martes, 15 de enero de 2013

MI BOLSO


            Pocas cosas hay en el mundo que sean más sorprendentes que los bolsos femeninos. Yo suelo decir que me gustaría tener el de Mary Poppins, aquel famoso bolso-maleta de tapicería colorida al que le cabía todo, hasta una lámpara de pie. Así podría llevar conmigo todo cuanto necesito a diario sin dificultad.

            Lo primero que llama la atención es el precio del artículo. Vale, la piel es cara, pero… ¿tanto? Si compras un bolso de plástico, en dos días se te estropea. Si compras uno de piel, te dejas una pasta, de modo que cuando te atreves con un bolso de este material, lo haces una vez cada cinco o seis años. No más. Ni hablar de tener en varios colores, negro y ya, que va con todo. Si tengo que tener uno rojo, uno marrón, uno verde, uno azul y uno negro, necesito pedir una segunda hipoteca al banco, y va a ser que no. Los fashionistas de pro que salen en la tele y en las revistas suelen decir que “un buen bolso es una inversión segura”, y luego te sacan un ejemplar con nombre propio de alguna marca de campanillas, te sueltan con toda la naturalidad del mundo que el “animalico” cuesta en torno a cuatro mil machacantes, y que ya lo tienen la Beckham, la Miley Cyrus, la princesa Letizia y la Longoria. Y se quedan tan anchos. A ti lo que se te pone es una mala leche y una cara de tonto que estás para hacerte una foto y subirla al Facebook. ¿Cuatro mil euros por un bolso? ¡Cuatro mil euros son seis meses de sueldo de la mayoría de españoles de a pie! (de esa casta privilegiada que tienen trabajo y sueldo, por supuesto). ¿Cómo puede alguien en su sano juicio gastarse ese dinero en un bolso, por muy de piel que sea? La explicación: “es que está hecho a mano, piel legítima, es de diseño, tiene control de calidad de la marca, y bla, bla, bla”. Pues vale.

            Tomás, el pastor de Salvacañete, tiene un zurrón. Legítima piel de cordero, en concreto de un par de animales que le mordió un lobo y se le “alobadaron”; los tuvo que matar y no se pudieron comer, de modo que los desolló, curtió la piel y la empleó para hacerse su bolso. Las piezas las cortó su señora (diseño exclusivo), lo cosió a mano (cuidadosa manufactura), reforzó y revisó bien las costuras para que le durase mucho (control de calidad) y él lo lleva orgulloso, como pieza única que es, todos los días al campo. Desde hace veinte años. El mismo. Le va bien con todos los pantalones de pana que usa en invierno, y con los de tela de verano. Y no le costó cuatro mil euros. Con ese dineral compra un puñado de ovejas jóvenes para mantener el rebaño con el que trabaja, el que alimenta a su familia y saca adelante su casa.

            Lo segundo que llama la atención de un bolso es su contenido. Viendo lo que lleva dentro de ese complemento, sabes cómo es una mujer. Yo, como me conozco, suelo comprar bolsos con muchos compartimentos y cremalleras, porque no me gusta tener que rebuscar desesperada las llaves, o el móvil cuando suena. Cada cosa tiene su sitio, y no la coloco en ningún otro lado: la llave del coche en su bolsillo, las de casa en otro, las primitivas con la estampita de Fray Leopoldo de Alpandeire (nunca se sabe) en otro, el monedero en su lugar… y todo así. Cuando tenía niños pequeños, solía haber algún pañal junto a la cartera, la cajita del chupete, juguetes y un par de caramelos sueltos. Ahora eso ya pasó a la historia, todo el espacio es para mí. Además de llaves, documentación y algo de calderilla (jamás llevo más de cinco euros encima, por si los cacos), suelo poner dentro una libreta (tamaño cuartilla, nada de pequeñeces en las que necesitas catorce hojas para una sola reflexión), y un estuche con bolígrafos. La explicación es que a mí las ideas me asaltan en cualquier lado, menos cuando me siento a escribir. En el momento pongo el trasero en la silla ante el teclado, más me vale ya tener un argumento en la cabeza, porque si no, hasta que se me ocurra algo, me pueden dar las doce de la noche. Así que, si la inspiración llega en el autobús, en la cola del supermercado o mientras paseo, necesito atraparla y anotarla. Si no, estoy vendida.

            Otra cosa que nunca me falta en el bolso son los pañuelos de papel. Soy muy de llorar, y sin ellos no sé qué sería de mí. Además, cuando necesito usar (muy a mi pesar) un aseo público, nunca acierto con el que tiene papel, de modo que si no tengo kleenex, la situación puede ser francamente incómoda. ¿Qué más llevo? ¡Ah, sí! Tiritas. Y un mini-kit de costura. Por si salta algún botón. Y mi ratón de peluche, que no me falte, es mi seña de identidad, si no ya sabéis que no soy una Susanita completa. Esperad, que miro a ver qué más hay. Un par de púas del laúd, indispensables. Una maraca en miniatura que me trajo mi amiga Mabel de Cuba; no sé por qué la llevo, pero la llevo. El móvil, claro. Un destornillador de precisión, por si las gafas se me estropean. El metrónomo, para las clases de saxofón. Una mini-cinta métrica, nunca se sabe en qué momento una va a tener que tomar medidas. Y las gafas de sol, que no se me olviden. Bien grandes.

            Me queda un huequecito libre para la cámara de fotos, que alguna vez la tengo que coger, pero ya no me cabe nada más. Vamos, que si preciso de empolvarme la nariz, no tengo con qué. ¿Veis como necesito el bolso de Mary Poppins? Cuando voy de boda, con uno de esos bolsitos mínimos, tan decorativos como inútiles, no soy más que medio yo. Esos monederillos festivos son ridículos, no cabe en ellos nada de nada, solo un pañuelo y el móvil, y eso dependiendo del modelo del aparato, porque los smartphones esos son grandes como ladrillos, y tampoco caben. En esas ocasiones, todo lo indispensable para pasar el día termina en los bolsillos del traje de mi marido, que el hombre va que parece que lleve alforjas. Pobrecico mío.

            Me he comprado un bolso nuevo para Reyes, que ya me tocaba. La dependienta me miraba raro porque lo medí antes de comprarlo. Maniática que es una…

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