sábado, 19 de enero de 2013

UNA ROSA ROSA


            Patricia era una mujer chapada a la antigua. Creía en el matrimonio para toda la vida, en la fidelidad, en la conveniencia de que la esposa se quedase atendiendo el hogar y los hijos en lugar de trabajar fuera de casa… Así la educaron, y así deseaba que fuera su vida. Al terminar los estudios elementales, dejó los libros y aprendió a bordar, a planchar, a cocinar, y todo cuanto a su madre se le ocurrió que debía saber para ser una buena esposa.

            Ramón y ella tuvieron un noviazgo como los de antes: manitas en el parque, respétame hasta que sea tu esposa, presentación oficial a la familia, sábanas y toallas con las iniciales de ambos entrelazadas y petición de mano. A ella le gustaban las rosas de color rosa (“rosas redundantes”, como él decía), y esas fueron las flores elegidas para el ramo de la novia. Quizá si hubiese sabido que Ramón, cuando la dejaba en casa a las diez, en lugar de irse a dormir se iba de parranda, no se habría casado con él. Lo cierto es que a su novia oficial la respetaba, pero a sus espaldas se acostaba con cualquiera que se le pusiera a tiro.

            Estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo cuando una conocida vino a decirle que él tenía otra. Y que “la otra” no era la primera “otra” que tenía. Resumiendo: que el globo de ilusión en el que Patricia había vivido durante aquellos años se pinchó de pronto, y se dio cuenta de que, si él se iba, no tenía medios para salir adelante. Jamás pensó que una cosa así le pudiese pasar a una mujer honrada como ella. ¿Qué podía haber hecho mal? Cuidaba de él, le lavaba y planchaba la ropa primorosamente, le hacía las comidas que le gustaban, mantenía su casa limpia, ordenada y reluciente, y nunca le negaba en la cama lo que él pedía cuando él lo quería. Le había dado ya un hijo varón, y estaba a punto de parir al segundo. No había nada, como esposa, que él pudiese reprocharle. ¿Qué era lo que no encontraba en ella?

            De la noche a la mañana, lo que para Patricia era un matrimonio idílico se convirtió en una gran mentira. Aguantó sin decir nada unos días, mientras aclaraba sus ideas. Decidió quedarse a su lado de momento, ya que no tenía otro modo de vivir, y menos en su estado, ya cumplida de cuentas y con un niño aún en pañales. Se arrepintió vivamente de no haber aprendido otro oficio que el de esposa, porque eso la ataba a un hombre que se acostaba con otras mujeres; llegó a plantearse si tendría que consentir y disculpar la “flojera de bragueta” de Ramón, como hacían nuestras abuelas, con tal de mantener a sus hijos.

            No fue necesario que ella tomase ninguna decisión al respecto, porque al día siguiente del bautizo del pequeñín, Ramón se marchó con la otra. La dejó con los dos niños, una pensión corta para su manutención, y una disculpa torpe y cobarde: “me casé porque era lo que tú querías”. Y ya está. Divorcio rápido, y un fin de semana de cada dos con sus hijos, porque la custodia compartida era mucha molestia para él. Patricia vivió el proceso como si fuera un sueño (esto no me está pasando a mí, esto no me está pasando a mí). Pero era una mujer, y como tal, terminó encontrando en sí misma los recursos para salir adelante.

            Llegó el cumpleaños de Ramón, y cuando salió de su nuevo piso de divorciado por la mañana encontró, en el escalón de la puerta, una rosa rosa. Al verla, supo de inmediato que había sido ella. “Vaya, me ha perdonado”, pensó. Un año después, se repitió el detalle, y también al siguiente, y al siguiente cumpleaños. No hablaban, no se veían nada más que lo indispensable por los niños, pero ella seguía teniendo esa atención con él. No se lo dijo a “la otra”, ni a la otra que siguió a esa “otra”, ni a ninguna de las mujeres con las que vivió. No era algo que debieran saber. Cada año, el día de su cumpleaños, se sentía halagado al encontrar en su puerta la “rosa redundante”.

            Cuando el hijo mayor cumplió los treinta años, se casó con una chica estupenda. Patricia y Ramón fueron a la boda, como es natural. Ella lo hizo sola, y él con la pareja de aquella época. Se vieron, se saludaron, y la vio tan guapa, tan serena y madura, sonriente mientras atendía a los invitados, que le pareció que no había otra mujer más hermosa en la ciudad, y dejando sentada (y bastante enfadada) a su acompañante, invitó a su ex mujer a bailar. Ella no accedió. Después, al día siguiente, la llamó para charlar con ella, y tampoco accedió. Fue a esperarla a la empresa de limpieza en la que trabajaba, pero Patricia no quiso que la acompañase a casa. Se enamoró como un loco.

            Anduvo un año detrás de ella, insistiendo, hasta que le concedió una cita. Para entonces, su pareja se había cansado de ser ignorada y había hecho la maleta. Cenaron en un coqueto restaurante italiano, y él no paró de hablarle de amor, de recuperar lo que tenían, de lo mucho que la había extrañado, de lo estúpido que había sido… y de lo conmovedor que había resultado para él encontrar la rosa rosa cada año. “Te ganaste mi corazón con esas flores, amor mío, porque con ellas me decías que no podías olvidarme, que me seguías queriendo a pesar de lo que te hice. Jamás encontraré otra mujer como tú, y quiero que volvamos a casarnos”. Y se sacó una alianza del bolsillo. Así, sin más.

            Patricia se echó a reír a carcajada limpia, se levantó y pidió su abrigo. Pero antes de dejarle con el anillo en la mano y una impresionante cara de estúpido integral, le dijo: “soy una mujer chapada a la antigua, Ramón, y a mí me enseñaron que a los muertos se les recuerda llevándoles flores. Esa rosa anual no era una señal de amor, sino de respeto por un difunto. Era para recordarte que estás muerto para mí, así que… ¡por ahí te pudras!”

Y, poniéndose el abrigo sobre su espléndida dignidad de mujer, se marchó sin pagar siquiera la cuenta del restaurante.

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