miércoles, 2 de enero de 2013

DIFERENCIA DE CRITERIOS


Fernando creció rodeado de mimos. Como dicen por aquí, él pedía agua y sus padres le construían un pozo. El día que no quería ir al colegio, no iba. “Mamá, me duele la barriga, no puedo ir a clase”, y ella, angustiada, llamaba a su médico particular para que viese al chaval. Hacía bailar a su padre al son que él tocaba: juguetes caros, ropa de marca, caprichos… Papá ganaba mucho, no había problema. Poseía grandes extensiones de naranjos, tenía mucha gente trabajando para él, era rico, y el dinero está para gastarlo.
A los catorce años, el niño sin límites pidió un ciclomotor. “Solo he suspendido cuatro, me lo merezco”. A los dieciocho, un coche y el carnet. Ni siquiera terminó el bachillerato. ¿Para qué? No iba a necesitarlo, era hijo único, el viejo algún día se jubilaría y se moriría, y él pasaría a ser el dueño de todo. Ya se pondría al día de cómo funcionaba el tema de los naranjos cuando se tuviera que hacer cargo. “Papá tampoco tiene carrera universitaria, y si no le ha hecho falta a él, ¿por qué habría de hacérmela a mí?”  De momento, y hasta que “el viejo la palmase”, podía ir gastando parte de aquello que iba a heredar.
Los padres de Fernando comenzaron a preocuparse seriamente cuando ya no había remedio. Pedía dinero continuamente, fumaba porros, metía mujeres en casa sin ningún pudor. Si le negaban lo que quería, les gritaba y les insultaba, daba igual lo que fuera: una camisa nueva, otro coche, mil euros para pasar la semana… A cambio, no daba ninguna explicación de lo que hacía. Entraba y salía cuando le daba la gana. Los padres, que eran bastante mayores, se miraban angustiados; cuando les dieron el niño ya habían cumplido los cincuenta, ahora sobrepasaban los setenta y le tenían miedo a su propio hijo. El abogado al que le habían pagado por “agilizar la adopción” les dijo que su madre era una joven soltera que no quería hacerse cargo de él, pero quizá aquella chica, o el padre natural de la criatura, tenían alguna enfermedad mental, porque ¿cómo se explicaba que, habiéndole procurado los mejores colegios y la mejor alimentación, el chico hubiera salido tan “bala perdida”? ¿Por qué, después de dárselo todo y desvivirse por él, les trataba tan mal? ¿Por qué sólo les hablaba para pedirles dinero, por qué desaparecía durante días y volvía borracho, por qué no les respetaba, por qué…? Seguramente su padre biológico era alcohólico o algo peor, o quizá su madre era una prostituta, o vete tú a saber, y el chico había heredado esa manera de comportarse despótica y disoluta.
Cuando Amalia se puso de parto de su primer hijo no estaba casada con su pareja. Vivían juntos, pensaban que no les hacía falta pasar por el altar porque su unión era sólida. Cuando la monja vino a decirles que aquel bebé rollizo que acababa de parir había muerto, se abrazaron llorando. “Eres joven, tendrás más hijos. Además, eres soltera, y no tienes dinero, porque si no habrías ido a tenerlo a una maternidad privada. Casi se podría decir que la muerte del bebé te evita un serio problema”. La miraron sin poder creer lo que oían. Les estaba diciendo que no merecían ser padres por ser pobres y no estar casados por la Iglesia. Ni siquiera les dieron el cuerpo del niño, “nosotros nos hemos hecho cargo de enterrarlo”. Todo era confuso y terrible, intentaron protestar, pero solo encontraron puertas cerradas, hermetismo y amenazas veladas.
Se casaron al año siguiente, pocas semanas antes de tener a su segundo hijo. Fueron a que les asistieran el parto a otro hospital, porque el recuerdo de la experiencia vivida con el primer bebé había sido traumática. Nació sano, y un par de años después tuvieron una pareja de mellizas. Vivían con lo justo, trabajaron duro para que todos los chicos pudiesen estudiar; ellos ayudaban en casa, trabajaban en verano haciendo pequeñas cosas para ayudar a costear la vuelta al cole, y así aprendieron bien pronto lo que cuesta ganar un euro, de modo que lo pensaban bien a la hora de gastarlo. Eran una familia feliz y muy unida, se querían, se respetaban, y nadie pudo nunca decir de ellos nada malo. Amalia hablaba a menudo a sus hijos de aquel hermano que murió nada más nacer, porque no podía olvidarlo.
Fernando se mató con su nuevo coche, y con él su mejor amigo y las dos chicas que les acompañaban. Todos iban de alcohol y cocaína hasta arriba. Cuatro familias quedaron deshechas. Con setenta años largos, sus padres adoptivos sufrieron un enorme dolor, pero también experimentaron cierta sensación de alivio. Ya no les amenazaría más, ya no tendrían miedo del hijo que criaron. Nunca pensaron que ellos habían sido los responsables.
“No hacíamos nada malo”, dicen. La monja, el médico, el abogado. Ellos decidían quién no merecía un niño y quién sí. Quien estuviera casado por la iglesia y pudiera pagar bien era un buen candidato. Solteras (“le quitamos un problema”), pobres (“¿con qué iban a criarlo?”), madres de familia numerosa a las que les llegaba otro hijo más (“unas tanto y otras tan poco”), madres de gemelos (“así están mejor repartidos”)… Ellas no merecían la bendición de un bebé. Las mujeres con dinero que no podían concebir les darían mejor educación y mejor vida. “No hacíamos nada malo”. Sí, claro, por supuesto que hicieron algo malo. Se creyeron dioses, y destrozaron muchas más vidas que las de aquellas madres.
Educar a un hijo es muy difícil. Aprender a hacerlo es una de las muchísimas cosas que el dinero no puede comprar.

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