lunes, 28 de enero de 2013

AGUJEROS


            Hace unos pocos años, tuve que entrar en quirófano para extirparme un quiste de grasa, bastante evidente, que se me había formado en un brazo. Por entonces tenía yo una criatura de tres años y otra de un mes escaso, a la que di de mamar en la sala de espera cuando estaba a puntito de pasar a cambiarme, de manera que cuando acabase la cirugía pudiese llegar a tiempo de darle la siguiente toma (y evitar el escándalo de berridos, porque la señorita no tenía espera a la hora de exigir ración de teta).

            Tengo que decir que estaba ese día yo bastante molesta. Los puntos de ese sitio que todas sabemos (las que hemos parido los conocemos uno a uno) aún me molestaban, la subida de la leche todavía me era dolorosa, por no hablar de las grietas que no acababan de cicatrizar y aún sangraban en cuanto mi gordita comilona comenzaba a chupar. Para más recochineo, tenía que asistir a un entierro a última hora de la tarde, de modo que, cuando me puse la bata, los patucos y el gorrete, no estaba, precisamente, ni tranquila ni de buen humor.

            En una sala de espera estéril y helada estuve, sentada en un taburete, casi una hora. A mi lado vino a colocarse una chiquita de catorce años, a la que el ayudante de quirófano le dio la bata y las indicaciones: “quítate todo, incluidos pendientes y piercings”. Ella, tan tranquila, preguntó: “¿el de la lengua también? Es que me lo hice hace dos semanas y aún no ha cicatrizado, si me lo quito no me lo podré poner de nuevo yo sola”. El enfermero y yo nos miramos. “Déjate ese, no pasa nada”. Y se fue, mientras yo, disimuladamente, miraba a la poco-más-que-niña quitarse el del ombligo, el del pezón izquierdo, uno en el labio superior, dos de la nariz, seis o siete de las orejas y otro del… bueno, de ahí.

            Comparé su situación y la mía. Ella catorce, yo veintiocho. Ella con sus adornos en los mismos sitios en que yo lucía recientes grietas, estrías, inflamaciones y puntos de sutura. Pensé en el ombligo de mi bebé, que se había infectado y aún necesitaba tratamiento de pomadas y antibióticos para terminar de cicatrizar; recordé mi preocupación por que le quedase bien, por que no se le herniase ni le diese problemas de mayor, y no pude dejar de compararla con la despreocupación de aquella mozalbeta llena de agujeros, cuya madre quizás pasó el mismo calvario para curar su ombligo, y todo para que ella luego se lo pusiera como un colador. No me dio pena ella, que sarna a gusto no pica. Me dio pena su madre.

            La vi temblar. Iban a quitarle dos quistecitos, similares al mío pero bastante más pequeños y superficiales, de una pierna. Le pregunté si tenía frío. “No. Nunca he entrado en un quirófano. Tengo miedo”. Creo que se mosqueó un poco porque me eché a reír a carcajada limpia; era lo que me faltaba por oír ese día. “¿Te dejas agujerear por todos los sitios, de manos de quién sabe qué sujetos, tatuadores, piercingueros, o quien sea que pone esas cosas, en quién sabe qué condiciones higiénicas, y ahora tienes miedo? ¿En qué estáis pensando los jóvenes de ahora?”. Para qué preguntaré. Su respuesta me dejó tiesa.

“Pues pienso que, para celebrar los quince, que los cumplo dentro de tres meses, me voy a hacer un tribal en la base de la espalda”

            Toma ya, Kas manzana. A la otra, vuelves a ser curiosa.

Deseé que el tatuador al que acudiese tuviera la suficiente mala leche como para grabarle en la antesala de su trasero un tribal que significara “EL MÁS TONTO DE LA TRIBU”. ¿No querías caldo? Pues toma dos tazas.

            El día de mañana, cuando mis hijas crezcan, seguramente llegará un momento en que me planteen que quieren hacerse algún agujero suplementario, o un dibujo indeleble y ridículo que estropee esas pieles blancas que tanto me ha costado criar. Con toda probabilidad, discutiremos y se lo prohibiré. Y luego ellas harán lo que les dé la gana. Ay.

            ¿Alguien me presta su hombro? Necesito llorar un rato.

2 comentarios:

  1. No llores por eso mujer, yo a los quince gastaba una docena de pendientes en orejas y ceja, jejejeje. Ahora sólo conservo cuatro, dos en cada oreja y un tribal estupendo en una pierna de un dragón, ¡qué tiempos aquéllos!

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  2. Creo que con la excelente relacion que tienes con tus hijas y el gran don del dialogo que teneis,seguramente no llegareis al punto de discutir sino de razonar....pero aqui tienes mis dos hombros para lo que necesites!besos

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