lunes, 7 de enero de 2013

BASCULITIS


Yo ya lo venía sospechando, pero no lo quería ver. Es como cuando estás enamorado, que miras al otro y su nariz te parece preciosa, sus labios dulces y maravillosos, y sus ojos los más azules (negros-verdes-marrones-grises-elija la opción más adecuada a su caso) del mundo mundial, todo es mágico y estupendo, y luego, cuando el tiempo pasa, te preguntas cómo es que no viste la verruga que tiene en el cuello (cosa más gorrrrrrda, cristiano), o que le salían pelos de la nariz y las orejas, o (pongan ustedes aquí lo que cada uno haya encontrado en su media naranja o limón). No son cosas que importen demasiado, no se deja de querer a nadie por asuntos así ni mucho menos, pero… bueno, eso estaba ahí, y no lo viste. ¿Por qué? Porque el amor nos ciega.

A mí este año me han cegado las navidades. Solo vi la anguila de mazapán de mi madre, la comida anual con las otras dos componentes del “trío calavera”, la cena con la banda. Solo vi el almuerzo del día de la lotería (tradicional donde los haya), el cava brut para celebrar la salud (o sea, que la lotería no nos dejó ni el reintegro), la cena de Nochebuena (buena, buena, buena), la comida de Navidad (¡olla! Ñaaaaaaaaaaaam…), el “subid un minuto y brindamos por las fiestas” (dos horas después aún estás dándole a las peladillas, al “ande, ande, ande” y a la sidra achampañada porque el cava se acaba). Solo vi mi tartita de cumpleaños (los cuarenta no se cumplen más que una vez en la vida, hay que celebrarlos), el “unas cervezas y nos vamos al cine”, el “unas cervezas antes de irnos para casa”, el “unas cañas, que no nos vemos más que una vez a las mil, y es Navidad”. Si ya hasta las uvas de Nochevieja te las dan en almíbar, que engordan el triple… ¡Y vengan nueces y avellanas y castañas y de todo! (¿no sería yo ardilla en una vida anterior?) Pues eso, solo ves lo agradable de la compañía, lo rico que está todo, lo bien que te lo estás pasando. La verruga en el cuello no la ves. Esa la descubres el día 7 de enero cuando te levantas. Es gorda, marrón y llena de pelos. Y se llama “basculitis”.

Esta mañana he tenido yo un ataque de eso. Ha sido terrible, me he subido a la báscula y la muy puñetera se ha puesto a chillarme como una posesa: “Estás goooorrrrrrrdaaaaa, gooooorrrrrdaaaaaa, gooooooorrrrrdaaaaaaaaa como jamás lo has estado desde que te conozco. Ni preñada a tope has llegado a pesar esta barrrrbaridaaaaaaaaaad”. ¡Ha sido horroroso! “Estás como un tonel, vale la pena saltarte antes que rodearte”. Entonces, la mala pelleja le ha guiñado un ojo al espejo, y éste me ha enseñado todas las carnes sobrantes que me cuelgan por aquí, por allá y por acullá. Las he visto hasta sin gafas, que me las había quitado (para pesar treinta gramos menos), así que me he vestido corriendo para alejar de mi vista semejante abundancia michelínica, y me he ido a caminar deprisa, resollando como una morsa ártica.

Yo lo sabía, pero no lo quise ver. No hasta que terminasen las fiestas. Todos los años me pasa lo mismo, pero cuanto mayor me hago, más se acentúa esta tendencia. Creo que voy a llamar al Doctor House para preguntarle si conoce algún tratamiento de choque milagroso contra estos ataques de “basculitis” que me aquejan. Mientras tanto, más vale que me ponga, una vez más, a dieta.

El año que viene, cuando se acerquen las navidades, voy a exiliarme voluntariamente en algún refugio perdido en la montaña hasta que pasen, y solamente tendré en la despensa agua mineral, acelgas, lechugas y pollo a la plancha. Y, para los excesos, atún de lata. Al natural, eso sí, sin aceite ni nada. Así conseguiré evitar los terribles efectos de la “basculitis” aguda que me persigue implacable. O eso, o saco el martillo y le hago un “trabajito fino” a la báscula, de modo que el trozo más grande que quede de ella quepa por el agujerillo de un sacapuntas.

Os dejo, que voy a preparar la cena. ¡Marchando una de espinacas hervidas, huevo duro y yogur desnatado! ¡Oído cociiiiiiiiiiinaaaa!!!!

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