viernes, 28 de septiembre de 2012

CARTAS DE AMOR


            La clase de lengua y literatura no era, desde luego, la favorita de la mayoría de aquellos alumnos. El grupo de adolescentes, algunos atentos, otros no tanto, y muchos con la mente vagando quién sabe por qué lejanos derroteros, recibían las explicaciones de la Señorita Lomas, que se desesperaba viendo que su esfuerzo por enseñarles se perdía, clase tras clase, junto con su paciencia. No sabía qué podía hacer por animar a aquellos chavales a que leyesen buenos libros, a que se atreviesen a escribir. Necesitaba que comprendiesen el poder y la belleza que encierra el arte de juntar palabras, pero no encontraba la forma.

            Un día llegó al instituto, situado en un barrio marginal de una gran ciudad, resuelta a cambiar el hecho evidente de que la mayoría de aquellos chicos y chicas eran incapaces de expresarse por escrito de una manera correcta y coherente. Cuando les indicó la actividad que iban a realizar, todos la miraron de arriba abajo, como si no la conocieran. Pero no, era la misma señorita Lomas de siempre, con su pelo corto y alborotado, su blusa de flores, su falda recta y sus michelines. “la Búho”, como la apodaban a sus espaldas aludiendo a sus enormes gafas de pasta y su naricilla afilada, les miró a su vez, desafiante. “Vamos, no iréis a decirme que con quince años que tenéis no vais a ser capaces de escribir una carta de amor. ¿Cómo lo hacéis para decirle a alguien que os gusta y que queréis algo más que una coca-cola en el parque?” Todos se echaron a reír. La profesora señaló a uno de los estudiantes, un chico alto y guapote que tenía a la mitad de las niñas del instituto bobas perdidas. “Pues… me molas, tía. ¿Quedamos?” Se escucharon algunas risas tímidas, y a más de una le subieron los colores a la cara. “Y tú, Mónica, ¿cómo lo haces?”, le preguntó a una chica de la cuarta fila de pupitres, una estudiante regular con un serio ataque de acné en la cara. “Le mando un whatsapp, o si no tengo el móvil, un privi a su tuenti”. La señorita Lomas la miró fijamente. “Y en ese mensaje privado, ¿qué le escribes?” De nuevo risas. “No sé, estás como un queso, sería guay quedar, y eso”. La profesora levantó los ojos al cielo pidiendo ayuda. Aquellos jóvenes adolecían de una pobreza de vocabulario y una escasez de recursos a la hora de relacionarse que resultaban alarmantes.

            “Imaginad que vivís en otra época, un tiempo en el que solo había un teléfono en cada casa, y no en todas podían permitirse ese lujo. No existían los móviles, ni los PC, ni internet, ni las redes sociales. Nada de sms, ni de televisión de pago. Alguien os gusta desde hace tiempo, pero no está bien visto que vayáis directamente a decírselo a la cara, ni tenéis oportunidad de quedar a solas con esa persona porque las normas sociales no lo permiten. Tenéis que volcar todo lo que sentís en una carta, y enviársela. En ella debéis dejar claro cuanto queréis decirle, porque quizá de ello dependa que os mire o se aleje definitivamente. No vale sacarla de internet, quiero el trabajo escrito a mano, legible y bien presentado. Utilizad palabras correctas, al que se pase de listo con el tema sexual le pondré una mala nota. ¿Entendido? Pues hale, a trabajar. Tenéis hasta el viernes”.

            El murmullo de descontento se extendió por toda el aula. Nadie sabía por dónde empezar. Algunos pensaron en pedir ayuda a sus abuelos, otros en mirar en la Wikipedia algún escritor antiguo especializado en ese tipo de cartas para leer algo suyo y tomar ejemplo. Otros, la mayoría, decidieron improvisar. El siguiente viernes las pusieron sobre la mesa de la señorita Lomas, que las recogió para corregirlas en casa, con calma, durante el fin de semana.

            Armada de paciencia y bolígrafo rojo, la profesora de literatura emprendió su tarea el sábado por la mañana, después del desayuno. Aquello no había por dónde cogerlo. “Estás tan wena que lo flipo contigo”. “Me corta mogollón mirarte porque todas mis amigas están pilladas por ti”. “Cuando veo a las parejas morrearse en el parque, molaría que tú y yo fuéramos como ellos”. Estas y otras frases por el estilo salpicaban aquellos escritos; había faltas de ortografía tremendas, abreviaturas típicas del lenguaje electrónico, y la letra de algunas era infernal. Imposible calificarles el trabajo, eso significaría un suspenso general. No se salvaba ni uno.

            “Con esto no se enamoraría de vosotros ni una cabra, chicos. No puede ser que a estas alturas escribamos tan mal y con tantas faltas. Vamos a leer un libro cada dos semanas hasta que esto mejore”. Ahora sí que el murmullo de descontento se extendió como la pólvora. ¿Un libro cada dos semanas? ¡Eso era una barbaridad! ¿Qué se había pensado “la Búho”? Igual creía que no tenían otra cosa que hacer que perder tanto tiempo leyendo.

            Al día siguiente, la señorita Lomas recibió una nota del director para que fuera a hablar con él al despacho. Los alumnos y los padres habían puesto una queja contra ella por excederse con la carga de trabajo a los chicos. “Pero si solo les he pedido que lean”, protestó. “Saber escribir cartas de amor no es un objetivo del curso escolar”, le contestó el director. “Cíñete al programa o todos tendremos problemas. Y para lo que nos pagan, no vale la pena molestarse tanto”.

            Al final de aquel curso, la profesora de lengua y literatura se cansó de remar contra corriente, pidió la excedencia y puso una tienda de embutidos y fiambres. Triunfó.

jueves, 27 de septiembre de 2012

ALAS MALTRECHAS


            Se ha escrito y debatido tanto, a lo largo de los siglos, sobre los ángeles, que hasta ahora no sabía yo bien qué pensar. Siempre creí que podían ser niños gordetes y medio desnudos, como los pintaba Murillo, o negritos, como cantaba Machín. Aunque luego, analizando bien la oración que me enseñaron (y que se supone debía rezar cada noche antes de dormir, pero siempre he sido un poco vaga para eso, lo reconozco) del ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares, etcétera, llegué a pensar que podían ser abuelitos cariñosos y protectores. Todas estas suposiciones se me esfumaron cuando por fin conocí a un ángel de verdad, y hoy os voy a contar su historia.

            Un ángel nace, no se hace. Se distingue, a poco que te fijes, por un detalle sutil e importante: desea y procura el bien de cuantos le rodean, vive y respira por proteger, defender y construir, y nadie, de las personas que lo conocen, es capaz de albergar el más mínimo sentimiento negativo hacia él. Cuando en tu vida aparece uno, la simpatía y el cariño que se desarrolla hacia ese ser son instantáneos, es un sentimiento reflejo, instintivo. Si escuchásemos a nuestro corazón, él nos lo diría, lo que pasa es que en los tiempos que corren no solemos detener nuestra endémica prisa para preguntarle al que más sabe de nosotros mismos: la patatilla latente que llevamos en el pecho y que distribuye oxígeno, sangre y sentimientos por nuestros entresijos. Un ángel no habla mal de nadie, es comprensivo y compasivo hasta el extremo, y sufre con el sufrimiento ajeno tanto como con el propio.

            El ángel del que voy a hablaros es mujer (eso de que los ángeles no tienen sexo es un cuento chino) y, como todos los demás, nació sin alas. Pero no las ganó siendo buena ni haciendo ninguna heroicidad, como en las películas americanas, porque a los ángeles, lo que de verdad les completa, es lo que nos completa a todos: nuestra pareja. Él son sus alas. Por ellas y con ellas vuela, en ellas se apoya, y las ama tanto como a sí misma porque forman parte de sí misma. El amor bien entendido consiste en eso: en ser uno con quien te complementa, con quien te entiende sin necesidad de que le hables, con quien sabe lo que piensas antes de que tú mismo seas consciente de ese pensamiento. Ella no se eleva sin sus alas, y sus alas no despegan sin ella, y juntos, siendo uno, iniciaron tres proyectos de futuro en los que ponen cada día su esfuerzo y su esperanza.

            Las alas de mi ángel comenzaron a perder plumas esta primavera. Primero fueron unas poquitas, se las arrancó la prisa. Luego algunas más, afeitadas por la preocupación. El trabajo y la crisis fueron abriendo grandes claros en su carne, dejando al aire los agujeros que evidenciaban la ausencia de más plumas cada día. Ella las fue recogiendo del suelo, y pasó el verano empleando todo el pegamento de su cariño para tratar de colocarlas en su sitio, pero muchas se las llevó el viento, y no las pudo recuperar. Y con el otoño cayeron las hojas de los robles, y la mayoría de las plumas que les quedaban. Las alas se rompieron sin que el ángel pudiese hacer nada por evitarlo. Con el dolor inmenso de quien sufre la amputación de una parte de su cuerpo, tuvo que separarse de ellas y llevarlas a un lugar en donde supiesen cuidarlas, pero yo sé que lo ha hecho con el alma hecha pedazos, y que así sigue, con una fractura interna que le hiela la sangre y la sonrisa. Aunque por fuera trate de que nadie lo vea, aunque siga procurando el bien y la tranquilidad de todos, aunque siga trabajando para que los tres proyectos que iniciaron juntos no se resientan y continúen avanzando y creciendo, los ojos de mi ángel son como diminutas peceras, en las que el agua no se derrama porque el cristal la contiene.

            Con este cuento te envío, mi querida angelilla, tres cosas que espero que te ayuden. Una pluma de paloma libre y una de gaviota marina, para sustituir algunas de las que se os han perdido. También las doce cuerdas de mi laúd, llenas de música, para que trates de remendar con ellas, como si fueran hilo de coser, tus alas maltrechas. Y por último, un abrazo de cielo azul lleno de afecto y calor. Con eso, con tiempo y tu infinita ternura, estoy segura de que tus alas volverán pronto a tu espalda con la misma alegría de siempre, y que aunque de alguna manera los remiendos se noten, aunque las cicatrices se vean y remuevan a veces antiguos dolores ya pasados, tus alas volverán a su lugar para continuar juntos con esos proyectos que no pueden dejarse a medias.

            Nadie se merece más que tú que esto acabe y se quede en un mal recuerdo. Sé que así será, pero mientras tus alas recuperan su vigor, aunque no tengas ganas, deja que nuestra fiel amiga la música te arrulle, te consuele y te sirva de refugio. Todo quedará atrás, como las pesadillas, porque los episodios de la vida de alguien como tú solo pueden tener finales felices.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

AUTILLOS, GATOS Y ESCARABAJOS RINOCERONTE


            Una de las muchas (y estupendas) sorpresas que nos aguardaban en Romancos, ese pequeño trozo de Guadalajara que visitamos este fin de semana, fue nuestro alojamiento. Confieso que me decidí por esa casa por una sencilla razón: su dueño fue el primero en cogerme el teléfono cuando llamé. No miré las fotos en internet, ni me informé de nada. Reservé, y punto. A la aventura. He descubierto que cuando te creas expectativas sueles acabar defraudado, así que, si vas a ciegas, todo lo bueno que te encuentres hace que te sorprendas de una forma tremendamente agradable. Cierto es que, con ese sistema, corres peligro de terminar pasando la noche en un antro, pero bueno, el que no arriesga no gana. O eso dicen.

            Cuando se es músico y se viaja con el instrumento al hombro, uno queda curtido en mil batallas, tanto en lo tocante a comidas como en lo que a alojamiento se refiere. Hemos pasado noches en albergues juveniles, colegios, cuarteles militares, conventos, casas particulares, hoteluchos de quinta categoría, de tres estrellas, de cuatro infiernos (aún recuerdo uno en Andorra cuya sola mención me pone los pelos de punta). Como dice mi buen amigo José Luis Alonso, que de esto también sabe lo suyo, en algunos sitios las pernoctaciones pueden ser auténticos aquelarres. Por eso, porque puedo dar fe de que una noche se pasa de cualquier manera, no miro mucho el tema de los hospedajes a la hora de hacer una escapada. Antes sí lo hacía, pero después, al llegar al sitio en cuestión, me sentía como cuando pides una hamburguesa o plato combinado en algún restaurante guiándote por el aspecto de las fotos que muestra la carta. La cara de panoli que se te queda al darte cuenta de que lo que te han servido y lo que viste en la fotografía solo tienen en común el nombre y el precio es difícilmente disimulable. Y luego, encima, te cargan el IVA, toma estocada en todo lo alto.

            Pues con ese talante aventurero que nos caracteriza, sin esperar nada, llegamos a Los Autillos. Abrimos la verja, metimos el coche y tocamos la campanilla que vimos junto a la puerta. Daniel nos abrió y nos hizo pasar. Lo que encontramos dentro fue una especie de salto en el tiempo que nos dejó con la boca abierta. Cada detalle estaba cuidado con mimo: la decoración, la distribución de los dormitorios, los colores, los olores… Había preparado para nosotros dos habitaciones: “Lavanda” y “Mi pueblo”. En la primera, los tonos morados de la flor de lavanda decoraban las paredes, contrastando con las maderas oscuras del cabecero y las mesillas. Más flores en los cuadros, puntillas de encaje en las estanterías del cuarto de baño, toallas blancas y un olor deliciosamente temático. Las mantas de las camas, bajo las colchas inmaculadas, también ostentaban el color que daba nombre a la estancia.

            “Mi pueblo” fue la elegida por las niñas para dormir. Colores blancos y teja, como las casas antiguas. Preciosa, con una gavilla de espigas de trigo en la pared junto a la horquilla de madera; un nido de gorriones descansaba sobre la viga de la entrada, y en el aire dominaba el olor a la hierba recién cortada y a tierra mojada por la lluvia. Daban ganas de quedarse a vivir. En la entrada, un trillo a modo de mesa, cencerros colgando de las vigas, antiguos aperos de labranza, y un viejo libro sobre naturaleza, abierto estratégicamente por la página en que está dibujado el autillo que dio nombre a la casa.

            Los otros dormitorios, “Ajedrea”, con sus colores verdes y su olor a limón y hierbabuena, y “La flor del manzano” (esta voy a dejar que os la imaginéis), quedaron vacíos. Éramos los únicos huéspedes en aquella maravilla de lugar. Daniel nos condujo arriba por la escalera, para mostrarnos el comedor, con sus sofás confortables, una gran pantalla de televisión, películas para entretener tardes de invierno, juegos y docenas de libros sobre apicultura, animales, plantas y paisajes. Varias mesas, con sus correspondientes sillas, esperaban a los comensales. Al lado, una enorme cocina a la que no le faltaba detalle. Por todos lados encontramos abejas de peluche, o de paja, o de madera, o de barro.

            Daniel nos explicó que antes tenía panales, pero que los insectos cogieron un parásito, luego un virus, y dejaron de producir o murieron. Pensaba volverlo a intentar cuando consiguiesen encontrar un remedio a ese problema. “Las abejas son vitales para el ecosistema; si ellas mueren, las plantas también”. Mis hijas, con los ojos abiertos como platos, no perdían ni una coma de cuanto él nos explicaba. “¿Un autillo es como un búho?”, preguntó mi pequeña. La enciclopedia de naturaleza que nos había hospedado les enseñó una foto del pájaro. “Ahora ya no hay, emigran al norte de África. En primavera volverán. Son pequeñitos, nocturnos, cazan para comer…” En fin, aquello fue una deliciosa clase de ciencias naturales acompañando el desayuno que él mismo nos había preparado. Para terminar, les enseñó un escarabajo rinoceronte que guardaba para impresionar a los visitantes infantiles, y luego soltó a los gatos para que jugasen con ellos mientras nosotros terminábamos de hacer la maleta.

            “Si anoche se hubiesen quedado a cenar, tenía pensado prepararles una ensalada con tomates de aquí, son espectaculares, y también hacemos un aceite muy suave que les va perfecto”. Otra vez será, desde luego. Habrá oportunidad, porque pensamos volver. En pocos lugares he pagado la cuenta más a gusto que en Los Autillos.


PD: Mirando las fotos de la web me doy cuenta de que no se corresponden con la realidad. Lo que hay allí es mucho más que lo que veis. Palabra.

DE COLMENAS Y JARDINES


            Había una vez un gran jardín en el que coexistían muchas colmenas de abejas. Cada una de esas comunidades de insectos se encargaba de polinizar un sector del jardín; además, para aumentar la calidad de las mieles que producían, de forma ordenada y previo pacto con las otras colmenas, expediciones de obreras llevaban en sus patas bolas de polen de distintas flores de su sector a los otros. De este modo, conseguían nuevas variedades de flores, los árboles mejoraban y cambiaba el sabor y el aspecto de sus frutos. Gracias a ese trabajo planificado y organizado entre todas las colmenas, el jardín era el más apreciado de aquellos contornos, su miel cotizaba al alza en todos los mercados de la comarca, y no había pájaro, insecto o animal que no deseara vivir en aquel lugar.

            La organización interna de cada una de las comunidades de abejas se basaba en un sistema distinto, regulado y sostenido por todas las abejas que la componían. En algunas había abeja Reina, y como tal era respetada. En otras, la reina no era más que una ponedora de huevos al servicio de los demás miembros de la comunidad. Las obreras trabajaban, los zánganos fecundaban, y cada colmena dictaba sus propias leyes. Mientras todos los enjambres cumplieran con su cuota de miel, con la polinización de su sector y la colaboración en la mejora del resto, todos respetaban el equilibrio sin meterse en cómo organizaba su pequeña sociedad cada conjunto de insectos dentro de su casita de madera. “Los panales de cada uno son cosa de cada uno”.

            Sucedió que, por culpa de una severa sequía, el jardín aquel año tuvo menos flores que nunca. Los árboles apenas daban frutos, y los que conseguían brotar eran de un tamaño muy inferior al normal. Las abejas se dieron cuenta de que apenas tenían trabajo, no había de dónde sacar néctar para subsistir todas, fabricar miel y mantener el ecosistema. Los pájaros comenzaron a marcharse, y también las mariposas. Las cigarras y los grillos, que alegraban con su canto todo el jardín, vieron cómo se les cobraba un precio abusivo por continuar allí, y se plantearon dejar de cantar.

            En una de las colmenas había una especial agitación. No era una de las más grandes, pero la miel que producía era de las más exquisitas. Su sector de jardín era el más hermoso de todos, pero las abejas no vivían contentas. Su reina, que aún era de las que llevaban corona, ya no ponía huevos, pero se resistía en el trono gozando de privilegios sin contrapartida alguna. Gobernaban en ella un equipo de insectos que prometió que todo iba a mejorar; engañaron a las obreras, haciéndoles creer que la sequía era culpa del equipo de gobierno anterior, y les dijeron que ellos harían llover, volverían a abundar las flores y los frutos, todas tendrían trabajo polinizando y fabricando miel, y todas las crías podrían ser alimentadas en lugar de languidecer en las celdillas. Las obreras les creyeron, y les apoyaron contentas, pero en cuanto aquellos buenos insectos que iban a salvarles tomaron el poder resultaron ser un grupo de avispas y zánganos que no solo no trajeron la lluvia (cosa imposible, como todos sabemos), sino que impusieron cuotas de miel descabelladas a las obreras, mientras ellos se daban la gran vida, viajaban gratis y se hacían traer néctares exóticos y carísimos. Para mantener su estatus eliminaron las escuelas para las crías, los cuidadores de abejas ancianas y el dispensario.

            Las colmenas circundantes comenzaron a protestar: el mal funcionamiento de una afectaba a todas las demás, de modo que advirtieron a la comunidad con problemas. Si dejaban de cumplir con su cuota de polinización y con la entrega de ceras y miel para mezclar con la del resto de panales, se verían obligados a expulsar al enjambre del jardín. Pero si muchas de aquellas obreras no tenían flores en las que trabajar, ¿cómo podrían cumplir con esas obligaciones?

            Una tarde, las abejas, hartas de ver cómo las avispas y zánganos que las gobernaban continuaban engañándolas, se unieron e intentaron rodear el panal en el que se celebraban las reuniones de aquel grupo de mentirosos que las había engañado y se reía de ellas; para su sorpresa, un equipo de avispones de gran tamaño, armados con sus aguijones, comenzaron a agredirles. Eran ciegos y sordos, no tenían nombre ni conciencia, y solamente sabían morder, patear, aguijonear y aplastar. El balance fue demoledor: por un rato soñaron que podían recuperar sus vidas, pero solo fue una ilusión. Varias de las obreras, con las alas rotas, sin antenas, con los ojos morados o las patas arrancadas, fueron acusadas de agresión a la autoridad y encarceladas. El resto se dio cuenta de que la trampa en la que habían caído era aún peor de lo que sospechaban.

            El final de este cuento aún está por escribir. Tal vez las obreras decidan dejar de hacer miel para los zánganos, produzcan la justa para subsistir ellos y sus crías y escondan el resto para que no se la arrebaten, hundiendo así la economía de la colmena y con ella a sus gobernantes. Tal vez al resto de colmenas se les hinchen los aguijones y quiten a zánganos y avispas del poder, poniendo en su lugar administradores competentes, o tal vez expulsen al enjambre entero del jardín, abandonándolo a su suerte. O quizá la sequía acabe, las flores vuelvan y las abejas regresen a aquel estado de falsa felicidad en el que no hacían preguntas porque tenían la despensa llena, y todo irá bien hasta que de nuevo el cielo niegue la lluvia.

            Si yo fuera abeja, tengo muy, muy claro lo que haría.

martes, 25 de septiembre de 2012

DONDE MENOS TE LO ESPERAS


Las mejores cosas de la vida te ocurren donde menos te lo esperas, y a menudo cuando menos las estás buscando. Yo lo tengo más que comprobado. Es como cuando quieres quedarte embarazada: lo intentas con ahínco durante meses, incluso cuando no te apetece nada meterte en faena, ignorando cansancios y dolores de cabeza, y no hay manera de conseguirlo. Y cuando estás de mudanza, o te encargan un proyecto que te tiene sorbido el seso, o fallece alguien cercano, y tienes ganas de cualquier cosa menos de jarana erótico-festiva, ese mes, con un rato tonto que te entre… ¡zas! Preñez al canto.

            Si hace seis meses alguien me pregunta dónde está Romancos, juro que se me queda cara de panoli. Ni idea. Enfatizo: ni repajolera idea, ni flowers, cero patatero. Pero el azar quiso que internet me pusiera en contacto con un ángel violinista nacido allí, una cosa llevó a la otra, y al fin me lo propuso: “Tenemos un club de lectores. ¿Tu vendrías a Romancos con tu libro para hablar sobre él?” Pues qué queréis que os diga. Yo a los ángeles no puedo negarles nada, pero antes de aceptar admito que dudé.

            Ya que me dio hoy por sincerarme, he de reconocer que había perdido la esperanza de que mi libro de cuentos llegase a ninguna parte. Eché un vistazo a la red para ver algo sobre el lugar en cuestión. Habida cuenta que vivo en un pueblo de 1700 habitantes en el que todo el mundo sabe a qué me dedico, y que no me han propuesto nada así nunca (incluso doné un ejemplar para la biblioteca y no lo han puesto en las estanterías), al ver el censo aproximado de Romancos pensé: “¡Uf! Qué chiquito. ¿Y si me planto allí y el club de lectura consta de cuatro o cinco miembros?” Sin embargo, era la primera vez que un grupo me ofrecía leer el libro y comentarlo conmigo, y el escenario era un lugar en donde nunca había estado, de modo que la aventura era completa. También pensé: “bueno, es tu primera presentación, no esperes un salón de actos lleno hasta la bandera”. Y me taché a mí misma de exceso de ambición y falta de modestia por haber dudado si aceptar o no. Tenía que ir, sí o sí.

            Llegamos al lugar después de comer, y el pueblo estaba tranquilo, inmerso en la siesta. Localizamos la casa rural donde habíamos reservado el alojamiento (esto merece historia aparte, así que no voy a contar nada hoy sobre ella, me lo reservo para mañana), dejamos la maleta, nos instalamos y salimos a dar una vuelta. Vimos las casas, el parque, la iglesia y el cuidado jardín que la circunda, la plaza, la tienda, los dos bares… y ya está, no había mucho más, o eso nos pareció en un principio. La luminosa sonrisa de la chica del bar nos saludó desde la ventana. “¿Tú eres la escritora? Como luego vendréis aquí, que hemos preparado algo de picar, me dedicas el libro. Por cierto, me ha encantado”. No vimos a nadie más, y decidimos ir a cambiarnos de ropa para el acto (y a pasar por chapa y pintura, ya sabéis cómo somos las mujeres, que sin el ojo pintado y el labio brillante pensamos que no estamos a la altura). Y así, en comitiva familiar, volvimos a la plaza. En ese momento, Romancos se abrió para nosotros y su gente empezó a acudir a nuestro encuentro.

            Me resultaba difícil imaginar que un pueblo tan pequeño tuviera tanta inquietud cultural, tantas ganas de saber, de vivir, de experimentar, tanta vitalidad. El grupo “Romancos activo” organiza encuentros, charlas, conciertos, carreras populares, rutas de senderismo, carnavales, fiestas, y todo lo que a ese heterogéneo grupo de alcarreños se le ocurre que se pueda hacer y aporte algo al municipio y a quienes viven en él. Comencé a pensar que quizá yo no estuviese a la altura, que tal vez esperaban a alguien más grande, a una escritora con más bibliografía, o qué sé yo.

            El salón de plenos casi se llenó. Hasta la alcaldesa vino a compartir tertulia. Mi ángel violinista me presentó ante los asistentes, y dijo cosas de mí que me hicieron sonrojar hasta la raíz del cabello (bendito maquillaje, que lo disimula todo). Y luego comenzamos a charlar. Como amigos, como buenos vecinos, cómodamente, entre bromas, pero con muchísima sinceridad. Es ahí cuando te das cuenta de que el cariño empieza a brotar, a flotar y a contagiarse. Se habló de sentimientos, de verdades, de fantasías, de lugares. Se habló de pensamientos, de corazones, de enamorarse y desenamorarse. Todos los temas tuvieron cabida, el reloj nos cantó su canción un par de veces, y terminé leyéndoles un texto sobre mí, para que conociesen un poco más el porqué de mi forma de ver las cosas.

            El “algo de picar” en el bar de la plaza consistió en un banquete para ochenta (alma arriba, alma abajo), y la tertulia, entre botijos, chistorra, delinanas de gambas, patatas bravas (atómicas, diría yo) y risas, se alargó hasta las mil. Firmé libros (Dios, qué ilusión más grande hace eso, no os lo podéis ni imaginar), y Jose, Carlos, Javi, Carmen, Heidi, Lucía, Alicia, Encarna, Germán, Borja, Aarón, Héctor, Ángel, Teresa y unos cuantos más me enseñaron dos grandes lecciones: la primera es que no importa que el pueblo sea pequeño si las ganas de disfrutar son grandes. Y la segunda es que calidad y cantidad no siempre van de la mano, y que un puñado de personas que realmente aprecian tu trabajo es mucho mejor que un auditorio lleno de gente en donde la mayoría no ha conseguido sentir lo que yo quise transmitirles con esas historias.

            Siempre estaré agradecida a Romancos por su acogida, y espero poder presentar en su salón de plenos, antes que en ningún sitio, cada libro que vaya pariendo mi imaginación. Donde menos te lo esperas vives algo irrepetible, y te arrancas, como yo hice, un pellizco de corazón para enterrarlo allí, y así tener una buena excusa para volver.

            Me regalaron miel, no en vano aquello es la Alcarria, pero así como he compartido lo que sentí con todos vosotros, del trabajo de sus abejas no os pienso dar nada. Me lo guardo para endulzar futuras historias. Gracias, romanqueños.
http://www.youtube.com/watch?v=KUNuj1Jto6s&context=C3e7b0d2ADOEgsToPDskLCH6U8Atu_M2eG7ZY4NMk4

domingo, 23 de septiembre de 2012

EXTRAÑAS OFRENDAS


            El casco antiguo de Cuenca es un lugar digno de ser visitado. Ya hace tiempo que deseaba hacerlo, pero ya sabéis lo que pasa: como lo tengo cerca siempre puedo ir, un fin de semana que no tenga ningún compromiso me acerco, y excusas por el estilo son las que me han hecho plantarme en los “taitantos” sin haber paseado esas calles llenas de historia.

            Aprovechando que íbamos hacia la Alcarria (viaje que os contaré pronto, aunque no se parece al que hizo Cela, el mío ha sido mejor), decidimos variar un poquito la ruta y pasar unas horas recorriendo las cuestas, los empedrados callejones, ver la catedral, los miradores, las casas colgadas y el puente sobre el río que distinguen a la capital conquense. Pero el azar, en tantos días que tiene el año, nos llevó a hacer tan hermosa visita en la peor jornada posible. San Mateo tuvo la culpa.

            Para empezar, varias barreras típicas de fiesta taurina nos convirtieron en contorsionistas ocasionales; por algunos rincones tuvimos serias dificultades para pasar. Sorteado ese obstáculo, y superados los lugares en los que el olor de las vaquillas de la víspera (ah, el perfume de boñiga, qué inconfundible aroma) lo invadía todo, conseguimos llegar a la catedral. Las evidentes manchas oscuras en esquinas y rincones, curiosamente los más cercanos a los inodoros portátiles (irónico nombre en este caso, porque portátiles sí eran, pero de inodoros nada, que olorosos eran un rato largo), mostraban a las claras que la bebida había corrido de forma generosa durante toda la noche. Con suerte, en algunos tramos era el rastro de vino o cerveza vertidos lo que invadía nuestra pituitaria, pero el resto del tiempo la orina era la nota dominante en el ambiente. Acercarnos a los miradores sobre el río, cuando ya calentaba el sol, fue misión imposible. No había quién lo aguantara.

            Dicen que los niños pequeños no se callan ni una, y puedo certificar que así es: mi gordita rellena, que tiene pocos años pero ni un pelo de tonta, preguntaba sin cortarse: “Mami, ¿es que los de aquí no saben que los armarios azules tienen un váter dentro? Parece que han hecho pis en todos los sitios menos ahí. Deberían haber puesto instrucciones en las puertas, así se habrían enterado de que eso por la calle no se hace”. Muertos de risa le explicamos que la gente, cuando bebe más de lo que debería, pierde la vergüenza y también la memoria. Y que esa noche mucha gente junta bebió más de lo recomendable. Entonces llegó la gran pregunta: “¿Y por qué?”

            No sé yo si San Mateo, en alguno de sus escritos, dejó dicho que para celebrar su día se debían soltar vacas, beber hasta la extenuación, orinar en la vía pública y terminar hechos unos zorros después de una verbena con más decibelios que un concierto de Metallica. Pero así somos los españoles, qué le vamos a hacer. En lugar de sembrar rosales, sembramos vasos de plástico en las plazas públicas. En vez de respetar nuestros monumentos, llenamos de botellines vacíos los ornamentos de la fachadas de nuestras catedrales, y les caen encima, por efecto del viento (jo, tío, qué diver) a los visitantes. En lugar de echar una mano para que lo que nos rodea sea agradable para todos, nos importa un bledo que los turistas se vayan con la falsa impresión de que por las calles de nuestra ciudad reinan las moscas y el olor a pis. Eso sí, todo ello lo hacemos en nombre de algún santo y sus fiestas patronales, porque religiosos somos un rato largo.

            A estas alturas, seguro que alguno ya habrá pensado: “mírala a ella, qué exagerada, una ciudad en fiestas es una ciudad en fiestas, todo el mundo tiene derecho a divertirse, etecé, etecé, etecé”. Pues bueno, pues vale. Ahora id vosotros de viaje a París, acercaros a ver Nôtre Dame, o pagaros un viajecito a Alemania e id a visitar la catedral de Colonia, y decidme si encontráis los alrededores algún día del año (por festivo que sea) oliendo a estiércol de animal, regados de zumo de vejiga o llenos de vasos desechables y latitas de cerveza. ¿A que no? Pues eso. Luego no nos quejemos.

            Como testimonio gráfico de todo esto os dejo una foto con la ofrenda que algún “devoto” dejó sobre la reja del Cristo del Pasadizo. Eso sí, estoy segura de que lo hizo en un arranque de fe etílica, y no sin antes apurar su contenido, no fuera que al crucificado le entrase la sed y perdiese la postura (y la compostura) tratando de beber de la bota que tan amablemente le iba a lanzar. Para que luego digáis. Que yo escribo cuentos, pero algunas cosas no me las invento. Palabrita de San Mateo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

CANDELA, TÉ Y COSTURA


         Después de mucho buscar, Candela se convenció: a pesar de su formación, de su experiencia laboral, a pesar de su profesionalidad y su buen carácter, nadie tenía trabajo para ella. Cuarenta años es una edad estupenda para casi todo, pero en la mayoría de los sitios desestimaban su currículum por “ser mayor”. Había que pasar al plan “B”, pero desgraciadamente ese maravilloso plan aún no existía. No tenía ni idea de lo que podía hacer.

            Pensó en montar un negocio. Era una posibilidad que le rondaba la cabeza a menudo, pero todo lo que se le ocurría lo desechaba por inviable. Nada era lo suficientemente original, lo bastante creativo y atractivo como para mantenerse abierto en una época en que todas las persianas de tiendas y cafeterías se iban bajando, una tras otra, para no volver a levantarse. No se podía arriesgar a que eso ocurriese con su negocio. Tenía que salir adelante, sí o sí. En el momento comenzase, ya no habría vuelta atrás.

            Lo leyó en una revista: grupos de personas quedaban en un parque público para tejer, una forma de ocio creativa y barata, pero en cuanto llegaba el otoño esas citas se interrumpían por el mal tiempo. Después escuchó a una amiga quejarse de que necesitaba arreglar unas cortinas de su casa, pero que como no tenía máquina de coser debía encargar ese trabajo a una tienda y le cobraban un dinero que no le sobraba. Una mujer mayor se lamentó en la frutería de que su piso era tan pequeñito que tenía que cortar las piezas de los abrigos que hacía para sus nietas en el suelo, porque en ninguna mesa tenía suficiente espacio. En otra ocasión oyó a una amiga de su hermana, también desempleada, arrepentirse de no haber aprendido a coser y tejer, labores que nuestras abuelas dominaban pero que la mayoría de las jóvenes desconocemos por completo, y que en tiempos de crisis son tan útiles para salir adelante. Todos esos comentarios se fueron acumulando en su mente, y una noche, cuando se estaba quedando dormida en el sofá delante de la televisión, se unieron unos a otros como las piezas de un puzle. ¿Y si…?

            Rescató del trastero la vieja Singer de la abuela. No funcionaba, pero el mecánico se la puso a punto. “Si la vende se la compro, ya no hay máquinas como esta. Cose hasta lo más duro, no como las de ahora, que en cuanto cogen una tela un poco gorda se despatarran”. Pero la idea de Candela no era precisamente vender aquella pieza de museo, sino volverla a la vida. Con un pequeño préstamo compró tres máquinas nuevas, con motor eléctrico. Encontrar el local para alquilar no fue tarea fácil, pero al fin lo logró. Instaló una buena luz y las máquinas de coser. Después, puso un tablero grande con dos caballetes en un rincón, y junto a él colocó un maniquí de costura comprado de segunda mano. Una tabla de planchar, un centro de planchado doméstico que le habían regalado por Navidad y algunos libros sobre corte y confección completaron el conjunto.

            La parte central de su local fue el destino que eligió para los sofás; puso una mesita en el centro, de modo que aquello parecía casi el salón de su casa. Allí es donde se colocarían los tejedores, casi todo mujeres, pero con algún atrevido caballero que quisiera iniciarse en el arte de las agujas. En la barra, refrescos, una cafetera y una cuidada selección de tés e infusiones de todo tipo. No necesitaba más.

            Le costó un poco hacerlo funcionar. Recorrió el barrio dejando propaganda en los buzones, puso carteles en los portales, en las mercerías, en las tiendas. En todos los sitios que se le ocurrieron: “Candela, té y costura. Alquiler por horas de máquinas de coser. Tráelo hilvanado y termínalo aquí”. Se lo dijo a cuantas personas se le ocurrió que pudieran encontrarlo interesante: un buen té, conversación, costura, tejido. Pronto se formó un grupito de ganchillo que se juntaba por las tardes; unas a otras se enseñaban puntos y dibujos. Tres mujeres preguntaron si podían hacer encaje de bolillos allí, así que Candela habilitó un espacio con sillas para ellas. Y entre punto y punto, entre las telas, los hilos y el tac-tac-tac-tac de las máquinas, los consejos y las risas, iban y venían los tés, las galletas caseras que preparaba en el horno de su casa, y alguna que otra botella de mistela para alegrar las labores.

            “Candela, té y costura” es un lugar conocido en todo el barrio. Si os apetece probar una tarde, seguro que alguien os deja un par de agujas y un ovillo. La sonrisa de vuestra anfitriona, un buen té con hierbabuena y unas pastas de mantequilla puede que os hagan descubrir una nueva afición que os llene de verdad.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LOS PECHOS DE CATALINA


            Yo no sé a qué viene tanto revuelo. Solamente son unos pechos. Y eso que son el símbolo femenino por excelencia, más incluso que el propio sexo. Este tema me hace sacar conclusiones a pares. A pares de tetas.

            Vivimos en una sociedad cuya doble moral cada vez se agudiza más. Si tú preguntas al común de los hombres qué miran en una mujer durante los primeros diez segundos de conocerla, un altísimo porcentaje te dirá que los ojos, y pensará en el escote. O sea, que eso es lo primero, pero no osarán reconocerlo jamás de los jamases. ¿Por qué? Pues porque la encuesta pueden leerla sus madres, sus novias, hijas o esposas, y sentirse ofendidas.

            Ellos no confiesan, pero es que nosotras tampoco. Porque, pensadlo despacio: ¿qué es lo primero que hacemos cuando sabemos que vamos a ver al chico que nos gusta? Yo os lo digo: ponernos guapas. ¿Y en qué consiste eso de ponernos guapas? Pues en ponernos laaaaargas pestañas llenas de rimmel para la caidita de ojos, rojo-semáforo-me-tienes-loquita en los labios, y un buen escote, o el jersey más ajustado de nuestro armario. ¿Para resaltar qué? Oye, qué cosa más evidente.

            Los pechos femeninos son la señal que indica al macho “con esta puedes perpetuar la especie”, es un mensaje que va directo a nuestro primitivo subconsciente, programado desde que no éramos sino monitos peludos (y desnudos) para darle a la procreación como si nos fuera la vida en ello (que nos va, pero eso es otro tema). Y por eso, y no por otra cosa, las mujeres se llenan de siliconas y postizos varios: para verse más atractivas, más deseables a los ojos del hombre. Para ser las elegidas sobre otras con menos volumen mamario. Todo lo demás, lo de “es que me las veía caídas”, lo de “siempre tuve complejo” y lo de “así me sienta mejor la ropa” son excusas, autoengaños y mentiras que a menudo nuestra mente consciente se cree. Pero la parte subconsciente sabe la verdad, y si no, preguntadle a cualquier antropólogo.

            El caso es que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, alguien nos hizo creer hace siglos que debíamos odiar (y ocultar) nuestros pechos. Porque resulta que con ellos podemos resultar deseables y hacer que los hombres piensen en el sexo, anulando su voluntad y su capacidad de decisión. Eso debió ser cosa de la religión, que siempre nos ha tenido a las mujeres por inductoras del pecado y a los hombres como débiles mentales, con el cerebro puesto en… bueno, ahí. Pero la naturaleza es la que habla, y cuando un bebé, igual niño que niña, sale de nuestro vientre, lo primero que busca es amorrarse a la teta, y digo yo que eso querrá decir algo. Cuando un hombre se enciende con un beso largo y apasionado, ¿qué es lo primero que busca tocar? Pues eso, las manos van al pan.

            Andamos estos días en polémica porque Catalina de Inglaterra ha sido fotografiada tomando el sol con los senos al aire. Como si la chica, por haber emparentado con la realeza, tuviese que exponerse al astro rey en traje de neopreno. Y la mojigata sociedad inglesa se rasga las vestiduras, todo el mundo se escandaliza, ponen el grito en el cielo… ¿pero por qué? ¡Si solo son un par de tetas! Y muy bien puestas, por cierto. Que no digo yo de hacer ningún alarde ni de ir por ahí como las nativas amazónicas (que son bastante más felices que muchas de las mujeres modernas, civilizadas y tapadísimas), pero sí de que impere la cordura, que nos miremos con un poco más de naturalidad. Que unos pechos no sean la causa de que ningún sistema judicial pierda el poco tiempo que tiene, dejando de lado cosas realmente serias e importantes. Y que un par de tetas, sean reales, plebeyas, blancas o negras, erguidas o chuchurrías, son una parte más de nosotras, que todas tenemos, y que no tenemos por qué avergonzarnos de ellas. ¿Que las destapamos y nos pillan? Pues francamente, prefiero ver un pecho desnudo que un niño muerto en Siria, una familia desahuciada en Valencia, un accidente de tráfico o cualquier otra cosa así. De modo que, Catalina, no tengas tanta pena ni tanta vergüenza, ni montes en cólera porque te hicieron una foto sin sujetador. Al fin y al cabo, lo más comentado de tu boda no fuiste tú, sino el escote y el trasero de tu hermana con ese vestido blanco que levantó pasiones (y no solo pasiones). Así somos los humanos.

martes, 18 de septiembre de 2012

FRENTE AL DEDO DE DIOS


            En un principio nos asustamos. Visto de lejos no era más que un niño pequeño subiéndose temerariamente a la barandilla que protege los bordes del paseo, en la playa de Agaete, en Gran Canaria. No vimos ningún adulto con él, y el instinto de padres nos hizo apurar el paso para tratar de hacerle bajar. Pero no, Raúl no estaba jugando.

            Cuando ya estuvimos más cerca, reparamos en la delgada caña de pescar que sostenían sus manos. A su lado, en el suelo, descansaban dos cubos. Uno contenía el pan mojado que estaba usando como cebo; el otro solamente agua de mar. En teoría, ahí es donde debía ir el resultado de su esforzada pesca, pero ningún pez nadaba en él todavía.

            Raúl era menudito y rubio. No aparentaba más de seis o siete años, iba en bañador y camiseta, y las chanclas de sus pies, varios números más grandes que lo que él calzaba, debían ser heredadas de algún hermano mayor. Su pelo, claro y corto, contrastaba fuertemente con el tostado luminoso de su piel; el niño debía ser del pueblo, así que probablemente pasaba los largos días de verano jugando entre la playa y el puerto de Las Nieves.

            Su afán pescador le tenía tan absorto que no alcanzaba a apreciar la belleza de su entorno: la playa de piedra negra, las casas de los pescadores, el Atlántico como un plato, el agua transparente, y el Dedo de Dios, la roca cincelada a golpe de mar que señalaba al cielo como un índice acusador, y que se erguía frente a él, al otro lado de la pequeña bahía. Cientos de bañistas disfrutaban el día de sol, y riadas de visitantes se asomaban a ver el roque, a esperar el barco que sale para Tenerife desde allí, o a comer pescado fresco en los muchos restaurantes que lo ofrecen casi vivo.

            En un principio no conseguíamos identificar el Dedo de Dios, hasta que dimos con el cartel que explicaba su desaparición: el huracán Delta, hace pocos años, lo cercenó con su fuerza desatada, dejando la base sin su mítico remate. Vamos, que lo dejó en “el muñón de Dios”. Pero Raúl no miraba el roque, ni los visitantes, ni nada. Solamente ponía bolitas de pan en su anzuelo, y se subía a la barandilla porque su corta estatura no le permitía ver dónde tiraba la caña. Lanzaba con medio cuerpo fuera, sujetándose con un brazo para no caer, y en cuanto notaba el tirón, se agarraba a la balaustrada con ambos codos para poder accionar el carrete, enrollar el hilo y sacar el pez. La mayoría de las veces, los listillos acuáticos se comían el pan sin tocar el acero, pero él no decía nada. Cargaba rápido de nuevo, volvía a subirse y lo intentaba otra vez, con la misma determinación que el mar erosionando la roca. La maniobra le exigía un esfuerzo grande para un niño tan pequeño, pero la repetía sin protestar.

            En un par de ocasiones sacó algún pescadito. Con rapidez, para no dañarlo, lo desenganchaba y decía: “demasiado chico. ¿Dónde se metieron las viejas grandes hoy?” Y sin pensarlo, con un gesto ágil, lo echaba de vuelta al mar, demostrando un respeto por los peces impropio de su edad. Después de tanto esfuerzo, ni siquiera quería el animal como trofeo. Su afán no era un pasatiempo de verano, estaba tratando de atrapar la cena. No sé cuánto tiempo llevaría allí, pero no se fue hasta que se le acabó el pan. Solo entonces vació el cubo de agua, recogió la caña y se marchó murmurando: “Esta noche cenaremos huevos, las viejas no quisieron venir. Y yo, chiquito solajero cogí pa ná”.

            A veces un niño pequeño nos puede provocar un sentimiento de verdadera admiración. Yo, mirándole, creí ver en él el carácter de los antiguos guanches, voluntariosos, esforzados y fuertes, pacientes con la naturaleza y resignados a los contratiempos. Por su constancia, su respeto y su tesón, aprendido de sus mayores, pensé que sería bonito dedicarle unas líneas hoy.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LA SIEMBRA


            Rogelio no era, desde luego, el hombre más agradable del mundo. Ni fue buen marido, ni fue buen padre, ni buen abuelo, ni buen nada. Siempre hizo de su capa un sayo sin consultar a nadie, importándole un rábano las consecuencias de sus actos. Renegón, con un carácter endemoniado, el grito siempre a flor de labios, usaba la sonrisa solamente cuando convenía, que no solía ser casi nunca.

            Sus nietos no le llamaban “abuelo”. Para ellos era “el padre de mi padre” o “el padre de mi madre”. Para sus hijos era Rogelio a secas. Lo de “papá” es un título con demasiadas connotaciones tiernas como para adornarle con él, porque si de algo careció siempre fue de ternura. No ayudó con los deberes, no se desveló jamás por una fiebre infantil, ni fue a hablar con un profesor, ni preparó un desayuno a sus hijos. Con las migajas de lo que ganaba (o mejor dicho, con lo que no gastaba en juergas) su mujer crió a los niños, que volaron del nido en cuanto les fue posible. Después, no se le ocurrió que podía marcharse ella también y tratar de emprender una vida feliz, aún estaba educada en eso de “hasta que la muerte nos separe”, y se quedó con él, es decir, pasó un año tras otro sola, pero con compañero de cama, aguantando las habladurías de que si estaba con una, que si estaba con otra.

            Rogelio enfermó hace pocos meses; su mal carácter se acentuó, porque igual que no había sabido ser buena persona tampoco supo ser buen paciente; atenderlo fue una carga molesta y desagradable para su familia, que tenía muy poco que agradecerle. Aun así, todos cumplieron su papel hasta el final. En los últimos momentos, cuando vio la muerte de cerca, levantó las manos hacia su esposa, implorando ayuda, buscando consuelo. Y ella, abnegada hasta el postrer suspiro, se acercó a la cama… y le quitó los anillos de los dedos, pensando que después, cuando estuviera muerto, le iba a dar asco. Después, llamó al de la funeraria, que al llegar con su cara de condolencia los encontró a todos viendo la tele y tomando café con pastas mientras comentaban las noticias del día. “Coja para vestirlo el traje que quiera del armario, lo mismo da. Como si lo deja en calzoncillos, total, le vamos a incinerar…” El pobre funerario se quedó más pálido que el muerto que había en la cama.

            Cumpliendo su última voluntad (no fuera a volver para castigarles), debían esparcir sus cenizas en la calle en la que había nacido, una de las vías más antiguas y con más solera de la ciudad, popular, estrecha y muy transitada. El ayuntamiento les denegó el permiso para hacerlo, y temiendo que el mal carácter de Rogelio les alcanzase desde el más allá, se pusieron a pensar en cómo podían cumplir su deseo sin levantar sospechas. Al final, eligieron un día entre semana, vaciaron la urna cineraria en una bolsa del supermercado, le hicieron un agujero en el fondo por el que iba saliendo un discreto reguerillo de ceniza, y pasearon, calle arriba, calle abajo, durante toda la mañana, cruzando de acera, deteniéndose en los escaparates… En algún momento, una señora les advirtió: “disculpen, se les ha roto la bolsa y van perdiendo lo que sea que llevan dentro. Cuando lleguen a casa no quedará nada”. Se echaron a reír. “Gracias, esa es la idea”, y la pobre señora se marchó dudando acerca de la salud mental de algunos ciudadanos.

            Cuando ya el plástico quedó vacío, lo tiraron a una papelera y esperaron, mirando el reloj. No tardó en aparecer la máquina de barrer, con su ruido característico, su chorrito de agua para no levantar polvo y sus escobas circulares. Un empleado aburrido la conducía mientras escuchaba canciones de Estopa a todo volumen. En dos pasadas dejó la calle limpia, ante la atenta mirada de esposa, hijos y nietos. En cuanto terminó su trabajo y desapareció por la esquina siguiente, todos se fueron a comer a un buen restaurante.

            La moraleja de esta historia es muy fácil de comprender: si no sembramos cariño, al final nos sembrarán a nosotros en cualquier acera llena de cacas de perro y regueros de orines que van dejando los borrachos en las esquinas, y mezclados con ellos nos veremos barridos y arrojados al cubo de la basura. Hay quien no merece mejor final.

sábado, 15 de septiembre de 2012

LA QUEIMADA


            No sabía qué era lo que le había herido más, si que él la dejase o que ya tuviese el recambio preparado antes de darle la patada. El primer amor, por lo general, suele acabar dejándonos cicatriz, pero si se sazona con mentiras y algún cuerno, la sensación es dolorosa como pocas. Y peor aún cuanto más jóvenes somos cuando eso ocurre. Así le pasó a Eli, que al verse burlada y con el corazón roto no supo cómo reaccionar.

            Lo bueno que tienen esos hundimientos amorosos de juventud es que nos enseñan con qué tipo de personas no tenemos que volver a relacionarnos, pero ese beneficio no se ve durante las primeras semanas. Hasta que cesa el llanto pasan varios días, luego empieza la rabia, llegan las ganas de abofetear, de ofender, de castigar. Eli entró en esa fase, la del resentimiento y las ganas de devolver el golpe, pero no se atrevió a enfrentarse a él para decirle lo que pensaba. Buscarle, aunque fuese para acordarse de sus antepasados delante de sus narices, le daría a entender que aún le importaba algo, y no quería halagar su ego.

            Por aquellos días, en manos de nuestra protagonista cayó un folleto sobre turismo en Galicia. Concretamente estaba en la sala de espera del dentista, un lugar en el que, con tal de entretener la mente y no pensar en lo que van a hacernos, leemos lo que sea. Eli hojeó la publicación, y se detuvo ante una página en la que se explicaba lo que es una queimada. “Ritual de alcohol y fuego que se empleaba para ahuyentar meigas, trasgos, males de ojo, demonios y otras calamidades. Se hacía de noche, acompañándolo de un conjuro en lengua gallega heredado de las tradiciones celtas”. Y a continuación, daba la receta del brebaje y transcribía el mágico recitado. Ella, justo cuando la enfermera la estaba llamando para pasar a la consulta, arrancó con disimulo aquellas páginas y se las guardó en el bolso.

            Eligió una noche de luna llena, quería exorcizar sus demonios, es decir, dejar de sentir la rabia, la amargura que aquel mal novio le había dejado. No deseaba odiarle siquiera, solamente olvidar que había tenido algo que ver con él. Vertió la botella entera de orujo gallego en el cuenco de barro; después echó el azúcar, los granos de café, la corteza de limón y naranja, los palos de canela, y removió. Encendió una pequeña hoguera en la que incinerar cuantos recuerdos guardaba de él: notas, postales, alguna flor seca… y poco más, porque no había sido precisamente espléndido con los regalos. Una foto suya fue el último papel en arder, y después le prendió fuego al orujo. Comenzó a removerlo leyendo el conjuro arrancado de la revista, y cuando terminó, añadió: “y que le vaya mal en todo lo que haga. Que termine solo y arruinado, y que no tenga que volver a verle en mucho tiempo”. Después, apagó el fuego, dejó que se enfriase aquel brebaje, y bebió. Y bebió, y bebió, cogiendo la borrachera más grande de su vida.

            Cuando se despertó tenía una resaca tremenda, pero se sentía aliviada de su carga emocional. A partir de ahí pasó página y fue olvidando, y todo fue a mejor en su vida. En ocasiones se acordaba de aquel episodio alcohólico lunar y se reía de sí misma y de las estupideces que hacemos en nuestra juventud. Nunca se lo contó a nadie, ni tampoco supo más del sujeto en cuestión hasta casi treinta años después.

            Se lo cruzó por la calle, pero no le reconoció. Fue él quien la hizo parar. “¿Eli? ¡Vaya, cuánto tiempo! ¿Cómo te va?” Estaba gordo y canoso, casi calvo. Tenía los dedos amarillos por la nicotina, la dentadura echada a perder y la barba descuidada le hacía parecer aún más desaseado. “Bien, me va bien”. Quiso continuar su camino, pero una curiosidad morbosa la detuvo. La pregunta, maliciosa, brotó de sus labios disfrazada de cortesía inocente: “y tú, ¿qué es de tu vida?”

            Dos divorcios, varios juicios pendientes por estafa, embargos, multas, insolvencia, tres hijos a los que sus madres no le permitían ver más que lo estipulado por el juez, varios negocios fallidos… Todo le había salido mal. Casi (solo casi) llegó a darle un poco de lástima. Se marchó a casa, y por el camino, mientras sonreía para dentro, pensaba que en la etiqueta de las botellas de orujo debería ir impresa la receta de la queimada, el conjuro y una advertencia: “Cuidado. Estas botellas las carga el diablo”.

UN INOCENTE CAFÉ


            Estaba nerviosa. Le esperaba desde hacía rato, pero no porque él se estuviera retrasando, sino porque ella había llegado premeditadamente pronto. Lo que iba a decirle no resultaría fácil en principio, y tenía que reunir algo de valor para hacerlo. Le había citado con el pretexto de un inocente café entre amigos para hacerle una consulta de trabajo, pero sus intenciones distaban mucho de ser inocentes.

            Se conocían desde hacía años, siempre se cayeron bien. Mejor que bien, quizás, porque ella siempre pensó que se habían encontrado tarde, cuando los dos ya estaban casados con otras personas. Ella se enamoró desde el primer día, y a partir de ahí nada de lo que hizo o dijo su marido le pareció hermoso ni suficiente. Se mantuvo callada, esperó que todo fuese una ilusión pasajera y que las aguas volvieran a su cauce, pero el río de su deseo cada vez era más caudaloso e incontrolable, y terminó por separarse. Desde entonces no había hecho otra cosa que pensar en él, en cómo hacer para que se diese cuenta de que lo amaba.

            Él salió del trabajo y fue a su encuentro. Se saludaron con dos besos, como siempre, y llegó el camarero con los cafés. Charlaron de todo un poco, dando rodeos para evitar la conversación que había de producirse, y que no resultaba fácil de comenzar. No era posible que él no hubiese advertido el perfume, los labios rojos, el esmerado recogido de su pelo, el vestido verde que le alabó aquella vez. Toda ella era un semáforo de intenciones, y a buen seguro él ya había comenzado a desearla también, como la mitad de los hombres que había en la cafetería, algunos de los cuales la miraban sin siquiera disimular.

            Se cansó de hablar de intrascendencias, y atacó el tema. “Te he traído aquí para hacerte mío. No puedo seguir viendo cómo te mantienes a su lado por lástima, sé que sientes lo mismo que yo, que no la quieres, que sueñas con amanecer conmigo cada día. Que solamente te une a ella la promesa que le hiciste hace mucho tiempo, pero cuando la abrazas, cuando le haces el amor piensas en mí. Sé valiente, hoy por hoy un divorcio ya no escandaliza a nadie, ella saldrá adelante. No te niegues la oportunidad de ser verdaderamente feliz a mi lado. Bésame y todo lo que ocurra después será lo mejor de nuestras vidas”.

            Su cara de estupefacción habló con una elocuencia aplastante. Nunca había visto en ella más que a la amiga que era, jamás la miró con otros ojos, ni imaginó que la causa de que aquel matrimonio se hubiese ido al garete era él. No reparó en que ella se arreglaba de forma especial si el grupo de amigos quedaba para cenar, o salir al campo, o lo que fuese, e iban a verse. Se le cayó el café sobre la camisa y, atribulado, no supo qué decir. Ella le cogió la mano y la puso sobre su mejilla, y a él le dio tiempo de reunir el valor preciso. “Cuando mis labios hablan de amor no es tu nombre el que pronuncian, y si te beso ahora nunca lograrás entenderlo. No soy el héroe romántico que buscas, no estoy con ella por lealtad, sino porque la amo. Lo siento, no quisiera herirte, pero nunca he pretendido que vieses en mí nada más que el amigo que siempre he sido. Vamos a olvidar que esta conversación se ha producido, y sigamos adelante cada uno con su vida. Ojalá encuentres pronto con quién compartirla”. Y sin más, la besó en la mejilla y pagó la cuenta.

            Cuando él llegó, ni siquiera le vio entrar, tan inmersa estaba en sus pensamientos, en cómo se lo diría y en cómo reaccionaría. La saludó con dos besos, como siempre. “Qué guapa estás hoy. Has quedado con alguien para cenar después, ¿verdad? Vaya, cuánto me alegro. Ayer mismo comentábamos Maite y yo que ya iba siendo hora de que te rehicieras después del divorcio, es estupendo que salgas con alguien y te diviertas. A lo mejor pronto conoces al hombre de tu vida, ¿quién sabe? Bueno, cuéntame. ¿Qué necesitabas preguntarme?” Y ella, con lágrimas en los ojos, se marchó precipitadamente, dejándole con la interrogación en la boca y la cuenta de su café sin pagar.

jueves, 13 de septiembre de 2012

PROFESIONALES


            Nos sentamos con alivio, cuando ya nuestros pies venían pidiendo socorro desde hacía un buen rato. Habría sido mucho más cómodo quedarnos en el hotel mirándonos a los ojos, pero nos obligamos a salir para no dejar que la inminente despedida me nublase de tristeza. Ya sabéis, las mujeres y nuestra tendencia a la melancolía cuando nos separamos del ser amado.

            Habíamos caminado durante más de una hora a buen paso, con las manos enlazadas, como siempre, porque no supimos nunca cómo hacer para andar juntos y que nuestras pieles no se comuniquen mediante el contacto. A veces hablábamos; otros ratos, ni siquiera eso. Simplemente mirábamos el mar, las luces del paseo y la gente en las terrazas de las cafeterías y restaurantes, respirando profundo y agradeciendo al viento su soplar discreto, que refrescaba la noche sin hacerla desapacible.

            Elegimos para detenernos los sillones oscuros de un pequeño local. Los ojos nos pedían luces tenues con las que contemplarnos sin prisa frente a una copa, la última juntos quién sabe en cuánto tiempo. La presencia menuda de Mario, con su polo de rayas y su voz tenue, tan a tono con el estilo de su restaurante, se hizo patente junto a nosotros, distrayéndome las ganas de llorar.

            Hay muchas maneras de llevar un negocio de hostelería. No se exige titulación alguna para ello, y durante muchos años todo el que no tenía otro oficio conocido o no encontraba empleo ponía un bar; en multitud de ocasiones me han atendido camareros amables y muy competentes, pero en otras han sido personas con poca o nula educación, masticando chicle; me han servido comidas jugueteando a la vez con un piercing en el labio superior. Algunos me han tratado de usted y a otros les ha faltado preguntarme algo así como: “¿Qué te pongo, tía?” En un par de sitios me he ido a otro bar porque no se han dignado a interrumpir una conversación personal o telefónica para atenderme o limpiarme la mesa quince minutos después de haberme sentado en ella. He visto camareros discutir y chillarse entre ellos frente a la clientela sin ningún pudor, e incluso una vez salí huyendo de un establecimiento nada más ver las uñas de quien me puso el café, con una negrura solamente entendible en un mecánico de coches. Por eso Mario, con su impecable corte de pelo, sus manos blancas de ademanes suaves y precisos y su amable sonrisa ya hizo, antes de servirnos nada, que mereciese la pena haber escogido su terraza.

            “Buenas noches. ¿Qué les apetece tomar, señores?” Indecisa entre el mojito y el gin-tonic, vi dos copas de balón en la mesa de al lado. No tenía el ánimo demasiado caribeño, y el aspecto cristalino y refrescante de lo que tomaban aquellos casuales vecinos me decidió. “¿Qué tipo de gin-tonic desea?” No supe qué contestar. Nunca antes me habían hecho esa pregunta, quizá porque no salgo demasiado de copas por ahí, y cuando lo hago es raro que pida algo más fuerte que una cerveza. Vivo en un pueblo pequeño, y no he ido de marcha a la capital desde… ni me acuerdo. En mis tiempos mozos, cuando más salía, como mucho te preguntaban: “De Larios o de Beffeater?” Vaso de tubo, dos cubitos, una rodaja de limón, chorrete de alcohol a ojo, tónica de la de toda la vida, metían la cuchara larga y mezclaban, golpeando con ella el fondo del vaso. A más golpecitos, más evidente era que te habían puesto garrafón, y trataban así de que el gas carbónico se llevase el aroma de una ginebra tirando a regularcilla.

            “¿Qué le recomendaría a un profano en la materia?” es una fórmula estupenda que uso para no tener que decir claramente que no tengo ni idea. Lo entendió enseguida. “Bien. Entonces, para iniciarse en la cultura de la ginebra, yo le sugeriría una de origen francés, más afrutada y amable que otras. Las ginebras secas hay que aprender a apreciarlas”. Di el visto bueno con una sonrisa, y Mario desapareció con su paso elástico rumbo a su reino, la barra del bar. Cuando regresó, traía una botella redondeada. Quitó el tapón, y con un “permítame, por favor”, me la acercó para que la oliese. “El aroma de una buena ginebra se puede apreciar de la misma manera que un buen perfume”. No le faltaba razón, y a mi nariz llegaron notas vegetales, dulces y frescas. “He elegido para combinarla una tónica neutra. Así no desvirtuará su carácter, y podrá saborearla mejor. Solamente he añadido algo de corteza de naranja, una rodaja de lima y una semilla de anís estrellado, para redondear el conjunto sin disfrazar sus elementos”. Mientras hablaba, midió con precisión el licor y lo vertió, despacio, sobre el hielo. Se ayudó de una cuchara coctelera para sumergir la fruta y el anís en el líquido transparente y distribuir mejor los cubitos. Luego fue añadiendo despacio la tónica dejándola resbalar por el mango salomónico de la cuchara, evitando así que la dispersión del gas se llevase el espíritu de la delicada bebida alcohólica. Todo un espectáculo del que no perdimos detalle.

            El aroma de mi copa, cuando me la acerqué a los labios, me hizo sentir bien. Su sabor no era, ni de lejos, parecido a nada que hubiese probado antes. El anís y la lima apenas se intuían, las finas burbujas se deshacían llenándome la lengua de matices desconocidos, y mi garganta, al paso del líquido, se inundó de aquella dulce y delicada frescura, dejándome la misma sensación reconfortante que nos invade al acoger entre los brazos a un bebé recién bañado, con su olor limpio de piel nueva, flor de naranjo, grosellas y alegría cristalina.

            Mario pasó por nuestra mesa unos minutos después. “¿Ha resultado de su gusto?” Me eché a reír. “Me lo estoy tomando despacio porque me da pena que se me acabe”. Él sonrió, y con un “gracias” tan quedo como su discreto andar, nos dejó solos.

            Qué distinto puede ser todo cuando tropiezas con un buen profesional. Ellos son los que tienen el poder de convertir una simple copa en una experiencia cuyo recuerdo nos haga sonreír, una gracia especial que puede cambiarnos el humor. Ojalá hubiese muchos más como Mario. Su rincón, el “Praya”, en la playa de Las Canteras, no lejos del Auditorio Alfredo Kraus, es una de las muchas cosas bonitas que me ha regalado Las Palmas estos días.

            Ha sido un placer, caballero.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

FRENTE A FRENTE


“Yo nací del otro lado de este mar nuestro, cansado, que te besa con pereza,

y desde allí, en la distancia, me enamoró la arrogancia de tus perfiles airados.

Entre brumas emergía la rotunda poesía del Padre Teide nevado,

el celoso centinela de estas siete carabelas que en torno a él han fondeado

buscando abrigo y cuidado…”

            Recuerdo la primera vez que escuché estos versos. Los llevo desde entonces prendidos al forro de mi cuerpo por la parte de adentro; me los cosiste tú con el portentoso hilo de tu voz. Te debo, por tanto, un soplo del amor que siento por esta mágica tierra, por este puñado de joyas que dejó caer sobre el Atlántico algún dios caprichoso.

            No era, desde luego, la primera vez que te escuchaba cantar, porque cuando yo nací ya tu fama había dado la vuelta al mundo, pero sí fue la primera vez que pude percibir el poder de los volcanes en una garganta, la tuya. Esos versos fueron la llave que usaste para abrir el cofre de mi atención al prodigio de tus cuerdas vocales y a la maestría de tu dominio sobre ellas, y avivaron en mí la inquietud que ya sentía por conocer el lugar que os hizo posibles, a ti y a esa canción que no me ha abandonado ya nunca.

            Esta mañana lo he hecho por fin. Caminé hasta La Puntilla, mientras Las Palmas se desperezaba. Allí me descalcé, y con el pantalón remangado y los zapatos en la mano metí los pies en el Atlántico pisando la arena de Las Canteras. Confieso que en algún momento pensé, deseé, que la esencia del océano entrase por mi piel y me invadiese, como seguramente hizo contigo, aportándome algo de esa fuerza que os hace a los canarios tan especiales. Caminé toda la orilla, desde la zona rubia hasta las rocas que guardan la arena negra del último tramo, justo donde se eleva el auditorio que lleva, orgulloso, tu nombre, y allí me senté para mirarte. Tú y yo, frente a frente. Tus ojos de bronce, que antaño fueron vivos y penetrantes y ahora se dirigen eternos a las olas del océano, me vieron. Y escuchaste, callado, lo que vine a decirte: GRACIAS. Por aquellos versos que me cambiaron, que me empujaron un poco más a conocer el lugar al que siempre quiero y querré volver. Gracias por esa voz que puso a Canarias en el mapa del mundo. Gracias por las veces que tu guitarra se perdió por La Laguna serenateando a su luna tinerfeña, por cantarme que naciste a la sombra del Roque Nublo, la lírica piedra lunar que protege y abandera a Gran Canaria.

 Te debía esta visita, maestro, y yo procuro pagar mis deudas. Así que aquí estoy, frente a la escultura que te muestra ante las generaciones que no han tenido la suerte de conocerte en vida, porque a pesar de tu triunfo en todo el planeta elegiste volver, respondiste a la llamada de las islas para vivir la eternidad desde este paseo, mirando a la playa hermosa e interminable de Las Canteras. Aquí estoy frente al gran Alfredo Kraus, el de la voz forjada a fuego, retama, océano y alisios, para contarle lo que un día me hizo sentir, y para preguntarle qué tiene esta tierra irrepetible, qué es lo que la hace parir seres tan entrañables, por qué aquí se dan, como en ningún otro sitio, voces tan únicas, por qué la música brota de cada esquina como el agua de los manantiales. Su rostro, ahora imperturbable, no ha querido contestarme. Creo que es su forma de decirme que no busque razones, que la magia no se explica. Se disfruta, y ya está.

Tal vez el mundo nunca vuelva a conocer una voz como la suya. Pero si algún día se da, estoy segura de que habrá nacido en uno de estos siete talismanes de lava y sal.