jueves, 24 de enero de 2013

A CADA UNO, LO SUYO


            Hoy se ha sabido de la muerte de Sor María Gómez Valbuena, imputada en el caso de robo de bebés, y acusada directamente por muchas madres, a las que arrancó a sus hijos de las manos para luego entregarles un legajo de aborto falso y vender las criaturas a familias con dinero. Al hilo de esa noticia, hice un comentario en Facebook que dolió a alguno de mis amigos. Uno en concreto, al que aprecio mucho, se entristeció porque la iglesia católica solamente es noticia cuando se destapa el caso de algún cura pedófilo, o de alguna monja como Sor María, y jamás se habla de la buena labor que la mayoría de religiosos y sacerdotes católicos hacen.

            Siempre me gustó ser justa, y dar a cada uno lo suyo, de modo que hoy he decidido hablar sobre eso, y contaros mi experiencia.

            Cuando era jovencita trabajé durante años en una residencia de ancianos. Las auxiliares éramos externas contratadas, pero las enfermeras, una por planta, eran todas carmelitas misioneras. Salvando la distancia generacional que nos separaba (la mayoría de ellas me sacaba entre cuarenta y cincuenta años por entonces), que hacía que en algunos aspectos mis opiniones y las suyas difiriesen un tanto, debo decir sin faltar a la verdad que fueron las mejores maestras que hubiera podido encontrar.

            Como enfermeras eran, desde luego, maravillosas. No eran de las que dejaban el trabajo sucio al que viniese en el turno siguiente (cosa que sí hacían muchos de mis compañeros seglares), limpiaban, curaban y cuidaban día y noche. Tenían a su cargo docenas de ancianos, algunos deficientes mentales, y un puñado de personas jóvenes sin movilidad por tetraplejias accidentales, artritis anquilosantes y otras enfermedades. Si algo te ordenaban hacer era siempre porque lo consideraban necesario, y trabajaban tanto como los contratados. Yo las he visto ponerse al tajo sin una queja después de pasar la noche velando a algún anciano que iba a morir, y si habían de ausentarse dejaban junto a ese lecho a alguien de guardia, para que nadie tuviera que morir solo.

            De ellas aprendí que, cuando se trabaja con seres humanos, a veces hay que doblar turnos sin pedir contrapartida, porque aquellos a los que cuidas te necesitan. Aprendí también que, en ocasiones, hay que acompañar un rezo, aunque no sea tu obligación, para guiar el de alguien que sí cree y necesita tu ayuda para recordar las palabras de una oración, perdidas en los vericuetos de su mente senil. Las recuerdo, con sus batas blancas, desbridando llagas, luchando contra el dolor cuando ya la muerte esperaba en el pasillo de algún paciente, y si alguna vez me llamaron la atención por algo, jamás fue por capricho, sino porque tuve algún descuido en mis funciones.

            Recuerdo a la Hermana Jesusa, trabajando a jornada completa siendo ya septuagenaria, a la Hermana Mercedes, con su buen humor, bromeando con los residentes, y a la Hermana Amalia, menuda y dulce, pero laboriosa como una hormiga. No olvidaré a la Hermana Margarita, que tanto me defendió de algunas malas compañeras, y que hacía temblar el piso cuando llegaba con su hablar recio y su risa sonora. Ella, que había estado muchos años trabajando como misionera en las zonas pobres del Perú, nos contaba a menudo cuántas veces daba las patatas a las jóvenes madres sin recursos a las que recogían en su Misión, y ella se comía las pieles hervidas con un poco de sal, porque no había nada más en la despensa.

            Aquellas mujeres, aquellas admirables y buenas mujeres, me enseñaron muchas cosas con sus manos y su ejemplo, cosas que no hay en los libros de enfermería. Sabían escuchar y comprender, y también imponerse si el caso lo requería. Decían las verdades sin tapujos ni pelos en la lengua, y atendían igual, con la misma dulzura, a ricos que a pobres. Exigían limpieza escrupulosa y trato humano a cuantos trabajábamos allí, y vestían con la misma delicadeza y cariño a los vivos que a los que fallecían. Si a una mujer le gustaba arreglarse, aunque no fuera a salir de la residencia, el domingo se le ponía el collar de perlas y se le pintaban las uñas. Si un caballero gustaba de llevar corbata, se le vestía con ella, aunque fuera poco práctica. “Son residentes, no presos. Se deben respetar sus gustos”. Ellas daban sentido a lo que llamamos “caridad cristiana”, eran un ejemplo verdadero de entrega a los demás, y siempre las admiraré por ello.

            En todos los rebaños hay ovejas negras, y eso no debería empañarnos la visión de las que no lo son. Por eso he querido que protagonizasen la historia de hoy las ovejas blancas, las que hacen que mucha gente sufra un poco menos, las que ayudan, las que practican la misma bondad que predican. Hablemos también de ellas alguna vez. A cada uno, lo suyo.

1 comentario:

  1. Que así sea.
    Hace ya muchos años, siendo muy jóven trabajé con monjas y muchas de ellas eran tal como cuentas, pero tambien es verdad que había otras... en fin, que supe lo que era la maldad con el resto.

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