jueves, 28 de junio de 2012

EL DIOS EN PRÁCTICAS


            Nadie nace sabiendo. Ni siquiera los dioses. Por eso, cuando el Dios del que voy a hablaros decidió crear un mundo para gobernarlo, se equivocó. Mucho.

            Primero, antes que nada, creó la naturaleza, pero olvidó darle el aire para respirar y todo murió. Aprendió de su error y dejó ese primer planeta desierto colgando en el espacio.

            Creó un nuevo mundo, hizo la naturaleza y le dio oxígeno, pero olvidó hacerlo junto a una fuente de calor, no lo puso cerca de ningún sol, sino en medio de la nada, y todo se congeló sin remedio. La vida no era posible. Abandonó su segundo intento fallido en el vacío y buscó otro lugar para empezar de nuevo.

            Liberó una tercera bola de masa, más cerca de una estrella. Inició de nuevo el proceso, pero cuando la temperatura fue idónea y el aire respirable, olvidó dotarlo de agua, y de nuevo la vida fue imposible. La muerte de aquel mundo fue más lenta que la de los anteriores, pero el final fue inevitable. Y el Dios en prácticas, que había tomado buena nota de todos sus errores, abandonó aquel nuevo intento fallido y buscó un nuevo lugar.

            Siete tentativas fueron necesarias para que al fin consiguiese su objetivo, pero al fin, a la octava, lo logró: un mundo estable, con capacidad para mantenerse vivo gracias al aire, al agua y a la luz. Un sistema en equilibrio. Era hora de poblarlo. Como no era el más imaginativo de los seres (el que dijo que Dios era perfecto se equivocaba, ni siquiera él lo era), creó unas primitivas bacterias y las echó al agua. Y esperó a ver lo que ocurría. Esperó tanto a que evolucionaran que le entró sueño y durmió durante algunos millones de años. Cuando despertó, ya el hombre había llegado a ser “presuntamente sapiens” y manejaba la Tierra a su antojo.

            El Dios en prácticas se enfadó mucho: no le hizo ni pizca de gracia el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Una parte de la humanidad creía en un Dios que no era él. Otra parte creía en otro, y afirmaba que era el único, asesinando y persiguiendo a los que no pensaban lo mismo y pregonando que se lo mandaba “su Dios”. El resto de dioses que habían creado los otros mundos, más viejos y con mucha más experiencia, le miraban preocupados. Se le estaba yendo todo aquello de las manos.

            El ser humano de aquel mundo de prueba fue perdiendo el respeto por cuanto le rodeaba, y no dudaba en destruir todo aquello que le molestaba. Si sus cosechas se veían amenazadas por la lluvia, ahuyentaba las nubes, y rompía el equilibrio. Si un bosque le estorbaba para hacer casas y enriquecerse, le prendía fuego. Si un animal le parecía peligroso lo exterminaba. Si otro hombre tenía algo que él ambicionaba, se lo quitaba o lo mataba. La humanidad se organizó en sistemas tan caóticos y estúpidos que la comida se pudría en los almacenes mientras los niños se morían de hambre, valoraban el oro más que el agua y que el aire, y llegaron a ser una amenaza para toda su creación.

            El Dios en prácticas decidió que debía hacer algo al respecto, y mandó la esterilidad al hombre para que dejase de multiplicarse. Así, en el plazo de unos ochenta o noventa años, habrían muerto todos y el planeta podría regenerarse y sobrevivir. Pero el ser humano buscó la forma de continuar engendrando individuos desafiando las leyes naturales mediante la ciencia, así que el Dios novato se vio en un cruce de caminos: o exterminaba al hombre con sus propias manos o dejaba que él se destruyese a sí mismo sin mancharse la túnica ni la conciencia.

            El resto de dioses creadores de los otros mundos fueron a visitarle y a ofrecerle consejo. Les explicó su problema, y todos movieron la cabeza consternados. “Bueno, equivocándonos es como aprendemos. No te molestes en aplastarlos, ellos solos se extinguirán cuando hayan acabado con todo lo que les rodea. Ya no es tu problema. Lo mejor es que comiences de nuevo, y esta vez procura no dormirte”.

            El Dios en prácticas se fue de gira por los mundos gobernados por los otros dioses. Miró, observó, anotó y aprendió, y después de ver cuanto necesitaba ver volvió a su creación, que ya agonizaba entre humos, incendios, inundaciones, terremotos y miseria. Cuando ya el último ser vivo había dejado de respirar, empujó la bola de aquel mundo muerto para hacer sitio a su noveno intento.

Mientras comenzaba de nuevo, miró los ocho fracasos anteriores girando inertes alrededor del sol, y de verdad deseó que esta vez todo fuera distinto.

miércoles, 27 de junio de 2012

UN HELADO DE TRES BOLAS



            La tarde prometía ser larga. La sala de espera estaba llena, y la escasez de asientos obligaba a permanecer de pie a la mayoría de los asistentes. En las caras se reflejaba el nerviosismo, y en el ánimo pesaban el calor y las esperanzas. Las horas siguientes no iban a ser sencillas para nadie.


            Sólo las ollas saben los hervores de su caldo, dicen en México, una de nuestras tierras hermanas. Así nos sentíamos todos: como ollas a presión a punto de explotar. Cuatro años de esfuerzo, de desplazamientos, de gastos, de horas de estudio, cuatro años acumulando ilusiones, aprendiendo, creciendo, peleando por mejorar. Cuatro años de lucha y muy pocas oportunidades para continuar con su formación.


            Nuestros hijos son una prolongación de nosotros mismos. Sus logros son los nuestros, sus fracasos también. Elevamos sus ilusiones con nuestras alas y absorbemos sus decepciones en nuestras entrañas para ayudarles a continuar caminando. Todos los que estábamos en esa sala de espera pensábamos en lo mismo: los codiciados primeros puestos, la opción a una de las escasas plazas ofertadas por el centro.


            En otros países se potencia, e incluso se imparte de manera obligatoria, la formación musical. En el nuestro, como en otras muchas cosas, vamos por detrás. Las ayudas son escasas o nulas, el material de trabajo es muy caro, muchas familias se ven imposibilitadas para costear lo que valen los instrumentos, los libros, las partituras. Y las plazas en los conservatorios públicos son tan escasas que a veces el sueño es imposible de alcanzar. Ayer era una de esas ocasiones en las que los tijeretazos a la educación de nuestros hijos se ven con claridad. Especialidad de flauta: dieciséis aspirantes, dos plazas. Especialidad de clarinete: catorce aspirantes, tres plazas. Y así, pizca más o menos, el resto de instrumentos. Jugándoselo todo en una prueba, un examen que decide si el año que viene pueden comenzar el grado profesional o se quedan fuera, reduciendo a cenizas los esfuerzos de cuatro años.


            Hay mucha gente que opina que la formación musical es algo “accesorio”, “innecesario”, casi como “un lujo prescindible”. Yo no voy a recurrir a estudios científicos, que los hay, para defenderla. Solamente voy a pediros que observéis a la gente que os rodea, que los conozcáis un poco, y así llegaréis a la misma conclusión que yo: el médico que además es músico, es mejor médico. El arquitecto que además es músico, es mejor arquitecto. El científico, el escritor, el ingeniero, el enfermero, que además es músico, es mejor científico, escritor, ingeniero, enfermero. Ponedle la profesión que queráis, el resultado es, invariablemente, el mismo.


            La mayoría de los estudiantes de los conservatorios, tanto públicos como privados, estudian para ser músicos sabiendo que, además, tendrán que hacer otra carrera. Que la música les dará oportunidad de viajar, de conocer, de ampliar sus círculos, de divertirse de manera sana, de sacarse quizá un sobresueldo, pero que seguramente no vivirán de ella. Solo unos pocos tienen claro que le dedicarán su vida como concertistas, como profesores o como integrantes de las orquestas estables. El resto saben que es, simplemente, una parte importante en su formación como personas, que les enseñará a estudiar, que les abrirá corazones. Y los padres sabemos que les mantendrá alejados de otras cosas bastante menos convenientes, y por todo ello lo potenciamos.


            Es muy triste, muy estresante, ver que tienen que competir entre ellos de ese modo para conseguir una de las codiciadas plazas. Con once años supone una prueba dura, y más sabiendo que con la normativa nueva (henchida de afán recaudatorio) cualquiera que se presente a la convocatoria de septiembre, si supera en nota a los de junio, les puede quitar la plaza. Por eso, a pesar de haber quedado la primera de dieciséis, mi flautista de Hammelín tendrá que presentarse de nuevo cuando acabe el verano, pasar los meses de calor repasando y practicando, volver a enfrentar los nervios, el tribunal, los exámenes, en lugar de disfrutar del descanso que merece. Y yo volveré a pagar los cincuenta y dos euros de tasas, volveré a encerrarme con mi mejor cara en la sala de espera durante dos larguísimas tardes, volveré a secar sus lágrimas cuando los nervios amenacen con bloquearla, y cuando acabe, gane la plaza o no la gane, volveré a invitarla a un enorme helado de tres bolas con los sabores que ella prefiera, como hice ayer.


Yo brindaré con mi té con hielo y sacarina para celebrar su éxito porque, lo consiga al fin o no, ella ha puesto todo de su parte. Y con eso ya ha ganado. Enhorabuena, hija mía.

martes, 26 de junio de 2012

DISCOS



            El otro día fui testigo de una pequeña diferencia de opiniones entre dos amigos. Lo llamo así porque donde consta que hay cariño no caben discusiones, sino simplemente expresión de disparidad de criterios. El tema iba sobre discos. Ya sabéis, discos, esos objetos redondos, planos y brillantes que vienen en caja de plástico, que antaño fueron grandes, negros y de vinilo, y que contienen el trabajo de los músicos y cantantes de todas las épocas.


            Os pongo en situación: el ponente A, escritor, erudito de la musicología popular y folklórica, compositor e intérprete, defendía que las descargas de internet suponen la muerte de la industria musical. Que comprar un disco no es solo comprar música, sino adquirir una historia, un proceso de creación ilustrado en el librillo que viene dentro de la caja del CD o en la contraportada del vinilo. Que para escuchar como se debe un trabajo musical es necesario poder desplegar la información adjunta para que la música nos entre por los ojos a la par que por los oídos, y que la libertad de poder descargar contenidos musicales de forma gratuita o pirata con facilidad hará que los que se dejan la sangre para que su trabajo salga a la venta abandonen su actividad. El ponente B, también músico e intérprete, pero además científico e investigador, se oponía a ese razonamiento, y decía que la música que no pulule por la red a la velocidad del rayo no tendrá ya cabida en el mundo. Que las tiendas de discos deben desaparecer por obsoletas, que lo que no esté al alcance de un “click” será como si no existiera. Que el formato “disco” está muerto, cosa que el ponente A se negaba a admitir de ninguna de las maneras.


            Muchas veces, estas diferencias de opinión entre amigos son como un círculo vicioso: ninguno da su brazo a torcer, pero tampoco quiere herir al otro con afirmaciones categóricas ni tajantes, y el tema se alarga innecesariamente sin alcanzar ninguna conclusión. Yo, como testigo mudo del intercambio de puntos de vista, y siendo poco dada a intervenir en conversaciones ajenas, no quise interrumpir, pero sí hice lo posible por distraer la atención hacia otros caminos (en eso soy una maestra, básicamente porque prefiero las convergencias a las divergencias, sobre todo si estoy de fiesta). Y ahí quedó todo. Pero después, durante la noche, me quedé pensando en aquello, y me di cuenta de que ambos tenían razón, y que los dos estaban equivocados. Sus puntos de vista no son excluyentes, sino absolutamente complementarios.


            Hace unos años, cuando la red de redes era algo perteneciente a la ciencia-ficción, no era sencillo encontrar según qué discos. Había intérpretes de los que localizar un LP o un CD era casi como llegar a la luna haciendo auto-stop: imposible. Sobre todo si eran grupos o cantantes minoritarios. Yo tengo ejemplares de mis músicos favoritos que tardé meses en poder comprar, que me enviaron de ultramar, o incluso tuve que viajar para poder adquirirlos. He recorrido tienducas, puestitos, tenderetes, grandes almacenes, rastrillos y todo tipo de locales buscando algunas joyas que anhelaba tener y no lograba, y tengo que decir que, cuando llega el momento en que lo consigues, en que abres la bolsita en la soledad de tu casa, desprecintas el disco, lo metes en el reproductor y comienza a sonar mientras tú hojeas el librillo, ves las fotos, saboreas la información y te empapas de ese trabajo, se siente algo muy especial. Internet me evita la búsqueda, me da inmediatez. Quiero un tema, lo tecleo en el buscador, y de inmediato lo puedo escuchar, y hasta ver el vídeo. Pero precisamente esa facilidad, y ese “estar ahí” de la música, en ninguna parte, suspendida en el ciberespacio, es lo que me roba “ese” momento.


            A veces me gusta sentarme a mirar la estantería donde guardo mis discos. Los tengo de todos los estilos y épocas, en castellano, en inglés, en latín, en francés, en italiano. Mis favoritos andan siempre todos juntos, en la parte más accesible. Mis grandes tesoros, los firmados, están bajo llave. Jamás dejaría que nadie me los arrebatase. Los miro, y veo en ellos mi vida: el que me regaló mi novio en el primer aniversario, el que contiene mi primer baile lento en la discoteca con quince años, el que alberga las canciones que coreábamos en la playa, guitarra en mano, con el sabor de la sal y la amistad en la boca. También está el de mi baile de bodas, el que me enseñó a cantar dulces arrorrós canarios a mis hijas, el que me habla de concierto y lágrimas de emoción, el que… Todas esas cosas jamás me las podría decir una lista de reproducción de internet. Todas esas cosas solo las puede contar un disco completo, con su olor a plástico, sus fotos, las letras, los detalles, las manos y el corazón de quienes lo hicieron posible.


La red juega con la ventaja de ser un pozo sin fondo en el que cabe todo. Me ayuda a encontrar, a conocer, a descubrir, a decidir si quiero o no quiero, pero si me gusta, y realmente quiero TENERLO y DISFRUTARLO, y no convertirlo en artículo de usar y tirar, paso de “Aitunes” y de “Espotifais”, y voy a buscarlo enterito, nuevecito, aunque se esconda en el último rincón del mundo. Internet, sí. Discos también. Por favor.

domingo, 24 de junio de 2012

PÁJAROS



            Ya os he comentado alguna vez que tengo golondrinas en el patio. La casa del pueblo solamente la usamos algunos fines de semana, y durante las vacaciones. El resto del año está vacía y silenciosa, y nada impide a los pájaros poner sus huevos y criar con tranquilidad. Por eso, primavera tras primavera, vuelven a mi casa a ocupar sus nidos y realizar su función vital reproductiva.


            Reconozco que todos los años me quejo de tenerlas. Quien tenga un nido de golondrinas en casa sabrá por experiencia que ensucian de una manera escandalosa; parece mentira que en unos cuerpos tan pequeños quepa tanto… bueno, ya sabéis. Son verdaderas máquinas de defecar, auténticas ametralladoras de guano. Y encima, cuando te ven limpiando, te chillan desde arriba como si se sintieran  ofendidas, pero de todos modos yo las respeto y no interfiero en su vida, o lo hago lo menos posible.


            El año pasado, uno de los volanderos, los que están recién salidos del nido y haciendo prácticas de pilotaje autónomo, se coló por la puerta del corral y entró en casa. Al verse atrapado se volvió tarumba y comenzó a darse cabezazos contra los cristales de las ventanas tratando de salir. Las abrimos, pero fue inútil, las mosquiteras fijas no dejaban escapatoria. En lugar de buscar la vía fácil, el mismo sitio por el que había entrado, y hacer caso a su madre, que le llamaba desde fuera, el pajarillo revoloteó por dentro de casa dándose golpes con todo. Yo intenté ayudarle, dirigirle, pero no me escuchó. Creo que me tenía miedo, debió pensar que quería hacerle daño, y por mucho que traté de tranquilizarlo no lo conseguí.


            Tuvimos la casa abierta un día entero, nos fuimos para dejar que encontrase la salida por sí solo, y varias horas después, cuando regresamos, ya no le vimos. Pensamos que al fin había encontrado la puerta y con ella la libertad perdida. Esa misma tarde, cerramos la casa y volvimos a la ciudad. Hasta dos semanas después no regresamos, para comprobar con disgusto que el animal había muerto de hambre y sed en mi dormitorio, dejando en su desesperación heces en las cortinas, sofás, albornoces, colchas, paredes y puertas. Pasamos el día limpiando el desastre con la pena añadida de no haber advertido que se había escondido en casa. Nos sentimos un poco negligentes, pajaricidas, asesinos de jóvenes golondrinas. Habíamos dejado que el futuro anunciador de primaveras pereciese lentamente encerrado en nuestro nido.


            Este año ha vuelto a ocurrir. “Por San Juan, volarán”, dice el dicho, y uno de los nacidos en la última hornada se nos metió en el salón en misión exploratoria. Le falló el GPS pajaril, y acabó dentro. Y otra vez el mismo revuelo, el batir de alas desesperado, el chocar contra los cristales buscando la salida, ofuscado por el pánico. Abrí la ventana de mi habitación, y se quedó cogido a la mosquitera, sin saber cómo romperla para salir. Yo puse una silla junto a la ventana y me senté. “Cálmate, atolondrado”, le dije. “¡¡¡QUIERO SALIR, QUIERO SALIR, QUIERO SALIR!!! MAMÁ, ¿DÓNDE ESTÁS?” Yo le dejé chillar un rato, y le volví a hablar despacito. “Hazte un favor a ti mismo, cálmate y escúchame, yo te ayudaré a salir de este lío”. Nada, seguía chillando y muerto de miedo. “¡¡¡QUIERO SALIR, QUIERO SALIR, QUIERO SALIR!!! ¿POR QUÉ NO PUEDO SALIR? ¿DÓNDE ESTÁ EL AGUJERO PARA SALIR?”.


            Cerré la ventana, dejándole atrapado entre los cristales y la mosquitera. Pensé que estar un rato solo le ayudaría a calmarse. Después de una hora volví. Estaba posado en el marco, con las alas plegadas. Abrí con cuidado y le volví a hablar. “¿Ya estás más tranquilo? ¿Vas a escucharme?” Se echó a llorar. Me dio pena. Creía que iba a morir. “Déjame cogerte, no voy a hacerte daño. Solo quiero sacarte de aquí, llevarte con tu madre y que no te ocurra nada, pero no podré hacerlo si tú no me dejas”. Pobrecillo, no paraba de llorar y decir: “quiero ir con mi mamá”. Se dejó atrapar; lo alojé en el hueco de mis manos con cuidado de no lastimarle, lo saqué al patio y le susurré al oído: “gracias por dejarme ayudarte”. Abrí la cárcel de mis dedos, y antes de desplegar las alas y recuperar todo el aire del mundo para su vuelo, me miró agradecido.


            El verano que viene pondré una cortina en la puerta del patio para evitar que entre otro pollo volandero despistado. Los dos, el reino animal y yo, nos evitaremos un mal rato.

sábado, 23 de junio de 2012

VEGETALÍVOROS



            “Mamá, nosotros qué somos: carnívoros?” Mi vástaga menor me hizo esa pregunta una vez, cuando aún era pequeña. “No, cielo. Nosotros no solo comemos carne. También comemos pescado, huevos y vegetales”. La dejé pensativa. “¿Y cuando sea mayor yo podré elegir lo que quiero ser?” A esas alturas, y conociendo su poca afición por verduras y frutas, ya sabía yo por dónde iban a ir los tiros. Si de ella hubiera dependido, se habría alimentado solamente de chicha y yogures. Y helados. “Pues yo cuando sea mayor quiero ser solo carnívora”.


            Siempre he sido partidaria de explicarles a mis hijas las cosas como son. Por eso, y para aclararle a mi gordita rellena de qué iba el tema, tiré de libros. Le enseñé fotos de terneras. “¡Oh, qué bonitas! ¡Son vaquitas cachorritas!”. Después la llevé a la nevera, saqué un paquete de filetes y le dije: “esto es parte de una vaquita cachorrita como la que acabas de ver. Se crían para después sacrificarlas, se les quita la piel y los órganos internos, y esto es parte de sus músculos”. Después saqué un pollo limpio del frigorífico y le expliqué: “imagínalo con plumas y cabeza, comiendo maíz y cacareando. Para hacerlo al horno con naranjas, como a ti te gusta, hay que matarlo, desplumarlo y quitarle lo de dentro”. Las lágrimas llegaron en cuestión de segundos, eran una consecuencia previsible. Se abrazó al perro y no dejó de llorar en toda la mañana.


            Cuando se hubo calmado del berrinche, la saqué al balcón. Le enseñé las macetas de tomatitos cherry y le pedí que tocase las plantas. Me miró como si estuviese loca. “Mami, a las plantas no se las acaricia, que no sienten”. Ahí quería llegar yo. “Por eso, y porque son sanas, porque tienen vitaminas y muchas cosas buenas, es por lo que yo insisto en que comamos mucha verdura y fruta, y un poco menos de carne y de pescado”. Lo entendió, y desde entonces, aunque aún pone pegas (lo hace más por tirarme de la lengua y hacerme hablar que por otra cosa), come vegetales por un tubo.


            “Mamá, ¿por qué nos comemos a los animales?” Yo le expliqué que nuestro organismo está preparado para ello, que lo venimos haciendo desde millones de años atrás, que sus nutrientes nos convienen para crecer bien y evitar enfermedades, pero que no es preciso basar nuestra alimentación en ellos porque eso también afectaría a nuestro bienestar y a nuestra salud. “Pues yo no quiero que maten animales para comer”. “Es la única manera, cariño. Los criamos para eso. Antes cazábamos, pero ahora solo se caza por vicio, porque las granjas nos dan la carne que necesitamos”.


            Todo esto ocurrió ya hace unos años, antes de que ella comenzase a conocer amigos que no comen carne por respeto a la vida, personas que eligieron alimentarse solamente con vegetales para no ocasionar el sufrimiento ni la muerte de ningún ser vivo. Ellos le explicaron que se podía seguir una alimentación sana y sin carencias sustituyendo la carne por proteínas vegetales, legumbres, soja y preparados basados en el gluten, y que no echaban de menos los filetes o el pescado. Esto le dio material para pensar durante días, y después de madurar toda la información de la que disponía, volvió a preguntarme. “Mamá, ¿a ti te gusta la carne?” “Tanto como la verdura”, le respondí yo. “¿Y te gustan los animales?” Yo miré a mis dos gatos y a mi perro, y le contesté que sí, y que esto no era incompatible. “Ya sé por dónde vas. Amo a los animales, entiendo que robárselos a la naturaleza no está bien y por eso no cazo. Solamente como animales de granja, no salvajes. No me visto con pieles porque entiendo que comer es necesario, pero matar seres vivos solamente para arrancarles el pelaje que los cubre no es más que vicio, y ni lo veo elegante ni quiero hacerlo. Otra cosa es aprovechar el cuero de los animales que matamos para comer. Mira, hija, en esto hay opiniones para todos los gustos y cada uno tiene la suya. Yo veo las cosas así, jamás mataría por deporte ni por capricho, las corridas de toros me parecen una aberración y si pudiera las prohibiría, pero como carne. Los seres humanos somos así de complicados”.


            Desde el día en que tuvimos esa conversación, nos gusta, de vez en cuando, hacer jornadas veganas en casa. Días en que solamente comemos vegetales, para que aprendan a ver las cosas desde todos los ángulos y sean capaces de decidir con responsabilidad lo que quieren hacer. Gracias a eso han probado cosas que otros niños no saben ni que existen: algas, setas, tofu, seitán, y no tienen problemas a la hora de compartir cena en un restaurante vegetariano o vegano. Gracias a eso entienden a quienes han tomado la decisión de evitar la carne y han aprendido a respetar los puntos de vista de quienes se alimentan de forma diferente, y disfrutan de un paté vegetal tanto como de uno de origen animal, valoran un pastel de verduras igual que una empanada de carne, y no juzgan ni encuentran raros a los que eligen el veganismo. Al contrario, los admiran por privarse de cosas que a ellas les gustan.


            El año pasado fuimos a celebrar el fin de curso a un restaurante vegetariano. El camarero alucinaba de ver a mi pequeña disfrutar de la comida de aquel modo. Como es muy atrevida, fue incluso a la cocina para felicitar al cocinero, y los dejó desarmados a todos. Solamente es cuestión de información. Los niños no son tontos, no penséis que no pueden entender. A veces tienen las miras más abiertas que nosotros.

viernes, 22 de junio de 2012

LA TRENZADORA


            La Reina de aquel país era una mujer soberbia y orgullosa. Su función en el gobierno era meramente decorativa, solamente debía saber ser buena anfitriona, ir elegante, tratar con el debido protocolo a los mandatarios del resto de países cuando venían de visita y dar buena imagen cuando ella y el Rey salían en viaje oficial al extranjero. Tenía, por tanto, mucho tiempo libre, y lo empleaba en satisfacer su vanidad. Su pelo era tan largo como el de la legendaria emperatriz Sissí, e invertía muchas horas y el servicio de varias doncellas en su cuidado.

            Había algo que disgustaba a la Reina más que ninguna otra cosa: los animales. No soportaba a los perros, le daban asco los gatos, y hasta los caballos, que por exigencias de su cargo se veía obligada a montar en algunas ocasiones (sobre todo en las cacerías de elite que organizaba su esposo el Rey con algunos de sus también coronados amigos), le producían una inmensa aprensión. Su traje de amazona la cubría del cuello a los pies, llevaba botas altas bajo las enaguas y guantes de cabritilla perfumada en las manos para que su real piel no rozase siquiera el pelaje del animal que estaba montando. Poseía una cuadra envidiable, llena de ejemplares magníficos, árabes y españoles, y los despreciaba sin ver en ellos la nobleza, la esmerada doma, el carácter, la elegancia, la fidelidad. Solo eran bichos asquerosos sobre los que sentarse, siempre rodeados de moscas y tábanos, que dejaban un rastro de bosta y orines a su paso.

            A fin de que las crines de los caballos no la rozasen al cabalgar, los palafreneros tenían órdenes precisas de trenzar las del animal que fuese a montar Su Majestad. Romina, la hija de uno de los empleados de la cuadra, aprendió a hacer aquellas trenzas desde muy pequeña. A medida que fue creciendo fue adquiriendo más responsabilidades, y con doce años ya daba de comer a los equinos, los cepillaba dos veces al día, los peinaba con mimo, lustraba las sillas de montar y los estribos y paseaba a los potros para que fueran acostumbrándose al ronzal.

            Un día el padre de Romina la hizo levantar muy temprano; esa misma mañana la Reina debía participar en una cacería importante. Le indicó el animal que había de preparar para ser montado por las reales posaderas, y ella, sin rechistar, comenzó su labor. Lo dejó lustroso con el cepillo. Recortó su magnífica cola un poquito, lo justo para que al agitarla no tocase a su amazona. Después engrasó los cueros de sus arreos, repasó las cinchas, aprestó la silla, bruñó estribos y espuelas, eligió la fusta más blanda y buscó su mejor lazo del cabello para entrelazarlo con las crines de la yegua. Acariciándola, hablándole con suavidad para que estuviese quieta, fue elaborando la trenza más primorosa y complicada que había hecho jamás. Después entregó la yegua a su padre y se marchó a sus quehaceres habituales.

            Su Majestad estaba, como siempre, malhumorada por tener que montar una de esas odiosas y hediondas bestias. Además, una de sus doncellas había enfermado y las otras dos le habían compuesto un peinado que no había sido de su gusto, pero no había quedado tiempo para remediarlo. La yegua notó su nerviosismo y se revolvió inquieta, y la Reina, en lugar de calmarla, la golpeó fuertemente con la fusta, lo que hizo que el animal saliera a galope tendido, con su Real Majestad gritando encolerizada sobre ella y con todo el séquito corriendo detrás. Cuando la montura se calmó y ella pudo desmontar llevaba el cabello revuelto y enmarañado, el sombrerito de amazona colgando y un aspecto indigno. Una voz infantil surgió de entre la gente que había presenciado el incidente, dándole cuerpo y palabra al pensamiento general: “¡Mirad, hasta el caballo está mejor peinado que la Reina!”

            Después del “vergonzoso episodio” la soberana hizo matar a la yegua, no sin antes preguntar qué manos habían realizado la hermosa trenza que recogía sus crines. Romina fue conducida a su presencia; en adelante se iba a ocupar en exclusiva del pelo de la Reina. Para ello debía lavarse las manos con desinfectante y no volver a tocar un caballo jamás. Trenzaría su cabello a diario, lo cepillaría y cuidaría para que siempre estuviera perfecta. Nadie podría volver a insinuar que ninguna bestia iba mejor peinada que Su Majestad.

            Romina había crecido junto a aquella yegua. No pudo soportar verla muerta por el capricho de su señora, ni tampoco el hecho de que se le prohibiera acercarse ni tocar a los caballos. Para ella eran sus hermanos, sus compañeros de juegos. Por eso, a escondidas, fue cortando largos mechones del real cabello y entremezclando en la trenza de la soberana gruesas crines de los animales de la cuadra. Disimulaba su venganza con cintas de colores y complicados diseños que ocultaban el pelo añadido de modo que nadie lo advirtiera. Cada día le robaba un nuevo mechón y le añadía más crin.

Una noche la Reina iba a recibir la visita del Rey en su alcoba. Romina le comunicó: “Señora, hoy debo marcharme un poco antes. He de hacer algo importante. Si no le molesta, deshágase usted misma la trenza y cepíllese el cabello antes de dormir. Mañana, cuando se levante, estaré aquí para arreglarla como cada día”.  Y dicho esto se fue a su casa, recogió su hatillo y, montada en uno de sus caballos hermanos, se marchó del reino para no volver más. Su Majestad, con el Rey esperándola en la cama, desató los lazos, soltó su melena y se dio cuenta con horror de que llevaba el pelo casi tan corto como el de una vulgar campesina, y que todo lo demás era crin que iba llenando el suelo a su alrededor. La imagen de la yegua a la que hizo matar de un tiro por haberla despeinado se fijó en su mente para siempre.

No podemos descargar el peso de nuestros propios errores en quienes están a nuestro lado. Cuando la soberbia y la cólera hablan la prudencia calla, y se producen daños que a menudo no tienen reparación. Por fortuna, la vida siempre se las arregla, de un modo u otro, para ponernos en nuestro sitio y devolvernos el golpe.

jueves, 21 de junio de 2012

PRIMER DÍA DE PLAYA



            Ramiro era un muchacho de pueblo, de los de tierra adentro. Ahora que el mundo es una aldea global, que todos (o casi todos) hemos hecho algún viaje, hemos pasado algunas vacaciones en la playa y hemos estado en varios países además del nuestro, esta historia no tendría cabida. Pero hace medio siglo las cosas no eran iguales.


            En su pueblo mesetario había mucha gente que nunca había visto el mar. Él tampoco, pero tenía fotos y estampas, y había oído hablar de esa inmensa extensión de agua viva que iba y venía, sabía a sal y permitía a la gente bañarse a sus anchas. El río de su pueblo era bastante pequeño, y solo en la poza del Caldero se podía uno mojar en verano, porque bajaba poca agua por el cauce. Menos mal que ahí remansaba, y aunque había que ir con cuidado de los cangrejos y sus pinzas negras, aún cubría lo suficiente como para disfrutar de la líquida frescura. Pero seguro que el mar era tan maravilloso que lo que le habían contado acerca de él se quedaba corto, y quería verlo con sus propios ojos. Deseaba zambullirse, saborearlo, caminar descalzo por la fina arena tan distinta de los cantos rodados del río de su pueblo. Por eso estaba ahorrando, para pagar el viaje en autobús hasta la costa y por fin poder ir a la playa.


            No había hecho más que comenzar el verano cuando Ramiro consiguió el pasaje hasta el mar. Viajó a Valencia, y cuando llegó ya era casi de noche. Se alojó en una pensión de mala muerte, la más barata que encontró, en la misma Malvarrosa. En su habitación olía a pescado, a salitre y humedad, pero no le importó. El calor era pegajoso e insoportable, pero le dio igual. Abrió la ventana para dejar entrar algo de brisa y lo escuchó: el ir y venir de las olas llegaba hasta sus oídos con claridad. Estaba a pocos metros de la playa, pero la noche no tenía luna, las nubes ocultaban el brillo de las estrellas, y no veía nada. Se acostó a dormir pensando que, en cuanto percibiese el primer resplandor, se asomaría a la ventana para ver amanecer sobre el Mediterráneo.


            Cuando abrió el ojo ya eran más de las diez. Se había perdido el alba, pero bueno, no pasaba nada. Ahí estaba la playa, toda para él. Vio mujeres estupendas, con bañadores de flores y rayas, algún bikini, aunque aún no eran de uso generalizado; vio toallas y sombrillas, tumbonas y enormes gafas de sol, y por fin, después de quemarse los pies con la arena, llegó hasta la orilla. Le entró una mosca en la boca de tan abierta que la tenía: era enorme, inconcebible tanta agua junta sin que se saliese por ningún lado. El mar estaba calmo y liso como un plato de sopa. Metió los pies.


            El río de su pueblo estaba más frío. La temperatura de aquel agua que iba y venía sin correr le pareció ideal. Se había puesto sus calzones más nuevos para su primer baño marino y quiso disfrutarlo entrando sin prisa. Cuando le cubría hasta la cintura, paró; no sabía nadar demasiado bien, y arriesgarse entrando más adentro le podía poner en un apuro. Después de un rato se sentó en la orilla, con las piernas en el agua, a jugar con la arena, como un niño. Más tarde sintió calor y volvió a meterse.


            Se levantó un poco de aire, le escocían ligeramente la cara y los ojos, así que pensó en darse un último chapuzón y marcharse. Su autobús salía a última hora de la tarde, aún tenía tiempo, pero ya no estaba cómodo. Vio un ser transparente cerca de él, no sabía qué era aquello. Se acercó para observarlo mejor, y la pícara medusa le “picareó” en el muslo. Ramiro gritó, no tanto por el dolor como por la desagradable sorpresa, el bicho parecía inofensivo, incluso bonito, pero…


            La mujer de la pensión, cuando le vio entrar, se asustó. Lleno de arena, con el pelo revuelto y en calzones, una tremenda picadura de medusa en la pierna, y los hombros, la espalda, el pecho, la cara y los pies abrasados por el sol. El chico ardía de fiebre, así que la mujer no pudo hacer otra cosa que llamar un taxi y enviarlo al hospital más cercano.


            Hasta tres días después no pudo regresar a su pueblo, y lo hizo muerto de vergüenza, lleno de ampollas, sin poder apoyar la espalda en el asiento del autobús y con la sensación de haber quedado como un paleto. Después de probar, el mar era muy bonito, pero perjudicial para la salud. El agua dulce de la poza del Caldero no escocía en la nariz y los ojos, el sol de la montaña no abrasaba de esa manera, y en el río del pueblo como mucho te puede picar algún cangrejo, que con un poco de habilidad es fácil que termine, con alguno de sus amigos, en el arroz del día siguiente. Definitivamente, si tenía que elegir, se quedaba donde estaba.


            La tía Blasa, su vecina, le preguntó: “Zagal, ¿qué tal el mar?”.  Ramiro, sonriendo a medias, le contestó: “muy azul, tía Blasa, pero es más azul el cielo del pueblo… ¡y mucho menos peligroso!”

miércoles, 20 de junio de 2012

EL LADRÓN DE PINZAS



            A falta de balcón en su pequeño piso, Paula tendía la ropa en la terraza comunitaria. Es una costumbre bastante extendida en la zona mediterránea, donde no llueve demasiado y no es necesario, como en el norte, acabar los edificios con tejados a dos aguas. Lo habitual por allí es culminarlos con terraza llana y pisable, y colocar cables de acero forrado para que los vecinos puedan tender en ellos. Cada vivienda cuenta con su cable, pero son pocos los que los usan. Paula sí lo hacía.


            En el cesto de Paula había pinzas de plástico y madera, de varios tamaños y muchos colores. Conocía gente que solamente usaba las de madera, o únicamente de un color de plástico, pero ella no era escrupulosa. Mientras sujetasen la ropa, ya estaba bien. Un día, de pronto, comenzó a notar que le faltaban algunas. Pensó que quizá el viento, al agitar las sábanas, las hacía caer, aunque en el suelo no había ninguna. No le dio importancia, pero comenzó a contar cuántas pinzas ponía en cada prenda.


            Una colada tras otra se dio cuenta de que invariablemente desaparecían dos cada vez que tendía. Ni una más, ni una menos. Y siempre eran de madera, de las más nuevas. Marcó algunas con un rotulador, pero luego no las vio en las cuerdas de ningún vecino. Quien se las quitaba no las usaba para tender en la terraza. Pronto advirtió que desaparecían las que no estaban marcadas, así que rotuló en una pata todas las que tenía de madera.


            Después de ponerles su inicial dejaron de faltarle pinzas. Por fin había acabado con el problema, o eso creía Paula. Durante varias semanas se despreocupó del tema, hasta que un día, cuando subió a por la ropa seca, vio que dos de las pinzas mostraban su marca en ambas patas: el ladrón había desmontado cuatro, se había quedado con cuatro patas sin marcar y dos muelles, es decir, dos pinzas completas y limpias, y con el resto del material había reintegrado dos pinzas más y las había vuelto a colocar en la colcha que había tendida en el cable. Paula se quedó perpleja. ¿Quién iba a tomarse tantas molestias para quitarle dos miserables pinzas de tender la ropa?


            En la siguiente reunión de vecinos se quejó del tema. Nadie sabía nada, las vecinas que usaban también la terraza para tender se ofendieron, se sintieron acusadas y eso ocasionó un malestar que Paula no quería causar, pero que fue inevitable. Tenía que hacer algo, y después de disculparse con todos, se marchó a la tienda, compró un paquete de veinte pinzas de madera y lo dejó en la terraza con una nota: “Si no tienes bastantes, dímelo. Prefiero comprártelas a que me las robes, seas quien seas”. Al día siguiente fue a comprobar si el ladrón había vuelto a pasar por la terraza. El paquete de pinzas había volado. Ya no volvió a faltarle ninguna, y ahí acabó la cosa.


            Un par de meses más tarde, la madre de una amiga de Paula falleció, y ella fue al entierro, como es natural. Muy cerca del nicho en el que estaban sepultando a la pobre mujer, había una lápida que le llamó la atención, conocía al anciano de la foto. Era el padre de una de sus vecinas, una mujer con hijos ya mayores y un niño pequeño, de siete u ocho años, llamado Adrián. Tenía en la jardinera de mármol flores frescas, y también una cruz de madera hecha a mano. Sonrió al ver que estaba realizada con pinzas de tender la ropa desmontadas, despojadas de sus muelles, pegadas entre sí y barnizadas primorosamente. La cogió con mimo y le dio la vuelta. “Te quiero mucho, abuelito. Adri”.


            De vuelta a casa, Paula compró un par de cómics de Mortadelo, fue a darle a su vecina el pésame por la muerte de su padre, y le regaló a Adrián los tebeos. No le dijo que sabía lo de sus pequeños robos, pero él lo intuyó, y colgándose de su cuello le estampó un sonoro beso en la mejilla.

martes, 19 de junio de 2012

QUISIERA SER...



            Cuando le preguntas a un niño pequeño qué es lo que querría ser de mayor, las respuestas pueden ser de lo más peregrinas. Es algo que me gusta hacer cuando tengo oportunidad, porque normalmente me proporciona material para pensar, y unas risas, que siempre vienen bien. No dejo de advertir que las cosas han cambiado mucho desde que yo iba a parvulitos y me hacían “esa” pregunta. “Y tú, guapa, ¿qué vas a ser de mayor?”


            Nunca dije escritora. No se me pasó por la imaginación que acabase siéndolo. Yo quería ser enfermera, pero se me torció el rumbo por las circunstancias. En mi época, todas las niñas queríamos ser maestras y enfermeras, y los niños querían llegar a ser bomberos y policías. Del resto de profesiones, nada sabíamos ni nada queríamos saber: no nos parecían poéticas, ni heroicas, ni nada de nada. Ahora es otra cosa. Hoy en día, los niños, por pequeños que sean, saben lo que es un periodista, lo que es un político, lo que es un fisioterapeuta, un arquitecto, un estilista… y eligen lo que les gusta sin pudor ninguno.


            El otro día pregunté a un grupito de enanos de entre cuatro y seis años. Los conozco bastante bien, y creí poder adivinar lo que me diría cada uno, o al menos aproximarme a sus respuestas. Erré en todos los casos. Una de las nenas, toda desparpajo, dotes de mando y salero, me dijo que ella quería ser barrendera o controladora aérea. Me quedé un poco a cuadros, y le pedí que me lo explicara: “los barrenderos toman el sol y encuentran cosas. Lo dejan todo bonito y no tienen nunca prisa. Si llueve no barren, y a algunos les dan unas máquinas que limpian solas, y ellos solo las conducen mientras escuchan a Ricky Martin. Y lo de los controladores está bien porque ganan mucho dinero y trabajan poco”.  El niño que tenía sentado al lado le rebatió este último argumento: “estás equivocada, los que ganan mucho dinero y trabajan poco se llaman políticos. Los controladores cuidan de que los aviones no se choquen por el aire, y si eso pasa les echan la culpa del accidente y se tienen que suicidar”. “¿Coooomoooooooo? ¿Y a ti quién te ha dicho semejante cosa?” le pregunté yo, con los ojos como platos. “Lo vi en una peli”. Con seis años lo da por hecho porque lo vio en una peli. Tengo que preguntarle a su madre qué tipo de pelis le dejan ver.


            Otra de las nenas, un poco más ñoñeta, quería ser maestra, pero no de escuela. De cocina. Porque “es que en el comedor del colegio se come fatal, la comida es asquerosa, y así enseñaré a los que trabajan para los comedores de los colegios cómo se cocinan cosas ricas que se puedan comer. Y los niños ya no llorarán delante de los fideos y los guisantes”. Buen razonamiento. Se ganó una piruleta. Otro, el más movido (que parece que se multiplica el puñetero), quería inventar video-juegos. “Mira que no te veo yo horas y horas sentado sin moverte del ordenador”, le dije. “No, yo me disfrazo y mato los monstruos, y luego los que me han visto son los que sacan las fotos y lo meten en el ordenador”. Y dicho esto, se levantó, cogió una regla y comenzó a luchar contra el aire. “¿Y policía no te gusta?” “No, que le pegan a la gente”. Ya no le pregunté más.


            No voy a aburriros con muchos más detalles, solamente os diré que la impresión de los niños sobre los trabajos de los mayores ya no es la que era. Hay crías que quieren ser “novia de torero, para vestir bien y salir en la tele”, niños que quieren ser “banquero, que todo el mundo le da el dinero y se lo gasta como le da la gana, pero luego no va a la cárcel ni nada”, y cosas así. Lo que no saben es que seguramente ninguno será de mayor lo que soñó de pequeño. Cambiarán de preferencias doscientas veces, se les hará elegir en esa edad de la vida en la que uno no es capaz de elegir ni el color de la blusa porque piensa con las hormonas y no con las neuronas, que andan bastante mareadas con la adolescencia. Y solo unos pocos podrán decir eso de “siempre quise ser (póngase aquí lo que se prefiera) y lo he conseguido”, porque harán la carrera y no encontrarán puesto, porque necesitarán trabajar en otras cosas para vivir y no podrán seguir estudiando, porque sus padres no les podrán costear la universidad, porque… por mil cosas. Y me da pena, pero así es la vida: tener los sueños delante y no poder alcanzarlos.


            Tal y como están las cosas, tenemos que enseñar a nuestros hijos a sobrevivir y ser felices con lo que puedan conseguir, y aparcar las ambiciones para cuando levante el tiempo, si es que lo hace. Tendrán que asumir que, a priori, muchos no podrán trabajar y dependerán de sus padres o parejas, sobre todo las mujeres. Que tener una vivienda en propiedad será imposible, y que alquilar no es tirar el dinero. Que todos los trabajos son dignos siempre que sean legales, que un bombero y un panadero son igual de héroes aunque no lo parezcan, y que la riqueza de verdad no está en el armario ni en la cuenta corriente, sino en la cantidad de personas que te quieren. De otro modo estaremos creando una generación de frustrados. Otra más.

lunes, 18 de junio de 2012

QUERIDO DIOS: SOY MARIO



            Desde que era pequeño, a Mario le habían enseñado a rezar cuando se levantaba y antes de dormir. Su madre, Magdalena, siempre le había insistido en que lo hiciera con sus propias palabras, sin repetir como un loro las fórmulas estereotipadas que le enseñaban en la escuela y en la catequesis. “Esas Dios ya se las sabe. Él quiere escuchar las cosas a tu manera, así que díselas. Simplemente”. Por esa razón no había día en que no diera las gracias al despertarse por estar vivo, por tener a papá y a mamá y porque el sol continuara brillando en el cielo, y no había noche que se olvidara de charlar un rato con Dios para contarle lo que le rondaba por la cabeza.


            Por ser un niño sensible y educado, estudioso y cumplidor, era el blanco de todas las burlas posibles (y de algunas inimaginables) por parte de sus compañeros del colegio. Cuando volvía a casa llorando por algún insulto o balonazo en la cara, Magdalena le decía: “cuéntaselo esta noche a Dios, y pídele que les ayude a ser mejores niños”. Con el tiempo, Mario se dio cuenta de que su madre siempre le recomendaba que pidiese para los demás, y nunca para sí mismo. Y le insistía, una y otra vez, en que nunca quisiera un mal para ninguna persona. “El mal que tú desees se volverá contra ti porque Dios no está ahí para ser el vengador de nadie. Pedir males para otros te ensucia por dentro. No dejes que eso ocurra”. Por eso, si estaba de exámenes rogaba para que los maestros fueran justos poniendo las preguntas y las notas; era una manera también de rentabilizar el rezo, porque así con una sola petición se podían beneficiar todos. Aunque en ocasiones no podía evitar la coletilla de “y a esa que tú sabes que me hace llorar tantas veces, que también sean justos con sus notas, que le mantengan sus suspensos, para que así repita y me deje en paz de una vez”. Después de decirlo se sentía un poco mal, pero no podía evitarlo.


            A medida que Mario fue creciendo, sus parrafadas nocturnas con Dios fueron cambiando de temática, y sus peticiones se fueron haciendo menos infantiles, aunque mantuvo, en la medida de sus posibilidades, la costumbre de no pedir nada de forma egoísta. Más bien dedicaba ese tiempo a reflexionar en voz alta, y el contarle a Dios sus problemas y preocupaciones le ayudaba a encontrar solución a cosas que en principio no parecían tenerla. Además, su naturaleza generosa se fortalecía con cada ruego que hacía para ayudar a los demás. Así fue hasta que cumplió los trece años.


            Aquel verano salió con su familia de vacaciones, como todos los años, con la caravana. Lluna, su perrita, el gato Mirko y Guapo, el loro, iban con ellos. Un perro grande, cruce de pastor alemán, les salió al paso en la carretera, y su padre lo atropelló. No quería hacerlo, pero no lo pudo evitar: un volantazo habría supuesto que el coche y la caravana acabasen quizá volcados y todos ellos heridos o… bueno, o muertos. Mirko se asustó, Guapo estuvo mudo todo el día, y Lluna no dejaba de gimotear. El perro atropellado, con muchas heridas, quedó inmóvil sobre la vía. Mario se bajó del coche, y desoyendo las advertencias de Magdalena sobre un posible mordisco, fue a ver si estaba vivo. Su corazón latía, así que cogió una toalla grande de la caravana, lo envolvió en ella y lo subió al vehículo. Luego le pidió a su padre que buscase la población más próxima con clínica veterinaria.


            Ya no consintió irse de su lado. Hubo que operarle, reconstruirle una cadera y una de las patas, atornillarle dos vértebras, fabricar un carrito para que se pudiera desplazar porque no movía las patas traseras. Una de sus orejas quedó sin un trozo y la herida del cuello se le infectó, aunque esa no era consecuencia del accidente: “le hicieron un tajo para sacarle el chip. Así los abandonan sin miedo a que nadie identifique al animal si ocurre algo como lo que os ha pasado a vosotros. Es lo mismo todos los veranos”.


Mario comprometió todos sus ahorros en recuperar al perro. Rogó cada noche por su curación, le pidió a Dios con insistencia que no dejase que muriera, que no les hiciese responsables del daño. Magdalena le dejó pagar el veterinario, y no puso objeciones en renunciar a las vacaciones por ello. Había educado a Mario para ser así, y no podía pedirle ahora que actuara de otro modo.


La noche en que por fin pudo llevarse para casa a Asfalto, el pastor alemán, le preparó una cama junto a la suya. Después se duchó, se lavó los dientes, se puso el pijama y se arrodilló junto al animal para rezar.


“Querido Dios: para todos los animales como Asfalto, con unos dueños sin alma que los abandonaron para irse de vacaciones sabiendo que seguramente morirían de hambre, o atropellados, te pido que encuentren alguien que les cuide como merecen. Y para esas personas que no los ven como los amigos que son, sino que los ven como estorbos y gastos y se deshacen de ellos como quien saca la basura, te pido que decidas tú el castigo que merecen. Porque si lo decido yo, no va a dar abasto el cielo para repartir tanto rayo y achicharrar a tanto malnacido. Gracias por enviarme a Asfalto, te prometo que no le ha de faltar nunca de nada a mi lado. Buenas noches”. Y dicho esto, quitó la almohada y la manta de su cama y se tumbó en el suelo junto al perro. Lluna y Mirko se acurrucaron a su lado para darle calor, y Dios, mirándoles desde arriba, se sintió satisfecho.

domingo, 17 de junio de 2012

EL SUJETO



            Los vi llegar mientras esperaba la salida de mi avión, cerca de la puerta de embarque. Ya me habían retrasado el vuelo cuatro veces, llevaba más de seis horas en la terminal del aeropuerto, y estaba bastante harta. El fin de semana había sido especialmente intenso, tanto en el plano físico como en el emocional: cuatro aviones, una boda de dos personas que me importan mucho, visitas, conciertos, reencuentros, abrazos, besos y toneladas de cariño, todo en apenas cuarenta y ocho horas. Estaba deseando llegar a casa para dormir.


            El sujeto y el otro sujeto (voy a llamarle “predicado” para distinguirlo) parecían dos clones diferenciados solamente por unos centímetros de estatura. Eran como dos armarios roperos de cuatro puertas cada uno, puro músculo de gimnasio y esteroides, con un genuino estilo “mazas de discoteca de pueblo con pretensiones”. Al verles, pensé: “Dios mío, qué horror. Espero que no vayan a tomar el mismo avión que yo”. Una vez más, la ley de Murphy se cumplió: los Hernández y Fernández del culturismo que acababa de ver se pararon ante la puerta de embarque de mi vuelo y se pusieron en cola.


            Me sobró tiempo para observarlos detenidamente porque, una vez más, retrasaron el vuelo ante el manifiesto enfado del sujeto y del predicado. El estilismo que llevaban era muy similar: bermudas rodilleras llenas de bolsillos, deportivas de marca (de marca cara, quería decir), camiseta ajustadísima trasluciendo músculos pectorales y abdominales (supongo que para eso los trabajan, para enseñarlos hasta cuando no les queda más remedio que llevar el torso cubierto), collar de bolitas negras estilo “rosario de la abuela” al cuello (¿se puede ser más hortera?), cabeza afeitada, brazos afeitados, piernas afeitadas. Vamos, el sueldo en maquinillas de rasurar. Completaban su aspecto con gafas de sol de las que salen en las revistas (muy útiles para la luz artificial del interior de la terminal), gorra para protegerse del sol (doce menos cuarto de la noche, ejem, ejem) y más tinta debajo de la piel que una fábrica entera de bolis Bic. Concretamente de Bic Cristal, que escribe normal, porque el Bic Naranja escribe fino y los tatuajes de los dos sujetos eran cualquier cosa menos finos. Más bien tiraban a carcelarios: señoras con los senos al aire (tías en tetas), presencias óseas antropomorfas (esqueletos guays), nombres varios (mi chorba del mes “pasao”, mi chorba de este mes, mi chorba de hace medio año…) y cositas así. Primorosos, oigan. Las pinturas negras de Goya se quedan cortas ante los dos lienzos con piernas llenos de horrores que yo tenía delante.


            Su conversación era algo indescriptible. ¿Cine? ¿Libros? ¿Viajes? ¡No! Hablaban de la “mierda de cubatas del hotel”, de las dos “guarras que se habían tirado”, de “to’l buffet lleno de verde, ni que fuéramos vacas, coño” y de cosas así. Me cambié de sitio para no tenerlos cerca porque a esas horas y con el cansancio que tenía acumulado mi nivel de tolerancia estaba ya bajo mínimos, y esas dos presencias groseras me estaban poniendo de los nervios. Pero lo peor aún estaba por llegar. El sujeto comenzó a mascar chicle, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque comenzó a hacer globitos y a explotarlos, emitiendo un sonoro y continuo “tac, tac, tac, tac” en rápidas series de cuatro o cinco estallidos que tuvieron la virtud de ponerme en el disparador. Fue media hora larga de “tac, tac, tac, tac” detrás de la oreja, diez minutos más por la pasarela hacia el avión “tac, tac, tac, tac” todo el tiempo, y cuarenta minutos de vuelo en los que ni siquiera el ruido de los motores de la aeronave consiguieron sofocar sus “tac, tac, tac” a pesar de estar tres o cuatro filas más atrás. Por educación (o por puro miedo a la reacción de sus escasas neuronas y sus abundantes músculos) nadie le dijo nada, pero en la cara de todos se veía que no era yo la única molesta por la presencia del sujeto, del predicado y de su chicle.


            De toda esta anécdota saco una conclusión: menos mal que los jóvenes de hoy en día, en general, son otra cosa distinta a ese sujeto y a ese predicado, porque si no… ¡apañados íbamos! Amén.

sábado, 16 de junio de 2012

VAQUEROS


            De haber nacido en otra época yo no sería yo. Por el hecho de ser mujer me habría visto obligada a ser esclava de faldas, fajas y corsés. Me imagino a mí misma como dama decimonónica, como campesina del dieciocho, haciendo mis labores siempre cubierta de faldas, enaguas, sobrefaldas, delantales y demás telas, sin que mis piernas reconocieran su independencia la una de la otra más que por unos leves pololos, eso contando con que hubiera podido permitírmelos, que nunca se sabe. De haber nacido en otro país tampoco sería yo. Obligada a llevar la cara y el pelo encarcelados, el cuerpo esclavo de telas opacas para no enseñar ni un milímetro de mi tejido natural y sonrosado. Yo soy yo gracias a las ideas que amueblan mi cabeza y a la libertad que da llevar unos pantalones vaqueros.

            No me cuesta reconocer que no sé, ni quiero, vestir de otra forma. Desde que era una niña reservé las faldas privativas de mi condición de hembra para cuando no me quedase más remedio que llevarlas por protocolo o imposición, y el resto del tiempo fui yo misma y me forjé la vida calzando unos pantalones vaqueros. Ellos me permitían toboganes y columpios, rodar por los prados a salvo de arañazos, colarme en las cuadras para hablar con los terneros sin demasiado cuidado. Me brindaban protección frente al frío, domingos de campo y sábados de canicas. A medida que fui creciendo ellos lo hicieron conmigo, se acampanaron, se estrecharon, se lavaron a la piedra, se tiñeron de colores imposibles, subieron y bajaron la cintura, se dieron vuelta en los tobillos, se hicieron pesqueros y extra-largos, pero en esencia siempre fueron lo mismo: una segunda piel de algodón natural y primario, con sus dobles costuras color naranja, sus remaches, los bolsillos imprescindibles para ir preparado para cualquier cosa y el cielo atrapado en sus fibras. Por la cara de dentro miraron y guardaron mi piel, blindándola contra sillas de instituto y biblioteca, zonas de césped, arena de playa invernal, asientos de autobús y metro, coches, escalones de academia y bancos de parque. Su parte de fuera veía y sentía lo mismo que yo. No recuerdo ningún momento importante de mi niñez, adolescencia y edad adulta, exceptuando algunas ceremonias religiosas, en que no llevase unos pantalones vaqueros puestos. Podía cambiármelos con mi hermana y con mis amigas, y ese simple gesto ya me hacía sentir distinta, mayor o más guapa, dependiendo. Mis exámenes, entrevistas de trabajo, el día que conocí a mi marido, mis primeras discotecas, el descubrimiento de mis embarazos… en todos esos momentos y en muchos más sin nada que destacar he ido enfundada en unos tejanos. Y orgullosa.

            He de decir que en toda mi vida solamente he tenido dos jeans de marca reconocida, y fueron heredados. Para mí la elección de un vaquero no iba ligada a una etiqueta cuyo precio no podía permitirme pagar, sino a la comodidad. A veces he necesitado probarme dos docenas de pantalones distintos hasta encontrar el que abrazaba mis formas sin estorbarlas, y por lo general ha sido en tiendas económicas, mercadillos y establecimientos de precios populares. Nunca me sentí mal por ello. Más bien al contrario.

            Cuando mi tripa rellena de niñas ya no me permitía cerrarme el botón fui directa al formato peto, pero siempre, siempre algodón azul teñido de cielo, costuras dobles de hilo naranja, la seguridad de ir guarnecida con un pantalón vaquero para seguir pisando por la vida con la misma fuerza, capaz sin tener que pensarlo de sentarme en cualquier lado, subirme a cualquier sitio, montar en cualquier vehículo, colarme en cualquier fiesta. Donde esté un buen tejano que se quite la mejor falda, el mejor traje y la más cara y lujosa de las telas.

            Tengo que reconocer que, dentro de estas pautas, hay sacrilegios a los que nunca he estado dispuesta: a llevarlos tan cortos que asome el forro de los bolsillos, por ejemplo. O a herirlos porque se llevan rotos. Esto me ha parecido siempre una imperdonable profanación: un vaquero roto es señal de una batalla ganada o de un avatar imprevisto en el que el pantalón entregó su integridad para proteger la tuya, y rasgarlo por capricho es fabricar una falsedad, es como obligar a un niño pequeño a mentir. Y no me gusta.

            Nunca tiro un vaquero que se me rompe. Cuando ya no es decente llevarlo puesto, su tela gastada me cuenta aún tantas aventuras, guarda tantos recuerdos, que no puedo arrojarlo a la basura sin más. Desde que era una adolescente me he fabricado con los vaqueros viejos mochilas, bolsos, forros de carpeta, fundas para discos, para gafas, estuches de lápices, bolsas para guardar de todo… cualquier cosa con tal de no desprenderme definitivamente de esos pedazos de mi historia.

            El día que me muera no quiero extravagancias. Ni mis cenizas en sitios inverosímiles ni caprichos absurdos. Solamente quiero que me entierren vestida con unos vaqueros, para caminar segura por ese viaje indeterminado; música de mis Sabandeños del alma para despedirme y una buena comida después para quienes me quisísteis, con cerveza abundante y buen vino, chorizo de León, pan de pueblo y las anécdotas de mi paso por vuestra vida provocando en vosotros, si es posible, más risa que llantos.

jueves, 14 de junio de 2012

LA MONTAÑA



            Me planté delante de la montaña una mañana, cuando el sol aún no había comenzado a calentar. Valoré su altura, sus entrantes y salientes, sus colores a la luz de la madrugada. No me sentí con fuerzas, di la vuelta y me marché. Quizá no era el día para acometer un reto así, o tal vez era yo la que carecía de ánimo suficiente. Sabía que antes o después tendría que afrontarla, pero no era mi momento.


            Al día siguiente volví a sentarme frente a ella. Parecía más alta que el día anterior. ¿Y si me fallaban las fuerzas y no podía superarla? ¿Y si ella me ganaba la partida? Mi cabeza me gritaba que debía hacerlo, pero mi espalda y mis piernas me aconsejaban lo contrario. A riesgo de quedar como una cobarde, desistí de nuevo. La montaña volvía a triunfar sobre mi voluntad. La maldije para mis adentros, y sentí ganas de llorar. En otro tiempo, con otros años, me habría lanzado hacia ella a tumba abierta, no habría podido conmigo, pero la edad no me había perdonado. Sentí pena de mí misma y me fui a la cama, medio deprimida.


            Definitivamente, la montaña crecía cada día que pasaba. No podía esperar más tiempo, si no tomaba la determinación de ir a por ella sería ella la que al final se apoderase de mí. Sentí miedo. Traté de controlarme, me senté en el suelo frente a su pared más escarpada y me abrí una lata de refresco. La montaña, con sus colores y sus arrugas, sus salientes y sus entrantes, me miró fijamente. “Cobarde”, me dijo. “Te odio”, le contesté. “No podrás conmigo”, me retó. “Que te crees tú eso”, le espeté. Se estaba riendo de mí. Deseé prenderle fuego. Frustrada y llorosa, me marché con la determinación de vencerla al día siguiente. Comenzaría bien temprano, así llegaría a alcanzar mi objetivo antes de que el calor me hiciese acobardarme de nuevo. No podía aplazarlo más.


            Comenzaba a clarear el alba, y yo ya estaba allí, vestida, preparada. La montaña comenzó a burlarse. Yo busqué mis herramientas, y al verlas su cara se ensombreció un tanto. Se sintió amenazada por mí. Dejé correr el aire libremente entre nosotras antes de tocarla. Solamente el tiempo preciso para que la plancha alcanzase la temperatura y la presión de vapor justas. Mi centro de planchado nuevo era algo que la montaña de ropa arrugada no se esperaba. Gritó, pero ya era demasiado tarde. Cogí el primer pantalón, marqué las rayas con cuidado, lo extendí sobre la tabla y lo dejé liso como una carretera recién asfaltada. Ella temblaba mientras yo alcanzaba una camiseta de mi hija mayor.


            Cuatro horas. Cuatro largas horas me costó vencer a la montaña de ropa, pero ya es mía. Me duele la espalda, las piernas, necesité una ducha al terminar porque entre el verano y el calor de la plancha he sudado más que en un baño turco, pero conseguí terminar antes de la una, hora en que la compañía de la luz me empieza a cobrar el kilovatio a precio prohibitivo. Objetivo cumplido. He ganado.


            Siempre me digo lo mismo: “esta vez no se me va a acumular”, pero al final siempre vuelve a ocurrir. La montaña crece, silenciosa, y antes de darme cuenta es tan alta que da miedo. Me hago vieja, es una realidad. Y odio planchar.


            Ahora entiendo por qué Mahoma no iba a la montaña. Listo el barbudo…

miércoles, 13 de junio de 2012

PEQUEÑAS REBELIONES



            Mila era una persona educada. Le habían inculcado unos sólidos principios, unas normas de convivencia y unas pautas de comportamiento más que correctas para que se defendiese en la sociedad. Desde pequeña siempre tuvo presente una frase, y basándose en ella sabía cómo actuar: “que tu presencia no moleste, no agreda, no enturbie”. Procuraba siempre que su aspecto fuese agradable y sus gestos suaves. Hablaba con un tono de voz reposado y controlando el volumen. Intentaba no gritar, incluso cuando discutía con alguien. Quizá por eso, por ese continuo ejercicio de cuidado y control que ejercía sobre sí misma ante los demás, le disgustaban profundamente las actitudes de la gente que la rodeaba.


            Al principio intentó corregir, suavemente, las conductas inapropiadas de quienes estaban en su entorno: vecinos, compañeros de clase, amigos… pero no tardó en cansarse de las malas caras, las miradas torvas e incluso insultos con que era contestada cada vez con más frecuencia. Le ponía enferma que en las tiendas, en el banco o en las ventanillas de las administraciones públicas la atendiera alguien masticando chicle. Aborrecía a quienes escupían en el suelo mientras caminaban por la calle, a los chavales que se sentaban en los bancos con el trasero en el respaldo y los pies ensuciando el asiento, poniéndolo, para más inri, todo perdido de cáscaras de pipas y colillas. Le molestaba enormemente la gente que hablaba a gritos por teléfono en el metro, los que le leían el periódico por encima de su hombro, la vecina desconsiderada que fumaba en el ascensor de su edificio, el otro vecino que dejaba que el perrito orinase a diario junto a la puerta del portal, el pirado del primero que le ponía el coche perdido de ceniza y colillas por fumar en la ventana, los que tienen la costumbre de colarse cuando hay que guardar turno… No podía luchar ella sola contra todo eso, contra la dejadez y la falta de consideración de todos los demás para con el resto del mundo, así que dejó de intentarlo. Se hartó de que la llamaran rancia, carca, pureta, estrecha e intolerante. Llegó un momento en que el solo pensamiento de salir de casa y tener que soportar sin quejarse según qué actitudes la ponía mala, y cuando veía ciertas cosas, se pellizcaba un brazo para contener el enfado y no decir nada, llegando a veces a provocarse serios cardenales.


            Un día, de pronto, llegó a la conclusión de que sí podía hacer algo contra tanta falta de educación, así que ideó un plan, una serie de pequeñas rebeldías que posiblemente no arreglarían mucho, pero al menos servirían para que algunos se dieran cuenta de que no se puede ir por la vida de una forma tan desconsiderada. Para empezar, compró un barreño de plástico rojo de gran tamaño, aparcó bajo la ventana de su vecino y lo colocó sobre el techo del vehículo. En su interior, pegado al fondo, puso un cartel de grandes letras negras que decía: “AQUÍ TIENE SU CENICERO, QUERIDO VECINO. PROCURE ACERTAR. GRACIAS”. Al día siguiente se metió en el metro con un periódico en ruso. No entendía nada, pero se reía por dentro de los que se arrimaron para tratar de leer gratis por encima de su hombro. Después, mientras caminaba por la calle, un treintañero pasadito de kilos escupió sonoramente en el suelo, y el “regalito” cayó justo junto a su pie. Se sobrepuso al asco, miró al sujeto y le hizo parar. “Disculpe, caballero. No he podido evitar ver el esputo que acaba de expulsar. Soy médico internista en el hospital universitario, y el color y textura de esa mucosidad me han llamado la atención. Si además de la secreción pulmonar que he visto usted ronca por las noches y suda en exceso, seguramente padece usted una variedad de fibrosis quística, y es una enfermedad grave que si no se trata a tiempo puede incluso precisar un doble transplante de pulmón para conservar su vida. Si yo fuera usted no perdería tiempo y consultaría con un neumólogo de confianza”. Y dicho esto, le dio dos palmaditas de condolencia en el hombro al pobre hombre y siguió su camino, dejándole pálido, sudando y muerto de miedo.


            Desde aquel día, cuando Mila detectaba que su vecina había vuelto a usar el ascensor fumando, dejaba la puerta de la cabina abierta en el último piso y bajaba andando. En la siguiente reunión de escalera alguien se quejó por haber tenido que subir a pie. Sin perder la calma, ella se dirigió a todos diciendo: “Cuando eso ocurre, sabed que la puerta la dejo abierta yo para que se ventile el ascensor, y lo haré cada vez que esa señora que todos sabemos fume en él. No hay ninguna ley que me prohíba hacerlo, pero sí hay una que prohíbe fumar en los ascensores. Si alguien tiene algún problema, que le reclame a ella”.


            Mila sabía que sus pequeñas rebeliones no iban a solucionar mucho, pero al menos le servían como modestas venganzas. Y si con ellas hacía pensar un poco a los demás sobre su actitud, mucho mejor. Permanecer callados ante las cosas que no están bien no suele arreglar nada, sino más bien al contrario. La ignorancia es muy atrevida, pero la educación es, a menudo, demasiado tímida. Cambiemos eso.