miércoles, 23 de enero de 2013

LAS MUJERES DE JULIÁN


            Julián no era un chico como los demás. Esto realmente es una obviedad, porque todos somos distintos unos de otros, ejemplares únicos en nuestra especie, diferentes. Por eso, sin temor a equivocarme, podría decir que Julián era un chico singularmente singular. Además, viniendo de una familia como la suya, llena de artistas del corte y la aguja, lo difícil habría sido que no desarrollase un sentido estético especial.

            Había dos cosas que fascinaban, más que ninguna otra, a este artista en ciernes: los viajes y las mujeres bien vestidas. Los escenarios de la vieja y romántica Europa le atraían poderosamente, y también el estilo de las mujeres que viven en ellos. Quería recorrerlos todos, pero hasta que pudiese realizar aquellos viajes tan deseados, hizo lo que hacemos todos los mortales con las cosas que anhelamos conseguir: soñarlas. Lo hacía despierto y dormido, de día y de noche. Imaginaba cómo sería pasear por París, sentarse a contemplar esos rincones que tantas veces había visto en los libros y en televisión. Quería respirar ese aire, tomarle el pulso a la ciudad, sumergirse en sus arterias y dejarse llevar por ese latido. ¿Y Londres? ¿Cómo sería Londres? Con sus brumas, sus calles ordenadas, sus palacios llenos de historia… A las mujeres parisinas, las veía con los especiales y poderosos ojos de su fantasía paseando junto a la Torre Eiffel con graciosas faldas, pañuelos al cuello y coquetas boinas. Las londinenses, desde luego, tendrían otra imagen. Quizá esperarían, a los pies del Big Ben, al galán con el que habían quedado para cenar, y se protegerían del frío con abrigos de grandes botones ceñidos con cinturón. Nada de cortes capa, porque esas cinturas esbeltas no se deben esconder, sino lucir con orgullo. Llevarían imponentes stilettos calzando sus diminutos pies, tendrían piernas esbeltas e interminables, y no les faltarían paraguas de lunares que les dieran un toque desenfadado. Su cabeza saltaba de Praga a Milán, de Madrid a Atenas, y en cada sitio ellas serían distintas, pero llenas de estilo en cualquier caso.

De tanto imaginar, de tanto soñar con aquellos lugares que quería visitar y en cómo vestirían todas aquellas mujeres, se quedó sin sitio en la memoria; la chica que había visto en Roma vestida como una moderna Audrey Hepburn se le desdibujaba en el recuerdo, y el caso es que estaba tan linda, sentada en una cafetería junto al Coliseo… ¿Qué podía hacer para retenerlas a todas? Sus lápices de dibujo se removieron inquietos en el escritorio. “Úsanos”, le pidieron. Y Julián se sentó a dibujar.

            A partir de aquel día, todo lo que quería ver, todo lo que esperaba encontrar, todo lo que había soñado, despierto y dormido, se fue materializando en sus papeles. Las mujeres de Julián iban tomando forma, con sus flequillos, sus bucles sueltos escapando graciosos de los recogidos, ruborosas por efecto del largo paseo dado, del calor de la primavera, o quién sabe si de algún pensamiento travieso inspirado por un chico guapo al que vieron pasar. Todas ellas estaban llenas de estilo y glamour, eran como modelos cotidianas, llenas de detalles “chic”.

            Cuando su fantasía agotó Europa, voló libre por el mundo, y a partir de ahí ya no hubo frontera posible para él. Imaginó delicadas japonesas, con su oscuro cabello brillante bajo la luz del sol naciente, y también sabrosas caribeñas de grandes aros en las orejas, pañuelos en la cabeza y volantes en las mangas de sus blusas. No se dejó rincón del planeta por visitar, ni raza por imaginar. Pronto los cinco continentes se le quedaron pequeños, y comenzó a dibujar el mundo de los cuentos.

            Menos mal que Walt Disney ya no está, porque si viera a sus princesas más famosas convertidas en mujeres de Julián se daría cuenta de que todas esas películas se tendrían que hacer de nuevo. Pero esta vez deberían tener la estética de Les femmes de Jul’s, mucho más moderna y atractiva, sin la sobredosis de azúcar que las ha caracterizado hasta ahora.

            Después de hacer suyas a Campanilla, Rapunzel, la Sirenita y algunas más, el inquieto creador decidió retratar, pasadas por su filtro, a las grandes divas de la canción, y también a algunas diosas mitológicas. Y como su imaginación es tan activa, pronto tendrá que inventar mundos nuevos en los que sus chicas vestirán como a él se le ocurra, y todas serán atractivas, glamurosas y sexis. Todas serán mujeres de Julián.

            Me gustan los artistas como él: emprendedores, valientes y llenos de talento, que pasan la mano sobre cualquier objeto y lo llenan de estilo. A ver si tengo suerte y un día dibuja una escritora con rizos, jersey de rayas y gafitas, con su libreta y su boli, porque yo también quiero ser una “Femme de Jul’s”, ruborizada, perfecta y muy, muy chic.

 

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3 comentarios:

  1. Precioso relato, y aunque no conozco personalmente a Julián, creo que has descrito su trabajo realmente bien. Enhorabuena, no conocía tus relatos, pero desde ahora soy fan tuya igual que lo soy de él.

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  2. Enhorabuena a los 2 por vuestro fantástico trabajo. Una vez conocí a Julián, y doy fe que es una persona singular. Me encantan sus Femmes. Susana, lo poco que lo conocí lo has "clavao", precioso relato! Me gusta la original idea de encargarte un cuento personal, si alguna vez necesito uno me pondré en contacto contigo. Espero que sea pronto. Mucha suerte a ambos y adelante.

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