domingo, 29 de diciembre de 2013

EL MUEBLE DEL SALÓN


            El niño tenía un nombre muy normal. Podían haberle puesto uno extranjero, como hicieron los padres de su amigo Doménico, que ya ves tú, si quieres ponerle Domingo, se lo pones, y ya está, pero andarse con sucedáneos “porque suena mejor”… es como llamarle Domingo, pero mal. También podían haberle colocado uno de esos nombres del castellano antiguo que tan de moda están entre las clases pudientes, al estilo “Rodrigo”, “Alonso” o “Martín”, pero como no iban a poder vestirle en plan “pijo Corte Inglés” de lunes a domingo (vaya, otra vez) y fiestas de guardar, tampoco lo hicieron. Por último, pudieron encasquetarle un nombre con “K”, que por los años en que él nació eran tendencia, pero ni Kevin ni Darko triunfaron entre la familia. Al final fue Miguel, como papá y el abuelo. Simplemente, razonablemente, hermosamente Miguel.

            Miguel creció querido por todos. Le gustaba curiosear cuanto estaba a su alcance; sus padres, de forma responsable, amén de los enchufes (auténticos imanes para los deditos infantiles), le vetaron con dispositivos de seguridad tres zonas: la de los medicamentos, la de los productos de limpieza y el mueble del comedor. Este último le atraía poderosamente, porque a través de los cristales de la vitrina podía ver multitud de objetos brillantes que habría querido tocar, chupar y golpear para comprobar su textura, sabor y sonido, pero eso era un tema innegociable. “¡AHÍ NO, MIGUEL, PUM-PUM AL CULO, NO SE TOCA!” No se toca. ¿Qué habría ahí dentro que fuera tan maravilloso como para que no pudiese ser tocado?

            En el trayecto de su propio crecer, Miguel intentó muchas veces violar el secreto de aquel mueble, pero no tuvo éxito. Veía a su madre sacar pastillas del botiquín, o abrir el armario de la limpieza buscando alguna botella de esos “venenos apestosos” que usaba para limpiar lo que para él ya estaba limpio, pero nunca la veía tocar nada del misterioso mueble. En su mente de niño se fue formando una idea de los tesoros que contendría: maravillosos recipientes brillantes, delicadas joyas que podían quebrarse con un soplo, como las pompas de jabón; quizá espadas samurái, tejidos misteriosos hechos con alas de mariposa cosidas entre sí, y quién sabe cuántas cosas más. Tendría que hacerse mayor aprisa para descubrirlo, ya que, por lo visto, solamente los mayores podían tocar aquellos prodigios sin dañarlos. Miguel se propuso a si mismo crecer lo más veloz que pudiese, obedecer y ser responsable, y así, un día, sus padres, que eran los reyes de su pequeño mundo, le abrirían la puerta de la cueva de Ali-Babá que era el mueble del comedor.

            A medida que cumplía años, esa fascinación iba disminuyendo: la vorágine del colegio, el fútbol, la video-consola y todas sus ocupaciones diarias hicieron que ya no pensara tanto en ello. Además, la vida le había ido ya enseñando que la magia de la niñez se esfuma como por encanto a golpe de tarta con velas. El desarrollo corporal le daba privilegios, pero también creaba a su alrededor un agujero negro en el que desaparecían las cosas que le ilusionaban: el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos, Papá Noel, el abuelo Miguel…

Hace dos meses, Miguel cumplió diez años. Una mañana de sábado, su madre le llamó y le dijo: “como ya eres mayor, hoy vas a ayudarme. Abriremos el mueble del comedor, sacaremos todo, lo limpiaremos y lo guardaremos de nuevo”. El brillo de la fascinación que un día había sentido por aquel mueble se encendió un poquito en su interior. Al fin iba a desentrañar el misterio. Imaginad su cara de chasco cuando de aquellos cajones, estanterías y vitrinas no salieron más que manteles, copas, platos, tacitas, soperas y cubiertos. ¡No eran más que cacharros de cocina! Se sintió decepcionado, enfadado, estafado. Acababan de robarle los restos de un sueño, pero no dijo nada. Ayudó a lavar y secar con cuidado cada copa, cada taza, cada tenedor. Dobló las servilletas una a una, pasó la bayeta a los cajones, le fue dando las piezas a su madre de nuevo para que las colocase en su sitio, y durante todo el proceso no dijo una sola palabra. Únicamente cuando hubieron acabado, cuando ya las puertas del mueble se cerraron de nuevo, le preguntó a su madre para qué guardaba todo aquello bajo llave si no servía para nada.

“¿Cómo que no sirve? Claro que sirve, Miguel. Son la vajilla buena, la cristalería de Bohemia, la cubertería alemana de acero con ribete de plata, los manteles de mi ajuar, el juego de café de porcelana china. Lo que me regalaron cuando me casé, son cosas muy caras, hijo”. Miguel se quedó mirando a su madre y lanzó la pregunta: “Si son nuestros y valen tanto, ¿por qué no los usamos? ¿No nos los merecemos?”

La madre quiso echarse a reír, pero no pudo. La pregunta era un dardo amargo viniendo de un niño tan pequeño. “Hijo, ¿y si se rompe algo al usarlo? Ya no se podría encontrar repuesto, el juego quedaría incompleto y perdería valor”. El niño, muy serio, respondió: “al menos lo que se rompa habrá caído en el cumplimiento de su deber, mamá. Una copa con la que no se brinda está muerta. Un plato en el que no se come es una tomadura de pelo. Un mantel sin usar es como una sábana vieja que ya no sirve más que para trapos de limpiar el polvo. Una pena. Toda mi vida pensando que tenía un armario de los tesoros en el comedor, y lo que hay es un montón de trastos inútiles. Menudo chasco”.

Esta Navidad, en la mesa de Miguel y de su familia se sirvió la comida en aquellos platos, se brindó con aquellas copas y se trinchó el pavo con aquellos cubiertos. Y se rompió una copa de cristal de Bohemia, pero no se abrieron los cielos ni se hundió el mundo. Lo único que ocurrió es que ahora hay una copa menos en el armario.

Disfrutar de lo que tenemos es una obligación, porque no hay ningún lugar mejor que “aquí”, y ningún momento mejor que “ahora”. No esperéis a que os lo tengan que decir vuestros hijos.

 

lunes, 23 de diciembre de 2013

CUANDO YO ME MUERA


            Yo suelo decir que las cosas pasan porque tienen que pasar, y que, por chocantes o extrañas que nos parezcan, siempre se puede extraer de ellas una lección que después nos sirva. Está claro que, cuando uno es joven, no se plantea demasiado en serio lo que pasará cuando muera, pero de pronto te ocurre algo que te hace pensar: ¿qué es lo que quiero en ese momento? Pues lo que os voy a contar ha hecho que me formule esa pregunta, y desde luego, tengo clara la respuesta.

            Ayer por la tarde fui a ofrecer un concierto a un hospital. Bueno, fui yo y también otros cincuenta más, es decir, toda mi banda. Llevábamos dos intensos meses preparando las piezas que componían el programa; alguna de ellas, al principio, creí imposible llegar a tocarla a tiempo por su grado de dificultad, que distaba bastante de mi nivel como instrumentista. Pero, como no hay empresa que no se pueda alcanzar si se pone suficiente empeño, yo sé lo que he estudiado, lo que he practicado, los pasajes que he repetido, las pilas de metrónomo que he agotado y las cañas para el saxofón que he rajado en el intento. E igual que yo, por supuesto, todos mis compañeros. Yo sé los ensayos hasta las once y pico de la noche, con algunos músicos de diez y once años agotados ante sus atriles, pero soplando sus instrumentos por pura cabezonería de conseguir hacerlo bien. Yo lo sé, y todos los que tocaron ayer conmigo lo saben porque lo han vivido igual que yo.

            El año pasado ya se dio ese concierto en ese mismo hospital, y la experiencia fue tan gratificante que, desinteresadamente, decidimos repetir. Preparamos, además, un cargamento de juguetes y caramelos para los niños ingresados en la planta de pediatría. Con eso, con todos los atriles, toda nuestra percusión (incluyendo batería, bongos, timbales, bombo, marimba y muchos más artilugios), el piano y las sillas cargados en un camión, y una ilusión enorme, nos sentamos ayer a tocar para dar lo mejor de nosotros mismos y alegrar un poco estos días a la gente que está pasando un mal momento. Bonito, ¿verdad? Pues no lo fue para algunos, desgraciadamente.

            Todo se iba desarrollando bien, dentro de un orden. Habíamos comenzado a la americana, luego hicimos un medley de “El Fantasma de la Ópera”, que gusta a todo el mundo, y después la pieza estrella, la más difícil. Pasada esa obra, ya nada podía ir mal, todo lo demás era relativamente sencillo. Encadenamos tres mambos, con la percusión dándolo todo, y cuando íbamos a comenzar con las canciones navideñas, que eran solamente dos, vino una doctora a hablar con el director de la banda. “Terminen ya, por favor. Solamente una más”. Nos quedamos un poco sorprendidos, no sabíamos qué pensar, pero bueno, hicimos un villancico, y a pesar de los aplausos, ni completamos el programa ni hubo propina.

            Tardamos un rato en desmontar todo el tinglado y cargarlo en el camión. Comentábamos entre nosotros las posibles razones del incidente, pero sin saber exactamente qué podía haberlo motivado. Fue después, en cafetería, mientras tomábamos algo, cuando nos lo explicaron. En la primera planta del hospital, por lo visto, había alguien haciendo su último trabajo, es decir, entregando la vida. Cosa bastante frecuente, por otra parte, en un lugar al que uno va a nacer, a curarse o a morir. El pobre hombre (o mujer, que no lo sé ni me importa) no dijo nada, pero a la familia le molestaba que, mientras ellos se sentían mal, hubiese música cerca y gente disfrutando de ella. Se quejaron, insistieron, y al fin nos hicieron parar.

            No digo que no lo entienda. Yo he perdido familiares, algunos muy directos y muy jóvenes, y conozco bien el dolor de la pérdida. Pero también sé que, aunque en mi corazón todo se detenga por un instante mientras veo cómo esa persona se me va, es una falsa sensación, porque el mundo sigue andando, no se para. La muerte es parte de la vida, y el reloj continúa su tic-tac, mal que nos pese. A nuestro alrededor los demás ríen, aman, respiran, y no podemos pretender que todo se congele en el instante en que vemos morir a alguien a quien queremos. Puede parecernos frívolo, pero así es.

            Cuando ya nos íbamos para casa tropezamos, en la puerta del hospital, con los familiares. Habían salido a fumar (cosa que me parece que está prohibido por ley dentro del recinto hospitalario, pero esa es otra discusión que no cabe ahora) y, al vernos pasar, uno de ellos comentó: “estos desgraciados son los del escándalo de antes”. No le dije nada, pero me sentí mal, insultada, ofendida y muy, muy triste. No fuimos allí a molestar a nadie, sino a ofrecer alegría y nuestro trabajo, y nos miraron como si amargar vidas (o muertes, según se mire) fuera nuestro deporte favorito.

            Os he contado todo esto porque, después de madurar la experiencia de ayer, he llegado a la conclusión de que, cuando yo vaya a morirme, quiero que no pare la música a mi alrededor. Si alguien tiene que llorar, que lo haga, pero queda terminantemente prohibido que junto a mi lecho de muerte solo haya llanto y pena. Quiero el Do, y el Fa Sostenido, quiero la percusión y el viento madera, la cuerda, el metal, la tripa golpeada, el ritmo y la armonía. Y si no hay flores, que no las haya, pero canciones y melodías, por favor, que no me falten. Si alguna oportunidad tengo de morir tranquila e ir al cielo será con las alas de la música, así que, si alguien va a sentirse molesto por esa circunstancia ineludible que es mi último deseo, que sepa que no está invitado a mi despedida.

            Y antes, durante y después de ese último concierto, que la vida siga, que yo no soy nadie para detenerla.

 
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

LAS CIUDADES TAMBIÉN TIENEN SABOR


            Recuerdo la primera vez que hicimos esta tarta de queso en casa de mi madre. Vivíamos por entonces en Santander, una de las ciudades en las que crecí, y nos proporcionó la receta una santanderina menudita y tímida con la que, unos años después, mi hermano tuvo el acierto (y la fortuna) de poder casarse. La preparamos un sábado para disfrutarla el domingo en familia, y tuvo tanto éxito que ya quedó incorporada, desde aquel mismo día, al libro de recetas de las mujeres Miguélez.

            Lo primero que se necesitaba para poder hacerla era un molde de tartas desmontable. No teníamos ninguno, de modo que salimos a la caza del artículo; hoy lo venden casi en cualquier sitio, pero hace veinte años la tarea no era tan sencilla. Aprovechamos una de esas raras tardes en que no llovía, recorrimos todo el centro de la ciudad, y al final localizamos uno de buen tamaño en una pequeña ferretería cercana a la Plaza Porticada. Me sorprendió que el ferretero lograse encontrarlo, dada la infinidad de artículos que almacenaba en un local tan escaso de metros, pero al fin triunfamos y volvimos a casa con el molde. Cuando estábamos a medio camino de regreso comenzó a llover con ganas, y llegamos empapadas de agua, lo que hizo que aquel cacharro ya quedara, para siempre, con el sobrenombre de “el chaparrón”.

            Conseguir los ingredientes fue mucho más sencillo. Los huevos nos los traía un chico llamado Toñín que tenía granja en Los Corrales de Buelna; él mismo los repartía con su furgoneta, colocados en grandes cartones de dos docenas y media. Cada semana, los jueves y con puntualidad británica, llamaba al timbre y nos entregaba aquellos huevos pintos, medianitos y recién puestos, acompañados de un “Buenos días”, un “Gracias” y una sonrisa, bienes éstos que eran correspondidos por mi madre de igual manera, porque ser humildes y trabajadores no está reñido con la educación y la amabilidad.

            Al elegir los sobaos se creó una pequeña polémica, más que nada por una cuestión de tamaños. Podíamos escoger los de Martínez, que tenía la fábrica en Monte, a tiro de piedra de mi casa, y vendían también al público. Allí solíamos comprar cajas enteras de dos kilos de palmeritas rotas, magdalenas deformes o sobaditos más tostados de la cuenta, por ciento cincuenta pesetas. Eran productos deliciosos que no se podían vender por su aspecto, y mi madre los traía para abastecer los desayunos de toda la familia. La otra opción era acercarse hasta la iglesia de la Bien Aparecida. Enfrente había una tiendecita, de aquellas antiguas con el mostrador de madera y la báscula de plato y aguja, que traía, directamente desde Selaya, en la Vega de Pas, sobaos artesanales de Macho, de los de toda la vida: enormes, compactos y con un delicioso olor a mantequilla auténtica. No eran baratos, pero eran la bomba. Al fin nos decidimos por los de Martínez, más ligeros y pequeños, por aquello de que no le quitasen protagonismo al resto de la tarta.

            Los quesitos, la leche entera y el azúcar se añadieron a la lista del supermercado; los sobres de cuajada Royal ya los teníamos en casa, era un artículo que usábamos mucho por entonces. Desde que mi madre y yo habíamos probado la cuajada que las monjas hacían, en cantidades industriales, para los ancianos de la residencia de Cajo en la que las dos trabajábamos, la habíamos incorporado a nuestra dieta habitual. Era más barata que el yogur, muy sabrosa con miel o con azúcar, y no generaba envases que tirar a la basura. Todo ventajas.

            El asunto de la mermelada era un tema aparte. La receta decía que arándanos, por aquello de que es lo clásico. Pero a mí los clasicismos nunca me han satisfecho del todo, y además, las mermeladas comerciales suelen quedarse cortas de fruta y largas de azúcar. Prefiero, sin dudas, las que hace mi madre, de modo que bajé al almacén para elegir. Allí estaban, distribuidas en frascos de varios tamaños, agrupadas por colores según lo que contuvieran, y coronadas con graciosos “gorritos” de tela que ella les confeccionaba en sus ratos libres con retales de colores y ribete de ganchillo. Solía hacer aquellas confituras con cajas de fruta muy madura que negociaba a buen precio en el mercado de México, cerca de Cuatro Caminos. Dudé entre albaricoque, que le quedaba divina, o fresa, mi favorita. Ambas tenían la nota ácida de la manzana verde y el zumo de limón que ella añadía al fabricarlas, buscando espesar, conservar mejor el color original y conseguir que no quedasen empalagosas; así es mi madre, poniendo su “toque diferente” en todo. Supongo que en mí también puso ese “toque”, y por eso soy como soy. Por cierto, que me voy por los cerros de Úbeda: elegí fresa. Si tengo que comprar la mermelada, me decanto por la grosella roja, más alegre de color y menos dulzona que otras. En realidad, cualquiera queda bien.

            Aquel sábado nos pusimos el delantal para hacer la tarta juntas: mano a mano, mi madre y yo, con la receta sobre la mesa. Un litro de leche entera, al fuego en una cazuela grande. En el vaso de la batidora que acababa de comprar para mi ajuar pusimos un tazón más de leche, catorce quesitos, tres huevos, tres sobres de cuajada Royal y diez cucharadas de azúcar. Mientras yo trituraba bien la mezcla, ella fue quitando a los sobaos el papel, los cortó por la mitad para que la capa de base fuera más fina, y cubrió con las láminas resultantes todo el fondo de “el chaparrón”, presionando un poco, pero no demasiado, para no aplastarlos. Cuando la leche comenzó a hervir, añadí la mezcla batida, bajé el fuego y removí sin parar usando la cuchara de palo hasta que rompió de nuevo el hervor. Miré el reloj y continué removiendo dos minutos más: me habían advertido ya que, si la cuchara paraba, se me pegaría la masa al fondo de la cazuela, de modo que tuve buen cuidado de no detener el meneíto hasta que al fin apagué el gas. Inmediatamente después, con ayuda de un cucharón para no levantar los sobaos ya dispuestos, vertimos despacio la masa caliente en el molde, dejamos que se enfriase un par de horas y le hicimos un sitio en la nevera, donde había de estar hasta el día siguiente.

            Recuerdo aquella comida de domingo como una ocasión muy especial: mi cumpleaños número 22, el último como soltera, el último en casa de mis padres. No hubo regalos, como era nuestra costumbre. Solo besos, risas y mermelada de fresa chorreando sobre la tarta fría y recién desmoldada un minuto antes de sacarla a la mesa.

            Las ciudades también tienen sabor. Cada vez que hago este postre vuelvo a saborear Santander. Espero que a vosotros también os guste. Buen provecho.

martes, 10 de diciembre de 2013

EL PAÍS IMAGINARIO


            Había una vez, en un rincón de quién sabe qué mundo, un país llamado Extraña. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, vaya por delante. Que luego dicen que si esto, que si aquello. No. Es un país imaginario, porque lo que pasaba en él no cabe en la cabeza de nadie que pueda ocurrir en un país real.

            Extraña era un lugar muy raro. Allí, durante mucho tiempo, un albañil que no supiera ni escribir correctamente podía ganar el doble que un maestro de escuela, más incluso que un ingeniero. Los que gobernaban, en lugar de estar al servicio del pueblo que los puso ahí para dirigir el país, se servían de la gente para ser cada día más ricos. Hacían leyes todos los días, pero sin discutirlas con nadie ni mirar el interés general, sino el propio. En Extraña se perseguía con dureza a los criminales, es decir, a aquellos que escatimaban las migajas del pan a los recaudadores de impuestos. Pero a quienes se comían el pastel entero y no daban a las arcas públicas nada más que el olor, se les besaba en la boca y se les enviaban flores de los parques públicos envueltas en celofán.

            En aquel imaginario país al revés llamado Extraña, muchos niños se iban a la cama sin cenar, como castigo al pecado de sus padres de, queriendo darles un techo digno, haber confiado en los banqueros para comprarlo. Así, lo primero en Extraña, antes que comer, era pagar los préstamos para que los bancos siguiesen siendo como los cerdos que se destinan a la matanza: gordos, lustrosos y cebados, mimados hasta el extremo. Pero el día de San Martín no llegaba nunca para ellos.

            El orden de prioridades no tenía allí ni pies ni cabeza. Así, un Extrañés sano que tenía trabajo pagaba mucho para mantener la sanidad, pero cuando se ponía enfermo debía esperar meses para ser atendido. En Extraña se hacían aeropuertos en cada esquina para enriquecer a los amigos, y luego no servían más que para criar conejos en ellos, porque aviones, lo que se dice aviones, ni uno. En Extraña hacían palacios de la ópera hasta en las aldeas, pero se ponían tan caras las entradas que los espectáculos morían antes de ser representados.

            La población extrañesa era cada vez más vieja. Sin embargo, la gente no se atrevía a tener niños porque no podía alimentarlos. Y, en lugar de ayudar a los jóvenes para aumentar los nacimientos, convirtieron un bebé en un auténtico bien de lujo, obligando a los osados que se atrevieron a tener uno a pagar sus vacunas a precio de caviar iraní para no verlo enfermar, subieron los impuestos a los artículos más necesarios para el recién nacido y eliminaron guarderías gratuitas y profesores en las escuelas, para dificultar al nuevo ser el acceso a una mejor educación e irlo convirtiendo, ya desde pequeñito, en un peón más de su sistema desigual y equivocado.

            Para mejorar aún más la vida de todos, en Extraña las fuerzas del orden dejaban fuera de las cárceles a los grandes delincuentes y estafadores, y metían en ella a los que protestaban contra las nuevas leyes promulgadas “para facilitar la convivencia y la tranquilidad de todos”, es decir, para seguir viviendo felices los gobernantes y sus aliados, sin escuchar el malvivir de casi todos los demás. Si un juez se acercaba demasiado a la verdad era expulsado de Extraña y difamado como escarmiento; la Justicia entonces se vistió de Dior, cambió la balanza por un bolso de Louis Vuittón y se fue a tomar el té al Club de Campo. Así, mientras la policía echaba a las personas de sus hogares en lugar de encerrar a los verdaderos ladrones, mientras se ordenaba cortar lenguas y coser bocas de quienes no aceptaban a ciegas todas sus órdenes, mientras se ponían impuestos hasta por disfrutar del sol, mientras se bajaban aún más los salarios de los de abajo, los extrañeses, que seguían aguantando marea, se dieron cuenta de que sobre su piel comenzaba a crecer lana, que ya no podían hablar porque de sus bocas solamente salían lastimeros balidos, que sus manos y pies mudaban en pezuñas y que la hierba de los campos les empezaba a resultar apetecible. Y lo que antes era un país de gente alegre y diversa se convirtió en un gran rebaño de ovejas, quedando a merced de los lobos.

            Qué país más raro esa Extraña, ¿verdad? Menos mal que esas cosas no ocurren en el mundo real. Beeeeeee!!!
 
 
 

lunes, 2 de diciembre de 2013

PEDIR PERDÓN


            Pancho llevaba ya una larga temporada en muy malas condiciones. Sabía que la relación con Arancha era destructiva para los dos, que los años pasados con ella le habían convertido en un Pancho muy distinto al de antes. Por mucho que se ame a una persona a veces es necesario tomar distancia, respirar y darse cuenta de que el amor no nos está haciendo mejores, sino todo lo contrario. Le costaba reconocer que la unión con ella era absolutamente perniciosa, que eran como yunque y martillo, como fusta y pellejo, hacha y tronco, residuo e incineradora, dos elementos que no se entendían el uno sin el otro, pero que se herían todo el tiempo.

            Hecho el balance de la convivencia, era necesario tomar una determinación. Seguir adelante era un suicidio, pero romper dolería como la muerte misma, sería como amputarse el corazón y seguir caminando envuelto en el frío, muerto en vida. Cada día que la veía quería decírselo, pero cada día se mordía la lengua después de besarla, iniciaban una nueva discusión por cualquier estupidez, y envuelto en la dialéctica hiriente y chillona de la trifulca se acaloraba, se consumía, se envolvía en sí mismo para protegerse de los dardos que salían de la boca amada… y no decía nada. Hasta que llegó una tarde en que, por sorpresa y sin anestesia, antes de que pudiesen comenzar a pelear, ella le dejó. Le dejó a él, y le dejó con la palabra en la boca, porque fue el único día desde que comenzaron a andar juntos en que no quiso discutir para no alargar más la agonía.

            Pancho se quedó en shock. Helado. Le faltó buscar la morgue y tumbarse en una de las neveras a la espera del forense. Y fue en ese momento, y solo en ese momento, cuando advirtió que estaba solo. Pero no porque ella se hubiese ido para no volver, sino porque él, en la destructiva vorágine de aquella relación tóxica que tanto se había alargado en el tiempo, se había deshecho de todos los suyos.

            Se había alejado de su familia, harto de que le dijesen que esa chica no le convenía. Habían dejado una cena de Nochebuena a medias para marcharse abruptamente porque Arancha les faltó al respeto a sus padres y él, en lugar de defenderlos, había callado para no enfadarla más. La falta no solo estuvo en ella, sino en la propia falta de sangre para enfrentarla. Después le dio vergüenza volver a su casa, de modo que padres y hermanos quedaron apartados de su mundo de pareja. Ella, inestable, caprichosa, llena de orgullo, no había consentido verles más, y tampoco le habría hecho gracia que él les viera a sus espaldas, a escondidas. Total, por un comentario que ella se tomó mal y que él ni siquiera era capaz de recordar. Toda su relación paterno-filial y fraternal perdida por una lealtad y un afecto mal entendidos.

            Los amigos habían huido. A ella no le gustaban los de él, los consideraba simplones, estúpidos y en nada merecedores de su atención, y no tardó en ahuyentarlos. Le impuso los propios, pero éstos también les terminaron abandonando, incómodos porque cada reunión terminaba en una de las violentas discusiones que mantenían todo el tiempo. Al final se habían quedado solos, él y ella, ella y él y su destrucción mutua. Ellos dos solos con sus gritos, con sus puñetazos a las paredes, con sus insultos. Con las puertas del piso rotas a patadas, con los vasos diezmados y el cubo de la basura lleno de vidrios estrellados. No eran malas personas, no eran maltratadores, no eran monstruos, pero no sabían quererse sin destruirse mutuamente.

            Pancho miró a su alrededor y no vio a nadie que le tendiese una mano. Necesitaba a toda aquella gente, pero no los tenía. Y no se sentía con fuerzas de volver a la vida sin su ayuda. No quería estar solo y tenía que hacer algo. Solamente había dos opciones: intentar recuperar a Arancha por todos los medios, porque con ella no podía vivir pero sin ella se sentía muerto, o buscar el calor de los amigos de siempre, de la familia, y tratar de cicatrizar con el bálsamo de su cariño. Pero es tan duro pedir perdón cuando uno sabe que se ha equivocado…

            Fue a buscarla. Llamó a su puerta, necesitaba ablandarla para que le aceptase de nuevo en su cama. Pero en el relámpago de su mirada furibunda al verle en el descansillo de la escalera ya no se vio reflejado. “Solamente venía a pedirte mis vaqueros de la suerte. Se quedaron en tu cesto de la ropa sucia, con las últimas sábanas que sudamos juntos. Adiós, Arancha”.

            Ya solo le quedaba un camino: el de pedir perdón a todos. Y cuando lo hizo se dio cuenta de que no era tan difícil, de que ellos estaban dispuestos. Nadie le había dejado de querer, la relación con los suyos era un gran oso en hibernación, y acababa de llegar la primavera por fin.


 
 
 
 

lunes, 25 de noviembre de 2013

EL EMBRUJO DEL JAZZ


            El joven estudiante de conservatorio quiso pasar aquel verano en Cuba. Era ya un buen saxofonista, apuntaba maneras como profesional, pero no quería ser solamente un gran intérprete de partituras: quería más. Dominar el arte de la improvisación, dejarse llevar, aprender a volcar el ritmo de sus venas en las entrañas del saxo y hacerlo vibrar, sonoro, seductor, mágico. Quería ver su propio compás en los pies y los hombros, en los movimientos de quienes lo escuchasen, notar cómo se dejaban llevar por su sonido, con media sonrisa en los labios, balanceando quizá la cabeza con cada pulso de su respiración musical. Y eso no lo iba a conseguir en las aulas.

            Decidido a desentrañar el hechizo del jazz y los ritmos latinos, Aitor embaló su saxofón Selmer, un instrumento que ya era casi una prolongación de sí mismo, hizo la maleta y compró un billete de avión para La Habana. Llevaba la cabeza llena de ilusiones y una lista en el bolsillo con los clubes en los que iba a empaparse de la música que quería hacer. Volvería a casa siendo mejor intérprete, porque para eso no solo es necesario escuchar mucho: hay que respirar el ambiente, las luces, los olores, estrechar las manos, ver las caras. Sentir. “Si no sientes, no transmites”. Eso decían los grandes, y Aitor estaba decidido a ser un grande.

            La edad de Alodia era una incógnita. Nadie sabía exactamente cuándo había nacido; su aspecto decía cuarenta y algunos, sus ojos decían mucho más, y la voz de su saxofón decía infinitos. Su sonido era el calor del ron añejo cubano, su ritmo era la más cálida salsa caribeña. Su jazz era tan auténtico como el que sale de los clubes más prohibidos de Nueva Orleans. Ella sola, fundida con su saxo en larguísimas sesiones de intuición y ritmo, de pensamientos pecaminosos, sensualidad e impulsos de algún rincón entre el corazón latiente y la piel sintiente, erizaba el vello de quien la escuchaba. Ella sola, al frente de su grupito de músicos, todos color de caña de azúcar igual que ella, todos ojos grandes y oscuros y llenos de misterios de la vieja Cuba, eran capaces de hacer sentir la música dentro hasta a las ratas de los callejones. Nadie podía ser indiferente a su sonido. Nadie, y Aitor no fue una excepción.

            Durante todo aquel verano fue, noche tras noche, a ver actuar a Alodia. Si algún día lograba tocar con la mitad de arte que ella lo hacía, si conseguía contagiarse de aquella manera de interpretar, sus expectativas se verían colmadas. Pero quiso más, porque noche tras noche esa forma que ella tenía de hacer vibrar las notas, aspirando en su pecho magro y oscuro el aire del club para llenarlo de su magia, haciéndolo pasar por el instrumento y liberándolo convertido en esa música única, hacía que Aitor desease tenerla más y más cerca. Anhelaba respirar ese mismo aire que salía de la campana de su saxo, y después deseó tocar aquellas manos, y besar aquella boca, y ser él un instrumento musical para que ella lo hiciera sonar del mismo modo. Se enamoró de aquella mujer de chocolate que le doblaba la edad como poco, porque en ella no veía carne, ni años, ni canas. Solo veía arte, música y embrujo.

            Le dijo que no cada noche, pero él volvió a la carga la noche siguiente, y la siguiente. No escuchaba las razones de ella, le daban igual. “Toquemos juntos, Alodia. Tú con tu saxo, yo con el mío. Improvisemos, juguemos, sintamos. Enséñame a fundirme con tu música, muéstrame el secreto”. Al fin, curiosa, sabia y febril, apuró su copa de ron viejo de Habana vieja y le siguió. “Una noche solamente, estudiante. Después, volverás a España y seguirás tu vida. Yo solamente vivo en la oscuridad, pertenezco al club en el que trabajo de tal forma que a veces me siento como parte del mobiliario. No sé hacer otra cosa que tocar, vivo para ser jazz, yo ya nací vieja, como esta ciudad. Tú necesitas horizontes, y yo soy carne de isla diminuta. Apréndeme, enséñate, y luego vete”.

            No hablaron más. Tocaron, improvisaron, se enredaron. La fusión latina y el ritmo se confundieron entre notas, dedos, labios, brazos, piernas, humo y ron. Con el alba, después de aquella sesión irrepetible, Alodia se esfumó dejando sobre la almohada, junto a la cabeza del joven agotado, el colgante que llevaba siempre sobre su pecho. Ese trozo de plata cincelado a mano es lo único que le dice a Aitor cada día que aquella noche existió de verdad, que no fue un sueño producto de los cubalibres y el humo de los habanos.

            Muchos le preguntan dónde aprendió a tocar de esa forma. Él siempre contesta que un fantasma de la Habana vieja le contagió su embrujo colgándole del cuello un amuleto de plata. Y, como los buenos cocineros con sus recetas magistrales, se calla los detalles escondiéndolos tras media sonrisa.

domingo, 17 de noviembre de 2013

SOCIOS


            Se conocieron en la facultad, y se hicieron amigos inseparables. Ramón y Román eran dos tipos de esos que se parecen tanto como un huevo a una castaña, y sin embargo son las dos caras de la misma moneda: no se entiende el uno sin el otro. Los dos estudiaron informática, y los dos se equivocaron. Pensaron que era la carrera con más salida, pero no tenía nada que ver con su talento natural, ni con lo que realmente amaban hacer.

            Ramón era bastante introvertido. Era feliz con sus papeles y sus lápices, dibujaba todo lo que le llamaba la atención, y tenía un ojo impresionante para capturar, en cuatro rasgos, la esencia de un rostro. Hacía unas caricaturas espectaculares en segundos, llenas de gracia y con un estilo único e inconfundible. Llevar en la carpeta uno de los dibujos de Ramón pronto se puso de moda en la facultad, lo que le llevó a pensar que su futuro no estaba precisamente en los ordenadores, sino en su bloc y en su lápiz Staedtler del número 2. Román, por el contrario, era de lo más extrovertido. Tenía el ingenio ágil y la lengua afilada, sacaba punta a todo, hacía chistes de todo. Sus chascarrillos circulaban de boca en boca por el campus, y pronto se extendieron a las redes sociales. Ligaba como un loco porque sabía cómo hacer reír a las chicas, y no tenía reparo alguno en levantarle la novia a los compañeros, actitud que le granjeó no pocos enemigos.

Una mañana se sentaron juntos en la biblioteca de la facultad. Repasaban los apuntes para un examen, y Ramón, nervioso, comenzó a dibujar en los márgenes de las hojas que tenía sobre la mesa. Trazó la cara de la chica de la mesa de al lado, una rubia con gafas que enviaba mensajes sin parar con el teléfono móvil. Román se echó a reír al ver que la caricatura tenía, además de unas gafotas enormes, los ojos saltones y veinte dedos en las manos, que reflejaban la rapidez con que la rubia tecleaba en su teléfono. No lo pudo evitar, y con su bolígrafo escribió bajo el dibujo:

“Pues sí, tía, he descubierto que si mezclas un Red Bull con un litro de café no duermes en dos días y escribes muchísimomásrápido, asíquetedejoquetengomuchoqueestudiar. Adiósporfavorquealguienmepare, queyonopuedooseamevaadaralgo…”

Ramón, al leerlo, no pudo evitar echarse a reír. Acababan de hacer su primera viñeta.
 En unos pocos años, Ramón y Román vendían sus tiras cómicas a varios periódicos del país. De los textos y diálogos se encargaba uno, y de los dibujos se ocupaba el otro. Les iba bien como socios, ganaban bastante para vivir y no se podían quejar de la marcha de su empresa. R&R Humor Gráfico, S.L. presentaba, año tras año, balance positivo, y los dos socios percibían los beneficios a partes iguales. Ambos se casaron y tuvieron hijos, y continuaron trabajando así, uno con las ideas y los chistes, el otro ilustrando, hasta que Ramón comenzó a quejarse. “No me parece justo el reparto de beneficios que hacemos. Tú  imaginas un chiste, lo escribes y ya está. Lo que para ti son cinco minutos, para mí pueden ser dos horas de trabajo dibujando, desechando bocetos, borrando y redibujando, pasando a limpio y repasando a tinta, hasta que estoy satisfecho con la viñeta. No es proporcional el esfuerzo de los dos. Tú deberías disminuir el porcentaje de dinero que recibes y yo debería aumentar el mío”. Evidentemente, Román no estuvo de acuerdo. “Yo pienso mucho cada frase, no me brotan todas tan rápido como parece. Además, ¿qué dibujarías tú sin mis ideas? Las viñetas no tendrían gracia sin la parte escrita. ¿Tú inviertes más tiempo? Pues dibuja más rápido. No consentiré que cobres más que yo”. Discutieron durante días por ese tema, y decidieron disolver su sociedad y trabajar cada uno por su lado.

            No tardaron demasiado en dejar de recibir encargos de las revistas y periódicos con los que colaboraban; los dibujos de Ramón ya no hacían reír a los lectores, y los chistes de Román, sin caricatura ni ilustración que los coronase, tampoco contentaban a quienes antes admiraban el trabajo de R&R. Al fin, uno de los periódicos, en su sección de “cartas al director”, publicó este escrito:

            “Había una vez un cuerpo humano que vivía feliz. La mano derecha hacía las labores propias de un diestro, y la izquierda las de apoyo y colaboración necesaria a su hermana gemela. Pero la derecha sentía que, a pesar que el cuerpo las cuidaba por igual, sus obligaciones eran más importantes que las de su hermana. La izquierda no escribía, no peinaba, no era fuerte. Ella llevaba todo el peso, y por tanto debía ser mejor cuidada, recibir más sangre, más crema hidratante, llevar mejor manicura que la otra, y con esos argumentos reclamó al cuerpo más atención. Entonces, la izquierda, dolida, dejó de trabajar. Y la derecha se dio cuenta de que ella sola no podía coger las ollas, porque el peso la vencía; tampoco podía vestir al cuerpo con la misma rapidez, se le resistían los botones, no podía atar el pelo en coleta si no estaba la otra para sujetar la mata de cabello mientras ella enrollaba la goma. Ni siquiera podía pasar la hoja del libro sin que su hermana lo sujetase, ni enhebrar la aguja, ni atar los zapatos. Al fin, la mano derecha tuvo que reconocer que todo era mejor, más fácil y más perfecto cuando derecha e izquierda trabajaban juntas. Ahora solo quedaba vencer el orgullo, reconocer el error y zanjar el asunto con un abrazo. O con un apretón de manos, en este caso”.

            A Román no le hizo falta pensar mucho para adivinar quién había escrito aquella carta. Hay muchas maneras de pedir perdón, y no necesitó más para volver a abrazar a su amigo de tantos años. R&R volvía a ser una realidad, se necesitaban, se querían, y no estaban dispuestos a que un porcentaje les hiciese perder ese vínculo tan especial que les unía.
             El dinero es importante, pero no tanto como para dejarnos aconsejar por él.




domingo, 10 de noviembre de 2013

¿QUÉ VOY A HACER CONTIGO?


            ¿Qué voy a hacer contigo? La verdad es que no he llegado aún a comprender tu actitud. Tú, tan dado a preverlo todo, tan planificador, tan previsor, tan de todo atado y bien atado… Menudo marrón tengo yo ahora encima. Y todo porque no te dio la gana de decidir lo que querías. Bueno, sí lo decidiste, pero tu solución era inadmisible. Nadie me hubiese perdonado si la hubiera puesto en práctica.

            Entiendo que aquel día en el médico recibimos un mazazo impresionante. Tú, porque te morías. Y yo porque me quedaba sin la mitad de mí, con los mandos de la nave y sin tu sabiduría a la hora de gobernarla. Ya sabes, siempre fui muy torpe para esto de los rumbos y las direcciones, incapaz de averiguar como tú lo hacías, al primer golpe de vista, dónde está el norte, el sur, el levante y el poniente. Tú tenías alma de Boy Scout, y yo la tengo de paloma mensajera discapacitada intelectual. Mi brújula no funciona, y ahora que te has ido me cuesta mucho encontrarlo todo. Pero no me quedan más narices que espabilar. “Fíjate bien en el camino que estamos haciendo, luego tendrás que hacerlo sola porque algún día quizá no pueda acompañarte”, me decías siempre. Creí que te referías a que estarías trabajando, u ocupado en algo ineludible, no a que ibas a morirte. Supongo que tú tampoco lo esperabas, pero mira, así de puta es la vida a veces.

            Sigo sin entender cómo pudieron ser tan canallas. Parece de chiste. “Caballero, cuando le operamos del menisco en esta reluciente clínica privada cometimos un pequeño error y le hemos contagiado de Hepatitis C. Es una cepa muy violenta. Visto su estado, le quedan a usted un par de meses. Vaya despidiéndose. Buenos días”. ¿Ves, cariño? Esto lo pones en “el club de la comedia” y triunfas más que la Coca-Cola. Si no fuera cierto, claro. Pero a nosotros no nos hizo gracia el chiste. Sobre todo a ti, que siempre fuiste tan optimista y tan templado, y yo creo que los dos meses se redujeron a uno porque el otro se lo comió el cabreo. Por eso, porque sé que cuando decidiste lo que querías que se hiciese con tus restos estabas poseído por la mala leche, es por lo que determiné no obedecerte. Siempre te he hecho caso en todo, pero esta vez no. Imagínate la cara de tus hermanos, de nuestro hijo, de tu padre, si salgo del crematorio con tus cenizas en una urna y al llegar a casa las vierto en el inodoro y tiro de la cadena, como tú dijiste. Coño, Víctor, que no eras un pez del acuario, que lo eras todo para mí. ¿Cómo se te ocurrió pedirme semejante cosa?

            Los de la funeraria me han dado muchas posibilidades. Colocarte en un columbario, ponerte un marco de fotos digitales para que tu sonrisa y nuestros momentos felices vayan desfilando uno a uno en cadencia de diez segundos. Caben hasta cuatrocientas instantáneas, se alimenta con fotocélula, una virguería. Pero no me ha convencido del todo: nuestros recuerdos no le importan a nadie, a tu muerte yo los heredo, son míos y del chiquillo, y de nadie más. Tampoco tiraré las cenizas al mar, tú le tenías alergia a la playa, casi más que a los gatos. Podría guardarlas en casa, podría enterrarlas en el jardín, hacerme un diamante con ellas… Me han ofrecido cantidad de soluciones, pero lo que yo quería, que era seguir durmiendo contigo cada noche y sonriéndote cada día, no me lo ofrece nadie.

            Ya sé lo que voy a hacer. Me han dicho que pueden repartir las cenizas en carcasas de pirotecnia, y por un módico precio hacer un bonito castillo de fuegos artificiales. Así, si invito a todos los que te queremos a ver el espectáculo, cuando disparen los cohetes tú te acercarás más al cielo, nos llenarás de luces y colores como siempre hacías, y el viento te repartirá sobre tu ciudad, la que tanto amaste y de la que nunca quisiste irte. Creo que esa es la mejor solución. Mucho mejor que la del váter, desde luego.

            Estos señores de los negocios funerarios se están modernizando como locos. Creo que no escribiré mis últimas voluntades de momento, porque para cuando yo me vaya seguro que han inventado un fin de fiesta espectacular, y eso es lo que yo quiero: que me veas llegar a donde tú estás como una reina, la primera vedette, la estrella. Tu estrella. Hasta entonces, ten paciencia, cariño, y no me olvides, que yo no lo haré tampoco.

jueves, 7 de noviembre de 2013

EL TEATRILLO DE GUIÑOLES


         En el cuarto de juegos de Eduardo había un teatrillo de guiñoles. Ya estaba en esa habitación cuando sus padres compraron la casa, y el niño al principio no le hizo mucho caso, aunque lo mirase con curiosidad cuando pasaba junto a él. En un baúl estaban las marionetas: el demonio, el héroe, la princesa, el viejo rey, el lobo, la bruja, el forajido malo… Pero no creáis que estaban quietos: cuando Eduardo estaba solo en el cuarto de juegos, si no se inventaba algún cuento para representar, las marionetas lo hacían solas. Para ellas era lo natural escenificar en aquel decorado de tela y cartón sus aventuras de engaños, amores, malos y buenos, brujas y demonios vencidos por el héroe, reyes que prohíben o que amparan, lobos que se apiadan de las ancianitas y las ayudan a cruzar la calle en lugar de comérselas con patatas… Eduardo las miraba, pero apenas se atrevía a meter la mano en aquellos guantes con cabeza, le daban un poco de miedo.

            A medida que el niño crecía, perdía poco a poco el reparo inicial hacia aquellos juguetes, e iba vislumbrando las infinitas posibilidades que le ofrecían: con ellos podía construir cuantos juegos quisiera, las normas solamente las ponía él, para eso el teatro de guiñol estaba en su cuarto de recreo. Así, el día que venía enfadado del colegio, jugaba a que el forajido malo era un profesor, y el rey, al que previamente despojaba de su corona para convertirlo en ministro, le quitaba las pagas extra y un porcentaje del sueldo. El figurado maestro protestaba, y entonces la bruja enviaba al demonio y al lobo a darle de palos al maestro con el rodillo de amasar de la cocina. Otros días, si estaba contento, casaba al mago con la princesa, y hacía un banquete de bodas divertido y original con el juego de café de su hermana pequeña.

            Cuando Eduardo cometía alguna travesura se escondía en el cuarto de juegos, sacaba las marionetas del baúl y esperaba a que llegara la reprimenda de sus padres. Entonces, en lugar de hablarles ni de disculparse, escenificaba para ellos en el teatrillo de guiñol su “particular explicación” de lo ocurrido. No había robado las galletas de su compañero de pupitre, como decía el director del colegio, sino que el héroe, que lo representaba a él, se comía las galletas del lobo, que hacía las veces de su compañero, porque al pobre lobito le daban alergia y de este modo protegía su salud. Así disfrazaba sus travesuras ante los demás con las más peregrinas e inverosímiles historias en las que él siempre era el bueno y los otros los malos. Él no había sido sorprendido fumando en el patio, el héroe había sujetado un momento el cigarrillo del demonio mientras éste se ataba las zapatillas. Él no había pegado a otro niño más pequeño, el héroe había defendido a la princesa del lobo malo que quería hacerle daño. Él no había cogido dinero del monedero de mamá, había sido el forajido, y el héroe no había llegado a tiempo de evitarlo, aunque sí de verlo.

            Llegó un momento en que Eduardo ya no hablaba con los demás. Solamente se expresaba a través de los guiñoles. Vivía en un mundo de mentiras, y las contaba tantas veces que al final casi llegaba a creérselas. Los muñecos, sin embargo, cada día estaban más enfadados con él. No les gustaba que los juegos inocentes del teatrillo de guiñol, pensado para aprender y entretener, se empleasen para manipular a los demás ni retorcer verdades. “No mentiremos más por ti”, le dijeron. “O juegas limpio, o no jugaremos más contigo”. Eduardo, que les necesitaba para seguir haciendo de su capa un sayo sin dejar de quedar como el héroe de la película, les amenazó. “Si no me obedecéis, estúpidas marionetas, os tiraré a la basura y compraré guiñoles nuevos”. Presas del miedo, la princesa, el rey, la bruja, el demonio y el forajido aceptaron sus normas. El héroe y el lobo no se doblegaron al chantaje del niño y acabaron en el contenedor amarillo.

            Durante un tiempo más, Eduardo usó el teatrillo de marionetas para contar a los demás lo bueno que era. Ahora la figura del rey le representaba a él (a falta del héroe, que se había convertido en un forro polar del Decathlón merced al reciclaje de plásticos), y seguía siendo el bueno, el salvador, el que todo lo hacía por ayudar a los demás. Pero lo cierto es que ya casi nadie le creía. Ni siquiera sus padres querían ver ya ninguna de sus representaciones. Había convertido la mentira en su modo de vida, las marionetas le obedecían por miedo, y nadie veía ya en él un héroe digno de confianza, sino más bien un forajido con disfraz de bienhechor.

            Cuando vio que ya no le servía a sus fines, Eduardo llevó el teatrillo a un solar y le prendió fuego. Y sus antiguas marionetas se sintieron por fin libres de aquel yugo del miedo que les vinculaba con Eduardo, libres para contar las verdades que escondieron, disfrazaron y callaron. Libres para mostrar la verdadera cara de aquel muchacho, esperando que al fin alguien le impusiera todos los castigos que merecía. Libres, pero sin teatro.
 

viernes, 1 de noviembre de 2013

CARAMELOS DE PIÑONES


            Las personas que gozan de una buena posición económica tienen, a menudo, grandes vicios. Casinos, compras compulsivas y caviar a cucharadas son excesos que solamente pueden permitirse algunas cuentas corrientes. Pero los pobres también tenemos nuestros “pecadillos”, no vayáis a creer. Aunque no son, desde luego, los mismos.

            Ella crio cinco hijos con un sueldo solo. En todos los comercios del barrio le fiaban, porque sabían que su honradez estaba fuera de toda duda, y en cuanto su marido traía el jornal a casa lo primero que hacía era liquidar todas las cuentas: la del panadero, la del carnicero y la del lechero. En su casa no se gastaba un céntimo en nada superfluo, no había margen para el ocio, ni para un helado en el parque, ni para tabaco, un taxi o un café en el bar. La ropa de los mayores se arreglaba para los pequeños, se aprovechaba todo, se remendaba todo, se reciclaba todo, se iba a pie a todos lados. La gran mayoría de familias, en aquel tiempo, vivían como ellos.

            Solamente había una cosa a la que ella no se podía resistir: los caramelos con piñones del Caserío de Tafalla. Cuando los hijos se hicieron mayores y comenzaron a trabajar su posición económica mejoró un poco, de modo que su marido pudo permitirse ir a tomar un vino al bar con los amigos de tanto en tanto, y ella hacerse la permanente en la peluquería cada tres meses, como las señoras. El cambio cualitativo en su vida fue enorme, y aunque siguieron viviendo en la misma casa hasta el final, sin calefacción, con cocina de carbón, un baño helado y simplicísimo, una televisión en blanco y negro minúscula y un par de sillones de mimbre en lugar de tresillo, aunque no se mudaron ni sustituyeron el colchón de lana por uno más moderno, ella pudo, de vez en cuando, regalarse una bolsita de aquellos caramelos que tanto le gustaban. Se los dosificaba para que le durasen más, y sucumbía a la dulce tentación con un cierto sentimiento de culpabilidad: se estaba gastando dinero en algo innecesario, algo que no compartía con nadie, que no era para sus hijos, y se sentía un poco egoísta por ello. Pero aquellos trozos de caramelo de dulce de leche con piñones eran tan delicados, tan deliciosos…

            La edad le trajo muchos problemas de salud, entre ellos una trombosis cerebral que dejó su mente como una pizarra en blanco. Hubo de aprender todo de nuevo, como los niños: andar, hablar, guisar, leer, escribir su nombre. Y lo hizo, porque era valiente y no quería ver a sus nietos y no poder nombrarlos y contarles un cuento, ni tampoco quería ver que faltase  un botón en la camisa de su marido y no saber cosérselo. Tiró adelante para no ser una carga, y consiguió volver a su acostumbrada eficacia como mujer de su casa, recordó cómo se hacían las albóndigas y sus legendarias roscas de anís. Hasta teresitas como las de antaño volvieron a salir de sus manos ancianas. Pero su salud no dejaba de ponerle trabas. Una de ellas, el azúcar. “Prohibidos los dulces, Lina”. Y ella agachó la cabeza ante el médico mientras pensaba en la bolsita de caramelos empiñonados que tenía guardada en su mesilla de noche. El placer de comerlos, que hasta entonces era solo una concesión al lujo y un pecadillo de gula, se convirtió en un acto aún más furtivo: un riesgo, algo que no debía hacer. Y eso los hizo, a sus ojos, aún más irresistibles.

            Cuando podía escaparse a la vigilancia familiar, se compraba un puñadito y los escondía en el armario, entre la ropa de cama limpia y planchada. Allí donde su marido no los buscaría. Algunas veces, mientras faenaba por las habitaciones, metía la mano bajo las sábanas dobladas, sacaba un caramelo y lo guardaba en el bolsillo de su mandil. Al comerlo deprisa por si era sorprendida, la pasta dulce se le pegaba a la dentadura postiza y la tenía rechupeteando media mañana. Aún recuerdo su aire de niña cogida en falta cuando yo le encontraba el envoltorio vacío, arrugado y crujiente, envuelto en el pañuelo que guardaba en su bocamanga. “Abuelita, el médico te ha dicho que no puedes comer dulces”. Pero lo que más dulce tenía en esa momento no era el paladar, sino la mirada. Por eso algunas veces incluso yo se los iba a buscar a la tienda y se los daba por debajo de la mesa, como una travesura a medias.

            Aún los compro. La misma marca, el mismo caramelo, y no han cambiado nada. El mismo sabor que a ella le encantaba, el mismo olor que despedían sus besos. Mi padre y yo los compartimos, y solemos hacerlo a escondidas, porque eso es parte de su encanto: comerlos como lo hacía ella, como un placer furtivo, de tapadillo, de estrangis, de estraperlo. Con su mismo aire de travesura en la mirada y la misma sonrisa de placer inconfesable.

            Hoy es el día de Todos los Santos, y ella fue la primera persona amada que se marchó de mi mundo para no volver, de modo que cada año mi primer recuerdo del día es para ella. Te sigo echando de menos, abuelita. Un beso.
 
 

martes, 29 de octubre de 2013

LA LATA DE GALLETAS


            La primera lata de galletas de mantequilla que Verónica compró con el dinero de su hucha tenía dibujos de rosas. Rojas, amarillas, blancas, anaranjadas, y cómo no, rosas rosas, rosas al cuadrado. Era rectangular y grande; compartió con su abuela y con sus hermanos el contenido de la caja de lata, porque no la había comprado en realidad por los dulces que contenía, sino más bien para darle uso al continente. Acababa de conocer a un chico con el que no dejaba de soñar desde que sus miradas se cruzaron a la puerta del instituto, y esperaba guardar en la caja los recuerdos de esa incipiente relación. Tenía quince años recién cumplidos.

            A la caja fueron a parar billetes de autobuses que tomaron juntos para ir a la playa, la colilla de un cigarro que él fumó y que ella guardó para tener la huella de sus labios en algún sitio más que en los propios, una margarita que se secó dentro de un tomo de enciclopedia y que él arrancó para ella durante un paseo por el parque, una foto de los dos en que ella sonreía feliz y él miraba hacia otro lado. Dos meses de ilusión que se volatilizaron en cuanto otra estudiante con las tetas más grandes le hizo ojitos. El llanto le duró a Verónica casi más que la relación, pero al fin superó el primer desengaño adolescente y quemó el contenido de la caja en la barbacoa del patio. En la lata de galletas plantó menta piperita para las infusiones de la abuela y los caldos de puchero.

            La segunda lata de galletas que compró era redonda y azul, con dibujos de autobuses rojos de dos pisos, cabinas de teléfono londinenses y soldados de uniforme con enormes sombreros negros y postura rígida. Acababa de conocer al hombre de su vida en una discoteca, él la invitó a una fanta nada más verla, era tan guapo, tan moreno, tan alto, tan galante… A los dieciséis años, desde luego, tenemos en la mirada una especie de extraña lupa que distorsiona nuestra percepción. Guardó en la caja un pétalo de la única rosa que él le compró, un papel de caramelo mentolín, de los que él se comía para disimular el aliento a whisky barato y canuto antes de besarla, unas entradas de la única vez que fueron al cine en todo el año que estuvieron juntos (la película de guerra la escogió él, las entradas las pagó ella) y el papel rasgado del primer preservativo. Ni una foto, ni una tarjeta, ni una carta, ni nada más. No era, desde luego, el apuesto y detallista galán que ella suponía, porque desde aquella fanta discotequera rara fue la vez que de su bolsillo salió un duro para nada que no fuera a consumir él. Después, ya os lo podéis imaginar: despareció el moreno y se llevó la lupa, de modo que Verónica vio por fin su auténtico rostro. Un poco tarde, pero bueno. Le costó casi otro año recomponerse, y a la hora de quemar los recuerdos, con una triste cerilla tuvo bastante. En la lata plantó una albahaca, hierba que purifica y limpia el aire a su alrededor, y aromatiza estupendamente las ensaladas Caprese.

            Al cumplir los veintiún años, Verónica tenía en el patio, además de la menta y la albahaca, una lata amarilla con una planta de romero, otra roja con salvia y dos más, rectangulares y decoradas con dibujos de sellos y matasellos de todo el mundo, en las que crecían el cebollino y perejil. Había quemado muchas cosas: fotos, cartas, tickets, dos plantones, el envoltorio de un bombón, una amenaza, las entradas rotas de un concierto de Sabina, un bofetón y la nota de “perdóname” fingido que no aceptó. Seguía soltera, pero ya entonces sabía perfectamente todo lo que jamás le iba a permitir a un hombre que quisiera ser su pareja. Además, sus guisos olían de tal modo que, al pasar ante la ventana de su cocina, todos los vecinos se quedaban olfateando un rato, tratando de imaginar qué deliciosos sabores tendrían esos platos cuyos efluvios inundaban la calle entera.

            Con veintidós años se casó. Él era un chef de prestigio que se enamoró de su arte para aromatizar los platos con las plantas de su patio. Juntos montaron un restaurante que aún, veinte años después, funciona a las mil maravillas, igual que su relación. Verónica guarda los recuerdos de los dos en un baúl, porque ya no encontró lata de galletas tan grande como para acumular todos los detalles, las atenciones con que él la colmaba a diario, las notas de cariño, las flores, las fotos de vacaciones, los teatros y conciertos que disfrutaron juntos… Por cierto, el restaurante se llama “DAME LA LATA”. Si pasáis delante, no lo dudéis y entrad. Saldréis sabiendo que en el amor, como en la cocina, los tropezones del pasado construyen los aciertos del presente.
 

domingo, 27 de octubre de 2013

BENDITAS TABLAS


            Desde que me metí en este jardín de rosas, espinas, madreselvas y plantas varias de diversa índole que es el mundo de la escritura, me han ocurrido muchas cosas que han ido cambiando mi modo de ver la vida. Una de ellas pasó justo ayer, y quería contároslo antes de que la sensación se me borre de la piel, pese a que la huella de dentro no creo que se me borre nunca. Es algo que tiene que ver con las “primeras veces”, que son las que abren caminos en nuestra existencia. Después de esos debuts más o menos afortunados, decidimos continuar por los nuevos senderos recién descubiertos o no hacerlo, y la elección dependerá de lo satisfactoria que fuera esa primera experiencia. O de nuestra propia cabezonería. Que en mi caso es mucha. Muchísima.

            Reconozco que Talía y yo no hemos tenido una gran relación hasta ahora. Estoy refiriéndome a la musa del teatro, no a la cantante mexicana, obviamente (era una metáfora, por si no os habíais dado cuenta). Solamente un par de veces, una en Madrid, otra en Valencia, me había inclinado por el teatro en lugar de hacerlo por la música, que suele ser mi primera opción. Ninguna de esas dos ocasiones estuvo mal, pero tampoco sentí lo que esperaba sentir. No acerté con las obras, o no estaba de humor, o qué sé yo. La primera vez fue como cuando tienes la primera experiencia con el sexo: lo imaginaste maravilloso, lo esperaste emocionante, explosivo, satisfactorio, y luego resulta que no lo es. Haces un segundo intento y aún te deja más frustrada que el primero, y piensas: “será que esto no se hizo para mí”. Y lo único que pasó fue que equivocaste la técnica, o la pareja, o ambas cosas. Ahí es donde entra el factor “testarudez”: si eres muy capricornio, volverás a intentarlo. Si no lo eres, lo dejarás correr, y a otra cosa, mariposa.

            La semana pasada, por circunstancias casuales que ahora no vienen al caso, conocí a una actriz. Bueno, en concreto conocí a dos, pero de la otra ya os hablaré en otro relato. A esta la había visto mucho en televisión, siempre me pareció un pedazo de hembra de armas tomar, con una imagen personal tremendamente atractiva, segura, decidida, muy alejada de la mía propia. Su trato (el poquito que tuvimos) fue encantador, habló de la obra que estaba representando y, ¡oh, casualidad!, esta semana venía a Valencia. Después, una de mis más fieles lectoras me propuso que fuéramos juntas a ver la función, y pensé: “bueno, pues iremos, a ver qué tal”. La entrada, ya que estamos dispuestos a contarlo todo, gracias a nuestros amados políticos y a su IVA de lujo para la cultura, no salía barata, pero me la pagó una lectora de Barcelona a la que le escribí un cuento. Solamente quedaban de gallinero o de primera fila. A pie de escenario. Allá fuimos.

            Benditas tablas. Ahí estaban, Ana Milán, Fernando Guillén Cuervo, y nosotras casi a sus pies, expectantes. Comenzó la obra, “El diario de Adán y Eva”. Y llegó. Llegó lo maravilloso, lo emocionante, lo explosivo, lo satisfactorio. Llegaron las miradas, la química, llegaron la risa y el llanto, las palabras que siempre deseé escribir, los sentimientos que esos dos monstruos de la actuación supieron hacernos experimentar a todos. Y llegó el temblor, y el vello de punta, y el suspiro, y el escalofrío, y el cálido placer antes buscado y nunca, hasta ahora, encontrado. Llegó Talía y se sentó a reinar ante nosotros mientras ellos, Adán y Eva, Felipe y Catalina, Ana y Fernando, nos sacudían sin tocarnos con sus voces, sus manos, sus gestos, sus ojos clavados en los del otro destilando el más tierno, el más hermoso de los amores conocidos.

            La tarde de ayer quedará marcada en rojo en mi calendario personal como el momento en que descubrí dónde está la auténtica magia del teatro. Prometo ya nunca volver a dudar de ti, Talía. Y a ellos, a Felipe y a Catalina y a ese último abrazo que llenó mis ojos de lago y me dejó completamente “touchée”, les doy las gracias. Para mí ellos serán siempre los rostros que me hicieron enamorarme del teatro.