domingo, 30 de diciembre de 2012

LO QUE YO INVENTABA


            Recuerdo que, cuando yo era pequeña, se leían muchísimos más tebeos y cómics que ahora. No hace tanto de eso, acabo de cumplir los cuarenta, de modo que ha llovido, pero no estoy hablando de tiempos remotos. Para mí fue anteayer.

            En aquellos años, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, las Hermanas Gilda y demás personajes poblaban casi todas mis horas de ocio. Con solo dos canales de televisión, un aparato por familia (o ninguno) y la ausencia de ordenadores, móviles, videojuegos y demás maquinitas tecnológicas, esas páginas de colores fueron la tabla de salvación de mi niñez. Si juntara los minutos que invertí en aquellas maratones de cómics, la cifra daría miedo.

            Por circunstancias de la vida, ni mis hermanos ni yo tuvimos demasiados juguetes, o al menos no tantos como otros niños, de modo que llenar las tardes del sábado, los eternos domingos de invierno y los ratos muertos era todo un reto. Yo pasé casi todo aquel tiempo leyendo. Cerca de mi casa, en León, había un kiosko en el que te cambiaban los cuentos; dos pesetas los normales, cinco pesetas los olés de tapa gorda, y seis los cómics de adultos. Después, en Palma de Mallorca, nada más desembarcar, mi madre buscó en el barrio el horno, la lechería, la farmacia y un lugar donde renovar las lecturas. Dio con un cuchitril al que más porquería no le cabía, atendido por una vieja gordísima (la más gorda que yo había visto en mi vida, valía la pena saltarla antes que rodearla) que trataba los tebeos con una dejadez que a mí me parecía imperdonable. Pero tenía muchos clientes, de modo que no faltaban novedades y Mortadelos frescos cada semana. Establecimos un presupuesto semanal para esa actividad, porque no podíamos disponer de más de cien pesetas cada siete días, y yo acompañaba a mi madre cada vez, para vigilar que no trajese ningún ejemplar que ya hubiésemos leído. Después, al llegar a casa con la bolsa, todos caíamos sobre ella como aves de rapiña, nos repartíamos los cuentos, y cada uno se iba con sus tesoros a esconderse en algún rincón tranquilo para devorarlos convenientemente.

            En alguna ocasión, mi picardía de los diez u once años, espoleada por la curiosidad y las bromas de mis hermanos mayores, me llevó a incluir en el lote algún cómic para adultos, camuflado entre Anacleto Agente Secreto, Rompetechos y Carpanta. En ellos descubrí a Lady Godiva, a la fantástica Red Sonja con sus cabellos de fuego y sus habilidades guerreras, a Conan el Bárbaro y algunos más. Solamente se veía alguna teta, o un par de viñetas con escena de sexo, eso sí, bastante púdico. Había que echarle imaginación, pero a esa edad todos tenemos  mucha. Algún capón me gané por traer ese tipo de publicaciones a casa, pero la verdad es que luego las leíamos todos.

            Una de las cosas que más me llamaba la atención de los cómics de aquella época eran los llamados “TBO”. En ellos salía un inventor loco que creaba todo tipo de artilugios estrambóticos y curiosos, a cuál más aparatoso e inútil, pero razonados de una manera prodigiosa. O al menos, eso me parecía a mí. Entonces fue cuando empecé a imaginar las cosas que yo inventaría para que mi vida y la de los que me rodeaban fuera más fácil. Y luego dibujaba aquellas cosas imposibles, pensando que algún día, de mayor, podría materializarlas.

            Hace poco, ordenando armarios, salió la libreta de los inventos. No os podéis hacer una idea de lo que me he reído repasando sus páginas. En ella dibujé cosas como un aparato para hacer pis de pie, por ejemplo, porque odiaba ir al campo y tener que agacharme con el trasero al aire. También un ablandador de pulpos, para que mi madre no tuviera que apalearlos a mano antes de cocerlos (menudas palizas les daba, pobres). En otra hoja había una máquina que doblaba y planchaba camisetas, para evitar los dolores de espalda de la plancha, y una bicicleta estática con conexión a la manivela de una heladera artesanal, que hacía mucho menos pesada la tarea de fabricar los helados y sorbetes que tanto me gustaban. Inventé un artilugio que limpiaba el váter y pasaba la escobilla cada vez que se tiraba de la cadena, y una cama que se hacía ella sola, además de un ventilador espanta-moscas, un aporreador de puertas para hacer callar a los escandalosos y desconsiderados vecinos de arriba, y un sistema que preparaba el pollo asado mientras mi madre me llevaba a la playa, para encontrar la comida puesta al llegar a casa.

            El dibujante de aquel “Profesor Franz de Copenhague” de mis TBO infantiles se ha quedado sin saber la gran admiradora que tenía en mí. Ese cuaderno es el testigo de mi inocencia infantil, de cuando aún creía que podía realizar cuanto imaginase. Menos mal que me hice escritora, porque como inventora no habría tenido mucho futuro.

sábado, 29 de diciembre de 2012

LLAVES EN TU BOLSILLO


            El otro día acompañé a mi hija mayor para recoger las notas en el instituto. Sus primeras calificaciones de secundaria. No dejaba de cruzarse con los compañeros, de saludar y de felicitar las fiestas a unos y otros; leí las notas de algunos chavales en sus rostros y en los de sus padres, sin necesidad de ver los boletines. En ocasiones así, las caras son el espejo del alma.

            Antes de salir de casa, me preguntó por qué me arreglaba tanto. “Mamá, solamente vamos al instituto, no hace falta que te pintes ni que saques los vaqueros nuevos”. Yo le sonreí y le prometí que a la vuelta, cuando ya tuviéramos las notas, le explicaría una cosa. Estuvo en ascuas media mañana, hasta que por fin regresamos. “Venga, cuéntame eso que me tenías que decir, que me tienes intrigada”. Yo saqué del bolso su boletín, que venía lleno de buenas notas y excelentes comentarios de todos los profesionales que trabajan en su formación, y le dije: “esto, pichón, es tu primera llave”.

            Le expliqué que, en cierto sentido, nuestra vida se desarrolla como algunos videojuegos: vas recorriendo el camino, y recogiendo llaves. Cuantas más llaves consigas, más puertas podrás abrir después. O, en caso de tener que jugártelo todo ante una única cerradura que pueda suponer el seguir adelante o no, más posibilidades tendrás de que una de tus llaves sea la correcta, la que te facilite el franquear ese umbral. “Tal y como se están poniendo las cosas, mi niña, el ganar una plaza para un programa plurilingüe en la enseñanza pública, reservado para los mejores expedientes de primaria, es todo un triunfo. Completar ese programa te dará una llave. Terminar tus estudios de grado profesional de flauta te dará otra llave. Tener un aspecto agradable cuando salgas, cuidar tu pelo, la limpieza de tus manos, y el ir vestida de manera adecuada te darán una llave más, porque cuando la gente piense en ti evocarán una imagen agradable. Eso no quiere decir que siempre tengas que ir perfecta e impecable, ni pintada como una puerta o con manicura profesional, pero sí huir de la pereza a la hora de tratar tu carta de presentación visual. Tu voz es un aspecto importante: el que no sea chillona ni estridente, sino clara y agradable, es algo que se entrena y se aprende, como cualquier otra cosa. Ella también te dará otra llave. Tu sonrisa, si la usas bien, te dará otra, y un vocabulario rico y sin palabras malsonantes (y para eso solamente necesitas leer mucho y pensar antes de hablar) te otorgará también una llave más. Cada curso que hagas, cada cosa que aprendas, las personas que conozcas… todo eso, aunque en principio te parezca que no, te irá dando más, y más llaves. Cuantas más acumules, mejor para ti. Por eso hoy me he arreglado para ir contigo al instituto: soy tu madre, y nos corresponde a mí y a tu padre, más que a nadie, el enseñarte estas cosas. Hoy iba a conocer a tu profesor, no era adecuado ir en chándal, ¿no crees?”

            Estuvo pensando durante un rato largo. Echaba cuentas de las llaves que ya tiene en su bolsillo, y reparó en cuántas veces la corregí, cuántas veces le dije “te oigo bien, hija, no necesito que me grites”, o “ponte un pantalón más largo, vamos a visitar a una persona mayor”, o “no quiero verte así las uñas: o te las limas o te las cortas”. Comprendió el “si puedes sacar un ocho no te conformes con un cinco”, y el “límpiate las gafas, por favor”. Entendió muchas cosas de pronto.

            Me dio un beso y un largo abrazo. Me supieron a gloria.

domingo, 23 de diciembre de 2012

EL COCINERO INNOVADOR


            Había una vez un cocinero que trabajaba en un restaurante pequeño. No era de su propiedad, él era solamente un empleado, de modo que únicamente eran de su competencia las pequeñas decisiones de la cocina: qué peroles se empleaban cada día, cuánto caldo preparaba en cada uno, cuánta sal se tenía que comprar a la semana, qué delantal se ponía para trabajar…

El plato del día del restaurante eran garbanzos con chorizo. Todos los días, de lunes a viernes, se servía el mismo menú. El cocinero no entendía el porqué, pero el dueño se negaba a ampliar la carta, de modo que cada jornada, a la hora de comer, lo que salía a las mesas era lo mismo: garbanzos con chorizo. Semana tras semana, año tras año, igual verano que invierno.

            Un día el cocinero pensó que sería bueno ir sorprendiendo a los clientes con alguna pequeña innovación en el plato. De ese modo era más difícil que llegasen a aburrirse de comer siempre lo mismo, ya que el guiso tendría otros matices. La primera semana puso ajo y perejil. Apenas nadie notó nada. La segunda semana retiró la mitad del chorizo para sustituirlo por carne de ternera. El olor y el color variaron; a los comensales les gustó.

            Al cabo de dos meses los garbanzos con chorizo del principio habían cambiado bastante, evidentemente para mejor. Ahora incluían embutido del norte, pimentón picante, una pizca de cominos, ajo y perejil, falda de ternera y laurel. Se habían convertido en un plato diferente, aromático y mucho más sabroso. Las raciones tenían que ser un poco más pequeñas, ya que los nuevos ingredientes encarecían ligeramente el resultado final, pero lo que se perdía en cantidad se ganaba, con creces, en calidad. Había elevado los garbanzos a la categoría de manjar.

            Una mañana el dueño del restaurante llamó al cocinero para hablar con él. Quería explicaciones. Le espetó que él no era nadie para cambiar la receta original, que allí la gente iba para comer garbanzos con chorizo hasta hartarse y que el nuevo plato sería bueno, pero resultaba más caro. El cocinero, sorprendido, se defendió: “ya, pero es mucho más rico, mejor en todos los sentidos. A la gente le encanta, los clientes vienen a comer más a gusto que nunca”. El empresario, sin embargo, no era de la misma opinión. “Debiste pedirme permiso antes de innovar nada. Ahora los platos van menos llenos, eso no es bueno para mi negocio, me haces perder dinero”.

            A sabiendas de que eso no era cierto, el cocinero siguió exponiendo sus razones. “Comer lo mismo siempre es decepcionante y aburrido. Mira las caras de los parroquianos, no son las mismas que hace dos meses. No solamente están llenando el estómag, sino que además están disfrutando. ¿Piensas que pierdes dinero? Sube el precio del plato un poquito, el producto lo vale, nadie discutirá ese pequeño encarecimiento”. El dueño del restaurante, al oírle, montó en cólera. “¿Pagar más? ¿Tú crees que la gente quiere pagar más? ¡No tienes ni idea! Si no vuelves a la receta original y te ciñes estrictamente a mis órdenes, si continúas con tus innovaciones, quitaré el sobrecoste de tu sueldo. Es mi última palabra”.

            El cocinero se disgustó mucho, pero no replicó. Necesitaba ese jornal para vivir, no podía perder el empleo, de modo que, después de ver despreciado su trabajo y a pesar de sentirse profundamente decepcionado por el empresario para el que trabajaba, hubo de meterse su talento en el bolsillo y volver a cocinar los sosos, anodinos y pesados garbanzos con chorizo de siempre.

            Al restaurante sigue yendo la misma gente de gusto atrofiado. El cocinero, sin embargo, lejos de conformarse, buscó otro lugar en el que dar rienda suelta a su creatividad y los fines de semana va a desplegar su talento a otro local. Allí prepara deliciosos, sabrosísimos platos que hacen disfrutar como locos a quienes tienen la suerte de probarlos.

            De esa experiencia el chef sacó una valiosa lección: “Guarda tu generosidad y tu sabiduría para quien sepa apreciarlas”. Y al que quiere garbanzos no le des caviar, porque además de no merecerlo, no sabrá degustarlo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

SALUD QUE HAYA


         Ellos son los que dan el verdadero pistoletazo de salida de la Navidad. Sus cánticos de voz blanca e infantil son los que nos traen la ilusión. La traen… y se la llevan, porque nunca nos toca nada, al menos a mí. El soniquete de los “miiiiiiil eeeeeuroooooooos” (me gustaba más cuando eran ciento veinticinco miiiiiil peseeeetaaaaas) es algo que a todos los españoles nos mete de lleno en las fiestas. Hasta que ellos no cantan, no hay Navidad.

            Reconozco que me habría encantado que el número que jugaba la escuela de música en la que estudio hubiera tocado. He vendido cien papeletas a amigos, compañeros y familiares, y si yo hubiera podido darles la oportunidad de salir de este cenagal tan cabrón en el que todos estamos metidos (paro, pobreza, recortes, estrecheces, dificultades, maldito año 2012 monstruoso y crítico como pocos) habría sido la mujer más feliz del mundo. Por Paco, que le han recortado un veinte por ciento del jornal y le han quitado la extra. Por Begoña, que lleva cuatro años sin trabajo. Por Ángel, que no se atreve a tener un hijo porque no encuentra cómo mantenerlo. Por Manolo, jubilado y con dos hijos en casa aún. Por Fernando, que es el único que tiene curro en su casa y no sabe si el ERE que prepara su empresa le va a afectar. Por Ana, cuyo negocio necesita un empujón para no tener que cerrar. Por mí, que llevo dos años sin encontrar trabajo. Por…

            Sé perfectamente a quién le he vendido papeletas y cuántas tiene. La alegría de volverme loca celebrando la suerte con todos ellos habría hecho de estas las más hermosas navidades de mi vida, pero no ha sido así. La diosa Fortuna ha pasado otra vez de largo, y no he podido ser su hada de los sueños. Una vez pinchado el globo de la ilusión, bajo de nuevo a la Tierra, a la realidad, y me doy cuenta de que ese privilegio está reservado para otros, no para mí. Pero no dejo de reconocer que, aunque no me hubiera tocado ni un céntimo, si mi mano hubiera sido la repartidora de esa inmensa suerte, ahora mismo sería una de las personas más dichosas del mundo.

            Cuando eres pequeño y te preguntan eso tan típico de “y tú, ¿qué quieres ser de mayor?”, a ningún niño se le ocurre decir “quiero ser lotero”. Todos echan mano de las profesiones heroicas: médico, maestra, bombero, enfermera… Pero luego te haces mayor, y te das cuenta de que pasas el año viendo en las noticias imágenes de guerras, atentados, muertes y desastres. La crisis, el aumento incesante del paro, los inmigrantes que se ahogan tratando de llegar en patera sin saber que van de Guatemala a Guatepeor, los desahucios, la desvergüenza de banqueros y políticos, el lujo en el que nadan algunos y la escasez con la que luchan otros son noticia todo el tiempo. Pero hay un día mágico, un día en que el telediario habla durante muchos preciosos minutos de esperanza y de alegría, y ese es el informativo de hoy. Hoy se ve en las caras, en los ojos de muchos, la felicidad de un sueño cumplido, la posibilidad de dejar atrás grandes preocupaciones. Hoy se solucionarán muchos problemas, muchas almas que no dormían por el agobio económico que les atenazaba respirarán aliviadas, y soñarán felices con una vida mejor a partir de mañana. El telediario del día 22 de diciembre es el más bonito del año.

            En mi próxima vida quiero ser lotera. A ver si quien lleva el cotarro este de los destinos humanos me concede al menos eso. Quiero sacar el cava de la nevera para celebrar que participé en la suerte de otros, quiero llorar de alegría viendo que gracias a mi trabajo alguien pudo pagar su hipoteca por fin, que alguien que vino a buscarme para comprarme un décimo logró montar el negocio con el que llevaba tiempo soñando. Quiero que esa chica que espera un hijo tenga con qué darle una vida mejor, quiero que ese matrimonio que necesitaba dinero para operar a la niña en Estados Unidos respire esperanzado y coja por fin ese avión, quiero…

            Este año no ha podido ser. A ver si el que viene. Os dejo, que ahora necesito intimidad para llorar a gusto viendo la televisión. Voy a ver las lágrimas, los abrazos, el júbilo de gente a la que no conozco, pero a la que deseo que ese dinero les haga felices. Voy a soñar junto a ellos y a emocionarme con su alegría sincera, inmensa, preciosa y navideña. Y para los demás, salud que haya.

jueves, 20 de diciembre de 2012

EL VERDADERO CAPITAL


            Después de mucho tiempo sin trabajo, a Daniel se le habían acabado las reservas. No le quedaba dinero en el banco, su nevera estaba vacía, y no tenía ni idea de cómo iba a hacer para pagar el próximo plazo de la hipoteca. Hacía mucho tiempo que no salía con los amigos porque no se podía permitir las copas, o cenar fuera de casa. Como último recurso había pensado alquilar parte de su piso, pero si tenía que compartir vivienda, prefería hacerlo volviendo a la casa de sus padres que con un desconocido.

            En esas dudas estaba cuando de pronto, como un milagro, le llegó la llamada. ¡Un trabajo! Daba igual de lo que fuese o dónde fuese. No podía dejarlo escapar. Ya pensaría luego en los inconvenientes que pudiera tener. Aceptó la entrevista, y le dieron la dirección. Era en un pueblo, a cuarenta kilómetros del suyo. Estupendo, no tenía coche y debía madrugar como un loco para coger el autobús, pero daba igual: la sola ilusión de volver a tener un empleo, la necesidad de aquel sueldo hacían que los problemas pareciesen pequeños, asequibles.

            Durante los primeros cuatro meses dedicó parte de su sueldo a devolver los favores que sus padres y hermanos le habían ido haciendo durante el tiempo en que no tenía ingresos: reintegró los pequeños préstamos, los recibos de la luz y el agua que su padre le había pagado para que no le cortasen el suministro, y también la cuenta del horno y del colmado, que como eran los mismos establecimientos en los que ya compraba su madre cuando él nació no tuvieron problema en fiarle algo de género. Sabían que era una persona de confianza, y que en cuanto pudiese, pagaría. También organizó una cena en casa para los amigos, por todo el tiempo que estuvo sin acompañarlos y por las veces que le invitaron para obligarle a salir y levantarle el ánimo.

            Cuando llegó el invierno, la lluvia y el frío hicieron mucho más pesados los madrugones y el transporte público, pero ¿qué podía hacer? No tenía carnet ni coche, y el gasto de sacar el permiso, las clases, las prácticas y la compra de un vehículo eran gastos que no podía afrontar. Lo pensó mucho, y al fin decidió esperar a ver qué pasaba con su contrato: si le renovaban o le hacían indefinido, podría vender su piso y buscar algo en la población donde tenía su empleo. Así tendría más tiempo libre, dormiría más y su calidad de vida aumentaría. Pidió consejo a sus padres, que convinieron con él en que esa era una buena solución.

            No le fue difícil vender su casa; dicen que ahora es imposible vender nada, pero todo depende del precio que pongas. Si es razonable, encontrarás comprador. Afortunadamente, el piso que él quería adquirir también tenía un precio razonable, de modo que consiguió llegar a un acuerdo bastante rápido. Lo malo es que los gastos de la operación, el notario, la liquidación de la hipoteca, la apertura de una nueva… todas esas cosas valen un riñón, y Daniel se quedó completamente descapitalizado de nuevo. ¿Cómo iba a hacerlo para realizar las pequeñas reformas que necesitaba su nueva casa? Las llaves de la luz estaban para cambiar, había un par de grifos estropeados en el baño, una persiana no bajaba, era preciso pintar, pulir el suelo, limpiar, contratar una empresa de mudanzas que trajera todos sus muebles… ¿cómo lo iba a pagar?

            Su amigo Jesús fue a ver el piso. Se dio cuenta de lo que pasaba en cuanto echó el primer vistazo, no en vano era electricista y estaba acostumbrado a ver viviendas en obras. Conocía de sobra a Daniel, habían ido juntos desde la escuela primaria. Lo habló con su mujer, y ésta con los demás amigos. El primer fin de semana se presentaron seis. El primo de Jesús era persianero, Susana sabía usar la máquina de pulir terrazo, y Jaime tenía algo de idea de fontanería. A Daniel le enviaron a por pintura: “son tus paredes, debes elegir el color”. El fin de semana siguiente fueron once. Las llaves de la luz fueron fáciles de cambiar, trajeron bocadillos y cajones vacíos de fruta para sentarse. La cocina necesitaba una limpieza a fondo, se pusieron tres de las chicas en ello mientras dos más pintaban el techo de los cuartos de baño y despejaban la terraza para poder barnizar las barandillas. Al siguiente fin de semana terminaron de pintar; pulir el suelo se llevó todo el domingo, pero en cuanto uno terminaba una habitación, cuatro más entraban a limpiarla. Ya solo quedaba la mudanza.

            Treinta personas. Amigos, primos, hermanos, compañeros de estudios. Cada uno con su coche, un furgón alquilado, y viajes arriba y abajo. La mitad vaciando una casa, la otra mitad llenando la otra, colgando lámparas, reinstalando muebles… Daniel estaba abrumado. No sabía cómo agradecer toda aquella ayuda, y al final del día, cuando se quedó solo, se sentó en la cama recién hecha y se echó a llorar. Estaba agotado, sobrepasado. Toda la ayuda, todas las manos, todos los hombros que habían ido a sacar adelante aquella mudanza, todo el trabajo que habían hecho pintando, limpiando, arreglando. ¿Lo merecía? No se le ocurrió recordar el apoyo que él siempre había brindado a los demás, las jornadas de pintura en las casas de los amigos, los sábados de bricolajes compartidos con unos y otros. No llevaba la cuenta de las estanterías y muebles que había montado a sus primos, las lámparas y estores que había colgado a las parejas de amigos que se iban a casar o que se iban a vivir juntos... Ahora, simplemente, le estaban devolviendo el favor, recordándole que siempre había estado ahí para todos, y de igual modo todos estaban allí para él.

            Cuando queráis saber cuál es vuestro capital, no miréis en el banco, ni en vuestra cartera. Mirad con cuántos amigos contáis, cuántos familiares dejarían lo suyo para atender lo vuestro. Echad cuentas de cómo cultiváis el cariño de todos ellos. El resultado de esa operación es el verdadero capital que tenéis para salir adelante. Lo otro solamente es dinero.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

ABSURDECES NAVIDEÑAS


            Si bien lo pensamos, las fiestas en las que estamos a puntito de zambullirnos están llenas de figuras, canciones y situaciones absurdas que las están convirtiendo en algo irreconocible, raro y cualquier cosa menos deseable. Vamos, que todos los que, como yo, ya no encontréis el espíritu de la Navidad por ningún sitio, seguro que en este texto encontraréis algunas respuestas del porqué.

            Antes, Navidad era familia, alegría sana y compartir. Si había una tableta de turrón para catorce, los trocitos sabían a gloria bendita. Una botella de anís duraba todas las fiestas, y la del año anterior (obviamente vacía) servía para tocar villancicos. Poníamos por casa las mismas bolas de plástico cada año, el mismo espumillón despeluchado por los “pega y despega” de las manos infantiles. Para árbol no había sitio ni presupuesto, eso sí, el nacimiento no faltaba. Ahora, hay que llenar el balcón de luces y colgar un muñeco vestido de rojo para que se vea lo navideños que somos. Dentro de casa, el árbol del año pasado ya no nos gusta, hay que cambiarlo. Estas bolas pasaron de moda, compremos nuevas. Total, ahí en los chinos todo está barato.

            Ahora hacen turrón de chorrocientas clases y sabores. Si somos diez en la mesa, habrá como mínimo doce variedades distintas. Andaremos comiendo turrón hasta abril por no tirar todo lo que va a sobrar. Tendremos de yema con guindas al marrasquino, de fabada asturiana a la morcilla de arroz, de chocolate con pistachos iraníes, de Alicante, Jijona, tortas imperiales de la Señorita Pepis, pan de Cádiz, turrón de coco de las islas Fidji al ron jamaicano, y aun así, alguien dirá que “es que yo, si no hay turrón de nata con nueces de california y chocolate belga, para mí no es Navidad” y te amargará el día. Para acabarlo de arreglar, después de la cena la juventud se marcha al cotillón de Nochebuena de la discoteca más cercana, y ya no les ves el pelo hasta las trece del día siguiente, con lo cual la sobremesa cantarina y charlarina pierde bastante.

            En cuanto a los licores, más de lo mismo. El mueble bar tiene más artillería que la bodega Osborne en plena producción, y es que claro, como somos todos muy cumplidores, el villancico dice “beben, y beben, y vuelven a beber”, y nosotros hacemos caso. ¡Ah, que eran los peces en el río! Esa parte nos la saltamos, porque mira, sería de tontos echar tan buenos caldos al río para los peces, mejor nos lo pimplamos nosotros, que lo sabemos apreciar mejor. NOTA IMPORTANTE: SI BEBESSSSSSS, NO CONDUSCASSSSSSS.

            La orgía de comida, desde luego, es indescriptible. Se supone que Jesús nació en un pesebre porque eran muy pobres. Por el contrario, aquí nosotros echamos el resto y compramos de lo más caro para celebrarlo. Un pelín incongruente, me temo. La pata, que sea negra. El pollo normal no vale: pularda, capón, pavo, o si no se puede, como mínimo que el bicho sea campero. Lo de los cochinillos también da cosa, que vas al Carrefour y te encuentras la nevera con todos los lechoncicos ahí difuntos, envueltos en plástico, que parecen bebés y da una impresión que te pone los pelillos como escarpias. Yo me parece que este año voy a darle mayoritariamente al verde: lombarda con manzana, espárragos con mahonesa, pimientos asados con alguna anchoa perdida, y ya. Haciendo un exceso, unas gambas, que si uno no se mancha las manos comiendo, no es Navidad.

            Continuamos el repaso por los símbolos navideños. Yo cambio el arbolito convencional por un naranjo con su fruta. No se me ocurren bolas de adorno más bonitas que esas, con su naranja encendido. Eso sí, en casa no cabe. Mejor lo dejamos en el campo y salimos a verlo, que de paso nos da el aire. Luces tampoco voy a poner, me da alergia el recibo de Ibertrola cada vez que llega al buzón. Si acaso, alguna velita. Lo del gordo de rojo, como es mentira, no lo tomo ni en consideración. Ni siquiera originalmente iba de rojo, sino de verde. El color se lo cambió la Coca-cola, y nosotros, como bobos, ahora si no lo vemos rojo no nos parece Papá Noel. Pues vale. ¿Y lo de los renos voladores? ¿Qué se fumó el que los inventó? Anda, que… Ya ni los reyes Magos son lo que eran, ahora resulta que venían de Andalucía, con lo cual en lugar de coronas, turbante y capas de armiño deberán llevar traje corto, faja, botas camperas y sombrero cordobés. Van a ser como tres botellas de Tío Pepe caminito de Belén. Penoso.

            Dejo para otro año lo de los villancicos, porque eso es que no hay por dónde agarrarlo. De momento, a la mitad de ellos hay que cambiarles la letra, porque el buey y la mula dice el Papa que no estaban, así que tendremos que poner en su lugar otra cosa para rellenar las estrofas que quedan cojas. Sería algo así como “entre un pilar y una rueda caaaaarro Dios ha naciiiiido / y en un pobre peseeeebre lo han recogiiiiiidooooo / Ay, del chiquirritín…” o “un gato le maúlla, un perro le ladra / y el niño Jesús dormido se queda”. Ya sé que no pegan ni con cola, pero si los queréis mejores, que haga las letras Benedicto Dieciséis. Y si no, que no hubiera levantado la liebre.

            Por cierto, que no lo he dicho. Feliz Navidad. O lo que sea.

EL DICCIONARIO DE LOS SUEÑOS


            Todos tenemos nuestras manías, nuestros rituales particulares y nuestras pequeñas supersticiones, y quien diga que no, miente. A mí, por ejemplo, me gusta tener una vela encendida cerca de mí, en la cocina, cuando me pongo a guisar. Suelo echarle, antes de prenderla, un poco de azúcar, una pizca de canela, pimienta o sal, depende del día. Pienso que, de alguna manera, eso me ayuda. Además, asocio el cocinar con el concepto de hogar, y éste va ligado íntimamente al fuego. Dado que mi cocina es vitrocerámica y no tiene llama, la vela hace que no me falte ese elemento primitivo e insustituible.

            Otra de las cosas que hago habitualmente es congelar a la gente. Me explico: cuando alguien me hace daño, me perjudica de alguna manera a mí o a alguno de los míos, escribo un papel con su nombre, lo envuelvo en plástico y lo meto en el congelador. No soy de desear mal a nadie, solamente los quiero alejados de mí, y ese pequeño e inofensivo ritual me ayuda a pensar que esos sujetos o sujetas van a dejar de hacerme la pascua y se van a largar con viento fresco. Os parecerá una bobada, pero aquí, en petit comité, os confesaré que tantas veces lo he hecho, tantas ha funcionado. Palabra.

            No me pongo cosas de piedra: ni anillos, ni pendientes con grandes piedras. Si lo que uso no es de metal solo, llevará circonitas o inofensivos cristales, pero huyo de ágatas, ónices, lapislázulis y similares. Siempre que tuve alguna pieza de esas características arrastré un cenizo horroroso hasta que acabaron en la basura (o algunas lanzadas al mar). Pensaréis: “vaya pava, como si los pedruscos tuviesen la culpa de sus meteduras de pata”. Llamadlo como queráis, sé que mucha gente usa esos minerales semipreciosos como amuletos, los asocian a los horóscopos y confían en que tienen algún supuesto poder. Para mí sí lo tienen, pero no me beneficia, de modo que procuro mantenerlas alejadas de mi cuerpo serrano (vade retro, minerás, digo Satanás) por si las moscas.

            Todo esto os lo he contado porque así entenderéis por qué le prendí fuego una vez a un libro. Sí, ya lo sé, eso es un sacrilegio y un pecado gordo donde los haya, pero lo hice. ¿Por qué? Pues porque me quitó el sueño durante mucho tiempo, y la que aquí firma puede no comer y tira adelante, pero sin dormir no funciona.

            No recuerdo quién me lo regaló, pero sí que fue por las navidades del 98. “Diccionario de los sueños”. El título era, desde luego, atractivo. Soñases lo que soñases, el significado de las imágenes que viste dormido estaba allí, por orden alfabético. Ya que lo tenía, comencé a usarlo, y consultaba en él mis sueños (cuando conseguía recordarlos, porque yo duermo muy bien y muy profundo y no suelo acordarme de nada al despertar). Al principio todo eran trivialidades y cosillas inofensivas: que si conflictos de trabajo, que si se avecinan gastos imprevistos, que si noticias de alguien lejano y querido. Hasta que un día soñé con un enorme búho, animal que siempre me ha parecido una hermosura. Lo vi dentro de la alacena de mi casa, tras el cristal. Me miraba, pero no se movía. No lo vi volar. El diccionario decía: “inminente fallecimiento de un ser muy querido”. Dos días después, un amigo muy, muy cercano, sufrió un infarto fulminante y murió. Me quedé de piedra.

            A partir de entonces, cada cosa que soñaba la consultaba muerta de miedo. Si el libro la asociaba con algo malo, yo ya no dormía de la preocupación. Me daba pánico volver a ver otro búho y perder a alguien. Tantas vueltas le di al tema que una noche, agotada y embarazada de siete meses, me dormí y vi en sueños al enorme pájaro volar sobre mí. Y pasé dos días sin pegar ojo temiendo perder la criatura, o a mi marido, o a uno de mis hermanos. Las ojeras me llegaban al ombligo, estaba de mal humor y solo tenía ganas de llorar, pero no pasó nada. “Si el búho vuela, significa preocupación por el futuro”. Lo de la muerte era con el pájaro quieto. Aquel libro me estaba trastornando. ¿Cómo era posible que me tuviera en aquel estado de nervios un miserable puñado de páginas encuadernadas en cartoné?

            En la primera ocasión que tuve de ir al pueblo, llevé aquel maldito ejemplar de bolsillo escrito por vete a saber quién y le prendí fuego en la barbacoa. Después, añadí carbón vegetal, unos chorizos, y almorzamos tan a gusto.

            Conocer lo que va a pasar mañana quizá no sea tan buena idea. No, si eso te quita el sueño. Yo ya no estoy dispuesta a quedarme una sola noche en blanco pase lo que pase. Por eso lo del fin del mundo que predijeron los mayas me preocupa tan poquito: seguro que al iluminado que interpretó el calendario de piedra se le había ido la mano con el tequila o leyó mal las instrucciones de uso del invento indígena.

Sea como sea, el 22 os veo a todos mirando el sorteo de la lotería, felices y contentos y con el turrón en la mano. Yo, de momento, me voy a dormir, que ya sabéis que si no duermo… ¡Buenas noches!

lunes, 17 de diciembre de 2012

MARÍA AMPARO


            No sé por mediación de quién (supongo que algún conocido de alguien pidió el favor, y ya se sabe, a estas cosas uno no puede ni debe negarse), ayer por la tarde fuimos a tocar a una residencia de ancianos. Es bastante típico por estas fechas que grupos musicales, de folklore, coros, tunas y demás agrupaciones dediquen un poquito de su tiempo para ir a alegrarles las fiestas a las personas que más lo agradecen: ancianos, discapacitados y niños sin familia. De hecho, mi grupo va cada año desde hace veinte al mismo centro geriátrico, sin faltar a la cita ninguna Navidad, pero a ese iremos el domingo que viene. Al de ayer no habíamos ido nunca.

            Reconozco que, desde mi época de enfermera geriátrica, los abuelitos me despiertan una ternura especial. No puedo evitar fijarme en ellos, en sus dificultades, en sus manías, en sus problemas. Los que tienen la suerte de contar con plaza en una residencia hoy en día son afortunados (si es un buen centro, obviamente), y no porque en sus casas no fueran a estar bien atendidos por sus hijos, sino porque en un geriátrico no solamente ven colmadas sus necesidades de rehabilitación, alimentación y limpieza. Allí ven cubierta también la más importante: la necesidad de compañía. Allí nunca están solos.

            Cuando llegamos, con nuestros trajes regionales y nuestros instrumentos a cuestas, la expectación era máxima. Aquello iba a sacarles de su rutina, y eso siempre crea un ambiente especial. Las cuidadoras arrimaron sillas de ruedas formando corro, y acomodaron a los demás en las butacas, dejando un espacio grande para músicos y danzantes. Presentamos y comenzamos con un villancico tradicional. Después, una jota, otro villancico, un fandango, una nana al Niño Jesús. No sabéis lo que es tratar de cantar con una lágrima atravesada en la garganta, mi Garbancito (sobrinillo lustroso y rubio que me lo como a mordiscos de guapo que está) en mi regazo, y enfrente de mí una mujer de más de ochenta, con un muñeco entre los brazos, acunándolo al son de mi canto con tanta ternura que ponía el vello de punta. Terminé la canción como pude, pero viendo que, de seguir así, la tarde iba a terminar con mi paquete de pañuelos de papel.

            Continuamos el espectáculo. Otro baile, otra canción navideña, cantes de estilo con la boca y la garganta hechas un estropajo por culpa de la calefacción excesiva, uno de nuestros peores enemigos, pero vital para el bienestar de los residentes. Muchos aplausos y vítores, torpes, temblorosos y salpicados de artrosis, pero valiosos para nosotros como la ovación más prolongada en el más distinguido teatro de la ciudad. En ese momento reparé en María Amparo.

 Ocupaba una butaca bastante cercana a los músicos, y movía los brazos al compás de los bailes, chasqueando los dedos como si llevase unas castañuelas en las manos. Lo vi en su cara. Ella también había bailado aquellas jotas y fandangos alguna vez, los conocía y los amaba. Trataba de levantarse, pero sus piernecitas de alambre, débiles y extremadamente delgadas, no la sostenían. Llegó un momento en que sus ganas eran más fuertes que su propio cuerpo, mandó al diablo su fragilidad e hizo un esfuerzo por ponerse en pie. La música se me congeló en las manos y el grito en la garganta. Yo sabía que, si se levantaba, caería al suelo sin remedio. Eso podía suponer una cadera rota, quizá también la clavícula y un brazo, un fuerte golpe en la cabeza, o quién sabe. Por caídas así he visto morir a otros.

            Afortunadamente, las cuidadoras estaban al quite. Ese oficio hace que desarrollemos ojos, manos y piernas suplementarias, para llegar corriendo a evitar el accidente. La cogieron en el momento justo para volverla a sentar y convencerla de que moviendo los brazos solamente ya estaba bailando. Una tuvo que quedarse junto a ella para impedir un nuevo intento. La pobre María Amparo hubo de conformarse, pero no dejó de gritar, animar, vitorear y aplaudir hasta que terminamos.

            Esto es lo que tiene el folklore: en casi todos los rostros hace aflorar una sonrisa. Pero en quien ama y siente su tierra, en quien ha defendido y respetado siempre sus tradiciones, las notas de una canción, los pasos de un baile que conoce con los ojos cerrados porque lo bailó docenas de veces y lo aprendió de sus mayores, provocan algo distinto: el corazón les florece con toda la fuerza de la primavera. Solamente por María Amparo ya valió la pena echar la tarde del domingo.

Ya no necesito más regalos de Navidad.

viernes, 14 de diciembre de 2012

LA LECCIÓN DEL ÁRBOL


            El árbol de los kakis vivía muy feliz. Estaba plantado en un huerto cerca del Mediterráneo, y era el niño mimado del agricultor que lo cuidaba. El hombre le dedicaba mucho tiempo: lo podaba, lo rociaba con tratamientos para que no se llenase de bichos, lo protegía de la dañina mosca de la fruta… Sí, se podía decir que era un árbol feliz.

            Esta primavera tuvo una floración espectacular. Se llenó de esperanzas de vida, porque cada una de aquellas flores se convertiría en un dulce y jugoso fruto, y nada le gustaba más al árbol del kaki que dar rojísimos y abundantes kakis. Las abejas hicieron bien su trabajo, polinizaron a discreción, y al poco tiempo los pétalos cayeron dejando los redonditos botones que, una vez crecidos, alimentarían a los humanos. El agricultor sonreía al verle tan fértil, y él sonreía a su vez, con su gesto leñoso y amable, al paso de su cuidador.

            Esta feliz correspondencia de cariños se rompió, sin embargo, con la llegada del verano. Aquel hombre, aquel despiadado y despreciable humano, sin razón aparente, llegó una mañana con la fresca y comenzó a despojarle de sus pequeños kakis. Arrancaba varios de cada rama, y los arrojaba al suelo sin ningún miramiento. El árbol estaba enojadísimo. “¿Quién te crees que eres tú para quitarme a mis hijos?” le gritó hecho una furia. “Cada una de esas bolitas que arrancas y tiras le ha costado la vida a una de mis flores. ¿Quién eres tú para decidir que no merecen crecer y desarrollarse?” Pero el hombre no le oía, porque hace milenios que el ser humano perdió la capacidad de escuchar a los vegetales.

            Durante días, aquellos pequeños kakis se pudrieron en el suelo, ante la desesperación del árbol. Un olor dulzón y pegajoso llenaba el aire, y podía notarlo todo el mundo. Hasta la gente que paseaba por el camino torcía el gesto, con un mohín de asco, al pasar junto al huerto. El árbol del kaki se sentía desgraciado, no podía evitar la rabia, el disgusto, el rencor hacia aquel a quien tanto había querido en otros tiempos.

            Los frutos descompuestos alimentaron al árbol sin que este se diera cuenta, llenándole de nutrientes a través de la tierra. Los kakis que quedaron en las ramas, el mismo número en cada una de ellas, fueron engordando hasta alcanzar un tamaño fabuloso, nutridos por aquellos que entregaron la vida. Si todos se hubiesen quedado, si algunos no hubiesen sido sacrificados, el alimento no habría alcanzado para tantos, habrían crecido mucho menos, y habrían partido las ramas con su peso, dejando a su padre el árbol completamente mutilado. Así, por el contrario, el vegetal no se vería dañado, y los kilos de buena fruta superarían en cantidad y en calidad a los que se habrían obtenido sin quitar ningún kaki a principios de verano.

            El árbol miró al agricultor, y comprendiendo sus razones le acarició levemente dejando caer sobre él, como por descuido, algunas hojas ya secas. Por fin había entendido que a veces, para ser mejores, debemos sacrificar algunas cosas, por doloroso que nos parezca. Al final, el resultado casi siempre compensa.
 

jueves, 13 de diciembre de 2012

EL BAILECITO


            Ni su tía la del pueblo conocía a este paisano. Eso suponiendo que en Corea haya pueblos, que imagino que sí, pero cualquiera sabe con esos países exóticos. Pues eso, a este chato de nombre inrecordable, (toma palabro que me acabo de sacar de la manga) no le conocía ni su madre, y ahora, de golpe y porrazo, es el más famoso del mundo mundial. ¿Gracias a qué? Pues está más claro que el agua: al bailecito.

            El trabajo difusor de payasadas que antes hacía la televisión (así le va) ahora lo hace internet, y el vídeo de este fulano de ojos rasgados y look horterochorras (con todos mis respetos a los horterochorras del mundo, que son una raza bastante numerosa) ya lo conocen hasta los niños de teta. Y es que es sonar los primeros compases del “Gangman style” o como se diga, y todo bicho viviente se levanta, cruza las manos, levanta la pata y se pone a botar a ritmo desenfrenado. La canción no habría llegado a nuestros oídos (ni de coña) de haber sido solo eso, una canción. Porque mira que es mala la condenada. Pero la sazonaron con los ingredientes estrella: bailecito accesible, mini-shorts con jamones coreanos al aire, y situaciones absurdas con gente bailando “eso” en diferentes escenarios. Y dieron en el clavo.

            A ver quién es el guapo que me dice que no ha oído nunca la musiquita de marras. Y a ver en qué sarao, de aquí al verano que viene, no lo ponen y organizan filas de danzarines dale que te pego todos a la vez. Si esto no es nuevo, ya nos pasó con el famoso “Saturday night” (trirí lirá lirá la laaaaaa, bi ma beibe), o con el “no rompas más mi pobre corazón”, que solo había que escuchar la letra para que le entrase a uno dolor de estómago. No me tildéis de exagerada, recordad: “no rompas más mi pobre corazón, estás pegando justo (¿ein?) entiendeló / si quiebras poco más (¿ein, ein?) mi pobre corazón lo harás mil pedazos, quiereló”. Y no sigo, que me da un p’allá. Ahora es cuando algún perspicaz lector me dice: “es que el Coyote Dax era sudamericano, de ahí la diferencia entre su castellano y el nuestro”. ¡Ja! Armando Manzanero también el sudamericano y hay que ver qué primorosos boleros. No me vale la excusa. Pero el caso es, no nos desviemos del tema (que me voy por los cerros de Doña Úbeda), que todavía hoy, diez años después, todos sabríamos bailar aquello. Pues lo mismo nos pasará con el tema del asiático este. Que a la vuelta de una década, aún nos veo yo pegando saltos caballunos en cuanto a algún nostálgico con mala leche le dé por pinchar el disco.

            El fenómeno del hombre este de gafas de sol y nombre de duda razonable (lo acabo de buscar en Google y se llama Psy. Parece mi hija cuando le pregunto si ha hecho los deberes. Siempre me contesta eso: “psssy”), con su jeta de póker y su conjunto de movimientos espasmódicos, ha revolucionado internet, las discotecas, y de paso toda fiesta de nochevieja, celebración de boda, cena de empresa con discoteca móvil y verbena que se precie. Si ya hasta en mi charanga la estamos ensayando, y es terminarla y quitarnos el pito de la boca (entendamos por pito trompeta, saxo, clarinete o similar, malpensados) y mirarnos todos con cara de “uggggggss”. Me veo esta próxima Semana Santa sacar algún paso en procesión con esa musiquita (ya pasó, recordad, con el “ai, se eu ti pego”, otra que tal baila).

            Me dirijo a todos esos magníficos compositores musicales (entre ellos a algunos que conozco), fantásticos cantantes (también conozco unos cuantos) e increíbles músicos (ni os cuento de estos los que tengo la suerte de conocer) que han echado su vida en estudiar y mejorar para parir hermosas, soberbias canciones, cantarlas e interpretarlas, y nunca ven su trabajo convenientemente reconocido. No importa cuánto os hayáis esforzado: luego vendrá un fulano con un esperpento de canción cuya letra ni siquiera se entiende (podría estar llamándonos a todos gilitontos, y nosotros tan frescos venga a levantar la pata, ole, ole, el gangastail) y se hará multimillonario ante vuestras narices sin siquiera despeinarse.

            Queda demostrado, una vez más, que al ser humano no le importa demasiado la calidad. Lo que le priva es hacer el moñas en grupo. Aunque sea una chorrada, pero que sea la misma chorrada hecha por todos a la vez. Pues hale, os dejo al coreano. Yo me voy a escuchar a Los Sabandeños, y si me entran ganas de bailar, me marco una buena salsa, que además de mover el esqueleto se puede mojar pan.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

NO SON UN REGALO


            Marina y yo fuimos, el pasado fin de semana, a una tienda de animales. Íbamos buscando una paridera de plástico para el acuario, tenemos una pececilla preñada y pretendemos salvar los alevines antes de que se los coman, cosa que hacen habitualmente porque están encerrados en una pecera y se estresan. Cosas de la naturaleza.

            El caso es que, mientras mirábamos los acuarios, nos dimos cuenta de que en aquella tienda había bastantes peces flotando boca arriba. Tirando a muertos, para que me entendáis. Avisamos al dependiente de que tenían un pez disco (rondan los 30 euracos) pegado a uno de los filtros, aspirado por la succión de la bomba. No tenía ya fuerzas para moverse, pero estaba vivo. “Es que ya le queda muy poco. ¿Para qué lo voy a despegar?” Después vimos una tortuga de agua, en cuyo acuario flotaban varios peces, también muertos, de varias especies. Nos dimos cuenta de que cuando se les morían los bichos se los daban de comer a la tortuga. Marina empezó a llorar. Y eso que aún no habíamos llegado a las jaulas de los animales.

            Lo de mi gordita pequeña con los perros y los gatos de las tiendas de mascotas es algo patológico. Sé que las jaulas le atraen como un imán, y también sé que no pasan sesenta segundos sin que se desate una verdadera fuente en sus ojitos. Se planta delante de los cachorros, que patalean pidiendo mimos, se ponen a dos patas y tratan de tocar sus manitas, y ella los mira e intenta consolarlos de su forzosa soledad, pero no puede acariciarlos ni acunarlos en sus brazos, y siente tanta impotencia que llora sin remedio durante bastante rato. El dependiente pasó por su lado. “No llores, niña, que ese ya está reservado. Va a ser un regalo de Navidad para alguien”. 400 euros. Un cachorro de chihuahua diminuto, con unas huellitas ridículas de pequeñas, solito y encerrado hasta el 5 de enero, sin cariño, sin abrazos, sin nadie a quien lamer las manos.

            “Mamá, cuando vas a adoptar un perrito a la protectora te piden que expliques cómo lo vas a cuidar y dónde lo vas a tener, para asegurarse de que va a estar bien. Cuando vienes a una tienda de mascotas, ¿también se preocupan de esas cosas?” Nunca he sido de ocultarles las realidades a mis hijas. “No, Marina. En las tiendas solamente quieren que pagues lo que vale el cachorro. Con eso les basta”. Lo pensó, y se volvió de nuevo hacia el chihuahua. Otra vez a llorar. No me hizo falta explicarle más cosas, con nueve años ya sabe bien lo que le espera al perrito. Con mucha suerte, alguien que realmente lo quiera y lo cuide. Con algo menos, terminará pronto en la perrera, o en la protectora.

            Cuando una persona conoce a otra, pueden pasar varias cosas. Una de las más bonitas es que surja ese “feeling” imprescindible para que nazca una amistad. Luego, ese sentimiento se desarrolla, y si todo va bien entre las dos partes implicadas (básicamente si las dos están más preocupadas en ofrecer que en obtener), la amistad se consolida creando unos lazos de cariño que llegan a ser tan fuertes como los de la sangre. En ocasiones, incluso más. ¿Os imagináis regalando un amigo por Navidad? ¿Os veis yendo a una tienda a compraros un amigo? ¿Verdad que resulta antinatural? Pues eso es lo que ocurre cuando vamos a comprar un perro o un gato.

            Los animales de compañía no son una cosa. No son juguetes. Dan mucho, pero también necesitan mucho, dependen de nosotros para alimentarse, es preciso sacarlos a pasear varias veces al día, aunque llueva o haga frío, o limpiar la arena en la que hacen sus cositas, igual que limpiamos el cuarto de baño donde nosotros hacemos las nuestras. Hay que ir al súper a por su pienso, llevarlos al médico si enferman, medicarlos y cuidarlos, pagar alguna cirugía si es necesaria. También se resfrían, cogen gastroenteritis, se ensucian y hay que bañarlos, y barrer sus pelos de casa, cepillar más la ropa y advertir a las visitas por si las alergias. Esto puede parecer mucho trabajo, pero es lo que hay. Si regalas un perro, esto es lo que regalas. Sin embargo, si tú conscientemente adoptas un amigo, adoptas cariño, ánimos, consuelo, compañía, seguridad, comprensión, apoyo, calor. Y a cambio solo tienes que limpiar un poco más, pasear un poco más y comprar para uno más. No es tanto, ¿verdad?

            Un amigo no es un regalo, es un don. No se compra. No se impone. No se vende. No compres, adopta. No permitas que el capricho de la Navidad sea el abandono del verano.  

LOS MISERABLES


            A Laura le encargaron un trabajo en el instituto sobre “Los Miserables”. No importaba qué método utilizase para ello: podía ver la película, leer la novela de Víctor Hugo, ir a una de las representaciones del musical… Lo que ella quisiera. Después debía presentar una redacción de no menos de seis páginas en las que relatase el argumento, analizase los personajes y comentase sus impresiones. Tenía todas las vacaciones de Navidad para hacerlo.

            Como era una chica muy disciplinada, Laura comenzó leyendo el libro. Sabía que cualquier cosa que viese después la decepcionaría, porque su propia imaginación daría vida a los personajes y recrearía cada escena, y ninguna película es capaz de igualar eso. Pero bueno, era un trabajo obligatorio, no le quedaba más remedio. Cuando salió a la calle, en la puerta del cine había una mujer mendigando. Después de toda la miseria que acababa de ver en la pantalla aquella situación le pareció aún más triste; cuando uno va a ver una peli que le deja el ánimo tocado, lo mejor de todo es salir de la sala y encontrarte que la realidad es mejor, más tranquilizadora. Aquello era como terminar de ver una película de guerra y tener los soldados combatiendo también en la calle.

            Rebuscó en su monedero y dejó caer el dinero que guardaba para coger el autobús en la mano de aquella mujer, sabiendo que debería volver andando a casa. No le importó, hacía buena noche, y le vendría bien el paseo. O el pateo, más bien, porque su casa quedaba bastante lejos. Mientras caminaba vio varios mendigos más; bajo los puentes del antiguo cauce del Turia ya se agrupaba la gente con colchones para refugiarse durante las horas nocturnas. La cola para cenar en la puerta de la Casa de la Caridad daba la vuelta a la manzana. No habría para todos esa noche. Se paró, nerviosa, junto a una familia. No iban mal vestidos, no eran pobres andrajosos como muchos de los otros. “Quince días podemos comer con los cuatrocientos del subsidio. El resto del mes venimos aquí. Hasta que encontremos un trabajo no nos queda más remedio. Muchas noches solamente cenan los niños, para nosotros no llega, pero no nos importa”. La mayoría de aquellas personas contaban historias parecidas. Desahuciados por los bancos, hacinados en casa de los abuelos cuyas pensiones los mantenían a todos, ancianos a los que habían tenido que sacar de las confortables residencias en las que estaban por no poder pagarlas.

            Laura observó atentamente toda aquella cola. Había inmigrantes, pero no tantos. Lo demás era gente normal, como ella, como sus vecinos, como sus compañeros del instituto. Uno de ellos, de hecho, también estaba en la fila, escondiéndose para no ser visto por nadie conocido. De camino a casa vio colas en algunas parroquias también, en las que voluntarios repartían café con leche caliente y pan para que los modernos miserables afrontasen la noche con algo caliente en el estómago. Vio a muchos rebuscar en los contenedores de basura más próximos a los supermercados y los restaurantes. Llegó temblando a casa.

            No era lo mismo verlos en las noticias que verlos en la calle, oírles hablar, ver su desesperación. No eran los miserables de la época de Víctor Hugo, como los del cine, pero la desesperación de sus ojos sí era la misma. Estaba tan descolocada que no sabía por dónde ni cómo iba a comenzar la redacción.

            El primer día de clase entregó su trabajo al profesor. Los seis folios eran una larga lista de nombres de políticos, banqueros y grandes empresarios, funcionarios corruptos, jueces pasivos, gobernantes ineptos y estafadores de renombre. Al pie de esa lista había escrito solamente unas líneas:

            “Los miserables del siglo XXI no son los que han sido desposeídos de todo cuanto tenían. No son los que perdieron su techo, los que no tienen salario y tienen que tirar de la caridad para sobrevivir. No son los que lloran y piden ayuda a quienes los están despojando de lo más básico. Ellos solamente son pobres. Estos, los de la lista, son los verdaderos miserables, porque aunque tengan dinero carecen de lo fundamental, lo que diferencia al ser humano de los animales: la conciencia”.

lunes, 10 de diciembre de 2012

MAGIA EN LAS MANOS


            Cuando Alexandra era pequeñita, estando sentada con su madre en una terraza, una gitana se acercó a su mesa. Traía en las manos ramitas de romero “contra el mal de ojo, la mala salú y los enemigos de la suerte”. Quiso leerle la mano a la niña, evidentemente para obligar a la madre a comprarle una de las ramitas de romero. Ganancia limpia, porque las había cortado en un parque público cercano. Alexandra, con la inocencia propia de sus pocos años, le extendió su derecha, con la palma hacia arriba, y la mujer comenzó a pasear su dedo decrépito y sucio por aquellas líneas infantiles. “Señora, esta niña tiene magia en las manos. Con ellas hará cosas que llenarán los ojos de los demás de colores, recuerdos y sonrisas. Cuídela bien, porque con su don llegará muy lejos”. Resignada, la madre de Alexandra le dio a la gitana cincuenta pesetas. Aquella pícara seguramente les diría lo mismo a todas las madres que encontrase en su camino.

            Es curiosa la forma en la que los acontecimientos pasan desapercibidos para algunos, y sin embargo a otros les cambian la vida. A la mañana siguiente, la madre no se acordaba ya del incidente. Sin embargo, la niña se miraba las manos todo el tiempo. ¿Dónde estaría aquella magia? ¿En qué consistiría? ¿Llegaría alguna vez ella a descubrirlo? El cofre de las preguntas sin respuesta se iba llenando a la velocidad del rayo. “Tengo que averiguarlo”, pensaba Alexandra. “Si puedo hacer magia con mis manos, la usaré para hacer todo eso que la gitana dijo que haría”. Ese sería el sentido de su vida.

            Alex creció, y el recuerdo de aquella improvisada quiromancia con olor a romero recién cortado se fue llenando de tintes misteriosos que el paso de los años se encargó de oscurecer. Los juegos de manos no se le daban bien. Las cartas tampoco. No lograba sacar pañuelos de la nariz de nadie, ni conejos de su chistera. Podía ser que, al fin y al cabo, la gitana simplemente mintiese para ganar unas pesetas, pero si admitía eso también tendría que aceptar que llevaba toda su vida creyendo en algo tan falso como una moneda de cuatro euros. Tal vez la magia a la que se refería no tenía nada que ver con los ilusionistas que todos conocemos. La mejor opción era dejar de buscar: si realmente poseía ese don, él solito aparecería en cualquier momento. Alexandra decidió arrinconar el recuerdo en las mazmorras de su memoria e ignorarlo en lo venidero.

            Yo la conocí hace unos pocos días en un mercado de artesanía. Esas manos que no lograban encontrar su magia son las de una artesana original y creativa que, con un chasquido de sus dedos, puede hacer que una simpática planta carnívora, roja y con lunares blancos,  muerda tu oreja y se convierta en tus pendientes. O también puede colgar de tu cuello un pedazo de tarta arco iris, un cupcake de colores, ponerte una pulsera de golosinas en la que gominolas y piruletas reducidas a la mínima expresión se alternen con caramelos y tostadas de nocilla de dos colores. Puede hacer que gatos negros y perros blancos bailen colgados de tus lóbulos y que tu caja de los tesoros se disfrace de tarta de cumpleaños. Si se empeña, consigue que los chapines de rubí que llevaba la bruja del Oeste en “El Mago de Oz” te sirvan de punto de lectura en tu libro favorito, y que al verlos asomar entre las páginas, con sus medias de rayas dentro, te hagan sonreír y recordar una infancia más o menos lejana.

            Le pregunté el nombre de su tienda. No podía ser otro: “Aleshop”, un guiño a la magia que escondían sus manos, que no era otra que la de crear para llenarte de colores y hacer aparecer una sonrisa en tu cara, o en la de aquel a quien decidas regalar alguna de sus golosinas. Ponerte algo de lo que Alexandra fabrica hace que te sientas original y divertida, y qué queréis que os diga, con lo que está cayendo, se agradece. No hay que dejar pasar de largo nada que pueda hacernos sentir mejor.

            Creo que la próxima vez que coincida con ella no podré resistir la tentación de llevarme algo puesto. Puede que un pendiente de tacita de chocolate, con su pareja de croissant. O unos “macarons” rellenos de fresa. O… ¡ay, qué indecisión! ¡Me lo quedaría todo!

domingo, 9 de diciembre de 2012

EL NEGOCIO


            Era la cuarta vez que Esteban llamaba al ayuntamiento para quejarse: en los locales que había en los bajos de su edificio, cerrados y abandonados, anidaban las ratas con total impunidad. En una ocasión subieron por los conductos de cables del portero automático y royeron los hilos, provocando una avería cuya reparación costó un montón de dinero. A veces se las oía corretear por los falsos techos de escayola, y tenían a todos los vecinos con los nervios de punta. Los dueños del inmueble siempre escurrían el bulto, de modo que el problema continuaba ahí, año tras año.

            Después de varias denuncias y multas, por fin los locales fueron vendidos. Alguien iba a montar un negocio en ellos, así que los roedores serían desterrados y dejarían de aterrorizar a Luisa, la del segundo, que pegaba unos gritos cada vez que se cruzaba alguna rata en la escalera que parecía presa de posesión diabólica. Como la niña del exorcista, pero en gordo. En seguida acometieron obras, y los ruidos y el polvo eran molestos, pero más soportables que los bichos. Nadie sabía qué era lo que iban a poner allí, pero no importaba con tal de que el bajo estuviera cuidado y en uso.

            Un asador de pollos. Esa era la actividad. Esteban vio cómo colocaban una enorme chimenea por el patio de luces hasta la terraza del edificio; presentaron proyecto y todos los vecinos dieron permiso. El día de la inauguración, el empresario obsequió a cada uno de ellos con un pollo a l’ast, patatas asadas y salsa como agradecimiento. En ese momento nadie habló del intenso olor a pollo asado que inundaba el portal y la escalera, y que se colaba en las viviendas sin remedio. Era un mal soportable, después de todo olía rico, ¿no?

            Al cabo de un mes, Esteban estaba harto. Cada rincón de su casa olía a pollo asado. Se duchaba, y en cuanto salía ya todo él olía a pollo asado. Cocinara lo que cocinara, todo hedía a pollo asado y le sabía raro. La chimenea escupía vaharadas de humo y grasa que ensuciaban la terraza; ya nadie podía subir a tender la ropa allí porque cuando la recogían estaba impregnada de olor a pollo asado y grasa rancia. Era una pesadilla. Comenzaron las denuncias, obligaron a instalar filtros para el humo, a aislar mejor el negocio, pero no sirvió de nada. Todo el edificio era un enorme y chorreante pollo asado con patatas y salsa.

            Al cabo de un año de guerra, el asador cerró. Otra persona compró el local para emprender una nueva actividad. Se convocó una junta de vecinos para celebrarlo, e incluso sacaron cava y brindaron, jurando no comer pollo a l’ast jamás en la vida. La incógnita sobre el nuevo negocio se despejó pronto: era un bar. Esteban se olió la tostada y preguntó sobre la ordenanza municipal que regula las horas de cierre de ese tipo de locales. Por si las moscas.

            El del bar abría la persiana a las cinco de la mañana, y comenzaba a poner cafés. El trasiego era incesante. La terraza se llenaba a las nueve de mamás que acababan de dejar los niños en el cole, y luego de trabajadores en la pausa del bocadillo. Por la tarde, los borrachines del barrio ocupaban el local para consumir cerveza tras cerveza hasta la hora de cierre. Pronto comenzaron los regueros de orines en el portal, las vomitonas en la acera, las colillas, el escándalo de los que salían a fumar a la calle, justo debajo de la línea de balcones… El éxito del bar fue una continua fuente de molestias. Pronto comenzó, de nuevo, la rutina de las denuncias. Por ruidos, por suciedad, por incumplimiento de la hora de cierre, escándalo… Los dos años que estuvo el bar en funcionamiento fueron un verdadero suplicio para los vecinos.

            Cuando la clientela del local decidió cambiar de ambiente, el bar comenzó a languidecer. Y ya se sabe, lo que no da beneficios, cierra. Fue vendido a otro empresario. Los vecinos fueron a verle: “Si va usted a poner un local de comidas o a abrir de nuevo el bar, no pararemos hasta obligarle a cerrar”, le advirtieron. El hombre les tranquilizó. “No se preocupen, mi negocio es bastante más silencioso. Nadie va a molestarles. No más pollos, ni más bocadillos de chorizo asado, ni más borrachos en la calle”. No dijo más, y les dejó con la intriga. ¿Qué sería lo que aquel hombre de dedos gordos y anillos aún más gordos iba a instalar?

            Un local de masajes. Con final feliz. Ya me entendéis. Todas las mujeres del edificio (incluida la de Esteban) se pusieron de uñas. La beata del primero y la santurrona del cuarto, tan cotillas como mojigatas, pusieron el grito en el cielo: ¡Pilinguis en la finca! ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! A partir de entonces, el “¿por qué viniste tan tarde de trabajar?”, el “¿adónde vas a estas horas?” o el “ojito con lo que tardas en sacar la basura por la noche” impusieron el mandato del “mal rollo” en todas las viviendas. No tardó demasiado tiempo en convocarse una nueva reunión; el administrador de la finca, resignado, ya traía bajo el brazo los formularios para empezar con las denuncias. Los masajes tardaron en cesar lo que tardó en llegar la resolución judicial. A partir de entonces, el bajo quedó cerrado y vacío.

            Esteban bajó a ver a Luisa, la vecina del segundo, y le dijo: “cuando las ratas vuelvan no quiero oír que te quejas, ¿me has oído? Si te molestan los animales, vendes el piso y te mudas a otro barrio”.