sábado, 5 de enero de 2013

LA CABALGATA DE REYES


            Cinco de enero. Seis de la tarde. No es un día cualquiera: es el día de la cabalgata de Reyes. Van llegando las carrozas, engalanadas especialmente para la ocasión. Los niños se arremolinan alrededor de los caballos, tocando su pelaje con una mezcla de curiosidad y miedo. Los pajes aprestan los sacos llenos de presentes, las toneladas de caramelos y las serpentinas, que Sus Majestades dejarán caer, generosos, desde lo alto de sus carrozas.

            Pequeños y mayores se preparan para recibir la lluvia de juguetes, junto con la bendición de los Magos, que antes de presentarse ante el Niño Dios con sus ofrendas tocan con su mano mágica a cada infante mientras duerme esa noche, y dejan en sus zapatos un regalo que desea mucho, muchísimo. Todo son risas y felicidad cuando ellos hacen su aparición, con sus mantos de armiño, sus guantes y sus coronas. Los chavales gritan emocionados, Sus Majestades suben a sus tronos móviles, y la comitiva comienza a andar.

            La banda de música del pueblo camina tras el último vehículo; sus alegres melodías animan la fiesta, y todo el mundo les aplaude y les vitorea por contribuir con su trabajo a amenizar la cabalgata. Van desgranando distintas tonadas, y los papás de todos los niños bailan con ellos mientras la chiquillería grita para provocar la lluvia de regalos. Los Reyes Magos, felices, comienzan a lanzar preciosos juguetes, dulces caramelos de todos los sabores, serpentinas y una tempestad de confeti que va cubriendo todo de brillo y color.

            Durante más de una hora, no hay niño que deje de sonreír; los padres los miran, orgullosos y emocionados, porque su ilusión contagia todo de amor e inocencia. El pueblo entero sale a la calle. La banda sigue tocando sin descanso, todos cantan y bailan, incluso los Reyes en sus carrozas. Hasta los caballos sonríen y relinchan enseñando sus dentaduras equinas.

            Finalmente, el recorrido acaba, los pequeños se cogen de las manos de sus padres para poder dar un beso a los Magos, y después todo el mundo se va a casa feliz. Hay que acostarse temprano, para que los regalos pedidos se materialicen y nos llenen de alegría por la mañana.

            Vale, muy bonito, ¿verdad? Parece una narración del NO-DO. Dan ganas hasta de ir. Ahora, la otra versión. Difiere un pelín, me temo.

            Cinco de enero. Seis menos cuarto de la tarde. Se nos convoca a esa hora para tocar en la cabalgata de Reyes del pueblo. No sé para qué tan temprano, porque antes de las siete menos diez los Magos no aparecen. Un caballo, nervioso, comienza a patear el suelo. Los niños se acercan a tocarlo, y alguno termina con un buen mordisco en el brazo por pesado. Cuatro tíos vestidos de yo-qué-sé-qué (indescriptibles con esas mallas y esa especie de casacas rarunas que les han encasquetado) suben grandes bolsas de basura comunitarias a la carroza en la que irán sentados los de las coronas.

            La calle está llena, más de mayores que de niños. Reconozco a los chavales del pueblo, pero a los otros chorrocientos críos no los he visto en mi vida. Deben ser de los pueblos vecinos. Todos chillan cuando salen los Reyes para subirse a la única carroza (¿para qué más? Que compartan vehículo, como todo hijo de vecino). Reconozco al instante a los que van debajo de las barbas. Francamente, al negro lo podían haber pintado un pelín mejor, porque da una grima verle… Los mantos son, sin disimulo alguno, faldas de mesa camilla dobladas, con sus flecos y todo. Solo les faltaba el brasero.

            El tío Manolo arranca el tractor que tira de la carroza. Estupendo: la banda de música, que suele ir detrás, se intoxica con el humo del vehículo durante todo el recorrido. Menos mal que no es muy largo. Mientras, los Reyes comienzan a tirar a puñados los caramelos y el confeti; lo hacen con ganas, de modo que varios niños y mayores reciben el impacto de las bolas de azúcar. Hay lloros y protestas, pero nadie hace caso, porque oveja que bala, bocado que pierde. Se ha de recoger lo que caiga, a costa de lo que sea.

            Por mucho que la banda se esfuerza en alegrar la fiesta, nadie les hace maldito el caso, están ocupados recogiendo caramelos rotos, pisados y aplastados. De tanto en tanto, cae alguna bolsa de gusanitos, que origina una pelea. Un niño la coge, otro mayor se la arrebata, los padres comienzan a discutir y se lía parda. Una pelota de plástico produce una tangana monumental; alguien empuja a una abuelita para que no llegue a coger el sombrero de vaquero que ya tocaba con los dedos, la pobre mujer cae y tienen que sacarla del tumulto los de protección civil. La gente pisa sobre los moñigos del caballo, que va regando la calzada a discreción; el olor dulzón a mierda caballuna lo llena todo. La banda ya no sabe qué hacer para animar el cotarro; como nadie presta atención a la buena música terminan tocando “si te ha pillao la vaca, jódete” y “tírate de la moto”, ponen el piloto automático y le dan morcilla a todo.

            Uno de los Reyes se cree muy gracioso y comienza a lanzar caramelos y confeti sobre los músicos; abolla dos instrumentos y estropea uno de los trombones con los malditos papelitos que se cuelan en la vara y la atascan. Afortunadamente, la tortura ya se acaba. Los críos, que venían equipados con bolsas de plástico para llenarlas de golosinas y las habituales baratijas (que acaban rotas y en la basura en menos de 24 horas), se van casi de vacío, entre las críticas de los padres (“los reyes en este pueblo no se estiran nada, parece mentira, qué manera de matar la ilusión de los chavales”).

            Me voy a casa a tomarme una cerveza. Menos mal que esto solo hay que hacerlo una vez al año. Felices Reyes a todos.

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