martes, 31 de julio de 2012

JUEGOS OLÍMPICOS



            Cuando era pequeña los odiaba, al igual que a los mundiales de fútbol. La explicación era muy sencilla: no es que no me gustase el deporte. Es que en aquella época de dos únicos canales de televisión, uno de ellos quedaba hipotecado durante quince largos días de verano por las competiciones. Si sumamos a eso que tengo un hermano varón y mayor que yo (ya se sabe, a los chicos el deporte les pierde, aunque solo sea para verlo y no lo practiquen nunca) y que solamente había una tele en casa (y gracias), mi mente infantil tenía muchas razones para odiar las olimpiadas.


            Tengo que admitir que, puestos a ver los juegos, había disciplinas que me gustaban más que otras. Los deportes de equipo me aburrían soberanamente; pasaba del hockey sobre hierba, el fútbol, el baloncesto, el balonmano y demás, y me iba a jugar con mis muñecas. Los de remo, vela y piscina tampoco me llamaban nada la atención, y desconocía la existencia de la natación sincronizada (mi hermano, cuando veía que empezaba, quitaba la tele. Se ve que la sincro y la testosterona no casan). El atletismo me resultaba un pestiño soberano, y los saltos me daban terror porque en cada ejercicio tenía la impresión de que el saltador se iba a desnucar contra la plataforma, o se iba a quedar clavado de cabeza en el fondo de la piscina, o cualquier cosa por el estilo.


            Lo que no perdonaba, de ninguna de las maneras, era la gimnasia. La femenina, claro. Las veía menuditas, casi niñas, como yo, pero capaces de hacer con sus cuerpos unas cosas tan increíbles que se me caía la baba. Recuerdo incluso a Nadia Comaneci volando en las paralelas asimétricas, evolucionando sobre la barra de equilibrios y pulverizando todos los baremos de puntuación, y soñaba que yo era como ella. Luego veía la rítmica, individual y por equipos, y me pasaba días bailoteando por casa con una pelota y el cinturón de mi batín como si fuera la cinta que ellas usaban en los ejercicios. Me peinaba con esos moños prietos y altos llenos de gomina, me pintaba los ojos que parecía que me habían dado un puñetazo en cada uno, y a falta de magnesia, me espolvoreaba con polvos de talco. Para desesperación de mi madre, porque lo ponía todo perdido.


            Mis padres se empezaron a preocupar cuando comencé a usar la barra de los columpios del parque como barra de ejercicios, porque a falta de entrenamiento serio yo me propuse ser una gimnasta autodidacta: en pleno invierno leonés me colocaba el bañador bajo la ropa, a modo de maillot, y en cuanto mi madre se descuidaba me despelotaba en el parque y me colgaba del primer columpio libre. Hasta que me dejé dos dientes contra el suelo y agarré un par de bronquitis; la autoridad paterna me prohibió la práctica de la gimnasia hasta nueva orden.


            Cuando contaba más o menos nueve años, cayó en mis manos un artículo que hablaba de la esclavitud de las gimnastas en las dictaduras políticas: chinas, búlgaras, rusas y rumanas, principalmente. Escogidas en los colegios por su constitución física menuda y su inteligencia, eran internadas en centros de alto rendimiento por obligación, y forzadas a entrenar, y entrenar, y entrenar hasta la extenuación. Solamente podían abandonar por lesión grave. Leí algo sobre dos mil abdominales diarios, dietas estrictas, disciplina férrea, castigos brutales, presión a las familias y silencios amenazados. Ellas eran el escaparate de esos países frente al mundo, su manera de decir “tan malo no será nuestro régimen político cuando da estos fabulosos resultados”, pero la realidad es que aquellas niñas eran tratadas como animales de circo. El tiempo de leer, de jugar, de aburrirse, la ilusión de un caramelo o de un pastel el día de su cumpleaños eran algo inexistente para ellas. No conseguían desarrollar sus cuerpos como mujeres normales, con dieciocho años ni siquiera tenían la regla muchas de ellas, ni pecho, ni caderas. Su fisonomía infantil y musculosa se alargaba a cualquier precio mientras rindiesen deportivamente, se las pesaba a diario, y cada gramo de más era suprimido a fuerza de entrenamientos y castigos, de lunes a domingo, desde la mañana hasta la noche. Leí que la propia Comaneci llegó a beber lejía para que le permitiesen descansar unos días. El precio me pareció desorbitado y dejé de ver las competiciones de gimnasia porque ya no me producían admiración, sino una pena infinita. Aprendí, a través de esas muchachas, lo que es la libertad, y la falta de ella.


            Ahora es otra cosa. Ahora veo a esas mujeronas estadounidenses, a las españolas, a las rumanas, llenas de músculos adquiridos voluntariamente, y sus cuerpos me hablan de esfuerzo y superación personal, de deporte limpio. Ahora sí disfruto viendo las competiciones de gimnasia, he vuelto a enamorarme de la belleza de la rítmica, alucino con los ejercicios por equipos, la sincronización, el compañerismo. Y me recreo viendo a los mazarracacos de la gimnasia masculina, que oye, una está casada, pero le gusta alegrarse la vista de tanto en tanto.


            La libertad es maravillosa. Libertad para autoesclavizarse si a uno le da la gana, para exigirse o para no hacerlo. Para hacerse gimnasta de elite, músico o simplemente persona, sin más. Para ser lo que uno quiera, e invertir en ello el esfuerzo que a uno le de la gana. Libertad para hacerse cura, o nadador, o saxofonista, o patinador aficionado, o jugador de bolos, o simplemente lector. Libertad para leer estas historias que publico, o para escribir otras nuevas. Procuremos, sobre todo, no perder eso: nuestra libertad.

lunes, 30 de julio de 2012

VENDEDORES PUERTA A PUERTA



            Les huyo como el demonio a la cruz, lo admito. Lo hago por una razón muy sencilla: porque sé lo que pretenden. Y no me gusta. No es una afirmación gratuita, hablo con conocimiento de causa. En una época de mi vida yo también lo intenté.


            Era recién casada, estaba todo el día sola y no tenía trabajo. Necesitaba uno, pero la oferta no era muy variada. Leía todos los días los anuncios del periódico tratando de encontrar empleo en una ciudad desconocida para mí, mucho más grande que cualquier otra en la que hubiera vivido antes, y no me estaba resultando fácil. Pero aun así, yo lo intentaba. Al fin, llamé a uno de los clasificados que decían “empresa americana necesita vendedores”. Me dieron cita para entrevista, me puse guapa, cogí dos autobuses y me presenté allí.


            Después de la charla con el entrevistador, recibí la llamada en pocas horas. Daba el perfil: joven, buena presencia, facilidad de palabra, simpatía, buen nivel cultural. Dos semanas de prueba, y después contrato. Se trataba de vender tarjetas de descuento para ciertos restaurantes, bonos de tres mil pesetas (de las del año 95) que te daban derecho a doblar las raciones de lo que consumieras en esos locales por un valor cuatro veces superior al de la tarjeta. A puerta fría y por la calle, así, sin anestesia. La mañana empezaba a las ocho y media con una sesión de motivación “a la americana”: todos juntos en un sótano, gritando como posesos lo “de puta madre p’arriba” que nos sentíamos, lo mucho que íbamos a vender, cómo nos íbamos a forrar, coreando consignas a voz en cuello para subir la moral. “Refuerzo positivo”, lo llamaban. A mí me destrozaba la garganta, y el subidón se te iba bajando a lo largo del día. Una semana para vender dos tarjetas, y a cambio cinco comidas fuera de casa y dos bono-buses. El balance ingresos-gastos en negativo. Lo dejé. Recuerdo lo que se rieron mi padre y mi marido con mis relatos de aquellas sesiones de gritos motivadores. Pero me seguía haciendo falta un trabajo, y piqué de nuevo.


            Vajillas y cristalerías de lujo, esta vez con cita concertada de antemano por una teleoperadora. Pensé que el problema era mi falta de constancia. Tal vez una semana fue poco para poder valorar. En esta empresa estuve tres. Me llevé un puro porque en varias citas no me dejaron entrar (luego supe que las teleoperadoras mentían para conseguir las direcciones de los clientes potenciales alegando falsos premios en sorteos y cosillas así). No sé cuántos domicilios visité, ni a cuántas mujeres traté de endosar la vitrina con la vajilla de porcelana con filo de oro de 24 kilates, la cristalería de Bohemia con 12 servicios y la cubertería alemana de acero legítimo Solingen que se regalaba con el conjunto. Valía la friolera de ciento veinte mil pesetas, y yo misma tramitaba la financiación. Hasta que me paré a pensar seriamente dónde estaba el fallo, y lo encontré: estaba mintiendo. Trataba de endosar algo que no necesitaban a personas que ni siquiera podían pagarlo, y tenían que pedir un crédito con una financiera, endeudándose para tener una vitrina en el salón con una vajilla, una cristalería y una cubertería que no iban a usar por miedo a que algo tan caro se rompiese.


            Tuve muchas charlas con muchas mujeres distintas durante aquellas tres semanas. La mayoría eran amas de casa, todas de economías modestas, cada una con sus problemas. Algunas me invitaron a café, casi todas me hablaron de su vida, de sus penas, de sus preocupaciones. Vi viudas recientes, solteras, ancianas, mamás, y también una echadora de cartas, una prostituta, e incluso una pobre mujer con un ojo morado y terror a oír la puerta y tener que dar explicaciones a su marido de mi presencia allí con mi maletín, el plato de porcelana, la copa de Bohemia y la cuchara Solingen. No quise seguir, me pareció inmoral.


 “Esa te podía haber comprado si le hubieses insistido más”, me decía mi monitora de ventas después de verme entrevistar a una anciana casi ciega. “Esa mujer es viuda y jubilada, cobra una pensión mínima de sesenta mil pesetas. ¿Tú crees que puede gastarse quince mil cada mes durante año y medio para comprar algo que no va a disfrutar?” La contestación me dejó helada: “Seguro que tiene ahorros por ahí escondidos y nietas en edad de casarse. Tu objetivo son esos ahorros. Espabila, que te dejas engañar por las viejas en cuanto te lloran un poco”.


Después supe que mi “jefa” no ganaba dinero con lo que supuestamente teníamos que vender, sino con los contratos mercantiles (a comisión) que hacían a las aspirantes a vendedoras: cada una que firmaba suponía una subvención del estado por sacar una mujer joven de las listas del paro, aunque fuese sin pagarle un duro de sueldo. Una estafa redonda, pero legal, desde luego. Como tantas otras.


            No dejo entrar vendedores a mi casa. Ni siquiera les abro la puerta; les digo que no y punto. Si necesito o quiero algo, voy a una tienda y lo compro. De todos modos, reconozco que aquellos tiempos en que intenté ser vendedora me enseñaron mucho: que los americanos son, para algunas cosas, unos payasos. Que los vendedores de ese tipo, puerta a puerta, no son más que tiburones con corbata o corderos engañados y desesperados por trabajar en lo que sea. Que hay límites que no sobrepasaré jamás por mucho que me haga falta el empleo. Y que nunca compraré nada a un tipo que venga a mi casa. Ni un mechero.

domingo, 29 de julio de 2012

MENTIRAS O VERDADES



            El asunto de los refranes antiguos es curioso: por años, décadas o siglos que pasen, siguen teniendo vigencia. Hoy me vino a la cabeza ese que dice: “cada uno cuenta la feria según le va”. Todo comenzó leyendo un titular de noticias en un conocido periódico.


            Aunque a priori sus palabras me llamaron la atención por lo escandalosas, me detuve a analizarlas un poquito, y saqué mis propias conclusiones. El diario en cuestión es uno de los que cojean del pie derecho (huelga decir que no hay periódicos neutrales ni independientes, porque cada uno de los que existen cuenta las cosas vistas desde su prisma particular), y decía más o menos: “El copago farmacéutico hace aflorar 150.000 tarjetas sanitarias de fallecidos usadas fraudulentamente por sus familiares”. Si uno se detiene a leer la noticia entera, traducido a palabras sencillas dice algo así como “menos mal que este valiente gobierno ha hecho pagar por las recetas a todo el mundo para aumentar la recaudación, porque así se han matado dos pájaros de un tiro: disminuir el gasto sanitario y desenmascarar una legión de ladrones tramposos que se lucraban a costa del resto de honrados ciudadanos”. Y tú te miras las manos y piensas: ¿soy un ladrón? Revisas tu cartera buscando las tarjetas médicas, las cuentas y dices: “uno, dos, tres, cuatro. Estamos todos vivos. Bien, no soy una malhechora sanitaria”, y aplaudes a quienes han sido capaces de abrir la cueva de Alí Babá de los ladrones de amoxicilinas y paracetamoles.


            Después de un rato, cuando ya la burbuja de la indignación se te ha desinflado (fulleros, desalmados, usar las tarjetas de los muertos, qué desfachatez) y los árboles no te impiden ver el bosque, se te ocurre repasar el proceso de obtención de un fármaco a través de nuestra Seguridad Social: vas al médico, te examina, te receta. Vas a la farmacia, te piden la receta y la tarjeta, pagas, te vas. En los enfermos crónicos, te dan recetas para tres meses, no más. Y te preguntas: ¿cómo se usa la tarjeta de un muerto para robar medicamentos? Empiezas a darle vueltas. Quizá pensionistas, enfermos crónicos, mueren y los familiares no dan de baja la tarjeta. Y los médicos siguen emitiendo recetas… ¿sin ver a los pacientes? ¿Eso puede ser? Y en ese caso, tratas de recordar lo que necesitaba el último familiar pensionista, anciano y enfermo crónico que falleció en tu entorno: insulina inyectada, Sintrón, Eparina, otra cosa para el corazón, ibuprofeno, bolsas para sonda urinaria… Vale. Supongamos que durante un par de meses, quizá tres, el médico de cabecera no le visita y sigues sacando ese material de manera gratuita. ¿Para qué te sirve? ¿Será que hay un mercado negro de bolsas de orina? ¿Tal vez la insulina se vende por internet y los diabéticos se la inyectan así, por las buenas, sin haberla obtenido en una farmacia? Y en caso de que todo eso fuera cierto, ¿serían tan estúpidos los defraudadores como para destapar su negocio turbio negándose a pagar un euro por receta? Eso ya te lleva, directamente, al “una explicación quiero”.


            Después de mucho buscar, vas atando cabos. Resulta que, ahora que van a obligar a pagar un euro por receta en algunas autonomías y un porcentaje a todo hijo de vecino, les ha dado por cruzar datos informáticos, y resulta también que hay 150.000 tarjetas de difuntos pendientes de dar de baja porque nadie se ha preocupado de hacerlo, porque los procedimientos no están claros, o no se siguen con rigor. ¿Existe algún manual que diga qué hay que hacer exactamente cuando alguien muere? Hay gestorías que están especializadas en ese trabajo, de hecho colaboran directamente con las funerarias. Lo cual me lleva a pensar que no hay 150.000 fieros defraudadores, estafadores y ladrones de medicamentos, sino que es una cifra aproximada de tarjetas que no se han dado de baja, pero que posiblemente tampoco se hayan usado desde que el titular falleció.


            España siempre fue un país de pícaros, desde luego, pero me da que últimamente vamos buscando los fraudes en la dirección equivocada. Lo que sí que tengo claro es una cosa: para ese periódico, esas 150.000 tarjetas sirven para llamarnos a los ciudadanos maleantes, y al gobierno actual héroes a la caza del estafador, eficaces, arriesgados y valientes en pos de la salvación del país. Si leyéramos el titular de la misma noticia en otro diario, tranquilamente podría decir: “La falta de coordinación entre administraciones públicas propicia que existan 150.000 tarjetas sanitarias de personas fallecidas sin dar de baja”, y como entradilla, en letra más pequeña, explicaría: “algunas de ellas han podido ser usadas de forma fraudulenta”. Pero claro, eso no repartiría medallas a los buenos de la película, ni desviaría la atención de los verdaderos ladrones de nuestra historia actual, que todos sabemos quiénes son, pero que no hay manera de que juez alguno los emplume. Y es que, verdaderamente, cada uno cuenta la feria según le va, o según le interesa que le vaya. Ahora, de los dos titulares, créase cada uno el que le dé la gana, para eso tenemos aún un cierto grado de libertad.


            Voy a pasarme por la funeraria, a ver si va a ser que Hacienda sabe que mi suegro murió, el Ayuntamiento también, Tráfico, Iberdrola y Gas Natural también, y resulta que Sanidad no se ha enterado. Que igual nos llevan presos por contrabando de aspirinas…

viernes, 27 de julio de 2012

MI CUARTO DE BAÑO



            El cuarto de baño es una estancia de las casas que siempre me ha llamado la atención. Estudiando ese rincón de las viviendas se puede saber mucho, pero mucho, mucho, de cómo son las personas que lo utilizan. Y ya no me meto en el tema de la limpieza, que cada uno en su casa limpia cuando puede y le da la gana, y uno no es más pulido porque su baño esté más pulcro, esto puede querer decir, simplemente, que le pagan bien a la doméstica. Hablo de todo lo demás: lo que hay en él, los productos que se almacenan, los detalles. La enjundia de la vida personal, porque podemos dormir en la cama o en el sofá, podemos usar el comedor solo para ver la tele, o no entrar en él en toda la semana. Podemos no usar la cocina nada más que para algún triste sándwich, pero el baño se usa, sí o sí. O sí.


            Cuando era pequeña, como las normas sociales aún no me habían implantado vergüenza alguna en el disco duro, curioseaba los cuartos de baño de las casas a las que iba de visita con mis papis. Escudriñaba los armarios, las toallas, los after-shave, las marcas de dentífrico, el estado y tipo de los cepillos del pelo. Ahora ya no lo hago, evidentemente. Pero solamente con lo que se ve sin abrir ningún armario ya tengo bastante. El cuarto de baño nos define.


            A los que les gusta que se vea el poderío económico, los cosméticos de marcas inalcanzables los colocan en estantes descubiertos, a la vista. He llegado a usar un baño en el que la dueña tenía una nevera mini para conservar los cosméticos “al caviar”, “al oro” y otras pijerías que no me caben en la cabeza. Yo, si pudiera permitirme una nevera en el baño (por amplitud, básicamente), la tendría llena de cava para disfrutarlo con mi chico en la bañera. Disparidad de criterios, se llama eso. Y cubitos de hielo, para jugar en la ducha. Y nata. No sigo, que hay niños.


            Las líneas de cosméticos a la vista hablan de sensatez o de ausencia de ella. Cuando hay muchísimos, mal rollo: la dueña no acepta el paso del tiempo, o es una caprichosa incorregible. Cuando los productos son masculinos, quieren decir dos cosas: o él es un dandy, o su mujer quiere que se cuide más y el machote se resiste. Si los estantes están llenos de botes de perfume a medio usar, quiere decir indecisión: no sé cuál de todos me va bien. La línea de cosméticos de Mercadona habla de “no tengo un duro, pero me gusta cuidarme”. No ver ninguno quiere decir que los dueños del cuarto de baño prefieren que su cuidado personal quede en el estricto ámbito de la intimidad, lo cual, para mí, es la mejor opción.


            Cremas anti-acné quieren decir que mamá se preocupa de los rostros de sus hijos adolescentes; maquillaje esparcido aquí y allá denota un carácter desastrado y terriblemente caótico. El rizador de pestañas olvidado en el lavabo grita “llamaron al timbre y salí corriendo”, y definitivamente, un baño ordenadísimo y limpísimo, con una mampara sin moho en las juntas de silicona, grifos impolutos y sin rayar y azulejos brillantes quieren decir “este es el baño que no se usa”.


            Para que no me acuséis de indiscreta con las vidas ajenas, voy a describiros mi cuarto de baño, y así os hacéis una idea. No hay mampara, es una partida presupuestaria que no contemplo de momento. Hay una cortina, con hojas de otoño y frases en francés, salida directamente de la sección “baño” de Leroy Merlín. En la bañera, que ya estaba picada cuando compré el piso, pero que para el fin que se usa sirve igual, hay una alfombrilla de goma, un bote de kilo de gel de Mercadona, y champús para todos; pelo graso para mi chico, anti-caspa para mi hija, específico niños para la peque, cabello teñido para mí. Un guante de crin que solo uso yo, y un bote de mascarilla para las puntas capilares femeninas. Las tres usamos la misma, cuestión de espacio. En las estanterías, seis frascos de colonia infantil: Hannah Montana, Agatha Ruiz del Prado, Nenuco... Un tinte castaño para cuando yo me sacuda la pereza, y dos albornoces. ¡Ah! Y una báscula, mi martirio de cada semana. Junto al lavabo, gel de alcohol para los “por si acasos”, el mismo frasco desde hace tres años. Un dispensador de jabón de manos, marca blanca y rellenado con gel de ducha, sin más. Un cepillo de uñas, indispensable. Y, en la parte izquierda, un número variable de revistas y libros. Sí, lo confieso, lo que más hay en mi cuarto de baño es literatura. Todo lo legible va a parar allí: suplementos de prensa, best-sellers, experimentos literarios, revistas de moda, catálogos de electricidad, manuales de costura… Podéis encontrar de todo. A veces se hace preciso aligerar el montón y reciclar revistas antiguas, pero siempre, siempre, hay algo que leer. Y no me sonroja publicar que en mi casa también se lee en el baño, porque aunque no lo digáis, todos lo hacéis.


            No os avergoncéis de llevar un libro al cuarto de baño. A él no le importa, con tal de ser leído.

miércoles, 25 de julio de 2012

LA REDONDEADORA



            La Redondeadora es una mujer del montón. Al menos, lo es a simple vista. Sus canas cantarían su edad desde la menuda cabeza, pero las hace callar con un tinte castaño rojizo. Sin embargo, las gafas de presbicia en la punta de la nariz delatan los cincuenta y muchos de sus huesos. Viste a la bohemia, con chalecos de ganchillo, camisas de flores, faldas largas, vaqueros gastados y zapatillas de esparto o botas de andar montes. Sus adornos suelen ser zarcillos de plata, y sortijas del mismo metal con piedras de bajo caché, procedentes de artesanos y mercadillos. Lleva la melena recogida en un moño práctico, atravesado por un lapicero, un palillo de madera o, excepcionalmente, una larga aguja metálica con un caprichoso caracol en la punta.


            Cada año la visito dos o tres veces como mínimo, porque soy una sentimental incorregible. Cuando algo llega a mis manos y me enciende la chispa, cuando un objeto me produce una emoción, lo enmarco y lo cuelgo en las paredes de mi casa. De ese modo no tengo que buscarlo para volver a sentir el calor de la llamita que se me encendió dentro la primera vez que lo vi, sino que me sale al encuentro cada día, desde su pared, haciéndome sentir bien. Y para ponerle marco a todas esas cosas que merecen un hueco en mis muros, está ella, la Redondeadora. La que adorna todo haciéndolo mejor, más perfecto, con sus marcos y sus cristales.


            Una foto solamente es una foto, pero si le pones un buen marco, la elevas a la categoría de recuerdo importante. Un dibujo pasa de simple conjunto de trazos en papel a boceto talentoso si lo rodeas de madera y lo cubres con un cristal. Un óleo pasa de pintura a obra de arte después de visitar el taller de la Redondeadora, la que acaba los proyectos, los redondea, los remata. Les pone su buen hacer en forma de marco con passe-partout y cenefa, los preserva tras un cristal mate que no entorpezca sus detalles pero los libre del andar del tiempo. Ella es la que hace perfectas mis cosas más queridas.


            La conocí por casualidad; aparqué en la puerta de su taller cuando buscaba una tienda de especias que me habían indicado por allí. Y me fui sin cúrcuma y sin sésamo, pero con su tarjeta en el bolsillo. En su taller trabajan dos mujeres más, y no por casualidad. “Las tres somos mujeres solas. Con hijos, pero solas. Nos ayudamos a salir adelante, y reconozco que no nos va mal, así que no podemos quejarnos”. En la tienda, los trabajos terminados se amontonan, a la espera de que quienes los encargaron vayan a recogerlos.


            Uno de los rincones, a la izquierda de su mostrador, me llamó la atención. Tiene un cartel, “El Olvidadero”, y en él hay varias docenas de cuadros, fotos y pósters. Trabajos realizados que nadie quiso recoger ni pagar, acumulados a lo largo de años de oficio. Me entretuve ayer mirándolos, y me pregunté por qué. Por qué alguien lleva algo personal, una labor de petit-point, un retrato a carboncillo, un óleo o una fotografía, el póster de la ciudad soñada o lo que sea a enmarcar, y después no lo recoge. Son como recuerdos huérfanos esperando a ser adoptados. Le pregunté a la Redondeadora por qué no los desmontaba y aprovechaba los marcos para otros trabajos. “Sería como vestir una novia con el traje usado de otra a la que abandonaron en el altar. No, no podría. Todas las novias merecen un vestido nuevo. No sé, quizá los cuadros de El Olvidadero sean recogidos algún día, o tal vez a alguien le guste alguno y lo compre. Están a la venta por lo que valen sus marcos”.


            Yo no compraría nunca un recuerdo ajeno, pero seguiré llevando a esa mujer los míos para que los enmarque, como ha hecho ya con tantas de mis labores, puzles que llenaron tardes de invierno en familia, discos y fotos firmadas, caricaturas de artistas callejeros en vacaciones inolvidables, y todo lo que puebla las paredes de mi casa y mi corazoncito nostálgico.

lunes, 23 de julio de 2012

ECOHUERTECILLO



            No sé su nombre, y como soy cuentista, pues me lo voy a inventar. A mi protagonista le voy a llamar Juan Hortelán. Porque sí, porque me suena bien, porque lo encuentro apropiado y porque mi blog es mi mundo, y en él mando yo hasta que se demuestre lo contrario.


            Juan Hortelán era un chico valiente, como tantos en este país: leído, inteligente, estudioso, formado. Y le pasó lo que a tantos en este país: que cada iniciativa empresarial que se le ocurría encontraba una falta total de apoyo por parte de las fuentes de financiación y de las autoridades. Supongo que esta historia os suena, solamente tenéis que mirar alrededor. Caminad vuestro barrio, hablad con la gente y veréis cuántas tiendas cerradas, cuántas empresas en quiebra, cuántos autónomos en paro sin prestación. El futuro cerrado y con un candado tan grande como la catedral de Valencia.


            El caso es que Juan, de naturaleza inquieta y curiosa, caminaba un día por entre las huertas de Alboraya, y oyó a las verduras charlar entre ellas. Pimientos italianos y calabacines conversaban animadamente; las calabazas reían un chiste verde que los pícaros tomates pera, siempre con sus bromas subiditas de tono, iban contándose unos a otros. Los limones del limonero cantaban una copla de la Piquer (“a la lima y al limón, tú no tienes quién te quiera…” pobrecitos, solamente se saben esa), y mientras tanto las cebollas sudaban sobre la tierra antes de ser cogidas, quejándose del intenso calor. Divertido, nuestro Juan Hortelán se quedó un rato escuchando el buen humor de la vida vegetal de aquel huerto. No sabía a quién pertenecía, ni qué abono era capaz de volver parlanchinas a las hortalizas.


            Después de un par de horas, continuó caminando. El huerto siguiente era distinto. Los vegetales no hablaban, solo tosían. Eso sí, el color y la tersura de los tomates eran espectaculares. Los pimientos brillaban, el verde de las acelgas parecía pintado. Las calabazas, por no tener, no tenían ni verrugas. Ni una arruga en los calabacines, todos rectos, todos tersos. No escuchó palabra alguna, pero estornudos y toses… parecía que todas las hortalizas se hubieran puesto de acuerdo para constiparse. Intrigado, Juan Hortelán preguntó a una mata de guisantes que quedaba junto al camino, pero ésta no le respondió. Solamente un guisantillo chivato, que había caído de una vaina medio abierta, le sopló desde el suelo: “nos han fumigado con una cosa asquerosa para los bichos, casi nos asfixian. ¡Qué peste! Peor que el abono químico que nos ponen para que crezcamos así de guapos. No sé qué narices llevará, pero nos deja insípidos. ¿Qué os pasa a los humanos? ¿Ya no tenéis sentido del gusto? ¿Coméis con la vista, o qué?”


            Juan Hortelán le dio muchas vueltas a lo que había visto y escuchado aquel día, pensó en el enfado del guisante y en el reproche que le había hecho, y se le encendió una lucecita. Pasó muchas tardes caminando por entre las verduras de aquellos huertos; vio de qué manera eran trabajadas ambas tierras, compró algunos vegetales locuaces al abuelillo que los plantaba, le preguntó sobre las semillas, los abonos… Del otro huerto no pudo comprar nada, toda la producción iba al mercado de abastos después de ser cosechada, limpiada y encerada.


            El anciano dueño del huerto parlanchín le regaló a Juan una mata de tomatitos cherry para que la cultivase en una maceta. Eran de un color oscuro, casi tostado, y sabían a sol, a tierra y a tradición. Ellos fueron los que le hicieron la gran pregunta: “¿TÚ QUÉ QUIERES COMER?” Y lo vio claro.


            A veces hay que mirar atrás para caminar hacia delante. Recuperar lo abandonado, la tierra, los valores. Algo no es más rico por ser más bonito, y nuestros cuerpos piden menos química y más salud. La tierra nos da de comer, y le hemos dado la espalda.


            Encontré este puesto en un mercado de verduras de producción ecológica. “Ecohuertecillo”, el proyecto de un Juan Hortelán que ni siquiera se llama así, pero que pretende contestar a esa pregunta que le hicieron los cherrys de la maceta, antes de estallar en su boca llenándosela de respuestas. Compré unas cuantas de sus verduras parlanchinas, esas que hablan de naturaleza, cariño y ausencia de pesticidas. Lo hice con satisfacción, porque mi dinero fue íntegro a quien trabaja la tierra, sin intermediarios. Sin sanguijuelas. Y si entre las acelgas me sale algún caracol, lo guardo para la paella.


            Me encanta la idea. ¿Y a vosotros?

domingo, 22 de julio de 2012

LA ÚLTIMA PALABRA



            Cuando les dieron la noticia de que esperaban un hijo lloraron de alegría. Ilusionados, felices, parecía que en el mundo no hubiera otra pareja de embarazados. Todo controladísimo, ecografías mensuales, pruebas, ácido fólico para cerrar el tubo neural, hierro para evitar la anemia, alimentación sana, nada de alcohol, ni de tabaco… El diagnóstico llegó con el séptimo mes de gestación: el bebé moriría en cuanto naciese. Un defecto genético había hecho de aquel sueño una pesadilla. No había duda en cuanto al dictamen médico.


            Dos meses. Ocho semanas. Sesenta días, el vientre abriéndose en estrías como un melón pasado, el pecho dolorido y produciendo leche para un hijo que sabían muerto de antemano. Los baberos bordados con su nombre, el carro, la cunita, los arrullos, los diminutos pijamas y calcetines… todo les gritaba que su hijo viviría solo mientras estuviera conectado a su madre, nunca reiría, ni usaría todas aquellas cosas, ni podrían tenerlo entre los brazos. Él intentó ser fuerte, no enseñar que su ilusión se había hecho pedazos para que ella no se desmoronase, pero lloraba a escondidas en el coche, cuando iba al trabajo, cuando estaba en el baño y creía que ella no podía verle. Ella no dormía, no comía. Solamente lloraba.


Decidieron no alargarlo más. Dos meses pueden ser casi una eternidad, el cuerpo comprometido, el peso sobre los riñones, las piernas hinchadas, la certeza de llevar dentro el cadáver de su esperanza. Pidieron interrumpir el embarazo para enterrar a su hijo y poder pasar su duelo cuanto antes, para empezar de cero. Y un político y un cura les dijeron que no. Que pretendían ser unos asesinos, que no se lo iban a permitir. Ellos, deshechos, solos, sin entender por qué no tenían derecho a decidir sobre algo tan importante, tuvieron que ir a Francia, pagar el aborto, la hospitalización, la incineración del cuerpo del hijo al que ya amaban. El dolor fue tan grande como el de cualquier otra pareja que pierde un bebé en camino por una malformación genética. Solamente eligieron no alargar dos meses más la agonía.


            Tener un hijo es algo absolutamente trascendental, y muy serio. La alegría de nuestra vida, nuestra herencia, un mundo entero de razones para seguir adelante. Pero, ¿y cuando el bebé en camino es una condena cierta? ¿Qué hacer cuando te dicen que sus malformaciones impedirán que sea autónomo, que hable, que ande, que piense por sí solo? Le das mil vueltas. Haces cuentas: un sueldo normalito, y yo entregando mi vida para sacarlo adelante, para andar por él, hablar por él, adivinar lo que piensa. Alimentarlo, vestirlo y dejarme el alma las 24 horas para que esté tranquilo, no grite, esté limpio y cómodo. Sin profesores de apoyo, sin ayudas a la dependencia, sin centros en donde ingresarlo para poder descansar, para poder hacer la misma vida que las personas normales, tener otros hijos, llevarlos al colegio. Mendigando dinero a la familia para poder pagar sus tratamientos. ¿Puede otra persona decidir por mí? ¿Va esa persona a venir a mi casa a las cuatro de la mañana, cuando ese ser que me vi obligada a parir grite porque se ha despertado y quiere que lo atienda? ¿Va a pagar de su bolsillo la rampa en el portal, el ascensor que habrá que construir en mi edificio para su silla de ruedas especial? ¿Va a comprarle esa silla carísima? ¿Todas las que necesite mientras vaya creciendo ese cuerpo? Y cuando yo muera, ¿se va a hacer cargo esa persona de mi hijo, disminuido psíquico y físico, que precisa que le cubran todas sus necesidades?


            El dilema moral es grande, y doy gracias de no haberme visto en semejante tesitura. Pero conozco algunos casos de parejas que sí han pasado por eso, he visto sus vidas y sus sufrimientos, sus muertes de cada día, sus problemas, su condena. No puedo evitar pensar qué habría hecho yo en su lugar, siendo, que lo soy, partidaria de la vida. Y creo que esa decisión compete, única y exclusivamente, a los padres de esa criatura. Ni los políticos, ni los curas. Ellos, y solo ellos, tienen la última palabra, y nadie en la Tierra debería creerse con derecho a juzgar su decisión.        

sábado, 21 de julio de 2012

ARROCES



            La canción dice: “Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amooooooor”. Yo ya hace años que decidí cambiar un poco la letra de tan conocido pasodoble, y siempre canto “de la luz y del arrooooooooz”. Y es que vivo en el lugar del mundo mundial donde mejores y más sabrosos arroces se cocinan. Bueno, vale, ya sé que el que hace vuestra madre es delicioso, y que vuestra señora esposa tiene para estas lides culinarias una mano izquierda sin parangón, pero admitidlo: como en la comunidad valenciana, en ningún lado.


            No es chovinismo: yo no soy valenciana. Es realidad. Aquí he probado varias docenas de platos con el arroz como ingrediente estrella, a cuál más sabroso. Del senyoret, a banda, empedrado, con costra, con tonterías, con bogavante, arroz con col (sin aceite ni ná, cantan los niños), en verde y con caracoles, “amb féssols i naps”, de cangrejo de albufera, meloso, seco, caldoso, paella valenciana, al horno, arroz con verduras, y si sigo no paro. Una lujuriosa colección de nombres llenos de sabor que hacen agua la boca más exigente. Incluso, las malas lenguas dicen que, cuando a nuestro rey actual le apetece un arroz, lo encargan en un establecimiento del Grao de Castellón y se lo llevan, calentito, en helicóptero a la Zarzuela (voy a morderme la lengua para no decir aquello de “y nosotros se lo pagamos”, que no es cuestión de malmeter).


            A lo largo de los años que llevo en este Levante tan lleno de contradicciones y encantos, he ido inclinando mis gustos porque, pese a que soy “animal de buena boca” y me gusta todo, siempre hay algunas cosas que nos atraen por encima de otras, y esto con los arroces también funciona. Si me dan a elegir, hay dos que voy a donde sea con tal de comerlos. Uno es el “arroz con amigos”. El otro es el “arroz con familia”.


            Para mí, un “arroz con familia” quiere decir mesa grande, varias generaciones alrededor, cucharas de distintas cuberterías adquiridas aquí y allá a lo largo de los años, servilletas de papel y vino con gaseosa. Significa día de fiesta, recuerdos de varias infancias, la propia y las ajenas, protestas ante las salpicaduras de limón, mejillones de lata como aperitivo y muchas risas. Significa ir añadiendo sillas con el paso del tiempo, y también ir con tristeza quitando alguna; enseñar a los nuevos cómo comer del caldero si son forasteros, como lo fui yo un día, e ir adaptando el paladar de los más pequeños al sabor inimitable que le dan las manos de la abuela Patro, o las del tío Pepe, o las de mi madre. “Arroz con familia” significa cumpleaños, fiesta mayor, visita de primos, procesión, calor o día del padre, baile de peonza, pasodoble de verbena y elogios al cocinero o cocinera. Significa reforzar lazos que nunca se romperán.


            “Arroz con amigos” es otra cosa. Es campo o polideportivo, humo de leña en el suelo, insolación, pimientos en salmuera y aceitunas. Significa “no le deis más cerveza al que está guisando, o acabaremos comiendo en el McDonald’s”, chistes, remojones por sorpresa, mesas plegables y vasos de plástico que se caen por culpa del viento. Es pelea por alcanzar el caldero, niños jugando, secuestro de pelota para que no acabe cayendo a freírse con la carne, agua en garrafas y carreras porque olvidamos el azafrán y cierran el supermercado. Significa manos colaborando, proyectos, ideas puestas en común, sombreros de paja y sorteo de cucharas de palo, germen de futuros negocios que nunca se concretan, cotilleos y hermandad. Significa comerse el arroz a las cuatro de la tarde, y que aunque el jurado diga que el grano no está suelto y se ha agarrado al fondo, a todos nos sepa a gloria bendita. “Arroz con amigos” quiere decir “disfruta de lo que tienes y de lo que eres compartiéndolo con todos estos elementos, que no son nada tuyo, pero que hay que ver cuánto les quieres”.


            Hoy ha tocado con amigos. Para la próxima os aviso, lo prometo.

viernes, 20 de julio de 2012

MIENTRAS HAYA ALIENTO



            Esta es nuestra guerra. Esta es nuestra oposición, nuestra protesta. Que no es nada silenciosa, por cierto; más bien es tan ruidosa como dan nuestras manos y pulmones. No hemos querido poner en riesgo nuestra integridad física a manos de los antidisturbios, que se han convertido en algo así como los “malotes panolis” de esta película, porque están recortándoles derechos como a los demás, pero siguen zurrando a los que tratan de parar la sangría (me recuerdan un poco a las mulas aquellas que movían las norias, y para que fueran más deprisa en su trabajo, en lugar de recibir más pienso les daban más palos. Lo siento. Haber elegido ser torneros fresadores). Nuestra protesta ha sido, y será, la de las ganas de vivir, las ganas de reír, de que nuestros niños crezcan felices sin que revolotee sobre ellos la negra sombra de la prima de riesgo, los mercados y la madre que los parió.


            Suben el IVA del material escolar, nos recortan el sueldo, nos quitan una paga, desmotivan a nuestros maestros y nos retiran la ayuda para libros. Pues vale. Para la vuelta al cole, pasaremos unos meses comiendo pollo y lentejas, y nos olvidaremos de la ternera. Iremos de restaurante solamente cuando nos inviten a alguna boda, como antaño. Presionaremos para que nuestros hijos puedan heredar los libros de texto y las ladinas editoriales no cambien los formatos cada año para obligarnos a comprar libros nuevos. ¿Qué tendrán que reducir personal y echar trabajadores a la calle? Pues lo sentimos en el alma, pero nosotros también estamos en paro, bienvenidos al club. ¿Qué la ropa es más cara? Imaginación, herencia entre hijos de familiares y amigos, y arreglitos en casa (bajos, volantes, algún remiendo… nunca una aguja de coser se comió a nadie, que yo sepa). Pero seguiremos protestando a nuestra manera.


            El sábado pasado salimos de manifestación. Sin vallas, sin mulas de noria con su casco y su porra, sin pelotas de goma que en vez de juego producen hematomas. Sin proclamas anti-nada. Salimos a decir: no nos quitaréis la alegría, ni las ganas de ser felices y hacer que los demás lo sean, las ganas de hacer fiesta, de pasarlo bien. No nos quitaréis el hambre de cultura, porque cuando hayáis acabado con el último maestro de la educación pública, nos enseñaremos unos a otros; cuando hayáis despedido al último profesor de música de los conservatorios públicos, nos enseñaremos unos a otros. Cuando no tengamos dinero para disfraces (que ya no lo tenemos), cortaremos a trozos un rollo de papel adhesivo negro (19’50 €), como hicimos el otro día; nos vestiremos de blanco como las damas cubanas, y con ese magro presupuesto y un par de corchos quemados para tiznar ojos y narices, compondremos una comparsa de 101 perretes musicales, mayores y pequeños. Y saldremos a la calle, para regalar alegría y cultura, fiesta y despreocupación.


            Quiero que sepáis que, cuanto más difícil os empeñéis en ponérnoslo, más recursos encontraremos para salir adelante. Esta es nuestra forma de oponernos y de protestar. 101 perretes bulliciosos, con un mensaje claro: mientras haya aliento, soplaremos. Y soplaremos, y soplaremos, como el lobo de los tres cerditos, y algo derribaremos. No lo dudéis.

jueves, 19 de julio de 2012

HE VUELTO A ENAMORARME



            Sí, así es. Ha ocurrido. A una edad a la que ya no lo esperaba, de repente ha surgido la magia, y me he rendido. Ya sé lo que me vais a decir: estás casada, qué dirá tu marido, tus hijas… pero no lo he podido evitar. Y como soy transparente, y por tanto incapaz de disimular mis estados de ánimo, lo tengo que contar, porque la expresión pazguata del enamoramiento reciente no se me borra de la cara por más que me esfuerzo.


            Ha sido esta mañana. Reconozco que ya llevábamos bastante tiempo de acercamiento: que si sí, que si no, que parece, que no creo, que a lo mejor, que ni de casualidad… Un tira y afloja que no daba resultado alguno. Al principio ni siquiera me caía bien, nuestros primeros encuentros fueron casi de todo menos bonitos. Él era frío conmigo, y yo no sabía por dónde entrarle, me hizo sentir torpe e ignorante. Pero no nos quedaba más remedio que continuar viéndonos, así que ambos procuramos suavizar nuestra mutua hostilidad.


            Cuando ya iba quedando patente que jamás íbamos a llegar a nada juntos, llegó Jacqueline, la casamentera más insistente que conozco, y nos fue liando sin que casi nos diéramos ni cuenta. Comenzamos a gustarnos y a acercarnos, así, como quien no quiere la cosa, pero cada día le iba encontrando más atractivos. Ya no hacía que me sintiera mal, incluso jugamos juntos algunas veces, nos reíamos, quedábamos con más gente, y noté que yo ya solo tenía ojos para él. Pero no lo quise reconocer en público. No hasta hoy.


            Esta mañana, sobre las once, nos hemos visto. Estaba especialmente guapo, aunque yo no me quedaba corta. Me arreglé para él. Estaba nerviosa, me sudaban las manos y la frente. Él, aparentemente, estaba tranquilo. Al menos hasta que lo tomé entre mis brazos. No sé si fue el calor, o el verano, que propicia estas cosas. Tampoco sé si su voz temblaba, o era la mía, o quizá las dos juntas. Yo tenía los labios secos y el pecho agitado. Nos miraban, y eso nos cohibía un poco a los dos, pero lo que iba a ocurrir era inevitable, y pronto dejamos de percibir a las personas que estaban alrededor. Le acaricié, y respondió a mis caricias. Yo hinché mi pecho y nuestras bocas se fundieron, haciendo de los dos uno solo. Y bailamos largo rato, así abrazados, sin separarnos, el mismo aire circulando por ambos cuerpos, de mis labios a su interior, y de nuevo a mis pulmones después de ser liberado por él.


            No sé cuántas piezas fueron, cuántos pasodobles, cuántas marchas de procesión. No sé cuánto duró ese baile íntimo entre los dos, pero cuando me separé de él estaba temblando. Me sentía como una chiquilla cuando le dan el primer beso.


            Por cierto, no os lo he dicho, pero se llama Carlos. Carlos Gardel. Es un saxofón alto Yanagisawa un poco más joven que yo, prestado por un amigo. Esta mañana ha hecho que deje de ser educando para convertirme en músico, y yo me he rendido a sus encantos. Le puse ese nombre porque su voz es tan mágica como la del mago del tango, pero hoy me he dado cuenta de que su voz es así por mí, y solo por mí. Es nuestro sonido.


            Hoy he vuelto a enamorarme. Y creo que para siempre. Menos mal que ninguno de mis chicos es celoso, porque si no…

martes, 17 de julio de 2012

ADIÓS, PAPÁ



            Sucedió durante el entierro de Juan. No había muerto demasiado mayor, solamente sesenta y seis años. Trabajaba como asesor de moda, oficio mediante el cual había sido bastante conocido en los círculos pudientes de la ciudad. Su padre, un hombre educado a la antigua usanza, le echó de casa siendo poco más que un crío, al saber de sus tendencias homosexuales. No le volvió a llamar.


            Ni sus hermanos le apoyaron ni le buscaron, ni los sobrinos que fueron naciendo tuvieron nunca contacto con él. Una mala influencia, invertido, maricón. Ni hablar de acercarse. Juan, tuviera pareja o no la tuviera, era un elemento que convenía alejar de la vida de los pequeños. Contaminante, peligroso. Esas cosas se pegan, y si me sale un hijo marica, lo mato. Y si se entera la prensa, nuestra reputación por los suelos. Por eso siempre ocultó a cuantos le conocieron que su familia era rica, que tenían grandes fábricas, que incluso estaban metidos en política. No quería ser un obstáculo, ni avergonzarles. Solamente quería vivir su vida de acuerdo a lo que era: un hombre con sentimientos.


            Su sensibilidad y su gusto por la moda, unido a su natural simpatía y su talento, le hicieron pronto un hueco en la profesión que había elegido. Culto, educado y con gusto… todas las mujeres de la alta sociedad lo querían a su lado, y él, servicial y atento, tenía la agenda a rebosar. Acumuló dinero, regalos… pero de su vida personal nada se sabía. Sus clientas, algunas bastante cotillas, siempre trataron de saber, pero él nunca dijo nada. Sonreía, daba un giro a la conversación y salía airoso sin soltar prenda. Con quién salía o entraba, con quién dormía, a quién amaba o qué hacía cuando no trabajaba eran incógnitas que no estaba dispuesto a revelarle a nadie.


            Juan murió de la manera más estúpida. Estaba solo, como siempre, en su piso de soltero del centro de Madrid. Un desafortunado resbalón en la ducha, un mal golpe… y todo acabó. A su entierro acudió la prensa del corazón en bloque, no por él, sino por la masiva asistencia de famosas, toda aquella colección de compradoras de elegancia sin gusto ni criterio de las que vivía, llorosas y compungidas. Ni un familiar, ni un amigo íntimo. Y de pronto, ocurrió.


            Ya estaban en el tanatorio a punto de colocar el féretro en la incineradora, según él mismo había dejado escrito. A la puerta paró un autobús, y de él bajaron cerca de cincuenta niños y niñas, de distintas edades. Cada uno llevaba un clavel blanco en la mano. Uno por uno, desfilaron junto al ataúd de Juan, dejando la flor sobre la tapa después de besarla, y despidiéndole con un “adiós, papá”. El revuelo fue tremendo. ¿Cómo podía ser Juan el padre de todos esos mocosos? ¡Si era homosexual!


            Dentro del autobús, sin fuerzas para bajar a despedir a su pareja de toda la vida, Samuel, el director del refugio para niños sin hogar de donde venían todos aquellos chavales, lloraba, hecho un ovillo, en el asiento del conductor. Eso es lo que hacía Juan cuando no trabajaba: cuidar, alimentar, ayudar a educar, dar cariño de padre a niños que no eran sus hijos, pero que no tenían a nadie que les diera eso. Eso tan importante que a él le habían negado por ser lo que era. Para todos ellos, y para muchos que ya se habían convertido en adultos, Juan y Samuel fueron los padres, la referencia, los que les enseñaron a valorarse, a luchar, a salir adelante y a sentirse apoyados y queridos.


            La mirada de los niños es limpia. Somos los mayores quienes la contaminamos. En nuestra mano está enseñarles a no etiquetar, a no prejuzgar, y a respetar a los demás por lo que son: personas. Sin más.

lunes, 16 de julio de 2012

SIESTAS VERANIEGAS



            Treinta y siete grados en la calle. Festivo local: la Virgen del Carmen, patrona del pueblo. No se trabaja, así que la mañana es ideal para hacer en la ciudad, donde es día laborable, todas esas cosas que un trabajador nunca tiene tiempo de hacer: arreglar papeles en el banco, en el seguro, renovar el carnet de identidad… Con el ojo aún pegado se levantó Agustín; llevaba ya dos días acostándose tarde por las verbenas del fin de semana, pero la lista de gestiones que tenía pendientes era bastante larga, así que madrugó, se vistió y cogió el coche.


            A eso de las tres de la tarde, sin comer y con un calor de infierno, terminó con todo lo que se había propuesto solucionar y volvió a casa. A las nueve de la noche tenía que salir tocando en la procesión, así que le daba tiempo a dormir la siesta. ¡Una siesta! ¡Qué lujo! Llevaba sin hacerlo desde las últimas vacaciones. Terminó de comer, quitó la mesa, fregó los platos y se desnudó. Iba a disfrutar de la siesta más larga del año, se sentía cansado, tenía calor y la cama le llamaba con su voz dulce de sábanas frescas: “ven, ven…” Abrió la ventana, entornó la persiana para mitigar la luz, y se acostó.


            Ya había alcanzado la beatitud del Nirvana cuando le sonó el móvil. Se levantó sobresaltado, no sabía ni en qué día estaba. Era un cliente despistado, que no sabía que era festivo local. Lo atendió igualmente, y quedó con él para el día siguiente. Malhumorado, se volvió a acostar. No corría ni una gota de aire, y sudaba como si se fuera a derretir entero. Consiguió conciliar el sueño de nuevo.


            Una mosca gorda se coló por la ventana. El perro, que dormía tranquilo junto a Agustín, saltó por encima de él tratando de cazar al intruso. Le arañó accidentalmente, lo que le hizo despertar con una protesta dolorida. “¡Pulgoso! ¡Deja la maldita mosca!” Pero el animal y su instinto cazador no le hicieron el menor caso. Un cuarto de hora. Se le puso dolor de cabeza, bebió un vaso de agua fría y se mojó la cara. Volvió a la cama, le quedaban dos horas para dormir. Consiguió coger de nuevo el hilo del sueño.


            Una hermosa sirena nadaba en la playa junto a él, aproximándose hasta rodearlo con sus brazos. No había tenido un sueño tan agradable en meses. Y de pronto, una voz le despertó. “¡Aaaaaaaaaaayyyyyyy, Señora nuestra del Carmen, aaaaaaaay, aaaaaaay, aaaaaaay…!” Se despertó asustado, y durante unos instantes no supo qué pasaba. Se quedó sentado en la cama, escuchando. “¡Aaaaaaaaaaaay, ampara a tus hijos buenos, aaaaaaay, Señora nuestra del Carmen, y a todos los pescadores y a todos los marineeee-eeeee-eeeeeee-eeeeeeeroooooooos!” Un vecino de su misma calle ensayaba una especie de engendro de saeta para cantar al paso de la Virgen por la tarde, durante la procesión. Media hora duró el ensayo. Agustín salió a la ventana buscando el punto de origen del “cantaor”, a ver si estaba a tiro de su cubo de agua, pero no pudo localizarlo. Al fin, harto de dar vueltas en la cama escuchando los berridos, se asomó al balcón y gritó: “¡que alguien remate a ese animal! ¿No véis que está sufriendo?” El aflamencado se dio por aludido y calló.


            Agustín volvió a acostarse. Trató en vano de volver a dormirse, de que la sirena volviese a nadar a su lado rodeándole con sus brazos frescos y acuáticos, pero ya no pudo ser. Miró la hora, se levantó y se duchó, con un dolor de cabeza espantoso y ninguna gana de vestirse de traje para salir a tocar. “Es la última vez que intento dormir la siesta”, se prometió a sí mismo.


            Acabo de verle, trompeta en mano, con cara de pocos amigos y un humor de perros. No quisiera ser el vecino que cante la saeta esta tarde; tal vez a Agus se le cruce un cable y lo eche a nadar a la fuente de la plaza.

sábado, 14 de julio de 2012

NO PODRÁN



         Hoy me he dado cuenta de un detalle: la situación actual nos está haciendo un daño con el que no contábamos, y que no tiene nada que ver con ese agujero que están practicando a nuestros bolsillos, que de por sí ya es tremendamente grave, sino con algo más íntimo, mucho más personal. Hasta hoy, después de semanas, meses en los que hemos saltado de la estupefacción más absoluta a la rabia más enconada, pasando por la indefensión, el cabreo, la tristeza y todo un rosario de estados de ánimo poco agradables, no he reparado en que han estado robándonos algo más que el dinero.


            Lo que están haciendo con nosotros, manipulando la información que recibimos a través de los medios, poniendo la educación solo al alcance de los que más tienen, agrediendo a nuestros estudiantes, abandonando al sector de la minería, desprotegiendo a los ancianos y minusválidos, disparando los impuestos, nos indigna, nos cabrea, nos pone al rojo, pero aún nos enciende más el hecho de no ver que se persiga a los que roban de verdad. Vemos a una ejecutiva de banco hundir su entidad (empujada, no lo dudo, por los políticos de turno) y dejar su trabajo pidiendo una multimillonaria indemnización (“mi antecesor en el cargo ya cobraba eso”, dice sin siquiera ruborizarse, la muy…) Vemos a los ejecutivos de Bankia dimitir después de machacar los ahorros de muchas vidas de trabajo honrado, después de estafar descaradamente a los pequeños ahorradores con las famosas preferentes y las acciones de la entidad, que valen menos que la palabra del 90 % de los políticos. Los vemos irse así, sin más, con sus pensiones escandalosas, el riñón bien cubierto… y no vemos a la justicia hacer nada contra ellos. Vemos a una “representante del pueblo” en pleno congreso jalear el brutal tajo a los parados con un “así, muy bien, muy bien, que se jodan”, sin ser inmediatamente destituida de un puesto en el que cobra una barbaridad de dinero por no hacer prácticamente nada. Hagan eso ustedes en su puesto de trabajo, y verán qué rápido acaban en la cola del INEM. Pillen ustedes a cualquier contable de cualquier empresa trapicheando de esa manera y llevándoselo calentito, y verán qué pronto está entre rejas. Roben ustedes cualquier cosa de más de 250 € en donde sea, y verán dónde acaban. En este país, por lo visto, lo que hay que hacer es robar mucho, pero mucho, y besar unas cuantas aristocráticas bocas para irse de rositas sin tener que dar explicaciones en ningún tribunal. Cuando una nación entera quiere, necesita, clama por ver cabezas rodando, es solamente por una razón: porque nos han robado lo mejor que teníamos. A golpe de abuso y desvergüenza se han llevado nuestro humor.


            Piensen un poco: ¿cuándo fue la última vez que abrazaron a un amigo? (quitando las celebraciones futboleras, que son otra manera más de engañarnos y mantenernos anestesiados) ¿Cuántas veces han hecho el amor con su pareja en los últimos tiempos? ¿En qué comida o cena no han salido a la mesa la crisis, el paro, las dificultades, los recortes? ¿Cuándo fue la última vez que se sintieron despreocupados y felices? ¿Cuánto hace que no se juntan con los amigos para cantar y bailar por el puro placer de cantar y bailar? ¿Qué noche, al irse a dormir, no se sienten tan psicológicamente agotados que solo desean cerrar los ojos, y ni siquiera se esfuerzan en hablar con quien duerme a su lado? ¿En cuántas de las últimas reuniones familiares a las que han asistido han terminado discutiendo con alguien querido por el mismo tema? ¿Cuántas noches, en los últimos meses, han tenido pesadillas? Echen cuentas, recuerden. Obsérvense. Ya no parecemos españoles. Ya no sé ni lo que parecemos. Nos están quitando la alegría.


            Vienen tiempos en que, si no nos ayudamos unos a otros, estamos vendidos. Yo he tendido mi mano a mis amigos para cualquier cosa que pueda hacer que les ahorre unos euros: coger el bajo a unos vaqueros (de 6 a 12€ en cualquier establecimiento de arreglos), traer encargos del pueblo de al lado si tengo que ir (coches que no se mueven, gasolina que no se gastan), y cosillas así. Los demás han respondido de igual manera, y esta cadena de ayuda mutua nos evita gastos a todos. Ya sé que no es bastante, pero es una semilla de lo que ha de venir, que no es otra cosa que retroceder y empezar casi de cero, mirar alrededor y vivir en comunidad, no en solitario, como hemos hecho las últimas décadas.


            No tengo la receta económica milagrosa que alivie este desastre, pero sí la otra, la que haga que además de pobres no nos hagan unos desgraciados infelices. ¡Cantores! Canten, aunque no tengan ganas. Júntense con sus amigos, canten y diviértanse. ¡Músicos! Toquen, aunque no les apetezca. Queden con otros músicos, improvisen, inventen, toquen y diviértanse. ¡Bailarines! Pongan un CD en la plaza, bailen y dejen que se les unan los que pasen por allí, anímenles, enséñenles unos pasos, y diviértanse. ¡Amigos! Busquen a los suyos, abrácense, recuerden anécdotas y rían, sin hablar de política, sin mencionar que están en paro. Aún respiran, aún están vivos, aún pueden tener un rato alegre apoyados en los que aman. ¡Parejas! De hecho, de derecho, civiles, canónicas, heteros, homos, lo que sean… ¡bésense! ¡Hagan el amor cuanto puedan! Todo esto aún es limpio, aún no tributa. Aún puede salvarnos. Demos ese paso, hagamos ese esfuerzo cada día, y todo mejorará. Ya lo verán.


            Aquí les dejo un enlace; déjense invadir por esta melodía, es un buen regalo para un sábado como este. Limpien su pensamiento de tanta basura emocional que nos proporcionan nuestros queridos gobernantes y jefes, salgan a la calle y festejen, aunque sea con agua de una fuente pública, que seguimos aquí y que saldremos de esto sin perder la alegría.


viernes, 13 de julio de 2012

LO PROMETO



            Cuando lo vi tuve que esconder mi mirada escéptica para no herir a mi madre. Me conoce bien, como si me hubiera parido (es un chiste, de verdad fue ella la que me parió), y no me informó de sus gestiones hasta que ya estaba consumado el hecho. Si me hubiera comentado su intención, posiblemente no la habría animado, así que lo hizo y punto. Al fin y al cabo, ya es mayorcita, puede hacer lo que le dé la gana, es un privilegio que solo la sensatez y los años pueden darte, y ella tiene las dos cosas.


            Traía el sobre camuflado dentro de una revista; era marrón, vulgar. No iba dirigido a ella, sino a otra mujer de un pueblo de la sierra. Hizo doscientos kilómetros para recogerlo y traerlo. Semanas atrás, a uno de nuestros familiares directos le fue diagnosticada una grave y agresiva enfermedad. No había mucho tiempo. “Es un trozo del hábito de una monja. Hizo muchos milagros, curó muchos enfermos. Mira, vivía en no-sé-dónde, esta es su lista de prodigios, canonizada por tal Papa en tal año… “ Me hizo una explicación detallada de la vida y milagros (nunca mejor dicho) de la religiosa en cuestión. Yo miré el minúsculo (pero que muy minúsculo) trocito de tela blanca, ensobrado en plástico, como un escapulario. Ella siguió contando: “la reliquia se coloca pegada a la piel en la zona donde se tiene el mal, y se reza todos los días esta oración que trae la estampita durante el tiempo que dure la enfermedad, hasta que se cure”. Yo la miré. “Mamá, ¿de dónde has sacado esto?” Una señora del pueblo a la que le vendió lotería de la iglesia le contó lo de la monja sanadora. Yo la dejaba hablar, y por dentro pensaba: “pobre mamá, tan religiosa y tan creyente. O tan crédula. Necesita aferrarse a alguna esperanza para no perder a alguien tan querido. Lo que él tiene se lo va a llevar por delante sin remedio, esta es su única manera de sentir que hace algo por él, aunque solo sea rezar”. Pidió a aquella mujer que escribiera al punto de origen de la santa, a fin de que le enviaran la codiciada reliquia, la novena, el responso y toda la parafernalia. Cuando recibió el sobre, llamó a mi madre para que fuera a buscarlo; lo hizo de tapadillo, para que mi padre no se enterase. “Hija, yo no puedo ir a llevárselo. Vete tú a verle y dáselo, por favor. Puede que le ayude”. Puede que le ayude. Pensé en él, más escéptico que yo (pero muuuucho más), recreé su tono burlón cuando hablaba de estos temas, pero… ¿quién le puede decir que no a una madre cuando te mira con ojos de madre? No sé vosotros, pero yo no.


Mil kilómetros para arriba, con el sobre en el bolso. Me sirvió para verle y abrazarle, le quiero mucho desde siempre, y francamente, viendo su estado, pensé que ese abrazo iba a ser el último. Él también lo pensó. Le di el encargo a su mujer, le expliqué el procedimiento. “Dile que lo haré. Todo. Y que gracias”. Mil kilómetros de vuelta con la tristeza instalada en el coche como quinto pasajero.


Reconozco que me olvidé de la monja, de su trozo de hábito y de todo aquello hasta ayer. Las pruebas han dado un resultado de mejoría tan espectacular, tan increíble, que ni los médicos mismos se explican cómo hace tres meses se moría a chorros, cómo él mismo tiró la toalla vencido por el dolor, y de qué forma el bicho ha retrocedido en su organismo. Mi madre me llamó ayer, con un hilo de voz, para decírmelo, y yo… Yo me tuve que sentar en el suelo porque esperaba la noticia contraria, esperaba que me dijera “ya no está, se nos ha ido”, y al oírla me temblaron las piernas.


Tengo una gran fe en la medicina moderna, en la ciencia y la investigación, y sé que han sido ellas las responsables de esto. Pero no puedo dejar de pensar que quizá… bueno, que… Eso. Que prometo no burlarme nunca más de estas cosas, y cuando mi madre venga con alguna reliquia, estampa o lo que sea para ayudar, la aceptaré tan de buen grado como el resto de las medicinas.


No recuerdo el nombre de la monja milagrosa cuyo trozo de hábito transporté en abril, así que tendré que adjudicarle uno para lo que voy a decir: por ayudarle a él con su mal y a mí con mi ácido escepticismo, Sor Desconocida, muchas gracias.

miércoles, 11 de julio de 2012

EL CASADO, CASA QUIERE



            Ayer, el blog de Helen Style me lanzó un reto: “busca una frase que signifique o haya significado algo para ti, ilústrala con alguna foto, o con una historia, pensamiento, o lo que tú quieras, y publica la entrada en tu blog”. Pues me pongo a ello con todo el gusto del mundo. Ahí va.


            “El casado, casa quiere”. Es un refrán muy viejo, pero que en días como hoy cobra un especial brillo, similar al de las gemas valiosas, deseadas por todos pero inalcanzables para la mayoría. Cuando yo era mozalbeta, conocí al dueño de unos ojos azules irresistibles y me enamoré. Hubiéramos querido irnos a vivir juntos, pero dada nuestra juventud y la manera de pensar de nuestras respectivas familias (¿sin casaros antes? ¡Ni hablar!), sumado a que tanto él como yo no hemos sido hijos desafiantes, sino más bien de acatar la autoridad paterna, decidimos casarnos. Cuanto antes. Casi con lo puesto.


            Me negué a irme a vivir con sus padres ni con los míos. “El casado, casa quiere”, dije. Y a pesar de que no teníamos un clavel, buscamos piso. Me recuerdo a mí misma llorando ante el escaparate de una inmobiliaria, calculadora en mano, porque nadie nos daba una hipoteca para comprar vivienda con el sueldo de mi proyecto de marido, y yo no tenía trabajo. Un millón (de pesetas) habíamos conseguido ahorrar para la entrada, pero eso se iba solamente en los gastos de la compra. Tener eso y no tener nada, era lo mismo. Pero el alquiler no era una opción (es tirar el dinero, es tirar el dinero, es tirar el dinero, nos repetían).


Comencé entonces, para distraer el pensamiento (y no gastar en salir por ahí) un cuadro de punto de cruz. Pensé que, cuando consiguiera tener mi casa, lo colgaría en la entrada. No sabía cómo sería la puerta de mi ansiado hogar, si habría sitio para plantas o no, si sería lisa o a cuadros, clara u oscura, pero yo necesitaba esa puerta tras la que comenzar mi vida de pareja. Hasta que la tuviera, me tendría que conformar con soñarla… y bordarla.



Al fin, encontramos un piso baratito, mis suegros nos avalaron con su propia casa y un banco nos dio el anhelado préstamo (a un módico 17% de interés, rayando la usura). Eso fue en abril. En octubre nos casamos, con los muebles más baratos que pudimos encontrar y muchísima ilusión. Cinco años después nos tuvimos que trasladar por trabajo; vendimos aquella bombonera en la que tan felices habíamos sido, y comprobamos que, después de cinco años pagando, debíamos prácticamente la totalidad del capital y una buena parte de los intereses, además de un 1% de multa por cancelar la hipoteca. Rozando la tomadura de pelo.


Volvimos a morder el anzuelo del banco, y volvimos a comprar (alquilar es tirar el dinero, tirar el dinero, tirar el dinero…) El interés es menor, por suerte, pero once años después, cuando miro el cuadro de amortización, compruebo que sigo debiendo casi todo el capital, y que llevo 17 años casada, durante los cuales no he dejado de pagar piso religiosamente, alimentando a un banco en el que todo el mundo cobra mucho más que yo (de hecho ahora ya no cobro ni el paro, que se me acabó hace meses), y no tengo nada mío. Nada de nada. Bueno, sí, una deuda con la entidad usurera, digo financiera.


Hoy he visto que nuestro ínclito presidente del gobierno elimina la deducción fiscal por compra de primera vivienda, así que no sé cómo harán las parejas de polluelos ahora para comprar nido. Posiblemente, llorar ante el escaparate de una inmobiliaria, calculadora en mano, y terminar yéndose de alquiler. No queda otra. Si yo hubiera hecho lo mismo, durante todo este tiempo habría dado de comer a una familia honrada, en lugar de enriquecer al hatajo de sinvergüenzas que rigen el sistema bancario hoy en día. Así que sí, “el casado, casa quiere”, pero de alquiler.


Lanzo el guante de este reto a cuatro blogs:


Heroísmo agonizante 101 (ahí te va, Roy)


Las minimís (Irene, suelta la aguja y tecléanos algo, porfaplís)


Al rincón de pensar (Señorita Pensamiento, ya tiene usted tarea para hoy)


Algo más que lecturas (eso, dadme algo más, chicas)


Ahí os dejo el desafío; proponedlo vosotros también a vuestros blogs favoritos. Espero ver vuestras historias. Yo ya he cumplido mi parte.