jueves, 31 de enero de 2013

EL SALT DE LA BELLA DONA


            Mallorca es un pequeño mundo lleno de hermosos paisajes. Sus costas acogen playas escondidas, calas casi vírgenes y anchos y concurridos arenales. Su interior esconde montañas sembradas de senderos casi invisibles, precipicios, pinares, pueblos llenos de encanto, carreteras imposibles, olivos centenarios, almendros… No es, desde luego, un lugar que solamente tenga sol y agua salada, sino mucho, mucho más que eso. Yo recorrí la isla bastante a fondo durante los cuatro años que viví allí, y hoy os traigo una leyenda que conocí visitando uno de sus más hermosos rincones.

            El santuario de la Virgen de Lluch está en una montaña. La carretera que llega hasta allí sube dibujando un zig-zag de vértigo, lleno de curvas cerradísimas y empinadas rampas. A un lado, la pared de roca. Al otro, saltos y precipicios. Recuerdo que fuimos allí un domingo, a recoger a mi madre, que había llegado caminando desde Caimari el día anterior, con una peregrinación organizada. El santuario contaba con un monasterio anejo; parte de las celdas estaban destinadas a hospedar a los peregrinos por un simbólico precio, y allí pernoctó el grupo, en camas iguales a las de los religiosos, entre aquellos muros llenos de austeridad y silencio.

            Recuerdo que el viaje en coche se me hizo eterno; me mareé y tuvimos que parar varias veces, y el malestar no me dejó disfrutar del paisaje, ni de nada. En una de aquellas paradas forzosas, mi padre arrimó el coche a un mirador que se abría en un lado de la carretera. Una pintada de spray, con grandes letras rosa fosforito, decía: “EL SALT DE LA BELLA DONA”. Pregunté qué significaba, pero mi padre no lo sabía.

            Pasamos un día muy bonito, la verdad. Un pic-nic con bocadillos caseros, naturaleza, aire libre… Mi madre me compró un rosario y lo pasó por el manto de la Virgen. Durante años lo usé para rezarlo con ella todas las tardes, pero ahora duerme en un cajón de mi mesilla porque perdí ya hace mucho la costumbre de hacer rezos tan largos. Me gustó ver la fe de la gente que acudía allí caminando, gran penitencia, porque no os podéis imaginar lo que eran esas cuestas. Desde mi óptica infantil, subirlas a pie constituía casi una heroicidad.

            En el camino de vuelta me mareé de nuevo. Aquella carretera me ponía el estómago del revés, y mira tú por dónde, volvimos a parar en el mismo mirador. Entonces fue cuando mi madre dijo: “ayer, cuando íbamos andando, me contaron por qué este sitio se llama así”. Inmediatamente levanté las antenas, y ella comenzó a relatar.

“Un matrimonio, hace muchísimos años, estaba haciendo la misma peregrinación que hice yo. Caminaban solos, él detrás de ella, pero sus pensamientos no eran los mismos. Ella lo hacía llena de fe, pidiéndole a la Virgen que su hombre tornase su feo carácter en dulzura. Él sin embargo iba maquinando cómo deshacerse de su esposa. Ya no la quería, se había encaprichado de una más joven. El divorcio no existía, y solo la viudedad le libraría de estar atado a ella por los lazos del matrimonio sagrado e inviolable que un día contrajeron. Cuentan que era un bestia, que bebía y la maltrataba, y que ella era muy, muy hermosa, y le amaba a pesar de lo mucho que la hacía sufrir.

Al llegar a este mirador, se aseguró de que nadie más venía por el camino, y le dijo a su esposa que se asomara, que las vistas eran maravillosas, como en verdad lo son, ya lo veis. Y ella, inocente y confiada, obedeció. La empujó, despeñándola por el precipicio. Después, viendo cerca la noche, continuó hasta el monasterio, pidió posada a los monjes y fue a lavarse para rendir reverencia a la Virgen, como un peregrino más. Pero su conciencia estaba manchada por el crimen cometido, aunque nadie lo supiera.

Entró por fin en el santuario, y se quedó helado al ver a su esposa allí, arrodillada, descalza y con el velo puesto, rezando piadosa con los ojos puestos en la imagen de Nuestra Señora de Lluch. No podía creer lo que estaba viendo. La bella se volvió hacia él y le sonrió, y el asesino, presa de terribles remordimientos, se colgó de una viga aquella misma noche, devorado por la culpa. Por eso, desde entonces, el mirador se llama así: el salto de la bella mujer”.

Fue la primera historia de miedo que escuché en mi vida, y quizá por eso no la he podido olvidar. Imaginad cómo se me quedó el cuerpo: alcoholismo, malos tratos en el ámbito familiar, adulterio, asesinato, aparición sobrenatural, suicidio… Demoledor. Y ya entonces, con ocho años, hice la misma pregunta: “¿Y por qué no se colgó él primero, y la dejó vivir a ella, que no había hecho nada malo?” Desgraciadamente, me he hecho esa pregunta muchas más veces a lo largo de mi vida.

El “la maté porque era mía” existe desde hace milenios. Y aún no hemos tenido narices de erradicarlo. Por lo visto, no estamos tan civilizados como pensamos.

1 comentario:

  1. El mirador es precioso, uno de los mas bonitos de nuestra isla. La historia ya no tanto, a mi también me marcó cuando me exlicaron la leyenda.

    SALUDINES.

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