jueves, 31 de mayo de 2012

EL CURA DE MI PUEBLO



            Cuando nos dijeron que el párroco se marchaba no nos extrañó demasiado. Estuvo muchos años, pero no supo hacerse con la gente del pueblo. Es lo que tiene ser sub-parroquia, que no tenemos titular, compartimos el cura con otra parroquia del pueblo vecino. Se ve que éramos faena añadida y molestábamos. El hombre daba misa con cara de acelga, y al final se quedó solo con las cuatro abuelillas fijas. Los domingos no llenaba más que cuatro bancos, se cansó de llamarnos ateos y descreídos, y pidió el traslado.


            El nuevo cura llegó en vísperas de Todos los Santos. Cuando le vimos, y sobre todo cuando le escuchamos, nos pusimos todos a buscar la cámara oculta. Aquello no podía ser un sacerdote, el obispado nos la estaba colando hasta el fondo. Seguramente era una pequeña venganza por el poco éxito de público en las misas, habían mandado a un actor “a darnos p’al pelo”, como vulgarmente se dice. A escarmentar a la feligresía descarriada del pueblo. Y luego, una vez estuviéramos convenientemente vapuleados, vendría el cura de verdad a restablecer el orden.


            Aquel hombre era lo más parecido que he visto yo en mi vida al león de la Metro, pero en humano. Corpulento, con una melena rizada color miel y un rugido en las homilías que dejaba a los parroquianos con el pelo hacia atrás y ganas de esconderse debajo del banco. Tremendo. Al contrario que el anterior pastor de almas, no solo quería saber cada cosa que se hacía y deshacía en la iglesia, sino también supervisarla. Incluso la limpieza. Todo.


            Con el paso de los meses, el cura se fue dando cuenta de dónde estaba el problema en el pueblo. No es que la gente no creyese en Dios, sino que la indolencia, la falta de implicación y de contacto (amén de la ausencia de higiene dental, no había cristiano que se acercara a confesarse) del anterior sacerdote había ahuyentado a la parroquia. No había sabido atraer a los chiquillos, ni a los jóvenes. Ni a nadie. Una iglesia sin coro, sin misa para los niños, sin grupo de scouts, sin… sin sal, sin pimienta. Un lugar al que se iba por obligación a los entierros, bodas, comuniones y bautizos, y del que la gente huía el resto del año. Nadie encontraba allí el consuelo y el refugio que se suponía deben hallarse en ese lugar y en su ministro.


            El cura nuevo continuó siendo terrible durante muchos meses, sin cortarse ni un pelo a la hora de llamar sinvergüenzas a los que iban solo el día de la fiesta del pueblo para llevar el anda y figurar, a los padres que llevaban los niños a misa los domingos para que pudiesen tomar la Primera Comunión y se quedaban mientras tanto tomando una cerveza en el bar de enfrente en lugar de entrar, y en general a todos los que según él no estaban cumpliendo con lo que debían ni como debían.


            Contrariamente a lo que yo pensaba, no era un actor. Era el cura de verdad, y aquí sigue, para regocijo de algunos, indiferencia de otros y castigo de indolentes y descreídos, dejando claro todos los días que ser cristiano es algo más que cuatro fiestas a lo largo de la vida, una procesión al año vestidos de bonito y un entierro del que ya ni te enteras (básicamente porque estás en la caja bastante muerto). Si lo quieres lo coges, y si no lo dejas, pero si entras en su iglesia te tienes que atener a sus normas, y no tratar de torearle porque a los leones no se les torea.


            Hay muchas cosas en la Iglesia Católica con las que no comulgo, pero a fuerza de tratarle, este cura me está cayendo bien, y cuanto más lo critican en el pueblo, mejor me cae. La gente tiene poca costumbre de que le digan las verdades a la cara, y a mí me regocija verle poner a muchos en el sitio que les corresponde. Menos obispos, menos cardenales, y más curas de a pie, que trabajen con y por la gente. Menos oro en el Vaticano, menos inversiones en bolsa y dinero en cuentas ocultas, menos reverencias a los poderosos y más compartir con los que lo necesitan. Menos creerse brazos ejecutores de Dios y más humildad. Menos soberbia y más conciencia de que son tan pecadores como nosotros (algunos mucho más, me atrevo a decir), de que no poseen la verdad absoluta de nada, y de que si de verdad quieren practicar la caridad cristiana deben hacerlo despojándose de lo que tienen. Dios no quiere dinero, sino almas. Él mismo mandó a su hijo a la Tierra poniéndole en una familia humilde.


            Espero que el cura nuevo no se acomode. Que siga llamando a las cosas por su nombre y metiendo el dedo en el ojo a quien se lo merece, que continúe pidiendo a la gente que se implique siendo él el primero en hacerlo. Nos ha tocado vivir malos tiempos, ya nadie se moja por nadie. Tal vez él consiga que unos cuantos metan los pies en el río y las cosas mejoren.

miércoles, 30 de mayo de 2012

DIBUJADA EN SU PIEL



            No sabía su nombre. Ni siquiera a qué olía su pelo rubio. Solamente recordaba la firmeza de su abrazo, la tibia suavidad de sus manos, el dulce sabor a vida de su pecho, y la mariposa que, dibujada en su piel, dormía quieta mientras él bebía, calmando hambre, sed, ansiedad y miedo de días. Tan grabado se le había quedado aquel dibujo que la imagen del insecto alado apareció en sus sueños durante años.


            Él había llegado en una patera. Era solo un bebé de dos años, una vida corta y negra, de pelo ensortijado, que huía de la miseria sin saberlo. Cuatro jornadas había durado la travesía. Cuatro amaneceres, cuatro eternas noches, cuatro abrasadores días en los que su madre, exhausta, sedienta y al borde del desfallecimiento, trataba de amamantarlo sin éxito porque su pecho se había secado. Él trataba de exprimir aquel trozo de pellejo oscuro, lo intentaba hasta hacerla sangrar. Tenía hambre,  quería vivir. Ya ni siquiera podía llorar, no le quedaban lágrimas, no podía desperdiciar ni una gota de agua en llanto inútil. Los hombres, nerviosos, le gritaban para que callara, porque sus quejidos no hacían sino añadir desesperación a aquel hatajo de desesperanzadas sombras humanas.


            Al llegar a la playa, los bañistas, perplejos, no sabían cómo reaccionar. Tomaban el sol con sus neveras llenas de refrescos y cervezas, sus bikinis y sus cremas para proteger las blancas pieles del acecho del astro. Veinticuatro negros: doce hombres, ocho mujeres, cuatro criaturas. La madre del bebé se derrumbó de bruces en la arena, dejando caer al niño. Hasta ahí le llegaron las fuerzas. Una mujer blanca fue la primera en reaccionar, y mientras el resto de sorprendidos veraneantes aún no había alcanzado a comprender lo que estaba ocurriendo ante sus ojos, habló, antes que ninguno, el instinto de madre. Recogió al pequeño de la arena ardiente, se sentó bajo la sombrilla, se descubrió el pecho, y mientras lo acariciaba con ternura ignoró el llanto hambriento de su propio hijo y sació primero la sed y la desnutrición del bebé negro que había traído la marea, acunando, calmando su miedo, mirando al fondo de sus ojos profundos y oscuros. Ella tenía esa mirada que solamente poseen las madres mientras entregan su cuerpo para que los hijos sepan que la vida es posible, dulce y hermosa. Y él, después de tanto frío, calor, hambre, sed y miedo, se durmió mamando del pecho blanco mientras miraba la mariposa, quieta, tatuada sobre su cuello.


            No supo más de ella. Todos los ocupantes de la patera fueron atendidos de sus heridas y enfermedades, para luego ser devueltos a la miseria de la que trataban de escapar. Aquella aventura enseñó al niño negro a odiar las barcas y a amar las mariposas, como la que llevaba esa madre pálida y transitoria dibujada en su piel.

martes, 29 de mayo de 2012

EL BANCO DEL PARQUE



            Emilio veía el banco del parque a diario desde que era pequeño. Era el típico banco de parque, con sus láminas de madera, su forma de banco de parque, su color de banco de parque. Allí se sentaba a merendar de niño, junto a la abuela que hacía calceta. Allí dejaba los libros al salir de la escuela, la peonza y la bolsa de canicas.


            La mimosa bajo la que estaba situado lo llenaba de su lluvia amarilla cuando florecía, la luna lo miraba cuando se asomaba al cielo, el sol calentaba la pintura plástica en verano y hacía que oliese como la droguería de la Señora Paca. Muchos nombres fueron escritos, rayando con una llave o una navajuela, sobre su superficie. Nombres solos y acompañados, con corazón o sin él. Y algún que otro insulto, producto de las primeras malicias adolescentes de alguna de las generaciones que se habían sentado en él.


            Emilio recordaba muchos descubrimientos asociados a aquel bendito banco: el primer cigarrillo furtivo, las tardes de pipas y confidencias entre amigos, lo mucho que se reían de él cuando se negaba a tirar las cáscaras al suelo y las iba depositando en una bolsita para después dejarlas en la papelera más cercana. También el primer trago de cerveza, los primeros besos con una chica del instituto…


            Le tenía cariño a ese asiento público, sentado en él había vivido muchas cosas y lo consideraba un poco suyo, como una extensión de su casa. Allí iba, paseando, con Clara, y allí mismo, bajo la mimosa en flor, le puso el anillo. Grabó sus nombres en la enésima capa de pintura, sabedor de que antes o después los funcionarios del ayuntamiento pintarían encima y la marca quedaría oculta y prisionera, preservada para siempre bajo el manto verde oliva que esparcían con sus brochas. Allí también había descansado con sus hijos, allí había llorado la muerte de ella, acompañado solo por las palomas del parque, hasta que los nietos mayores, preocupados, fueron a buscarle. Aquel lugar le recordaba tanto a Clara que, desde su marcha, no había un solo día que no fuera a sentarse un rato, para sentirla más cerca, mirar las mimosas y recordar su risa.


            La remodelación del viejo parque le cogió por sorpresa. Una mañana fue hasta allí y no le dejaron entrar. Miró el banco desde la valla, dudando. Al fin se decidió, fue al ayuntamiento y preguntó. Efectivamente, iban a arrancarlo de su sitio. ¿Adónde iría ahora a sentir a Clara? Ofreció dinero por él, y el funcionario se echó a reír. “Caballero, si tiene vehículo para llevárselo dese prisa en ir a por él, antes de que lo tiren en el vertedero”.


            Lo hizo poner en el pequeño cementerio donde reposaba ella; después compró una mimosa y la plantó detrás. Sabía que  Clara volvería a buscarle cuando la lluvia de pétalos amarillos cayese sobre el banco, de modo que, en cuanto vio las primeras flores asomar, se puso su mejor traje, limpió el asiento con un pañuelo y esperó. Ya se ocultaba el sol cuando oyó sus carcajadas, limpias como el agua. La sintió sentarse junto a él, cobijar la cabeza junto a su cuello. “Perdóname, cariño. Llego tarde, como siempre. Siento haberte hecho esperar”. Emilio, feliz, la abrazó con fuerza. Ya no sentía frío. Cerró los ojos y agradeció al cielo no tener que volver a echarla de menos.

sábado, 26 de mayo de 2012

EUROFANS



            Lo confieso. Soy una eurofan, una eurofriki, una euro-loca-perdía. Me ha gustado desde que no abultaba un palmo del suelo, y lo he visto casi todos los años de mi vida, con alguna excepción de fuerza mayor. Observo, critico despiadadamente, ensalzo hasta la extenuación, califico, protesto, reniego… puedo pasar por veinte estados de ánimo distintos en cada festival, sin despeinarme. Una montaña rusa emocional sin moverme del sofá: ¿qué más se puede pedir?


            La verdad es que esto del festival de Eurovisión ha cambiado mucho desde los primeros que yo recuerdo hasta ahora, y he de reconocer que somos unos grandes especialistas en hacer el euro-ridículo con algunas de nuestras propuestas. Pero no somos los únicos. Debo admitir que antes me gustaba bastante más. Ahora importa casi todo menos la calidad de las canciones que se cantan.


            Antes, la manera de calificar era distinta, obedecía a cuestiones tirando a políticas, se suponía que el jurado más o menos entendía de música y canción y calificaba mejor a los amigos, máxime si estos cantaban bien. Ahora es “popular” y responde a cuestiones migratorias y “politiculturales”, es decir, gana el más friki, la que más pata enseña y mejores tetas tiene, el que más se parece a los ídolos del Disney Channel, y, a veces, alguna canción bonita. Antes, España apoyaba a Francia. Ahora, los doce puntos se los da a Rumanía ( y porque Ecuador no participa, que si no…) porque los que se mojan en votar son los inmigrantes, que ven en la pantalla a los de su país y se les revuelve la patria por los adentros. Así, por ese criterio, en los últimos años han ganado uno que se parecía a Zack Efron, un transexual vestido de odalisca, un grupo de monstruos del averno y algún esperpento más. Bueno, y el año pasado quedaron en lo alto de la tabla un par de gemelos vestidos de Locomía con cresta, que bailaban como si les hubiese dado algo (y hoy repiten, por Tutatis). Claro, que nosotros nos lo tomamos tan en serio como para mandar ahí al Chikilicuatre, que vamos, no sentía tanta vergüenza delante de la tele desde aquel lejano festival en que Remedios Amaya manejó descalza su barca y naufragó en el fondo de la clasificación. Las Ketchup, para un rato de bailecito pachanguero, pues bien, pero para esto… va a ser que no. Eso sí, ha habido participaciones memorables.


            Tengo el vicio de relacionar acontecimientos de mi vida con las canciones que hemos mandado a Eurovisión. Me acuerdo de lo que hice el año de Patricia Kraus, también de cuando Azúcar Moreno buscaba a su Bandido, el de Sergio Dalma con “Bailar pegados”, el de Serafín Zubiri, cuya canción he cantado hasta la saciedad dándolo todo ( todo esto es la múuuuuusicaaaa que rodea tu cuerpoooo, solo este momentooooo me llena de felicidaaaaad, huy, que me emociono enterita). Me acuerdo de cuando “Son de sol”, que me iba yo a hacer un bolo musical y hasta que no cantó España no salí al escenario por no perdérmelo (fue tirando a penosillo, la verdad), me acuerdo del euroletargo de los noventa y de la gran ilusión que pusimos en Rosa de España, que nos llevó a todos de “celebration” para acabar en “great deception”, pero bueno. Esa noche perdí mi mejor y más caro pintalabios, espachurrado contra el suelo por la simpática hija de los amigos que vinieron a cenar y a compartir europasión conmigo. Soraya lo intentó enseñando jamón, pero no coló. La chica de la edición pasada desapareció sin dejar rastro, y yo me quedé añorando los años dorados en que nos representaba la gran Paloma San Basilio, la fantástica voz de José Vélez y hasta a la mismísima Década Prodigiosa, Mocedades o Bravo, que quedaron segundos, si no recuerdo mal, con su “Lady, lady, lady”. Aún podría cantar todas esas canciones de cabo a rabo y sin equivocarme.


            Hoy me he sentado a verlo con mis hijas, por aquello de continuar las tradiciones familiares. Esta vez nos representa una grande, pero grande, grande. Ha cantado como la reina que es, me ha levantado los pelillos, me ha sacado un par de lágrimas y he terminado en pie, aplaudiendo como una loca en un concierto de Chayanne, gritándole “¡bravo, bravo!” a la pantalla de la tele. Mis niñas y el perro me miraban raro, pero me ha dado igual. Ha sido de las de no olvidar.


            Pronto empezarán las votaciones, y pasará lo de siempre. O tal vez no. Supongo que nos llevaremos los doce de Portugal, los de Andorra y quizá los de Francia, y luego migajas de aquí y de allá. Y el festival lo ganará algún país que haya cantado en inglés y necesite promocionarse de cara al mundo. No es justo, pero es así. Si me preguntaran a mí, verían. En mi Eurovisión particular, el que no sea oriundo del país que representa, no canta. El que no entone en la lengua de la madre que lo parió y del país que lo vio nacer, tampoco canta. Y los puntos, para el que mejor, con más gracia y mejor voz lo haya hecho. Y punto pelota. Nada de “a este le voto porque me compra pepinos” o “al otro le doy los doce puntos porque sus turistas llenan mis playas cada verano”, porque eso solo nos hace más pringados de lo que ya somos, teniendo en cuenta que en cuanto alguien tenga una diarrea allí arruinarán a todos los plantadores de pepinos, y que solo vienen aquí a ponerse ciegos de cerveza barata, a mear en la calle y, a ser posible, a tener sexo gratis con la que se ofrezca.


            Este año aún no sé quién ganará, pero espero que no sea España. No es que no lo merezca, que sí lo merece (del todo), sino porque está el patio como para andar organizando festivales, con la pasta que tienen que valer. Digo yo que debería ganar Alemania, que para eso se está quedando con el dinero de todo el resto de europeos traficando con la deuda. Al menos que nos dé una fiesta el año que viene, ¿no? Eso sí, pase lo que pase, para mí Pastora Soler ya ha ganado. Del uno al diez, un veintiocho.

jueves, 24 de mayo de 2012

RETRATO EN PALABRAS: "LA VOZ DE NUESTROS SUEÑOS"



            Mi amiga Anjana, la retratista en palabras de la que ya os he hablado varias veces, ha vuelto a pasar por mi casa. Esta vez me la trajo el viento del sur que sopló sin descanso durante varios días. Me dijo que venía persiguiendo una cometa que se le había escapado volando después de romper su hilo. Por lo visto la había hecho con una tela especial, tejida especialmente para ella por los gusanos de seda de su bosque, y como no quería perderla la ha seguido hasta aquí, para recuperarla antes de que llegase al mar.


            De paso, y como ella no da puntada sin hilo, me ha dejado un nuevo retrato, con la instrucción concreta de publicarlo hoy. Se lo prometí, así que aquí os lo dejo.


            “¿No os ha ocurrido nunca que oís una voz y os parece conocida, pero no lográis identificar de qué os suena? A veces nos pasamos días enteros tratando de recordar dónde la hemos escuchado, pero es un esfuerzo inútil. Yo os voy a decir por qué: porque es la voz que oímos en nuestros sueños. En los más felices, los más bonitos que nuestra mente logra elaborar por las noches, siempre hay música, y a menudo alguien canta. Su voz, como la del aire del mar, viene y va, sube y baja, se cuela por todos los resquicios, llenándolo todo con sus matices. Sabe ser seda y terciopelo, chocolate y tequila con sal y limón; conoce los secretos del sentir y del amar, domina el arte de parecer dicha y llanto sin serlo, de arrancar un suspiro, una lágrima, un escalofrío o una sonrisa. Esa voz es capaz, como la banda sonora de las películas, de hacer que la intensidad de lo que vivimos en nuestros sueños crezca hasta el punto de llegar a grabarse en nuestra memoria como si de verdad hubiese ocurrido. Es la voz que canta el bolero que suena mientras bailamos con aquella persona a la que amamos, es el susurro de la nana que escuchamos mientras soñamos con los hijos que deseamos tener pero aún no nos han sido concedidos, es la salsa alegre que nos contagia cuando el dormir nos lleva de fiesta, la canción melódica que nos llena mientras buceamos entre delfines respirando agua salada sin ninguna dificultad. Lo bonito, lo grande que tienen los sueños es que con ellos vivimos, viajamos, experimentamos, amamos, hacemos cosas que jamás alcanzaríamos en la realidad porque algunas ni siquiera son humanamente posibles, y en esos que son más hermosos y que más huella nos dejan siempre hay una voz cantando, formando parte de la grandeza de soñar bonito.


            Yo, como ser mágico que soy, tengo la oportunidad de ver lo que vosotros no alcanzáis a ver en los demás, y hace poco, por azar, escuché esa voz estando despierta. Las imágenes de muchos de mis sueños, los que tengo mientras duermo entre las hojas secas de mi bosque, allá en el norte, protegida por los robles y los castaños que son mi hogar, volvieron a mi mente de inmediato, y la reconocí. Le puse cara al sonido que tantas veces había escuchado con los ojos cerrados.


            El dueño de esa voz resultó ser un jilguero moreno de pelo ondulado y ojos marrones, una imagen de galán de otro tiempo, con la sonrisa ancha orlada de perilla y bigote. Se tapa con capa blanca cuando canta, sin saber que esa envoltura, en conjunción con el sol que le alumbra y tuesta su piel, podían lograr el prodigio de darle tanta calidez a las notas de su garganta como para hacer de él el cantor de los sueños ajenos. Cuando el Destino vio que este jilguero podía lograr incluso que el Tiempo se detuviese a escucharle, decidió que no podía darle mejor trabajo que ese.


            Ha sido un gran placer conocer a David, el jilguero moreno cuya voz conocía de tanto escucharla dormida, y ver que la magia sigue existiendo entre nosotros aunque no todo el mundo consiga verla. La próxima vez que os despertéis de un sueño hermoso, pensad que de fondo seguramente sonaba una canción, y que esas notas que os envolvieron y os abrazaron mientras soñábais salieron, sin duda, de su garganta.”


            La verdad es que tengo suerte de contar con Anjana para que me cuente estos pequeños secretos. Es mucho más fácil mirar al mundo a través de sus ojos, descubro cosas que intuía, pero que no podía asegurar con certeza. Por cierto, creo que hoy el jilguero cumple años, quizá por eso la insistencia de la retratista en que la historia de este jueves primaveral fuese precisamente esta. Felicidades, David. Y gracias por ser.

martes, 22 de mayo de 2012

METAMORFOSIS



            Todo empezó hace un año, más o menos cuando murió su abuelo. Yo me fui pitando y la dejé sola. La noticia se la dio su padre, porque cuando salí a toda prisa de casa aún no estaba confirmado. Su mundo se puso, de pronto, al revés. Quisimos que lo viera, no iba a tener otra oportunidad. Sabíamos, porque su cabeza está bien amueblada, que eso no iba a traumatizarla, sino a acercarla un poco más a las realidades inevitables. Lloró tanto que se vació toda, pero al menos después se quedó tranquila. Hubo quien nos criticó, quien nos censuró, e incluso nos abroncó por llevarla al entierro. Me supo mal, pero si fuera ahora no obraría de otra manera distinta.


            Algo cambió en ella. Comenzó a sacar algunos peluches de su cuarto para dárselos a su hermana. Al mes siguiente me dio un montón de camisetas. “Mamá, me valen, pero ya no me veo con ellas”. Le compré algunas con motivos juveniles, sin ositos, ni ratones, ni muñecos. Unas semanas después me di cuenta de que era incómodo verla caminar. “Cielo, va a haber que comprar un par de sujetadores de entrenamiento. Ya no salgas de casa sin ponerte algo bajo la camiseta, ¿de acuerdo?” Lo siguiente fueron los libros.


            Vació su estantería. Los cuentos Disney, Teo y Gerónimo Stilton cedieron su lugar a Harry Potter y Camila Lackberg. La sorprendí curioseando en mi cajón de la ropa interior. “Mamá, ¿esto es un tanga? ¿Son cómodos?” (Glups) “Sí a lo primero, no a lo segundo. Lo compré por equivocación”. “¿Puedo cambiar el medidor de patitos que hay en mi habitación por un póster de Justin Biever?” Agradecí el giro de la conversación, pero antes de quitar el adorno de madera con las marcas de sus aumentos de estatura, quise medirla por última vez. Ya no había rayas para ella. Casi era tan alta como yo. El mozalbete cantante ese me mira desde la pared cuando entro a dejar la ropa planchada y limpia sobre su cama.


            Lo siguiente fueron las gafas. Temíamos la llegada de la miopía, ya se sabe, de padres gatos, hijos mininos. “No veo bien la pizarra en el colegio, mamá”. Su cara dejó de ser el rostro regordete de la niña que yo crié para convertirse en el semblante gafosillo de una estudiante de secundaria. Los granos vinieron a aderezar el conjunto. Lo que faltaba.


            La primera contestación torcida me cayó como una bofetada. Le costó un castigo, me miró desafiante. Jamás lo había hecho. A los diez minutos me pidió perdón, pero yo ya tenía la certeza de que mi niña, mi dulce pequeña, la de la risa contagiosa, la que se cantaba en la cuna cuando estaba sola, la obediente y preciosa criatura que yo tenía se había ido para siempre.


            Un año. En cuatro días hará un año que murió su abuelo. Hoy ha encendido el equipo de música, ha elegido uno de mis discos de Bustamante y le ha dado a su hermana pequeña el de los Pitufos, el de los Lunnis, Eurojunior y algunos más. En un año ha experimentado la mayor metamorfosis imaginable. Ya tengo una adolescente en casa. Que Dios me ayude.

lunes, 21 de mayo de 2012

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE ROBER



            Los antiguos indios americanos, culturas fascinantes que en una época nos empeñamos en exterminar, eran seres conectados con su entorno, y tenían además una intensa vida espiritual. Habían elaborado rituales, danzas y cánticos para cada una de las situaciones que se les podían presentar a lo largo de su existencia, vivían respetando el hábitat y cazaban para comer, no por diversión. Para ellos, también los animales tenían alma, y había que honrarla convenientemente. Luego llegamos los europeos, con todas nuestras corrupciones y malos hábitos, y como casi todo lo que tocamos, echamos a perder a los indios, les quitamos sus tierras, los introdujimos en el alcohol, la guerra fácil, la rapiña y la falta de valores. Menos mal que ellos han luchado por conservar algo de lo que sus ancestros les enseñaron.


            Una vieja costumbre india dice que, cuando a uno le llega la hora de partir al encuentro con los espíritus, debe entonar su “canción de muerte” y dejarse llevar, porque el miedo a morir no es sino la desesperación que sentimos tratando de arañar unos minutos más de vida para hacer las cosas de otra manera, decir lo que no dijimos, hacer lo que no hicimos. Por eso, para no sentir ese miedo e ir en paz hacia el fin natural del ser humano, lo mejor es vivir sabiendo que hoy puede ser el día, pedir perdón en el momento, besar en el momento, saludar en el momento, ayudar en el momento. La ofensa, el abuso, el engaño hacia el otro hará que en ese instante sientas que no puedes irte dejando esas cuentas pendientes, partirás atormentado y sufriendo en lugar de entonar tranquilo esa última canción y ceder tu carne a la tierra.


            Rober conocía, es decir, conoce, esa creencia de los antiguos indios americanos. Por eso, cuando ayer creyó que había llegado su momento, en esa fracción de segundo que te otorga la vida mientras el accidente de tráfico se está produciendo, acudió a su mente la voz del chamán, y decidió cuál iba a ser su última canción, su “canto de muerte”.


            Hay personas que eligen su epitafio, lo que ha de figurar en su tumba para que las generaciones venideras lo recuerden. Rober lo que eligió fue esa canción, y cuando todo paró de dar vueltas, mientras los demás gritaban y corrían, él, atado a su asiento, rodeado de cristales rotos, cantaba bajito. Sangraba, pero no lloraba. Su voz apenas se escuchaba entre los hierros, no clamaba, no rogaba. Solamente cantaba.


            Sintió dolor. Eso quería decir que estaba vivo. La cantó otra vez, por si acaso, mientras llegaba la ambulancia; sus heridas no eran de gravedad, los espíritus estaban con él en ese momento. Un segundo más, un metro más, y el resultado habría sido distinto. Agradeció seguir vivo porque así podría seguir amando, seguir respetando, saludando, besando, ayudando, riendo, trabajando. Y agradeció saber que, cuando la ocasión vuelva a presentarse, sea cuando sea, ya se llame accidente, enfermedad o vejez, esa canción, esa en concreto, fluirá desde sus labios sin miedo y sin angustia, porque cada día seguirá haciendo lo posible para que así sea.

domingo, 20 de mayo de 2012

EL TINTINEO DE SUS CADERAS

            Nunca había visto una bailarina como aquella. Había leído sobre ellas, sí. Pero jamás había tenido ninguna delante. Ella agitaba, serpenteando, su cuerpo semidesnudo, los senos cubiertos con un exiguo corpiño de lentejuelas, los brazos a piel viva, los lunares y dibujos de henna llenando de arabescos los alrededores de su ombligo, la melena morena y ensortijada cayendo sobre la espalda tostada. El pañuelo traslúcido, cuajado de colgantes monedas doradas, se enroscaba alrededor de aquellas caderas mágicas de las que no podía apartar los ojos. Era como una leyenda que había tomado forma, de repente, frente a él.


            El local estaba poco más iluminado que una cueva. Se servían exóticos tés, pastelillos de miel y sésamo, whisky y todo tipo de bebidas alcohólicas. El ambiente era artificialmente árabe, imitaba el interior de un palacete moro, o al menos la idea que el decorador tenía de lo que debió ser la casa de un adinerado musulmán de siglos atrás. El incienso ahumaba y perfumaba el aire, desdibujando los contornos y haciéndolo todo un poco más irreal. Entró allí atraído por la música, y se quedó al ver a la bailarina. Pasó por alto el hecho de que aquello, evidentemente, era un local de alterne.


            Bebió bastante, era la condición indispensable para que le permitiesen seguir viendo a aquella serpiente de melena oscura, para seguir escuchando y vibrando con el tintineo de sus caderas. Fue un pajarillo fácil de cazar. Pagó, borracho, la cuenta de sus bebidas, que fue convenientemente inflada por el avispado empresario, un sujeto malencarado que escondía su desvergüenza bajo una chilaba, mal disfraz de ladrón secuaz de Alí-Babá. Él pidió quedarse un rato más, le ofrecieron una “entrevista privada” con la bailarina hipnótica. Accedió.


            No era ella, y lo supo desde el primer momento, pero no dijo nada. Cerró los ojos y se dejó acariciar, soñando que sí lo era, que el ombligo que se agitaba sobre el suyo estaba rodeado de sinuosos dibujos orientales, que la melena que se movía rozándole la cara y el pecho era morena y rizada, pero su cuerpo no respondía. El olor del incienso aún le llegaba hasta las sábanas sobre las que estaba tendido, pero no. No podía, a su sueño borracho y delirante le faltaba el tintineo de sus caderas. Sin abrir los ojos, se lo pidió. Ella, silenciosa, salió de la habitación.


            La bailarina, que estaba haciendo un “servicio” en otro reservado, no tuvo problemas en prestarle a su compañera el pañuelo de monedas que empleaba para su espectáculo. Él no quiso mirar para no romper su propio engaño consciente, le bastó el sonido rítmico de las brillantes plaquitas doradas para cumplir su fantasía.


            Pagó, y pagó bien. Solo puso una objeción antes de entregar su tarjeta de crédito: quedarse con aquel velo cuajado de brillantes suspiros de metal, algo que le procurase en cualquier momento la ilusión de dejarse llevar por las caricias de la bailarina del vientre.



viernes, 18 de mayo de 2012

ACOSADORES



            Lirio trabajaba en un pequeño taller de manufacturas. Eran once chicas y un chico. Y su jefe tenía un impresionante mal genio. Su jornada cubría ocho horas por el salario mínimo, y en la temporada alta, de septiembre a diciembre, se hacían tres horas extraordinarias obligatorias (pagadas en dinero negro, por supuesto) cada tarde, y seis los sábados por la mañana. Usaban colas y pegamentos, y el local no contaba con las condiciones y la ventilación necesarias, pero nadie hacía preguntas, ni tampoco protestaba. La cosa estaba difícil para encontrar trabajo, y un sueldo pequeño era mejor que nada.


            Cuando llevaba tres años en aquel taller, Lirio se quedó embarazada. El mismo mes, otra compañera, recién casada, también cayó en estado. Lirio lo dijo enseguida. La otra, temiendo represalias, no dijo nada.


            Al cuarto mes de embarazo, Lirio no paraba de vomitar. Perdía peso alarmantemente en lugar de ganarlo. Pasaba once horas diarias frente a una máquina, en un cubículo diminuto, soportando el continuo movimiento mecánico, el calor que desprendía y el ruido. La manejaba con las dos manos y un pedal, con lo cual trabajaba todo el tiempo con un pie levantado y todo su peso sobre el otro. Los dolores de espalda y caderas, las ciáticas y los mareos no dejaban de acosarla. Durante unos días trató de hacer el mismo trabajo, pero sentada en un taburete alto para descargar sus piernas durante algunos ratos.


            Una mañana la llamaron al despacho. “No te puedes sentar, no rindes igual y das mal ejemplo al resto de empleadas”. Lirio pidió entonces un cambio de puesto a otro lejos de la máquina, en el que al menos pudiese repartir su peso y el de su embarazo en las dos piernas por igual. “Tú estás aquí para hacer ese trabajo. Si no puedes, márchate a tu casa”. Salió llorando de allí. Se lo dijeron gritando. La otra empleada aún no había comunicado su estado, y viendo lo que ocurría con Lirio, no se decidía, pero pronto no podría esconderlo más.


            Cada visita médica, cada análisis, cada prueba que le tenían que hacer a Lirio originaba una protesta en su jefe; llegó un punto en que, cuando tenía que pedir permiso para ausentarse, no dormía desde dos días antes pensando en la bronca, en las posibles represalias. “No te pondrán ninguna prueba por la tarde, no, solamente en horario laboral, para que yo te pague por no trabajar”. Para la prueba del azúcar gastó un día de vacaciones. La otra chica, que ya estaba de cinco meses, no tuvo más remedio que decirlo. Las dos fueron llamadas al orden. “Aquí trabajáis casi todo mujeres. Que no vuelva a ocurrir que os dejáis preñar dos a la vez, y menos en temporada alta. Organizaros como queráis, pero esto no voy a permitirlo más. Perderéis el empleo. Os va a tocar la baja por maternidad cuando más faena hay, y si no venís yo pierdo dinero enseñando a otra”.


            La matrona puso el grito en el cielo después del octavo kilo perdido por Lirio. A los cinco meses de embarazo lo normal es ir ganando peso, no lo contrario. Le ordenó una baja médica inmediata que duró un mes; ella, sin la presión y el acoso de su jefe, sin el calor, el ruido, los olores de las colas, recuperó el apetito y comenzó a mejorar. Cuando se reincorporó, con la recomendación específica del tocólogo para ser cambiada de puesto y alejada de la máquina y los adhesivos químicos, vio cómo su jefe, después de darle la bienvenida, le decía de nuevo: “Tú estás aquí para hacer ese trabajo. Si te niegas, ya te puedes marchar. Las otras cosas las puede hacer cualquiera”. Aguantó, porque necesitaba el dinero, hasta que los dolores de espalda por pasar ocho horas sobre una sola pierna fueron insoportables. Ocho meses de embarazo infernales, en absoluto disfrutados, más bien padecidos, por culpa de un empresario sin piedad ni escrúpulos, sin humanidad y sin más amor que el dinero.


            La otra empleada y Lirio dieron a luz la misma semana, durante las vacaciones de verano. Aquella se reincorporó al trabajo al finalizar la baja maternal, pero a la tercera vez que pidió permiso porque el bebé tenía que ir al pediatra su contrato no fue renovado. Lirio lo pensó despacio, echó cuentas y decidió que su hija era más importante. Que no le iban a robar ni a amargar la primera infancia de su bebé igual que le habían amargado el embarazo. Ni siquiera le arreglaron los papeles del paro. “¿Te quieres ir? Pues ya lo podías haber dicho antes”. Y se acabó.


            Hay muchas maneras de acosar a una trabajadora. Por estar gorditas, por ser guapas, por estar embarazadas, por ser demasiado cumplidoras, por… la cantidad de argumentos que esgrimen los acosadores, que solamente esconden en el acoso su complejo de inferioridad y sus propias carencias e incapacidades como profesionales y como seres humanos, es enorme. Y la ley no es suficientemente rigurosa con ellos. Vivir con esa persecución en el puesto de trabajo, con esa tensión, con ese malestar, con la impotencia de no verse defendido de quien abusa de su posición, roba el sueño, la tranquilidad, el apetito y la salud a muchas mujeres cada día. Lirio no denunció, quizá por miedo, quizá porque no se vio respaldada por la ley ni por sus propias compañeras. Debió hacerlo.


            Mi niña, no caigas en el mismo error. Un salario no vale tu bienestar ni tu dignidad. Documéntate y denuncia, porque él no va a parar, y cuando tú abandones, deprimida, destruida, vencida, él escogerá otra presa. No se lo permitas. Sé valiente.

jueves, 17 de mayo de 2012

PENSAMIENTOS DE NIÑO



            El niño azul pensó, y creyó, que en su armario vivía un monstruo nocturno, y la novia de éste habitaba bajo su cama. Por eso jamás se acostaba sin comprobar que su guardarropa estaba cerrado con llave, y dormía sin sacar un pie, ni un brazo, fuera de los límites del colchón: así evitaría que la monstrua, harta de esperar a que su amor fuera liberado de su encierro ropero, le mordiera y le arrancase algún trozo.


            Con ocho años uno aún no sabe distinguir claramente la ficción de la realidad, y los pensamientos del niño azul, lo que nacía de su mente, se convertía en una verdad para él, palpable y absoluta. Si cogía moras, pensaba que podía hacer helado; las ponía en un vaso, añadía agua y lo colocaba en el congelador. Y al día siguiente se merendaba el bloque de hielo insípido con los frutos prisioneros, pensando que quizá había equivocado las proporciones de moras y agua, y que quizá le faltó una pizca de azúcar, pero era helado. ¿O no lo era?


            Sus padres pudieron hacer con él lo que hacían sus vecinos, los padres del niño verde, con su hijo: si tenía miedo del monstruo del armario, le ponían una lamparilla para que no afrontase a la oscuridad. Si metía moras con agua en el congelador, compraban helado de frutos del bosque y le daban el cambiazo. Mantenían su ilusión de niño, olvidando que los Reyes Magos no vienen todos los días, sino solamente una vez al año. Por eso el niño verde siempre sonreía: no tenía preocupaciones, nada le salía mal.


            El niño azul pensaba que solamente leyendo se podían aprender las cosas. Con el primer suspenso perdió privilegios, y se vio solo y frustrado, sin televisión, ante su libro. Leyó, y volvió a leer. Memorizó, razonó. Entendió. El niño verde, cuando vio su primer suspenso en la cartilla, se hundió en el desánimo. A él no podían salirle las cosas mal. Sus padres le pusieron un tutor particular que cogía el pez espinoso de sus matemáticas, lo hervía, le quitaba las escamas, las espinas y todo lo que molestaba, y le daba los trocitos de carne prácticamente masticados para que a él le quedase tiempo de jugar a los marcianitos su hora y media indispensable diaria.


            Crecer fue un proceso lúdico y festivo para el niño verde; tenía una paga semanal, podía comprar chucherías con que estropearse los dientes, cromos, psicodélicas peonzas. El niño azul apenas se compraba caramelos porque para recibir su paga debía hacer su cama, mantener su cuarto en orden, poner la mesa a diario, ayudar en la limpieza semanal, acompañar a su madre a la compra para colaborar trayendo bolsas y guardando las provisiones. Le costaba esfuerzo cada euro que le daban, y prefería atesorarlo casi todo. Seguramente encontraría una buena manera de gastarlo a su debido tiempo.


            Al llegar a la mayoría de edad legal, el niño verde no tenía más objetivo que el de seguir siendo el niño verde. El muchacho azul, sin embargo, pensó en lo que podía hacer con su vida. Quizá pudiese cambiar el mundo, hacerlo más sano, más habitable, más humano. Quizá pudiese dedicarse a defender las verdades, apoyar a los que no mentían, señalar con el dedo a los que sí lo hacían. Quizá llegase a poder aliviar a los que sufrían. Jugó sus cartas y eligió su camino.


            El niño verde de veinte años se miró a sí mismo y pensó que, si caminaba hacia atrás en lugar de hacia delante, y si convencía a mucha gente de que hiciese lo mismo que él, conseguirían entre todos parar el mundo y hacer que el globo terráqueo rodase hacia atrás, en lugar de hacia delante. Así podría volver al tiempo en que vivir era un juego cómodo y placentero, y todos los problemas se acabarían.


            El hombre azul construye el futuro todos los días. El niño verde continúa caminando, desesperado, hacia atrás.

miércoles, 16 de mayo de 2012

LA MAMÁ QUE CORRE



            La llevo mirando largo rato, oculta en la cómplice penumbra que me brindan los cristales del coche. Siempre que tengo que venir aquí y esperar, una vez por semana, a que mi hija pequeña termine su clase de trompa, me quedo dentro de mi vehículo, observando el parque. En invierno suele estar casi vacío, pero ahora bulle de actividad.


            La mamá que corre es muy guapa. Tiene la melena larga y ondulada, unas gafas de sol sobre la cabeza, unos vaqueros ajustados que a mí no me entrarían ni haciéndome una liposucción… y dos niños pequeños recién salidos del colegio. En el tiempo que llevo aquí, que andará ya cerca de una hora, la pobre no ha hecho más que correr. Ha practicado los cien metros lisos cuando uno de sus enanos se escapaba con el triciclo (carrera desigual, tres ruedas son tres ruedas), y aún no había recuperado a ese cuando el otro comenzó a pelearse con dos elementos más, con lo cual ya eran tres mamás corriendo para separarlos. Ha vuelto a salir escopetada por otra esquina del parque cuando uno de sus hijos se marchaba de excursión detrás de un perro de origen desconocido, otra vez a coger del suelo al que se había caído del tobogán, una vez más a esconderse tras unos arbustos con el que se hacía pis. Después ha corrido alternativamente detrás de los dos con las meriendas en la mano, toma un bocadito más, ven aquí, no te dejaré ir a jugar hasta que no te lo acabes (ja, ja, como no lo esposes al banco…), espera, que aún te queda zumo.


            Me da un poco de pena la mamá que corre, quizá porque aún recuerdo cuando era yo la mamá que corría, la que no podía ir al parque con un libro en la mano porque no tenía un segundo de tregua para poner el trasero en el banco, la que en lugar del mp3 para escuchar música llevaba toallitas, tiritas, pomada para las picaduras, para los golpes, crema solar, gorras, botellines de agua y un bono extra de 12 raciones de paciencia que se agotaban en cuestión de minutos. Creo que soy la madre del mundo que menos tiempo estaba en el parque con sus hijas, porque me cansaba enseguida de correr tras ellas. Prefería estar en casa, donde todos los riesgos estaban más controlados y las distancias eran más cortas. Llamadme comodona si queréis, pero igual que elegí dar teta en lugar de biberón, elegí más juegos en casa y menos parque. Y no creo que mis niñas hayan sido menos felices por ello. Los parques son un arma de doble filo, atraen irremediablemente a los enanos, pero están llenos de riesgos: piedras, plantas, arena, bichos, juegos infernales de los que caerse, columpios con los que golpearse, cáscaras de pipas de múltiples procedencias, moñigos de perros con dueños sinvergüenzas, o de gatos callejeros, fuentes que tiran el chorro directo a donde no deben, barro… qué queréis que os diga, soy una mujer de ciudad. A mí esas cosas, como que no.


            Detrás de un niño entre dos y ocho años siempre hay una mamá que corre, en mayor o menor medida. La de hoy, con su melena castaña y sus vaqueros prietos, ya hace un rato que no sonríe. Está entrando en la fase “a punto de explotar”. Me dan ganas de salir del coche y recomendarle que se vaya a casa, los duche (Dios, cómo va el pequeño de arena del parque, dan ganas de meter en la lavadora la ropa con niño y todo), les ponga un poco de música y les lea un cuento. Sin otros niños alrededor, sin carreras, sin caídas, sin mil ojos para controlarlo todo.


            Ser mamá es un trabajo agotador, todos lo sabemos. Por eso estoy cada vez más convencida de que los parques los inventó alguien que no tenía chiquillos. Y aún se debe estar riendo.

martes, 15 de mayo de 2012

HIGUERAS JUNTO AL MURO



         Junto al muro trasero de la escuela del pueblo, en un solar abandonado y sin utilidad, crecen dos higueras. Las veo a diario porque suelo sacar al perro por allí, ni es lugar de paso ni tampoco de paseo, así que allí no molesto a nadie.


            Las dos higueras, que en invierno dan mucha pena con sus ramas desnudas y oscuras, por estas fechas son, sin embargo, toda una fiesta. Sus hojas grandes, de un verde intenso, y los primeros higos, pequeños y rayados, hacen de ellas dos árboles atractivos y rebosantes de vida. Pero además, ayer descubrí que tienen una habilidad increíble: sus frutos saben cantar.


            De tantos años viviendo tras el patio de la escuela, donde juegan los niños a diario con sus canciones de saltar a la cuerda o a la goma, y con sus ensayos de bailes y festivales, los higos han aprendido a cantar. Los sorprendí haciéndose coros los unos a los otros en un “el patio de mi casa” encantador, ejecutado a cuatro voces. No pude evitar aplaudir, y al darse cuenta de que yo andaba por allí, callaron para tratar de parecer higos normales, pero yo ya les había descubierto. Le tiré de la lengua al más pequeño, a los niños siempre les cuesta mantener la boca cerrada, así que supuse que con los higos también funcionaría. No me equivoqué.


            El pequeño fruto me contó que se aburren mucho en el árbol mientras crecen y maduran, y el tiempo se les pasa mejor, las tardes son más divertidas, si juegan a cantar. Otra cosa no pueden hacer, sujetos cada uno a su rama. “Nuestra vida es tan corta que mejor nos la pasamos riendo y cantando, ¿no te parece? Sabemos que antes de que acabe el verano hemos de caer y morir, o ser vendimiados. Al menos somos felices el tiempo que tenemos bajo el sol”. La higuera, muda, agitó levemente sus hojas, dándole la razón al pequeño higo verde.


            Les pregunté qué canciones se sabían, por si podía enseñarles alguna de las que utilizo en las clases de jardín musical, y me sorprendieron con su repertorio amplísimo, aprendido a través de la savia de la vieja higuera. “Sabemos algunas muy modernas, aquí viene un grupo de jóvenes a hacer botellón los sábados por la noche, y ponen música en sus coches. Por eso nos hemos aprendido también algunas de Lady Gaga y Beyoncé. Lo malo es que nuestra Prima Donna, una de las brevas, fue víctima de un pájaro goloso ayer y nos hemos quedado sin solista.  Venga, cántanos tú alguna y nosotros te hacemos los coros”.


            Dado que mi inglés es malísimo me arranqué por Mecano. Hasta las tantas estuvimos de juerga. Menos mal que solo nos veía mi perro, y ese no se chiva de nada…

sábado, 12 de mayo de 2012

ME ALEGRO DE VERTE



            “Me alegro de verte”. Solo son cuatro palabras. Nada más, pero hay que ver el juego que dan cuando no se sienten y lo que verdaderamente significan cuando salen de dentro con la sinceridad debida. “Me alegro de verte” lo puedes decir de muchas maneras, acompañarlo con muchos gestos, pero siempre estarás mintiendo cuando no pasan directamente del corazón a la boca.


            Si voy por la calle y me encuentro con mi ex – jefe, sonreiré, le daré dos besos y pronunciaré la frase, pero estará vacía, y él lo sabrá, porque su “me alegro de verte” también sonará hueco, a compromiso. Los dos sonreiremos con la boca, pero no con los ojos, y seguiremos nuestro camino deseando, a ser posible, no tener que volver a cruzarnos para no vernos obligados a guardar una cortesía falsa e inútil. Ni él se alegra de verme ni yo tampoco. Y, a pesar de pronunciar la misma frase, se nota.


            El día en que, por narices, en alguna celebración familiar, sé que voy a tener que saludar a algunos elementos cuya única finalidad en este mundo parece ser la de crear problemas, hablar mal y encizañar en algo tan sagrado como es la familia, el tono irónico del “me alegro de verte” brilla tanto como las luces giratorias de la guardia civil de tráfico, justo en el momento en que te mandan parar para hacerte soplar o extenderte una recetilla. Y en el otro tienen un efecto parecido. Después del saludo obligatorio, agradeces en el alma no tener que sentarte con ellos, y hale, hasta la próxima ocasión. Y no se te ocurra acercarte durante el baile porque ni muerta bailo contigo, por muchas clases de salón que hayas tomado.


            Una de las ocasiones en que esta frase tiene tanto sentido como contrasentido es en los entierros, cuando estás despidiendo a alguien querido. Los allegados vienen a saludarte, a algunos hace años que no les ves y realmente los aprecias, y dices “me alegro de verte” maldiciendo el hecho de tener que hacerlo en esas circunstancias. Desgraciadamente, hay personas a las que solo vemos de entierro en entierro, y eso me da mucho coraje, porque lo que a mí me gusta es reír y celebrar. Cuando lloro no quiero ni que me miren. Me pongo hecha unos zorros.


            Hoy he pronunciado de nuevo esa frase, “me alegro de verte”, y lo he hecho de corazón, con la sonrisa en los ojos, en la boca y en el alma. Recuerdo que, cuando éramos falleros, había un grupito de personas con las que siempre nos juntábamos. Gente a la que apreciamos de verdad, y que sabemos que nos aprecia. Pero como todo en esta vida, cuando nos mudamos al pueblo dejamos la falla, y en ella a toda aquella gente. No se puede estar en misa y repicando, como se suele decir. Perdimos el contacto. Siempre que me acuerdo de Javi le veo sobre un escenario, con el grupo de teatro, representando “besos”. Cuánto nos reímos aquella noche mi costillo y yo; no puedo evitar que su imagen esté siempre asociada a una gran sonrisa, y por extensión María Dolores, su otra mitad, con ese remango que la caracterizaba, me produce el mismo efecto. Personas sinceras, cariñosas, de las que te gusta tener cerca.


            Hoy, como ya habréis supuesto, me he encontrado a Javi mientras comprábamos en el híper. Y sí, me he alegrado, y mucho, de verle, aunque sea para oírle contar que sigue en paro, como yo, haciendo cursos, como yo, y sin verle el final a esto. Pero lo hace sin perder el humor y el ánimo, y eso para mí vale muchísimo.


Quisiera que, cuando nos encontremos la próxima vez, después de tu “me alegro de verte” me cuentes lo bien que te va, lo contento que estás en el trabajo que habrás encontrado, y ese día yo te aseguro que compraré una botella de cava para brindar por ti, porque las personas como vosotros no merecen que la vida les ponga las cosas cuesta arriba.


Me alegro de verte. Cuatro palabras, nada más. Y nada menos.

jueves, 10 de mayo de 2012

LA PLAYA DE MI VIDA



            La playa es un lugar que levanta pasiones. No entiendo muy bien por qué, pero hay quien la adora y quien la aborrece. Los adoradores playeros no conciben otro lugar para ir de vacaciones, otro destino turístico que uno en el que la estrella sea ella, otro sitio mejor para pasar el domingo durante el buen tiempo. En sus armarios hay un arsenal auténtico de artículos playeros: sombrillas, balsitas hinchables, paravientos, esteras, toallas, picos, palas, cubos, moldes para hacer figuras y castillos con los niños… Esas personas, algunas veces, parece que en lugar de a la playa van de mudanza. No los critico, para gustos se hicieron colores, pero me hace gracia.


            No niego que he ido a la playa. De niña lo hacía con asiduidad, cosas de no poder decidir. Realmente lo pasábamos bien, cargábamos el organismo de sol y yodo para afrontar el invierno, jugábamos y nos bañábamos a destajo. En esa época, primero fue Calpe, en Alicante, y después Es Trenc, en Mallorca. Vi otras, estuve en otras, pero ninguna como esas dos. Mis más gratos recuerdos playeros de niñez se enmarcan ahí. De los once años en adelante puedo decir que, pese a vivir en puerto de mar, las veces que he ido a la playa se pueden contar con los dedos de una mano. Tampoco soy una loca de la montaña, simplemente es que la playa, en verano, no me gusta. Me incomoda la sal, me molesta la señora que sacude la toalla cerca de mí y me llena de arena. Me fastidia frotarme la crema solar y que al primer golpe de viento los granitos dorados se me peguen y acabe pareciendo una croqueta, me pica todo, me quemo con el sol, en el agua hay algas y bichos y llegar a ella es, en ocasiones, una verdadera carrera de obstáculos en la que tratas de no pisar a nadie mientras te quemas los pies. Siempre hay cerca un enano latoso con la palita que no mira hacia dónde desplaza la arena, las medusas pican y te joroban el día, y no se puede comer nada allí sin acabar masticando la maldita arena. Cuando perdí la mirada infantil, la playa perdió también su encanto. Y no me gusta. Por lo menos en verano.


            La playa de mi vida, en términos generales, siempre estaba vacía. Era un inmenso arenal de color blanco y tostado, tan largo que en una ocasión allí hizo aterrizaje de emergencia una aeronave en apuros, e incluso se le erigió un monumento que aún debe seguir allí. Es uno de los últimos sitios a los que fuimos a pasar los domingos en familia: mis padres y los tres hermanos, antes de que las adolescencias, discotecas, amigos, novios y estudios desmembraran irremediablemente nuestros fines de semana. Allí, en invierno, no iba nadie, o casi nadie. Cuando la marea estaba baja, la extensión de arena dura y húmeda para jugar era tan grande que no había nada que no cupiera en ella. Podíamos dibujar campos de fútbol haciendo rayas con un palo y echar horas dándole a la pelota sobre él. Hicimos efímeras canchas para canicas y carreras de obstáculos al estilo mini-golf, se podía jugar a la goma, hacer puntería con la navaja suiza clavándola en el suelo después de dibujar una gran diana, hacer esculturas de arena… Bien abrigados, con la comida en una cesta y botas de agua, aquellos domingos invernales en los que caminábamos kilómetros sin darnos cuenta por aquel paraíso solitario de arena, agua y viento me han dejado una huella que, a diferencia de las mías, que desaparecían en cuanto subía la marea, no se borrará nunca.


            Recuerdo que al final de aquella playa estaba “el fabuloso tramo de los micro-mundos”, como lo llamábamos nosotros. Grandes rocas desprendidas del acantilado vecino, medio enterradas en la arena, formaban pequeñas balsas de agua cuando el mar se retiraba. Allí siempre había vida: pequeños peces, quisquillas transparentes que nos desafiábamos a encontrar porque apenas se veían, anémonas, erizos, cangrejos, lapas, caracolillos de mar, algas y algún otro bicho que no lográbamos identificar se quedaban atrapados hasta la siguiente marea, obligados a coexistir durante doce horas, con resultados imprevisibles. Nunca quisimos pescar nada, nos limitábamos a observar sin agredir. Y siempre, siempre, procuramos que la playa fuera la misma cuando nos íbamos que cuando habíamos llegado: ni un papel, ni una lata, ni una botella. A veces, incluso, si el mar había traído alguna garrafa flotando, la retirábamos para llevarla al contenedor. Era nuestro modo de agradecerle a aquel lugar fabuloso el domingo tan increíble de juegos y risas que nos había proporcionado. Luego volvíamos a casa en nuestro simca 1200 gris, dormidos como troncos en el asiento de atrás, derrengados y felices.


            He vuelto a ir, ya de mayor, a aquel lugar. En verano, imposible. Imposible aparcar, imposible estar, imposible todo. En invierno, el mismo lugar mágico, aunque ya con más visitantes. El tiempo de disfrutar de la soledad, el silencio y el Cantábrico en Oyambre se ha ido para siempre. Así es la vida.

miércoles, 9 de mayo de 2012

LA FAJA


            A Lola le gustaba, cuando era pequeña, curiosear en el cajón de la ropa interior de su madre. Sentía fascinación por ver aquellos sujetadores, primorosamente limpios y doblados, que gritaban su femineidad por debajo de la ropa, y es que para Lola su madre era la mujer más mujer del mundo. La más guapa, la de figura más bonita, la que ella quería ser cuando creciese.

            Un día encontró en el cajón una faja. Era horrorosa, de color carne, sin encajes, lazos ni adornos. La miró por todo los lados y al fin decidió ir a preguntarle a su madre qué diantres era aquello. “Ay, mi niña, cuando nos hacemos mayores y la carne nos empieza a colgar, todas terminamos dependiendo de la faja. Ella disimula nuestros michelines, evita que tiemblen nuestros muslos cuando caminamos, camufla la tripita y hace que las faldas nos sienten como si siguiéramos teniéndolo todo bien colocado, firme y en su sitio”. Lola no acababa de entenderlo, su madre estaba estupenda, ¿para qué iba a necesitar esa cosa horrorosa? Para darle un ejemplo gráfico del efecto de la faja, la mujer sacó un vestido del armario, se metió en el baño y salió con él puesto. Su silueta de guitarra era la de siempre. Luego volvió al aseo, y al salir llevaba el mismo vestido, pero la faja iba en su mano. Arruguitas, bultos, imperfecciones. La guitarra se había esfumado para dejar en su sitio un acordeón. A Lola se le cayó un mito. Mentalmente se prometió a sí misma que se cuidaría, que cuando llegase a mayor no tendría que usar “eso”.

            La genética fue benévola con Lola. Al crecer se fue espigando, sus formas eran las de una mujer con todas las letras, no como las modelos escuálidas que se estilan ahora: donde debía haber pecho, lo había. Donde debía haber caderas, también. Y en medio, una cintura razonable para ser estrechada. Era un bombón, un reloj de arena, una guitarra, como lo había sido su madre. Si engordaba un poquito hacía dieta y ejercicio o se compraba una tallita más de falda, ni hablar de recurrir a una faja para caber en sus vestidos de siempre. Pero se casó, tuvo hijos, fue cumpliendo años y, por más dieta y ejercicio que hacía, las cosas ya no volvían al lugar original. Con los cuarenta llegó la crisis y se sorprendió a sí misma mirando de reojo los escaparates de las corseterías buscando ayuda.

            Una tarde de compras entró en una tienda. Necesitaba algo bonito, tenía una boda y quería estar guapa. La dependienta, jovencísima, monísima y con el pecho operadísimo a juzgar por la desproporción de tamaño con el resto de su anatomía, le fue dando vestidos y trajes, pero no se veía bien con ninguno. Y aquella chavala, tratando de ayudar, le dijo: “este le quedaría ideal con una buena faja, pero así…” Pero así. Dos palabras demoledoras. Le faltó el aire y, antes que echarse a llorar en el probador, se fue a casa a toda prisa sin comprar nada.

            ¿Nunca os ha pasado que cuando os rompéis un brazo no veis más que gente con brazos escayolados por la calle? O cuando una amiga se queda embarazada, que veis embarazadas por todos lados. Pues eso le estaba pasando a Lola: ponía la televisión y salían anuncios de fajas. Pasaba por la farmacia y había fajas en el escaparate. Se encontraba con una amiga y venía de comprarse una faja. El colofón lo puso una película que vio esa misma noche, en la que Dolly Parton miraba el trasero de una conocida y comentaba: “no sé cómo se atreve a salir de casa sin enfajarse esos muslos. Míralos cuando anda, parecen dos cerditos peleándose bajo una manta”. Trasladó aquel comentario a su propio trasero y se rindió.

            Al día siguiente buscó una buena corsetería y después se fue a por aquel vestido, se lo probó y se acordó de su madre. Guapísima y con todo en su sitio, Lola salió caminando de la tienda con paso firme mientras pensaba que a veces es necesario renunciar a algunos principios para salir adelante.


martes, 8 de mayo de 2012

PREGUNTAS Y RESPUESTAS



            Hay veces que te hacen preguntas, de esas que te asaltan a traición, y las contestas, pero no te quedas satisfecho con tu propia respuesta. Yo no soy, precisamente, de las que tiene todas las contestaciones brillantes en la punta de la lengua, siempre se me ocurren los mejores argumentos horas, o días, después de que me hayan planteado la cuestión. Y se me queda ahí una cosa, como una pequeña insatisfacción, como un “le habría dicho esto, le habría dicho lo otro, y habría quedado como una reina”. Pero en el momento oportuno no me vienen.


            El otro día, durante una conversación trivial en grupo de amigos, uno de ellos me preguntó si podía asegurar fehacientemente que seguía enamorada después de tantos años. Veintiuno, para ser más exactos. Más de la mitad de mi vida. Y le dije que sí, no porque estuviese mi costillo delante, que no estaba, sino porque así es. Lo puso en duda: “es imposible, el amor caduca. Le puedes querer mucho, pero no estar enamorada. Y menos después de tantos años conviviendo, bla, bla, bla”. Mentalmente me hice mi propio mapa de la situación: el chico, divorciado, seguramente piensa que, igual que le ocurrió a él, a todos se nos pasa el amor. “Y, ¿cómo puedes estar tan segura? ¿No será que confundes amor con amistad y cariño? ¿O quizá lo confundes con costumbre?” Empecé a molestarme. Eso de que otra persona afirme saber lo que pienso y lo que siento mejor que yo misma hace que me sienta incómoda y comience a ver a mi interlocutor como un cretino.


            Empecé a argumentar, y al segundo razonamiento corté la conversación y la conduje por otros derroteros, incluyendo en ella al resto del grupo. Después de decirle que me sería imposible imaginar mi día a día sin mi otra mitad, y que seguía admirando sus ojos y su sonrisa cada mañana como cuando éramos jóvenes, me sentí ridícula dando tantas explicaciones y zanjé el tema. Ahí quedó la cosa, no tenía que convencer a nadie de nada, pero me hubiera gustado taparle la boca al descreído del matrimonio y las relaciones de pareja con alguna frase brillante que le hiciera sentir que realmente él es el equivocado.


            La respuesta que no supe dar vino a buscarme el domingo. Estábamos de limpieza general, eran las ocho de la noche, y yo me encontraba en un estado lamentable. Vestida con unas mallas desteñidas y una camiseta vieja y dada de sí por todas partes, salía del baño después de dejarlo que se podían comer sopas en el suelo. La vaporetta me había convertido el pelo en una maraña caracolera, sudaba como una morsa, tenía la ropa salpicada por la lejía que había estado usando, las gafas sucias, los brazos llenos de churretes de haber estado fregando los azulejos… era un desastre de persona, vaya. Estaba deseando que se secara el suelo para poder darme una ducha y ponerme el pijama, me sentía como si viniese de practicar lucha en el barro, más o menos. Tropecé con mi costillo en la cocina, él había estado aspirando las tapicerías del salón y se estaba lavando las manos. Cuando me vio entrar se acercó a mí, me pasó el brazo por la cintura, me besó en el cuello y me susurró “pero qué guapa está mi rizosilla”. Y me miró. Con “esa” mirada. El rubor y las mariposas en el estómago fueron inevitables.


            Eso es lo que debí contestarle al cenutrio que creía saber todo acerca del amor y las relaciones humanas: sí, es posible seguir enamorado después de veinte años. Sí mientras aflore a sus ojos “esa” mirada y a mí me tiemblen las piernas. Sí, definitivamente. Sí.

lunes, 7 de mayo de 2012

TALENTOS OCULTOS



            Con la que está cayendo, y visto lo bien que nos va a todos (que a nadie se le escape el tonillo irónico, que luego me vienen diciendo que si esto, que si lo otro), no me extraña que la gente beba más. Si es que miras alrededor y lo único que te apetece es echarte tres o cuatro güiskises al cuerpo a ver si te cambia la perspectiva. Me enferma ver tanto talento que es sistemáticamente ocultado, anulado, desestimado, desaprovechado, despreciado, y me da una pena inmensa ver a gente que es realmente buena en lo suyo, sea lo que sea, muerta de asco en casa viendo la televisión, cansada de caminar detrás de cada nubecilla que ve en el cielo esperando a ver si llueve y su cosecha puede florecer.


            Vivimos en un país al que Dios, el Destino, los Hados o llamadlo “X” le otorgó una capacidad inmensa para el arte, para la literatura, para la música, grandísimas voces, talento a raudales, potenciales humanos enormemente dotados para la investigación, intuitivos, perseverantes, y en lugar de coger toda esa maravilla y abonar el terreno para que se desarrolle y nos beneficie al resto de la masa a la que la genética no favoreció en la misma medida, quienes manejan este infame cotarro ponen todo su empeño en aborregarlos, en pasar la moto-sierra para que del seto no sobresalga ninguna rama. Se llenan la boca de palabras que la gente quiere oír, y luego aplican la vieja máxima romana (mirad si es vieja que en la época en que leones y cristianos se las veían en la arena ya funcionaba) de “panem et circenses”, pan y circo. Toma fútbol, toma escándalos de bragueta con renombre, toma prensa del corazón, un chusco de pan con aceite de girasol y cierra el pico, Federico.


            Tengo amigos que son increíbles músicos, tocando por amor al arte, para no perder la práctica. Tengo amigos que son cantantes, de esos que te derriten la sensibilidad cuando se ponen a lo suyo, cantando en grupos sin repercusión, en el metro, en orquestillas de verbena veraniega que no dan para vivir decentemente. Tengo amigos que sacaron el doctorado en ingeniería en un país extranjero, comunitario y desarrolladísimo, y que luego tuvieron que repetirlo aquí porque no quisieron convalidarles el título. Tengo amigos que presentan fabulosas novelas de editorial en editorial y de concurso en concurso y nadie les contesta, y tienen que ver, muertos de rabia, cómo Ana Obregón vende libros de sus andanzas de cama y bidé como churros, y las editoriales se la rifan (digo esa como digo la duquesa de Alba y demás personajes del colorín colorado). La gente buena, la gente preparada, la gente que vale, hace cola en las agencias avispadas que gestionan trabajos en países extranjeros con mucho más ojo que el nuestro, léase Alemania, Estados Unidos y otros por el estilo, porque están hartos de hacer cola en las oficinas del INEM. Aquí estamos demasiado ocupados con las correrías erótico-festivas de unos y de otros como para darnos cuenta de que las flores se van corriendo antes de que llegue el jardinero con el cortacésped.


            Como os decía al principio, no me extraña que la gente beba más que antes, porque de lo que uno tiene ganas es de estar inconsciente y flipando todo el día, para no ver lo que tiene alrededor. La lucidez ya no sirve de nada, y si echas cuentas, entre lo que las subidas de impuestos te quitan, la subida de la luz te sopla, la subida de los transportes públicos y la de las gasolinas, la próxima subida del IVA, y el próximo impuesto que se inventarán (algo tipo IAR: impuesto sobre el aire que respiras), no puede uno moverse de casa. Hasta el cartero, figura poética donde las haya, el que traía noticias de familias distantes y amores lejanos, amigos viajeros y aventuras soñadas, ahora solo trae notificaciones de Hacienda, recibos, facturas y mal fario. Vamos,  que lo ves venir por la calle y poco menos que cruzas de acera mientras murmuras “lagarto, lagarto”.


            Me he planteado ya mil veces dejar de escribir, pero a una cuarentona como yo a la que no contrata nadie por vieja, a la que no publica nadie por desconocida, y que se empeña en criar dos hijas llenas de talento para lanzarlas a la emigración o la ruina, no le queda más consuelo que escribir para no verse tirada en el sofá viendo “Sálvame” con un brick de tintorro del Lidl en la mesita de café. Escribo para no ahogarme, para no morir. Y como de momento sigue habiendo libertad de expresión (aunque al paso que vamos este preciado bien también tiene los días contados) y aún puedo decir lo que me dé la gana, voy a permitirme daros un consejo: emplead las urnas y el derecho al voto con más inteligencia la próxima vez.


            Y ahora, si me dispensáis (y si no, me da igual), voy a hacerme un gin-tonic con las últimas migajas del subsidio de desempleo, que, por cierto, ya se me ha acabado. Salud.