domingo, 27 de enero de 2013

MERCADOS DE ARTESANÍA


            Cuando era más joven, y en aquellos lejanos tiempos en que era una trabajadora con nómina y algo de soltura económica, solía ir a ver los mercados de artesanía que ponían por ahí, en la calle. Me gustaba especialmente uno que se hacía cada año por Navidad en la Plaza Porticada de Santander, donde se podía encontrar bisutería de todos los pelajes, pañuelos, juguetes de madera, jabones de colores, perfumes de imitación… Reconozco que no solía comprar nada en ellos, porque soy bastante poco presumida (muy a pesar de mi madre y mi marido, que me insisten continuamente en que me arregle más), y siempre me avío deprisa y corriendo. Tengo pañuelos en casa que jamás me pongo, y solamente uso tres o cuatro pares de pendientes; cuando un par me aburre, cambio durante una temporada, luego vuelvo a cambiar, y así hasta completar la rueda y volver a empezar.

            Durante los años en que mis niñas eran pequeñas, tampoco me arrimaba demasiado a esos tenderetes de artesanía, básicamente porque a ellas se les antojaba todo, y ante tener que estar diciendo “no te lo compro” hasta la saciedad, prefería no ir. En el fondo, siempre pensé que estas cosas las hacían personas a las que no les encajaba la vida “domicilio fijo, trabajo estable, oficina, horario invariable, treinta días de vacaciones”; esto era más actividad de hippies, okupas, bohemios, artistas inquietos, sujetos que viven en pensiones cutres, hacen bicicletas con latas de refresco y alicates de corte, y cositas así. Era la idea preconcebida de alguien que siempre había vivido encajada en lo que consideramos “normal”. Y, como suele ocurrir, los tiempos cambian, y lo que antes era, ahora ya no es, o quizá es que nunca fue.

            Con las cosas como están, y el nivel de paro en alturas indecentes, esta que escribe lo hace, ahora mismo, desde un mercadito de artesanía. Todas las personas que estamos aquí somos mamás en paro, farmacéuticas en paro, administrativas en paro, filólogas en paro, químicas en paro, buscándonos la vida. Mi mesa está situada entre la de una chica que hace pulseras y otra que modela pendientes, engarza piedras semi-preciosas con metales variados y trenza cuero para crear brazaletes. Un poco más allá, otra tiene la mesa llena de jabones artesanales y botellas de detergente casero para la lavadora. Al otro extremo del local, una mujer muy llamativa descubre bandejas de canapés y tapas cocinadas al estilo indio, llenando el aire de olor a especias exóticas. En el otro rincón, enormes tartas de pañales llaman la atención, envueltas en celofán y adornadas con chupetes y lazos de colores. Desde mi puesto veo chucherías de mil formas, collares, diademas con calaveras y mariposas, muñecas de trapo, azulejos de colores… De todo.

            Todos los que estamos aquí, o al menos la mayoría, somos gente normal, con estudios, con familia, hipoteca por pagar, creatividad a raudales, mucho que ofrecer y ninguna ayuda por parte de nadie. Yo misma tengo cajas y cajas de ejemplares de mi libro de cuentos en casa, y de algún modo les tengo que dar salida. Por eso vengo a estos mercados, pongo mi mesa con mi ordenadorcito, libros, algunos cuentos personales de muestra por si alguien se interesa en hacer un encargo, una caja de tarjetas y un bolígrafo, por si un posible comprador quiere una dedicatoria en la página uno. Y me pongo pañuelos de esos que nunca me ponía, y pendientes llamativos, para que la gente me recuerde. Me pinto los ojos, me resalto los coloretes para no estar tan pálida, los labios de rosa para enseñar mi mejor sonrisa, y espero. Espero, como todos los artesanos que me rodean, a que alguien pase y me pregunte, se interese, le pique la curiosidad y me compre un libro.

            Hoy ha habido suerte; un amigo muy querido ha pasado a verme (Dios, cuánto tiempo hacía que no le veía, qué sorpresa más bonita me ha dado viniendo), y se ha llevado un ejemplar, y de paso, un abrazo.

Ojalá alguien más se anime a llevarse el libro. Pero sin abrazo, ojo: esos están reservados para unos pocos privilegiados.

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