sábado, 31 de marzo de 2012

LOS PUENTES DE VALENCIA

            Una de las cosas más bonitas que tiene la ciudad de París son los puentes sobre el Sena. Esos caminos de piedra han sido (y son) algo más que obras de ingeniería: son símbolos. Unen, comunican, estrechan lazos, facilitan relaciones, tanto comerciales como humanas. Mirad si son importantes que cuando se ataca una ciudad, lo primero que se destruyen son sus puentes.


El turista en París recorre las aguas del río en un barco, y siempre hay un guía que le va explicando la historia de cada uno de los maravillosos puentes bajo los que va cruzando. Se hace raro, lo digo por experiencia: el camino natural para cruzar un puente es su parte superior, y el hecho de pasar por debajo le hace sentir a uno un poco fuera de lugar.


            Entiendo, ya que he visitado la ciudad luz y he paseado en bateau-mouche, el interés que tienen esos caminos monumentales sobre las aguas del río de París: algunos de ellos son auténticas maravillas. Lo que no entiendo es por qué en otras ciudades no se presume de ese modo teniendo razones. Os estoy hablando, por ejemplo, de los puentes sobre el río Turia.


            Para los que no conozcáis Valencia, os diré que el agua fue desviada fuera de la ciudad para evitar que las riadas convirtiesen algunos barrios en cementerios, como ya había ocurrido otras veces. El cauce quedó seco, muerto, como una gran cicatriz en el rostro de una hermosa mujer. Los puentes atravesaban el vacío sobre la maleza y la basura. Así estuvo durante décadas, hasta que alguien tuvo la suficiente cordura y valentía como para soñar con un parque que convirtiese ese espacio en algo disfrutable, paseable, que permitiese atravesar la ciudad sobre la huella del agua sin semáforos, sin ruidos, respirando, pedaleando, corriendo o caminando, solo o en grupo, en pareja, con el perro, los niños, a caballo… Fue un gran proyecto que costó muchos años y esfuerzo realizar, pero que al fin vertebró la ciudad entera a su alrededor, creando espacios para el deporte, el juego, la música y las relaciones humanas. En él, los árboles y las fuentes se alternan con el carril para bicicletas, los campos de fútbol y atletismo, los aparatos de gimnasia y las cafeterías, los parques infantiles y las albercas, las esculturas y las plantas aromáticas. Y todo ello cruzado por encima con una sucesión de maravillosos puentes llenos de historia, puentes con esculturas, con santos, con monstruos mitológicos, con jardines sobre ellos. Puentes que conducen a museos, que nos llevan a la ciencia, que nos hablan de pasado y de presente, que nos enseñan el futuro. Algunos llevan siglos ahí, otros décadas, y algunos, años. El último, semanas. Puentes con apodos (el jamonero, la peineta), puentes vivos, puentes legendarios. Recorriéndolos y conociéndolos se puede ilustrar la historia de esta ciudad, y la oportunidad de verlos todos desde abajo mientras uno camina tranquilamente, a su ritmo, sin prisas, disfrutando del larguísimo parque del cauce del Turia, es algo que no tiene precio. Algo que valoran mucho más los de fuera que los de dentro.


            Esta tarde he vuelto a hacerlo: me he calzado mis zapatillas trotamundos y he repasado otra vez cada puente desde abajo, mirando sus piedras, sus estructuras, su fisonomía. Y me he vuelto a maravillar por la capacidad que tiene el hombre de unir, de estrechar, de comunicar orillas, barrios, gentes. Tender puentes es mucho más que construir estructuras sobre ríos y precipicios. Es una metáfora de la misma vida. Yo trato de, con mis cuentos, acercar ciudades y orillas, comunicar los sentimientos de gentes de todos los sitios. Mis relatos también quieren ser puentes, caminos que os unan, senderos que os hagan sentiros más próximos.


            A partir de ahora, cuando presente un currículum para buscar trabajo, pondré también que soy “constructora de puentes”.  Para demostrar que es cierto estáis vosotros, mis lectores. Los de México, los de Argentina, Venezuela, Guatemala, Chile, Alemania, España… Todos estáis unidos por relatos como este. Ojalá todos pudiérais venir alguna vez a Valencia, recorrer el parque del río y ver lo que yo veo. Me entenderíais.

viernes, 30 de marzo de 2012

LUNARES

            Pese a que de pequeña había sido muy blanquita y no había presentado ninguna marca de nacimiento, por alguna razón la piel de Miriam, al crecer, se fue llenando de pequeños lunares. Al principio fue algo casi imperceptible: unas pequitas en la nariz y en las mejillas, otra en una mano, dos en un brazo, otro par de ellas en la espalda… pero a medida que pasaba el tiempo, un imparable proceso de “lunarización” se fue produciendo en su cuerpo, llenándola de motitas marrones, como si le hubiese llovido cacao.


            Las ancianas del pueblo decían que la culpa era de su madre por desear chocolate durante el embarazo y no comerlo. El pediatra pensó que quizá a la chiquilla le había dado demasiado el sol y su piel había reaccionado mal, por lo que ordenó protección total, gorro, gafas oscuras y toda clase de precauciones contra los rayos UVA. Pero los lunares no se fueron. Seguían saliendo nuevos.


            Miriam llegó a odiar su piel. Los niños se burlaban de ella en el colegio, la llamaban “dálmata”, “la increíble niña moteada” y crueldades por el estilo. Ella, a veces, se encerraba en el baño para frotarse las pecas con el cepillo de las uñas, haciéndose no pocas heridas. Una vez incluso intentó borrarse las de las piernas con lejía, y terminó con serias quemaduras que necesitaron tratamiento durante meses. Los lunares de su cuerpo la hacían distinta, y ella quería ser como las demás niñas. No se sentía especial, se sentía desgraciada.


            Invierno y verano eran lo mismo para Miriam. Siempre iba tapada, con cuellos altos, mangas largas y pantalón hasta los tobillos. En verano sufría por el calor, pero no consentía aligerar su vestuario y enseñar sus cientos de pecas al mundo. Veía con envidia a esas chicas que iban por la calle en pantalón corto y tirantes, con la espalda al aire, escotes… todo eso que ella misma se prohibía porque se avergonzaba de su propia piel. La adolescencia no hizo más que empeorar su día a día, añadiendo granos y puntos negros a su cara pecosísima. Se dejó el pelo largo y lo llevaba suelto, con el flequillo sobre los ojos, para que se le viera la menor cantidad de rostro posible. Tratad de imaginar cómo era su vida en el instituto, viendo a sus compañeras, tan monas, tan blancas, tan florecientes. Ella se sentía como un monstruo.


            Pelear contra el rechazo que sentía hacia su aspecto fue una tarea muy dura para Miriam. Cambió seis veces de psicólogo antes de haber cumplido los veinte años. Justo ese día, el de su vigésimo aniversario, fue cuando conoció a Justo. Él pintaba la fachada de una tienda, y se le cayó la brocha llena de pintura verde en el preciso instante en que Miriam pasaba junto a la escalera en la que estaba encaramado. No sabía cómo disculparse, le dio su teléfono para pagar la tintorería y reparar así el desastre que había ocasionado. Ella solo quería dejarlo estar y marcharse a casa, pero él insistió. Los dos estaban avergonzados, él de su torpeza, ella de que él la estuviese mirando. Pero un detalle le llamó la atención: la piel de Justo era de dos colores. Las manchas eran enormes, a trozos era rosado y en otras zonas más tostado. El contraste no era tan violento como el de sus pecas, pero se notaba bastante. Se llamaba vitíligo. Él no se tapaba.


            Desde que Miriam y Justo son pareja, ella ha ido aprendiendo poco a poco a enseñar su piel. Su rostro pecoso y encantador luce una sonrisa porque él le pone cada día nombre a cada lunar antes de besarlo, y como tiene tantos, hace una marquita con un rotulador indeleble en el lugar donde se quedó para continuar la noche siguiente y no perderse. Con la luz tenue de la luna, las manchas y las pecas se mezclan, se confunden, se difuminan y desaparecen, y las dos pieles fundidas una en otra solamente tienen un color: el de la ternura.

jueves, 29 de marzo de 2012

LA HUELGA

            Pese a estar completamente de acuerdo con la convocatoria de huelga general que se había lanzado para aquel día, a Susana le era imposible secundarla de una manera efectiva. En su empresa no se había recibido ninguno de esos vergonzosos panfletos de la patronal en los que se animaba a los empresarios a sancionar económicamente a los huelguistas, a no facilitar vacaciones a nadie para ese día ni a permutar la fecha por uno de los días libres que les pudiesen deber: Susana no tenía empresa. Tampoco es que su jefe le hubiera amenazado con aplicarle al pie de la letra la nueva reforma laboral, o sea, despedirla de manera expeditiva pagándole una cantidad ridícula y sin necesidad de justificación: Susana no tenía jefe porque llevaba casi dos años en paro. Pero ella quería secundar la huelga, que se supiera que, aunque parada, también tenía derecho a protestar unas medidas que no le parecían buenas ni justas.


            El día de la huelga amaneció tranquilo. No bajó a por el pan, sino que sacó uno del congelador. Arregló su casa como cada día, mandó los niños al colegio para que fuera más evidente el paro de los profesores que estaban ejerciendo su derecho a protestar con su ausencia. Ellos sí computaban. A las diez de la mañana, como ya había terminado de preparar la comida, bajó el automático de la luz de su casa. Hasta las doce, consumo cero. No abrió la nevera para que no perdiese frío y no se estropease su contenido durante el tiempo que el electrodoméstico no estaba recibiendo energía.


            No fue a tomar el café con las amigas, ni tampoco compró el diario. No movió el coche para no tener que repostar, ni fue a la ciudad para no emplear el autobús; no era el día de hacer compras, sino de pasear por los alrededores. Para la noche, hizo una cena fría y a las nueve, hasta las diez, encendió un par de velas y volvió a quitar el automático de la luz.


            Susana no estaba de acuerdo en que algunas personas intentaran obligar a los demás mediante violencia a secundar la huelga, pero tampoco podía permitir que sus gestos no contasen por el hecho de ser un nombre más en la larguísima lista del INEM. Ella sabía, aunque en la tele dijeran cifras inventadas, que ese día la huelga general había llegado mucho más allá que lo que podían decir los números de unos y de otros. Por eso colocó un gran letrero en su balcón: “YO TAMBIÉN ESTOY EN HUELGA”. Y tras ella lo hicieron otros muchos, de esos que “no computan” porque no se puede faltar a un trabajo que no se tiene. Casi seis millones de letreros en casi seis millones de balcones. Ojalá eso sí compute en las cifras de la huelga.

miércoles, 28 de marzo de 2012

SINFONÍAS CASUALES

            Uno de esos conceptos raros que he ido elaborando a lo largo de los años y de los que a veces os hablo es el de las sinfonías casuales. Los que ya me conocéis desde hace un tiempo sabéis de mi tendencia a las teorías peregrinas, como la de los nombres y los apellidos, la de los “pongos” o la de los “palabros”. Siguiendo esa línea, lo que os voy a explicar ya no tendría que extrañaros. O, al menos, no mucho.


            Las sinfonías casuales son esos singulares momentos en que la vida nos regala un latido especial del funcionamiento del mundo, es un obsequio sonoro de rara belleza que nos sale al paso sin esperarlo, y nos deja media sonrisa en la boca y un regustillo melódico en el paladar. Para mí, como músico que soy, es uno de los soplos de inspiración que me ayudan a entender por qué el ser humano no solo inventa, fabrica música, sino que en sí mismo, el ser humano ES música. Para ayudaros a entender este concepto tan extraño de las sinfonías casuales, voy a contaros cuál fue la primera que fui consciente de haber captado, y cuál ha sido la última.


            La primera vez fue en Palma de Mallorca, donde a la sazón vivía esta que escribe. Ha llovido mucho, os lo aseguro. Yo llegaba a la playa en autobús con mi madre; en mis manos, cubo, pala y rastrillo de plástico. Me empeñé en hacer un gran agujero en la arena, y comencé a palear: ris, flas, ris, flas, ris, flas. En el paseo, mientras tanto, un mozalbete con monopatín pasaba, y las ruedas de su tabla traqueteaban sobre las baldosas con surcos: ran, tacatacataca, ran, tacatacataca, ran… Mientras tanto, el Mediterráneo lamía la arena de C’an Pastilla con su rumor tranquilo: ssssssh, ssssssh, ssssssh, sssssssh. Mi madre y su amiga charlaban, pero yo no oía sus palabras, solamente percibía el parloteo: bla, bla, bla, bla, bla. Alguien, cerca de ellas, reía a carcajadas, y un grupo de gaviotas reñían por un trozo de bocadillo abandonado en la arena: uak, uak, uak, uak. En un momento dado, el ritmo de mis paletadas de arena se sincronizó con el del mar, el coro de gaviotas hacía el contrapunto, el parloteo era como una canción con estribillo adornado por las risas, y el traqueteo del monopatín remataba el conjunto. El resultado fue que, por unos breves segundos, la mezcla de ruidos me pareció una sinfonía orquestada por una batuta invisible, tenía sentido, ritmo, estructura, tan elaborada como accidental, pero sobre todo tenía una carga de belleza que no dejó de resonar en mi recuerdo hasta pasado mucho tiempo. Durante un instante, los pájaros, el mar, el monopatín con su jinete, mi madre y su amiga, los risueños, mi pala y yo fuimos intérpretes de la misma orquesta.


            He vuelto a encontrar sinfonías casuales en otras ocasiones: entre el ruido del tráfico, en mi cocina, e incluso en la sala de espera del dentista. La última la escuché ayer. Estaba en la escuela de música, estudiando las lecciones de saxofón que mi profesora me puso la semana pasada. En el aula de al lado, un alumno de trombón trataba de afinar con las posiciones de la vara. Con su bullicio habitual llegaron los componentes del coro de adultos, que fueron a concentrarse en el aula de solfeo. En la de percusión comenzó una de las clases de batucada, y las alumnas, todas mujeres, se arrancaron a ensayar sus ritmos bajo las órdenes del profesor. Cada uno llevaba adelante su lección, su práctica, su nivel. Por un momento, mientras ejecutaba por vigésima vez un ejercicio mecánico, imaginé a las “batuqueras” bailando mientras golpeaban sus tambores, como las he visto hacer a veces. Y en ese instante llegó la magia. Fueron cinco segundos de sincronía en nuestras prácticas inconexas: la base rítmica de tambores y bombos, la canción que en ese momento ensayaba el coro, el contrapunto del ejercicio de trombón, el acorde repetitivo que yo estaba practicando, todo se alió de repente, cobró sentido, pulso, estructura. Cinco segundos. Una sinfonía casual que me hizo sentirme orgullosa de mi escuela de música, del esfuerzo que estamos haciendo por levantarla y mantenerla en funcionamiento.


            Seguramente, aunque no os hayáis dado cuenta, todos habéis sido testigos de muchas sinfonías casuales. Os invito a abrir los oídos mientras camináis por la vida. Seguro que, a partir de ahora, sabréis reconocerlas y apreciarlas. Son el soplo de magia que, a veces, troca el sentido de nuestro día de negativo en positivo.

martes, 27 de marzo de 2012

EL TINTE

            Aquella mañana era como cualquier otra. Noelia se levantó de la cama, y con un ojo abierto y otro cerrado se fue hacia el baño. Se lavó la cara con agua fresca para despejarse, y mientras se secaba con la toalla se miró al espejo. Dio un grito de terror y, temblando, volvió a meterse en la cama. ¡No podía ser! Era demasiado joven, solamente veinticinco años y ya… ¡ya tenía una cana!


            En cuanto se repuso un poco del primer susto, volvió a colocarse ante el espejo y la miró. Allí estaba, resplandeciente en su blancura, desafiándola. Noelia la separó cuidadosamente del resto del cabello, y de un tirón la asesinó. Se marchó a trabajar con una sonrisa de triunfo, segura de haber erradicado el molesto mal, pero el gesto le cambió al comentar el incidente con una compañera. “¡Uf! Si te arrancas una cana te salen siete, ¿no lo sabías? Mejor ni te toques”. No, tenía que ser una leyenda urbana. No podía ser cierto.


            A la mañana siguiente no se atrevía a mirarse al espejo. Las contó. Siete, exactamente. Era una enorme tragedia. Se estaba convirtiendo en una anciana a ritmo vertiginoso. ¿Qué podía hacer? Las canas brillaban contentas sobre su melena, como hilos de una siniestra tela de araña, tan evidentes como si fueran luces de un árbol de Navidad. Tenía que ocultarlas, no podía salir así a la calle. Era necesario, no, era vital que se tiñera el pelo. Pero no con cualquier cosa: ella no se teñiría con productos corrientes, agresivos para su precioso cabello. Necesitaba el mejor de los tintes.


            Con la cabeza cubierta por un gorrito salió a buscar una tienda en la que comprar el producto que necesitaba. No sabía cuál elegir, así que le preguntó a la dependienta. Quería algo natural, no agresivo, que respetase el ph de su cuero cabelludo, las escamas de queratina de cada uno de sus filamentos capilares, su brillo intrínseco, el equilibrio hídrico, la cobertura grasa natural de su pelo, y bla, bla, bla. La pobre dependienta, abrumada por tantas exigencias, decidió darle una lección a Noelia. Le vendió un producto nuevo, que tenía guardado en el almacén, fuera de la vista del público. El maravilloso, el genial, el único tinte natural, inocuo, respetuoso con todo lo respetable, sin elementos químicos nocivos, sin amoniaco, sin aguas oxigenadas. La bomba de los tintes, lo mejor de lo mejor, la crème de la crème. En París no se usa otra cosa, en Hollywood todas las actrices lo piden a sus estilistas. Y Noelia, encantada de la vida, pagó aquella carísima maravilla sin rechistar y se la llevó a casa.


            Leyó las instrucciones con atención, se aplicó el producto y esperó. Al terminar el tiempo de exposición se lavó el pelo, y después de secado, planchado, alisado y tratado según su procedimiento habitual, Noelia se miró al espejo. El color era igual que el suyo natural. Las canas no estaban. ¡Fantástico! Y de pronto, toda su melena se volvió de color rosa fosforescente. Aterrada, dio un grito. El color cambió a gris tormenta. Se echó a llorar, y cambió a negro. Llena de rabia por lo que le estaba ocurriendo, pataleó con furia, presa de un ataque de ira, y su melena se volvió naranja intenso, tirando a rojo llamarada, para ir apagando su color a la vez que a ella se le calmaban los ánimos. El maravilloso tinte había hecho que lo que Noelia pensaba o sentía se reflejase en su pelo traducido a colores. Aquello era una catástrofe.


            Muy enfadada, se fue a la tienda en la que había comprado el tinte. La dependienta era otra, y allí no trabajaba nadie más. El producto que Noelia describía no se vendía en aquel establecimiento, es más, la chica no había oído hablar de él nunca. Por debajo del gorrito, el pelo de Noelia se iba volviendo azul a medida que la desesperación la iba invadiendo. No tenía a nadie a quien reclamar, no sabía cuánto iba a durar el efecto de aquella cosa que se había puesto en el pelo. Siete canas dejaron de parecerle algo tan terrible, las prefería un millón de veces a lo que tenía ahora.


            De vuelta hacia su casa se cruzó con un chico monísimo. Un pensamiento fugaz y travieso cruzó por su mente, y su cabello se volvió rojo fuego. Se sintió transparente y avergonzada, tenía que acabar con aquello. Aparcó las tonterías, entró en el supermercado más cercano, compró un tinte normal y corriente de color castaño, con su amoniaco, su química y sus colorantes minerales. Una vez aplicado, su melena, de un maravillosamente normal color marrón, dejó de reflejar sus pensamientos y estados de ánimo. Noelia aprendió que pagar por algo que nos prometen maravilloso y exclusivo no nos garantiza el resultado que deseamos. Y que siete canas no son una tragedia, sino simplemente siete pelos plateados.

lunes, 26 de marzo de 2012

PALABRAS MÁGICAS

            Elisa supo temprano del efecto de las palabras. Esos sonidos articulados emitidos por nuestras bocas o escritos por nuestras manos tenían un poder tremendo, un potencial inmenso, y era cuestión de ponerse manos a la obra para conseguir dominarlas, para ponerlas al servicio de uno. Aprender a hablar, a leer y a escribir era solamente el principio de un largo camino.


            Con el paso de los años, el estudio, la lectura y la práctica en el uso de las palabras fueron convirtiendo a Elisa en una experta en el arte de combinar las justas y precisas para cambiar el parecer de los demás. Mediante una serie de buenos discursos escritos con maestría fue capaz de aupar a un patán al puesto de ministro. El político sabía que dependía de ella para todo, y a Elisa le pagaban muy bien para que continuase poniendo en su boca palabras que jamás salieron de su mente, sino de quienes le manejaban. Las ideas no partían de ella, su trabajo consistía en coger esas premisas que le comunicaban, darles forma y apariencia de tal modo que consiguiesen convencer al común de los mortales de que eran verdades universales y necesarias, y ponérselas delante al ministro. Ni siquiera le parecía un empleo poco ético. Al fin y al cabo, ella solamente redactaba para alguien por orden de otro alguien, cobraba y se iba a su casa.


            Mantuvo ocho largos años esa actividad, hasta que a quienes de verdad manejaban el cotarro dejó de convenirles tener al patán pululando por los ministerios. Entonces ordenaron a Elisa cambiar el discurso, y la gente despertó del encantamiento, reivindicó su destitución, y el títere desapareció de escena. Ella se quedó sin trabajo, pero no le importó demasiado: tenía ofertas de sobra en el cajón. A esas alturas, en los estrechos círculos de la política ya todos conocían su dominio de las palabras y su capacidad para conducir a la gente con ellas. Al saberla libre, varios altos cargos de la política se pusieron en contacto discretamente con ella para hacerse con sus servicios: tenerla cerca podía ser lo que inclinase la balanza del poder a un lado o a otro. Elisa pidió entonces, ante las ofertas económicas y los férreos contratos de confidencialidad y obediencia ciega que le pusieron delante, tiempo para pensar.


            Durante esos días de reflexión paseó mucho y no escribió nada. Se limitó a mirar a su alrededor, a observar, a escuchar. Trató de encontrar qué era lo que el mundo que la rodeaba podía ofrecerle antes de decidir nada. Una mañana, mientras caminaba por un parque, vio a una anciana sentada en un banco. Tenía en sus manos un diario, pero estaba al revés. Por más que la pobre mujer se esforzaba en leer, le era imposible. Elisa se paró junto a ella y le preguntó si necesitaba algo. “Intento leer esto, pero no puedo. Antes de que me diera ESO a la cabeza podía leer, y caminaba ligera. Desde que me dio ESO he olvidado muchas cosas, arrastro una pierna y esta mano se me ha vuelto perezosa. No quiere obedecerme. A veces la lengua tampoco me hace caso, y yo hablo, pero los demás no me entienden”.  Elisa entendió que ESO debió ser un ictus, o algo similar. “¿Y la rehabilitación no la ha ayudado a recuperar la capacidad de leer? ¿No mejoran su pierna y su mano con la gimnasia?”. La anciana miró a Elisa como si estuviera viendo a un extraterrestre. “¿Gimnasia? ¿Rehabilitación? Con mi pensión no me las puedo permitir, y desde que el anterior ministro eliminó la ley que nos ayudaba con esas cosas casi ningún anciano recibe la atención que necesita. Le votamos y nos abandonó. Decía unas cosas muy bonitas, pero luego hizo otras muy distintas. Canalla”.


            A Elisa le resultó imposible continuar entendiendo a la anciana, cuya lengua comenzó a enredarse por la lesión de su cerebro. Pero aquella breve conversación fue un verdadero mazazo para ella. Su arte, su dominio de las palabras ya no era “alguien me hace un encargo, lo escribo, cobro y listo”. Sus textos habían servido para engañar a gente que ahora pagaba las consecuencias del gran timo político del que ella era cómplice.


            Rechazó todas las ofertas que le hicieron. Entonces comenzaron las amenazas. La seguían, la espiaban. Si no estaba al servicio de aquellas mentes oscuras, pasaba de ser aliada a constituir un peligro. Se vio obligada a marcharse de su país para poder vivir tranquila. Desde entonces, Elisa se llama Aline y escribe solamente cuentos infantiles. Las palabras son algo mágico, pero la magia mal empleada puede ser muy, pero que muy peligrosa.

domingo, 25 de marzo de 2012

ENFERMEROS

Cuando Tino enfermó tomó conciencia, por primera vez en su vida, de que el ser humano no era el poderoso dueño de la tierra, el que decidía sobre la vida y la muerte, el que tenía el control de todo lo que existía sobre el mundo. Cuando Tino enfermó se dio cuenta de que al fin el ser humano no es más que carne, sangre, miseria y dolor. Nadie se había preocupado de hacérselo ver antes, y cuando le dijeron lo que tenía no se hizo una idea de lo que le esperaba.


Es difícil perder la batalla, pero aún es más difícil, con la certeza de la derrota en la mano, esperar el final, porque no hay cosa que nos dé más miedo que el dolor, ni nada que nos apene más que dejar cosas pendientes porque la vida se nos acabó antes de que nos diésemos cuenta de que se hacía tarde. En ese momento lo único que nos queda es confiar en la bondad, en la humanidad de los demás. Tino tenía suerte; su mujer y sus hijos, sus hermanos y sobrinos, le querían y se turnaban para no dejarle solo. Sabía que le engañaban cuando le daban ánimos (“vas a ponerte bien, ya lo verás”) pese a que siempre les pidió que no le mintieran. Ahora se alimentaba de esas mentiras para que no le vieran llorar.


La cercanía de su “viaje” hizo que Tino se sintiera totalmente vulnerable, y por primera vez, cuando le fallaron las fuerzas, se vio a merced de otros. No podía defenderse solo, y hasta para lo más íntimo necesitaba unas manos ajenas. En ese momento descubrió que las hadas buenas sí existen. No son como las de los cuentos, ni tampoco hay que hacer sonar una campanilla para que acudan. Solamente apretar un botón. Con eso es suficiente.


El médico pasaba un par de minutos al día, y no le volvía a ver hasta la mañana siguiente. El resto del tiempo solo le quedaban la familia, su propio sufrimiento, y las hadas. Sus manos, expertas y enguantadas, sabían siempre qué había que hacer. Si se ensuciaba le limpiaban con suavidad, si sentía dolor le administraban morfina. Vigilaban los sueros, las sondas, la evolución de su mal. Siempre tenían una sonrisa para él, una palabra de apoyo, tratándole con el mismo cariño y dedicación que si hubiera sido su hermano, o su padre, o un amigo de toda la vida. Las hadas no hacían distinciones en su trato, porque para ellas todos somos distintos en nuestras necesidades, pero iguales como seres humanos. Ellas no veían cuerpos enfermos, sino personas que necesitaban de su ayuda.


Tino, como muchos otros, siempre había pensado que los enfermeros solo son trabajadores sanitarios que pinchan, vendan y medican a cambio de un salario, que para ellos no somos más que un montón de necesidades biológicas que atender. Y sin embargo, a su alrededor él no veía enfermeros, solamente hadas. Hadas que le llamaban por su nombre, que le cogían de la mano. Hadas que vaciaban su orina sin un gesto de fastidio, haciendo bromas amables para que no se sintiese violento. Hadas que le cambiaban las sábanas cuantas veces lo necesitaba si se le escapaba algo a su cuerpo descontrolado. Hadas que traían a media noche un zumo para su mujer y le preguntaban si estaba bien. Hadas que no permitían que sintiese dolor, que masajeaban con cremas sus miembros para evitar las heridas, que vigilaban su tensión, que acariciaban su mejilla cuando la morfina le dejaba adormecido y secaban sus lágrimas cuando le invadía la pena de dejar a los que más amaba. Esas hadas sin alas vestidas de blanco consiguieron que no sintiese en ningún momento que él era parte de su trabajo. Durante todo el tiempo que estuvo en sus manos hicieron que se sintiese la persona única e individual que siempre había sido, y no lo que realmente era: un cuerpo esperando la muerte en la cama de un hospital.


Cuando Tino dejó de hablar ya le quedaban pocas horas. No quería irse así, en silencio, de modo que concentró en sus ojos las pocas fuerzas que consiguió reunir. Con una mirada intensa le dijo a su esposa “te amaré sin fin”, y a sus hijos “viviré en vosotros siempre”. Al resto de su familia y amigos más íntimos les miró para decirles “recordadme con cariño”. Y por último, antes de cerrar los ojos, dirigió sus pupilas al hada que tenía junto a su cabecera y con un fugaz destello le dijo: “GRACIAS”.

sábado, 24 de marzo de 2012

TATUAJE

            “Él vino en un barco de nombre extranjero / lo encontré en el puerto un anochecer,


cuando el blanco faro sobre los veleros / su beso de plata dejaba caer.


Era blanco y rubio como la cerveza…”


            Así empezó todo para ellos, igual que en la copla “Tatuaje”. Se lo trajo un barco, de nombre “Marusina II” de bandera luxemburguesa, recaló en Tenerife allá por el 75 y ya nunca más se fue. El de la copla venía huyendo del recuerdo de un amor, pero Rudy llegó por otras razones: dar la vuelta al mundo en barco era el deseo de Albert, su padre, y persiguiendo ese sueño vendió cuanto tenía para poder soltar amarras. Los azares de la vida hicieron el resto: un estafador y un negocio fallido dejaron al “Marusina II” anclado en puerto, Rudy conoció a Carmen y el amor hizo de las suyas. Desde ahí arranca esta historia.


            Aquel marinero accidental, grandote y poco hablador, echó raíces en tierra, y para no añorar tanto el contacto de sus manos con la madera del barco se hizo carpintero. Junto con la hermosa tinerfeña de la que se había enamorado formó una familia, y primero Santiago y después Ana Marina, vinieron al mundo. Rudy trabajó para sacarlos adelante, y cuando no hubo faena con la madera, se agarró a lo que iba saliendo con tal de que a sus hijos no les faltase de nada, no le importó servir mesas a los turistas como camarero, porque necesitaba trabajar y mantenerse ocupado. Era la única manera de acallar lo que su interior escondía. El viejo anhelo de su padre, el veneno del marino, dormía en él, y si se despertaba quizá necesitase venderlo todo y embarcar, aunque sabía que esa no era la vida más indicada para su mujer y sus hijos. Iba al cine a soñar con las aventuras de los demás, se dejaba llevar por la música para no pensar en ello, pero no conseguía nunca apaciguar del todo la inquietud de volver al mar.


            Un día, inesperadamente, recibió una carta. Venía de Luxemburgo. La abrió extrañado, y la noticia que traía le hizo bailar por casa de alegría: una tía lejana a la que no conocía había fallecido, dejándole a él una cierta suma de dinero. Entonces, en sus oídos resonó la sirena de un barco, y a su boca acudió el sabor del agua salada. No lo pensó dos veces, fue a una agencia y compró cuatro pasajes para un crucero. Navegarían por el  Atlántico, visitarían América. Serían tres maravillosas semanas juntos, y quizá así calmaría ese deseo creciente de navegar, de recorrer, de vivir con el viento marino despeinando su barba.


            Todo iba sobre ruedas, o mejor dicho, sobre olas. Carmen se sentía como una reina, tumbada al sol en cubierta con un cóctel en la mano, bañándose en la piscina y sin tener que preocuparse de la casa, de las comidas, de la ropa ni de la limpieza. Los chicos no paraban, el barco estaba lleno de atractivos para ellos: salas de juego, discotecas, pistas deportivas… Todo lo que podían desear estaba a su disposición. Y Rudy, acodado en la barandilla de proa, miraba el océano… y se aburría como una ostra. Necesitaba actividad. Quizá cuando llegasen a tierra firme, las visitas a las ciudades en las que iban a atracar le mantendrían más entretenido. La vida en el barco que él recordaba del “Marusina II” no se parecía en nada a aquello.


            Ese mismo día, a la hora de la cena, el fantástico buffet que se sirvió en el comedor del barco hizo que Rudy comiese más de la cuenta; la comida era uno de los placeres que ofrecía un crucero como aquel, y se le fue la mano. Se despertó en el camarote, a eso de las dos de la mañana. Carmen dormía tranquila, y él se sentía mal, así que decidió salir a dar un paseo por cubierta. La noche era fresca, el mar estaba en calma, y Rudy se tumbó en una de las hamacas de la zona de las piscinas.


Cuando se despertó, el olor a brea y salitre había cambiado. Era de nuevo aquel Rudy joven de 1975, navegaba a bordo del “Marusina II”, y estaban llegando a puerto en Tenerife. Albert y Rosemary preparaban el equipaje para bajar a tierra, iban a cerrar un negocio en la isla, y él tenía unos días para visitar aquel pequeño paraíso. Y encontró allí a una muchacha encantadora, de nombre Carmencita, que le hizo dudar si quedarse o partir, pero al fin decidió continuar su viaje.


            Estuvo embarcado recorriendo el mundo diez largos años en los que la soledad del mar, la falta de estabilidad, las malas compañías en las tabernas portuarias y el anhelo de pisar tierra firme y echar raíces hicieron que siempre estuviera de mal humor. Necesitaba una casa, una familia, alguien que lo esperase cada noche. El mar ya no tenía nada que ofrecerle. Cada vez pensaba más en aquella dulce canaria a la que había conocido en Tenerife, incluso se había hecho tatuar su nombre sobre el pecho dentro de un corazón, como en la copla. ¿Aún podría encontrarla? Esperaba que sí. Sentía que había elegido mal, que debió quedarse junto a ella y abandonar el barco, y trató de enmendar su error.


Volvió a Tenerife, la buscó, pero ella ya no estaba. Le dijeron que había vuelto al puerto durante meses, esperando ver su barco, pero que al final se había cansado y ya no la habían vuelto a ver. Nadie le pudo dar razón de dónde estaba. Supuso que se habría casado con otro, que viviría feliz en otra parte de la isla, o en cualquier otro lugar, y se alegró por ella, pero no pudo evitar sentir una tremenda tristeza por sí mismo. Quizá si cuando la conoció hubiera sido más sensato no la habría dejado escapar. Ahora era diez años mayor, no quería navegar más ni seguir estando solo, pero no había unos brazos llenos de amor abiertos para él.


            Sentado en uno de los tugurios del puerto pidió una copa tras otra, lamentándose por lo que pudo haber sido y no fue, y al fin volvió a su barco. Había bebido demasiado y se sentía mal. No le dio tiempo de bajar a su camarote; mareado, se tumbó sobre cubierta y se quedó dormido.


            Cuando le despertó uno de los empleados del crucero se incorporó, algo desorientado. Pensaba que aún estaba a bordo del “Marusina II”, pero no. Para asegurarse, se abrió la camisa y se miró el pecho. Ni rastro del tatuaje, ni el corazón ni el nombre de Carmen estaban sobre su piel. La indigestión y el balanceo del barco le habían dado aquella noche una lección inolvidable. Bajó corriendo a su camarote, y ella estaba allí, aún dormida, tan bonita y dulce como siempre. En el dormitorio de al lado, Santiago y Ana Marina también dormían. Definitivamente, en el año 1975 había empezado lo mejor de su vida, y no lo cambiaba por nada. Aunque no siempre hubiera trabajo, aunque surgieran problemas, no quería estar en otro sitio que no fuera Tenerife, ni con otra compañía que ellos, y no cambiaría su vida allí, las comidas familiares y su casa por ningún barco del mundo. Lo que su mujer y sus hijos le daban no lo encontraría en otro sitio.


            El marinero hambriento de aventuras que llevaba en su interior se durmió para siempre, y cuando terminaron el crucero Rudy se regaló una hucha y comenzó a ahorrar. Cuando pudiera, compraría una caravana, la “Marusina III”, para ver mundo junto a las personas a las que más quiere. Mientras tanto, con poder abrazar a Carmen y a sus “niños”, con ver el océano desde la playa de Candelaria y tener trabajo, se daba por satisfecho. Era todo lo que necesitaba para ser feliz.

viernes, 23 de marzo de 2012

ADIVINOS

            Calibrando estaba yo los riesgos de emprender una nueva aventura empresarial cuando me sucedió algo que me hizo dudar. No soy excesivamente supersticiosa, pero como siempre dicen, las meigas, haberlas, haylas, y no me pareció un buen augurio el incidente. Resulta que saqué dinero del cajero, y la maquinita me dio un billete de cincuenta que resultó ser más falso que una moneda de tres euros. Me enfadé, fui al banco a reclamar y se lo querían quedar con la excusa de que tienen obligación de retirarlo de la circulación, pero no me querían dar uno bueno a cambio, por mucho que yo juré y perjuré que me lo había escupido el cajero de su sucursal. Al fin tuve que amenazar al de la ventanilla para que me lo devolviera. La única solución para no perder los cincuenta euros era colárselos a alguien. No está bien, pero no están las cosas como para dejarse timar.


            El caso es que, como me dejó mal karma el tema  del billete falso, pensé en consultar con un vidente el éxito de mi futura empresa. Quizá su opinión me dejase más tranquila, y aunque no es el método más ortodoxo del mundo, busqué en el periódico y llamé. “El Doctor Médium” se llamaba, y atendía a domicilio. Se presentó en mi casa esa misma tarde, según él haciendo un esfuerzo por conseguirme un hueco en su apretada agenda. En realidad supongo que no tenía más clientes.


            El Doctor “M” se sentó en mi cocina y me dijo que preparase café. Yo lo hice, mientras le explicaba el motivo de mi consulta, y pensé que usaría las tazas para leer los posos o algo así. La verdad es que no tenía ni idea del método que el adivino pensaba usar para su pseudociencia, en el anuncio no lo ponía, y él tampoco me lo dijo. No llevaba cartas, tarot ni nada. Me tenía un poco escamada. Me pidió unas pastitas o algo para acompañar el café, pero se las zampó sin mirarlas. No observó mi mordisco en ellas (¿muerdomancia?), ni nada de nada.


 Una vez merendado (de gorra) me dijo: “vamos a empezar. Coja usted una taza limpia”. ¿Una taza limpia? Vaya método de adivinación más novedoso, pensé yo. “Ahora haga con ella lo que quiera”. ¿…? A esas alturas yo ya tenía detrás de la oreja una mosca tamaño rinoceronte africano, pero bueno. ¿Qué podía hacer yo con la taza?


            Me vino a la cabeza un vídeo que había visto en internet de cómo hacer un bizcocho en dos minutos con una taza, y me puse a ello. No había probado aún a poner en práctica esa receta, y como era fácil y lo tenía todo a mano, decidí sorprender al adivino. Pensé que cuanto más original fuera el uso de la taza, mejor sería el resultado de la adivinación. Un huevo, dos cucharadas de leche, dos de aceite, dos de azúcar, dos de harina, dos de cacao en polvo, pizca de levadura de sobre, meneo enérgico, dos minutos de microondas, y listo. Lo malo vino cuando abrí el horno. El resultado no era “exactamente” el que se veía en el vídeo.


            El adivino me ordenó salir de la cocina para realizar su tarea. Dos minutos necesitó para ello, exactamente lo mismo que tardé en hacer el bizcocho. Luego salió ceremoniosamente, me dio un papel en un sobre con su dictamen sobre mi futura empresa, y la nota con lo que le debía. Me quedé de piedra. “Desplazamiento: veinticinco euros. Mano de obra: veinticinco euros. Total: cincuenta euros”. Y apostilló: “Y el IVA no se lo cobro”. No había visto en mi vida cosa igual. Vamos, que ese tío tenía de adivino tanto como yo, y hacía las facturas como si fuera el técnico del lavaplatos.


            Le largué el billete falso. Se lo merecía. Cuando entré en la cocina, se había comido también el bizcocho de la taza, rebañando incluso el plato del microondas. Y su diagnóstico empresarial… bueno, os pongo la foto de cómo quedó el bizcocho y lo entenderéis. En aquel papel ponía: “ESTÁ USTED QUE SE SALE. SU EMPRESA PUEDE FUNCIONAR, LA IDEA ES SUSTANCIOSA, AUNQUE AL PRINCIPIO SE LE DESBORDE UN POCO”.



            Francamente, después de esto tengo claro que jamás volveré a consultar nada con ningún adivino. Prefiero guiarme por mi instinto.

jueves, 22 de marzo de 2012

MADRE

            Permitidme que lo de hoy no sea un cuento, sino una realidad. No puedo dejar de pensar en unas palabras que he oído esta mañana, y por esas palabras escribo hoy, porque resumen, sintetizan y muestran claramente por qué el ser humano es como es.


            Cuando una persona se ve en un apuro, tenga la edad que tenga, ¿a quién llama primero? ¿Quién es la primera persona en la que piensa? No hace falta que os calentéis la cabeza mucho para encontrar la respuesta a esa pregunta. Es “mamá”. Mamá, la que te prestó su cuerpo, la que puso su vida en peligro para darte a luz, la que te enseñó a andar, a hablar, a ser. La que te lavó, vistió, corrigió, peinó y puso colonia, la que te quitó tantas veces los piojos que traías del colegio, la que curaba tus heridas cuando te caías en el patio, la que se sentaba contigo para hacer los deberes. Mamá, la que no dormía si tenías fiebre, la que iba y venía veinte veces para que tú fueras al cole, al fútbol, a kárate, a música. La que en tantas ocasiones te reñía porque eras un desordenado y un desastre, con la única intención de que supieras valerte por ti mismo cuando ella no estuviera. Mamá, siempre mamá.


            Muchas veces echamos a volar, comenzamos a hacer nuestra vida y nos creemos independientes, autosuficientes, pero es mentira. Cuando las cosas se ponen realmente cuesta arriba, ¿en quién pensamos? En mamá. ¿Qué haría? ¿Cómo lo solucionaría? La mía me enseñó muchas cosas. Una de ellas fue a ponerme ajo en las heridas feas, vinagre y sal en los golpes, aceite y vino en las llagas, limón y sal en la garganta para poder cantar aunque duela. También me enseñó a entregar tiempo a los demás sin pedir nada a cambio, y lo hizo con su ejemplo, dejándose los huesos cuidando enfermos como voluntaria. De ella aprendí la piedad y la compasión, a ver los pequeños milagros que se producen cada día ante nuestros ojos, como que un anciano con demencia senil te mire y vea en ti a la nieta que nunca le visita, y a ser capaz de abrazarle y decirle “ya estoy aquí, abuelito, no llores que ya estoy aquí” aunque no sepas ni siquiera cómo se llama. Son cosas que no se aprenden en la escuela, pero que resultan importantes para la vida. Son esas cosas que nos enseñan las madres, y que hacen que seamos lo que somos y que enfrentemos la vida de la manera en que lo hacemos.


            Hoy he visto cómo ponían en libertad a un hombre encarcelado por error, después de pasar casi dos años en un penal extranjero. Un hombre mayor que yo, pero con una edad mental de quince años, y que ha sufrido en prisión como el niño intelectual y emocional que es los abusos y malos tratos carcelarios que muchos adultos no soportan. Un hombre que veía aún dibujos animados mezclado con asesinos, ladrones, violadores, narcotraficantes, pederastas, proxenetas y estafadores. Y cuando le preguntan qué es lo primero que quiere hacer cuando llegue a casa, baja la cabeza y dice: “quiero ir al cementerio a ver a mi madre, yo la oí llamarme, la oí llamarme de noche”. El hombre-niño entierra la cara entre las manos y llora. Y yo pienso en lo que acabo de oír y lloro también. No encontró más consuelo, en sus dos años de calvario, que invocar la memoria de ella, sabiendo que de algún modo nunca le abandonaría.


            Tengo la suerte de poder contar aún con mi madre, y sigo acudiendo a ella como referente. Sé que soy afortunada, y aunque hoy no es el primer domingo de mayo ni se celebra el día de la madre, yo celebro cada instante el tenerla, el poder verla. Sé que llegará un momento, cuando ya no esté, en que soñaré con su voz, como el hombre inocente del que os he hablado, y también sé que si soy como soy, en gran medida, es porque ella hizo muy bien su trabajo. Si el día de mañana mis hijas llegan a hablar de mí como yo os estoy hablando de la que me dio el ser, será porque yo también habré hecho bien mis deberes.

miércoles, 21 de marzo de 2012

BROTES

            Uno de los caminos por los que más suelo transitar en mis paseos habituales discurre por la orilla de un barranco. Normalmente el cauce está seco, o lleva dos palmos de agua como mucho; no tengo el rumor de la corriente para acompañarme, pero sí el murmullo del viento entre los cañaverales que crecen animados por la humedad. Es, junto con el canto de los pájaros, uno de los sonidos más reconfortantes de la zona.


            El otoño pasado, cosas del progreso, decidieron asfaltar todo el camino, que era de tierra apisonada, para facilitar el tránsito de coches y bicicletas por allí. Cuando me lo dijeron, fui a disfrutarlo una vez más, antes de que las máquinas de petróleo negro y caliente arrasasen aquello. Me acerqué para despedirme de las cañas del cañaveral, que tantas veces me habían acompañado con su canto vegetal, que tantos caracoles me habían proporcionado durante años. Me senté junto a ellas, acaricié sus hojas ásperas, y les dije lo que iba a ocurrirles. “Lo siento, amigas. Os cortarán, y taparán la tierra con asfalto, ahogando el lugar en el que crecéis. Mañana ya no estaréis aquí, y creedme que de verdad lo siento. Voy a añorar vuestras voces cuando camine junto al barranco, pero no puedo hacer nada por evitarlo”. No pude contenerme y me eché a llorar, ya sabéis que soy de lágrima fácil. Al otro lado del camino, en los huertos, los naranjos temblaron, pero les dije que no temieran, que ellos no se verían afectados. Solamente cortarían las cañas. Ellos respiraron tranquilos, enviándome una bocanada de aroma a mandarina recién nacida para consolarme.


            Mis amigas las cañas, esas que me regalaron algunos de sus tallos para fabricar cometas con que entretener a mis hijas, y también silbatos e improvisadas flautas para alegrar los largos paseos en familia, pidieron un soplo al viento para agitarse y cantar para mí, y me dijeron: “No llores, mujer. Ahora nos cortarán, extenderán el maloliente asfalto y creerán que han acabado con nosotras y que han mejorado el camino, pero ya verás cómo al final conseguimos volver. Nuestras raíces dormirán todo el invierno, y la primavera  conseguirá el milagro de que renazcamos a pesar de las dificultades. Ya nos las arreglaremos, no te preocupes”. No quise contradecirlas para que no cayesen en el mismo desconsuelo que tenía yo, pero estaba convencida de que lo que ellas me decían era imposible.


            Esta mañana he pasado por allí. Lo que antes era un camino de tierra dorada ahora es liso y negro, y los conejos se esconden entre los naranjos para no ser atropellados por los coches que de vez en cuando pasan. En el tramo donde antes estaba el cañaveral sólo se veía la ausencia de mis amigas, taladas y asfixiadas por el progreso. Pero de pronto, sin esperarlo, una vocecita me llamó desde el suelo. Me pareció increíble, pero allí estaban, saludándome, dos preciosos brotes verdes. La fuerza de la naturaleza estaba haciendo, una vez más, que la vida se abriese camino pese a todos los impedimentos, y dos cañas ya habían conseguido agujerear la capa de asfalto y grava y asomaban, desafiantes, entre el manto negro. “¡Hola, amiga! ¿Ves cómo nosotras teníamos razón? Aquí estamos, de nuevo, con la primavera. Y hemos vuelto para quedarnos”.



            Sé que antes o después alguien vendrá y tratará de cortarlas, pero saldrán otras, y después otras más, a plantarnos cara. La naturaleza se defiende. Y yo me alegro.

martes, 20 de marzo de 2012

EL HOMBRE SIN SUEÑOS

            Había un hombre que no tenía sueños. Además, no los echaba de menos, porque no se puede añorar lo que no se ha conocido. Nunca se había despertado con el regustillo en la boca de una noche feliz, no había soñado que abrazaba a la chica inalcanzable del instituto, ni había viajado a la luna en una astronave de cristal para ver las estrellas desde todos los ángulos, ni tampoco había encontrado un yacimiento inagotable de tarta de queso con arándanos, su postre favorito, para hartarse de él a placer sin sufrir indigestiones.


            Todos los que le conocían pensaban que no era un hombre completo porque no tenía sueños. Le faltaba uno de los ingredientes principales de la vida, el que hace al ser humano concebir locuras que se convierten en genialidades al llevarlas a la práctica, ya que de todos es sabido que las mejores cosas que ha creado el hombre, en principio, formaron parte de los sueños de alguien. Pero él no lo entendía así. Él solo deseaba lo que podía ver, lo que ya existía. No valía la pena anhelar lo que no estaba al alcance de su mano porque solamente le podría ocasionar frustración y dolor el no poder tenerlo. Además, según él, la parte buena de no tener sueños es que tampoco había riesgo de sufrir pesadillas. Nunca se vería perseguido por un monstruo imaginario, ni sentiría angustia por soñar que llegaba tarde a un examen. Tampoco experimentaría la vergüenza de verse desnudo de repente en un sitio público, ni tendría accidentes de coche en los que se viera atrapado en las situaciones más difíciles que pudiera su mente concebir. Para él, su carencia era la mejor manera de mantener la salud mental.


            El hombre sin sueños, convencido como estaba que el estado de mayor felicidad era el suyo, vivía encantado con sus noches en negro absoluto, hasta que llegó un día en que su suerte dio la vuelta. Su esposa, la mujer a la que amaba más que a nadie en el mundo, enfermó. Él recorrió todos los hospitales, buscó a los mejores médicos, pero para el tipo de tumor que ella tenía no existía una cura. Entonces, el hombre sin sueños quiso soñar que el remedio estaba a su alcance, que era descubierto a tiempo, que conseguían salvarla en el último momento, para poder albergar una mínima esperanza de que ella sanase, pero no fue capaz. Ella murió, y sus noches vacías comenzaron a ser una carga para él. Quiso soñar con ella para volver a sentirla, para poder tener la ilusión y el consuelo de no haberla perdido del todo, pero por mucho que se esforzó, por más que lo deseó, no pudo. Ya no soportaba la idea de irse a dormir porque solo podía recordarla si estaba despierto, así que decidió no cerrar más los ojos. Seis días con sus noches se mantuvo en pie.


            Al séptimo día se volvió loco, y como loco que era comenzó a soñar despierto, y así consiguió también soñar dormido. Y la vio en sus sueños, y la abrazó, oyó su voz, olió su pelo y se dio cuenta de que por fin era un hombre completo, y de que ahora, aun estando loco, estaba mucho más cuerdo que cuando sus noches se parecían más a la muerte que a la vida.

lunes, 19 de marzo de 2012

EL DÍA DEL PADRE

         Doña Juana tenía cinco hijos, todos seguiditos. Tres chicos y dos chicas, para ser más exactos. Se llevaban entre ellos el tiempo justo para recuperarse del parto del anterior y quedarse en estado del siguiente. Bueno, entre el cuarto y la quinta había casi dos años de diferencia, pero fueron producto de las circunstancias.


            Después de nacer Emilio, el cuarto, el marido de doña Juana se fue a por tabaco, y ella se quedó recién parida y sola con un crío de teta, otro aprendiendo a andar, otro más que aún llevaba pañales y la mayor, de tres años, que se tenía que vestir sola porque a su madre le faltaban manos para atenderla. No supieron de él hasta que volvió un año después. Se presentó de noche, abrió la puerta y pidió la cena, como si no hubiera pasado nada, como si nunca se hubiese ido. Doña Juana le pidió explicaciones, pero él dijo que no tenía por qué dárselas. A la mañana siguiente, después de hacerle el quinto hijo, se volvió a ir a por tabaco.


            Para sacar adelante a sus hijos, Doña Juana hizo de todo: servía en una casa por las mañanas, fregaba portales y escaleras por las tardes, cosía chándals por encargo de una fábrica textil por las noches, y los fines de semana ayudaba en la cocina de un restaurante. Mientras tanto, los niños mayores cuidaban de los pequeños, y una vecina amable les echaba un ojo de vez en cuando. En el momento que sus hijos cumplían los dieciséis años, comenzaban a trabajar y a estudiar a la vez; era la única manera de sobrevivir sin tener que abandonar la formación, y de paso los sueños. Cuando los dos mayores terminaron la carrera y se colocaron, ni se les pasó por la cabeza emanciparse hasta que los pequeños no terminaron los estudios.


Cuando el pájaro con el que se había casado se marchó con viento fresco por segunda vez, Doña Juana proscribió el día del padre. En aquella casa el 19 de marzo era día de labor como todos, y como ninguno se llamaba Pepe ni Pepita, no había nada que celebrar. El día de la madre también se trabajaba, pero en esa fecha se permitían incluso algún pastel, unas flores o algún detalle para homenajear a esa mujer que se dejaba la vida, las manos y los pies cada día por sacarles adelante. Así fue hasta que la hija mayor cumplió los nueve años. El segundo tenía ocho, y los pequeños siete, seis y cuatro. Ese año, en vísperas del día del padre, en el colegio todos los niños preparaban con ilusión sus regalos manuales para sus papás. Todos menos ellos, que acababan de saber por una tía lejana que el suyo vivía con otra mujer y tenía otros hijos a los que sí mantenía.


            Juani, la hija mayor de Doña Juana, se negó a realizar el trabajo escolar del día del padre. Ella mantenía que el suyo no existía. ¿Por qué debía hacer el más mínimo esfuerzo para regalarle algo? La maestra llamó a Doña Juana, que no acudió a la cita porque no se podía permitir perder jornal: cada hora de trabajo que le descontaban era pan que sus hijos no se podían llevar a la boca. La profesora entonces habló con los hermanos pequeños, y vio que todos se habían negado a hacer siquiera un dibujo para regalar al que les había dado la vida, y de paso, una existencia difícil y llena de pobreza. Entonces les reunió e hizo con ellos un pacto.


            Ese año, y desde entonces todos los años, los hijos de Doña Juana hicieron un trabajo especial para su madre, porque gracias a ella y a su coraje habían salido adelante, y porque a pesar de ser mujer había tenido más redaños que cualquier hombre. Ella era el mejor padre que hubieran podido tener, y así querían que lo sintiese. Ahora que ya todos ellos están casados y tienen niños, siguen reuniéndose en casa de su madre el 19 de marzo para festejar el día de Doña Juana, y es que para ellos, como para muchos otros hijos, mamá es el mejor y el único padre que han tenido.


            Para ella, y para todas las que sacan adelante solas a sus hijos por elección o porque no les queda más remedio, feliz día del padre. Os merecéis este homenaje.

sábado, 17 de marzo de 2012

EL MÚSICO EN FALLAS

            Imagino que muchos de vosotros, puede que la mayoría, no habrá vivido nunca la fiesta por antonomasia de Valencia, las Fallas. Hoy que me encuentro inmersa en ellas, y lo digo de manera literal, voy a tratar de explicaros lo que es, lo que supone ser músico en Fallas. Yo he sido turista, vecina sufridora, fallera y ahora músico, ya lo he vivido de todas las maneras posibles, así que os voy a hacer un esbozo de esa vertiente, la del componente de una banda contratada por una comisión fallera para amenizar la fiesta.


            15 de marzo por la noche: la “plantà”. Se montan los monumentos, se terminan de pintar, se retocan… Eso lo hacen los artistas y sus equipos. Los falleros de a pie miran, cenan y animan. La banda charanguea a destajo. Allá a las tres de la mañana, un chocolate y a seguir animando la fiesta. Más o menos a las cuatro y media vemos la cama. A las siete toca salir de ella corriendo, a las ocho hay que tocar ya en la “despertà”. El tema consiste en desfilar soplando el saxo, trompeta, trombón, clarinete o lo que a cada uno se le dé bien por la calle para que el que duerme abra el ojo y se acuerde de que estamos en Fallas (y de nuestros muertos, de paso. Efecto colateral). Los coros los hace un grupo de falleros que van detrás de ti tirando petardos (si te dan miedo, mejor esos días cuelgas el instrumento y te vas de vacaciones al Caribe. O te acostumbras a la pólvora, o estás vendido). Nueve de la mañana, se termina el recorrido y le volvemos a dar al chocolate con buñuelos.


            Doce de la mañana. Pasacalles. Las falleras se ponen guapas, y a desfilar. Y el músico, de traje y corbata, se sacude el sueño y toca, venga el pasodoble, venga el pasodoble, como si le fuera la vida en ello. Después de comer hay que hacer un nuevo desfile para ir a recoger el premio a la Plaza del Ayuntamiento. Da igual que el galardón sea el decimocuarto puesto de la sección séptima B: otra horita y media de pasodobles no te la quita nadie. Eso con la comisión infantil. Con la comisión mayor, tres cuartos de lo mismo.


            Día 17, ocho de la mañana. “Despertà” que te crió. Repaso a “La vaca lechera”, “Tírate de la moto”, “Carnaval, carnaval”, “Tontorrón el que no bote”, “Samba Brasil” y similares, todo ello aderezado con petardos varios. Más chocolate con buñuelos. Y a las doce, otro pasacalles. Dos de la tarde, concentración; tres y media, a la ofrenda de flores. Puede ser una horita de plantón, otra desfilando, otra media horita hacia el autobús para volver a casa… Todo ello sin dejar de soplar y caminar, caminar y soplar.


            Día 18, ocho de la mañana. Levantarse para ir a tocar a la “despertà” se convierte en una heroicidad. Las gafas de sol que no falten, hay que disimular los ojos rojos y pequeñitos. Los pies hinchados los llevas calzados con deportivas, los zapatos de vestir ya no te caben y las rozaduras no se llevan bien con las tiritas que te has puesto. Hoja de papel de fumar doblada sobre los dientes para resistir la herida en el labio que hace que cada vez que te apoyas el saxo en la boca veas las estrellas y la luna. Más chocolate con buñuelos. Una cabezada antes del pasacalles de las doce; cuando abres el ojo ya no sabes en qué día vives, pero alguien te lo recuerda, te vistes, cambias la caña del saxo, te aprovisionas de papeles de fumar, te embutes los pies en los zapatos y sales bebiéndote un café con ibuprofeno. Con suerte, te darán la tarde de descanso.


            Día 19, ocho de la mañana. Despertà. La haces con el piloto automático puesto y medio grogui. Los petardos te han hecho callo en el cerebro y ya ni los oyes. Dos horas de sueño antes de acompañar a las falleras a misa te parecen un lujo asiático, aunque no tengas más que una silla para dormir (en tiempo de guerra todo agujero es trinchera, dice el refrán). Pasacalles para ir, pasacalles para volver. No sabes si entrar en misa a celebrar San José o tumbarte en la acera de la calle a ver si te da tiempo a echar otra cabezada. Te confunden con un pobre y te echan unas monedas. Las aprovechas para hacerte un café doble en la cafetería más cercana a la parroquia. Y por fin, al terminar el oficio religioso, acompañas a la comisión a su casal tocando pasodobles toreros a destajo, y termina tu cometido. Ya te puedes ir a casa a meter los pies en agua con bicarbonato.


            La “cremà”, cuando eres músico, no sueles verla. A esas horas estás gozando de la beatitud del Nirvana entre las sábanas, siendo consciente de lo hermoso que es tener una cama en casa para descansar, y mientras las falleras lloran viendo cómo el precioso monumento se reduce a cenizas, tú… tú… tú estás apagado o fuera de cobertura, después de haber jurado que “este año es el último”. Nunca lo cumples, al año siguiente ya solo te acuerdas de lo bien que te lo pasaste.


            Os dejo, que me esperan para una rondita de charangas. Disfrutad de la fiesta. ¿Alguien me presta unos zapatos del 43?

viernes, 16 de marzo de 2012

LA MANTILLA

            La encontré guardada en el último cajón del armario. Yo no sabía que la abuela tuviera una mantilla así, y ni siquiera mi madre conocía su existencia. Por eso me extrañó tanto verla reposando en el fondo del mueble. Era negra, muy grande, hecha seguramente a medida para una mujer alta y bien plantada. Desde luego, no parecía creada para ninguna de las mujeres de la familia, ya que ninguna nos caracterizamos por una gran estatura.


            La desplegué con cuidado. El primoroso trabajo de encaje de Granada hecho a mano, las flores bordadas y los adornos en el ribete decían a gritos: “cuidado con lo que haces, soy una pieza única y valgo una fortuna”. Su color negro señalaba que había pertenecido a una mujer casada, seguramente joven. Una viuda o una mujer mayor la habrían llevado también negra, pero mucho más sobria. De ser soltera la dueña de tal prenda, su color habría sido el blanco.


            Traté de encontrar, entre los álbumes de fotos de la abuela, alguna instantánea en que alguien luciera la mantilla misteriosa. Pero no, las que se veían no eran de ese tipo de encaje.  ¿De dónde habría salido semejante preciosidad? ¿Y por qué motivo estuvo tan guardada que nunca la habíamos llegado a ver hasta ese día?


            Me la acerqué a la cara para ver mejor los detalles, y el olor de las pastillas de jabón que la acompañaban dentro del mueble me inundó la nariz. Mi abuela siempre tuvo la costumbre de guardar en los armarios y cajones pequeños jabones de tocador para que la ropa limpia oliese bien, y de paso tratar de mantener a raya a las polillas sin tener que recurrir a la ofensiva y venenosa naftalina. Yo, coqueta, me coloqué la mantilla sobre la cabeza y me miré al espejo. Parecía cualquier cosa, con mis vaqueros raídos y mi camiseta ajustada tan modernos, y aquellos encajes tan antiguos por encima; decidí volver a guardarla y continuar buscando pistas sobre su origen entre los papeles de la abuela.


            No es fácil, ni agradable, vaciar la casa de alguien que ha fallecido, alguien a quien amabas, para venderla y que otros la ocupen, pero no nos quedaba más remedio. Sin embargo, durante aquel zafarrancho de limpieza en el que muchas cosas iban a ir a la basura, otras al rastrillo y algunas a acumular polvo en el trastero, de vez en cuando surgían recuerdos, destellos de mi infancia y de la de mi madre, momentos ocultos en la memoria que afloran al ver un vaso, una llave, una foto, una factura… Mi imaginación, mientras tanto, dio vueltas y más vueltas tratando de recomponer el origen de la misteriosa mantilla. Se me ocurrieron mil posibilidades: heredada de quién sabe qué antepasada, comprada por mi abuelo para alguna posible amante o regalada a mi abuela por un posible pretendiente fueron algunas de las peregrinas ideas que se me ocurrieron. La explicación real, mucho más sencilla, saltó a mis manos cuatro días después.


            Dimos de baja el teléfono, y los de la compañía vinieron a retirar el aparato. Bajo él había un cajoncillo lleno de notitas con números apuntados. Los últimos años, debido a los túneles que la demencia senil estaba haciendo en la memoria de la abuela, todos los papeles que la pobre mujer recogía por casa y no sabía interpretar terminaban ahí. Encontré entre ellos un ticket de tintorería, fechado cuatro años atrás. En él se describía la entrega de una mantilla antigua, color marfil: la que usó en su boda. La había llevado a limpiar, y no la habíamos encontrado en el armario, así que aún debía estar en el tinte.


            Me acerqué al establecimiento; afortunadamente aún existía. El dueño recordaba perfectamente el asunto de la mantilla. Había sido un empleado extranjero, concretamente rumano, que no llevaba ni dos meses trabajando allí por entonces. Él atendió a mi abuela y a la otra mujer, él les entregó las mantillas equivocadas, y luego no habían tenido forma de localizar la negra debido a la enfermedad de la madre de mi madre, que no volvió para entregarla. De hecho, creo que, de tan mal que tenía ya la cabeza, ni siquiera se dio cuenta del error.


            Fue un placer devolver a aquella familia  un pedazo de su historia, y recuperar de paso un trozo de la nuestra. La mantilla de mi abuela, la que conozco por la foto de su boda, la llevaré puesta cuando me case, si lo hago algún día, y luego la conservaré entre jabones. Espero que no se nos vuelva a perder.

jueves, 15 de marzo de 2012

MADERA CON SENTIMIENTOS

            Cuando el leñador se acercó al bosque con su herramienta al hombro, los árboles no movieron ni una rama. Sabían a lo que venía, y todos tenían miedo. Ninguno quería ser el elegido, pero eran conscientes de que al final del día uno de ellos habría muerto. El hombre paseó por entre los troncos, mirando despacio las cortezas, la altura de cada uno de los árboles, el color de su madera, la medida de sus contornos y la salud de sus hojas. Y al fin, con gesto decidido, se paró ante uno de aquellos gigantes vegetales, empuñó su hacha y le hirió.


            A cada golpe del leñador, el árbol gritaba. Pero el hombre no entendía su voz, ni siquiera le oía. El resto del bosque se estremecía con cada hachazo. En un par de horas, herido de muerte, sus gritos vegetales cesaron y el gigante se desplomó. El hombre comenzó entonces a despojarlo de ramas y hojas para poder transportarlo.


            Sucedió en ese momento que una de las ramas, al ser cortada, hirió al hombre en una de sus manos. La savia reciente del ser caído se mezcló con la sangre, y una extraña reacción química se produjo entre ellos. El hombre creyó que se volvía loco: estaba oyendo el llanto del árbol que, agonizante, le preguntaba por qué lo había matado. “Yo no te conozco, jamás te hice daño. ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Qué será de los nidos que había entre mis ramas? ¿Dónde se refugiarán los animales que trepaban a mi copa?”


            El hombre, mientras se vendaba la mano sangrante con un pañuelo, se sentó junto al tronco. “Necesitaba tu madera. A mi casa le hace falta una puerta, a mi cocina una mesa en la que compartir los alimentos con mi familia. A mi hijo que ha de nacer le hará falta una cuna, y a mi padre, que está gravemente enfermo, una caja digna en la que ser enterrado. Por eso te elegí a ti entre los demás, porque te vi fuerte y noble, porque sé que tu madera es la mejor que podría encontrar para confiarle toda esa carga. Tu cuerpo guardará mi casa, alimentará nuestra vida, acunará a mis hijos y acompañará a mi padre en su último viaje. Tus ramas nos mantendrán calientes en invierno, y tus hojas abonarán el bosque para alimentar al resto de plantas que te rodeaban. Todo eso no lo podría hacer cualquiera. Yo siempre honraré tu recuerdo. Perdóname por arrebatarte la vida, pero solo soy un hombre. No sé hacer las cosas de otra manera”.


            Pocos instantes de aliento le quedaban ya al árbol. La savia se congelaba en su interior, las hojas ya no aportaban oxígeno al aire. Solamente alcanzó a decirle al hombre una última cosa: “Por favor, reserva un pedazo de mí, aunque sea pequeño, y fabrica con él algo muy especial. Tiene que ser un objeto que provoque alegría, que haga soñar a los demás. Algo que te recuerde, cada día, que en otro tiempo fui un ser vivo, y que en tus manos seguiré viviendo. Que no soy solo madera, sino madera con sentimientos. Solo así sabré que no entregué mis más de cien años de existencia a un necio, sino a un hombre de honor”. Y dicho esto, el árbol exhaló su último soplo de vida.


            El hombre comenzó su tarea. Cerró su casa con una bella puerta que adornó con brillantes tachones de bronce. Fabricó una cuna que cobijase el sueño de su hijo recién nacido, y también una magnífica mesa, todo lo grande que pudo, en la que compartir los alimentos con su familia. Finalmente, preparó el féretro de su padre y lo guardó para cuando fuera necesario. Después miró lo que quedaba del tronco. No era mucho, la verdad. ¿Qué podía hacer, con tan poca madera, que reuniera todos los requisitos indicados por el árbol? No lo sabía, pero era su deber cumplir con la palabra dada.


            Al fin, después de mucho pensar, el hombre eligió algunos trozos de entre los restos, se encerró en el cobertizo y no salió de él hasta que no hubo cumplido con el último deseo del gigante vegetal. En sus manos llevaba un objeto pequeño, portador de alegría, de amor, de fiesta, de melancolía, de sueños. Madera con sentimientos. ¿Sabéis qué era? Un timple.