miércoles, 30 de enero de 2013

EMILIA


            Emilia tuvo, hace cinco años, varios “encuentros” de distintas variedades. Se encontró con que tenía dos hijas pequeñas y no contaba con un trabajo que le permitiese mantenerlas. Se encontró también con que estaba sola para sacarlas adelante. Se encontró la nevera de su casa vacía, y los platos de las niñas también, y se encontró con que ni siquiera tenía pañales para ponerles. Se encontró con la más grande de las desesperaciones, que es la de no tener nada con que calmar el hambre.

            Cuando encontró la cartera en el suelo, debió pensar “vaya, Dios aprieta, pero no ahoga”, aunque al ver que no había dinero en ella seguramente maldijo su suerte. Y al fin, viendo que lo que sí contenía era una tarjeta bancaria y un carnet de identidad, hizo lo que la mayoría de madres en su situación hubiera hecho: usar esos dos trozos de plástico para llenar su frigorífico y procurarse pañales con que mantener limpias y secas a sus dos criaturas durante algunas semanas. Ciento noventa euros. Pensó que nadie se daría cuenta, que no habría forma de averiguar que había sido ella. Y se encontró con que no tardaron nada en pescarla.

            Ahora os voy a decir lo que me encuentro yo. Me encuentro una joven en la televisión pidiendo ayuda, una muchacha que con veintidós años ya tenía dos hijas sin padre, y que por su manera de hablar no debe contar con un nivel de estudios significativo. Posiblemente, lo uno sea consecuencia indirecta de lo otro, y lo otro de lo uno, pero imagino que sus posibilidades de encontrar un trabajo para mantener a esas dos chiquillas son bastante escasas. Le cae del cielo la manera de poner un parche a su situación y no lo duda, porque sabe que eso es robar, pero por los hijos se hace lo que sea, no será la primera, ni tampoco la última. Y en los cinco años que han pasado desde aquello, sabiendo que está pendiente de juicio y que lleva las de perder, se arrima (o se casa, me es indiferente) con otro hombre y se deja hacer otra criatura, estando él también en el paro. Para aumentar aún más su miseria. Esto no hace sino ratificarme en mi convicción de que todo este cúmulo de tropiezos, situaciones y despropósitos no son sólo fruto de la crisis, sino que también lo son de la falta de cultura, formación y estudios. Que una chica que ha estudiado tropieza una vez, pero no tres. Que alguien a quien se han preocupado de cultivar no se ve, con esa edad, en ese brete, y si se ve en él no lo empeora de tal manera.

            No desprecio, ni mucho menos, a Emilia ni a las mujeres que son como ella, pero es imposible no darse cuenta de que la formación es importantísima para la vida. La cultura, es cierto, baja el nivel de natalidad, pero también el de pobreza. Una mujer con una formación intelectual suficiente sabe cómo evitar que le hagan tres criaturas antes de cumplir los veinticinco si no cuenta con medios para sacarlas adelante. Si es la hija de la Preysler, que tenga los que quiera y tan pronto como le dé la gana, pero no en las circunstancias de esta pobre chavala.

            Ahora, después de pagar 900 euros de multa (contra 190 que ella sustrajo), después de hacer trabajos para la Comunidad (como barrendera, oficio tan digno como cualquier otro, dicho sea de paso) para reducir la pena, se encuentra con que tiene que ingresar en prisión para cumplir veintidós meses de reclusión. El indulto, solicitado hace casi un año, no llega. Y se arma el lío, porque su parejo (o novio, o marido, o lo que sea) sólo se hace cargo de la hija pequeña, que es la suya, con el pretexto de “es que, con la ayuda de 400 euros no puedo mantenerlas a las tres, yo estoy en paro”. Y ningún niño se merece verse en la tesitura de tener que vivir casi dos años en el bar del abuelo o en un centro de acogida.

            Requena es una ciudad turística, preciosa, llena de historia, con una industria vinícola muy importante. No es el tercer mundo, es aquí al lado. Y aunque el pueblo se ha volcado para pedir ayuda, para clamar por el indulto de esta chica, los que lo tienen que conceder están demasiado ocupados. Poco importa que este mismo mes hayan indultado a un conductor kamikaze que, con su conducta temeraria, segó la vida de un joven. “Pobrecito, es buen chico, le han diagnosticado epilepsia y por eso iba por el carril contrario” (traducido al cristiano: tenía dinero para pagar un buen abogado y un informe médico). Poco importa la cantidad indecente de euros que se han gastado en traer a Carromero de Cuba, donde estaba en prisión por conducir sin carnet y provocar un accidente con un saldo de dos muertos, para darle la suelta en una semana escasa. “Pobrecito, es buen chico” (traducido al cristiano: lo mandó allí el partido a “conversar” con los disidentes, y si no le sacamos del lío a ver si va a hablar más de la cuenta). ¿Y Emilia? ¿No es buena chica? Pues sí, sí lo es. Solamente ha pecado de ignorante, y eso, que yo sepa, no es delito.

            A estas alturas, con lo que llevo visto y vivido, nadie me quita de la cabeza un convencimiento: cuanto más recorten en educación, peor para todos. No se trata de que llenar España de ingenieros o abogados. Se trata de que los jóvenes, aunque sean “de pueblo”, sepan defenderse en la vida, porque cuando tengan un problema, si esperan a que los de “arriba” les echen una mano, lo llevan claro. Se trata de que puedan moverse en el mundo real, sobrevivir en esta jungla que solamente es un apacible jardín para los ricos. La justicia nunca fue igual para todos, y ahora menos que nunca. Chicos, chicas, por lo que más queráis, sed listos de verdad, y estudiad hasta donde podáis. Y los mayores, padres, madres y demás, defended la educación como un bien fundamental, porque no seréis eternos, y no quiero tener que firmar suplicando el indulto de más Emilias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario