jueves, 29 de noviembre de 2012

LA BELLEZA DE LAS PALABRAS OLVIDADAS


            Por más vueltas que le doy, no logro entenderlo. Llevamos años haciéndolo, pero ignoro la razón. Tenemos un idioma precioso, hablado por muchos millones de personas en el mundo, y que además posee una riqueza de vocabulario impresionante. Vamos, que hay un término justo para cada cosa, incluso varios en multitud de casos. Y sin embargo, no sólo cada vez usamos menos cantidad de palabras, sino que adoptamos algunas extranjeras desterrando al olvido vocablos realmente bellos.

            Os voy a poner un ejemplo ilustrativo de lo que trato de explicaros, y veréis cómo lográis comprenderlo sin dificultad ni dilación. Observemos el siguiente párrafo: “Un caballero desciende desde su apartamento hasta el zaguán de su edificio utilizando el ascensor. En el preciso instante en que se halla franqueando el dintel de la puerta, advierte que ha olvidado su teléfono portátil. “¡Córcholis!” (cáspita, caracoles o caramba también caben aquí), exclama contrariado. “¿Lo habré extraviado acaso en el interior de mi domicilio? No lo he visto en la mesilla de noche, ni en el aparador, y tampoco creo haberlo dejado en mi automóvil. ¿Tal vez me habrá sido sustraído por algún vástago de meretriz en el transporte suburbano metropolitano? Lo ignoro. ¡Qué contrariedad! Si no lo hallo, habré de adquirir uno nuevo en el establecimiento más cercano, no me es posible permanecer largo tiempo sin que a la autora de mis días le sea posible localizarme en caso de necesidad”. Y, con ademán airado, el caballero retrocedió hasta el interior del zaguán, pulsó el botón del elevador y se dirigió, con paso apresurado, hacia el interior de su vivienda”.

            Ahora vamos a ver, a grandes rasgos, cómo quedaría dicho con términos actuales: “Un tío baja al portal en el ascensor desde su casa. Justo cuando sale se da cuenta de que se ha dejado el móvil. “Mierda”, dice. “¿Se me habrá perdido en casa? No estaba en la mesita, ni en el otro mueble como se llame, y en el coche no se me ha caído. ¿No me lo habrá robado algún hijo de puta en el metro? Ni idea. Mierda, si no lo encuentro me tendré que comprar otro en la tienda, como llame mi madre y no se lo coja lo voy a flipar”. Y, con el morro torcido, el tío volvió para dentro corriendo, a ver si lo encontraba”.

            Si comparamos ambos textos con atención, seguramente encontraremos sutiles diferencias. Los dos dicen lo mismo, más o menos, pero el lenguaje del primero, llamadme antigua si queréis, es mucho más bonito. Echo de menos esos “córcholis” ante las contrariedades, esas “albricias” ante las alegrías, esos castos “ósculos” frente a los morreos. Añoro escuchar por doquier a la gente dar lustre al lenguaje en lugar de llenarlo de deyecciones verbales, términos incorrectos de acepciones equívocas y vocablos extranjeros que exterminan a los propios como las cucarachas rojas americanas exterminaron a las negras autóctonas. En resumen, no hace falta hablar más. Hace falta hablar mejor, y quizás así lograremos entendernos.

            Lo que os estoy diciendo no es difícil. Se trata, simplemente, de apagar la televisión y leer más. Buenos libros, bien escritos, llenos, rebosantes, inundados de rico vocabulario para aprender y usar. Las palabras no son elementos de colección únicamente aptos para ser colocados en la vitrina del diccionario. Son seres vivos que precisan ser usados. Démosles el gusto. Démonos el placer.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA BANDERA DE MI PAÍS


            Como está la cosa tan fastidiada por estos lares, anduve mirando para mudarme de país. Pero el caso es que, por más que miro y remiro, ninguno de los otros me convence. Mi amiga Laura me ha dicho que a Alemania no me vaya ni borracha, que ella está allí y no se halla. Como sé que es mujer de buen criterio, le voy a hacer caso. Francia no me seduce, está llena de franceses (y de francesas, cosa que me preocupa bastante más, porque a esas les gusta más un español que una piruleta a un chiquillo, y mi costillo no es compartible). Italia está igual o peor que nosotros, Portugal y Grecia ni os lo cuento, en Andorra tuve una mala experiencia una vez y no pienso volver, y en Suiza solamente hay montañas (ya las veo en foto, si eso, que no me va nada el frío y me da alergia el esquí) y bancos (que me caen mal). En Rusia hablan muy raro, y el vodka me sienta fatal al hígado. Suecia, Noruega, Finlandia y demás países que andan por esos Nortes de Dios tienen demasiado hielo para mi gusto, y salir de Europa no es una opción, que cualquiera viene a ver a la familia teniendo que cruzar el charco cada vez.

            Visto que además en todos los sitios cuecen habas, y que estos sanos vegetales me gustan, pero me producen ciertos trastornos digestivos que ahora no procede enumerar, he tomado una serie de determinaciones: me quedo aquí, pero fundaré un país, o mejor dicho, un micro-país dentro de mi casa. Los cargos políticos se eligen por votación popular, pero salgo presidenta fijo. Solamente tengo que decirles a los 32 peces, a los dos gatos y al perro que si quieren seguir comiendo piensos de calidad ya saben qué papeleta tienen que meter en la urna. Los tres indecisos, a la sazón marido e hijas, no importa mucho lo que voten, porque ya cuento con mayoría absolutísima.

            Lo primero que necesita un país, además de un presidente, es un nombre. ¿Cuál sería el más apropiado para este? Siendo la casa de Susana y de Jesús, tal vez podría ser “Jesusalandia”, aunque suena pelín raro. “Jesusistán” me recuerda a Bin Laden. Como que no.  Ay, me he atascado con este asunto. Voy a dejarlo para cuando tenga un rato más inspirado y me voy a poner con otro tema importante: la bandera.

            No es baladí este asunto tampoco; como hay que ahorrar costes y lo del recorte está de moda, tiraré de materiales nacionales, o sea, lo que tenga por casa. El cajón de las labores está lleno de restos sobrantes de lanas de distintas procedencias, de modo que ahora mismo saco el ganchillo y empiezo a elegir colores. A ver: la bandera de mi país tiene que llevar color naranja. ¿Por qué? Pues porque es mi favorito, y soy la presidenta. Esperad, que voy a hacer una franja de este butano rabioso que me sobró de un jersey que tejí hace catorce años. Chin, chan, chin, chan, chin, chan. Ya está. Sigo.

            La segunda franja va a ser verde, por aquello del compromiso con la ecología y el reciclaje, que en mi casa otra cosa no habrá, pero cubos para separar la basura… chin, chan, chin, chan, oye, qué bien se me da esto. Ya está. Ahora, con esta lana moradísima (creo que con esto hice una bufanda en mis años mozos) pongo una franja más, por aquello del homenaje a mi León natal. Añado un trozo de color amarillo, porque me gustan los limones y también el sol. Chin, chan, chin, chan, jopé, manejo la aguja de gancho a la velocidad del rayo malayo, soy una máquina. Venga, voy a poner un trozo azul, como homenaje al Atlántico que baña mis queridas Canarias y al Mediterráneo que me baña a mí cuando me acerco a la playa. Y con esta lana salmón que tengo por aquí continúo mi elemento representativo, no por nada especial, sino porque esta noche la cena nacional es el susodicho pez rosado a la plancha. ¡Vivan los ácidos grasos Omega 3 y la comida sana! Chin, chan, chin, chan, fíjate tú en qué momento estoy haciendo una bandera que no se la salta un gitano.

            Mira por dónde me ha salido una enseña nacional de lo más chulo, aunque… bueno, más bien parece una manta para ver la tele tumbada en el sofá, y con el frío que hace… ¡caramba, qué calentita! Sería un desperdicio ponerla en lo alto de un mástil en lugar de tenerla abrigándome los pieses. Me la quedo, y ya solucionaré el tema de la bandera más adelante.

            En fin, voy a descansar, que esto de ser presidenta estoy viendo que desgasta un montón. Y además, empieza mi serie favorita, de modo que voy a estrenar mi nueva manta de rayas, y ya mañana hablaremos del gobierno. O pasado. No hay prisa.

martes, 27 de noviembre de 2012

LAS ZAPATILLAS DE SAÚL


            Solamente hacía dos meses que Saúl había encontrado aquel empleo. Con apenas veintiún años, juzgó que sus sueños estarían más cerca si comenzaba a ganar dinero para realizarlos cuanto antes, y su juvenil impulsividad le hizo abandonar los estudios y meterse de peón en una obra. Sus padres lo supieron cuando llegó a casa el primer día de trabajo, con la ropa sucia de cemento y las zapatillas deportivas hechas un desastre.

            La madre sabía que, cuando Saúl se encabezonaba en algo, nada era capaz de pararlo, de modo que solamente le preguntó: “¿Es una buena empresa? ¿Por cuánto tiempo te han contratado?” El chico se encogió de hombros. En unos días le darían los papeles para firmar, le dijeron. Los cursillos de seguridad ya se los impartirían más adelante. La ropa de trabajo, el calzado y el casco eran algo por lo que ni siquiera preguntó. “Mira, mamá. Este es el coche que me voy a comprar”, le dijo el chico, ilusionado. Ella maldijo para sus adentros y no le contestó.

            Un mes después, aún no había firmado ningún contrato. “Me han dicho que nadie lo hace hasta que pasa el período de prueba, mamá. Pero como yo valgo, seguramente tendré los papeles la semana que viene, o la otra. ¿Me acompañas a comprarme ropa, mamá? Mira, me han pagado en metálico el primer sueldo. Necesito zapatillas para trabajar hasta que me den las botas esas de seguridad”. La madre lo acompañó, le pidió que no se gastara todo lo que había ganado por si acaso al final decidían no contratarle. “Hijo, si en un mes más no hay papeles, tendrás que denunciar a la empresa. No es legal que tengan a la gente así, trabajando en la obra, sin contrato, ni alta en la seguridad social, ni nada. ¿Y si enfermas? ¿Y si te accidentas? Hay que hacer las cosas bien, Saúl. Debes pedirles tus papeles y el equipo de trabajo todos los días”. Pero Saúl no la escuchaba. Solo pensaba en el dinero que le quemaba en el bolsillo, y en todo lo que podría hacer con él: ropa bonita, salir por ahí, viajar, un coche…

            Resbaló y cayó desde el cuarto piso de la obra. Sin arneses, sin buen calzado, ni casco, ni nada, lo más fácil era que alguien se accidentase antes o después. Y él, que no tenía formación suficiente, era el candidato perfecto. El empresario negó que trabajase para él, no había contrato ni nada que les vinculase. “Quizá entró en el edificio en construcción a ver si podía robar algo”, dijo. El resto de trabajadores callaron por miedo a perder su empleo. El juez cerró el caso.

            La madre fue a ver al constructor a su elegante despacho. No le dijo nada. Solamente dejó las zapatillas viejas de Saúl, manchadas de cemento, sobre su mesa de caoba. A la semana siguiente volvió con otras deportivas viejas. Se negó a recibirla, de modo que dejó el par de zapatillas sobre la mesa de su secretaria. A la semana siguiente, no le permitieron pasar del mostrador de recepción. No opuso resistencia. Dejó otro par de zapatillas andrajosas frente al portero y se marchó. Siete días después, hizo lo mismo. Y al siguiente martes, cuando ya ni siquiera pudo franquear la puerta, dejó el calzado en la calle, frente al portal, para que él lo viera. Rescataba las deportivas usadas de los contenedores de basura, y ella misma las manchaba con cemento, yeso o polvo de ladrillo, como estaban las de su hijo el día en que se lo trajeron muerto.

            La primera orden de alejamiento por acoso la recibió sin pestañear. No podía acercarse a las oficinas de la empresa constructora en el plazo de un año. Comenzó a enviar las zapatillas por correo a la atención del empresario constructor. El segundo paquete le vino devuelto, de modo que cogió las destrozadas deportivas y las llevó a la casa de aquel hombre, dejándolas ante la puerta. Una nueva orden de alejamiento le vetó acercarse al domicilio del culpable, de modo que se las puso en el vestuario de su gimnasio. Allá donde iba, antes o después, el hombre que había eludido toda responsabilidad sobre la muerte de Saúl se encontraba con las zapatillas del chico, sucias de cemento, recordándole su delito.

            No fue a la cárcel por ello; si acabó en prisión fue por sobornar a quienes le recalificaron terrenos y le concedieron obras municipales. Luego llegaron la quiebra, las deudas, se destapó el fraude a la Seguridad Social y a la Hacienda pública, viniendo a demostrar que nadie se hace millonario trabajando honradamente. Hasta allí fue la madre de aquel chico, con sus zapatillas viejas en el bolso, semana tras semana. Se las enseñaba desde lejos, en el horario de visitas, y se marchaba. Curiosamente, no pidió que se le negase la entrada, ya que era la única persona que iba a verle. Una vez fue condenado y su empresa se arruinó ya ninguno de sus antiguos amigos parecía querer saber nada de alguien como él.

            Fue un periodista inquieto quien sacó a la luz la historia de las zapatillas de Saúl. Su madre concedió una única entrevista. “Las vidas rotas de muchos hombres fueron las que conquistaron los derechos de los trabajadores. Si no hacemos nada para evitar que nos los quiten les estaremos dando a otros el poder de decidir sobre nuestra vida, como decidieron con la de mi hijo. Él murió porque permitió que se pisaran sus derechos; yo dedicaré todas mis energías a evitar que su accidente se olvide”.

            Solo una cosa más. Hay que trabajar, pero no a cualquier precio. No dejéis que os compren. No dejéis que os vendan.

lunes, 26 de noviembre de 2012

LAS DOS FAROLAS


            Las dos farolas habían nacido en la misma fábrica, aunque en semanas distintas. Fueron transportadas juntas, una pegada a la otra, a la vez que otras luminarias semejantes, y el grupo de operarios de chaleco fosforescente las habían ido a colocar a ambos lados de una carretera general, a la entrada de un pueblo. Eran altísimas, con la cabeza inclinada y la luz blanca, y su misión era espantar la traicionera oscuridad de la noche para que los coches no tuvieran problemas al pasar por allí.

            Frente a frente, separadas por la calzada de asfalto y las dos aceras, las farolas se miraban de noche y dormían de día. Desde aquel traslado en camión, cuando sus largos cuerpos yacieron juntos hasta su ubicación definitiva, vivían enamoradas la una de la otra, y sin más anhelo que poder volver a tocarse alguna vez. Pero sabían que eso era imposible, que jamás volverían a sentir el contacto de su piel de helado metal, porque estaban ancladas, hormigonadas, sujetas al suelo y sin posibilidad de moverse.

            Durante más de treinta años se miraron desde aquella distancia corta e insalvable que las separaba. Se hacían guiños con la luz, hablaban a voces por encima del ruido del tráfico, y se decían a diario lo mucho que se querían, lo mucho que se deseaban. Lo que darían por volver a rozarse durante un momento. A veces, una de ellas se echaba a llorar; entonces, la bombilla se le fundía, y permanecía dormida, sin luz durante un tiempo. Después siempre venía el electricista con su plataforma elevadora para limpiar el cristal, reparar la avería y devolverla a la vida, y lo primero que hacía en cuanto se encendía era mirar al objeto de su pasión y lanzar un profundo suspiro.

            Una noche de lluvia intensa, las dos farolas se esforzaban en alumbrar el camino a los automóviles sin demasiada suerte; la tormenta era tan fuerte que apenas se veía para transitar. Ninguna de las dos supo de dónde salió el camión, ni en qué momento perdió el control e hizo la tijera, golpeando al coche que venía tras él. ¡Era de locos! ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría conducir con semejante tromba de agua y granizo? En cuestión de segundos, las dos farolas recibieron el impacto. Una fue embestida por el camión y quedó doblada peligrosamente. La otra, con el coche empotrado en su cuerpo, se inclinó sobre la calzada hasta terminar apoyándose en su amada. Las cabezas de ambas chocaron, lloviendo cristales rotos y chispas sobre el asfalto. El cortocircuito que provocó su violento beso dejó sin luz toda la línea de alumbrado de la calle.

            Ambas murieron aquella noche, pero lo hicieron felices, porque al fin habían conseguido lo que más deseaban: consumar aquel amor de treinta años, aunque fuese muriendo en el intento. Fueron retiradas y fundidas, y ahora forman juntas la reja metálica de una tienda de electrodomésticos. En su lugar colocaron dos luminarias nuevas, que se miran con indiferencia desde ambos lados de aquella carretera. No presentan más emoción que cualquiera de sus compañeras, ni siquiera cuando alguna paloma se les posa en la cabeza dejándoles algún “recuerdo” indeseado.

            La razón de que aquellas dos farolas naciesen distintas a las demás, con alma y capacidad de amar, nadie la sabe. Cosas que ocurren a veces, aunque parezcan quiméricas. Lo imposible, en ocasiones, no lo es tanto como parece.

VIDEOCUENTO: ELEGIR UNA FLOR

     Querida familia cuentera:
      Aquí os dejo un nuevo vídeo. En él os leo un cuento, "Elegir una flor". Es el primero de una serie de cuatro en los que los hijos de la Madre Naturaleza buscan esposa.
      Feliz visionado. Abrazos a todos.

http://www.youtube.com/watch?v=uRnpgz7pNXc&feature=youtu.be
     


sábado, 24 de noviembre de 2012

EL CAMPO DE ALMENDROS


            El campo de almendros, heredado de los abuelos junto con la humilde casita, era todo lo que poseía la familia de Suso. De aquellos árboles vivían, de modo que los cuidaban lo mejor que les era posible. El campo era labrado con mimo por el padre, se podaba cada almendro con cuidado, pagando al mejor podador de la comarca. Con la leña resultante se calentaban, quemándola en la estufa de la casa, y los frutos que se recogían eran empleados sin desaprovechar ni uno solo.

            Toda la familia colaboraba en la cosecha; extendían las lonas verdes bajo cada árbol, vareaban con cuidado de no romper las quimas, usando largas cañas, y después iban echando las almendras en sacos. Los niños se encargaban de recoger a mano cuanto se escapaba de las lonas, cada una de las almendras que veían por el suelo. No se podían desaprovechar aquellos pequeños tesoros dulces de los que dependía su supervivencia.

            Una vez en casa, se retiraba a mano la cáscara blanda exterior, ya que las máquinas de pelar aún no se habían inventado. Todo ese material vegetal sobrante se guardaría para emplearlo como combustible en invierno. Después se dejaban secar por una semana las almendras para más tarde llevar la mayor parte al mercado. Las de pequeño tamaño quedaban en casa, se utilizarían para cocinar con los cardos del huerto, y con algún conejo cazado para los días de fiesta. Otra pequeña parte sería pelada con paciencia, empleando un pequeño martillo sobre una piedra, para luego prensarlas y extraer aceite, muy preciado como cosmético. La madre elaboraba con él un jabón artesanal que aumentaba los ingresos de la familia.

            En torno a aquellos árboles giraba la vida de Suso y de los suyos; sus primeros recuerdos de niñez ya estaban poblados de almendros, llenos de flores blancas y rosadas, y a medida que fue creciendo aprendió a cuidarlos y a amarlos como parte importantísima de su vida.

            Cuando nadie les veía, los árboles charlaban entre ellos. Eran individuos distintos, y cada uno tenía su opinión acerca de las cosas. Uno, frondoso y de grandes ramas, se preciaba de ser el que mejores almendras daba. Según él, las suyas eran las más grandes, las más dulces, la mejor cosecha de todo el terreno. Los demás se burlaban de tanta presunción, no entendían qué sentido tenía compararse, ya que todos formaban parte del mismo campo, pertenecían a la misma familia y eran tratados del mismo modo por su dueño. Pero el orgulloso almendro se ensoberbeció de tal modo que comenzó a despreciar incluso a los pájaros y a las abejas; si querían posarse en él y libar de sus flores, habría de ser pidiendo permiso antes, y solamente lo concedía si antes no habían tocado a ninguno de los otros almendros. “No quiero ni pensar en que me podáis pasar algún bicho dañino que provenga de todos esos árboles piojosos que tengo alrededor. O ellos, o yo. Mi categoría es mayor y no voy a dejar que me la arruinéis”, les decía. De ese modo, llegó un día en que ni los pájaros, ni las abejas, ni los otros almendros le dirigían ya la palabra. “Igual da, yo me basto solo para ser feliz”, dijo el mezquino árbol. Pero no se dio cuenta de que la hiel de su carácter desdeñoso podía pasar a sus frutos.

            Cuando llegó la cosecha del año siguiente, los compradores habituales de almendra con los que siempre contaba la familia de Suso para dar salida a toda la producción les devolvieron cuanto habían adquirido. “Algunas almendras salen amargas, estropean los turrones, la leche y todo lo que con ellas se elabora”. ¿Qué podían hacer? ¡Era la ruina! ¿Cómo pasarían el invierno? Con mucha paciencia, fueron cascando cada fruto, cortando un trocito y probándolo. Las almendras dulces iban a un montón. Las amargas a otro. La tarea les llevó semanas; después, escaldaron las buenas para desprender la piel marrón interior, tostaron y molieron, y vendieron así la almendra. Toda la familia tuvo que colaborar en el proceso, y terminaron hartos, con la boca amarga y los dedos despellejados de trabajar. El montón de las malas fue usado para fabricar jabón barato que se usó en casa para lavar la ropa de todos.

            Cuando llegó la cosecha del año siguiente, antes de recoger la almendra, probaron un fruto de cada árbol para localizar al culpable de tanta amargura; el almendro soberbio, pese a ser el que más kilos de fruto daba, fue talado por el padre de Suso, y con su madera se calentaron aquel invierno en que tuvieron que vender la cosecha más barata para recuperar la confianza de los clientes.

            Cuando el resto de almendros vieron caer a su desagradable compañero a golpe de hacha respiraron aliviados. Se esforzaron mucho para dar más fruto al año siguiente, y continuaron viviendo bien cuidados y felices. Y Suso, desde su mirada de niño, pensó: “bueno, hasta el más ruin de los árboles, al final, sirve para algo, aunque solo sea arder en la estufa”.

jueves, 22 de noviembre de 2012

CALENDARIOS


            Ya se termina el año, y como siempre, llegan los turrones, los anuncios ñoños que te hacen asomar la lagrimita, y los cadáveres rojos (perdón, muñecos de Papá Noël) colgando de los balcones. También llegan las luces parpadeantes que te ponen al borde del ataque epiléptico si las miras más de la cuenta, los villancicos trasnochados de los centros comerciales y los mensajes subliminales con que nos bombardean: compren, compren, compren, compren, compren. La Navidad cada vez es menos Navidad y más comercio (y bebercio, no nos olvidemos). Bueno, pues a lo que iba, que me estoy desviando del tema: llegan todas esas cosas que he dicho antes, y también los calendarios.

            Curioso tema este de los calendarios. Últimamente se está viendo cada cosa que hay para, como se dice vulgarmente, mingitar y no echar ni gota. Estamos aún a 22 de noviembre y yo ya he contemplado el año que viene, mes a mes, adornado de infinitas e increíbles maneras. No todas me atraen por igual, pero reconozco el mérito de algunas, aunque por razones distintas. De todos modos, la realidad es que se han convertido en un medio bastante popular de reivindicación, y también de recaudación para diversas causas.

            El primero de la temporada es el de los famosos con los niños afectados por síndrome de Down. Un clásico en el que nadie se niega a participar, faltaría plus. Las fotos siempre las hace algún fotógrafo de campanillas, y sale en todos los programas de corazón, lo cual incrementa las ventas. Mientras sea en beneficio de los peques, perfecto. El siguiente, el de una conocida bebida espirituosa de intenso color rojo. Este año lo protagoniza nuestra Pe con unos modelazos de quitar el hipo, todos bermejos. Sin escatimar en gastos, oigan. Ese almanaque y el de Pirelli (todo lleno él de impresionantes pibones con poca ropa y mucho glamour internacional) solo están al alcance de unos pocos privilegiados. El común de los mortales no gozamos del caché suficiente como para tener uno. Que a mí me da igual, pero sé de algunos que darían un dedito de su mano izquierda por tener ese álbum de estupléndidas fotos.

            Continuamos enumerando. El siguiente en entrar en escena es el típico calendario de gatitos y perritos, todo cuqui él. Es el que compran la mitad de las “adolescentas”. La otra mitad se matan por conseguir el del mago de las gafitas, con su túnica y su escoba, arreglao pero informal, con todos sus amigotes y enemigotes de la escuela de magos, o el de las pelis de vampiros buenorros, hombrelobos cachas perdidos y lánguidas pavisosas que no saben a qué carta quedarse. Y, por supuesto, los “adolescentos” más mayorcitos (léase la franja de edad entre 16 y 25) recurren al que regalan Intervíu o Playboy, que también tienen su gracia, a juzgar por las ventas.

            Capítulo aparte merecen los calendarios de empresa. Esos no se venden, esos se regalan por cortesía. Lo malo es que la “cortesía” cada vez es más corta, y ya no hay quién se lleve a casa el San Pancracio con su perejil y la cesta de gatitos rodeada de flores amarillas, que son los mismos de los últimos cuarenta años. A ver si cambiamos el modelo, por favor, que no creo que sea tan caro renovar el catálogo. Por no hablar de las empresas de maquinaria, que te arrean un almanaque con una foto de un tractor, o de una motobomba, o de un cortacésped, y te quedas pensando: “Sí señor, eso es motivar al personal, y lo demás son fotocopias”. Un pelín de creatividad, por favor. Y si no, no regalen nada, y ya. Que no está la situación como para andar dispendiando.

            Todo esto me lleva (qué cosas, era de lo que quería hablar desde el principio, pero no quise entrar a saco así, en frío, sin calentamiento previo) a los calendarios eróticos. Ahora todo el mundo hace calendarios de esos. Pero está empezando a ocurrir como con el fenómeno de las caravanas de mujeres, ¿recordáis? Un pueblo perdido lleno de solterones organiza una suelta de mujeres traídas de todo el país en autocares para tratar de juntar soledades y formar familias que se queden en la localidad y no la dejen morir. La primera, la de Plan, fue un éxito. Pero luego se organizaron tantas que se apuntaba todo hijo de vecino a la fiesta, al baile y a meter mano en lo posible, pero sin intenciones serias. Y ahí murió el fenómeno. Pues con esto de los almanaques de personal anónimo en porretas pasa igual. Al principio, daba gloria ver los que hacían los bomberos: esos corpachones sudorosos y manchados de hollín, hacha en mano, manguera preparada y casco tapando los… las… bueno, eso. Luego se unieron las azafatas de vuelo, tan monas ellas, dando las instrucciones de seguridad en liguero y tanga color azul aviador. Y también tuvieron su público. Pero es que ahora ya todo quisqui se despelota y hace un calendario, y no hay mercado para tanta carne, por loable que sea el motivo que lo impulsa.

            Aún recuerdo cuando lo intentaron las falleras del pueblo de al lado, las fotos muy bonitas, con sus moños, sus pololos y las mamicas al aire, que aquello más que un calendario erótico parecía el camerino del Moulin Rouge a la valenciana. Este año son un grupo de mamás de otro pueblo, a cuyos niños han dejado sin transporte escolar merced a los recortes, tajos y retajos de Consellería. Pretenden, enseñando cachito, sacar para pagar el bus lo que queda de curso. Ojalá lo consigan, no se me ocurre motivo más legítimo para quitarse la ropa que el bienestar de los hijos. Son hembras valientes, y yo las aplaudo, aunque aquí, en petit comité, no creo que lleguen a vender tanto como para lograrlo, porque son encantadoras, pero no suscitan morbo alguno, y eso, no nos engañemos, es casi lo único que vende hoy en día. No son modelos, son mujeres normales y corrientes, amas de casa, como yo, y yo no creo que nadie pagase por verme ligera de ropa.

            Yo creo que, en lo tocante a calendarios, voy a hacer lo mismo que los años pasados: ir a la sucursal bancaria más cercana a mendigar uno, que con las comisiones que me cobran y lo que me sacan por la hipoteca, ya se pueden mojar y facilitarme eso al menos. Y un par de bolis también, si es posible, para no tener que mangar los del mostrador.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL CABALLO


            Mientras daba un paseo en bicicleta por un camino rural, Sonia pinchó. Bueno, no pinchó ella, evidentemente, sino una rueda de su bici. Como montaba desde muy pequeña, sabía perfectamente lo que tenía que hacer, de modo que puso la máquina al revés, soltó el freno, quitó la rueda y desmontó la cubierta para sacar la cámara. Localizó el pinchazo sin demasiados problemas, tenía buena vista; limpió la goma, preparó el parche y el pegamento, aplicó el remedio y dejó que se secara el adhesivo. Mientras tanto, ganduleó al sol, dando patadas a las piedras y mirando los pájaros.

            Fue entonces cuando la encontró. Se la veía gastada, y conservaba algunos clavos retorcidos, pero siempre se dijo que era un buen augurio, de modo que se felicitó por su buena suerte. ¡Una herradura de verdad! Usada y perdida, no como las que venden en las tiendas de souvenirs, que son de pega. Esas no han visto un caballo en su vida, pero esta sí que era buena, auténtica, legítima. Seguro que le traía suerte, que por otra parte le hacía bastante falta, como a todos. La guardó en su mochila, bien envuelta en un pañuelo, no fuera a herirse con alguno de los clavos, y se dispuso a terminar con la reparación de la rueda para poder continuar con su interrumpido paseo.

            Un par de kilómetros más adelante vio un cercado con varios caballos. “Vaya, quizá la herradura sea de alguno de ellos, y el pobre ande cojo, o se haga daño al trotar por no ir calzado”. Su deseo era adoptar el trozo de metal curvado como amuleto, pero le dio pena pensar que por ser egoísta alguno de aquellos animales se viera perjudicado, así que se bajó de la bici, se acercó a la valla y llamó a los equinos. “Hola, caballitos guapos, ¿alguno de vosotros ha perdido hoy una de las herraduras?” preguntó, un poco temerosa por el tamaño de aquellos bichos.

            “¡Es mía!”, gritó uno de ellos. “¿Qué dices, chaval? Es mía, seguro”. Otro más se interpuso. “Yo perdí una esta mañana y fijo que es la mía”. Eran ocho caballos, y a los ocho les faltaba alguna de las herraduras. Comenzaron a pelearse entre ellos, relinchando furiosos, bufando y pateando sobre la tierra. A Sonia le entró miedo y le dieron ganas de marcharse, pero no lo hizo. Debía devolver el calzado a su legítimo dueño.

            “Vamos a ver: yo salto la valla y os la pruebo a todos, ¿vale? Así sabremos de qué casco se cayó y podremos colocarla en su sitio. Pero tenéis que prometerme una cosa: que no me patearéis ni me morderéis. O eso, o no entro”. Todos asintieron, y Sonia trepó por el cercado para saltar dentro. Al instante se vio rodeada por los animales, todos querían ser el primero. Les fue probando la herradura uno a uno, pero, o era grande, o pequeña. A ninguno le ajustaba en el casco que tenía descalzo. De pronto, Sonia se fijó en un caballo al que no había visto antes. Estaba atado a un árbol, al fondo del cercado. Parecía triste. Se acercó a él y le preguntó: “¿has perdido una herradura, caballito bonito?” El animal agachó la cabeza y se puso a llorar.

            Uno de sus cascos traseros estaba sin calzar, y el hierro encajaba en él como un guante. “Vaya, resulta que es la tuya. Casi me voy sin siquiera darme cuenta de que estabas aquí. ¿Por qué tus amigos están sueltos y tú estás atado?” preguntó, curiosa. “Es que yo en realidad soy un príncipe encantado, y como me escapo al camino siempre que puedo para buscar a la muchacha que ha de besarme y romper el hechizo, mi amo me ha atado. Esta mañana conseguí fugarme, y perdí la herradura. Ella te ha traído hasta mí, de modo que debes ser tú la que me tiene que salvar. ¿Me besas? Aquí, en el morro…” dijo, acercando la cabeza a la cara de Sonia. Ella estaba, como dirían los jóvenes de ahora, flipando. ¿Aquello era posible?

            Miró a su alrededor por si alguien la podía ver, y muerta de vergüenza estampó un beso en la narizota del caballo. Éste, en lugar de convertirse en príncipe, sacó su enorme lengua y le dejó a Sonia la cara empapada de un lametón. Luego relinchó fuerte, y del susto la pobre chica cayó sentada sobre un montón de estiércol. Todos los animales rompieron a reír ruidosamente. “¡Ja, ja, ja, qué inocentonas son las humanas, todas pican! Anda, Ceniciento, en cuanto se marche la boba esta vete al camino otra vez y tira la herradura vieja, a ver si viene alguien más y nos reímos otro rato”.

            Sonia se marchó a su casa en su bicicleta, con el orgullo herido y la ropa oliendo a cuadra. “El caballo, el animal más noble del mundo. ¡Y una leche! La próxima vez que me encuentre algo, ni loca busco al dueño, me lo quedo y en paz. Y a poder ser, mejor que un amuleto, que sea un billetito de cincuenta euros”.

martes, 20 de noviembre de 2012

OFICIOS QUE NADIE QUIERE


            Vivimos tiempos convulsos. ¿Qué os voy a contar a vosotros que no sepáis ya? Las salidas laborales son escasas, los que quieren buenos trabajos se van del país, generalmente para seguir viviendo mal pero hablando una lengua extranjera (llamadme pesimista, pero a las estadísticas me remito), los empresarios cada vez tienen más fácil echar a la calle a cualquiera sin que el cualquiera tenga derecho a nada, y de ese modo, la gente de bien no quiere ser empresaria, y el españolito de a pie no encuentra un trabajo decente ni de casualidad. Los “sin escrúpulos” (raza aparte bastante numerosa) se matan por ser consejeros de banca o políticos, que ganan y ganan sin dar nada a cambio y sin que se les pueda exigir responsabilidad ninguna (al más puro estilo república bananera). Un delegado del gobierno puede amparar a un delincuente impunemente en su casa (parentesco obliga, oigan) mientras ordena a los antidisturbios dar leña a diestro y siniestro en la calle sin que se le despeine la melena ni le palidezcan las mechas, con las perlas en su sitio, como dama de la buena sociedad que es, ya me entendéis. España es diferente; por lo tanto, quien quiere salir adelante, debe buscar oficios diferentes. O sea, y traducido al castellano: los que nadie elige.

            Antes, nadie quería trabajar en los geriátricos. Yo trabajé en dos; ahora hay bofetadas para un puesto en una residencia. Antes, nadie quería recoger la basura. Pronto tendrán que convocar oposiciones para camioneros de vertedero y gestores de contenedor verde. Las que limpiaban las casas eran las mujeres que ocupaban uno de los más humildes puestos en el escalafón social; ahora, una asistenta por horas cobra entre 6 y 10€ cada 60 minutos de su tiempo. Se lo merecen de sobra, dicho sea de paso, pero ganan más que muchos titulados universitarios. Y si son nacionales el caché aumenta, están mucho mejor consideradas que las extranjeras. Antes, las cosas eran distintas. Ahora hay que cambiar de actitud.

            Después de mucho buscar, creo que he decidido lo que voy a hacer. De sanitaria no hay trabajo (somos multitud), de administrativa tampoco (sobramos casi todas, y cada vez hay menos empresas que administrar), y como escritora no tengo futuro, porque mis protagonistas no son proclives a estar dándole al asunto sexual día y noche, ni les van las cosas raras, ni viven en la época medieval o la de los cátaros. Después de mucho buscar, creo que ya sé hacia dónde voy a enfocar mi futuro laboral: voy a hacerme tanatopráctica.

            Lo he mirado muy bien, y todo son ventajas. Es un trabajo silencioso, pero te puedes poner música, porque el cliente no se queja. Aunque haya sido un amante ferviente del barroco alemán, Mozart o Wagner, ya puedes ponerte el heavy metal a todo gas, que no va a decirte ni “mu”. Tampoco has de elegir su vestuario, ya te lo dan completo. Simplemente tienes que tratar de que quede como si no le hubiera pasado nada, es decir, que parezca lo más vivo posible. Dentro de lo que cabe.

            Otro tema a tener en cuenta es la proyección del asunto en el tiempo: nunca te van a faltar clientes. Y el orgullo profesional que te produce el escuchar a los familiares del difunto eso de “míralo, qué guapo está. Si parece dormido”, que no es cachondeo, es un tema delicado y sensible. Cuando trabajaba en geriatría y alguno de mis abuelillos se me iba, lo arreglaba yo misma; nunca me dio miedo ni asco, eran personas a las que había atendido, alimentado y lavado, besado y mimado. ¿Cómo iba a dejar en otras manos ese último favor? La residencia tenía tanatorio propio y capilla, de modo que no era necesario llevarse a mis ancianetes a ningún otro lugar. De allí se iban al cementerio. Antes, cuando la gente moría en casa, en casa se quedaba. Allí se le amortajaba, se le arreglaba, se le velaba. Antes, la muerte era parte de la vida, y como tal la asumíamos. Ahora ya no. Ahora es un tema que nos asusta, nos horripila, nos produce tan tremenda aprensión que para soslayarla hemos inventado los seguros.

            Ya no puedes tocar a un familiar al que pierdes. Para eso están los tanatoprácticos y los tanatoestéticos. Nosotros no somos capaces ni de hacer por nuestros seres queridos ese último servicio. Ellos te lo visten, lavan y peinan, maquillan y retocan, todo entra en el seguro sin sobrecoste alguno. Ya me he informado: la normativa europea dice que para eso hay que tener una formación específica. Pues nada, a formarse tocan. Eso sí, cuando alguien me pregunte lo que estoy estudiando, diré “Práctica Estética”. La otra parte, la del “tánato” la omitiré para no herir sensibilidades.

            Lo he consultado con mi costillo, y no está muy por la labor. Dice que mejor ponga una mercería, que prefiere dormir con una botonera que con una tanatopráctica. También tiene razón el hombre…

lunes, 19 de noviembre de 2012

SÁBADO A LAS DOS SALSAS


         Contrariamente a lo que siempre se ha dicho, los hombres sí pueden hacer dos cosas a la vez. Javi siempre lo supo, y lo hacía a menudo sin perder por ello un ápice de eficacia en los resultados. Era una manera de rentabilizar el tiempo, porque siempre pensó que la vida es corta, y que hay tantas cosas por hacer, vivir y experimentar, que necesitaríamos dos vidas ciertamente longevas para poder realizar en ellas cuanto nos gustaría realizar.

            En una ocasión, mientras moderaba una charla sobre libros, hizo reír al público con un comentario acerca de ese tema: una mosca, pesada en insistente, no dejaba de molestarle mientras hablaba, y la cazó al vuelo, sin perder el hilo del coloquio que estaba dirigiendo. “Con esto queda demostrado que los hombres sí podemos hacer dos cosas a la vez”, dijo entre risas, y su maliciosa vecina de silla tomó nota de la frase por si en un futuro podía servirle de base para un cuento. Aquello no fue más que una simple anécdota, pero lo cierto es que a Javi le gustaba combinar actividades; le resultaba estimulante, y además comprobaba que no perdía eficacia por ello.

            Era una mañana de sábado como otra cualquiera. Se despertó temprano, y una melodía bailaba en su cabeza. Era un ritmo de salsa, sabroso y animado. Le dio vueltas mientras desayunaba y se lavaba los dientes, y decidió escribir una letra para aquella música. ¿Sobre qué podría versar? Pensaba y pensaba mientras recogía la cocina, y decidió que iría anotando las ideas al tiempo que hacía la comida. ¿Qué le apetecía preparar? Caminó por la sala mientras ponía orden: dobló la manta del sofá, recogió las revistas, colocó los cojines, limpió el polvo y pasó la mopa, moviendo los pies a ritmo del tema. Tarareó mientras hacía la cama y metía la ropa en la lavadora, sin dejar de bailotear por la casa. Era sábado, día de hacer todo lo que uno no puede hacer entre semana porque el trabajo copa casi todo el tiempo disponible; pero este no iba a ser un sábado cualquiera. Iba a ser un sábado salsero. Definitivamente, mientras escribía la canción, prepararía una sabrosa salsa para pasta. Seguro que cierta persona llegaría a mediodía, después de un intenso ensayo de baile flamenco con su grupo, y agradecería un buen plato de spaghetti recién hechos, humeantes y espolvoreados con queso provolone, y también una canción nueva con un beso nuevo.

            Abrió la nevera buscando ingredientes, y también la caja de sus sentimientos, buscando emociones. Encontró una berenjena, un te quiero, dos zanahorias, una caricia fresca al salir de la ducha, pimientos rojos y verdes, un paracetamol con zumo de naranja que le llevó a la cama cuando se puso enfermo de gripe, tres cebolletas tiernas y un montón de tardes tiernas acurrucados en el sofá viendo series americanas. Comenzó a cortar las verduras, y de tanto en tanto dejaba el cuchillo y cogía el bolígrafo. “A pesar de que dicen que somos la noche y el día / no sabría vivir sin sentir tu rabiosa alegría / Y a quien habla palabras que son de veneno salvaje / yo le digo que para querernos nos sobra coraje“. Le echó sal a la cazuela, aceite de oliva virgen extra de su tierra, y puso el recipiente al fuego. Mientras las verduras comenzaban a sudar, tamborileó con la cuchara de madera sobre el granito de la encimera, releyó las cuatro frases y sonrió.

            ¿Había más verdura en el frigorífico? Rebuscó un poco y rescató dos rabanitos picantes para añadirlos al proyecto de salsa, una cebolla grande, y también una jornada de buceo en un país exótico, fuertemente abrazados en la oscuridad de una gruta subterránea, la tranquilidad de su contacto. Dio unas vueltas con la cuchara a todos los ingredientes y encendió el extractor. Comenzaba a oler bien. “De tu mano ya es mucho camino el que he caminado / y no siento ni el miedo si sé que tú estás a mi lado / Hoy te quiero decir que contigo yo compartiría / mis locuras, mis besos, mi tiempo, mis noches, mis días”. Otra vueltecita más con la cuchara, un poco de hierbabuena y pimienta negra. Y un toque de picante también a la otra salsa: “Cuando escucho tu risa alborotas todos mis sentidos / y te escribo una salsa de amor p’a bailarla contigo / No hay ternura más cierta que un beso de tus labios rojos / ni pasión más abierta que el brillo que tienen tus ojos”.

            Añadió el contenido de un bote de tomate triturado a las verduras. Ya solo faltaban unos minutos para que el pasapurés entrase en acción. Subió el fuego para acelerar la cocción del tomate y se puso un delantal; las salpicaduras dejaban la ropa hecha un asco, y desagradables quemaduras a veces. Mejor prevenir. Mientras, puso a cocer la pasta en agua hirviendo con sal. Le faltaba el estribillo. “Estrena por mí un nuevo ritmo, y baila conmigo, que quiero sentir / tu cintura entre mis brazos, tu gracia bailando, tu pecho al latir / Inventa por mí una caricia, regálame un beso, que quiero vivir / la vida mirando tus ojos, bailar cada día y sentirme feliz”. Trituró con paciencia la salsa mientras leía los versos de la otra salsa. Marcó: “primera estrofa, estribillo, segunda estrofa, estribillo, repetir…” Añadió una cucharada de azúcar para rectificar la acidez del tomate. Probó la mezcla. Deliciosa.

            Puso la mesa, y cuando estaba abriendo el vino oyó la puerta. “Hola, cariño. Te he cocinado una canción y te he escrito unos spaghetti con salsa de verduras. ¿Qué prefieres primero, comer o bailar?” Y Carlos, encantado, se echó a reír y le abrazó muy fuerte.

domingo, 18 de noviembre de 2012

HASTA SIEMPRE, QUERIDO AMIGO


            Dicen que es sano guardar dentro un trozo de nuestra niñez. Crecemos, maduramos, pero si no conservamos algo del niño que fuimos, si no conseguimos mantener algo del espíritu infantil que un día nos guio, perdemos ciertamente gran parte de nuestra humanidad. La mirada, el entusiasmo, la curiosidad de chiquillos nos mantienen vivos, y quienes no tuvieron niñez porque la vida se la robó son, sin duda alguna, huérfanos.

            Huérfana. Así me siento hoy, porque tú te has ido. Ya venía barruntándolo desde hace tiempo, porque el reloj no se detiene para nadie, ni siquiera para los buenos, y sabía que tu edad era mucha. De hecho, los últimos años ya no te he visto en el lugar en que te conocí, la televisión, porque vivir la vejez con paz y dignidad está reñido con las apariciones públicas. Los últimos recuerdos, la sonrisa apacible, las caricias a los nietos y lo consejos sabios del mayor son un tesoro tan preciado para la familia que compartirlo con extraños es impensable. Se lo dije a los míos: “el día en que Miliki fallezca voy a llevarme un disgusto muy, muy gordo”. Así ha sido.

            Eras padre y abuelo de un puñado de artistas, pero no sólo les enseñaste a ser profesionales. Te empeñaste, sobre todo, en que fueran buenas personas. Trabajadores incansables, cumplidores, correctos, amables, como tú. Les inculcaste que, aunque eso supusiera nadar contra corriente, el circo puede ser una fuente de humor amable y hermosas emociones basada en la cultura del esfuerzo y la superación personal, y no en la explotación a los animales. Les dejaste claro que el humor requiere de inteligencia, no de malicia, y que para ser un buen payaso es necesario mucho talento, cerebro y una enorme dosis de inocencia. Que para hacer reír no hace falta ridiculizar a nadie, agredir a nadie, molestar a nadie. Que, a pesar de que tu pijama era rojo, tu corazón era blanco, como tu forma de trabajar. Y que para tener éxito en televisión, para hacerse inolvidable, solamente hay que tener recursos propios, nobleza y cultura.

            Fuiste el único en lograr que todos nosotros gritásemos que estábamos bien aunque no lo estuviéramos, y nos mostraste una forma distinta de ver las cosas convirtiendo, por ejemplo, un árbol en un adjetivo calificativo, una palabra que muchos, muchísimos, adoptamos en nuestro vocabulario habitual, para sustituir un “tonto” o un “bobo” que podrían haber resultado ofensivos o discriminatorios. Y aquí nos tienes, a varias generaciones de personas que crecimos con los ojos como platos viéndote en televisión, llorando como verdaderos “ciruelos” porque perderte a ti es despedirse de algo propio, íntimo y lleno de sentimientos hermosos y verdaderos.

            Reconozco, quienes me han tratado un poco ya lo saben, que mi vida ha estado, desde el principio, marcada por ti. Esa canción a la que a menudo me refiero me convirtió en Susanita “Ladelratón”, y eso es lo que sigo siendo. Mi madre todavía me lo recuerda a veces: “era salir los payasos en la tele y tú volverte loca en la cuna, de pie y cogida a los barrotes, saltando y cantando”. Son mis primeros recuerdos de niña. Y los echo de menos, claro que sí, porque mis hijas no han tenido un referente mediático de ese calibre en televisión. Porque no hay programas que les enseñen a ser emocionalmente inteligentes, a expresarse con claridad, a solucionar conflictos toreando y combatiendo las agresividades ajenas con buen humor.

            Me va a costar tanto decirte adiós que he decidido no hacerlo. Yo seguiré siendo Susanita “Ladelratón”, seguiré escuchando esas canciones llenas de gallinas ponedoras, barquitos frágiles, escobas, futbolistas de barrio, chinitos de “amol” y navidades de mazapán, y ojalá logre que las aprendan mis nietos, para que puedan llegar a ver la vida como la veías tú.

Gracias, Emilio Aragón, “Miliki”, entrañable figura de tantas infancias, por todo lo que nos enseñaste. Y hasta siempre, querido amigo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

MÁS VALE NO ARRIESGARSE


         Todos sabemos que las hadas existen. Viven camufladas entre los seres humanos, e incluso ellas mismas piensan que no son más que personas normales, pero no es así. Es fácil distinguirlas si sabes cómo: tienen una sonrisa para todo el mundo, sea quien sea. No existen en el mundo criaturas más generosas, porque ellas regalan lo mejor que tienen, que no es ni más ni menos que su precioso tiempo, y lo emplean en procurar la felicidad de los demás. Son serviciales, detallistas, y están llenas de arte y sentido del humor. Algunas han sufrido cosas que la mayoría no aguantaríamos, pero resisten y afrontan cuanto les ocurre con su mejor sonrisa para salir adelante sin que los demás tengan por qué padecer por ellas. Quienes tienen la suerte de tener un hada cerca deben cuidarla y quererla, porque si no la tratan como se merece, el resto de su vida todo les saldrá al revés.

            Contrariamente a lo que se piensa, un hada no nace ya con un oficio definido, sino que se le otorga después, en atención a sus méritos; estos se componen principalmente de la cantidad de personas que la quieren de verdad. A un hada que es bastante querida, se le da un oficio menor, como puede ser el de “hada de los charcos”, que es la que procura que haya lugares en los que los niños puedan chapotear, ensuciarse y divertirse cuando llueve, o “hada de los pelos”, que es la que te arregla y te pone guapa para que te sientas princesa en lugar de bruja. Otras ejemplos de hada menor son el “hada de los ojos”, que es la que te coloca unas gafas para que veas mejor el mundo y a los que te rodean, ampliando así tus horizontes, el “hada de las orejas”, que es la que te pone un audífono para romper los muros de silencio, o el “hada de las voces”, que te facilita un micro para que lo que tienes que decir llegue con claridad hasta donde tú quieras. Podría poneros varios cientos de ejemplos de hadas menores, pero creo que ya os habéis hecho una idea de por dónde van los tiros. Y claro, después están las hadas mayores, las más queridas por quienes las han conocido. Ellas son las que ostentan los cargos de más responsabilidad, las que tienen en sus manos la llave de la felicidad de las personas. Ahora que sabéis todas estas cosas, ya puedo comenzar a contaros esta historia.

            Érase una vez, hace poquito tiempo, en un lugar entre “cercano” y “aquí al ladito” (según dónde viva quien esté leyendo este cuento), un hada menor que vivía tratando de hacer el día a día de los demás un poco mejor. Era un “hada de los ojos”, y trabajaba camuflada en una óptica, en la que repartía amabilidad, sonrisas, gafas y lentes de contacto a partes iguales. Quienes iban a verla salían siempre contentos, sintiéndose guapos, optimistas y capaces de comerse el mundo con la nueva vista de lince que ella les procuraba. Esta hadita se sentía feliz con su trabajo, y no aspiraba más que a seguir haciéndolo con la tranquilidad y la alegría de siempre. Pero sucedió que otra “hada de los ojos” se sintió celosa de ella porque, cuando la gente entraba a su lugar de trabajo, siempre prefería que fuese el hada Carmen quien les atendiera. Comenzó a portarse mal con ella; desarrolló envidia, y una serie de malos sentimientos que a las hadas les están prohibidos. Dejó de sonreír, dejó de ser buena y servicial, y su halo se apagó. El día en que consiguió que Carmen dejase su oficio a fuerza de hacerla infeliz, perdió, sin quererlo, su estatus de hada, le quitaron su aura brillante y fue condenada a que todo le saliera mal.

            Carmen sufrió mucho aquella temporada, pero fue incapaz de albergar rencor y de detener su vida por ese incidente, y pronto los seres superiores que controlan este cotarro raro que es el mundo humano decidieron compensarla. Evaluaron sus méritos, y llegaron a la conclusión de que había ya tanta gente que la quería, que se había ganado unos nuevos galones. La otra quedó como simple persona, y Carmen fue ascendida a hada mayor, otorgándole, además del tercer amor de su vida, el cargo de “hada de los sueños”. Desde aquel momento sería la encargada de facilitar la posibilidad a los humanos de llegar a cumplir todo aquello que desean.

            Desde el otro lado de un cristal, el hada sueñera repartía esperanzas de fortuna en forma de papelitos del Estado: décimos de lotería, boletos de primitiva, euromillonarias, quinielas, gordos… Lo hacía siempre cantando y riendo, con paciencia, con palabras amables, y sobre todo, con verdaderos deseos de que todos aquellos sueños que la gente tenía se pudieran cumplir. No había cosa que le hiciera más ilusión que esa. Además, en sus ratos libres, pintaba, regalaba montajes de fotografía que provocaban una sonrisa a los demás, animaba, daba consejos, y siempre tenía para todo el mundo un buen gesto y una palabra bonita.

            Un día, de pronto, sucedió algo inesperado. Aquella otra hada destituida, la que tantas penas y dolores de cabeza le había provocado, llegó al cristal tras el que Carmen trabajaba. La sueñera apenas la reconoció, porque no tenía ya el halo de luz, ni la alegría en la cara, ni la chispa en los ojos que tienen los seres mágicos. Era una pura amargura. Venía buscando cambiar su fortuna, ya que, desde que había perdido su cargo de hada menor, nada le había salido bien. Había soñado con un número de lotería en concreto, y quería comprarlo. Un ordenador le había dicho que solo podría encontrarlo en la sueñería de Carmen, y ni corta ni perezosa se presentó allí, sin saber que se iba a encontrar de morros con su antigua compañera.

            Nuestra hada de los sueños se vio, sin quererlo, en un serio dilema. ¿Qué podía hacer? A una “destron-hada” no se le puede otorgar suerte ninguna, porque la ha perdido por méritos propios. Además, con todo lo que había sufrido por su culpa, no tenía ganas de hacerle ningún favor, pero tampoco estaba en su naturaleza el ser vengativa ni rencorosa. Al fin, decidió negarle el número de sus sueños. “Lo siento, no te lo puedo vender, está reservado. Si quieres cualquier otro…” Mirando al suelo y sin despedirse, la desgraci-hada se marchó, y Carmen no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción, pese a que sabía que “los de arriba” la llamarían al orden en cuanto se enterasen.

            Efectivamente, aquella misma tarde, una ardilla mensajera la estaba esperando al borde de la piscina de su casa. Mientras se comía tranquilamente una nuez, le dijo: “por las alturas andan un poco molestos, chata. Un hada mayor no debe portarse mal con la gente, y todo eso, ya sabes. Pero bueno, en atención a tu impecable hoja de servicios, y teniendo en cuenta lo que has aguantado y aguantas cada día sin perder el buen humor, por esta vez van a hacer como que no han visto nada”. La ardilla se sacudió las patitas, se atusó los bigotes, y añadió: “entre nosotras, y ahora que no nos oye nadie, esa tía era una pelleja. Si hubiera sido yo, no solo no le vendo el número, sino que además le muerdo la nariz, por bruja”. Y dicho esto, se marchó corriendo por el jardín.

            Estos días, Carmen, el hada sueñera, está a tope de trabajo, repartiendo suerte desde su sueñería. Parece que cuanto peor están las cosas, más necesitamos a las hadas como ella. Hasta a mí, esta humilde juntaletras, me ha enviado un soplo de fortuna para animarme a seguir escribiendo. Ojalá la tuviera cerca para poder abrazarla, y agradecerle así lo bueno que me da cada día a través del ordenador. A todos vosotros, los que la conocéis, los que estáis cerca para poder devolverle un poquito del cariño que os proporciona a raudales, no dudéis en hacerlo siempre que tengáis oportunidad. De lo contrario, ya sabéis el riesgo que corréis…

 

jueves, 15 de noviembre de 2012

REALITIES IRREALITIES


            Beatriz adoraba los ”realities”. No se perdía uno, pasaba el día y la semana pendiente de la televisión. “Gran Hermano” la llevaba por la calle de la amargura, lamentaba que “Supervivientes” se hiciera solamente con famosillos, se moría de risa con lo de “Perdidos en la tribu” y con “Granjero busca esposa”, y recientemente había descubierto un canal donde el 70% de la programación se componía de espacios de ese estilo, todos hechos en Estados Unidos, y todos maravillosos a sus ojos.

            Un día se decidió: tenía que tratar de participar en uno. Una vez dentro, con su simpatía natural y su belleza, además del desparpajo que la caracterizaba, no le sería demasiado difícil hacerse un hueco en algún canal de televisión privado, como ya habían hecho algunos antes que ella. Tomó clases de canto, se puso sus mejores galas y fue al casting de un concurso de talentos. La tumbaron en la primera audición. “Bueno, tampoco es que mi ilusión fuera el ser cantante”, pensó. “Voy a intentarlo en otro programa”. Ahorró, se operó los pechos para ir en consonancia con la línea de ese tipo de televisión, y se presentó a las pruebas para “Gran Hermano”. No fue seleccionada.

            Había perdido una batalla, pero no la guerra. Recompuso el ánimo, se hizo mechas rubias, se colocó extensiones, compró la falda más corta que pudo encontrar y se presentó a “Mujeres, hombres y viceversa”, pero en cuanto oyeron que hablaba normal, sin el acento afectado, el deje barriobajero, sin el “o sea” continuo, ni el “¿sabesss?”, ni el “jo, qué fuerte, tía”, fue descartada. Salió de la entrevista hecha un mar de lágrimas. ¿Pero es que nadie se iba a dar cuenta nunca de que ella estaba hecha para los “realities”? ¡No podía ser que los productores de televisión tuvieran tan poco ojo!

            Tardó dos meses en levantar cabeza, pero al fin se puso colágeno en los labios y se presentó a “¿Quién quiere casarse con mi hijo?” Y al fin fue seleccionada. Iba a participar en uno de aquellos maravillosos programas, iba a disparar ella solita los niveles de audiencia. Lo iba a petar, como vulgarmente se dice. Era su oportunidad, de modo que se hizo poner unas uñas de gel espectaculares, hizo la maleta y se fue para Madrid.

            Cuando le presentaron a sus rivales, las otras chicas que iban a competir con ella por el amor del casadero, casi le da un desmayo. Todas eran unas depredadoras que solamente querían fama y oportunidades, y si para ello había que conquistar a quién sabe qué espécimen de macho ibérico y a su encantadora madre, pues adelante. “Zorronas”, pensó. Justo lo que las otras estaban pensando sobre ella. Se valoraron unas a otras, miraron sus cirugías de pechos y labios, sus postizos de pelo y uñas… todas eran mujeres de mentira. Pero Beatriz no se amilanó: “será mío, a mí me sobra talento para conquistar a cualquiera. Y luego, le planto en cuanto se acabe el programa y ¡a trabajar en la tele! Pan comido”.

            El muchacho en cuestión parecía haber hecho una oposición a “Garrulo Mayor del Reino”, y su madre… Bueno, su madre era indescriptible. Tremenda. Disimuló el asco que le daban los dos durante un tiempo, pero cuando la cosa se puso seria y las demás comenzaron a echar toda la carne (y el tanga) en el asador, ella no pudo. Abandonó, incapaz de continuar con aquella farsa. Para colmo, nadie la paraba por la calle ni la reconocía, de modo que el esfuerzo no había servido de nada. Para consolarse del fracaso se operó la nariz, y en cuanto se recuperó, empezó a buscar convocatorias para nuevos “realities.

            Un año después, lo consiguió de nuevo. Se llamaba “¿Tienes estilo?”, y fue seleccionada con bastante facilidad. Estaba tan contenta que llamó a todo el mundo para contárselo. El día en que comenzaba la grabación estaba un poco nerviosa; irían a su casa con las cámaras, un estilista analizaría su aspecto y su armario, y la ayudarían a cambiar todo lo que les pareciese “poco estiloso”.

La furgoneta del canal de televisión se presentó en su casa a las nueve en punto. Entraron como un enjambre de abejorros. “Nena, tu armario es un desastre. Estas faldas tan cortas, estos escotes de poligonera… ¿Dónde te vistes? ¿En los chinos?” Aguantó el tipo con una sonrisa mientras el “estilista” cortaba con unas tijeras su vestido favorito. Después, la llevaron de compras a “El Tajo Británico”, se probó un montón de ropa elegante y preciosa, se la llevaron a casa y la pusieron en su armario. “Bueno, esto no está mal”, pensó. “Con el ropero que me han dejado, les perdono la humillación”. Pero aún quedaba lo mejor.

            Le dijeron que se pusiera un bikini y que se colocara delante de la cámara. “Nena, menudas tetas, el caucho ya no se lleva. Si no te las quitas todo el mundo te confundirá con la Pamela Anderson. ¿Y tus labios? ¡Si parece que llevas dos chistorras! Te recomiendo que te los pintes en tonos nude hasta que se te baje esa inflamación artificial. Mira esas extensiones, ¡Por Dios! ¡Diría que llevas un gato muerto en la cabeza! ¿Quién te dijo que eso te quedaba bien?” Y así, trozo a trozo, fueron enumerando lo que le sobraba o le faltaba, para terminar el programa recomendándole un par de cirugías más para corregir las anteriores y volver a ser una persona normal. Por último, apagaron las cámaras, recogieron la ropa nueva del armario (“¿Te pensabas que te la ibas a quedar? ¿Pero tú de qué guindo te has caído, chata?”) y se marcharon por donde habían venido.

            Se cortó el pelo y lo tiñó de castaño, se quitó los tacones y las uñas de gel, y durante meses no salió de casa sin unas enormes gafas de sol para que nadie pudiese reconocerla. En mucho tiempo, la única oferta de trabajo que recibió fue la de una conocida revista para caballeros, que le ofrecía cierta cantidad de dinero por posar casi desnuda. No aceptó, por suerte para ella: había recobrado la sensatez por fin. Después, esperó a que la olvidaran y se matriculó en un centro cercano a su casa para continuar los estudios que nunca debió abandonar.

martes, 13 de noviembre de 2012

LA RUTA


            Durante los dos años pasados caminé mucho. Desde que decidí comenzar a escribir una novela, además de definir los personajes, su carácter y fisonomía, pensé que debía ambientarla en un lugar en el que la trama que había ideado pudiese encajar. Tenía que ser un pueblo del interior, sin playa, habitado por gente sencilla, y con muchos siglos de historia a sus espaldas.

            Pensé en varios lugares de los que había oído hablar, y los visité. Quería que hubiese vestigios de la época en que musulmanes y cristianos aún convivían, tenía en la cabeza una idea clara de lo que necesitaba encontrar. También debía tener una única iglesia con escalinata, río, un cementerio visitable, y mucho término municipal con senderos y huertas por los que pasear. Necesitaba ver rosales en macetas a las puertas de las casas, gatos en la calle, gente tranquila y un buen campanario. Quería campanas que sonasen marcando las horas, que tocasen a muerto, a fiesta y a misa. Y quería ver mercadillo ambulante en la plaza. Fui descartando candidatos hasta quedarme con el que cumplía todos los requisitos.

            Una vez localicé el pueblo, pensé en cómo podrían adaptarse a él los personajes que ya vivían en mi mente: Irina, llena de problemas. Guillermo, buscando respuestas. Imaginé cómo podrían vivir en aquellas calles que yo recorría fijándome en cada detalle, qué conversaciones podrían surgir en cada rincón, qué secretos podrían esconder aquellos arcos, aquellas casas, las fuentes, los azulejos. Y poco a poco toda aquella nube de ideas fue tomando forma.

            Me marqué la meta, como trabajo de campo, de salir a caminar sus senderos y campos en distintas estaciones del año. Así podría describir el desarrollo de las cosas respetando la línea temporal, reflejándola a través de la vegetación. Anoté minuciosamente las flores y plantas, los árboles, los frutos, los colores, el frío terrible de su invierno, la placidez de su verano. Recogí en mi cuaderno cuantos lugares me parecieron curiosos, o susceptibles de colocar allí a mis personajes en alguna de las situaciones que debían ocurrir. Algunos rincones eran tan hermosos que tuve que inventar acontecimientos nuevos para darles cabida en la historia. Así, caminando, fue como llegué a la fuente.

            El sitio me encantó, pese a no ser de origen natural. La fuente había sido construida por la mano del hombre, pero la vegetación la había hecho suya de una forma encantadora, y no pude resistirme. Me hinché a hacer fotos. Recuerdo que era verano, el agua corría por las piedras con un sonido tranquilizante y fresco, y los verdes de las plantas y musgos tenían tantos matices que habría sido imposible nombrarlos todos. El camino estaba tranquilo, y los chopos de la ribera del río cantaban su canción de susurros al compás que les marcaba el suave viento de la mañana. Solamente podía ser allí donde los protagonistas se conocieran. No había lugar mejor. Le cambié el nombre a aquel paraje (lo de “fuente nueva” no me pareció suficientemente literario y le coloqué el de otro manantial, más cercano al pueblo, pero menos encantador). Y continué caminando, no porque no tuviese suficiente material ya con el que trabajar, sino porque los pájaros me lo gritaban desde el cielo. Algo querían enseñarme.

            Encontrar la piscifactoría abandonada fue un regalo inesperado. La casa sin cristales, llena de pintadas y de basura, las balsas de criar peces, el agua fresca proveniente del río, la piedra de molino colocada como mesa de pic-nic… Confieso que cuando pisé aquel escenario, vi a Guillermo lavándose la ropa arrodillado al borde de una de las piscinas, y vi a Irina en la puerta de la casa, leyendo sentada en un cajón de fruta vacío y puesto boca abajo. No tenía aún pensado en dónde se iba a refugiar un muchacho tan especial, y aquel lugar me evitó el trabajo de imaginarlo, sirviéndomelo en bandeja.

            A partir de ahí, todo vino rodado. Unas cuantas conversaciones con la gente del pueblo me facilitaron el conocer por dentro algunas casas de las más antiguas; visité la iglesia, crucé unas palabras con el párroco, comí en el bar de la plaza y, con el café aún sobre la mesa, empecé a escribir.

            Ignoro cuánto tiempo tardaré en poder publicar “Una fuente junto al camino”, pero os prometo que, si logro que tenga alguna repercusión y llegáis a leerla, organizaré una excursión, con una ruta para que todos podáis visitar los escenarios en los que se gestó. España está llena de pueblos tan deliciosos como ese, rebosantes del encanto que tienen las cosas sencillas, llenos de paz, y vacíos de todo lo que nos sobra a los civilizadísimos ciudadanos de hoy en día. Fijémonos un poquito más en ellos para no dejarlos morir.