viernes, 25 de enero de 2013

EL MONSTRUO


            Se despertó de improviso, en mitad de la noche. Un ruido extraño la había sacado de su sueño. Sentía la cabeza abotargada, la lengua confusa, como si la hubiesen drogado. Quiso levantarse para averiguar qué estaba pasando, pero no fue capaz: estaba atada a la cama con unas ligaduras tan fuertes que no pudo más que patalear boca arriba, como una cucaracha a la que algún crío travieso hubiese puesto al revés para verla sufrir.

            Miró a su alrededor; estaba en su habitación de siempre, pero sus captores, fueran quienes fueran, se habían llevado su cama de matrimonio, y la habían sustituido por el camastro al que estaba atada. Su marido tampoco estaba. Sintió miedo. ¿Y si los secuestradores le habían hecho algo malo? ¿Por qué se lo habían llevado, dejándola a ella allí, sola, encerrada y sin poder ayudarle?

            Su mente trataba de desperezarse de la niebla de los narcóticos. ¡Sus hijos! ¿Dónde estaban sus hijos? Dormían, un rato antes, en la habitación de al lado. Sus preciosos niños… No les oía gritar, ni llorar. El pequeño Daniel, que se hacía pis en la cama casi todas las noches, solía ir a refugiarse a la de sus padres en cuanto se notaba mojado, pero esa noche no había asomado su carita a la puerta de la habitación. Una puerta que ahora estaba cerrada, cuando ellos jamás la cerraban. Una terrible angustia se apoderó de ella. ¿Qué les habían hecho a sus hijos?

            Comenzó a gritar pidiendo ayuda. Tal vez la oyese algún vecino, aquel edificio siempre había sido como una gran familia. Seguro que alguien la escuchaba y llamaba a la policía. Una sombra oscura entró a la habitación. “¡Cállese!”, le ordenó. Pero no se iba a callar, no se podía callar, y siguió gritando. “¿Qué habéis hecho con mis hijos? ¿Qué queréis de nosotros? No tenemos dinero, os habéis equivocado de casa. ¿A dónde habéis llevado a mi marido? Si le habéis hecho daño os lo haré pagar muy caro. ¡Criminales! ¡Asesinos!”.

            La sombra oscura le hizo tragar una cucharada de algo muy amargo; intentó resistirse, pero fue inútil. La droga la dejó fuera de combate, y apagó sus gritos en unos minutos. Otra sombra oscura entró y la miró. Alargó las manos tratando de arañarla, pero las fuerzas la abandonaban, y al fin, derrotada, se quedó dormida.

            Volvió a despertar entrada la mañana. Estaba sucia y mojada; seguramente aquella gentuza, aprovechando que estaba narcotizada, habría hecho con ella quién sabe qué porquerías. Tenía la boca seca. Su marido y sus hijos seguían desaparecidos, y ella continuaba cautiva, amarrada a aquella cama. Comenzó a gritar de nuevo, y una mujer desconocida entró en la habitación. “¡Dejadme salir de aquí! ¡Quiero ver a mi marido y a mis hijos!”. La mujer le dijo que sí, que no se preocupara, pero mentía; la liberó de sus ligaduras, la ayudó a sentarse en la cama y comenzó a desnudarla. Ella se resistió con todas sus fuerzas, pero la otra no cedió; la obligó a ir hasta el cuarto de baño completamente desnuda y trató de meterla en la bañera. Era el momento de escapar.

            La arañó con todas sus fuerzas, la insultó y la mordió. Le dio un empujón tan violento como pudo para zafarse de ella, y salió tambaleándose del cuarto de baño, gritando. Un hombre, también desconocido, la agarró por las muñecas. Le decía algo, pero ella no le escuchaba entre tantos gritos. Trató de morderle a él también, pidió socorro a voces, pero él era más fuerte, y al fin, ayudado por aquella maldita harpía, la redujo y la metió en el agua caliente. No la ahogaron, como ella temía. Solamente la bañaron.

            Le dieron unos trapos para que se tapara, pero estaba tan confusa por el secuestro y la violencia que ejercían contra ella que no supo cómo ponérselos. La delincuente desconocida la vistió. No le dijo nada de su marido y sus hijos. ¿Los habrían matado?

            Le dieron para comer una papilla asquerosa, y estrelló el plato contra el suelo. El hombre dio un puñetazo en la mesa, irritado. “¡Madre, si no quiere comer, no coma, pero no tire las cosas al suelo!” ¿Madre? ¡Ja! No iba a engañarla con ese truco tan burdo, sabía perfectamente que sus hijos eran pequeños y que esa gente se los había quitado. Comenzó de nuevo a pedir socorro a gritos, a insultar a sus captores. Pataleó, tiró una silla, trató de herir con la cuchara al hombre que la retenía. La drogaron otra vez y la metieron en la cama, atándola para que no pudiese escapar.

            Se despertó de improviso, en mitad de la noche. Un ruido extraño la había sacado de su sueño. Sentía la cabeza abotargada, la lengua confusa, como si la hubiesen drogado. Quiso levantarse para averiguar qué estaba pasando, pero no fue capaz: estaba atada a la cama con unas ligaduras tan fuertes que no pudo más que patalear boca arriba, como una cucaracha a la que algún crío travieso hubiese puesto al revés para verla sufrir. Lloró, gritó, llamando a su marido, muerta de miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaban sus hijos?

            En la habitación de al lado, Daniel y su mujer discutían. “Daniel, hay que hacer algo con tu madre. No puedo más. Su Alzheimer nos matará a todos. Llevamos dos meses sin poder dormir una noche entera, ya no sé las veces que me ha pegado, tengo los brazos llenos de surcos de sus uñas. Cada vez hay que darle más medicamento para calmar los brotes agresivos que tiene. ¿No te das cuenta de que esto no es vida para ninguno de nosotros?” Y Daniel, infinitamente triste, se levantó para intentar calmar a aquella mujer que no le reconocía, derrotado por ese terrible monstruo de nombre extranjero que les estaba devorando a todos.

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