miércoles, 16 de enero de 2013

EN EL BALCÓN


         Hará cinco, tal vez seis años, el marido de Blanca llegó a casa con una ramita en la mano. Sólo era un trozo de tallo blando, con algunas hojas redondeadas y verdes. Era un día de viento, igual que hoy, puede ser que, incluso, también fuera un mes de enero. “Es un esqueje de la planta del dinero”, le dijo. “Dicen que esta planta solamente funciona si te la encuentras, o si te la regalan. No vale comprarla. Según cuentan, en la casa en la que tienen una, mientras la cuiden y no la dejen morir, nunca les faltará el dinero para tirar adelante”. A ella le pareció curiosa la historia, así que adoptó al esqueje, que se debió romper de alguna maceta, a saber de qué balcón vecino, gracias al viento.

            Blanca no era la reina de la botánica, desde luego. Entre que no se le daban muy bien las plantas, que sus gatos escarban la tierra de las macetas y que no había rincón de su casa en el que diera el sol en condiciones, hasta entonces nada de lo que había plantado había conseguido sobrevivir. Pero aun así, lo intentó: metió el extremo de la ramita en un vaso de agua, esperó unos días, y las radículas comenzaron a brotarle. Cuando consideró que ya tenía suficientes, la plantó en un tiesto, y en poco tiempo se agarró con ganas a la tierra, y tallos y hojas comenzaron a reproducirse con rapidez. Con rapidez respecto de otras plantas, claro.

            Al año siguiente, compró una violeta africana y un girasol ornamental, y puso las tres macetas juntas, en el balcón. Cuando quiso darse cuenta, las flores languidecieron, y la planta del dinero extendió ramas hacia sus tiestos y echó también raíces en ellos, terminando de asfixiarlas y quedándose con su tierra. Estaba frondosa y verde, incluso floreció. Paralelamente, a Blanca y a su marido las cosas les iban bien. Los dos tenían trabajo, un sueldo decente, y pudieron permitirse algún que otro lujo impensable en otras épocas; nada del otro jueves, no vayáis a creer, pero bueno. Para quien siempre había pasado más o menos con lo justo, aquello era vivir bastante bien.

            Por entonces, un cliente de la empresa en la que ella trabajaba como recepcionista le regaló a su jefe una matita de romero. Blanca se cansó de verlo morir de sed en el despacho, porque él no lo cuidaba, y lo adoptó. Lo puso sobre el mostrador de recepción, lo trasplantó, lo regaba con mimo, y creció mucho en los casi tres años que lo tuvo. Se hizo tan grande que, al fin, hubo de regalarlo a alguien que tenía un jardín para que lo colocara en él, porque ya no era para tiesto, sino para parterre. Y como echaba de menos su presencia, y además la empresa no iba muy bien, al llegar a su casa separó una de las macetas de su balcón, con parte de la planta, para llevarla a la oficina. De paso, podó el resto, porque ya ocupaba mucho espacio, era una gran maraña de tallos y hojas. En qué mala hora se le ocurrió hacerlo.

            Al ver que llegaba con la planta en la mano y la colocaba en el lugar que dejara vacío el romero, el jefe abandonó por un momento su trono y salió de su despacho para reírse de ella. “Una planta del dinero. ¿No me digas que crees en esas patrañas? Lo que hace que una empresa prospere son las buenas decisiones de los gerentes, las inversiones hechas con inteligencia. El dinero lo hace la gente como yo, que sabe aprovechar la oportunidad cuando se presenta, no las plantas”. Blanca se quedó mirándole mientras volvía a su cubil, pensando que a todos los prepotentes como él se les tenían que caer los pantalones en público cada vez que dijeran una fantasmada de aquel calibre.

            Cuatro meses tardó en despedirla. Ella, como los demás, lo veía venir, porque a fuerza de decisiones necias y de inversiones descabelladas, la empresa no levantaba cabeza. Les debían varias nóminas, y al fin se deshicieron de más de un tercio de la plantilla. Dos días después, Blanca metió todas sus cosas en una caja, la llevó a su coche y arrancó para marcharse a casa; de pronto, recordó la planta, y apagó el motor del coche. Tranquilamente, entró de nuevo en la empresa, la cogió de su lugar sobre el mostrador, salió con ella a la calle y la tiró en el contenedor de basura.

            En el balcón de Blanca, la planta original sigue viva. Su antigua empresa ha quebrado, y su inteligente ex jefe, el de las inversiones acertadas y las oportunidades bien aprovechadas, ha perdido hasta la camisa. Ella, cuando se enteró, no quiso alegrarse. No quiso. Pero no pudo evitarlo.

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