lunes, 30 de abril de 2012

MORDISCOS



            Cuando la madre de Berta murió, ella tenía veintipocos años y una hermana adolescente. Fue tan repentino que no le dio tiempo a ir acostumbrándose a lo que se le venía encima. En otros casos, la madre enferma, y los hijos se van, poco a poco, haciendo cargo de las necesidades de la casa, de modo que, cuando llega el final, ya tienen más o menos las riendas de la situación bien seguras en las manos. En este caso, no. Acostumbrada como estaba a solamente estudiar, entrar y salir, mientras mamá se encargaba de papá, de la hermana, la casa, la ropa, la limpieza y la intendencia, cuando el infarto llegó se dio cuenta de que las cosas no se hacían solas. Un palo añadido al que acababa de recibir.


            La segunda parte de su particular debacle vino cuando adquirió plena consciencia de que estaba sola ante el peligro. La hermana adolescente continuó la misma marcha: al instituto, salir, estudiar. Y ya. Su padre, que nunca había echado mano en casa absolutamente a nada, se manifestó dispuesto a seguir en esa línea. Berta tenía dos opciones: declararse en rebeldía y hacer huelga o sustituir a su madre en todas sus funciones. Al principio, por tener la fiesta en paz, hizo lo segundo y pidió ayuda. Cuando nadie se la prestó, bajó los brazos y se negó a hacer de ama de casa.


            Un par de semanas después, con la nevera vacía, la cocina chorreando grasa, el baño impracticable y montañas de ropa sucia en el cesto, el padre llamó al orden a las hijas. “Todo esto está por hacer, así que a ver cómo os lo repartís”. La pequeña dijo: “yo tengo mucho que estudiar, y además no sé cómo se hace todo eso. Y si los fines de semana me los paso lavando y limpiando, ¿cuándo voy a salir con mis amigos? ¡Ni hablar!”. Berta se mordió la lengua para no decirles lo que pensaba de ellos.


            Cuando la situación ya era insostenible, con eternas discusiones acerca de a quién le correspondía hacer las tareas domésticas, los tres sabían que era necesario adoptar medidas drásticas, pero ninguno proponía nada que fuera justo ni equitativo. Berta buscó un trabajo a tiempo parcial y se fue a un piso compartido con tres chicas más. Intentaba así hacer reaccionar a su hermana y a su padre. Decidió no verles durante, al menos, cuatro meses. Para entonces, seguramente ya habrían encontrado el modo de apañarse.


            El día en que volvió a la casa paterna, todo estaba en orden. Las camas hechas, los baños limpios, la nevera llena, la cocina pulcramente arreglada… Sonriendo, entró en el salón, donde su padre solía leer el periódico. Le dio dos besos, contenta de ver que al fin habían encontrado el modo de que la normalidad y la limpieza hubieran vuelto sin necesidad de cargarle a ella con todo el trabajo. En ese momento, una mujer entró, cargada con unas cuantas bolsas de supermercado. Tenía sus propias llaves, unos cuarenta años, piel oscura y acento cubano. “Te presento a Eliana. Nos casamos hace dos meses. Ya ves, no tienes que preocuparte por mí, sé apañármelas solo”.


            El mordisco que Berta se tuvo que dar en la lengua para no decirle a su padre lo que pensaba le dolió durante días. Después, recogió las cosas que le quedaban y se marchó. Ahora vive en Alemania, contenta de no tener que poner excusas para no ir a casa por Navidad.


Supongo que, en su lugar, yo me habría despachado a gusto, porque a veces me cuesta mucho callarme. Llamadme egoísta, si queréis. Os doy permiso.

domingo, 29 de abril de 2012

LA BODA



            Rogelio era un experto en bodas. No había nadie que supiera más sobre casamientos que él, pero no, no era sacerdote, ni juez de paz, ni concejal. Era camarero en un salón de celebraciones, y tras años de analizar los detalles de las bodas de los demás había aprendido mucho sobre el particular.


            Ya no le hacía falta preguntar la mayoría de cosas, porque únicamente con asistir a la prueba del menú que hacían los futuros esposos con sus padres ya sabía cómo iba a ir el tema. Un par de horas de observación le daban todas las pistas: boda sobrada de pasta, de quiero y no puedo, de casa por la ventana, de “lo justito”, de “pobres, pero unidos”, de las de para toda la vida, de las de braguetazo, de luto, éxito clarísimo, fracaso a corto plazo, embarazo bien o mal disimulado… Dependiendo de lo que viera ese día ya podía planificar qué camareros colocar atendiendo cada mesa y el tipo de trato que debían dar a los comensales: de ello, muchas veces, dependía el éxito o el fracaso de la celebración.


            A lo largo de su vida profesional había visto de todo: novias de rojo, novios de blanco, los hijos llevando las arras, mujeres desenamoradas dando el “sí”, miradas amenazantes por parte de algunos suegros, amantes de los contrayentes en la mesa de los amigos íntimos, bromas, amor de pega y amor del bueno, novios vestidos de moteros, de góticos, mujeres con trajes tan grandes que no cabían por los pasillos, batacazos durante el vals, peleas, tías Marías que se llevaban los floreros, guerras de langostinos, borracheras, bodas con dos novios, con dos novias, peticiones musicales de lo más peregrino (en una ocasión la tarta salió mientras sonaba la “marcha fúnebre”, y los recién casados encantados de la vida) y muchas otras cosas que le habrían dado para escribir un libro si su vocación secreta hubiera sido la de escritor.


            Siempre cumplió su cometido con el mayor esmero, poniendo todo de su parte para que el día fuera lo más bonito posible y les dejase un recuerdo precioso a los que se casaban. Solamente una vez, solo una, intervino para estropearlo todo. En aquella ocasión, ya desde la prueba del menú percibió que aquel enlace no saldría bien. La madre de la novia se escondía en el baño para llorar. El padre disimulaba echándose al cuerpo un copazo tras otro, anestesiándose. El novio sonreía satisfecho como un pavo real, y su padre y su madre, como dos águilas a cuyos ojos no se escapaba nada, ponían una pega tras otra, que si el tamaño de los platos, que si el punto de cocción del marisco, que si la temperatura del sorbete, que si… La novia estaba de cuerpo presente, pero su mente debía estar a muchos kilómetros de distancia, porque ni siquiera hablaba. Su mirada perdida y sus ojeras hablaban por ella. “Fracaso absoluto. De antemano”, pensó Rogelio. Pero no solo era eso. Había más, no sabía qué, pero había más.


            La chica se levantó para ir al lavabo; inmediatamente, la mirada rapaz de su suegra hacia el novio le hizo ponerse de pie como despedido por un resorte. “Te acompaño, cariño”. “Sé ir solita”. Los ojos de la madre de ella se llenaron de lágrimas otra vez, el novio cogió del brazo a la muchacha y tiró de ella hasta el baño. “Que sea la última vez que me hablas así, y menos delante de mis padres, ¿entiendes o eres demasiado estúpida como para asimilar algo tan sencillo?” Ella emitió un leve quejido de dolor y un “lo siento” destinado más a que dejara de hacerle daño en el brazo que a conseguir su perdón. A Rogelio le resultó tan obvio que no podía quedarse de brazos cruzados.


            La ceremonia, que iba a ser civil, se debía celebrar en el mismo salón. Llamó al juez de paz para decirle que no habría boda, que se había anulado, de modo que cuando llegaron todos los invitados, los novios y sus padres, faltaba el celebrante. Se acercó con discreción a los padres de la muchacha para contarles lo que ocurría. “Aléjenla de él. Llévensela de aquí, trasládense. Lo que sea, si es que quieren conservarla. No la criaron y la educaron para esto”. Aprovechando el revuelo, hicieron entrar a la novia en el coche y desaparecieron. Rogelio ya no supo más de ellos.


            No le habría importado perder el trabajo por aquel sabotaje, pero nadie se enteró nunca de su intervención. Aún trabaja en el mismo salón, con el mismo esmero que siempre. Y cuando piensa en aquello, llega de nuevo a la misma conclusión que entonces: hay cosas ante las que uno no puede permanecer callado.

sábado, 28 de abril de 2012

SOMBREROS



            El viejo sombrerero miró las estanterías de su tienda. Cuando la abrió, cincuenta años atrás, no imaginaba cómo iban a evolucionar los tiempos. Por entonces la gente sí sabía lo que era ser elegante, marcar la diferencia.


            Salió a la puerta para mirar a los viandantes. A esa hora, frente a su escaparate pasaban cientos de transeúntes, muy ocupados, llenos de prisas, que no miraban hacia los lados. Solamente al frente, como los burros que tiran del arado, siempre surco adelante. Sin tiempo siquiera para echar una ojeada los aparadores de las tiendas. Y ninguno, absolutamente ninguno de ellos, llevaba sombrero.


            Recordó cómo eran las cosas antes, cuando inició su negocio. Los caballeros, sobre todo los de ciudad, se preciaban de ir tocados. Era señal de distinción, y además servía como elemento de comunicación no verbal. Un pequeño gesto al pasar, tocarse levemente el ala del sombrero, era un saludo común. Quitárselo ante una dama era rendida admiración, y tirarlo al aire, explosivo entusiasmo. Entregarlo al amigo era como decir: “sujétamelo, que voy a darle su merecido a este fulano”. Un niño se convertía en hombre cuando mudaba la gorra por un sombrero, y nunca antes de eso.


            En el tiempo en que el sombrerero abrió su tienda, los días de labor se usaba boina, los de fiesta gorra de paño, los ricos gustaban del Panamá en verano y el Stetson y el Borsalino en invierno, elegantes sombreros de paja con guayabera y pantalón de lino, hongo con traje, copa con frac, chisteras, bombines… Un hombre que se vestía por los pies sabía que su cabeza había de ser vestida también con la distinción correspondiente. Por eso en su tienda tenía sombreritos de paja de todas las tallas, para que desde niños adquiriesen la sana costumbre de llevar las ideas a cubierto. A los toros, impensable ir con la testa desnuda. A misa los domingos, bien arreglado y tocado, aunque, eso sí, había que descubrirse al entrar, el respeto a Nuestro Señor no admitía excusas. Asimismo, un hombre que entraba en casa ajena, en una cafetería o cualquier otro lugar techado, y no se quitaba el sombrero, denotaba una de estas dos cosas: desprecio por su anfitrión o una deplorable falta de educación. Realmente, el sombrero era un elemento muy útil para conocer a la gente.


            Pensó en los hombres de ahora. Todos vestían igual, con esos horribles pantalones vaqueros sin raya ni estilo ninguno, y si alguno veías pasar con traje, seguramente era un vendedor de algo. Solo ellos, los camareros de los buenos restaurantes y los empleados de las funerarias usaban traje a diario. El resto de los mortales solo lo hacían cuando iban a una boda, pero ni siquiera para esas ocasiones especiales ya se molestaban en usar sombrero. Y si alguna vez se ponían algo en la cabeza, era una de esas horribles gorras de béisbol americano.


            El viejo sombrerero miró a la gente que pasaba y se sintió terriblemente viejo, pasado de moda, trasnochado. Como los sombreros de su escaparate, que ya solamente eran demandados por algún cliente que quería disfrazarse de algo. El cartel de “liquidación por cierre”, que llevaba pegado al cristal seis meses, no había contribuido a aumentar las ventas. Se sintió cansado. No sabía qué hacer con todo el género que le quedaba en la tienda.


            De camino a su casa, amparado del sol de mediodía por un elegante sombrero de ala corta, pasó por la puerta de una escuela de teatro y se le ocurrió una idea. Se descubrió al entrar y preguntó por el director. La conversación duró pocos minutos, y el acuerdo fue inmediato.


            La tienda se vació en día y medio. Por un precio simbólico, la escuela se quedó con todos los sombreros. Al menos servirían para el noble arte del teatro, y el viejo sombrerero podría jubilarse tranquilo. Una vez las estanterías y el escaparate quedaron sin género, el anciano se apoyó en su bastón, cogió su Stetson favorito color camel, y con él en la mano bajó por última vez la persiana.

viernes, 27 de abril de 2012

ASESINATOS ACCIDENTALES



            Reconozco que fue culpa mía. No sé en qué estaba pensando. Iba con los cascos puestos y la atención perdida en alguno de mis mundos paralelos. Ni siquiera miraba a la carretera. Cuando me di cuenta ya era tarde, mi velocidad era excesiva y la inercia hizo el resto. Lo maté.


            Tardé unos segundos en reaccionar después de oír el ruido de su cuerpo al aplastarse. No podía continuar adelante, tenía que parar a ver qué había hecho, tal vez aún pudiera salvarse, no sé. Es imposible ignorar algo así y seguir sin mirar atrás. Retrocedí hasta el lugar del accidente y me arrodillé junto a él. Agonizaba, estaba destrozado. Nada pude hacer por salvarle. Su viuda, a un metro de mí, lloraba desconsolada, asustada, al borde del shock. Le llamaba a gritos sabiendo que no iba a contestarle. Aquel pobre caracol, que no tuvo más culpa que la de cruzarse en mi camino, había pagado las consecuencias de mi atolondramiento matinal.


            Reconozco que cuando salgo a caminar, y más ahora, que para aumentar el gasto calórico no paseo, sino que casi troto, me abstraigo tanto en mis pensamientos que no miro por dónde voy, y los colores discretos de los caracoles no ayudan. Si al menos se pusieran chalecos de alta visibilidad en la cáscara, este tipo de catástrofes se podrían evitar. Me sentí fatal, el bichillo no me había hecho nada, y yo lo había pisado, dejándolo del espesor de un sello de correos ya chupado. El “crosc” que hizo su concha al triturarse bajo mi zapatilla deportiva es un sonido que no olvidaré nunca. Le pedí perdón, a sabiendas de que ya no podía escucharme.


            Superado el inicial soponcio, la viuda, arrastrándose y dejando tras de sí su rastro natural mezclado con las lágrimas de su desgracia, se me acercó furiosa. De haber podido, seguramente me habría mordido. Le pedí perdón, pero hasta yo misma me sentí ridícula al hacerlo, porque cuando te arrebatan a quien más amas, no hay disculpas que valgan. Me ofrecí a llevarla donde quisiera, no sé qué otra cosa podía hacer. “¿Qué va a ser de mí ahora? Llevábamos una eternidad casados, catorce meses. Nadie va a quererme, soy vieja, y los caracoles eligen hembras jóvenes para aparearse. Moriré sola y olvidada. Qué tristeza”. En ese momento se me ocurrió una idea. “Pero, vamos a ver: ¿los caracoles no podéis cambiar de sexo a voluntad? Sois hermafroditas, por lo tanto podrías pasar a ser un machote si quisieras, ¿no? Pues conviértete en madurito interesante, y así podrás casarte con la hembra que elijas. Ahora, en lugar de madre, serás padre, pero bueno, también tiene su gracia, ¿no?”


            Antes de irme, enterré el cadáver del caracol bajo una piedra del arcén, y guardé un minuto de silencio en su memoria. Tras el sepelio, la viuda, que ya no lloraba, se despidió de mí con una inclinación de antenas, y se marchó a metamorfosearse. Supongo que a estas horas ya estará haciéndole ojitos a alguna caracola.


            No sé qué hacer para no cometer más asesinatos accidentales. Quizá debería dedicarme a la natación, aunque con lo patosa y atolondrada que soy, igual, sin querer, me trago algún pez y me toca indemnizar a su viuda.

jueves, 26 de abril de 2012

EL PÁJARO VOLANDERO



            El dicho popular reza: “Marzo, no se cazan ni a lazo. Abril, hueveril. Mayo, pajarayo. Por San Pedro, volanderos. Y por San Juan, volarán”. El comportamiento de los pájaros es predecible, y así, según este refrán, sabemos que en marzo están ocupados cortejándose, tanto que no hacen caso a ninguna otra cosa, ni siquiera a la comida. En abril ponen sus huevos, en mayo los pollos rompen sus cascarones, y en junio comienzan sus primeros ensayos de vuelo. Hoy voy a contaros la historia de un pájaro volandero que no era como los demás.


            El nido en el que, junto a sus hermanos, había nacido, era parecido los otros nidos del resto de pájaros. Estaba colocado en la horquilla de dos ramas, en un viejo olivo. Cuando todos ellos tuvieron plumas y alcanzaron la fuerza necesaria, llegó el momento de las clases de vuelo. Aquellos jóvenes pájaros tenían la aspiración de independizarse, aprender a alimentarse solos, formar nuevas familias y construir nuevos nidos. Pero uno de ellos albergaba otro tipo de sueños. No pensaba como se supone debía pensar un pollo. Sus hermanos solo querían volar, ver mundo y hacer caso a sus genes. Este no.


            Por San Pedro, toda la nidada comenzó a batir las alas. La madre los empujaba desde una rama para que fueran ensayando vuelos cortos, pero el pollo “distinto”, entre aleteo y aleteo, leía o escuchaba música. Sus hermanos lo miraban con recelo: no estaba cumpliendo con su deber, pero es que aquella avecilla diferente tenía inquietudes que iban más allá de cazar moscas, buscar gusanos o poner huevos. Quería que se escuchase su voz.


         El pajarillo volandero ensayó sus primeros desplazamientos con sus hermanos,  siempre alrededor de su olivo, sin alejarse demasiado. Los otros hacían vuelos cada vez más largos, pero él no. No tenía intención ninguna de emigrar, de cambiar el escenario de su vida. Deseaba quedarse en aquel mismo olivo durante toda su existencia alada, y también quería hacerlo brillar sobre el resto de árboles del contorno. Aún no sabía cómo, pero lo conseguiría.


            Completó su formación aérea como el resto de sus congéneres. Ya estaba preparado para elegir. Los demás decidieron irse. Nuestro pájaro joven escogió quedarse, y ser un pajarillo volandero durante todo su tiempo como ave. No ansiaba ver mundo, construir nido, empollar huevos. Quería premiar al árbol sobre el que había nacido con una vida distinta, hacerlo único y especial.  


            Al volandero le gustaban el cine, la música y la literatura, y dado que en su olivo nadie se preocupaba de tener una existencia diferente, rica y cultural como la que él soñaba, decidió buscar la forma de proporcionarle lo que le faltaba: actividad, sueños, inquietudes. Otro tipo de riqueza, algo que no era agua ni abono, pero que le haría crecer de igual manera. Con paciencia, mucho tiempo y sus propias fuerzas, sin ayuda de nadie, excavó en el tronco del árbol una pequeña cueva, y cuando la tuvo preparada comenzó con su actividad, tímidamente primero, sin tregua después. Le daba igual que allí entrasen ardillas, insectos, reptiles, pájaros o lo que fuera. Respetó siempre a quien llamó a su puerta pidiendo un espacio, prestó sus paredes, su suelo y su aire a cuantos quisieron compartir su arte, su música o lo que fuera. La pluralidad, la mirada abierta, la falta de prejuicios y el alma curiosa fueron siempre su bandera,


            Hoy celebro que ese pájaro volandero, aunque sus plumas ya digan que se ha hecho mayor, siga teniendo el mismo espíritu joven e inquieto que tenía cuando nació, diecisiete años atrás. Lo único que siento es que en el resto de olivos no haya madrigueras como la suya, con ropa reciclada colgando de sus clavos, fotografías en sus paredes, libros, relato y poesías en sus rincones, música flotando por su aire, y una sonrisa de respeto y acogida a todo el que entra por su puerta, sea lo que sea lo que traiga en su equipaje.


            El mundo está lleno de pájaros convencionales, de actitudes fotocopiadas, de estándares y de ideas prefabricadas y dirigidas. El pájaro volandero puso, y pone, color al blanco y negro de su plumaje, de su entorno y de la vida de todos los que tenemos la suerte de conocerlo. No os fiéis del aspecto de su madriguera: por pequeña que os parezca, aquí cabemos todos, y espero que sigamos cabiendo por mucho tiempo. Nuestro pájaro entendió que un volandero es un ser que está aprendiendo, y por eso eligió quedarse así, en esa etapa. Para seguir aprendiendo todo lo que los demás podamos enseñarle.


Ojalá nunca eche a volar, porque este olivo, si él se marchase, sería mucho más aburrido, un árbol más entre tantos, un lugar sin personalidad. Por eso yo, lechuza nocturna de cuentos y canciones, os he traído esta historia.

miércoles, 25 de abril de 2012

EL EXTRANJERO


            Aburridos de aburrirse en un armario, los instrumentos de percusión que habían quedado olvidados en la antigua escuela de música decidieron darse una alegría. Al grito de “¡por los viejos tiempos!” saltaron de las estanterías, derribaron las carcomidas puertas, y, aunque afectados por la humedad, el tiempo y la inactividad, decidieron tocar un rato. Para no terminar de olvidar lo que eran, lo que un día habían sido.

            Hacía muchos años que las escuelas como aquella estaban cerradas. A la gente ya no le interesaban. La música se hacía con chismes electrónicos, tocando pantallas. Ya no intervenía en ella la creatividad, el corazón, los sentimientos. La música, como todo, había sido comprada con dinero. Nadie tocaba si no se le pagaba por ello, y nadie pagaba por lo que podía tener gratis. El tocar por el puro placer de hacerlo se había olvidado. Juntarse con los amigos para hacer música divertida, para inundar los ojos de los demás o llenar su estómago de mariposas era una pérdida de tiempo inútil. Los padres dejaron de apuntar a los niños a las escuelas musicales, era mejor que invirtieran sus horas en el estudio de cosas productivas.

            Los instrumentos de percusión, almacenados en su aula, decidieron sacudirse el polvo y hacer, por un rato, aquello para lo que habían sido creados. En tiempos perdieron la cuenta de las manos infantiles que los golpearon, de los sentidos del ritmo que desarrollaron, de las aspiraciones y sueños que despertaron, y decidieron fabricarse por unas horas la ilusión de que aquel pasado dorado había vuelto. El bombo y los timbales cromáticos comenzaron a latir. El xilófono cantó una melodía, las cajas añadieron un redoble. Al final de cada compás en aquella partitura imaginaria, el triángulo daba un leve toque de metal brillante. Unos bongos saltaron desde el armario para poner el acento tropical, y el ritmo se fue calentando. Claves, maracas, cajas chinas, panderos y crótalos se fueron uniendo sin perder ni una corchea por el camino. Los ruidosos platillos rodaron para participar también, el agogó se sacudió el polvo con una baqueta y el aula se llenó de pulsos y de risas, las mismas que nunca debió perder.

            En el fondo del armario había un paquete. Había sido el último instrumento en llegar, y nunca llegó a desembalarse. Ninguno de los otros instrumentos sabía qué tipo de ingenio musical contenía. Le oían hablar desde dentro de la caja, y sabían que era extranjero por el acento, pero nada más. El pobre llevaba más de veinte años sin ver la luz, y ese día, aprovechando que el cartón de su envoltura estaba ya deteriorado por el tiempo, se sacudió con fuerza hasta romperlo. Los demás le ayudaron a rasgar el plástico de bolitas, y por fin pudieron conocerle.

            Solamente las maracas y los bongos sabían lo que era aquello; el resto no había visto nunca nada parecido. Se presentó: “señores, soy un güiro tropical y sabroso, y vine aquí para enseñarles nuevos sonidos y ritmos. Ya sé que hemos perdido mucho tiempo, pero más vale tarde que nunca, así que, como dicen en mi tierra… ¡¡¡¡SABOOOORRRRRRR!!!!!” El güiro comenzó a rascarse con garbo, y los demás fueron, poco a poco, cogiendo el aire de su son y añadiendo las voces de sus cuerpos a la de aquel extranjero bailón y gracioso que había sido un enigma por tantos años.

            Los estúpidos humanos que ya no querían aprender a tocar evitaban pasar cerca de la vieja escuela porque pensaban que en ella había fantasmas: los ruidos que provenían de su interior algunas noches solo podían pertenecer al reino de lo sobrenatural. Los instrumentos, mientras tanto, continuaron sus fiestas con la esperanza de que la gente recuperase el sentido común y volviese a entender que la música de verdad se hace con la cabeza, las manos y el corazón, no con un ordenador. Si ese día llegaba, la escuela volvería a funcionar y ellos volverían a ser las preciosas y útiles herramientas que siempre fueron.

El dinero mueve el mundo, pero vacía las almas. La música llena las almas y obliga al mundo a pararse para escuchar. Yo tengo la esperanza de que, al final, ella triunfe.

martes, 24 de abril de 2012

CONDUCTAS TEMERARIAS



            Hoy me ha pasado una cosa que me ha dejado algo preocupada. Os cuento: salí a dar mi habitual paseo con el perro. Él iba suelto (bueno, yo también) correteando por detrás de mí, oliendo los árboles, los matojos y algún caracol que iba encontrando en el camino. Yo, como de costumbre, iba “sabandeñeando” con mis cascos. Ya estaba volviendo para casa, cuando de pronto, a lo lejos, vi venir corriendo algo por la calzada. Galopaba hacia mí, directo, por el asfalto, como si fuera un bólido con orejas. Como soy bastante miope y llevaba gafas de sol, pensé en principio que era un perrete, pero no.


            El conejo venía, como digo, a toda velocidad hacia mí. Le grité: “¿pero adónde vas, temerario? ¡¡Para, que llevo perro!!”. Le sirvieron de poco las orejotas tiesas que coronaban su cabeza, porque no me escuchó. Pasó a mi lado y continuó corriendo. “Pelos” le vio pasar y también se volvió sordo de repente: por más que le llamé, le silbé y le grité, los genes podencos se le revolvieron y echó volar, a toda velocidad, detrás del atrevido roedor.


            Menos mal que nadie nos estaba viendo: un conejo perdiendo el rabo carretera adelante, un perro negro de patas largas galopando tras él con dos palmos de lengua rosa colgando, y una energúmena en chándal gritando detrás de los dos. Yo sentía una angustia tremenda porque conozco la velocidad punta de mi “Pelos”, y me daba miedo que fuera mayor que la del orejotas. Pensé que si lo alcanzaba quizá olvidaría que no quiero que cace por más que su raza se lo mande.


            “Pelos” es el producto de uno de esos experimentos que hacen muchos cazadores cruzando razas de las que se usan en su “actividad” para tratar de obtener perros que les hagan cobrar más piezas. Con lo que no contaban es con la coyuntura de que el ruido de los disparos le da tanto miedo que se bloquea en cuanto oye un tiro. Optaron por abandonarlo después de tratar de enseñarle a palos. No miraron la nobleza de su carácter, ni la bondad de sus ojos castaños, ni nada de nada: si no servía para traer conejos, no valía la pena alimentarlo. Yo lo recuperé, pero sigue teniendo pánico a los palos (cuando ve a alguien con uno en la mano ladra como un loco) y a los petardos (no he visto bicho que tiemble más ni que se esconda mejor cuando oye uno). Pensé, ilusa de mí, que carecería de instinto cazador. Me equivoqué.


            Les perdí de vista, corrían los dos bastante más que yo, así que me senté a esperar al perro temiendo que volviera con el conejo entre las fauces. Menos mal que regresó sin trofeo. Le reñí: “Pelos, ¿no te da vergüenza? ¿No me oías llamarte? ¿Cuántas veces te he dicho que no debes cazar, que los conejos del campo tienen que seguir en el campo? Estoy muy enfadada”. Él, pobrecito mío, se encogió, con el rabo entre las patas y las orejas gachas, esperando quizá un golpe como aquellos que recibía de quienes lo abandonaron. “Ama, no te enfades. Yo soy podenco. Miedoso, pero podenco. No puedo luchar contra lo que llevo escrito en los genes. Por favor, no me dejes de querer por esto”. Yo le abracé, le acaricié y le pedí que me enseñase dónde se había escondido el temerario conejo.


            Al llegar al sitio, até a “Pelos” a un árbol, por si acaso. Luego llamé al roedor, que asomó su naricilla desde dentro de un zarzal. “Anda, ven aquí, suicida, que eres un suicida. ¿Cómo sales a la carretera a plena luz del día? ¿No ves que te puede pillar un coche, coger un perro o ver un cazador?” El orejotas me dijo que se había dormido, llegaba tarde al colegio y su madre se iba a enfadar. Por eso corría por el camino más recto, a ver si aún conseguía entrar a la escuela y evitaba un castigo. “Le temo más a la escoba de mi madre que a tu podenco”. Y saludando con la patita derecha levantada, se dio la vuelta y se fue.


            Espero no volver a cruzarme con ese golfillo atrevido. Para evitarlo, trataré de cambiar mi ruta de paseo. No quisiera que mi perro tuviera que elegir otra vez entre ama o conejo, porque sé que escogerá la segunda opción. Yo no cambio a mi “Pelos” por ningún otro, pero cuando se me muera, lo próximo que adoptaré será un chihuahua. Esos no cazan, según creo.

PREMIO LIEBSTER

Estoy de enhorabuena, y os cuento por qué: dos blogs han tenido este año el detalle de concederme su nominación al premio Liebster. Este premio no es ni más ni menos que el reconocimiento al interés que los contenidos de mi blog les despiertan. No hay estatuilla que coja polvo en una estantería, ni diploma que guardar en un cajón para después olvidarlo. Tampoco tiene dotación económica, sino algo más importante: la intención de que más gente conozca el contenido de los pequeños blogs, como el mío, con menos de 200 seguidores fijos, y el deseo de que crezcamos y de que nuestro criterio, nuestra originalidad, nuestra creatividad y nuestra opinión pueda llegar a más gente, que seamos descubiertos y seguidos por más internautas.
Los dos blogs que me han otorgado su nominación son:
www.perrogemelo.blogspot.com y www.hellenstyle.blogspot.com

Para que esta iniciativa continúe adelante, yo debo otorgar mis nominaciones también, concretamente cinco, y son estas:
www.perrogemelo.blogspot.com
www.hellenstyle.blogspot.com
www.aventarte.wordpress.com
www.algomasquelecturas.blogspot.com
www.heroismoagonizante.blogspot.com

Para vosotros cinco, mis nominaciones al premio Liebster 2012. Y que no decaiga.

Gracias y un abrazo, hermanos bloggers.

lunes, 23 de abril de 2012

EL LIBRO ABURRIDO



            Esta es la historia de un libro aburrido. No sé si me habéis entendido: el libro no ERA aburrido, sino que ESTABA aburrido. Había sido regalado con cariño a una persona que no tuvo nunca intención ninguna de leerlo, y los libros, si no son usados, abiertos, sus páginas pasadas y recorridas, sus renglones escrutados por los ojos de un lector, sus tapas gastadas por la caricia de unas manos, sus hojas visitadas por alguna tarjeta postal o vieja foto a modo de punto de lectura, se aburren mortalmente.


            El libro aburrido tenía una historia apasionante que contar, pero olvidado en una estantería, encerrado en una casa sin lectores, no podía contársela a nadie. Tenía que salir y buscar alguien que lo abriese y se enamorase de él. Debía irse, dejar aquel lugar sin mentes curiosas y cumplir la función para la que había nacido: entretener y darle alas a la imaginación de alguien. Por eso, cuando nadie miraba, aprovechando el balcón abierto, saltó al vacío. Cualquier cosa era mejor que aquel olvido en el que vivía. Hasta la hoguera, el gran terror de los libros, era mejor que no tener quién lo leyera.


            En su caída, sus tapas se abrieron, sus hojas se desplegaron, y el aire y la luz le dieron de lleno por primera vez en mucho tiempo. Lo agradeció, se estaba quedando con el alma amarillenta. Fue a caer sobre el techo de un autobús. Viajó sobre él por toda la ciudad sin que nadie lo advirtiera, y sin pagar billete. Al llegar cerca de un parque se dejó caer, y se sentó en el banco más próximo. Se disfrazó de libro abandonado por descuido, incluso cogió una hoja seca del suelo para colocarla al azar entre sus páginas, como si fuera el punto en que dejó la lectura quien lo había olvidado. Y esperó, paciente, como solo saben esperar los libros.


            Lo encontró un niño que jugaba a la pelota en el parque. El chaval leyó el título y pensó: “vaya rollo, no tiene pantalla ni botones”, así que lo tiró de nuevo sobre el banco y volvió a su balón. Un par de horas más tarde, una pareja se sentó junto a él a hacerse arrumacos, con tal intensidad que hasta se le sonrojaron las tapas. Ni siquiera lo vieron, tenían cosas más “interesantes” que hacer.


            Un gato callejero se acurrucó a tomar el sol apoyando la cabeza sobre él. Poca gente sabe que los gatos son animales que aprecian mucho los libros, no porque sepan leer, sino porque, cuando tienen amos, adoran que éstos se sienten en el sillón con una novela entre las manos. Es el momento que aprovechan para enroscarse en el regazo del lector absorto a gozar durante horas de la compañía, el calor y la comodidad que tanto gustan a los felinos caseros. Cansado de tanto viaje y arrullado por el ronroneo del gato, el libro se durmió.


            Una muchacha con ropa deportiva apoyó una de sus zapatillas en el banco para estirar sus músculos. Terminaba su sesión de footing del día. Reparó en el libro, y lo cogió. Sonrió al leer el título, y aún más al ver que estaba firmado por el autor. “Para Laura, con afecto. Feliz día del libro”. Ella no se llamaba Laura, pero reparó en que, casualmente, ese día era también 23 de abril, San Jorge. Día del libro. Se felicitó por su buena suerte, y pensó empezarlo aquella misma noche.


            Con él rió y lloró, soñó, disfrutó, viajó, imaginó, sintió. Y el libro, por fin, cumplió su destino de ser usado y leído. A ella le gustó tanto que se lo prestó a una amiga, y luego a otra, y después volvió a leerlo… y el libro, feliz, ya no volvió a aburrirse.

domingo, 22 de abril de 2012

CHORROS



            “Allá donde fueres, haz lo que vieres”. Eso es algo que me llevan diciendo desde que tengo memoria, y que procuro aplicar en casi todas las ocasiones. Lo malo es que a veces este consejo tiene consecuencias imprevisibles, o te deja con cara de pasmo si no sabes aún disimular tus emociones demasiado bien.


            La semana pasada mi prima favorita nos llevó a un local en pleno corazón fiestero de una ciudad del norte. Fuera, lluvia, granizo y viento. Dentro, suelo de piedra, mesas de madera y bastante gente. Conseguimos sentarnos y pidió por nosotros para que probáramos lo más típico de aquel chigre: vino dulce. En porrón. Yo pensé: “Oh, cielos, yo no sé beber por esos chismes del demonio”, pero acepté mi porroncillo individual con una sonrisa. Mis hijas, tan educaditas ellas, pidieron refrescos. Hasta ahí, todo bien.


            Vino el camarero con dos pocillos de lata llenos de cacahuetes sin pelar. “¿Quieren cacahuetes?”, nos dijo. Al ver a todos afirmar, nos los dejó en la mesa. Solo los cacahuetes. Volcó los pocillos de lata directamente sobre la madera y se fue. Ni platos, ni ceniceros, ni nada de nada. Yo puse la sonrisa de “no pasa nada, aquí será lo normal”, pero mis gorditas rellenas se quedaron bobas. “Mami, lo ha tirado en la mesa”. “Tranquilas, comed, sonreíd y que no se note que os ha dejado patidifusas”.


            Picoteamos cacahuetes, dejando en un rincón de la mesa las cáscaras, a falta de cenicero o algo donde ponerlas. Mi prima se dio cuenta, se me acercó y me susurró: “aquí se tiran al suelo directamente. Mira a tus pies”. Era cierto. El suelo de piedra del bar estaba lleno de cascarillas de maní, sobre todo alrededor de las mesas. Montañas de ellas. Una barbaridad. Volví a poner la sonrisa de “no pasa nada”, pero mis vástagas, con los ojos como platos, no se atrevían a tirar al suelo la basurilla cacahuetera. Les hice un gesto elocuente con la mano. Aun teniendo permiso, la pequeña lo pensaba dos veces antes de dejar caer cada cáscara. La mayor ni siquiera se atrevió a comer.


            La segunda parte del asunto fue la de los porrones. Sí, el vino dulce estaba muy bueno, pero mi habilidad con el porrón dejaba mucho (muchísimo) que desear, y allí donde mi prima y mi costillo se echaban el chorrillo al coleto con una naturalidad pasmosa, yo… bueno, yo me regaba entera cada vez que lo inclinaba. Me defendí de sus risas con el argumento socorrido de “es que mi porrón está defectuoso, mira, mira. Tiene el pitorro cortado al bies, y claro, es imposible, me mancho siempre”. Lo bien cierto es que al cabo de un rato yo solo había probado el vino, pero mi blusa llevaba ya una borrachera importante.


            Terminé bebiendo indecorosamente por la parte de atrás del porrón. Ya sé que no es lo correcto, pero el chorro y yo, yo y el chorro, nos habíamos declarado la guerra. Y no me gusta perder, lo admito. Al fin, el vino acabó en mi estómago, aunque fuera a costa de amorrarme al trasero del artefacto.


            El colofón a mi aspecto, con el pelo revuelto por el viento, los zapatos mojados por la lluvia, los restos de cáscara de cacahuete y mi blusa chorreada con el tintorro dulce, vino a ponerlo una gaviota con diarrea mientras volvíamos a casa. Pobrecica. Ella se llevó todas las maldiciones acumuladas. De todos modos, confieso que me lo pasé en grande y que esas cosillas son las que dan sabor a los viajes. Aunque te toque beber del culete de un porrón.

sábado, 21 de abril de 2012

HUESOS ANÓNIMOS



            Siempre quiso estudiar medicina. A pesar de sus orígenes humildes, a pesar de vivir a mucha distancia de la ciudad, y por tanto de la universidad más cercana, Yolanda se empeñó en conseguirlo. Sus padres le habían prometido que cuando acabase el bachillerato, si sus notas eran buenas, encontrarían los medios para enviarla a la ciudad a cumplir su sueño, pero nunca le preguntaron el porqué de tan temprana e intensa vocación.


            Llegó la hora y ella había cumplido su parte. Les tocaba a sus padres cumplir la suya. Se matriculó en la facultad de medicina más próxima a unos trescientos kilómetros de su pueblo, y entre los tres buscaron un piso. Esa misma navidad, la del primer año de carrera, la pasó en casa, con la familia, y aprovechó el viaje para acercarse al cementerio de su pueblo. Allí estaba el osario, un lugar frío y húmedo en el que los huesos se amontonaban unos sobre otros sin ningún orden. Lo conocía desde chiquilla; allí le pidió al vigilante del cementerio que le dejase coger algunos de aquellos restos para sus clases de anatomía. El vigilante pensó: “ni se sabe quién es esta gente, los huesos no son de nadie ni nadie los ha reclamado nunca. ¿Quién va a enterarse?”. Yolanda cogió dos cráneos, un fémur y algunas vértebras, dio las gracias al vigilante y se fue a casa. Lo guardó todo en una bolsa de plástico y al acabar las vacaciones lo llevó a la ciudad.


            Una vez en su piso de estudiante, hirvió lo que había cogido en el osario con agua, lejía y jabón, como le habían enseñado en la facultad. Raspó con un cepillo el musgo, la tierra, los caracoles que había donde debía estar el cerebro de aquellos cráneos. Después, encajó los dientes que se habían desprendido en sus huecos, pegándolos con un fuerte adhesivo. No quería que nada se perdiese. Finalmente, colocó aquellos cráneos blancos, el fémur y las vértebras sobre la estantería de su habitación, de manera que pudiese verlos cuando se sentase en el escritorio para estudiar.


            Cumplidos los seis años de carrera, seis largos años de intenso estudio, de exámenes, nervios, noches sin dormir manteniéndose a base de cafés, trabajos, clases y prácticas, Yolanda eligió especialidad. Era su hora. Ciencia forense. El día que por fin consiguió su objetivo, cogió de la estantería uno de los cráneos y lo acarició. Esa, y no otra, era su razón. Aquellas dos calaveras que tantas veces había mirado tenían cada una un orificio de bala. El fémur presentaba una fractura infantil soldada espontáneamente en mala posición. Las vértebras tenían el desgaste típico que se da a ciertas edades. Aquellos huesos le decían cosas, le llevaban diciendo cosas desde que era pequeña. Todo el mundo pensaba que al osario iba a parar lo que se extraía de las distintas remodelaciones y ampliaciones del cementerio, pero no. Los restos del osario de su pueblo, de los osarios de tantos pueblos, todos aquellos huesos amontonados que nadie quería ni reclamaba, eran de víctimas de una guerra entre hermanos, fueron gente que desapareció un buen día, y que terminaron eliminados a tiros. Esos huesos formaron parte de alguien que tenía hijos, padres, hermanos. A esas personas las lloraron, las buscaron, pero nunca las encontraron. Sus despojos fueron ocultados en cunetas, barrancos, campos o fosas comunes.


Cuando alguien encontraba restos humanos, el municipio los trasladaba al osario, pero no se notificaba a nadie. En los años oscuros aparecieron muchos esqueletos. No se publicaba en ningún sitio. Ella había estudiado medicina forense para darles voz a esos huesos olvidados, para contribuir a solucionar la ignominia, la vergüenza que le producía ver que a esa gente se le había robado la vida y se le continuaba negando el derecho a ser encontrados y recordados.


Muchos en su pueblo la ayudaron, la mayoría se dio cuenta de que aquel abuelo, aquel tío perdido, estaba más cerca de lo que pensaban. Otros muchos se opusieron, incluso hubo insultos y amenazas, pero eso era algo con lo que Yolanda ya contaba. Si conseguía identificar a quienes reposaban, despiezados y revueltos, en el osario de su pueblo, devolvería la paz a muchas familias, y quizá ayudase a cerrar heridas aún abiertas después de tantos años.


Cuando identificó al último, ese cuyo fémur había mirado durante toda su carrera, (Ricardo se llamaba, cojeaba desde chiquillo, le hicieron desaparecer con poco más de veinte años), aquel vergonzoso osario, en el que podía entrar cualquiera a llevarse parte de alguien, al que fueron a parar los restos de tantas personas que respiraron, amaron, trabajaron, pensaron y fueron, quedó vacío y cerrado.


La verdad es algo que cicatriza lo que sangra. Tapar, echar tierra, ocultar, solo camufla la vergüenza, pero no cura. Aquella gente no quería venganza. Solo memoria. Yolanda se hizo médico para combatir el olvido de su pueblo. Después del cierre del osario, estudió una nueva especialidad de la medicina, y el resto de su vida lo dedicó a curar a los vivos.

viernes, 20 de abril de 2012

PLANTAS

            Esto de la memoria humana es una merienda de negros. Hay cosas que querrías olvidar y no puedes por mucho que te esfuerces, y hay otras que te ocurrieron, cosas que en su día te hicieron reír hasta producirte agujetas, y con el paso de los años las olvidaste. Menos mal que tenemos a la familia para recordárnoslas. Yo, en concreto, tengo a mi prima Mari Carmen.


            Casi todas las grandes sesiones de risas de mi infancia y adolescencia fueron junto a ella. Realmente creo que a su lado todo me hacía reír, porque ella sabía (y sabe) sacar siempre el lado cómico de las cosas. Las pocas inocentes travesuras que hice de niña las compartí con ella, y este fin de semana nos hemos reventado a reír recordando aquellas anécdotas. Hubo ratos en que la gente nos miraba caminar por la calle, tan llenas de carcajadas que parecíamos dos gaviotas locas, y debían pensar que nos habíamos tomado alguna sustancia poco legal. Salió a relucir lo de las plantas. Me dijo: “esto tienes que contarlo en alguno de tus cuentos”. Pues allá va.


            Hemos tenido la mala suerte de vivir siempre lejos la una de la otra. Ella en Soria, yo en Mallorca. Ella en Oviedo, yo en Santander. Ella en La Coruña, yo en Valencia, como el gato y el ratón. De niñas y de adolescentes coincidíamos en casa de los abuelos, en León. Recuerdo que cuando yo tenía trece o catorce años ya iba a ayudar a mi madre con la limpieza de aquel piso; hacíamos zafarrancho cada cuatro meses, viajábamos hasta allí, les veíamos, estábamos unos días con ellos y les dejábamos la casa arreglada hasta el siguiente viaje. Aquel verano vino también mi prima Mari Carmen, a la sazón una cacho tía de dieciocho añazos. Y de bandera, añado. Allí estábamos, mi madre, ella y yo, descolgando cortinas, lavando fundas de sofá, sacando armarios, desarmando cocina… bueno, qué os voy a contar, todos sabéis lo que es una limpieza general hecha a fondo.


            Mi abuela Lola tenía varios problemas, pero los dos peores eran su obesidad y la demencia senil. Le encantaban las plantas, y acumulaba macetas sin control. En los dos balcones había docenas de ellas. Intentamos tirar unas cuantas, pero se puso hecha una fiera, así que, por no enfadarla, lo dejamos estar. Un sector importante de la población vegetal estaba infectado de pulgón, arañitas, hongo negrilla y algunas cosas más; tratamos de sacar a escondidas de casa las plantas que más enfermas estaban, pero fue imposible escapar a su vigilancia. A Mari Carmen se le ocurrió envenenarlas. Así, cuando se secasen, ella misma las tiraría, y nosotras no estaríamos cerca, con lo cual no podría culparnos.


            Comenzamos echando lejía en la tierra. Cuando se nos acabó la garrafa, usamos salfumán. Añadimos limpiacristales, algo de amoniaco, detergente lavavajillas, y para rematar, las rociamos con spray para limpiar muebles. Cada producto de limpieza que caía en nuestras manos pasaba por todas las macetas antes de ser empleado para su función original. Supusimos que con todo aquello las pobres plantas morirían achicharradas en cuestión de días, y para asegurarnos de que así fuera, echamos ración extra de Cristasol en la gran regadera que empleaba para darles agua, y vaciamos el bote de abono líquido por el inodoro para sustituir su contenido con un cóctel de amoniaco y Mistol a partes iguales. Mientras íbamos perpetrando nuestra pequeña diablura, las risas volaban con cada chorro de lejía y con cada rociada de Pronto. Fue bestial, el balcón olía como una droguería entera.


            En unos días, ella volvió a Oviedo, mi madre y yo a Santander, y quedamos en escribirnos, como siempre. Nos olvidamos del tema, ya no preguntamos más por las plantas.


            Cuatro meses después, volvimos a viajar a León para ver a los abuelos. Llegamos, los besamos, dejamos la maleta en la habitación. Mi madre abrió para ventilar, y a mi me dio por salir al balcón a ver cuántas macetas quedaban. Casi me desmayo: jamás en la vida había visto las plantas de mi abuela tan sanas, frondosas y llenas de flores como entonces. Ni rastro de piojillo, ni de pulgón, ni de negrilla. Nada de nada. Preciosas. “Yo las riego como siempre, les pongo el mismo abono…” Mi madre y yo nos miramos y nos echamos a reír, y no pude evitar llamar a Mari Carmen para contárselo. No había manera de frenar aquellas carcajadas contagiosas que salían del teléfono, y terminamos las dos llorando de risa, cada una a un lado de la línea.


            Llorar de risa. Un bien cada vez más escaso. A pesar de que vivimos a casi mil kilómetros de distancia la una de la otra, este fin de semana me he dado cuenta de cuánto necesito a Mari Carmen. La necesito para que me recuerde esas cosas, para revivirlas juntas, para que me contagie su optimismo y reventemos las dos a reír en el sofá viendo pelis de Peter Sellers y de Jerry Lewis, como cuando éramos niñas. No entiendo cómo he podido pasar diez años sin abrazarla. Qué apartado tenemos muchas veces aquello que realmente importa.

jueves, 19 de abril de 2012

EL MÉDICO

            Ángel era un tipo jovial. Decidió hacerse médico después de perder su trabajo cuando el crack del ladrillo, allá por 2010, más o menos. Abrió una pequeña consulta en el garaje de su casa en donde veía a sus pacientes; allí mismo quedaban hospitalizados cuando sus dolencias necesitaban tratamiento o alguna cirugía que no pudiese realizarse de manera ambulatoria, y cuando les daba el alta cobraba por su trabajo, aunque desde luego el salario que conseguía ganar al cabo del mes no se acercaba al de un médico convencional.


            Cuando alguien acudía a su consulta, primero lo examinaba. Si en el cuerpo, en los síntomas o en las lesiones no encontraba todas las respuestas, preguntaba a la persona que le había traído al enfermo, y al fin daba con la clave. En los ratos en que no tenía nadie en la consulta, los fines de semana y algunas noches, operaba los casos más graves. En muy pocas ocasiones desahució un paciente, pero alguna vez pasó. Esas veces, lo peor de todo fue comunicárselo a la familia. Solo por no pasar ese trago se esforzaba cuanto podía para encontrar solución a todos los casos.


            Ya sé que estáis pensando que lo que os estoy contando es una locura, pero no. Solamente me ha faltado daros un “pequeño” detalle: Ángel era médico, pero de bicicletas. Trabajaba con la precisión y la habilidad de los mejores cirujanos, operaba para extirpar y cambiar frenos, cadenas, piñones, platos… En épocas de crisis, cuando la gente evita coger el coche por el astronómico precio de las gasolinas, cuando quienes han perdido su trabajo dejan los gimnasios y las clases de aeróbic porque no se las pueden permitir, rescatan la bicicleta del desván, o compran una de segunda mano. Ángel se encargaba de poner todas esas máquinas a punto, engrasarlas, repararlas, adaptarlas al crecimiento de los niños. También arreglaba máquinas después de alguna caída, y hacía recomendaciones de uso a sus dueños.


            Aquella mañana, Ángel estaba en su taller tratando de arreglar una bicicleta de adulto. El jinete había pisado una lata de refresco tirada en la carretera (qué gorrina es la gente, por favor), con tan mala suerte que le bloqueó la rueda. De los dientes del dueño se encargaron en el hospital. La rueda no tenía arreglo, pero la bici sí. Enderezó la dirección, reparó la horquilla, reajustó todo el cambio que había quedado dañado por el golpe, puso la rueda nueva y salió a probarla. Iba bien. Cuando regresó al taller, le esperaba un hombre al que había reparado varias veces una bicicleta infantil. No le había visto en más de un año. Venía para ofrecérsela como artículo de segunda mano. Ángel preguntó por qué la vendía, si el niño ya no la quería o tenía una mejor.


            Un osteosarcoma es un cáncer de hueso que se da con una cierta frecuencia en niños, más en los varones. Al pequeño dueño de aquella bicicleta le habían cortado su pierna izquierda por debajo de la rodilla. “Véndala, no quiero verla. No va a poder montar más, y no puedo soportar pensar que cuando vuelva del hospital la va a encontrar en el garaje y se va a hinchar a llorar. Usted sabe lo que a él le gustaba salir con su bici, los trompazos que se ha pegado con ella, las aventuras que ha corrido con sus amigos por el campo, siempre pedaleando. Ahora, cuando vuelva del hospital, todo será distinto. Solo tiene doce años y ya le falta una pierna. Su niñez se ha acabado”.


            Ángel se quedó pensando. Le dio vueltas a aquello toda la noche, y por la mañana fue a hablar con su amigo Toni, cuyo hermano trabajaba en una ortopedia. Buscó información, fue al hospital a ver al niño, que estaba en la última fase de quimioterapia. Pronto volvería a casa, el mal estaba casi vencido, pero su ánimo también. Le dijo que no se preocupase, que una prótesis especial de titanio con no sé qué otro metal le permitiría montar otra vez en bicicleta, ir al campo a tomar el sol, como le había recomendado el médico, y fortalecerse de nuevo. El padre se echó a llorar. La prótesis era cara, y de momento no podían siquiera planteárselo.


            Ángel implicó en aquello a todos sus vecinos. El barrio entero se llenó de carteles. Varias toneladas de tapones de plástico hicieron el milagro. En los siguientes seis meses, el médico de bicicletas solamente tuvo una idea en la cabeza: que aquel niño volviera a serlo, que no tuviera que convertirse en adulto de pronto porque la vida le hubiese arrancado un trozo. Si solamente era cuestión de dinero, lo conseguirían como fuese.


            Cuando el niño fue a buscar su bici, porque no quiso otra que no fuera su vieja bici, el médico la había dejado preciosa: frenos nuevos, el cambio como la seda, tapones plateados en las cámaras, linterna a pilas delante y detrás, pintada de rojo fuego y con una espectacular bocina. Le colocaron la prótesis de montar y la chichonera. La sonrisa no le cabía en la cara cuando salió, pedaleando con furia, calle adelante hasta perderse de vista. Su padre y el médico de bicicletas se miraron, se abrazaron y rompieron a llorar.

miércoles, 18 de abril de 2012

ENTRE LAS LECHUGAS

            Cuando Esther se dio cuenta de que estaba otra vez en estado se echó a llorar. Ya tenía cuatro criaturas, su marido bebía, y ella no podía con más trabajo: la huerta, las vacas, la casa, los niños… A pesar de que ya no deseaba a su marido, cuando él quería meterse con ella en la cama no se podía negar. Habitualmente era cuando venía bebido y envalentonado por alguna discusión, o cuando estaba enfadado. En ocasiones la había tratado mal, pero no tenía otro sitio a donde ir con sus cuatro niños. Desde el último parto, siempre que él quiso sentirse superior sometiéndola en la cama, Esther se lavó a escondidas con vinagre para no quedar de nuevo preñada, pero a pesar de eso la vida se abría camino por quinta vez en ella.


            No le dijo nada a nadie. Durante los primeros meses de embarazo fue a los campos con la azada, cargó capazos de carbón para la cocina, cosechó las patatas, aventó las habas con la horca para desprender el grano de las vainas ya secas, rellenó los colchones con paja de maíz nueva. No tuvo cuidado ninguno, y pensó que si la naturaleza quería desprender la criatura de su vientre… bueno, no se alegraría, pero… en fin, sería un alivio para ella. Si nacía solo vendría a sumar pobreza a su vida y a su familia. Pero no ocurrió. Su embarazo continuó adelante, el bebé se agarró a su entraña con todas sus fuerzas. Estaba decidido a vivir.


            Esther dejó de bajar al pueblo cuando ya su preñez pudo ser sospechada por las demás mujeres. Ellos no se fijarían en su ropa holgada y en su andar bamboleante, pero a ellas no se les escaparía. Nadie debía saberlo, así que procuró mandar a los recados a su hijo mayor, de ocho años, que los traía al volver de la escuela. Intentó siempre tener bastante vino en casa, a fin de que su marido se mantuviera lo suficientemente borracho como para no notarlo tampoco. Se desharía del bebé en cuanto naciese.


            Parió en la cuadra, sola, como los animales. Por suerte era algo que se le daba bien, así que no necesitó de nadie para asistirla. Después, lavó a la niña, la envolvió en un trapo limpio, le dio de mamar y esperó el momento oportuno.


            La huerta comunal estaba junto al río. Era la única parcela de regadío que tenían, y en ella plantaban las hortalizas que más agua precisaban: las lechugas, las coles, los tomates, las acelgas. Varios vecinos tenían sus parcelas en el mismo terreno, junto a la suya, y de eso conocía a Perico. Era poco hablador, pero amable. Esther sabía los días que le tocaba a él regar su trozo de tierra, y también sabía que su mujer, Bienvenida, había quedado estéril después de que su primer embarazo se malograse por la patada de una de sus mulas. A pesar de que todas las curanderas de la comarca la habían tratado, lo suyo no parecía tener arreglo, y la tristeza se había instalado en su casa. Tenían tierras y animales, y también mucho cariño para darle. No le faltaría de nada.


            Cuando oyó llegar a Perico dejó el bebé entre las lechugas, en el primer surco, cerca de donde él solía poner el botijo del que bebía cuando trabajaba la tierra. Sin duda, allí la encontraría. Después se marchó. Cuando volvió a comprobar si su plan había surtido efecto, suspiró aliviada. La criatura no estaba. Él la había recogido.


            Bienvenida preguntó a su marido de dónde había salido aquella niña sonrosada y hambrienta que traía en brazos, y él solo sabía decir: “Dios nos la dejó entre las lechugas. Él sabía que deseábamos un hijo y nos ha regalado esta maravilla”.


            Eran otros tiempos, de modo que cuando fueron al registro del ayuntamiento a inscribirla como suya el juez de paz no hizo preguntas. Los chiquillos nacían en casa, así que era perfectamente posible. Le pusieron de nombre Estrella, y no hubo niña más feliz en toda la comarca. Fue la luz de sus padres durante el tiempo que vivieron, y Esther la fue viendo crecer desde una prudente distancia, contenta de la decisión que había tomado.


            Cuando Perico y Bienvenida murieron, Estrella, que ya tenía veintidós años, fue a casa de Esther una mañana, cuando la supo sola. Se sentaron en la cocina, y la muchacha le dio a la mujer una cajita. “Mi madre me encargó que te diera esto cuando ella faltara. Siempre supo que fuiste tú la que me dejó entre las lechugas del huerto. Sólo le hizo falta ver cómo me mirabas, el brillo de tus ojos cuando me veías en misa, con mi traje de domingo y mis trenzas peinadas. Me pidió que te diera las gracias por tu generosidad”. En la cajita había un par de pendientes de oro con perlas en forma de lágrima, los mejores que tenía Bienvenida.


            “Y tú, ¿cuándo lo supiste?” le preguntó Esther a Estrella. La joven se echó a reír. “Cuando terminé de crecer y las viejas de vista gastada me comenzaron a confundir contigo al verme por la calle. Mírame, y mira tus antiguas fotos. Soy tu reflejo con veinte años menos”.


            Esther le puso a Estrella aquellos pendientes el día que fue a casarse, y le pidió que los guardase siempre. No los necesitaba, le bastaba con saber que su hija había podido tener mejor vida que ella, y que no sentía rencor, sino un profundo respeto y agradecimiento.

martes, 17 de abril de 2012

LA VARIANTE SIN NOMBRE

            Meritxell es psiquiatra. Se ha pasado gran parte de su vida estudiando los comportamientos y mecanismos de la mente humana, así como sus patologías. Sus estudios se basan, como los de todos los investigadores y científicos, en la experimentación, la observación, comparación y registro minucioso de cada dato que obtiene. Así, después de un largo período de tiempo analizando casos de distintos sujetos con actitudes fuera de lo que tenemos catalogado como “límites normales”, ha descubierto una patología a la que, hasta la fecha, ningún psiquiatra se ha atrevido a designar como tal. Cuanto más la ve, más signos encuentra y más rápido la puede diagnosticar, pero aún no hay un protocolo de tratamiento contra ella. Para Meritxell esta enfermedad es, claramente, una variante del conocido síndrome de Diógenes, y basta leer sus estudios para comprobar que no va desencaminada. Voy a transcribir unos fragmentos de sus conclusiones, y así lo entenderéis con más claridad.


            “Comparativa, similitudes y diferencias del comportamiento entre sujetos con el síndrome de Diógenes e individuos con su variante en proceso de estudio.


            Se observa en los pacientes de Diógenes un desorden que les empuja a acumular desechos, basuras, trapos, garrafas de plástico, cartones, chatarra y, en general, cualquier tipo de objeto encontrado que su cerebro enfermo convierte en un bien necesario y digno de ser recogido. Las viviendas de estos enfermos se convierten en vertederos en los que la montaña de desechos apenas deja espacio habitable. En los sujetos con la variante sin nombre, el comportamiento es similar: su obsesión es acumular patrimonio. Necesitan, de modo patológico, sumar dinero a sus cuentas corrientes, obras de arte a sus paredes, joyas a sus cajas fuertes, barcos y toda suerte de valores que no les son necesarios para vivir, pero sin los que, según sus mentes enfermas, no pueden subsistir. Estas personas adolecen, igual que los Diógenes, de un egoísmo radical y beligerante que les hace defender lo que tienen y plantar batalla contra quien sea sin importar los métodos con tal de conservar y aumentar su acumulación de “tesoros vitales”. Recordemos que quienes recogen y almacenan basuras son personas que se vuelven agresivas y se llegan a enemistar con familiares, amigos y vecinos para impedir que les separen de sus basureros particulares. La analogía de sus comportamientos es evidente.


            Otro punto en el que ambos desórdenes convergen es el malestar que producen en las personas que rodean a estos enfermos. Quienes viven en las mismas comunidades sociales que los Diógenes sufren malos olores, riesgo de incendios, presencia de ratas e insectos, además de los insultos y agresiones del sujeto que padece este síndrome. Quienes viven en las mismas comunidades que los enfermos de la variante sin nombre sufren por la impotencia que les produce ver la desigualdad social que estos sujetos originan, ignorando a quienes carecen de lo más básico, e incluso utilizándolos y exprimiéndolos para amasar más riqueza. Su desprecio por el resto de su comunidad es absoluto, y si alguna vez demuestran un mínimo interés por quienes les rodean es solamente porque prevén que, a corto o medio plazo, ese gesto pueda aumentar su patrimonio de algún modo. Por tanto, es una realidad que quienes padecen Diógenes y su variante causan un continuo malestar entre los que conviven en su entorno, y llegan a ser odiados hasta extremos de inspirar sentimientos violentos entre las personas de sus comunidades sociales.


            Los pacientes de estas patologías, tanto de la ya conocida como de su nueva variante, hablan del mismo modo feroz y primitivo sobre las cosas materiales: MIS garrafas, MIS harapos, MIS cartones, MIS tornillos oxidados, MIS modelos de alta costura, MIS casas, MIS fincas, MIS empleados domésticos, MIS trabajadores, MIS coches. Todo lo que les rodea en su mundo de mentira es absolutamente suyo, y no admiten discusión acerca de ello. Lo que tengan que hacer para mantener sus posesiones y aumentarlas no les importa. Si hay que golpear a algún mendigo que rebusca en la chatarra para podérsela llevar, lo hacen. Si hay que dejar algunas familias en la calle con lo puesto también lo hacen. No tienen conciencia de la palabra “remordimiento”. Pasan horas y horas recorriendo los contenedores de basura, vertederos y solares buscando tesoros. Luchan por tener dos, tres, cuatro o más salarios de alto nivel sin importar a quién tengan que sobornar o favorecer.


            Solamente hay dos puntos que diferencian a ambos sujetos: así como el Diógenes causa una extrema despreocupación por el aseo personal y el aspecto físico en quien lo padece, la variante sin nombre tiene el efecto contrario. Quien la sufre, desarrolla una obsesión enfermiza por no envejecer y por tener una apariencia deslumbrante que sea el reflejo fiel de su posición económica. De este modo, son capaces de gastar sumas de dinero ridículas en tratamientos absurdos, cirugías, ropa que después solo usan una o dos veces, ingentes cantidades de pares de zapatos que no necesitan y salones de belleza lujosos en los que les convencen de que son hermosos, jóvenes y dignos de admiración. Son incapaces de ver la inmoralidad de su comportamiento. Se ponen enfermos si se estropea la nevera de su cuarto de baño, en la que guardan cosméticos que cuestan tanto como lo que costaría alimentar a una familia media durante un mes. Sufren taquicardias si calcularon que ese día ganarían dos millones y ganan solo uno y medio, si uno de sus negocios no prospera toman drogas para superarlo, si encargaron caviar iraní para una fiesta y el proveedor no llega a tiempo montan en cólera. El otro punto en que ambas patologías divergen es en que a los Diógenes no hay forma de engañarles, y, por el contrario, los que padecen la variante llegan a pagar cientos, miles o millones de euros por cualquier cosa si alguien tiene la suficiente habilidad para hacerles creer que gracias a ella van a ser más admirados y envidiados, cayendo a menudo en el error del Emperador Desnudo (ver cuento infantil “El traje nuevo del Emperador”).


            Mis conclusiones son que las dos patologías son la misma enfermedad, que se desarrolla de un modo o del otro dependiendo del estrato social en el que se desenvuelva el individuo que las padece. A los pacientes de Diógenes se les ingresa en centros psiquiátricos, se vacían de desechos sus viviendas y se queman las basuras para después desinfectar, desinsectar y desratizar el lugar. Así se evita que sus vecinos y conciudadanos, hartos de sufrir su comportamiento, le prendan fuego a su casa con el sujeto dentro y terminen con el problema. Con los enfermos de la variante sin nombre se debería proceder de igual manera: tendrían que ser ingresados y tratados, y sus bienes repartidos para evitar que sus conciudadanos, hartos de observar sus derroches estúpidos y su codicia patológica, cansados de trabajar para hacerles aún más ricos, le prendan fuego a sus casas con ellos dentro”.


            Meritxell está a punto de presentar su investigación a la comunidad científica, pero antes de hacerlo querría encontrar un nombre apropiado para esa variante del síndrome de Diógenes que ha descubierto. ¿A alguien se le ocurre cómo llamarlo?