y ella comentaron el pliego de reivindicaciones de la francesa: abolir el invierno, exterminar los pájaros, prohibir la lluvia, ser pintada dos veces al año en lugar de una vez cada diez años, expulsar a los mendigos de sus alrededores… La torre sevillana se reía de la vanidad de la parisina. Se imaginó a sí misma en una ciudad gris sin pájaros, sin lluvia que limpiase el aire, iluminada como un árbol de Navidad, y decidió que, definitivamente, la otra estaba loca. Y cuando Pepa, la limpiadora, le enseñó la fotografía de la Torre Eiffel, se removió hasta los cimientos con una carcajada que resonó en toda Sevilla. ¿Ese montón de chatarra se creía el centro del Universo? ¡Pero si solo era una antena de radio venida a más!


            Pepa, a su vuelta a París, compró un ticket de ascensor para subir a la Torre Eiffel, y bajo una de las barandillas del mirador pegó una foto de su Torre del Oro con un mensaje de ésta: “Admítame un consejo, Mademoiselle Eiffel. Mis casi ocho siglos de vida me han enseñado que solamente soy un montón de piedra con algo de arte, igual que usted solamente es un montón de hierros con algo de ingeniería. Lo que de verdad nos diferencia es que yo soy feliz y usted no, y le voy a decir por qué: yo sé que soy un elemento más de lo que me rodea, que el sol y la luna no están a mi servicio, que los pájaros no viven para amargarme la vida, que los hombres no son mis criados, y que si fui construida un día y tantos años después sigo aquí es porque mis piedras hablan. Cuentan historias de moros y cristianos, de barcos de río y de mar, de guerras y de paces, de puestas de sol, de descubridores, reyes, caballeros y espléndidas mujeres andaluzas. Por eso, si usted quiere sonreír cada día en lugar de destilar amargura por todos sus tornillos, hágase un favor a sí misma y escuche el violín del mendigo al que tanto desprecia. Siéntase parte de algo mucho más grande, disfrute de la gente, del otoño, del aire, y de todo lo que ocurre a su alrededor, y verá cómo, con el paso del tiempo, el haber sido testigo de lo que ha pasado junto a usted será su verdadero valor. Así se convencerá de que, en realidad, está usted rodeada de cosas tan bellas que mantenerse en pie y envejecer junto a ellas es un regalo, aunque nos vayamos deteriorando”.


            Pepa se alejó caminando por la orilla izquierda del Sena. Se dio la vuelta para contemplar a la Torre Eiffel, y le pareció ver que lloraba.

viernes, 17 de febrero de 2012

CUENTOS DE MIEDO

Vamos a empezar este cuento como si fuera uno de los clásicos.


“Érase una vez una linda niña llamada Gerania. Era tan bonita que... “ Que no. Que esto ya no se lleva. Así empezaban los cuentos de toda la vida, pero lo que os voy a contar hoy no lo es.


Gerania era una niña bastante fea. Su madre quiso ponerle un nombre de flor que fuera original y no estuviera visto, y vaya, se lució, pero a lo grande. Gerania era el blanco de todas las burlas desde que tenía memoria. De nariz grande, pelo lacio y oscuro, dientes desiguales y torcidos, gafas y botas ortopédicas por un defecto de nacimiento, sólo le hacía falta un nombre feo para coronarla, y vive Dios que lo tenía. Gerania, a fuerza de aguantar marea en el colegio, se acostumbró a estar siempre sola. No es que le gustara la soledad, pero era mejor que el pitorreo continuo al que se veía sometida. Sabía que su aspecto físico tenía arreglo, sólo era cuestión de paciencia: con el tiempo, una buena ortodoncia, una cirugía láser contra la miopía, unas mechas bien puestas y una permanente, asunto zanjado. Incluso ya había comenzado a ahorrar para una rinoplastia. Lo del nombre también tenía solución, con la mayoría de edad y una gestión en el registro civil se podía poner Ana, Rebeca, Laura, Diana o como le diera la gana. Todas esas eran dificultades menores, hoy en día no era complicado pasar de ser “Rabo de burro” a ser “Estrellita de oro”, como en aquel cuento. O de patito feo a cisne, como en aquel otro.


Su gran problema era el ser tan asustadiza. Todo le daba miedo, y lo pasaba fatal, porque el terror la ponía tan nerviosa que su cuerpo reaccionaba con violentos ataques de risa. Cuanto más aterrorizada estaba, más se reía, y la gente se pensaba que estaba medio pirada. Se lo dijeron tantas veces que estaba ya comenzando a creérselo.


Gerania tenía miedo de todo: de los perros, de los toros, de los marcianos, las brujas, el monstruo del armario... cada cosa que oía se convertía en un nuevo terror. Oyó el cuento de la chica de la curva, y cada vez que se subía al coche con su padre le entraba un ataque de risa en todos los giros de la carretera. Pusieron una película de extraterrestres en la tele, y se pasó semanas viendo hombrecitos verdes, cabezones y feos, acechándole por las esquinas... Tenía miedo de la oscuridad y dormía con la luz encendida. Le daba miedo que su abuela se quedase sola por si venía el lobo a comérsela. La pobre mujer se fue en una ocasión a Benidorm con el Imserso, y al abrir la maleta encontró dentro un cepo de caza que le había puesto Gerania, con una nota: “Abuelita, ponte este cepo junto a la cama en el hotel, por si viene el lobo a comerte que te dé tiempo de llamar a la policía. Un beso de tu nieta Gerania”.


El caso es que, con tantos terrores y tantos ataques de risa, sus padres ya habían agotado toda su paciencia. La enviaron a un campamento, a ver si se espabilaba, y tuvieron que ir a buscarla al día siguiente porque los monitores no sabían qué hacer con ella: cada araña, cada avispa, cada ruido nocturno había supuesto un escándalo y una revolución del resto de niños. Era un desastre.


Un día, a Gerania le rompieron las gafas en el colegio. Un balonazo perdido le partió la nariz y los cristales en el mismo tiro, lo que le hizo también adquirir terror a las pelotas de fútbol y motivó una visita al hospital. A la vuelta, Gerania decidió pasar a la acción. Estaba harta de tener miedo, harta de ser tan poca cosa, de ser un trastorno para todo el mundo y de no poder disfrutar de nada de lo que la rodeaba.


Pensó en lo que podía hacer, y se le ocurrió que quizá en el botiquín del cuarto de baño habría algún medicamento para el miedo. Rebuscó, hasta encontrar una caja naranja, que ponía “contra el miedo”, y contenta, se fue a buscar un vaso de agua para tomarse las pastillas. En realidad ponía “contra el mareo”, pero sus ojos miopes sin gafas le jugaron una mala pasada. Prudente, se tomó sólo dos, no fuera a volverse tan valiente de pronto que comenzase a cometer temeridades a diestro y siniestro. En cuestión de minutos, el sopor producido por el medicamento la dejó grogui en el sofá del comedor.


La despertó un olor familiar. ¡Coliflor hervida! ¡Puaj! Gerania odiaba la coliflor. Sentado a la mesa de la cocina, un lobo negro y peludo se relamía, a punto de comerse un plato enorme de la verdura, que había regado generosamente con mahonesa.


– ¡Qué asco! ¿De verdad vas a comerte eso? –le dijo, con cara de repugnancia.


– Mujer, pero si está buena –le contestó el animal, masticando a dos carrillos–. Todas las verduras son maravillosas, me encantan.


 – Yo pensaba que los lobos érais carnívoros –murmuró ella, sin atreverse a acercarse demasiado–. Y sanguinarios...


– Ya, claro, y comemos abuelitas indefensas y niñas desobedientes. Qué hartísimo estoy de tanto cuento estúpido y tanta mala prensa –gruñó el lobo, malhumorado–. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Que sepas que Caperucita es una mentirosa patológica, y con la excusa del lobo metió a la abuelita en una residencia y utiliza la casa de la vieja para sus encuentros secretos con el musculoso leñador. Yo soy vegetariano, y el resto de mis congéneres cazan conejos y otros animales para comer. Igual que hacéis vosotros, que criáis y cazáis animales para alimentaros. O a ver si te crees que las hamburguesas de ternera que te comes crecen en los árboles.


Perpleja, Gerania salió de casa dejando al lobo con su festín vegetal. No sólo no le había dado miedo, sino que le producía un poco de pena. No debe estar en sus cabales alguien que es capaz de decir que la coliflor está buena, pensó la niña.


Caminó un rato por la carretera. Un toro venía por ella corriendo, y asustada, saltó a esconderse en la cuneta, detrás de unos arbustos. El toro saltó tras ella, y se escondió a su lado temblando de miedo. Al momento vieron aparecer un grupo de gente armada de palos y pinchos, que corrían y gritaban. Le buscaban a él, que permanecía agachado, con la cabeza escondida tras la espalda de Gerania. Ella se aguantó la risa del pánico, que estaba a punto de invadirla, hasta que perdieron de vista a los que iban tras el animal.


– Gracias por no gritar, niña. Si me pillan me matan –dijo el bicho, tratando de recuperar el aliento.


– ¿Por qué? ¿A quién le has hecho daño? A mí me dais miedo los toros, sois enormes y amenazadores, con esos cuernos tan peligrosos...


– Vosotros los humanos sí que dais miedo. Os coméis nuestra carne, nos toreáis y torturáis para divertiros, nos hacéis correr para asesinarnos como salvajes. ¿Es para teneros miedo, o no?


– Pues hombre, visto así... –Gerania se quedó pensando, y al fin continuó su razonamiento– Pero vosotros de vez en cuando herís o matáis a los toreros, y eso no está bien.


– Que se te ponga a tí delante un tío vestido de cosa rara, venga a clavarte pinchos y cosas, luego otro a caballo hincándote una lanza en la espalda, y luego otra vez el de las lentejuelas con un trapo rojo y una espada. Verás cómo tratas de defender tu vida –el toro se puso de pie, dispuesto a huir hacia el monte– Piénsalo, niña. Yo sólo soy un animal. No merezco morir así.


Gerania continuó caminando, pensativa, por la carretera. Vaya, después de todo los toros no eran tan terribles tampoco. Las pastillas contra el miedo estaban funcionando bien.


Un poco más adelante se tropezó con una chica que hacía auto-stop con su mochila a cuestas. El miedo volvió a atacar a nuestra protagonista: ¿Sería la chica de la curva?. Al llegar a su altura, se armó de valor para preguntarle.


– Hola, ¿tú eres la famosa “chica de la curva”?


– Sí, soy yo.


– ¿De verdad estás muerta? –preguntó Gerania tímidamente.


– ¿Tú has visto alguna vez un muerto que hable? –contestó la chica, echándose a reír con ganas– ¡Pues claro que no! Sólo soy una agente de la Guardia Civil, hago dedo porque busco a un criminal que acostumbra a aprovecharse de las chicas que hacen auto-stop. Lo que pasa es que llevo tanto tiempo con esta investigación que la gente, por puro miedo, se ha inventado esa tontería de que estoy muerta,  aviso a los conductores de las curvas peligrosas y luego desaparezco. Pero no, ese trabajo se lo dejo a las señales de tráfico, yo tengo otras cosas que hacer.


Perpleja, Gerania no sabía si echarse a reír o qué hacer; en ese instante, paró una furgoneta, y ambas se subieron en ella. Una mujer, casi anciana, conducía, y otras dos, más jóvenes y rematadamente feas, la acompañaban. Eran extranjeras.


– ¡Hola, me llamo Gerania! Me suenan vuestras caras. ¿Os conozco?


– Puede ser. En un tiempo fuimos la flor y nata de la alta sociedad, pero la puñetera niña aquella nos arruinó la vida. Por su culpa pasamos de vivir en un palacio con sirvientas a tener que emigrar, porque nos echaron de nuestro país, y ahora tenemos que trabajar limpiando escaleras sin contrato y por seiscientos euros al mes –dijo la mujer que conducía–. Yo me llamo Amanda, y estas son mis preciosas hijas, Astolfa y Rigoberta.


Gerania, que no veía la belleza de las chicas por más que miraba, de repente cayó en la cuenta. Aquellos nombres... aquellas narices de loro... aquellos pelos de esparto... ¡claro! Eran la madrastra y las hermanastras de Cenicienta, ella las había visto en una película, y le daban un repelús... Pero el caso es que, vistas de cerca, no parecían tan malvadas. Más bien parecían tres infelices. Y encima, eran inmigrantes ilegales. Vamos, una lástima.


Nada más llegar a la ciudad, Gerania y la agente camuflada de la Guardia Civil se bajaron de la destartalada furgoneta, y siguieron cada una su camino. Se hacía de noche, y nuestra amiga comenzó a sentir miedo de andar sola por ahí. La oscuridad la asustaba, y le tenían dicho que, a los niños que andan solos por la calle cuando se pone el sol, se los lleva el hombre del saco. De pronto, al doblar una esquina, lo vio. ¡Era él, tal y como le habían dicho! Viejo, feo, desharrapado y con un saco enorme a la espalda, seguramente lleno de niños para la cena... paralizada por el pánico, Gerania comenzó a sufrir un violento ataque de risa. El hombre del saco, enfadado, le espetó.


– ¡Tú, niñata! ¿Qué pasa? ¿Te resulto gracioso? Esta juventud, ya no respeta a los mayores, a dónde vamos a llegar a este paso...


– Disculpe, señor Hombre del Saco, pero es que cuando tengo mucho miedo me da por reírme, no es nada personal –le contestó la niña–. Y cuando le he visto con el saco lleno de niños, he pensado que venía a por mí y me he asustado.


– ¿Lleno de niños? ¿Hombre del saco? ¿Pero de qué hablas? –se extrañó el anciano– Me llamo Antonio, y el saco va lleno de garrafas vacías de agua que he recogido de la basura. Soy un señor normal, sólo que tengo una enfermedad llamada el Síndrome de Diógenes. Recojo toda la basura que pienso que puede resultarme útil, y la guardo en mi casa.


– Pero entonces, eso del hombre del saco que me han contado...?


– Chorradas, criatura –dijo el viejo mientras seguía su camino–. Tengo nietos, aunque no vengan a verme. ¿A quién se le ocurre decir que como niños?


– Entonces, ¿lo de las brujas y los chupa-sangres también es mentira? –preguntó nuestra Gerania tímidamente– ¿Usted lo sabe, señor Antonio?


– Pues no, mira por dónde, eso sí es verdad –le dijo el hombre, antes de perderse de vista–. Brujas son unas señoras que salen por la tele, piden dinero por adivinarte el futuro, te cuentan un cuento, cobran y desaparecen. Y los Chupa-sangres no salen al anochecer, sino que trabajan en los bancos, te quitan dinero todos los meses, y si no puedes pagar la hipoteca, te embargan el piso y acabas viviendo en la calle.


– Gracias, señor Antonio –se despidió la niña–. Me ha ayudado usted mucho.


Contenta, Gerania siguió su camino. La carga de sus terrores se iba haciendo cada vez más ligera, pese a que la oscuridad le incomodaba aún. Paró junto a una farola para decidir hacia dónde debía continuar, y a la luz de la bombilla vio pasar un ratón. Dio un salto, asustada. Pasó otro. Luego otros dos, y por último un grupo grande, que llevaba a hombros una pequeña caja. En ella, un ratoncito yacía muerto. Era un entierro de ratones. A la cabeza del cortejo fúnebre se situó un palomo vestido de negro, que iba a oficiar el funeral, como si fuese un sacerdote. Gerania, llena de curiosidad, le preguntó a uno de los últimos ratoncillos.


– Disculpe, señor ratón. Le acompaño en el sentimiento. ¿Cómo ha fallecido su amigo?


– ¡Ay! –gimió el roedor mientras las lágrimas le caían por el hociquillo– ¡Pobrecito Ramiro! Era mi primo, ¿sabe? Pobre, tenía hambre. La señora del 5ºB tenía algo rico al fuego, y él se coló en su cocina para tratar de comer algo...


– ...¡Y se cayó en la olla, seguro! ¡Igual que en el cuento! –exclamó ella.


– ¡No! Esa asesina lo mató a escobazos, y tiró su cuerpo a la basura... ¡Criminal! ¡Es una criminal! –sollozó el ratoncillo– Pobre, pobre Ramiro...


Y el cortejo fúnebre continuó su camino. Otro mito, otro terror de Gerania se había esfumado. De verdad, si llega a saber antes de la existencia de las pastillas contra el miedo, se las habría tomado hacía años. Cuántos malos ratos se habría ahorrado.


Empezó a pensar en pedir ayuda a algún adulto para regresar a casa. Se hacía tarde, la aventura ya estaba durando demasiado, y sus padres estarían preocupados. Miró a un lado y a otro, y algo le llamó la atención: una luz brillante y roja que bajaba a posarse en un descampado cercano. No sabía si ir o no ir. Temió que fuese un ovni, y la posibilidad de que un alienígena terrible le pudiera salir al paso le hizo comenzar un nuevo ataque de risa. La luz roja se acercó hacia ella. Era... ¡un reno!


– Buenas noches, guapa –saludó el animal, con un acento un poco raro–. ¿Has visto a mi jefe, un tío gordote de barba blanca y traje rojo?


– No, señor Reno. No le he visto. Ese señor sólo viene en Navidad, y estamos en junio. Por cierto, límpiese –dijo Gerania mientras le alcanzaba un pañuelo de papel–. Se le cae el moquillo.


El reno, que olía a alcohol de forma escandalosa, se limpió la nariz y luego sorbió ruidosamente. Estaba como una cuba.


– Vaya, el whisky de Laponia ya no es lo que era –murmuró el animal– Con razón no encuentro al jefe, debe estar en su mansión del Polo. ¿Tengo la nariz muy roja? Si llego así a casa mi mujer me va a tener un mes durmiendo en el sofá...


Jopé –pensó la niña–, menuda castaña lleva el Rodolfo...


El reno, mareado, puso el intermitente del cuerno izquierdo y despegó rumbo a su casa sin siquiera despedirse. Gerania, muerta de risa (risa de la buena, de la divertida, no de la otra), se fue a buscar un policía, para decirle que se había perdido y avisasen a sus padres.


Cerca de allí había una comisaría, y entró en ella. El agente uniformado del mostrador la invitó a sentarse en un banco, para que esperase allí a su padre, que ya estaba de camino para recogerla. A su lado, un niño muy raro, que también esperaba a su papá, se la quedó mirando.


– Hola. ¿Eres de aquí? –preguntó el niño raro, rascándose la cabeza calva con unos dedos larguísimos y huesudos. La miró con sus enormes ojos negros y sonrió. No tenía dientes. Ni nariz. Decididamente, era un niño rarísimo.


– Sí, me he perdido. Mi papá viene a buscarme. ¿Y tú?


– Yo también me he perdido. Le cogí a mi padre la nave intergaláctica sin permiso, en el tercer sistema solar a la izquierda me equivoqué de camino, y casi choco con un reno borracho que iba por el carril aéreo contrario. No he sabido volver. Me van a tener castigado sin salir hasta dentro de un año luz, como poco.


– Entonces, ¿eres un alienígena? –dijo Gerania, con un hilo de voz y a punto de estallar con un nuevo ataque de risa– Me dan pánico los alienígenas...


– A mí también me dábais miedo los alienígenas. Ten en cuenta que yo lo soy para tí, pero tú lo eres para mí. No eres de mi planeta, por lo tanto eres una alienígena también. Y muy guapa, por cierto...


Papá Alien entró en ese momento, cogió a su hijo en brazos, le dio las gracias educadamente al policía y se marchó. El niño extraterrestre se despidió de Gerania con un gesto de su mano. Vaya, pensó la niña. Para una vez que ligo, es de fuera. Qué mala suerte...


El padre de Gerania no tardó mucho en llegar para llevársela a casa. Llegó tan cansada que se quedó dormida en el sofá mientras su madre le preparaba un vaso de leche. O eso pensaba ella.


A la mañana siguiente despertó en su cama. No le habló a nadie de las pastillas contra el miedo, ni de su aventura del día anterior. Se sentía mejor que nunca, y ya no temía a nada. Ni siquiera a la oscuridad, porque ya sabía que no había nada en ella que pudiese dañarla. Todos esos cuentos, historias y mentiras que se les contaba a los niños para obligarles a obedecer sólo eran eso: cuentos. Ya tendría tiempo, cuando fuera mayor, de temer a los verdaderos problemas; aún tenía mucha niñez por delante para disfrutarla sin miedo.