sábado, 5 de enero de 2013

LA TÍA DE AMÉRICA


            Durante años oí hablar de ella en la familia, pero no la conocí hasta hace más o menos quince. Mi suegra nos comentaba: “ha llamado la tía de América”, o “la tía de América os manda recuerdos, hablamos con ella el sábado”, y cosas así. Era para mí como una especie de ente abstracto del que me contaban cosas, pero al que jamás había visto y de quien no podía atestiguar la existencia cierta. Hasta que un día nos dijeron: “¡la tía de América viene a visitarnos!” Bueno, al fin iba a conocerla.

            Ocurre a veces que, cuando pasas tiempo oyendo hablar sobre alguien, te formas una idea muy concreta de cómo será. Y luego, cuando la conoces en chicha y fémur, se te cae el mito, la imagen que construiste no se corresponde con lo que tienes delante, y te sientes defraudado. No fue así, desde luego, en el caso de la tía Elvira. Creo que la quise desde el minuto uno, o incluso desde el cero con cinco. Era prima de mi suegro, unos años mayor que él incluso. Tenía una imagen de dulce abuelita, con su sonrisa, sus caracoles en el pelo y sus grandes gafas, que me la hicieron cercana al instante. Se parecía a las tías de mi madre, a las ancianas que cuidaba en la residencia, a mis propias abuelas. Era como ellas, pero con acento argentino.

            La tía Elvira ya nació en la Argentina, pero se aferró a las raíces valencianas, la tierra de sus padres, y la tuvo siempre muy, muy presente. Se casó, formó una gran familia, y cuando enviudó se quedó en una situación económica lo suficientemente holgada como para poder venir de visita varias veces. Mi marido recuerda haberla visto en tres ocasiones: una de niño, otra cuando acababa de comenzar la carrera universitaria, y la última, ya casado conmigo, que fue cuando yo la conocí. Pese a su nivel económico, no iba de hotel, porque le gustaba, cuando estaba, estar del todo. Unos días se quedaba con sus primas “las cosedoras”, tres hermanas solteronas modistas de profesión; otra parte de su estancia se alojaba en casa de mis suegros, y siempre reservaba algunas jornadas para los primos de Turís. No le era cómodo, debido a su edad, tanto traslado, pero no quería desairar a nadie. La hospitalidad era para ella algo importantísimo.

            La corriente de simpatía que se creó entre nosotras fue instantánea y fuerte; tenía una gran capacidad para el humor, un juicio avispado y certero como una flecha, y un sentido práctico como he conocido pocos en mi vida. Insistió en regalarnos algo por nuestra boda, de modo que la llevamos a unos grandes almacenes muy conocidos. Allí compró obsequios para todos sus nietos (y tenía muchos, lo menos quince) y para sus amigas. Luego, a la hora de elegir lo que queríamos para nosotros, nos dijo: “lo que ustedes gusten, hasta quince mil pesetas”. Nos miramos, y decidimos comprar un porta-trajes de viaje que costaba poco más de siete mil, algo a lo que sabíamos que le íbamos a sacar mucho rendimiento. “Esto, tía. Así, cada vez que lo usemos, nos acordaremos de usted”. Le pareció poco, pero nos negamos a coger uno más caro, ni ninguna otra cosa hasta completar el presupuesto que nos había dado. “No necesitamos nada más, tía, de verdad”. Se echó a reír como un cascabel. Ya sabía a qué atenerse con nosotros.

            Recuerdo con muchísimo cariño aquellas semanas que pasó en Valencia, afecto que incluye también a Graciela, su hija menor, que vino a acompañarla. Juntas dimos un paseo larguísimo y agotador para ver el proyecto de la Ciudad de las Ciencias, entramos al Imax, nos tiramos por los toboganes del Gulliver en el parque del Turia… y hablamos, hablamos, hablamos muchísimo. La fotografié frente al campo de fútbol para que sus hijos vieran que había estado en Mestalla, el lugar en que jugaba el ídolo argentino del momento, Claudio “el piojo” López. También la invitamos una noche a cenar en un restaurante, una de esas veladass memorables en las que recuerdas lo que comiste, lo que llevabas puesto, la conversación y hasta los chistes que se cruzaron en la mesa. Es increíble cómo se puede conectar tan rápido con personas tan lejanas. Algo dentro de ti te dice que son buena gente, que son familia, que son de casa, y tú lo asumes como cierto sin poner objeción ninguna, con la misma seguridad que si estuvieras leyendo un certificado oficial, y se crea una pleamar de confianza y simpatía que con otros te cuesta años de trato conseguir.

            No ha podido volver. Su edad, sus “piernas perezosas que no me obedecen” y el consejo de su médico la hicieron desistir de hacer tan agotador viaje una vez más, pese a que ella quería. Desde aquella lejana despedida hemos hablado por teléfono con regularidad, sabiendo que cuando tenía “llamada de Valencia” era feliz. Nos contó cada nieto que terminó la carrera, cada logro de sus hijos, cada nacimiento de los bisnietos, siempre con la cabeza clara y su inconfundible acento argentino lleno de música y sonrisa. Y siempre con la invitación: “vengan a verme antes de que sea tarde, mi casa es grande, pueden quedarse el tiempo que quieran”. Le mandé fotos de mis hijas (“mija, qué niñas más lindas, cómo se nota que la cepa es buena”), y la llamé para comunicarle la muerte de su primo, mi suegro. Nos consoló con tanta dulzura que me dieron ganas de tenerla cerca para poner mi cabeza en su regazo y dejar que me revolviera el pelo, como mi abuela me hacía cuando yo era niña y tenía alguna pena.

            Ahora llevo semanas llamándola para felicitarle la Navidad, y la operadora me dice que “el número ya no existe”. Y temo que lo que ya no existe sea algo más que el número. Barrunto que ese viaje, que era el primero en la lista de las “cosas que haré cuando tenga dinero”, se va a quedar sin hacer. Mientras consigo que alguno de sus hijos o nietos responda a mis mensajes para saber, no quiero llorar de antemano; prefiero recordar la risa y los consejos de mi tía Elvira, la tía de América. Alguien a quien no olvidaré.

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