miércoles, 31 de octubre de 2012

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (ENÉSIMA ENTREGA)


            Una de las cosas que observé durante los años en que trabajaba con ancianos en una residencia, es que la memoria de los mayores, cuando se empieza a volver frágil, es muy selectiva. Empiezan olvidando lo más cercano: qué comieron ayer, qué hicieron la tarde anterior… Después desaparece lo vivido en los últimos años, y así, progresivamente, sus discos duros se van vaciando de datos. Los recuerdos que permanecen hasta el final, los que resisten el asedio de demencias seniles, alzheimer y demás monstruos destructores de memoria, son los más lejanos, los de la infancia y la primera juventud. Podemos olvidar al marido, a los hijos, y los últimos que se nos irán de la mente son papá y mamá. Bueno, eso, y también otra cosa: los males que nos hicieron. Esos recuerdos amargos se graban tan a fuego en nosotros que no hay casi nada que los borre.

            Se llamaba Otilia. Era una mujer de pueblo que jamás supo escribir ni leer, no hizo otra cosa que trabajar. Su madre murió muy joven, como tantas otras en aquellos años (malos partos, tuberculosis… la mortalidad femenina e infantil era mucho más alta que ahora), y a la desgracia de quedar huérfana se sumó la de convertirse en la fregona de su casa, obligada a criar los hermanos pequeños y atender al padre. Así fue hasta que se casó, pero no lo hizo por gusto, sino por obligación. A cierta edad había que casarse, sí o sí. Ella estaba muy enamorada de un mocetón que vivía en su misma calle, y él la correspondía, pero otra muchacha (bruja, lagarta, zorrupia) se metió en medio y se lo quitó.

            No sé por qué me contaba esas cosas. Cuando yo la conocí, su cabeza vivía en la época en que tenía veinte años, y me llamaba Carmina. Después descubrí que la tal Carmina era una de sus hermanas pequeñas, pero ya hacía bastante tiempo que había muerto. Todo eso ella lo ignoraba por completo; no se daba cuenta de que estaba en una residencia, que las otras mujeres no eran vecinas del pueblo, que la comida que le poníamos en la mesa no la preparaba ella. A veces metía la cuchara en el plato, probaba la sopa y me decía: “me quedó rica, ¿eh?” Yo siempre le contestaba: “Deliciosa, Oti, eres la mejor cocinera del mundo”, y  me sonreía como un conejillo.

            Cuando Otilia se casó con aquel novio al que no quería, después de que el hombre de sus sueños se fuera con la otra (la muy gorrina, claro, yo era decente y ella le enseñaba la pierna, y lavaba con agua caliente los jerseys para que le quedaran bien prietos y él le viera las domingorras), su vida fue una continua desdicha. Vivían en casa de su suegra, que se pasaba el día borracha y dándole órdenes. Muchas veces la hacía ir a comprar garbanzos, y después los tiraba al suelo de la cocina y la obligaba a recogerlos uno a uno. “Así bajas barriga, que te estás poniendo gorda”, solía decirle. La pobre Oti podía no recordar el orden en que tenía que ponerse la ropa por las mañanas, pero esas otras cosas no se le olvidaban.

            Quiso la suerte que ingresara en la residencia una anciana, de nombre Paca, que venía del pueblo en el que Otilia había nacido. Si era la misma Paca que le había levantado el novio o no, nunca llegué a saberlo. Lo que sé es que en cuanto la vio sentada en el comedor y la presentamos al resto de residentes, a ella le cambió la cara. Luego me preguntó: “Carmina, ¿qué hace esa aquí? ¿A qué ha venido? ¿A refregarme que disfruta del hombre que yo quería?” Yo le dije que no, que estaba confundida. Que no era la misma mujer, y que además era viuda. Pero a ella su cabeza le decía que sí. Y decidió vengarse.

            La campaña de acoso comenzó de forma sutil. Pasaba a su lado, y, como quien no quiere la cosa, le dejaba caer un “zorra”, o un “guarra”. La Paca en cuestión estaba sorda como una tapia, y la cabeza tampoco le funcionaba muy bien, de modo que respondía al saludo: “adiós, señora, buenos días”. Y Otilia se moría de risa. Otras veces pasaba junto a su mesa en el comedor, y tiraba “accidentalmente” su vaso de agua, o le echaba sal en el café. Pequeñas venganzas que a ella le sabían a gloria, pero que no hacían mella en la pobre Paca, a la que le daba igual tres que treinta, porque no tenía ya juicio suficiente ni para sentirse ofendida.

            Una tarde, a la hora de la merienda, las noté raras a las dos. Otilia se andaba escondiendo por detrás de las puertas, y Paca caminaba por el pasillo con cara de desconcierto, como si le faltase algo. Yo me olí la tostada, y le pregunté. “Oti, ¿qué has hecho? Mira que te conozco, y tú solo te escondes cuando haces alguna trastada”. Ella se reía, viendo deambular a la pobre Paca como un alma en pena. “Me he colado en su casa y le he robado todas las bragas. Mírala cómo va, muerta de vergüenza porque debajo de la falda lleva el culo al aire. ¿No se las quitó para robarme al novio? Pues que se fastidie, que por su culpa yo no hago más que fregar y recoger garbanzos del suelo”.

            A Paca la cambiaron de planta aquella misma tarde, mientras yo recuperaba su ropa interior del jardín; Otilia se había metido en su dormitorio, había vaciado el cajón de sus bragas y sostenes por la ventana, y se había resarcido así de aquella antigua deuda. Al día siguiente ya no se acordaba de lo que había hecho. Solamente de que una vez se enamoró y no pudo ser, y de que si llega a saber que su suegra la iba a tratar tan mal, antes que casarse se habría tirado al río.

martes, 30 de octubre de 2012

EL ATAQUE


            Andaba yo estos días con el ánimo un poco torcido, y no sabía por qué. Primero pensé que era el otoño, pero le pedí responsabilidades y me contestó que le dejase en paz, que él no tenía nada que ver en mi decaimiento, y que estaba harto de que todo el mundo le echase la culpa de todo lo que pasaba. “Si uno se constipa en octubre, la culpa para mí. Si a uno se le cae el pelo en octubre, la culpa también para mí. Si no hago frío, dicen que estoy loco. Si hago frío, dicen que soy malo. Si lluevo, porque lluevo, y si no lluevo, porque no lluevo. ¡A ver si me vais dejando en paz! Si estás mustia, riégate y andando, pero a mí no me mires, que yo, en lo que a ti te pasa, ni pincho ni corto”.

            Buscando el origen de mi desazón les pregunté a mis entresijos, por si andaban incubando algún virus, o por si algo no funcionaba como debía en mis tripas. “Nosotros funcionamos bien, no nos pasa nada. Solamente tienes una muela contestataria, que por hacerle la contra al resto de tus partes corporales se está dejando agujerear y prepara un dolorcito para el mes que viene, pero por lo demás, todo en orden”. Pues nada, a concertar cita con el dentista para cambiar el dolor de muela por una aguda "bolsillalgia", y a seguir buscando la causa de mi malestar.

            Interrogué también al perro, y me dijo que no había dejado ninguna pulga por mi cama que me pudiese estar fastidiando. Mi cuenta bancaria también se exculpó: “mujer, no estoy para tirar cohetes, pero ninguno de mis números se ha puesto rojo. Yo no soy lo que te enturbia el ánimo. Busca en otro lado”. Estuve unos días más con mis pesquisas, hasta que de pronto, ¡zas! La respuesta saltó ante mí como un conejillo en el campo: cuando menos lo esperaba. Vine de la calle, entré al portal y abrí el buzón. En él había lo de siempre: una factura del móvil, una carta del banco llena de recibos y gastos, una propaganda de pizzas a domicilio y la pegatina de un cerrajero de urgencias. Nada más. Fue entonces cuando noté la punzada de la nostalgia traspasándome el pecho. Ese era mi mal: un ataque de epistolitis.

            Crecí y maduré enviando y recibiendo cartas. Escribía a mis primos, a los que siempre adoré, primero a Soria, luego a Oviedo, luego a La Coruña. Escribía a mis amigas de la infancia, que vivían en León. En verano, escribía a mis amigas del instituto, que pasaban las vacaciones en sus respectivos pueblos de Palencia y Salamanca. Una de mis profesoras envió las direcciones de todos sus alumnos a su madre, también maestra, destinada en un pueblo de Pontevedra, y desde allí me llegaron las señas de una niña de nombre Marta, a la que nunca llegué a conocer en persona, pero con la que intercambié muchas cartas durante años. Luego me eché novio, y vivía lejos, de modo que día sí, día también, mandaba y recibía cartas y más cartas.

            Las he escrito de todas las formas y colores: de veinte folios y de una cuartilla sola, de colores, blancas, con rayas, con dibujos. Las he salpicado de flores, mariposas y muñequitos, he pegado pesetas en ellas para saldar pequeñas deudas, las he acompañado de fotos, pétalos secos, perfumes, estampaciones de mis labios pintados de carmín con los que sustituía la palabra “besos”; las he escrito en códigos secretos inventados con mis amigas, y en ellas he contado de todo, porque no hay nada, nada en el mundo, que no se pueda decir en una carta. He mandado algunas con cierta dosis de rencor, e incluso veneno (por lo general, una misiva de esas características era lo último que el destinatario recibía de mí, era el previo al “olvida que alguna vez fuimos amigos”), pero lo más normal es que en aquellas hojas hubiese chistes, pensamientos, anécdotas, risas, recuerdos, y mucho cariño. O directamente amor del bueno.

            Ya no sé el tiempo que hace que no recibo una carta de nadie. Una de verdad, escrita a mano, con mi nombre estampado a bolígrafo en el sobre, con su sello y su matasellos. Recoger del buzón algo así suponía siempre una emoción previa, que abría la puerta a otra emoción más grande. No existía internet, tampoco había móviles, y muchas cosas no se podían expresar por teléfono con la misma exactitud que en una carta. Añoro intensamente esas benditas hojas que se guardaban como tesoros, y que se leían, se releían y se requeteleían para volver a sentir. Nada de lo moderno, ninguno de los adelantos que tenemos ahora al alcance de la mano para comunicarnos, puede sustituir eso. Y no hace tantos años de lo que estoy contando, en serio. Pero llegaron los mails, internet, los móviles, el whats-up, y un poquito cada día, sin que nos diésemos cuenta, nos pusieron enfermos de inmediatez. Ya nadie escribe cartas y las echa al correo. Un par de días para que un mensaje llegue a su destino es un plazo intolerable para nosotros. Se han perdido la anticipación, los nervios de la espera, la alegría al ver al cartero. Los jóvenes desconocen la sensación de un sobre con letra amada quemándote en el bolsillo, del buscar estar a solas para leer esa carta, con el corazón galopando, con un suspiro al final de cada línea… No saben lo que es acariciar los surcos que dejó el bolígrafo de quien trazó esas letras, lo que es besar el papel al terminar, lo que es reír, y llorar, y sentir ante un papel manuscrito. No saben lo que es bueno.

            Definitivamente, padezco un ataque agudo de epistolitis. Tendré que recurrir al viejo truco de escribirme a mí misma una carta de amor y echarla al correo. No es lo mismo, pero es mejor que nada. Ay, qué difícil es ser romántico con los tiempos que corren.

lunes, 29 de octubre de 2012

JALOGÜÍN


            El año pasado por estas fechas publiqué una entrada en el blog titulada “Halloween”. Seguro que algunos la recordaréis, y si no, podéis buscarla en el histórico del blog para refrescaros la memoria. En ella hacía todo un alegato en defensa del día de Todos los Santos que hemos celebrado aquí toda la vida, relegando el Halloween americano a la categoría de payasada yanqui invasora, cuyo propósito no era otro que eliminar lo nuestro para colonizarnos con lo suyo.

            Esta vez no se trata de un “donde dije digo, digo Diego”. Hoy es un más bien “rectificar es de sabios”. No es que lo que antaño me pareció una solemne estupidez me parezca hoy una brillante idea, ni mucho menos. Simplemente, le he encontrado la utilidad, y por ello voy a defender esa celebración.

            Mi cambio de actitud viene del hecho de que estoy cansada. Todos estamos muy hartos. Hartos de la crisis, hartos de no llegar a fin de mes. Hartos de ver cómo los señores banqueros mandan a los rott-weilers uniformados a ejecutar desahucios, dejando a las personas sin techo a empujones, a rastras, a porrazos si es preciso, despachándose a gusto también (ya que estamos repartiendo, que le toque a más gente, como la pedrea de Navidad) con los vecinos y la gente que va a gritarles su desvergüenza a cara descubierta. Estoy harta, estamos hartos, de ver cómo se encarcela a quien roba treinta euros de comida en un supermercado, y se aplaude a quien desvalija el bolsillo de todos por valor de cientos de miles de euros. Estoy cansada de estar sin trabajo, de que familiares y amigos también lo estén. De ver a gente que se le pasa la edad sin poder tener hijos porque no cuenta con un salario para asegurar su futuro.

Seguro que todos sabéis de qué estoy hablando, y seguro que todos estáis hartos de las mismas cosas que yo. De salir a la calle a preguntar por qué cada día que pasa nos parecemos más a los cangrejos, y que nos contesten con evasivas, o directamente con golpes. De cuestionar unas medidas que cada vez nos asfixian más a los que menos tenemos, y ver cómo los responsables se ríen de nuestro clamor, escudándose en su mayoría absolutísima y a golpe de decreto innegociable. Seguro que todos vosotros estáis ya tan cansados como yo de respetar las reglas del juego y ver cómo los fulleros de siempre sacan ases de las mangas de sus carísimos trajes para tener siempre las de ganar. Pues se acabó. Rompo la baraja. No juego más.

            Respeto a mis difuntos, los recuerdo, les hablo de ellos a mis hijas, les enseño fotos en las que aparecen, para que sepan, para que no olviden. Pero si el calendario me ofrece una fiesta que me aparte un poco de esta realidad tan negra que nos envuelve, no pienso desaprovecharla. Si la noche del 31 de octubre puede uno vestirse de lo que más “yuyu” dé, salir a la calle rodeado de monstruos a meter miedo a las beatas (perdón, religiosas mujeres de bien) y olvidarse un rato de tantos problemas, pues bienvenido sea el Halloween, o el Jalogüín, como yo prefiero llamarlo para españolizarlo y eso, como dice el ministro Wert. De modo que, cuanto más negros sean los trajes y las mantillas con que las señoras del gobierno van a ver al Papa, más absurdo será mi disfraz, aunque hasta llegar a su nivel de absurdez me lo voy a tener que trabajar muchísimo. Pediré caramelos, que cuestan poco y animan mucho (aunque luego no me los coma, que entre el dentista y el dietista me voy a arruinar), haré ruido y gamberrearé cuanto pueda, porque esa noche hay licencia para asustar sin tregua, y estoy tan, tan, pero tan harta de estar asustada, que ser yo la asustante por un rato se va a convertir en un verdadero gustazo.

            Echadme una mano, por favor. Necesito que me digáis cuál de estos disfraces para Jalogüín es más terrorífico: de lancero de Tordesillas sediento de sangre y armado de cuchillos y destornilladores, de la señora Sáez de Santamaría de luto riguroso, con mantilla y rosario en el Vaticano, de antidisturbios con careta, escudo y porra fácil (sin número de placa a la vista, of course, que no nos falte detalle), de banquero-vampiro ávido de chuparnos hasta el tuétano de los huesos, o de Sor María, con su hábito gris y un bebé en los brazos recién arrebatado a su madre. Difícil elección. Me lo he currado, ¿eh? ¿A que dan mucho miedito todos? Al lado de cualquiera de ellos, la clásica Muerte, el esqueleto, el fantasma, Frankenstein, Drácula o Jack el Destripador parecen inocentes corderitos.

            Desde estas líneas os animo a todos a celebrar el Jalogüín. Sacad vuestro coraje a pasear disfrazado de lo que sea, y reíros, por una vez. Para llorar sobran días el resto del año.

domingo, 28 de octubre de 2012

IMPORTANTES


            No es frecuente que ocurra lo que pasó el viernes; la verdad es que me dio qué pensar, principalmente sobre mí misma. Os lo cuento enseguida, pero antes voy a poneros en antecedentes, porque el tema tiene mucha tela para cortar.

            Cuando perteneces a un grupo grande, como una banda de música o un grupo de folklore, un coro, una compañía de teatro, una empresa o lo que sea, no tienes la misma relación ni la misma afinidad con todos. Siempre hay personas cuya compañía y conversación buscas, y otras con las que mantienes la cordialidad, sin más. Si tienes mala suerte, habrá algunos a los que no podrás ni ver, pero no tendrás más remedio que tolerarlos por el bien común. Ahora sí, terminados los ensayos, la jornada laboral o la representación teatral, cada uno a su casa y Dios a la de todos, como se suele decir. El caso es que muchas veces no eres consciente de lo que algunas de esas personas significan para ti hasta que no ocurre algo que se sale de lo normal.

            Uno de mis compañeros tuvo, hace tres de años, un bloqueo del sentido del gusto y del olfato. El tratamiento farmacológico ordenado por el médico duró cerca de un mes, y le fue bien: recuperó el sabor y el olor de las cosas, y se olvidó del tema. Hasta hace año y medio, en que después de peregrinar de consulta en consulta por fuertes dolores en las caderas y dificultades para caminar, se dieron cuenta de que aquel tratamiento había tenido un indeseado efecto secundario: necrosis de las cabezas de los dos fémures, destrucción de las articulaciones en las dos caderas. Imprescindible sustituir ambas por prótesis.

            Desde aquel diagnóstico han pasado dieciocho meses. Año y medio sin poder hacer vida normal, con muletas, serias dificultades para sentarse, levantarse, darse la vuelta en la cama. Baja laboral, muchos dolores, muchas pastillas, y la desesperación de ver correr los meses sin que la intervención quirúrgica se produzca. Y muchas visitas al hospital a pedir, a rogar, opérenme ya, por favor, que esto no hay quien lo aguante.

            Hace dos semanas le pusieron, por fin, la primera prótesis. Qué desesperado hay que estar para celebrar con cava que te han llamado para abrirte un lado del cuerpo, partirte los huesos, quitarte trozos y cambiarlos por elementos metálicos, pero el alivio se le salía por los poros cuando le avisaron de que ya había fecha. Este viernes, al verle en la puerta de la sala de ensayos, el director hizo parar a la banda la pieza que estábamos ensayando, y ordenó tocar “Valencia”, de Padilla. Lo que se toca para recibir a las falleras mayores y a las personalidades importantes. Estaba aún muy pálido por la pérdida de sangre, y avanzaba con un andador, como los abuelitos. Pero los ojos le brillaban de una manera especial, se sintió emocionado por el recibimiento, por poder entrar andando a esa sala en la que compartimos tantas horas de música y esfuerzo.

            Creo que no es la primera vez que os digo lo difícil que es tocar el saxo cuando te echas a llorar. Pues eso, que no pude tocar. Que me tuve que esconder detrás de mi atril, parapetarme en mis partituras y disimular. ¿Cuándo el compañero de cuatro sillas más para allá se convirtió en un Amigo? No lo sé. Nadie sabe dónde está la frontera entre dos sentimientos tan próximos como lo son la simpatía y el cariño, en ocasiones tiene que pasar algo que te diga “chata, esto no te es ajeno. No le está pasando a cualquiera, le está ocurriendo a un Amigo, y lo que sea, bueno o malo, te importa”.

            A mi Amigo aún le falta una cadera, y no hay fecha para la segunda operación. Pero yo ya he comprado el cava, y lo tendré en la nevera hasta que llegue la segunda llamada. Escucharé con rabia las noticias de cada nuevo recorte en sanidad, pensando que cada uno de esos tijeretazos presupuestarios supondrá un retraso más en su operación, y se me comerán los nervios esperando, porque es mi Amigo el que tiene detenida su vida esperando esa prótesis. Pero cuando llegue, cuando pueda volver a entrar a la sala de ensayos caminando y sin muletas, seguramente esta que escribe tenga que volver a esconderse detrás de su atril.

            A veces pienso que me gustaría no ser tan transparente, quisiera que no se notara tanto lo que siento. Pero he llegado a la conclusión de que entonces no sería yo, y quizá no tendría una vida emocional tan rica, ni podría expresar tantas cosas cuando escribo. En resumen: las lágrimas, si son sinceras, son importantes.

viernes, 26 de octubre de 2012

POR UN BESO


         Isabel madrugó para ir al mercado. Los viernes, a partir de las doce, el mejor género ya se había agotado, y la afluencia de gente hacía la compra muy incómoda. Le gustaba ir a por los productos frescos a los puestos de toda la vida, en los que ya compraba su madre, en el Mercado Central de Valencia. Era el mejor sitio para encontrar lo más granado de la huerta valenciana, los mejores encurtidos, las aceitunas, el pescado recién traído de la lonja, las anguilas aún vivas procedentes de la Albufera, y cualquier otra delicia que pudiese apetecer.

            La lechuga iceberg, la rúcula y los aromáticos limones primofiori, además de los ajos y los arándanos secos, se los suministró sin problemas su frutero de confianza. Compró también granadas y naranjas para el postre. Las clóchinas, pequeños mejillones mediterráneos, fueron más difíciles de encontrar; todo lo que veía era mejillón gallego, más lucido de tamaño, pero con otro sabor. A Isabel le gustaba más la variedad autóctona. Uno de los pescaderos tenía guardado un pequeño saco. Dos kilos a la cesta.

            Visitó la quesería para obtener el queso de cabra en rulo, necesario para la ensalada que quería preparar. Piñones y guindillas, y también pimienta negra para moler; para poder obtenerlos tuvo que guardar cola, el especiero estaba muy solicitado aquel día. ¿Qué más le faltaba? ¡Ah, sí, la panceta ahumada! El charcutero se la cortó en lonchas finitas, y le dio un paquetito, como solía hacer, lleno de trozos de mortadela a punto de caducar. “Para el perro”, le dijo sonriendo. Ella pagó, dando las gracias. Ya solo le faltaban el aceite de arbequina y el pan de pueblo.

            Caminó hasta su barrio con la cesta de esparto en una mano y dos bolsas en la otra. Llegó cansada, con marcas en los dedos causadas por las asas de cuerda y plástico y el peso de la compra. “La próxima vez me llevo el carrito, aunque sea un incordio ir sorteando obstáculos con él”, pensó. Mientras sacaba todo lo que había comprado para ir colocando cada cosa en su sitio, sonrió imaginando las caras de su marido y sus hijos cuando viesen la comida que les iba a preparar. No se celebraba nada en concreto, simplemente le apetecía dar una alegría a los suyos al terminar la semana de trabajo y de colegio.

            Limpió los moluscos uno a uno. Era una faena pesada e ingrata, así que puso la radio para hacerla más llevadera. Troceó la lechuga y la metió a remojo. Una vez escurrida, la colocó en una fuente, y repartió la rúcula por encima, espolvoreando después sal y pimienta recién molida, y rematando con el aceite de arbequina. Metió las clóchinas, con todo su olor a mar, en una olla grande; puso pimienta en grano, dos ajos, algunos trozos de limón y una guindilla, añadió una hoja de laurel y un chorretón de aceite, tapó y encendió el fuego. Mientras los bivalvos se abrían, troceó la panceta y la puso en una sartén para saltearla. Cuando empezó a soltar la grasa, echó los piñones, lo sofrió todo, y por último repartió medallones de queso de cabra antes de apagar el fuego, buscando que se calentaran sin derretirse. Los arándanos secos fueron el último ingrediente.

            Preparó la mesa con cuidado. Un mantel bonito, el pan cortado en la cestilla, servilletas de papel color granate, y una botella de blanco de Rueda que guardaba desde Navidad y que tenía en la nevera desde la noche anterior. “Perfecto”, pensó. Después, quitó del fuego la olla con los mejillones y la dejó reposar tapada, para que el caldito salado que los moluscos habían liberado al cocinarse se mezclase con el sabor de las especias y el limón. Golpeó bien con la parte cóncava de una cuchara la cáscara de las granadas, de modo que los rojos granitos se desprendiesen con facilidad; una vez los tuvo sueltos en los cuencos de cerámica, regó con zumo de naranja y un chorrito de mistela. Y, para terminar, repartió el sofrito de panceta y piñones con el queso sobre la lechuga, puso la fuente en la mesa y esperó.

            A las dos y cuarto llegaron todos. Se sentaron a comer, engulleron en media hora lo que ella llevaba preparando desde tan temprano mientras veían las noticias en la tele, y después se dispersaron sin tomar siquiera café: los hijos se encerraron cada uno en su habitación a estudiar, el marido se sintió cansado y se acostó a dormir la siesta. E Isabel quedó sola, recogiendo la cocina, fregando y colocando de nuevo todo en su sitio, con una tristeza que no sabía cómo dominar. Mientras se enjugaba una lágrima con la punta del delantal, pensó: “el viernes que viene, lentejas viudas. Que les den morcilla a todos”.

            En ese momento, descalzo, en calzoncillos y camiseta, su marido entró en la cocina. Se había levantado, en un arranque de inspiración, para darle un beso. “Muy rica la comida, cariño. El toque de los arándanos, delicioso. Te quiero”. Y se volvió a la cama.

            Con el calor de aquel beso aún bailando en sus labios, Isabel sonrió y se puso a maquinar qué comida sabrosa podía preparar para el domingo.

jueves, 25 de octubre de 2012

AYUDÁNDOSE ENTRE COLEGAS


            El ángel del amor andaba tristón y cabizbajo. Algo depre, como se suele decir. Tenía las alas caídas, los rizos descolocados, y las flechas de su arco no brillaban. Tampoco tenía ganas de dispararlas, de modo que no hacía nada por limpiarlas y ponerlas a punto. Llevaba la túnica sin planchar, el carcaj mal atado, y arrastraba el arco, como su desidia, tras de sí al caminar, dejando que se rayase contra el suelo.

            Una tarde se cruzó con el ángel de la muerte, que paseaba entre la gente buscando a su próximo elegido para cruzar al mundo de los etéreos. Hacía tiempo que no se veían, de modo que se pararon a conversar. “Pasionero, chato, ¿qué te pasa? Te veo un poco… digamos… alicaído. Cuéntame lo que te ocurre, a lo mejor yo puedo ayudarte”. El rubio ángel del amor le miró y se esforzó por sonreír. Siempre era un gusto charlar con un viejo amigo, aunque uno estuviese desanimadillo. “¿Qué hay, Matador? Aquí estoy, resistiendo. No te voy a negar que ando un poco pachucho, porque ya te has dado cuenta”. Y mientras caminaban, invisibles al ojo humano, se entretuvo en contarle sus cuitas. “La gente ya no me hace caso”, le dijo el ángel blanco al ángel morado (sí, habéis leído bien, es morado, no negro. En un principio, su creador lo diseñó como todos lo imagináis, pero después de ponerle las alas pensó que parecía una mosca enorme y le cambió el color para hacerlo más digno). “La gente ya no desea enamorarse, tienen demasiada prisa. Solo buscan sexo, pero sin ataduras emocionales, no quieren entrelazar sus sentimientos. Prefieren que nada les complique la vida. Eso soy ahora: una complicación. Ya nadie me quiere”.

            Matador miró a Pasionero con preocupación. “¿No será que has perdido la ilusión por tu trabajo, y por eso no consigues hacerlo tan bien como antes? Creo que necesitas inspirarte y ponerle más ganas. Seguro que si te aseas un poco, limpias las flechas, templas tu arco y te empeñas, consigues volver a ampliar tu cartera de clientes. Recuerda que tú y yo somos los ángeles más pesados, los que siempre consiguen lo que se proponen, y de los que depende que el mundo humano siga funcionando: si yo no mato, la población no podría renovarse. Si tú no enamoras no nacen niños, y estos estúpidos homo sapiens que no saben nada se matan entre ellos, dejándome a mí en el paro. Anda, vete a casa, duerme un poco y ponte las pilas, muchacho”.

            Pasionero se despidió de Matador (vaya nombres les pusieron, si no lo digo, reviento. En lugar de hablar de dos ángeles parece que estoy hablando de dos toros bravos) decidido a hacerle caso, pero sin saber cómo. Necesitaba un plan, un lugar para inspirarse. Tenía que buscar algún sitio en donde pudiera encontrar sentimientos de verdad. Le hacía falta ver algo que le hiciera recuperar la confianza en las personas, precisaba tocar el cariño sincero de alguien hacia otro alguien para volver a creer que no todo estaba perdido, que valía la pena luchar. Lo buscó en un instituto, pero no lo encontró. Allí solo había hormonas desatadas. Lo buscó en una discoteca, pero tampoco lo halló: allí, por no haber, no había ni conversación. Miró en el hospital, y encontró miedo y esperanzas, lucha, dolor, triunfos y derrotas, pero no amor. Buscó hasta en la sede de Naciones Unidas, y sí encontró amor, pero por el dinero, no entre seres humanos.

            Estaba a punto de darlo todo por perdido cuando volvió a encontrarse con el ángel de la muerte. “Chico, no hay manera. No me inspiro. Busco algún lugar en donde la gente aún se ame de verdad, en pareja, entregándoselo todo al otro sin buscar nada a cambio, pero no lo encuentro”. Matador sacó un papel de su bolsillo, y anotó en él un nombre. “Vengo de allí, fui a buscar a una muchacha para liberarla de la cárcel corporal. Hacía mucho tiempo que no veía en ningún otro sitio lo que he visto hoy”. Y, deseándole buena suerte a Pasionero, siguió su camino.

            Fue un vuelo largo, pero al fin llegó. Un claro en la selva del Amazonas; apenas dos docenas de chamizos habitados. Allí, por no tener, no tenían ni ropa. Las mujeres no se tapaban, ni los hombres tampoco, y si algunas hojas cubrían partes de sus cuerpos era como meros adornos, no como vestido. Ni televisión, ni internet, ni coches, ni tiendas, ni bares. Nada. Solo gente alegre, ocupada únicamente en vivir. Eran libres, y por eso se amaban, porque sabían que era lo mejor que podían esperar de la vida. Lo único que les hacía verdaderamente ricos era tener a alguien al lado con quien compartir el agua del río, los peces, los frutos, las estrellas, los hijos y la vejez. Las parejas se miraban y había amor del bueno en sus ojos. El ángel, solo de verlos, se fue llenando de energía, y en pocas horas brillaba de nuevo, fuerte como antaño. “Aquí no me necesitan”, pensó. Y volvió a la civilización.

            Si un día de estos intentáis poner la televisión y no funciona, o enchufáis el ordenador y el servidor de internet se ha averiado; si tratáis de salir por ahí de cena o de fiesta y el coche no os arranca, o el móvil no encuentra cobertura, ya sabéis quién está detrás de tanto desastre: el rubio travieso del arco y las flechas, que anda trasteando para que miréis a quienes tenéis alrededor, para que no haya otra distracción sino hablar y conocerse, hasta que el corazón os lata más fuerte.

miércoles, 24 de octubre de 2012

EL PASO DE CEBRA


            Escuché el frenazo desde dentro de mi papelería. Salí a curiosear, ya que en ese momento no había ningún cliente en la tienda, y la vi. Era muy mayor, vestía una bata negra con florecillas blancas, un delantal gris y zapatillas de estar por casa. El pelo blanco lo llevaba recogido en la nuca con un moño, y de su cuello colgaban las gafas de ver de cerca. Plantada en mitad del paso de cebra, blandía su bastón mientras le decía de todo menos bonito al autor de la frenada. “Señora, hay que mirar antes de cruzar”, le gritaba él. “Sinvergüenza, desgraciado, esto es un paso de peatones, tengo yo la preferencia, burro, anormal…” repetía ella con voz cascada. Al fin, apremiada por los pitidos de los coches que permanecían detenidos, terminó de cruzar y dejó la calzada libre.

            Le ofrecí un vaso de agua. Por el susto, y eso. La llevé dentro de mi tienda, le saqué una silla y le di de beber. “Pobre mujer”, pensé cuando se marchó. ”Tener que cruzar las calles se hace difícil cuando uno ya no ve bien y no camina ligero, qué malo es hacerse mayor”.  Imaginando lo complicadas que pueden ser las cosas cuando la edad nos sobrepasa, cerré la papelería y me fui a comer. Por la tarde, a la hora de abrir, volvía a estar allí, al otro lado de la calle. Su figura menuda, el severo moño blanco y el bastón eran inconfundibles. La saludé con un gesto de la mano y abrí la persiana. En ese momento oí un nuevo frenazo.

            La escena se repetía. Esta vez era una conductora joven que, asustada por la anciana, protestaba al borde del llanto. “Señora, es que no se puede cruzar así, sin mirar ni nada. Se ha echado usted a la calzada de pronto, casi no me da tiempo a frenar”. Y ella, incombustible y furibunda, le lanzaba a la chica cuanto improperio se le ocurría. “Esta juventud no tiene respeto por los mayores, ahora le dan el carnet a cualquiera, niñata, que eres una niñata, que no tienes ni idea de conducir…” Yo miraba a la anciana con la boca abierta. ¿Sería capaz de estar haciéndolo a propósito? No, imposible. Nadie de esa edad arriesga el pellejo por deporte.

            Pasé la tarde mirando a la calle por el cristal de la puerta. Estuvo casi tres horas cruzando la calzada por el paso de cebra, de allá para acá, de acá para allá. Si paraban, pasaba. Si no paraban, también pasaba, obligando a los coches a frenar y organizando un griterío similar a los dos que yo había presenciado. Finalmente, cuando cayó el sol, se marchó.

            La mañana siguiente, a eso de las diez, volvió a su puesto en la acera, y comenzó de nuevo su peculiar paseo por el paso de cebra, de un lado a otro. Un amable señor, también de edad, la ayudó en uno de los cruces. Pensó, como yo, que tenía dificultades, no que era una vieja puñetera cuyo deporte favorito era fastidiar a los conductores. Casi al final de la mañana, cuando ya me disponía a cerrar, estuvieron a punto de atropellarla, y de nuevo se lió la discusión, igual que las otras veces.

            No pude más, y salí a hablar con ella. Le pregunté por qué lo hacía. “Porque nadie respeta a los viejos ni a los peatones. Nadie para en los pasos de cebra, y para que atropellen a un niño, que me atropellen a mí, que ya me queda poco de vida. Yo les enseñaré a respetar a los que no conducimos, aunque sea a bastonazos o a base de sustos. Son todos unos incívicos, pero yo les mostraré lo que significa tener educación. Además, en casa me aburro, y desde que enviudé ya no tengo a nadie a quién reñir. Así no echo tanto de menos a mi Erasmo”. Y se fue. Así, sin más. Ya está. Me dejó casi con la palabra en la boca y se marchó farfullando algo acerca de las jóvenes curiosas y metomentodo.

            Por la tarde, en cuanto oí el primer frenazo, llamé a la policía. No es que me pareciese mal su “cruzada contra los conductores poco respetuosos”, pero pensé que, cuando uno atropella a alguien y le causa daño, no vuelve nunca a ser la misma persona que era antes. Y nadie merece eso, por mal conductor que sea.

martes, 23 de octubre de 2012

SOLO AMOR. NADA MENOS


            Le había encontrado dos años atrás. Nora fue a la perrera buscando un animal de compañía y volvió a casa con Gorki en el maletero, sin saber que lo que en realidad acababa de adoptar era el amor más entregado que iba a conocer jamás.

            Era un perro raro. Mitad galgo, mitad vete tú a saber. Había aparecido roto en una cuneta, y una de sus patas desproporcionadamente largas no había curado bien del todo, dejándole una desgarbada cojera. Su color, a ramalazos marrones, a trozos negro, blanco por otros lugares, con mechones rubios en el lomo y la cola, resultaba difícil de describir. No era un chucho guapo, pero ella tampoco era Miss Universo, de modo que se quedó con él por su carácter tranquilo. Los primeros días se le hizo raro encontrárselo por el pasillo de casa, tan acostumbrada como estaba a estar sola, pero pronto se habituó a aquella presencia silenciosa.

            Pasada la primera semana de adaptación, las cosas comenzaron a marchar bien. Ya no le daba miedo ir a pasear sola, Gorki estaba con ella. Ya no temía que nadie entrase en su casa por la noche, el can levantaba las orejas al más mínimo ruido. En poco tiempo, el animal se convirtió en un “perro velcro”, siempre pegado a sus pantalones. Y dos años después Nora ya no imaginaba la vida sin él. “¿Cómo hacía yo antes para dormir sola, sin la tranquilidad que me da Gorki?”, pensaba.

            Siempre le había gustado andar, pero desde que le tenía a él las caminatas eran mucho mejores. Disfrutaba mirándole correr con su paso cojo, y a veces se moría de risa solo de verle sacudirse con furia después de haberse mojado en alguno de los riachuelos que cruzaban durante aquellos paseos. Fuera verano o invierno, la presencia de Gorki la obligaba a salir, ya no valía aquello de dejarse vencer por la pereza de los domingos y quedarse todo el día en casa con el pijama puesto. Él necesitaba correr, y era su obligación velar por el bienestar del animal. En su sentido de la responsabilidad no cabía otra actitud.

            Casi desde el principio de llevarlo a vivir con ella, Nora comenzó a hablarle. Mitigaba tanto su soledad el poder contarle todo cuanto se le ocurría… además, los ojos inteligentes del perro siempre le contestaban lo que ella necesitaba escuchar. Él la entendía. Él la quería. Todos los días, después del trabajo, volvía sonriendo a casa. Estaba deseando llegar, porque sabía que él la esperaba, que iría a la puerta a recibirla en cuanto percibiese su olor en la escalera. Aquella alegría, aquel rabo marrón-rubio-negro-blanco moviéndose con ritmo frenético, las patas delanteras sobre el pecho y el hocico húmedo buscando su mano eran un gran motivo para sentirse feliz, y así lo vivía Nora.

            Sabía que no debía permitirle ciertas cosas, como por ejemplo que durmiera sobre su cama. Pero, ¿qué podía hacer si, en cuanto ella conciliaba el sueño, él se subía para acurrucarse a su lado y apoyar el largo morro en sus rodillas? Probó una noche a dejarlo fuera de su cuarto, y para evitar que entrase cerró la puerta. Y Gorki se tendió en el pasillo y lloró durante horas, hasta que los vecinos se quejaron. “Pasa, bicho llorón”, le reprendió Nora, muerta de sueño. Desde entonces, colocaba sobre la colcha la manta del perro en la cama de matrimonio en la que dormía, y él pasó a ser no solo el vigilante de su casa, sino también el guardián de todos sus sueños.

            Un día, Nora se fue con Gorki de excursión a un pantano. Una vez allí, alquiló una barquita, y salió a navegar con él. Nunca había hecho algo así, no sabía manejar bien la embarcación, y el embalse resultó ser mucho más profundo, grande y peligroso de lo que esperaba. El perro, inquieto y desconfiado, se mantenía sentado sobre los cuartos traseros, con el rabo escondido. Tenía miedo, olía el peligro y no le gustaba. De pronto, un golpe de viento, y aquella cáscara de nuez volcó. Nora se golpeó la cabeza, hundiéndose sin luchar. Gorki, que había conseguido subirse al casco de la barquita, ladraba llamándola desde arriba. Podía ver su cuerpo posado en el fondo, era como cuando estaba dormida, pero ya su olor se le había perdido. Lloró quedamente al comprender que el agua no se la iba a devolver, de modo que no dudó: su vida era velar sus sueños, no importa cuánto durasen éstos. Se echó al agua para no dejarla sola, y una vez sumergido ladró su nombre hasta que la vida se le fue en burbujas,. Se hundió, cayendo junto a ella, acurrucado como solía, y con el largo morro yerto sobre sus rodillas quietas.

            Un ladrido corto y seco la despertó. Estaba en su cama, tapada con el edredón, y el perro estaba junto a ella. Nada de aquello había ocurrido. Gorki ladró de nuevo, y gruñó amenazador. Quería ahuyentar del todo a la pesadilla, que se había colado sin ruido en la cama arruinando el sueño de su amada dueña, y no dejó de gruñir hasta que la vio desaparecer por la ventana como una sombra negra y fea. Nora no entendía a qué venía tanto enfado, pero le acarició la cabeza, agradecida. Agradecida de que la hubiese despertado, agradecida de tenerle, agradecida de estar viva para seguir sintiendo su hocico húmedo en la mano. Y el perro, con un suspiro, apoyó de nuevo el morro en sus rodillas, la miró con ojos de amor soñoliento y volvió a dormirse.

lunes, 22 de octubre de 2012

EL REBAÑO Y LOS PERROS


            Había una vez un rebaño de ovejas. Vivían en un redil vallado, pastaban en un prado cercano, y eran estúpidas, como todas las ovejas. Iban a donde se les decía, comían cuando se les ordenaba, dormían cuando no había luz y se miraban unas a otras las garrapatas y las pulgas, pero ninguna hacía nada por quitárselas, ni a sí misma ni a ninguna de sus compañeras.

            Dos perros se disputaban el dominio del rebaño. El que conseguía hacerse con ese trabajo, podía llevar y traer a las ovejas a su antojo, y de paso comerse, de vez en cuando, alguno de los corderos más tiernos. Disfrutaría de la única sombra que había en el prado en las interminables jornadas de pasto, tendría acceso ilimitado al agua aunque esta escaseara, y podría arrimarse a cuantas lanudas quisiera para que las pulgas y garrapatas propias pasasen a ellas, y así quedar limpio y libre de molestos parásitos. El puesto era, por tanto, codiciado por los dos perros.

            En la disputa por el mando de la manada, ambos canes convinieron que, en lugar de pelear entre ellos, contienda en la cual podrían salir mal heridos, lo mejor era ponerse frente al rebaño y tratar de hacer que las ovejas se dirigiesen hacia donde ellos ordenaban. Uno optó por llevarlas al prado, y el otro hacia el arroyo. Aquel que consiguiera que el mayor número de cabezas de ganado le siguieran, sería el vencedor, y el otro tendría que obedecerle hasta la siguiente contienda.

            El día elegido, ambos se pusieron frente al rebaño. Uno de ellos comenzó a ladrar, ordenando a las ovejas ir hacia el arroyo. El otro comenzó ladrando, pero pronto pasó a morderlas en las patas de atrás. Las primeras se movieron hacia el prado empujadas por el dolor de los mordiscos. Las siguientes, por miedo. A algunas más les caía bien el perro mordedor, y se fueron al prado riéndose de las mordidas, a las que despreciaban por viejas disputas familiares. Entre las ovejas, los odios, las venganzas y las ideologías se heredan de borregos padres a corderos hijos por muchas generaciones.

            Aquellas a las que el perro que solamente ladraba les caía simpático, se tumbaron en el redil pensando que nadie se iría tras el can mordedor. ¿Cómo podría ninguna oveja ser tan rematadamente tonta como para irse tras de alguien que la está hiriendo? Pero se equivocaron, y al fin, cuando vieron que se quedaban solas, no les quedó más remedio que obedecer a sus genes de oveja, que como todos sabemos las hace esencialmente gregarias. Y, por ende, estúpidas. Y se fueron al prado, dejando solo al perro ladrador.

            Durante mucho tiempo, las ovejas protestaron con sus balidos porque padecían parásitos que les chupaban la sangre y tenían que ver cómo el perro devoraba a sus corderos lechales. Le dijeron que se marchara, que estaban hartas de dentelladas, que preferían al otro como pastor. Por toda respuesta, el perro las mordió con más fuerza, comió más corderos y les restringió el paso al pasto y al arroyo de agua.

            Llegó de nuevo el día en que los dos perros tenían que volver a disputarse el mando del rebaño. Y, curiosamente, volvió a ocurrir lo mismo. Las conclusiones, sacadlas vosotros.

sábado, 20 de octubre de 2012

EL TEJEDOR


            El tejedor era realista. Amaba su oficio más que a ninguna otra cosa, y disfrutaba con cada una de sus facetas, pero cada vez tenía más claro que pronto tendría que buscarse otra ocupación. Los rebaños iban desapareciendo, la lana no alcanzaba un precio suficiente como para que los ganaderos continuasen criando ovejas por ella; salía más caro el jornal del esquilador que lo que obtenían por el material. Cuando ya le fue difícil obtener así la materia prima para su trabajo, comenzó a recorrer los pueblos comprando los viejos colchones de lana que quedaban en las casas.

            Dejaba anuncios en los municipios de toda la provincia: “compro viejos colchones de lana a buen precio. No importa estado. Pago al contado”. Y la gente aceptaba de buen grado, ya que con ese dinero podían comprar colchones modernos de muelles, más cómodos y saludables para la espalda. Además, en los años setenta no se desperdiciaba ninguna oportunidad de sacar algún dinero, aunque fuese de vender los colchones de los abuelos. De este modo, el tejedor obtenía materia prima de peor calidad que la lana recién esquilada, pero le servía para cubrir la contrata que tenía con el ejército. Esas guedejas eran el germen de las mantas marrones.

            Hoy en día, las mantas del ejército son de materiales sintéticos, más ligeras y con más capacidad de calentar a los soldados. En aquella época, lo que se usaba eran mantas de lana de color marrón oscuro. Él fabricaba docenas todos los meses, y un camión verde venía a recogerlas a su taller, en un pueblo del interior de León. Para hacerlas, rajaba los viejos colchones de arriba a abajo y echaba la lana en grandes tinas, para lavarla. La remojaba dos días, la removía con una gran pala para que el detergente hiciera su trabajo, y luego la dejaba secar al aire durante más de una semana. Después la cardaba, la hilaba, la teñía, la devanaba y la colocaba en los telares. Conocía cada uno de los pasos del proceso a la perfección, y trabajaba solo, como había hecho su padre. Junto a él se crió, jugando entre las grandes madejas, los batanes y ruecas, las alfombras y las mantas. Por eso podía andar por el taller con los ojos cerrados, y por eso amaba tanto aquel oficio. Era lo suyo, lo heredado. Lo que le vio crecer y madurar. Él era de los pocos artesanos de la lana que quedaban.

            Una mañana de jueves fue llamado para recoger cuatro colchones de una casa. El pueblo distaba casi sesenta kilómetros del suyo, así que salió temprano. Al llegar a la dirección que le habían dado, vio que estaban sacando todo el mobiliario de la casa porque iban a venderla. Por lo visto, los dueños, una pareja de ancianos, habían fallecido. Ofreció un dinero por los colchones, le regatearon y comenzó el tira y afloja habitual en aquel tipo de operaciones comerciales. Al fin cerraron el trato, pagó, cargó y volvió a su taller. Tenía los telares llenos, de modo que pensó en rematar primero lo que tenía medio acabado, y durante el fin de semana comenzar a lavar aquella lana.

            No era la primera vez que encontraba cosas escondidas en los colchones. Una vez fue el diario de una muchacha. Lo guardó dos años, y como nadie vino a reclamarlo, lo tiró. En otra ocasión fue una muñeca, que aún conservaba en algún rincón. Otras veces encontró fotos, algún rosario, y cosas así, pero nunca nada como aquello. Contó el dinero: dos millones de pesetas. En el año setenta y cuatro aquello era una pequeña fortuna. En otro de los colchones, una bolsita con joyas. “Vaya, los ancianos eran buenos ahorradores”, pensó el tejedor. “Y si los dos han muerto, ¿a quién le devuelvo yo esto ahora?”

            No pudo dormir aquella noche. No hacía más que dar vueltas en la cama y pensar en lo que debía hacer. Se sentiría mejor si lo devolvía, pero si se lo quedaba quizás tuviera bastante como para reconvertir su negocio. Cuando el ejército dejase de comprarle las mantas, y no faltaba mucho para eso, tendría que cerrar el taller. Las alfombras las hacía con lana nueva, esa era cada vez más difícil de conseguir, y el producto acabado resultaba caro. Además, el gusto de la gente se iba refinando, y cada vez tendían más a poner moqueta sintética en las casas. La alfombra rústica pronto no tendría mercado. “Entonces estaré acabado. Si me quedo ese dinero y vendo el oro, podría poner un bar en el pueblo, y no me faltaría el trabajo. Pero quizá tendré remordimientos el resto de mi vida. En cambio, si lo devuelvo, me sentiré mejor, pero no tendré de qué vivir”. Al fin, ganó su honradez. Devolvería el dinero.

            En cuanto tuvo oportunidad se acercó de nuevo hasta la casa de la que procedían los colchones. La encontró cerrada, de modo que decidió preguntar a una vecina. “Los señores de aquí al lado eran buena gente. No tenían hijos, aunque sí sobrinos. Los muy sinvergüenzas solamente venían a verles para pedirles dinero. A veces oía cómo les gritaban a los pobres viejos, que estaban siempre muertos de miedo. Apenas les dejaban nada con lo que sobrevivir. Tampoco les atendieron cuando enfermaron, yo creo que querían que se murieran para heredar. Los pobres se asfixiaron con monóxido por culpa del brasero con el que se calentaban. ¡Anda, que les ha faltado tiempo a esos canallas para vender todo lo que había en la casa! Hasta los ladrillos de la chimenea han removido por rapiñar algún duro más. Pobre Anselmo, pobre Catalina. Cuánto sufrieron, en gloria estén”.

            El tejedor le dio las gracias a la mujer, montó en su furgoneta y se fue. Ahora ya sabéis por qué el bar de la plaza, que aún regenta el viejo tejedor, se llama “Bar de Anselmo y Catalina”.

viernes, 19 de octubre de 2012

LAS MUJERES DEL TITANIC


            La separación fue traumática. Marga jamás pensó que aquello fuera tan difícil. Después de años en guerra con él, después de haber tenido que compartir cama sin quererle durante demasiado tiempo, al fin se había decidido. No fue fácil. Los cuadros, las cosas de la casa, los discos… todo constituyó una pura discusión, todo propició una interminable pelea más. Él se empeñó en complicarlo todo para hacerle pagar la decisión de dejarle. Ella no consiguió probar sus infidelidades, y su encantador proyecto de ex-marido la dejó sin nada. Por fortuna, no habían tenido hijos. De lo contrario, todo habría sido aún peor.

            Comenzar de cero sola, cuarentona, sin trabajo y sin un euro en el bolsillo fue como subir el Everest con los pies descalzos. Más de un año en casa de los padres, mil entrevistas de trabajo, muchos kilómetros pateados de un lado a otro, pero a cambio pequeñas victorias. Al fin, un puesto digno con el que vivir y poder pagar un alquiler. Al fin, independencia total, la cama para ella sola, y nadie que le dijera continuamente “mi madre guisa mejor”, “las sábanas huelen mejor cuando las lava mi madre”, o “mi madre tenía siempre la casa mucho más limpia y ordenada que tú, eres un desastre”. Se sentía como si hubiera tenido un cáncer, se lo hubiera extirpado, y después hubiera tenido que pasar por una severa quimioterapia. En el proceso se le cayó el pelo, desarrolló anemia, perdió el humor y las ganas de comer, por no hablar del dinero que le había costado el abogado, el juicio… Pero al fin se había curado. No permitiría que nadie volviese nunca a hacerle sentir mal.

            Manuel apareció de pronto, sin avisar. Habían coincidido una vez, muchos años atrás, en uno de sus últimos trabajos de soltera, antes de dejarlo todo por alguien que nunca lo mereció. El “cuántos años, qué ha sido de tu vida” dio pie a una larga conversación y a un par de copas. Quedaron para otro día; cenaron, charlaron. Lo pasaron bien. Los dos estaban a gusto, y Marga disfrutaba de aquellas citas que no la comprometían a nada, pero que hacían que se sintiese de nuevo una persona normal. Pero hasta ahí llegaba la cosa; cada vez que Manuel intentó un acercamiento, cada vez que insinuó que la amistad fuese un poco más allá, ella retrocedió. No quería. No, no volvería a pasar de nuevo por aquello. Nada merece la pena si el precio a pagar es tan caro emocional, física y económicamente. Ni hablar.

            Fueron pasando los meses, y a pesar de darse cuenta de que el cariño que sentía por él era cada vez más grande, Marga se negaba a dejarle entrar en su vida como pareja en lugar de como amigo. Manuel comprendía el por qué, y aguardaba paciente, sin presionar demasiado, pero sin dejar de decirle a menudo que necesitaba más. No obstante, a medida que pasaba el tiempo, su paciencia se iba agotando. Ella también sabía que no la esperaría siempre, pero es que no podía. Solo de pensar en lo que había sufrido con el divorcio se le quitaban las ganas de comenzar nada.

            Una noche, más de un año después de aquella primera cena, Manuel se presentó en casa de Marga y apretó el timbre del portero automático. “Marga, por favor. Déjame subir”. Ella se echó a llorar. “Lo siento, no puedo. Sabes que no puedo, me gustaría mucho, pero no. No, porque sé que después querremos más, y luego desearemos vivir juntos, y si luego llega un día en que ya no nos queremos volveré a vivir de nuevo el mismo infierno que ya conozco, y no podría soportarlo”. Manuel la escuchaba, plantado en la calle, con un ramo de flores en la mano. No iba a abrir. Con un pie ya bajando el escalón para irse, le dijo una última cosa a través del micrófono: “¿sabes lo que les pasó a las mujeres del Titanic? La noche del naufragio, durante la cena, más de la mitad de ellas no comieron postre por no engordar”.

            Comenzaba a llover. El telefonillo seguía descolgado, pero ninguno de los dos hablaba. Al fin, se oyó un zumbido. “Sube”.

jueves, 18 de octubre de 2012

MÚSICOS CALLEJEROS


            Siempre, desde que era niña, me llamaron mucho la atención los músicos callejeros. Los veía tocar sentados en sus taburetes, con esos misteriosos papeles colocados ante ellos en atriles oxidados y remendados con alambres, y mi fantasía volaba. Me quedaba a escucharles siempre que podía, observando a la vez sus ropas, la mochila más o menos grande que casi todos tenían al lado, los detalles de su pelo, sus sombreros propios de otros países, tan distintos a los que se usaban aquí. Tengo que admitir que en ocasiones salía a pasear con mis padres y me llenaba los bolsillos de pesetitas, de las que usábamos para jugar al burro en casa, con la intención de dejar caer alguna en el bote de cuanto músico me tropezara en el camino. Así conseguía quedarme unos instantes más frente a ellos y recibía alguna sonrisa a cambio.

            Con lo novelera que yo soy (en eso no sé a quién salí), cuando tenía la suerte de tropezar con algún músico callejero me solía quedar el resto del día soñando despierta, imaginando su azaroso pasado lleno de detalles románticos, trágicos y aventureros, y el futuro que le esperaba. Cierto es que a lo largo de mi vida he visto y escuchado a muchos, algunos verdaderos virtuosos del instrumento que tenían entre las manos, otros auténticos mantas. Evidentemente mi fantasía volaba más rápido cuanto mayor era el dominio musical del bohemio en cuestión, porque ¿qué puede empujar a un maestro del violín, a un mago del acordeón, a una exquisita flautista o a un fuera de serie de la guitarra a tocar en la calle en lugar de hacerlo en un auditorio elegante, aplaudido por gente elegante y con unos emolumentos acordes a sus méritos? Solamente alguna desgracia, algún amor más fuerte que la voluntad o desastres por el estilo.

            Recuerdo una vez en que le eché diez pesetas a un violinista. Yo tendría más o menos nueve años, y a pesar de las protestas de mi madre, que tenía prisa, me detuve a escuchar. Interpretaba una deliciosa czarda con una sonrisa en los labios y la nostalgia pintada en sus ojos. No era un hombre mayor; vestía pantalones grises muy gastados, una camisa de rayas rozadísima por el cuello y un jersey de lana de evidente factura casera. Protegía su garganta con un fular de color indefinible. Necesitaba un buen corte de pelo y un afeitado, las gafas redonditas de miope estaban ya en estado de “mírame y no me toques” y los zapatos clamaban a voz en grito por ser jubilados cuanto antes. Palma de Mallorca bullía de paseantes en los aledaños de la catedral, que fue donde este hombre decidió plantar su atril y comenzar su concierto callejero. Admiré sinceramente su destreza con el violín; su aspecto, la piel blanca, el pelo claro, los ojos azules, sumados a la pieza que interpretaba, hicieron que mi mente le adjudicara de inmediato nacionalidad. “Es ruso”, pensé.

            Lo dejé allí con su czarda y su añoranza, y todo el camino hasta casa anduve distraída. “Seguro que es un ruso de familia pobre al que alguna señorona rica le pagó los estudios de violín. Los ricos se sienten bien haciendo esas cosas, luego tienen alguien que se lo agradezca el resto de su vida y les da prestigio a los ojos de sus amigos. Lo separarían de sus padres para llevarle a estudiar lejos de su casa, porque Rusia es muy grande, o eso dice mamá. Y después llegó la guerra (no sé cuál, pero alguna habría seguro, por allí siempre andan liados con algún conflicto), y le llamaron para ser soldado. Pero él se había enamorado de otra chica pobre que estudiaba ballet (las rusas siempre estudian eso, según creo) y se querían mucho. ¿Cómo iba a marcharse a la guerra dejándola sola? ¡Impensable! Entonces seguro que salió de viaje para despedirse de sus padres, que vivían en un pueblo pobre por allá por Siberia. Iba a decirles que se marchaba de Rusia con su novia la bailarina para que no le mataran en la guerra. Creo que eso se llama desertor, pero yo lo llamo inteligente. Y cuando llegó se encontró que el pueblo ya no estaba, lo habían quemado y bombardeado los enemigos, y sus papás habían muerto. Así, con esa pena, volvió a Moscú a por la bailarina, pero ella se había marchado con un contrato para bailar en Europa. Que no es que Rusia no esté en Europa, me refiero a la parte de acá de Europa. Y él vino a buscarla, pero aún no la ha encontrado. Por eso toca en la calle y va de una ciudad a otra: para sacar dinero para poder comer y ver si ella le escucha tocar, le reconoce y pueden volver a estar juntos y ser felices. Esa czarda seguro que era su canción, la que más les gustaba a los dos, y quizá la tocara para ella cuando estaban estudiando y se daban besos”. Esa fue la película que inventé para él.

            Pasé toda la semana añadiéndole detalles a aquella historia, más propia de un folletín de Corín Tellado que de una niña de nueve años, y el sábado siguiente, a media tarde, insistí a mi madre para ir a misa a la catedral. Él estaba allí, en la misma calle. Le eché un duro en el bote y me quedé escuchándole. Después me armé de valor y le pregunté. “Señor, con lo bien que usted toca, ¿por qué no está en su país dando conciertos en los palacios de la música?” Se echó a reír y me contestó: “Finlandia muy aburrida. Aquí sol, mujerrrres guapas y mucho sangría. Yo prefiero”. ¿Para qué preguntaría? Me hundió en la miseria.

            Cuando se lo conté a mi madre se estuvo riendo toda la tarde. Ni a misa fuimos siquiera porque cada vez que se acordaba volaban las carcajadas. “Eso te pasa por curiosa”, me dijo. Tenía razón, cómo no. Las madres siempre la tienen.

miércoles, 17 de octubre de 2012

PRIMERIZAS


            Primerizo, za. Adj. Que hace por vez primera algo, o es novicio o principiante en un arte, profesión o ejercicio. 2)  Se dice especialmente de la hembra que pare por primera vez.

            Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dixit. Me he permitido copiar esta definición para comenzar a contaros lo que me ocurrió ayer. Fue en la sala de espera del dentista, un lugar al que casi todos le tenemos especial cariño (nótese el tono irónico, que luego me decís que si esto, que si lo otro).

            Allí estaba yo, esperando (porque, ¿qué otra cosa se puede hacer en la sala de espera de un dentista?) Entretenía la tensión que anticipa al dolor (porque, ¿qué otra cosa se puede sentir en el sillón del dentista?) leyendo revistas del corazón atrasadas, con sus titulares. “Fulanita y menganito anuncian felices su embarazo” (y pensé: “madre mía, si esta ya parió hace dos meses”) o “Sotanito comienza la rehabilitación después de la delicada intervención a la que fue sometido”. Y echando cuentas me percaté de que el Sotanito en cuestión lleva ya casi medio año criando malvas. “Sí que está atrasada la literatura de este odontólogo, sí”, murmuré, lamentando haberme dejado el libro que tengo a medias en la mesilla de noche. Y en ese preciso instante, cuando ya no sabía cómo abstraer mi mente del maldito ruido del torno (güiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii) que perforaba inmisericorde la muela de otro sufrido paciente a la vez que mis oídos, llegaron ellas. Las primerizas. El acabóse.

            Venían escoltando a un bebé al que yo le calculé unos seis o siete meses. Lo traían abrigado como si la era glacial fuese a comenzar ya mismo, en un carrito del tamaño de un tanque (pulgada arriba, pulgada abajo), con sus frenos ABS y sus ruedas todo terreno. Ellas, mamá primeriza y abuela ídem, se traían un parloteo digno de dos papagayos brasileños en plena canícula amazónica. Todo en la conversación giraba en torno al niño: la papilla del niño, la boquita del niño, las uñitas del niño, los “ajos” del niño, las deposiciones del niño. Lo curioso es que la que venía al dentista era la reciente mamá, con lo cual la “primiyaya” y el cachorro estaban de más, pero bueno, no era yo quién para decirles nada.

            Huelga decir que primerizas hay de muchas clases. Esta “primimamá” era una de esas angustiadas madres recientes que ponen a uno a colorines en pocos minutos. “Está tirando una bocanada de leche. ¿Será normal? ¡Ay mi niño, que se me pone malo! Tendré que llevarlo al pediatra, esta semana solamente aumentó diez gramos. ¿Estará pasando hambre? ¿Por qué llora tanto?”, y etcétera. Que sí, que cuando una se enfrenta por primera vez a la maternidad tiene muchas dudas (que se solventan leyendo, en su mayoría. Pero claro, eso para muchas no es suficiente). La abuela, sin embargo, constituía por sí misma una raza aparte. Aquella “primiyaya” era, simplemente, insoportable.

            Nada más aterrizaron en la sala de espera, el ambiente tranquilo, necesario para el mal trago que uno va a pasar en unos minutos, se fue al garete. Ya, ni música suave, ni luces tenues, ni peras al vino. La “primiyaya” cogió en brazos al bebé, que no decía ni pío (para qué, ya lo decía todo ella), con intención de despojarlo del abrigo. Y por supuesto, nos lo narró a todos con ese tono de voz aflautado y enervante con que algunas personas hablan con los bebés (como si fueran tontos, os sordos, o vete tú a saber). “Ahora mi chico tiene calor, porque claro, tiene calor él, porque hace calor aquí, así que para que mi chico no tenga calor le vamos a quitar el abrigo, ¿verdad que sí, mi chico? ¿eh, el cariño de la yaya? Sacamos la cremallera así, la cremallera, la de mi chico, y luego sacamos este bracito, claro, porque es el bracito de mi niño, ¿verdad? Eeeeeso, así, el bracito fuera. ¡¡¡¡Bieeeeeeeen!!!!! Y ahora vamos a sacar el otro bracito, ¿eh, cariño de la yaya? Así, doblamos el bracito, y lo sacamos, ole, ole, ole, ole, ¡muy bieeeeen, mi niñoooo, qué listo es! Muac, muac, muac, ay, que me lo como”. Diez minutos duró la operación. Aunque os parezca mentira, la he resumido.

            Acto seguido, procedieron a darle la merienda al bebé. El repertorio, ilimitado. “El avioncito, que viene volando, brrrrrrrrrrrrrrrrm, ole, ole, qué bien come mi chico. Aaaaay, las frutitas, qué ricas, ¿eh, corazón? Que se las prepara la yaya porque quiere mucho al chico, porque es él el cariño de su yaya, madre, que me lo come todo. ¡¡¡MMmmmmmmm!!! Qué rica la frutiiiita. Ahora abre la boquita, mi niño, asíiiiiiii, muy bien, ¡ay, qué guapo! ¡Ay, cómo me come!”

            Luego llegó la hora de jugar con el chiquillo. Imaginadlo. “¡Tocotón, tocotón, tocotón! ¡¡Al galope, al galope!! ¡Mira qué risas tiene mi chico! (repiqueteo de tacones sobre el parquet acompañando el trote de sus piernas, sobre las que el sufrido niño daba saltos como un muñeco de trapo esquizofrénico). ¡Cucu! ¡Cucu! ¡Tras! ¡¡¡Ja, ja, ja, mira mi chico cómo se ríe, cómo se ríe él! Qué bien te lo pasas con la yaya, ¿eh, bandido? Curiosón, que eres un curiosón. Que todo lo tienes que escudriñar, muac, muac, muac, muac, besitos a la yaya”.

            Una hora y cuarenta minutos duró el suplicio. Peor que una endodoncia, lo juro. Al final, me marché del dentista sin ser atendida, con la cabeza como un bombo y un cabreo del veinte por haber perdido la tarde en balde. Cuando ya me iba, incapaz de contenerme por más tiempo (que me conozco), le lancé una última mirada furibunda a la señora. La terrorífica abuela decidió, en ese preciso instante, sacar al niño a pasear por la calle para que no se aburriese en la sala de espera. Que ya podía haberlo hecho una hora antes, digo. Creo que el humo que me salía propulsado por las orejas, unido a los resoplidos y carraspeos nerviosos del resto de los presentes (igual de saturados que yo) debieron darle una pista de que a lo mejor estaba molestando.

            Igual que se hacen cursillos de preparación al parto y cuidados del bebé para las mamás primerizas, también deberían hacer cursos para abuelas primerizas. Que nadie nace sabiendo, y hay algunas que pueden ocasionar serios trastornos mentales al niño… y a todo bicho viviente que se acerque.