sábado, 12 de enero de 2013

REGALOS INESPERADOS


            Caminaba yo un día, como acostumbro a hacer, a paso de legionario por un camino rural. Me acompañaba, cómo no, mi inseparable “Pelos”, y mi no menos inseparable aparatito de escuchar música, elementos ambos sin los que no salgo a pasear: antes muerta que sin música ni perro. Era una mañana especialmente bonita, sin viento, con sol y una temperatura más que agradable. Una mañana perfecta para disfrutar del aire libre, la naturaleza y la luz de este rincón de España en el que vivo.

            Ahora que nadie nos oye, confesaré que, si veo que no hay más paseantes cerca, ni diviso bicicletero, corredor o agricultor alguno, suelo cantar a voz en grito sin pudor ni rebozo todo lo que se me pasa por la cabeza. Igual me da un bolero, que una canción moderna en inglés (y no sé inglés, imaginad el wanchu-wanchu cómo va), que canción melódica, que folklore de cualquier parte del país, que lo que sea. Mi perro se parte de risa, y a veces, si se la sabe, me hace los coros. En ocasiones me paro frente a algún campo cultivado y les dedico una a las hortalizas, que me miran curiosas. Después, al acabar, como no tienen manos para aplaudir, agitan sus hojas como ovación si lo he hecho bien. Si no, me ignoran para que deje de torturarlas con mis cantes, y yo sigo caminando.

            Esa mañana estaba yo de especial buen humor, como os decía, disfrutando de mi paseo; además, tenía la garganta especialmente afinada, porque me arranqué por Nino Bravo ante unas lechugas que crecían en una parcelita colindante al camino, y les gustó tanto que me hicieron la ola. Continué andando sin encontrarme más bicho viviente que los pájaros (pero ellos no se chivan de mis conciertos improvisados, no me importa que me oigan) y algún erizo despistado, así que seguí dale que te pego a la cuerda vocal. Y de pronto, le vi.

            Mira que he pasado veces junto a esa valla, pero nunca me había dado cuenta de que él estaba allí. Precisamente esa finca, que tiene la cerca de malla metálica cubierta por una especie de tela plástica color verde, es uno de mis puntos preferidos para coger caracoles, porque los más gordetes suelen trepar por esa tela, que les atrae por alguna razón que se me escapa, y no tengo que buscar ni que agacharme: los cojo sin dificultad, a veces por docenas. Pero, por efecto de los días de viento, la tela se había soltado de sus anclajes y yacía en el suelo hecha un desastre, con lo que, por primera vez, pude atisbar a través de la valla metálica lo que había dentro. Entre larguísimas filas de plantones de higuera (de esas que dan higo calabacita, fruta que tanto aprecian los ingleses rellena de praliné y bañada en chocolate), había un hermosísimo pomelo que movía sus ramas, llenas de amarillas, gordas y atractivas frutas, al compás del rock-and-roll que iba yo cantando.

            Me paré, sonriendo al verlo bailar, y le dije: “¡pero mira que árbol de pomelos más guapo había aquí, y yo sin saberlo!”. Y me respondió, sonriendo: “Dirás guapa, porque soy chica, que me llamo María Dolores. Gracias por el piropo, eres muy amable”. Rebusqué en mi repertorio, y decidí regalarle una canción con su nombre, esa que dice “olé, y olé, te mueves mejor que las olas”, y, para terminar mi interpretación, cambié la letra y acabé con un “… y en vez de decirte un piropo, María Dolores, te canto un pomelo”. Como una reina quedé. Ovación y vuelta al ruedo. Las jóvenes higueras, entusiasmadas, me llenaron de “bravos” y de “oles”, y María Dolores, sacudiendo una de sus ramas, me lanzó un pomelo maduro como regalo.

            Me lo merendé aquella misma tarde, con la misma satisfacción o más que quien se pone tibio del caviar más caro. A gloria bendita me supo. Me encantan los pomelos, y más si son como aquel, un regalo inesperado de uno de mis fans. Ay, qué bonita es la vida del artista…

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