viernes, 31 de agosto de 2012

LA PALMERA DE DON JULIO


            Don Julio odiaba las motos. Siempre decía que no eran más que máquinas de ruido infernal pensadas para fabricar inválidos y muertos. Nunca montó en ninguna, ni accedió a comprarles moto a sus hijos. Sin embargo, las motocicletas, de un modo indirecto, terminaron con el recuerdo más visible que dejó en el pueblo: la palmera de su casa.

            Estaba muy orgulloso de su palmera, un ejemplar bien cuidado, alto y esbelto, que había a pocos metros de la puerta, en su minúsculo jardín. En ella se posaban las tórtolas por la tarde, y no le dolía el dinero que se gastaba al año en pagar al especialista que la podaba. Le hacía quitar también los racimos de dátiles, para que el peso excesivo no se aliase con algún viento malintencionado y tronchase el delgado tronco. Su cogollo, verde intenso y frondoso, se veía desde todos los lados del pueblo, destacando sobre las casitas bajas. Era una referencia visual tan válida y patente como el campanario de la iglesia.

            Cuando las autoridades anunciaron a bombo y platillo la construcción de un circuito para motocicletas a pocos kilómetros, Don Julio refunfuñó durante días. Imaginó lo que aquello supondría: todo se llenaría de ruidosos cacharros, moteros tatuados y barbudos, y seguramente cada año habría víctimas de las dos ruedas que lamentar. “Esto no traerá nada bueno”, decía. Ya por entonces era un anciano, y no llegó a ver la inauguración del circuito, una neumonía se lo llevó antes. Ley de vida.

            Sucedió que las obras de construcción de aquel recinto para carreras de motos se fueron retrasando, y parecía que no llegarían a tiempo de terminarlo. La primera carrera del mundial que se habría de celebrar allí no podía ser suspendida, era preciso acabarlo todo para esa fecha, así que los responsables aceleraron algunas cosas que nunca debieron acelerar. Y una de ellas fue la colocación de las palmeras que habían de embellecer los principales accesos al circuito. Las mandaron traer del trópico, se saltaron a la torera la cuarentena obligatoria, las plantaron la semana anterior a la carrera y fueron, con sus mejores galas, a hacerse la foto.

            Un conocido mío, cultivador de ese tipo de árboles, me dijo una vez: “cuando veas una palmera sobre la que parezca que se ha sentado un elefante, a esa la mató el picudo, no hay duda”. El picudo rojo, un escarabajo grande y de largo morro, venía en estado larvario en aquellos árboles que se plantaron sin respetar la cuarentena, una norma establecida, principalmente, para prevenir problemas como ese. Esos macro-bichos, que son además resistentes y duros como la madera y saben volar, se extendieron pronto por toda la provincia, poniendo sus huevos en los cogollos de cuantas palmeras encontraron. Las larvas, gordas como dedos pulgares, voraces y repulsivas, se alimentan de la madera sin dar señales exteriores del mal.

Cuando las hojas se empiezan a secar ya todo el tronco está minado y podrido, y no queda más remedio que cortar el árbol y prenderle fuego para evitar que la infección se siga extendiendo. Y así, como ya habréis supuesto, terminó la palmera de Don Julio, igual que otros muchos cientos de ellas en muchos kilómetros a la redonda: talada y pasto de las llamas. El anciano llevaba razón cuando decía que lo de las motos iba a traer problemas, aunque no del modo que él imaginaba.

Las prisas no son buenas para nada, pueden llegar a ocasionar desastres que ni siquiera imaginábamos que se pudiesen producir. De momento, en el pueblo, lo único que se ve ahora destacar por encima de los tejados es el campanario de la iglesia. Tardaremos muchos años en tener otra palmera que lo mire de tú a tú. Menos mal que Don Julio ya no está aquí para verlo.

lunes, 27 de agosto de 2012

EL PARARRAYOS


El pararrayos estaba harto. No veía sentido a su vida, se juzgaba inútil ahí arriba, siempre solo y aburrido, sin moverse ni hacer nada. Habría querido ser veleta, como esas en forma de gallo o de bruja en su escoba, que marcan la dirección del viento. Pero no era más que un palo metálico con tres puntas en el extremo y un cable enganchado a su trasero. Lo habían instalado para proteger la antena de telefonía móvil de un pueblo de montaña, y allí, en la cima de aquel monte al que no subían ni las cabras, a lo largo de más de un año de dura sequía no había hecho nada. Absolutamente nada.

            La antena y el pararrayos apenas hablaban; ella estaba muy entretenida siempre escuchando y transmitiendo las conversaciones telefónicas de los vecinos del pueblo, y él no tenía a nadie a quién contarle lo que le ocurría. Se sentía simplón, vacío y poco importante. Estaba cansado: cansado de estar callado, de ver siempre el mismo horizonte, de no poder soltarse de sus anclajes para mandarlo todo a paseo y emigrar. De estar condenado a la intemperie, al hielo en invierno y al calor en verano, a no conocer el abrigo de un hogar.

            Un día, aburrido de su suerte, aprovechó la visita del técnico de la antena para, a hurtadillas, usar sus herramientas y aflojarse los tornillos de sujeción. En cuanto anocheció, se soltó de sus anclajes, arrancó de un violento tirón el cable que le unía a la tierra, y se marchó.

            Durante varias semanas se asomó a las casas del pueblo. Hablaba con los pasamanos de forja, con las rejas de las ventanas, las antenas de televisión de los tejados y las cancelas de hierro, los únicos elementos domésticos con los que se podía entender, ya que estaban hechos de la misma o parecida materia que él. Las rejas le dijeron que, si ellas no estuvieran en su lugar, los hombres no dormirían tranquilos, vivirían con miedo de ser asaltados en sus propias casas. Estaban contentas, orgullosas de su cometido. “Somos aquello que deciden para nosotros cuando nos fabrican. Nuestras vidas no están vacías, ni son inútiles. Servimos al hombre que sacó el hierro de la tierra, donde no éramos nada, y le dio forma. Sin él no estaríamos aquí”. Las cancelas le dijeron algo similar: “¿Qué sería de la gente si no estuviéramos nosotras para guardar sus portales?” “¿Cómo verían la televisión?”, preguntaron las antenas. “Se caerían por las escaleras si no pudieran apoyarse en nosotros al subir y bajar”, le contaron los pasamanos. “Algo importante tendrás tú que hacer, si no, no se habrían molestado en fabricarte y colocarte en donde quiera que estuvieses”. Pero el pararrayos no se resignaba a su suerte, habría preferido ser cualquier otra cosa antes que lo que era.

            Aquella tarde de finales de agosto, de pronto, se desencadenó una tormenta. El primer rayo cogió a la antena desarmada por la ausencia de quien debía protegerla, y la chamuscó sin piedad. Ella cayó, y con ella la comunicación del pueblo con el resto del mundo. El segundo rayo, a falta del elemento que debía atraerlo y conducirlo a donde no pudiese herir a nadie, partió en dos el pino más alto del monte, iniciando un incendio forestal que dejó la zona devastada porque no se pudo apagar en varios días. Un tercer rayo se dirigió, furioso, al campanario de la iglesia. Pero éste tenía su propio pararrayos, que al grito de “no tocarás mi torre aunque yo me funda por defenderla” absorbió la descarga y la disolvió en la tierra, donde ya no podía herir a nadie.

            En unos días instalaron en el monte una antena nueva, y con ella un nuevo pararrayos. Nuestro descontento amigo había entendido el mal que su fuga había ocasionado a los demás, pero ya era tarde, porque en su puesto vigilaba otro guardián, orgulloso de su cometido.

            Saltó dentro del camión del chatarrero en cuanto supo que andaba por el pueblo. Tal vez le fundieran con otros metales, y lo convirtieran en otra cosa. Pero, fuera lo que fuera su cuerpo en el futuro, desempeñaría su trabajo con orgullo, porque había aprendido que todos, aunque no nos lo parezca, tenemos una función importante. Todo tiene una razón de ser, tal vez no sepamos verla o nadie nos la haya explicado, pero así es, y debemos descubrirla y aprender a valorarla antes de que sea tarde. No a todos se les da, como al pararrayos, una segunda oportunidad.

domingo, 26 de agosto de 2012

MI NUEVO HUERTO


            Durante este mes de agosto, los fines de semana me entrego al cuidado de un nuevo huerto. Es un lugar especial, y en él el mundo de fuera nunca consigue entrar. La televisión ladra sus malas noticias durante gran parte del día, pero para las hortalizas que viven aquí todas esas imágenes y palabras no significan nada. Nada en absoluto.

            Este huerto está poblado de verduras imperfectas. Unas ya nacieron así, otras resultaron dañadas por accidente, o por distintos males. Algunas son mudas, otras solamente gritan, o balbucean de forma casi ininteligible. Las pocas que hablan, lo hacen en un lenguaje de escasas palabras y nula lógica. La mayor parte de ellas no entiende de instrucciones, normas ni órdenes, sino que se rigen por las necesidades de sus cuerpos: comer, descomer, beber, desbeber, dormir, abrir los ojos.

            Llevo ya unos días cuidando de estas hortalizas diferentes, suficiente tiempo como para darme cuenta de que, aunque no comprenden lo que les digo, sí tengo una forma de comunicarme con ellas: cantando. Es mi manera de sacarlas de su mutismo, entretenerlas y arrancarles alguna que otra sonrisa. Busco melodías y ritmos que les resulten amables, y ya cada una tiene su canción, igual que cada una tiene su ropa y sus zapatos. Cuando necesito lavarlas, levantarlas, acostarlas o alimentarlas; para vestirlas o moverlas de su sitio, uso con cada una su nombre y su canción. A cambio, su silencio se vuelve más luminoso, me regalan su mirada y su atención, su agresividad se reduce, y algunas incluso intentan seguir el ritmo con sus raíces torpes y condenadas al ocio.

            Cuando entro a trabajar, ya enfilo el pasillo cantando “Ese toro enamorado de la luna”, mi canción de llegar. Así, antes de verme, ya saben que soy yo. Luego voy usando, según con quién me las tenga que ver, “Una rosa es una rosa”, “Paco, Paco, Paco”, “La, la, la”, “Eva María se fue”, “Margarita se llama mi amor”, y unas cuantas más. Cuando vengo con el carro de la comida, “Tengo una vaca lechera”, y ya alguna se va sentando en su lugar del comedor. De la siesta, las levanto con boleros. No entienden las letras, pero creo que les gusta despertarse así, con canciones suaves, porque casi todas tienen un nivel de tolerancia al estrés bastante pequeño (por no decir inexistente), se desbaratan enseguida, y esos temas me ayudan a mantener todo bajo control.

            Cuando una de estas “verduritas especiales” se trastorna y me agrede, o se resiste a lo que debe hacer y se enfada (con imprevisibles consecuencias por lo general), no le grito, ni dejo que note que estoy dolida o enojada. Simplemente no le canto más en lo que queda de jornada, la trato como a una hortaliza cualquiera, normal y corriente. Ya no se siente especial, y es el castigo más efectivo que puedo administrarle. Por sus miradas culpables sé que mi silencio no les gusta. Reconozco que en esas ocasiones me entran ganas de ladrar al oído del rebelde algo de heavy metal o rap, estridente e irritante, para responder a su agresión, pero no lo hago. No creo en el “ojo por ojo”, y con ellos tampoco sirve de nada. Con ellos menos que con nadie.

            Las hortalizas distintas son inmunes a los gritos, pero no a la música. Ella casi siempre logra lo que no se consigue de ningún otro modo. No conozco lenguaje más poderoso y universal. ¿Y vosotros?

viernes, 24 de agosto de 2012

MARÍA JESÚS


Se me quedaron grabadas a fuego las palabras que me dijiste hace ocho años, cuando aún no habías cumplido los cincuenta y dos. “Me han hecho biopsia de un bulto en el pecho. Es malo, tengo cáncer. No quiero morir, quiero llegar a ser abuela. Me quedan aún muchas cosas por vivir”.

            Mirando más atrás, recuerdo tu voz por los pasillos del hospital, cuando venías a ayudarme en el parto de mi hija mayor. No llegaste a tiempo, se me dio tan bien… Sin embargo, asumiste el papel de mi madre, que tampoco llegó a tiempo, y me enseñaste a ponerme la criatura al pecho. Típico de ti, la mamá y la enfermera, no se sabe nunca dónde acaba una y comienza la otra. “Vigílale la hemorragia, tiene la conjuntiva muy pálida”. Las dos de la madrugada, tus hijos en casa y tú dando instrucciones precisas al enfermero de planta. No te fuiste tranquila, y al día siguiente ya te tenía de nuevo a mi lado, contándole a mi propia madre lo bien que había ido todo, como si fueras algo mío. Y sí, lo eres, de algún modo. Madre de una de mis hermanas de cariño, suegra de otra. Tía de mis hijas, que te han querido desde que tienen memoria.

            “Quiero llegar a ser abuela, mis hijos aún me necesitan, todavía son unos críos, aunque los veamos grandes. No quiero morir”. Cuántas veces me acuerdo de eso. Te dije que contaras conmigo para lo que fuera, pero saliste de aquello agarrándote a Luis y a los chicos, sin querer molestar a nadie más. Hasta mandaste a retocar la peluca de manera que quedase más a tu estilo, para que los que no sabían de tu mal no se diesen cuenta de nada. Y la sonrisa como tarjeta de visita, el ánimo arriba cuando había gente delante. Lo malo lo guardaste para dentro de casa, por no amargarle la vida a nadie. Menos mal que no estabas sola. Sé lo que fue aquello, pero no sé si yo habría sabido llevarlo con la misma dignidad y entereza con que lo afrontasteis vosotros.

            Me sería imposible contar los kilómetros que mis bebés han hecho gateando por el pasillo de tu casa, las fotos que tienes de ellas y las veces que he adivinado el orgullo en tus ojos viéndolas crecer. Ahora, ese mismo orgullo es el que yo siento al mirar a tu nieto. Porque sí, lo has conseguido. Has sobrevivido a un cáncer de mama, has cumplido los sesenta años, y has conocido la alegría de ser abuela. Pero esto no acaba aquí, es hora de comenzar a marcarte metas nuevas, porque tienes mucho tiempo por delante para alcanzarlas.

            Para tu cumpleaños, tus hijos me encargaron un cuento. No me fue difícil escribirlo, ya son muchos agostos los que tengo la suerte de conocerte, así que “Lo que sé de ti” prácticamente se escribió él solito. Lo que no esperaba es que los demás hiciesen apuestas acerca de cuánto aguantarías sin echarte a llorar, si una página o dos. Yo no participé en esa porra, de haberlo hecho habría ganado yo, que sabía que solamente con ver en la portada a tu Garbancito ya tendrías que sacar el pañuelo.

            Confío en seguir a tu lado muchos años más, María Jesús. Nos quedan aún hijos por casar, nietos por conocer, charlas que mantener y botellas de cava por descorchar. Y no pienso, que lo sepas, perderme nada de lo que pase a tu alrededor, ni dejarte al margen de nada de lo que me vaya ocurriendo. Mientras tanto, doy gracias a la vida por no arrebatarnos la tuya. Feliz cumpleaños, querida amiga. Brindo por ti. ¡Salud!

lunes, 20 de agosto de 2012

MARIPOSAS



            Hace muchos, muchos años, existía en nuestros campos una raza de mariposas que no era como el resto. En apariencia no se diferenciaban demasiado de sus semejantes: no eran las más grandes, ni tampoco las más pequeñas. Tampoco eran las más vistosas, ni las que más colorido tenían. Carecían de dibujo alguno en sus alas; eran, simplemente, maripositas azules, con sus patitas, sus antenas y su frágil vuelo.


            Siempre se desplazaban en bandada. No había posibilidad de encontrar un ejemplar solitario, aislado de su grupo. Aparecían de repente, sin que nadie las llamase, y nadie sabía ni dónde criaban ni dónde se escondían. Pero rodearse de ellas era algo que deseaban casi todas las muchachas del lugar, porque las mariposas azules, esas mariposas azules, llegaban para acompañar a las jóvenes que se enamoraban por primera vez. Olían la emoción de ese sentimiento tan intenso, tan puro y vehemente, esa bendita oleada de suspiros y esperanzas, de latidos acelerados, descubrimientos y sueños, y de esa energía se alimentaban. Por eso, cuando un pecho juvenil se inflamaba con el primer amor, venían desde donde estuvieran a posarse sobre la cabeza, los hombros y la falda de la muchacha, revoloteaban a su alrededor como un halo encantado, y la hacían sentirse la más especial, la más hermosa de las mujeres. La hacían sentirse como la única persona del mundo que estuviese enamorada. Por eso, cuando una novia iba al altar con un velo azul vivo y cambiante, era la más bonita de las novias, y se le auguraba un futuro lleno de felicidad.


            Sucedió en una ocasión que las mariposas vinieron atraídas por el calor que desprendía Ángela. Ella las vio, y se echó a temblar aterrorizada. Nadie debía saber que se había enamorado, ella misma era consciente de la locura que constituía ese amor, pero no había podido evitar comenzar a sentirlo. A los dieciséis años, cuando la fuerza de la juventud es imparable, uno no elige de quién ni cuándo se enamora: ocurre sin que se pueda evitar. Ella sabía que habría de casarse algún día con aquel a quien su familia la había prometido, y no era él, precisamente, quien había despertado sus sentimientos, sino uno de los pastores que cuidaba el ganado de su padre. Y es que, para quien no lo sepa, hasta una época no demasiado lejana las mujeres no eran más que moneda de cambio en transacciones económicas, sobre todo entre los ricos. La alianza con la familia de su prometido era conveniente, y por ello iban a entregarla a alguien a quien no amaba ni amaría nunca. “Si fuese pobre, como la gente del pueblo, podría casarme con el pastor”, pensó. Pero no podía cambiar la cuna en la que había nacido, y la presencia de las mariposas no haría sino delatar sus sentimientos.


            Aquella desgraciada criatura se armó de su matamoscas y trató de matar a los insectos que la iban rodeando, pero por cada par de alas que caía, llegaban dos más, hasta quedar cubierta completamente del leve velo azul. No podía consentir que nadie la viese, no debía permitir que aquellos bichos delatasen lo que su corazón escondía. Si su padre se enteraba, nunca volvería a ver al pastor.


            Decidió ir a ver a su ama de cría, una mujer muy sabia que seguramente podría aconsejarle cómo proceder. No fue necesario que hablase, cuando la vio llegar cubierta de insectos celestes lo supo enseguida, y se quedó pálida. “Escóndeme, ama. Si me ven así estoy perdida”. Ella fue la que llamó al pastor y prestó su casa para que los dos jóvenes hablasen. Solamente ellos podían decidir lo que debían hacer. El muchacho vio su pellejo peligrar por una aventura con la hija del amo; él no estaba enamorado. Sí, la chica le gustaba, pero no más que otras que había conocido. “Si te vienes tras de mí pasarás semanas enteras sola en una cabaña, cuidando del huerto. Yo tendré que estar en los campos con los animales. Tendrás que parir cuantos hijos vengan tú sola, no creo que el lujo de un médico esté a nuestro alcance. Olvídate de las sábanas de hilo entre las que has dormido siempre, un pellejo de cordero es lo que nos cubre a los pastores y a nuestras mujeres”. Continuó durante un buen rato hablándole del tipo de vida que llevaría de continuar con aquella locura. “Esas manos tuyas tan finas se llenarán de callos, muchas noches no habrá sino agua y algo de sebo de cordero para cenar todos; cuanto conociste hasta ahora te será negado. De pobre a rico se pasa bien, pero al contrario…”


            Ángela se fue para su casa caminando sola, y mientras andaba pensaba en todo cuanto le había dicho el pastor. No le importaba tanto lo que había oído de sus labios; lo que más daño le había hecho fue comprender que él no la quería. Una a una, las mariposas iban muriendo y cayendo sobre el camino, formando una especie de estela azul tras la muchacha. La última cayó a la puerta de su casa y fue barrida por la criada un rato más tarde.


            Después de mucho llorar, la joven entendió que ningún amor se aguanta en pie si no es correspondido, tarde o temprano acaba muriendo, como las mariposas. Y que nadar contra corriente requiere una madurez que raramente se tiene a los dieciséis años.

MANÍAS



            “Las manías no las curan los médicos”. Esa es una de las verdades universales cuya veracidad he comprobado más veces, por distintas circunstancias. Empezando por las mías, desde luego, porque manías tengo. Y muchas. Pero la historia de hoy no la escribo para hablar de mí, sino de un personaje al que he conocido en mi nuevo trabajo. No se llama Ginés, pero vamos a suponer que sí, que ese es su nombre.


            Ginés es un discapacitado intelectual con una inteligencia fuera de lo común. De hecho, le he visto resolver rompecabezas y puzles bastante complicados. Si hubiera sido una persona normal se le podría haber calificado incluso de guapo: alto, fornido, rasgos armoniosos, ojos vivaces, nariz griega, mentón cuadrado… pero algo no funcionó bien en la formación de su cerebro, y aparte de tener algunos ataques que le ponen en riesgo, se llenó de manías que no puede controlar.


            No es capaz de hablar, aunque con sus ojos dice mucho. Cuando ve algo, tiene que tocarlo, y después recorrer el pasillo tocando todo lo que se le parece. Si ve un interruptor de la luz, lo acciona dos veces, y después busca todos los interruptores a su alcance para accionarlos dos veces antes de poder continuar con lo que estaba haciendo. En ocasiones, se me escapa de la ducha, mojado y enjabonado, porque ha visto mis zuecos color naranja, los ha tocado, y necesita tocar cuantos objetos color naranja hay en su entorno antes de dejar que continúe duchándolo. Así que se va, desnudo y empapado, a medio afeitar y con la cabeza llena de espuma de champú, pasillo adelante sin que mis llamadas hagan efecto alguno en él. No puedo obligarle a nada, mide treinta centímetros más que yo, soy incapaz de retenerle. Cuando termina, vuelve y deja que acabe de arreglarle. Es inmune a mis regañinas.


            A Ginés le gusta jugar. Tiene una serie de objetos que lleva siempre en la mano: un tapón de bote de gel, dos trozos de tubo, un embellecedor de interruptor de la luz arrancado y un envase de pastillas vacío. Me los deja en el regazo, y después se descubre el trasero para sentarse en el suelo con las nalgas en contacto con las baldosas, buscando el fresquito. Y espera. Yo tiro sus tesoros al suelo, y comienza su ritual. Gatea hasta el trasto más cercano, se sienta. Se quita la sandalia izquierda, la coloca de canto con la suela en contacto con el objeto. Después, coge su juguete en la mano, recupera la sandalia, se toca con ella la barbilla y se la pone en el pie. Gatea hasta el siguiente objeto, se quita de nuevo la sandalia y repite todo el proceso. Cuando termina de recoger de esa peculiar forma todos sus trastitos, gatea hasta llegar a mí y me los coloca de nuevo en el regazo, sonriendo. Quiere seguir jugando.


            Ginés tiene una sonrisa especial guardada en el bolsillo: la de las travesuras. Sabe perfectamente cuándo lo que va a hacer está mal. No la usa cuando me toca el trasero, cosa que hace solo si observa algún cambio en mí: una camiseta de otro color, un turbante del pelo que no es el de siempre. Cuando voy a trabajar con él sé que debo ir vestida y peinada exactamente como las otras veces, porque cualquier cambio le desconcierta, y tiene que asegurarse de que soy yo de verdad tocándome la retaguardia con el dedo índice; no me incomoda porque sé que no hay malicia ninguna en su gesto, únicamente perplejidad. Su sonrisa de travesuras es lo único que nos anuncia que se va a salir de sus extrañas manías por una vez, nos pone sobre aviso. El día en que lo veo sentado en el suelo, en cualquier rincón, con los pantalones bajados (como de costumbre) y esa pillería manifiesta pintada en la cara, me pongo ojo avizor porque sé que la va a liar. El domingo echó sus sandalias en el cubo de fregar de la limpiadora, y le tuve que reñir. Ni aun cuando estaba echándole la charla de “eso no se hace” se le borró esa luz del rostro.


            No todo el mundo le cae bien a Ginés. Yo sé que pertenezco al selecto club de sus “amigos” porque me han dicho que, cuando me marcho, se queda mirando por el agujero de la cerradura todo mi recorrido por el pasillo, hasta que desaparezco en el cuarto del personal. Creo que me aprecia porque yo no intento que se comporte como una persona normal, no le grito continuamente que se suba los pantalones, y no me niego a jugar con él cuando tengo cinco minutos libres. Sería inútil tratar de modificar su conducta para acercarle a “nuestra normalidad”, porque sé que, como dije al principio, las manías no las curan los médicos.


            Hoy le he visto llorar, y me ha dado mucha pena. Otro interno más fuerte, menos inteligente y más egoísta, le ha arrebatado sus cosas, y él, que las protegía con su cuerpo, se ha visto empujado, ninguneado y sometido. No se ha defendido con agresividad, elemento que el otro no ha dudado en usar. Se ha sentado y se le han llenado los ojos de lágrimas. Yo solamente he podido pensar: “mira, aquí también gana el más tonto usando la fuerza, como en los colegios, como en los institutos, como…” Y es que ellos, a pesar de sus deficiencias, siguen siendo, esencialmente, seres humanos.

domingo, 19 de agosto de 2012

GAZPACHO



            El gazpacho es como la paella: cada uno le pone su punto y su toque, y para cada uno el de su casa es el mejor. Reconozco que de niña no me hacía mucho tilín, pero con los años he ido aprendiendo a amarlo hasta convertirlo en uno de los principales pilares de mi cocina veraniega. Además, como siempre estoy a dieta (cosas de engordar con facilidad, qué le vamos a hacer) he adaptado la receta a mis necesidades, y en la época del calor trasiego gazpacho a destajo. Y tan contenta, oigan.


            Cuando no tengo tiempo de hacerlo, porque la verdad es que lleva su ratillo de faena, recurro al envasado. A fuerza de mirar etiquetas, he encontrado algunos que tienen menos contenido graso y más verdura, y son los que suelo elegir. Algunas fórmulas industriales que he visto por ahí llegan a incluir en su elaboración nata (¿cómorrrrrrr?) y mahonesa (¡ugggggh!), lo cual convierte la sopa fría en una aberración calórica que solo de pensarlo me pone los pelillos de punta. No, gracias. Para el gazpacho, tomate, ajo, pepino, pimiento, pan duro, agua, vinagre y aceite de oliva. Y sal. Sanseacabó.


            Me enseñó a hacerlo una andaluza afincada en Valencia; cuando le dije que no sabía, se echó a reír, como si lo que le acababa de decir fuera una broma. ¿Una mujer española que no sabe hacer algo tan elemental como el gazpacho? ¡Imposible! “Es que yo soy de zona fría, allí no se estila”, me defendí. Me miró con un poco de lástima y comenzó a explicarme: “se escaldan un par de kilos de tomate pera o de rama, hazles una cruz con el cuchillo en la piel para poder pelarlos después sin dificultad. Dos minuticos en agua hirviendo, no más, que si no se cuecen. Los vas echando en el vaso de la batidora, los trituras y los pasas a una fuente. Luego, un pimiento verde, dos si son pequeños. Cinco dientes de ajo pelados, hay quien le pone media cebolla, pero a mí no me gusta. Dos pepinos sin piel, cortados a rodajas. Un trozo grande de pan duro del día anterior, remójalo en agua para que te sea más fácil. Sal, siempre gorda, la fina sala demasiado y se te puede ir la mano, ten cuidado. Ya sabes, quien guisa soso, guisa p’a todos, pero quien guisa salado, guisa p’al gato. Después, un buen aceite de oliva virgen, andaluz a ser posible (a cada uno lo suyo, a mí me encanta el sabor del aceite de oliva valenciano, y procuro usarlo siempre que puedo. Sin menospreciar a ningún otro, pero hay que mirar por lo que uno tiene cerca, digo yo), agua y vinagre de Jerez. Y batidora, niña, bien triturado. Después, si quieres dejarlo apto para sibaritas, saca el pasapurés y pásalo para eliminar las semillas del tomate y las pieles del pimiento, para que todo sea meter la cuchara y disfrutar sin tropiezos. Y ya está, mira qué cosa más sencilla. No me digas que no vas a saber, mi arma, que hasta un niño shico aprende eso”.


            Pocas lecciones de cocina tengo tan grabadas en la mente como esta, que me dio aquella andaluza menuda y vivaz en la sala de espera de un hospital. Yo aguardaba a que mi marido saliese de quirófano, en el que entró por un inoportuno ataque de apendicitis. Ella esperaba a ver si salvaban la vida del suyo, que había llegado cuatro horas antes con un infarto agudo de miocardio. Explicarme cómo se hacía el gazpacho hizo que dejase de llorar sola durante un rato. No le dio tiempo a enseñarme a hacer ajoblanco; cuando no había hecho más que empezar con los ingredientes vinieron a decirle que él había muerto. Ya solo pude despedirme de ella con un escueto “lo siento”.


            No la he vuelto a ver, pero he de decir que, solamente en honor a la entereza que tuvo para explicarme su receta durante tan terrible espera, hago gazpacho muy a menudo. Confío en que haya conseguido reponerse y volver a ser feliz después de aquello. Yo, cada vez que le meto la cuchara a tan exquisito manjar, así se lo deseo. Gracias, señora.

viernes, 17 de agosto de 2012

GOMERA LINDA



            En este verano negro de llamas y carbones que nos está tocando vivir, se me han quemado ya varios trozos de corazón. No solamente he tenido que barrer cenizas durante días viendo arder los montes de Cortes, Dos Aguas y Andilla, no solamente he visto La Junquera en llamas y a la gente tirándose acantilado abajo para morir de un golpe por no morir abrasada, no solamente he llorado al saber que pilotos, brigadistas y militares se están dejando la vida tratando de parar este desastre. No solamente he visto desaparecer entre el humo negro muchas hectáreas de paisaje increíble en la zona de Masca y El Tanque, en Tenerife. También he visto evacuar a toda prisa poblaciones enteras mientras nuestros máximos responsables, que debieron estar al pie del cañón, se iban tranquilamente a ver la Eurocopa a donde Cristo perdió el gorro, en vez de dar el callo como deberían. Y eso es algo que me ha dolido en el alma.


            El pasado fin de semana, mientras el fuego amenazaba tres de nuestros parques naturales protegidos más importantes, con diecinueve incendios forestales activos en todo el país, el titular de Medio Ambiente se lo pasaba teta en los toros, en lugar de interrumpir sus vacaciones para ir a coordinar los esfuerzos y medios imprescindibles para acabar con esta masacre incendiaria que hace que a casi todos nos sangre el alma. A los que la tenemos, claro. Y me indigna, no puedo ocultarlo. Aunque no puedan hacer mucho, aunque cubran su incompetencia pagando a una corte entera de asesores, aunque su presencia no sea útil a efectos prácticos, su deber era estar ahí, en primera línea, y no aplaudiendo goles ni verónicas. Me recuerdan al capitán del Costa Concordia, que cuando vio que el barco se hundía “se cayó” a una lancha salvavidas mientras sus pasajeros se ahogaban en los camarotes.


            Desde hace más de una semana, una esmeralda verde se consume víctima del fuego que algún (piiiiiii – palabrota gorda censurada – piiiiiii) se ha encargado de propagar. Veinte horas es lo que tarda un hidroavión en llegar desde la península a las islas. Veinte horas. Tiempo suficiente para que las llamas arrasen muchas hectáreas de bosque; sin embargo, nuestro orondo ministro, que sabe más de desayunos, comidas y cenas de trabajo que de extinción de incendios, dice que “Canarias es un territorio demasiado pequeño como para dotarlo de dos hidroaviones con base fija en las islas”, y se queda tan ancho. Mientras tanto, La Gomera arde como una tea, el parque natural del Garajonay grita con su voz milenaria, Vallehermoso se asfixia, y el señor ministro de las barbas se marcha, no se vaya a perder el tercio de banderillas del primero de la tarde.


            Imaginad un trozo de carbón como la palma de vuestra mano. Ahora imaginad un diamante de las mismas dimensiones; el tamaño es el mismo, pero el diamante tiene un valor enorme porque hay muy pocos con tantos kilates, y cualquiera pagaría una fortuna, si la tuviera, por tenerlo y conservarlo. La Gomera, señor ministro, es pequeña y está más lejos de usted que Marbella o Ibiza, pero su valor es tan grande que merece la pena el esfuerzo y el gasto por salvarla y conservarla. Supone una riqueza tan irreemplazable que me espanta ver cómo usted y sus amigos trivializan el desastre en que está inmersa. Canarias necesita y merece una base de hidroaviones fija, tanto como algunos de nuestros respetables dirigentes (y le incluyo, caballero) merecen la carta de despido procedente y sin indemnización. Vaya usted allí, señor ministro. Vaya, recorra, vea, moléstese, que para eso se le paga, y si le toca escuchar más de lo que le gustaría, aguántese. Al fin y al cabo, un ministro, por definición, está al servicio del pueblo, así que dé la cara y haga las cosas bien alguna vez.

lunes, 13 de agosto de 2012

CHIVATOS



            Soy un buen ciudadano. Cumplo con la ley, he dado dos hijos a la sociedad para que no pare el crecimiento de mi país, pago mis impuestos y tengo la conciencia tranquila. Incluso colaboro más que muchos otros españoles a mantener la nación con pequeños gestos, como aceptar sin quejas el copago sanitario, por ejemplo. Eso sí, hasta ahora mi madre nos sacaba gratis con su cartilla de pensionista los paracetamoles y los ibuprofenos para toda la familia, pero bueno, la mujer no está enferma de casi nada, así que no le hace demasiado gasto al sistema sanitario con eso, ¿no? Otros toman medicinas por valor de cientos de euros cada mes, y se las pago con mis impuestos, así que justo es que yo me beneficie un poco.


            Otra cosa que suelo hacer es contribuir a que los empleados municipales mantengan su puesto: no uso las papeleras públicas. En los paquetes de pipas no pone nada sobre que haya que depositar las cáscaras en ningún sitio específico, así que yo voy regando la calle con ellas; no son residuos peligrosos, como las pilas, ni contaminantes, como los plásticos. No hago daño al medio ambiente, no es un delito, y ayudo a que los barrenderos justifiquen sus puestos de trabajo, igual que cuando mi perro deja algún regalito en la acera: si nadie me está mirando, no me agacho a recogerlo. Que trabajen, que para eso les pago con mis impuestos.


 No compro discos ni pelis en el top manta, así que no hago nada por animar a la inmigración ilegal; si quiero música o cine, me lo bajo de internet. Eso no es robar, los archivos están ahí para algo, ¿no? Tampoco compro libros, para no contribuir a la destrucción de los bosques de mi planeta, aunque jamás se me ocurrirá ir a la biblioteca a por lectura. ¡Qué asco! A saber cuántas manos habrán sobado esas páginas, cuántos se habrán mojado el dedo en saliva antes de pasar la hoja, o qué habrían tocado antes… Prefiero no leer, la tele e internet ya me informan de todo.


            Técnicamente estoy en paro, de hecho lo estoy cobrando. Me fui de la empresa porque mi jefe me tenía harto, pero me arreglaron los papeles como si fuera un despido para que pudiese percibir la prestación, maniobra que es, lo digo desde ya, totalmente legal. Tengo dos años por delante para descansar, que me lo he ganado, para eso coticé. Después ya veremos, porque no pienso aceptar ningún puesto que no sea de lo mío, tengo que hacer valer mis estudios; además, los trabajitos que hago “de estrangis” son simples favores a los amigos, no me voy a hacer autónomo por esas chorraditas, que vale un ojo de la cara. De momento me voy al apartamento de la playa, y al cuidado de la abuela vamos a dejar a una boliviana de confianza para que viva con ella. Que conste que la mujer no está dada de alta porque no le conviene, prefiere cobrar en negro. Allá ella.


            El país está muy mal, y la mitad de la culpa la tienen todos esos ilegales que nos roban el trabajo a los de aquí, que vas por la calle y entras en las tiendas y no ves más que extranjeros. Yo, como soy un buen ciudadano, he denunciado a todos los “sin papeles” que he conocido (menos a la boliviana que cuida a mi madre, pobre mujer, es buena gente, tiene hijos en su país). Si no los echan de aquí, seguirán atascando las urgencias de los hospitales por cualquier chorrada, y luego yo necesitaré que me atiendan y tendré que esperar durante horas. Poner su presencia en conocimiento de las autoridades no es insolidario, es contribuir a mejorar lo que es de todos, lo nuestro. Eso sí, a los ingleses y alemanes de la costa y las islas, que no me los toquen, que son turismo de calidad.


            Ahora he visto en las noticias que se puede denunciar a los que den datos falsos para conseguir que a sus hijos los admitan en mejores colegios, y yo lo voy a hacer, sí señor. El sinvergüenza de mi vecino (qué ganas le tengo) empadronó a sus críos con la abuela para que se los matriculasen en un concertado de prestigio, y a mis niños les denegaron la plaza. Yo tengo, por culpa de inmorales como él, a mis chiquillos estudiando en un colegio público al que van negros, y gitanos, y de todo, que cada dos por tres vienen llenos de piojos, y no hay derecho. A ver si con la denuncia consigo que expulsen a los suyos y que se jorobe, por tramposo. No por eso soy un chivato, sino un buen ciudadano. Mientras tanto, disculpadme, que voy a tramitar la ayuda para comedor y libros de texto, que para eso estoy en paro, y tengo mis derechos. Y que no me los toque nadie.

domingo, 12 de agosto de 2012

LA GOMA DE BORRAR



            Cuando David comenzó a ir al colegio su día a día se llenó de grandes descubrimientos: las primeras letras, las ceras blandas de colores, las duras a las que se puede sacar punta, los rotuladores… y la goma de borrar. Le parecía maravilloso ver que con ese pedacito de materia blanda se podían eliminar los errores, las cosas que no nos gusta cómo han quedado, las faltas y las rayas de los dibujos que salían mal.


            El niño, desde el día en que la mágica goma de borrar apareció en su vida, siempre llevaba una en el bolsillo del pantalón. Con ella al alcance de la mano se sentía seguro, porque estaba convencido de que no había nada que ese asombroso invento no pudiera borrar. De ese modo, si se caía y se hacía una herida en la rodilla, frotaba los alrededores de la lesión con la goma (donde no dolía), y pensaba que así la iría borrando y reduciendo hasta curarla del todo. El yodo y las tiritas eran “cosas de mamá”, lo que realmente hacía desaparecer la herida era su “Milán Nata 2000”.


            David fue extendiendo su visión de las virtudes de la goma, y si su abuelo decía una palabrota, le frotaba la boca con su borrador mágico; el abuelo, divertido, trataba de volver a pronunciarla moviendo los labios y fingiendo que la voz no le salía. El chiquillo, con sus inocentes cuatro años, se quedaba con la boca abierta, maravillado por la eficacia de ese trocito de materia que podía comprar en cualquier papelería por un precio ridículo. Si se echaba una mancha de kétchup en la camiseta, la frotaba con su goma antes de llevar la prenda al cesto de la ropa sucia. Cuando luego la encontraba limpia, sin rastro de tomate, en el cajón de su armario, no se daba cuenta del jabón, la lejía o las manos de su madre peleando para eliminar la mancha, sino que pensaba: “jopé, menos mal que la froté con mi borrador super-potente”.


            Por aquel entonces, el padre de David tuvo problemas en el trabajo: su empresa no iba bien, hizo una reducción de plantilla y le despidieron. Fue una época muy difícil para todos, y el niño sacaba su goma del bolsillo para intentar borrarle el ceño fruncido por la preocupación a papá, y las huellas de las lágrimas que mamá se empeñaba, sin éxito, en esconder. Los dos trataban de sonreír cuando el pequeño estaba delante, pero no siempre lo conseguían. Pasaron los meses, y aunque David frotó cuanto pudo la cartilla del paro de su padre, él no encontraba trabajo en ningún lado.


            Un día, cuando ya estaba llegando el verano, vio las maletas fuera del armario en donde se guardaban siempre, y preguntó. “A papi le han ofrecido un empleo, cariño, pero es en un sitio bastante lejos. Solamente serán dos meses, y luego volverá a buscarnos para que nos vayamos todos juntos a ese lugar”. Demasiadas noticias duras para un niño tan pequeño. David se escondió en el cuarto de baño y lloró hasta quedarse dormido. No quería que su padre se fuera, no quería irse y dejar a los abuelitos. ¿Quién los iba a cuidar si él no estaba? Pero si su padre se quedaba, seguiría sin trabajo, preocupado y triste, igual que mamá. No sabía qué hacer para arreglarlo.


            A la mañana siguiente, su padre se despidió de él: “durante dos meses vas a ser el hombre de la casa, David. Cuida de mamá, ayúdala en casa y pórtate bien. Así, el tiempo pasará más rápido. Te quiero, chiquitín”. Y, después de abrazarlo, se fue. El chaval trató de ser fuerte, y cuando echaba de menos a papá, se escondía para borrarse la frente con la goma, tratando de no pensar en él para no ponerse triste. La madre también intentaba estar alegre delante de él, así que pasaron los días mintiéndose el uno al otro para sufrir lo menos posible. Ella pensaba que el niño lo llevaba muy bien, David pensaba que a su madre casi no le importaba que papá no estuviera, y así anduvieron varias semanas. Hasta una noche en que la madre se levantó, harta de dar vueltas en la cama sin conseguir pegar ojo, a beber agua. Notó que faltaba el calendario de la cocina, en el que, con grandes aspas rojas, David tachaba cada día que su padre estaba lejos de él. Lo tenía el niño que, escondido debajo de la cama, frotaba desesperado con su goma de borrar los días que faltaban para que papá volviese a casa y lloraba porque, por más que frotaba, no desaparecían.


            El pequeño guardó la goma en el estuche escolar la mañana siguiente, desengañado de su magia. Acababa de perder un trozo de niñez.

sábado, 11 de agosto de 2012

EL ESPEJO DEL TIEMPO



            A la diosa del tiempo le llevó milenios darse cuenta de que no podía ser madre. Podía parir minutos, horas, años, siglos, pero no hijos. Durante mucho tiempo no lo deseó, pero llegó un día en que, como a toda mujer, le pudo el instinto maternal, así que pidió audiencia al Dios Supremo para comunicarle su anhelo de tener un hijo. No le fue concedido: los dioses son únicos e inmortales, y no deben multiplicarse. Pero ella, descontenta con esa condición, decidió soñar con una maternidad imposible, y bajó a la tierra para robar el bebé que deseaba.


            Solamente pudo acunar a la niña entre sus brazos unos meses; fue descubierta por el Dios Supremo, y obligada a devolver a la criatura. La diosa del tiempo, a regañadientes, lo hizo, pero no quiso romper el vínculo de cariño con aquella pequeña, y la consideró, para siempre, su ahijada. Por eso, cuando supo que iba a casarse, le regaló un armario con un gran espejo de cuerpo entero en cada una de sus dos puertas. Si se miraba en el espejo de la izquierda, vería su imagen del año anterior, lo que la ayudaría a sentirse joven y a recordar. Si se miraba en el de la derecha, vería su imagen del año siguiente, lo que la ayudaría a anticiparse a los acontecimientos.


            Luna, la ahijada de la diosa del tiempo, usó los espejos como su madrina le había indicado: cuando necesitaba verse más joven y bonita, se miraba en el de la izquierda, y trataba de cuidarse para que la diferencia con la actualidad fuera la menor posible. Pero cuando quería saber lo que había de venir, se miraba en el de la derecha. Un año después de casarse, se miró en ambos. En uno se vio vestida de novia, y sonrió al recordar tan hermoso día. En el otro se vio con un abultado vientre, así que supo que pronto quedaría encinta. Su madrina iba viendo cómo transcurría aquella vida mortal, y se complacía de ver su evolución, su felicidad y los frutos que iba dando con el transcurso de su materia, el tiempo.


            Todo fue bien hasta que un día Luna se miró en el espejo derecho y se vio vestida de negro, pálida y con ojeras. Se asustó, no sabía por quién iba a llevar luto. No quería mirar más, pero no pudo evitarlo. Se observó en el espejo: el vestido negro sobre la panza hinchada de un nuevo embarazo, el quinto. Y una alianza colgada del cuello en una cadena de oro. Era su marido el que iba a morir.


            Después de llorar por anticipado durante semanas, comprendió que debía dedicar todo su tiempo a amarlo para disfrutar de él y hacerle feliz los meses que le quedaban junto a ella. El nuevo embarazo fue una consecuencia natural de su afán por demostrarle todo lo que sentía por él, pero su secreto le quemaba en la garganta. No podía contarle a nadie lo que la afligía. El día que se lo trajeron muerto ya no le quedaban lágrimas que derramar.


            A lo largo de toda su vida, el espejo derecho le fue diciendo todo cuanto había de pasar reflejado en su propia figura, y el izquierdo se encargó de recordarle lo que iba dejando atrás: la juventud, la felicidad, la infancia de sus hijos… su imagen pasada le señalaba lo que nunca volvería a ser, y la futura le fue indicando la muerte de sus padres, la de uno de sus niños, sus enfermedades futuras en forma de reflejo con bata de hospital y gotero en el brazo, la aparición de sus canas y arrugas… Finalmente, el regalo de la diosa del tiempo resultó, más que una ayuda, una maldición.


            Llegó un día en que se miró en el espejo de la derecha y no vio nada. Su reflejo no estaba en él, y supo que iba a morir. Tenía un año para prepararlo todo. Partió sus bienes entre sus cuatro hijos vivos, visitó las tumbas de los que partieron antes que ella con las manos llenas de flores frescas, puso su alma a bien con Dios y pagó cuantas deudas le quedaban pendientes para no dejar rémoras a los suyos. Por último, se miró en el espejo de la izquierda para no olvidar su sonrisa, y con el atizador de la chimenea hizo añicos los dos cristales azogados violentamente, con la rabia de toda una vida sabiendo lo que ningún ser humano debería saber: cuándo va a perder a quienes más ama, y cuándo va a morir. La lluvia de fragmentos de espejo cayó sobre ella, y le produjo tantos cortes que se desangró allí mismo, frente al armario.


            Lo que pasó antes, y lo que pasará después, no puede hacernos felices. Lo que de verdad nos llena es el ahora, el presente. El pasado ya es historia, y nada se puede hacer por cambiarlo. El futuro, ya llegará. El hoy es lo que cuenta. Vividlo, porque no se repetirá.

viernes, 10 de agosto de 2012

DESDE MI TERRAZA



            Este año, como ya viene siendo cada vez más habitual dada la situación, me toca veranear en mi terraza. Cuando compramos esta pequeña ruina en un pueblo de la montaña, en el tiempo en que última vástaga aún era un bebé de teta, no imaginé que acabaría siendo mi refugio para el tiempo de crisis, la ilusión de la jubilación de mi padre, que se ha reconvertido en albañil para arreglarla poco a poco, y la única vía de escape que nos podemos permitir.


            Aquí me siento, en una hamaca extensible, cuando necesito pensar o escribir. Tengo las golondrinas volando sobre mi cabeza, entrando y saliendo del nido que hicieron en el alero. Lo ponen todo perdido, pero yo lo limpio y no les digo nada porque su vuelo me hace soñar con otros horizontes, y porque pienso que soy afortunada de que escojan mi casa para anidar. Además, dicen que traen buena suerte, y no está la cosa como para ponerle impedimentos a la Diosa Fortuna. Una pareja, seis pollos que ya vuelan de la primera hornada, y andan criando la segunda del verano. Los pequeños ya tienen cañotes de pluma, así que imagino que al final de agosto volarán.


            Desde aquí escucho la vida del pueblo sin necesidad de sumergirme en ella; oigo a la banda tocar cuando llegan las fiestas, las campanas que voltean, el camión de los melones pregonando su mercancía, el bando municipal, la pelota del niño de los vecinos… y el silencio, que es uno de los más hermosos sonidos que tiene este lugar. No hay tráfico en mi calle, tan estrecha que no caben los coches, ni en la que tengo detrás, que es un dédalo de escalones y zig-zags, tan arquitectónicamente absurdo como encantador. Aquí puedo imaginar otra vida, más reposada, más como antes. Cuando hay tormenta la tele se funde y la luz se va, y jugamos a las cartas con velas, charlamos, y reímos mucho más de lo que reímos en casa. Internet no funciona, y escribo por puro vicio, sabiendo que no podré colgar nada en mi blog hasta que vuelva a la realidad. El pan sabe distinto, el agua sabe distinta, y la puerta, durante el día, está siempre abierta.


            En momentos como este, tumbada escribiendo mientras veo las montañas verdes frente a mí, huelo el vapor del guiso que dejé cociendo en la cocina para la cena y saboreo un gin-tonic a sorbos pequeñitos (Dios, si mi dietista se entera me crucifica, pero ¿qué demonios? ¿Son vacaciones o no son vacaciones?), escribo y pienso, veo a mi pequeña leer a mi lado y escucho a mi hija mayor practicando para su examen de flauta. El perro dormita a mis pies, los pájaros se cuentan sus cosas sobre mi cabeza, y yo siento que solo necesito una cosa más para ser feliz. Algo que, ahora mismo, no puedo tener.


            No nací para estar sola, lo supe desde bien pequeña. Por eso, cuando el trabajo me roba a mi mitad, no puedo sino odiarlo. Sé que nos da de comer, sé que es necesario, sé que muchas familias ruegan cada día por tener un empleo, sé que dependemos de ese puesto para sobrevivir, y quizá por eso todavía lo aborrezco más: secuestra lo que más amo durante meses, y encima debo estar agradecida. Lo siento, pero no puedo simular durante más tiempo que no me importa, que lo llevo bien y que no le echo de menos.


            Las golondrinas vuelan sobre mí, piando. Creo que ellas también lo saben. Mientras tanto, el sol se pone en mi terraza, pero yo no tengo ganas de entrar dentro para poner solo tres servicios en la mesa en lugar de cuatro. Hoy es el cumpleaños de mi hija pequeña, y no he conseguido reírme en todo el día. Estoy en (casi) mi paraíso y no consigo disfrutarlo porque él no está aquí conmigo.


            Me tienta la idea de prepararme otra dosis de anestesia con tónica antes de cenar, pero no serviría de mucho, la verdad. Prefiero, simplemente, quedarme aquí tumbada esperando a que él llame para felicitar a su peque, que me cuente qué tal su día, y decirle que estamos bien, que no se preocupe. Que, aunque le añoramos, lo estamos pasando genial en el pueblo. Y luego me limaré la nariz para que no se note demasiado que le he mentido como una bellaca.

lunes, 6 de agosto de 2012

SU FORMA DE BAILAR



            No se llaman Óscar ni Rosa, pero vamos a suponer que esos son sus nombres de verdad. Protejo así a los dos seres que hay detrás de esta historia, porque realmente su identidad no tiene ninguna importancia; lo que realmente quiero es poder contaros su gesto.


            Los he conocido este fin de semana. No se parecen en nada, no he visto criaturas más dispares en mi vida. Lo único que tienen en común es que los dos viven en la misma residencia para discapacitados severos. Ni siquiera me recuerdan a los protagonistas de aquella emotiva canción de Víctor Manuel, “Sólo pienso en ti”, ¿os suena? Su historia no es de amor, y además ignoro por completo por qué razón son así. Tampoco interesa conocer esos datos para lo que os voy a contar.


            Rosa es enorme. No hay otra palabra para definirla. Su cuerpo se desborda por todos los lados, las piernas hinchadas, el vientre inmenso, los pechos tremendos. Lleva el pelo corto por necesidades asistenciales y no camina, sino que la desplazan en una silla de ruedas. Cuando no está comiendo, suele emitir exclamaciones cortas y rítmicas, moviendo la cabeza de un lado a otro, y de vez en cuando profiere alguna palabra suelta (a menudo “discoteca”, porque lo que hace con esos grititos es cantar). No es capaz de mirarme a los ojos, y no me ha sonreído nunca. Se la aparca en un lado de la sala de estar, entre dos mesas, por razones de seguridad: pega a todo el que se la acerca, exceptuando a quien lleve comida en la mano. Si otro residente pasa junto a ella y queda al alcance de su brazo, lo más probable es que le golpee. Por eso nadie se le arrima. Así pasa gran parte de sus horas despierta: aparcada.


            Óscar es todo lo contrario: menudito, delgado. No le he oído emitir el más mínimo sonido, ni cuando anda, ni cuando se sienta. Camina solo, pero únicamente va a donde se le manda, no tiene iniciativa propia de deambular, ni de nada. Si le dices “ven, siéntate aquí a comer”, él va y se sienta. Luego le dices “ven, vamos al baño a cambiar el pañal”, él va, luego vuelve y se sienta de nuevo. Solamente mira al suelo y no habla, ni grita, ni te toca. Nada.


            Ayer era domingo, día de visita, pero ni Óscar ni Rosa recibieron ninguna. Pasaron casi toda la mañana sentados, ella en su silla junto a la pared, él en un sofá, con otros internos. La tele emitía dibujos animados, y él permanecía sin mirarla, con las piernas cruzadas. Ella tampoco atendía a la pantalla, sino que movía su cabeza a izquierda y derecha, con su “ah, ah, ah, ah, ah” sonoro y rítmico de cantar a su manera, y golpeaba la mesa con rabia. Y de pronto, sucedió.


            Fue como un destello, un gesto extraño. Rosa alzó su mano y comenzó a gritar más fuerte, como tratando de llamar la atención. Óscar, sin mirar, sin decir nada, se levantó del sofá y fue hacia ella. Yo traté de impedirlo, me dio miedo que el pobre hombre recibiera uno de los golpes que la mujer reparte sin miramientos, pero estaba demasiado lejos para llegar a tiempo. No ocurrió, desde luego, lo que yo temía, ni mucho menos. Él cogió la mano de ella, y Rosa comenzó a sacudir su brazo arriba y abajo, al mismo ritmo de sus exclamaciones “cantarinas”: ah, ah, ah, ah… diez veces. Ni una más, ni una menos. Luego profirió una sonora risotada, se soltaron y Óscar volvió a su sofá. Acababan de bailar.


            Seis veces ocurrió lo mismo a lo largo de la mañana: ella reclamaba, él acudía, diez sacudidas de mano, una risa, y vuelta al punto de partida. No sé por qué lo hacen, pero hay entre ellos una conexión especial que no tienen con nadie más, y que ignoro en qué se basa. Óscar es el único ser a quien Rosa no agrede, y Rosa es el único ser con quien Óscar quiere bailar. Y ya está. No tiene más trascendencia, pero a mí me parece importante. Son vidas que solo cuentan con manos mercenarias para cuidar de sus cuerpos, su alimentación y su higiene, y no tienen más que esos pequeños fogonazos de ternura, sus bailes de salón, para procurarles felicidad auténtica. Ya veis qué poquita cosa.

viernes, 3 de agosto de 2012

DIECISIETE AÑOS



            Diecisiete años. Es curiosa la noción que tenemos del tiempo dependiendo de a qué nos refiramos, ¿verdad? Si hablásemos de una chica, con diecisiete años cursaría su último año de instituto, estaría empezando la vida, como quien dice. Con todo por delante. Sin embargo, si esos mismos años los aplicamos a un televisor, andaríamos ya buscando un recambio último modelo, cansados de enviarlo a reparar o ver la imagen verde, neblinosa o con rayas.


            En caso de ser un perro, ya estaría el pobre a punto de cruzar hacia el prado verde que nunca se marchita (en caso de haber llegado a alcanzar ese grado de longevidad), y si fuera un coche, aún le faltarían un par de lustros para dejar de ser una antigualla, un trasto, cafetera, lata rodante, y convertirse en un clásico. Diecisiete años podrían ser la condena por un delito gordo, o los que nos quedan de hipoteca, que también es como una condena por haber querido tener un techo a nuestro nombre. Diecisiete años son los que convierten un modelo de alta costura en una joya vintage, o lo que dura más o menos la carrera profesional de una buena maniquí de las que pasean por las pasarelas esos trajes en los que a ti solo te cabe una pierna (las dos, ni soñarlo, y el resto del cuerpo… una utopía). Para un niño, ese tiempo es algo larguísimo, y para alguien mayor puede haber sido un suspiro si mira atrás.


            Ese tiempo, mes arriba, mes abajo, es el que lleva mi pijama sanitario guardado en una caja, en el altillo de mi armario. No lo tiré en su día… no sé por qué. Tal vez lo conservé para ponérmelo si pintábamos la casa, o algo parecido. Cuando dejé la última residencia de mayores en la que había trabajado pensé que podría encontrar un millón de empleos que no me comprometiesen emocionalmente de esa manera, y colgué definitivamente los hábitos de auxiliar de enfermería. O eso creía yo.


            Ayer lo saqué del armario y me lo probé. Diecisiete años. Y muchos kilos más en mi cuerpo que los que lucía entonces. Aún tiene las manchas que un boli explosivo me dejó en el bolsillo, y muchas experiencias en las costuras. Embutirme en él fue misión imposible.  Acaban de ofrecerme trabajo durante cuatro fines de semana en un centro para discapacitados severos, el primer empleo que me proponen en dos años. Olvidé mi antigua promesa, y aún a sabiendas del precio anímico que pagaré (el sentido de la empatía puede ser una gran maldición algunas veces), lo he aceptado. Y lo primero que he tenido que hacer es comprarme un pijama nuevo para trabajar solamente ocho días.  


            No sé lo que pasará. Tal vez nada, o tal vez sí. Posiblemente termine este breve contrato, y la casaca y el pantalón blancos vayan a la misma caja que ocupaba el anterior uniforme. O quizás después de esta sustitución salga otra, y continúe, si mi cabeza y mi cuerpo lo resisten, cuidando de los demás. Lo que sé con certeza es que, al menos, tendré nuevas anécdotas e historias para contaros.


            Feliz fin de semana a todos.

jueves, 2 de agosto de 2012

LA TÍA MOJETA



            La tía Mojeta no se llamaba así. Le pusieron el apodo en el pueblo en el que vivía, por la sencilla razón de que le gustaba, más que ninguna otra cosa en este mundo, mojetear en la vida de los otros. Todos los rumores le llegaban, de un modo o de otro, y ella ayudaba a su difusión en el lavadero, en el colmado, en el horno cuando iba a comprar el pan… Así, como quien no quiere la cosa, se metía en las conversaciones ajenas y colocaba el rumor, o la noticia, o lo que fuera, solamente por el placer de ver la cara que ponían los demás al enterarse.


            Cuanto más jugoso era el chisme, más disfrutaba la tía Mojeta con su “yo no sé nada, pero me han dicho que…”, que era la manera en que siempre dejaba caer sus cotilleos. Si alguna chica del pueblo quedaba en estado, nadie sabe cómo, pero la tía Mojeta era la primera en enterarse, y la noticia se extendía más rápido que si la dieran en el telediario. El marido que se la pegaba a la esposa, el mozo que rondaba a la viuda joven, el cornudo que cargaba con un hijo de autoría desconocida, la afición del cura a visitar a la peluquera (“yo no sé nada, pero me han dicho que algún trato tendrán, porque él va a su casa y luego sale con el pelo sin cortar. Otras cosas le arreglará que no son los pelos…”), y cosas por el estilo eran conocidas y difundidas por ella con gran placer, deleite que era mayor cuanto más escándalo provocaban sus afirmaciones entre los vecinos del pueblo.


            De joven tuvo un par de pretendientes, pero salieron huyendo en cuanto se dieron cuenta de que era lo más cotilla que había parido madre por aquellos contornos, así que la tía Mojeta permaneció soltera y entera hasta que llegó Adolfo. Nadie sabe de dónde venía ni a dónde iba, pero por alguna razón a ella le gustaron su porte de galán, sus ojos verdes y sus manos blancas, tan distintas de las de los mozos del pueblo. Eran las fiestas patronales, hacía calor y el vino desataba las lenguas y amortiguaba las conciencias, así que después de unos cuantos pasodobles y un baile agarrado, a la tía Mojeta, que andaría ya por los cuarenta, se le olvidaron sus convicciones y probó el pajar. El tal Adolfo desapareció al día siguiente. Ella, después de cerciorarse de que nadie sabía nada del revolcón festivo, volvió a su vida de siempre, decidida a olvidar su escarceo y a no probar el vino nunca más. Con lo que no contaba es con lo que iba a venir después.


            Lo tomó como un desarreglo de menopausia precoz, pero no fue al médico para que nadie pudiera pensar ni cotillear a su costa (cosa que ella habría hecho sin dudar). Cuando ya le fue casi imposible abrocharse la bata se marchó a la ciudad “a pasar un tiempo con mi tía Virtudes, que la mujer anda delicada, y si no la cuido yo, no la cuida nadie”. Pensó dejar la criatura con las monjas, pero después de parirla no tuvo valor, e inventó una patraña para volver al pueblo con ella sin levantar suspicacias. Diría que era hija de una prima suya que había fallecido al dar a luz, y ella, con su habitual sentido de la caridad, se había ofrecido a tutelarla y criarla como si fuera hija propia.


            Difundió su mentira, orgullosa, en cuanto llegó a casa. Paseó a la niña por la tienda, el lavadero, el horno, la plaza y cuantos lugares se le ocurrieron, y todo el mundo le dio la enhorabuena por su gesto de adoptar a la huerfanita que llevaba en brazos. Siguió su vida, convencida de que ya estaba a salvo de la maledicencia popular; por supuesto, se puso al día enseguida de todas las noticias que se habían producido mientras “cuidaba a la tía Virtudes”, opinó sobre ellas, y volvió a sus actividades de cotilla integral como si nada hubiese pasado.


            Pero llegó la primavera siguiente, y las cuadrillas de mozos del pueblo salieron, como era costumbre, a cantar los Mayos a las chicas, y a entonar coplillas graciosas sobre los vecinos. Al pasar delante de su casa, la tía Mojeta oyó a los quintos pararse y rasguear guitarras. Se extrañó, no tenía pretendiente que le cantase los Mayos, y no imaginaba qué copla habría de escuchar. Después de oírla, estuvo dos días enteros sin salir de casa.


“Quien le mojó el mojete a la tía Mojeta lo hizo tan hondo,/


que entró en el pajar con un pajarete y salió con bombo./


Si te deja preñada algún mocetón, niña, no lo dudes/


y vete unos meses para cuidar a tu tía Virtudes”.


            Desde entonces, a la niña, de nombre Aurora, todo el pueblo pasó a conocerla como “La Aurora, la del Mojete”. Y la tía Mojeta, a la que no habría servido de nada negar lo evidente, agachó la cabeza y no volvió a cotillear sobre nadie. Bueno, eso no es del todo cierto; se compró un ordenador y ahora es una de las más célebres blogueras de la prensa del corazón. Y es que el que nace gato maúlla toda su vida, pero cuando otros gatos le arañan, aprende a guardar las uñas.