miércoles, 9 de enero de 2013

LA ENFERMEDAD


            El juez miró a Ramiro con semblante severo. La vista estaba a punto de concluir. Se sentía mal, incómodo. No era, desde luego, muy agradable que a uno le juzgasen por participar en una pelea, y menos si esta tenía lugar en un club de alterne. Afortunadamente, él solo estaba acusado de falta, no llegó a agredir a nadie, aunque sí se le culpaba de destrozos en el local. “Al señor Ramiro Fulánez Sotánez se le condena al pago de una multa de dos mil euros y a dos meses de trabajos para la comunidad. Asimismo deberá ser atendido por un psicólogo de forma obligatoria e ineludible, como parte del cumplimiento de su condena”.

            “Estupendo”, pensó Ramiro. “Total, por un taburete y un cristal que rompí. Y encima me mandan al loquero. Como si lo necesitara”. Agachó la cabeza y salió de la sala, seguido del abogado de oficio. “Date por contento, chaval”, le murmuró el letrado antes de irse.

            Tenía veintiocho años, y no se daba cuenta de que algo en él no iba bien. Su carácter se había vuelto violento. Trabajaba en una auditoría de cuentas, pasaba la jornada laboral entre números, apremiado siempre por sus jefes y por los clientes. Todo lo querían acabado para ayer, los informes, las previsiones, los planes contables de las empresas que les contrataban, pero aun así le apasionaba su trabajo. Gozaba de un buen sueldo, cosa difícil en estos tiempos, y vivía solo, así que su tren de vida era bastante alto. No tenía nada de lo que quejarse, pero aunque él mismo no se percatase, sus arranques de mal genio eran cada vez más frecuentes. La semana de la pelea por la que acababan de juzgarle, había ido tres veces al club de alterne, a solicitar los servicios de alguna de las chicas. El lunes había estrellado contra la pared su teléfono móvil porque llamó a alguien varias veces y no le contestó.

            No iba a menudo a ver a su familia. Siempre acababan discutiendo: que si no vienes nunca, que si no llamas a tu madre, que si búscate novia, que si bebes demasiado. “Si quisiera sermones iría a misa”, pensaba Ramiro. Cada tarde, después del gimnasio, volvía a su apartamento y estaba solo, y casi siempre terminaba cenando un whisky con comida china que le traía un oriental motorizado. Muchos de sus amigos se habían casado o pensaban hacerlo, y ya casi no quedaba con ellos. De vez en cuando les mandaba algún correo electrónico, pero algunos ya no le contestaban.

            Entró a la consulta del psicólogo con cara de pocos amigos. Éste le ofreció un café. “Solo y amargo, por favor”. Después de hablar durante una hora, le citó para la semana siguiente. “Vaya porquería de loquero. Una hora haciendo preguntas y no ha sacado nada en claro”. La siguiente cita se desarrolló del mismo modo, y también fue así en la tercera. Sin embargo, cuando entró a la consulta por cuarta vez, el psicólogo le dio un tazón de café con leche condensada. “No, yo lo tomo solo y amargo, ya debería saberlo”, dijo Ramiro, impaciente. “Vaya, qué fallo. Disculpe, es que soy psicólogo, no camarero. Cuando usted decía eso de solo y amargo, creí que hablaba de usted mismo, no del café. Siéntese, le voy a dar mi diagnóstico”.

            No estaba preparado para escuchar lo que el doctor tenía que decirle. “Tengo mucho estrés y poco tiempo, eso es todo”, pensaba él. Pero no. Según aquel hombre, estaba enfermo. “Señor Ramiro, lo que usted tiene es un ataque de inmediatez. Si va a un restaurante y tardan en servirle, se levanta y se marcha. Por eso llama al chino, porque es rápido. No cocina, no compra alimentos. En la caja del supermercado, se las arregla para saltarse la cola. Cuando se le acaba el whisky a las diez de la noche, no espera al día siguiente para comprar otra botella, va al 24 horas y la compra, aunque sea más cara. Si le apetece sexo, busca una prostituta y le paga por un servicio inmediato. No llama a sus amigos, les manda correos electrónicos. Si llama a casa de alguien y no está para contestarle, le llena el móvil de mensajes. Usted no sabe esperar, lo que se le antoja o necesita lo quiere ya, de inmediato. De ahí viene su frustración, su actitud violenta. Mi terapia se va a basar en eso, Ramiro. En enseñarle a esperar para que pueda relacionarse con los demás de una manera normal”.

            El tratamiento consistió en dos meses de trabajo obligatorio como recadero de un notario. Tenía que ir a hacer gestiones al registro de la propiedad, al ayuntamiento, a tráfico, al Inem, consejerías varias, tesorería de la Seguridad Social, Hacienda y, en general, a todas las oficinas de la ciudad en las que se pierde la mañana entera para cualquier mínimo trámite. Dos meses. Os aseguro que aprendió a esperar y a tener paciencia. Era eso o morir de un ataque de rabia.

            Para tratar ciertos males modernos, un tratamiento de choque es lo más efectivo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario