jueves, 3 de enero de 2013

VALPORQUERO


            Nunca he sido aficionada a la espeleología, a mí esas cosas que implican arriesgar la pelleja de cualquier manera me dan alergia. Vamos, que la idea de arrastrarme por túneles subterráneos con una linterna en la cabeza, llena de cuerdas y equipo pesado, y con la sensación de que en cualquier momento van a tener que rescatarme dos legiones de bomberos porque me atasqué, me perdí o me partí una pierna, no me seduce nada. Nada en absoluto. Y que me perdonen los aficionados a la espeleología, pero de verdad, no le encuentro el atractivo.

            Pese a esta circunstancia que acabo de comentar, lo que sí me gusta, y mucho, son las cuevas. Es decir, las visitables por cualquier hijo de vecino. Me fascina su silencio, el ambiente en el que parece que el tiempo se detuvo siglos atrás, las aguas rezumando por las paredes, y las caprichosas formas que el líquido y su carga calcárea han ido creando a través de los milenios. Recuerdo que de niña me gustaba encontrar similitudes entre las estalactitas, estalagmitas y demás formaciones con animales y otras cosas. Algunas eran muy obvias, y el propio guía de la cueva las señalaba con su linterna y las nombraba: “aquí, a la izquierda, la rana. A la derecha, el bisonte cornudo. Sobre sus cabezas, la carrera de caracoles”, y así. Al resto, era mi cabeza novelera la que les ponía nombre. Era como jugar a mirar las nubes, pero con mucho más tiempo para encontrarles significado. A las formaciones minerales no las empuja el viento, ni las hace cambiar.

            Las primeras que visité fueron las de Artá, en Mallorca. Mucho menos famosas que las del Drach, sin lago ni violinistas, pero enormemente bellas, y campo abonado para la imaginación. Recuerdo mi fascinación infantil, mi fantasía rebotando de columna en columna, la mano regordeta tocando los charquitos de las rocas con la idea de que mi dedo se podía quedar recubierto de una capa de piedra (el guía se moría de risa, luego me explicó que para formar una de aquellas estalactitas se necesitaban milenios). Allí aprendí que a las cuevas también llegan vándalos, ignorantes y desaprensivos capaces de romper los “chupiteles” minerales para llevárselos a casa de recuerdo, cargándose por capricho algo que la Naturaleza había tardado una eternidad en crear. Pisapapeles de valor incalculable.

            Las siguientes salas que visité fueron las de las hermosísimas cuevas de Campanet, también en la isla de Mallorca. En ellas encontré material para soñar durante semanas: ejércitos de soldados caminando en la lejanía, camellos, celosías tras las que misteriosas muchachas esperaban anhelantes a sus enamorados, órganos fantasmales que serían tocados por trasgos o duendes en las noches de tormenta… todo un mundo oculto en aquellas estancias frescas y oscuras en las que no existía el mundo exterior. Años más tarde estuve en algunas de Cantabria (las de Altamira no, estaba tan restringido el acceso por el deterioro de las pinturas que la lista de espera se acercaba a los cuatro años), pero en ellas el rastro humano (dibujos, utensilios, huesos…) contaminaba el ambiente y destruía el misterio natural. No las disfruté nada de nada.

            Después de ver unas cuantas más por aquí y por allá, descubrí que las más bonitas del mundo mundial están en mi tierra natal, y es que a menudo dejamos para más tarde lo que tenemos cerca porque “podemos ir cuando queramos, total, está aquí al lado”, y no disfrutamos de lo que más a mano nos queda. León, para mí, tiene innumerables atractivos de los que todo el mundo habla: la catedral gótica más hermosa de la cristiandad, los frescos románicos de San Isidoro (todos los hemos visto alguna vez en libros, calendarios, documentales, facsímiles y demás), la mejor cecina, el mejor chorizo y las más sabrosas morcillas del país (marisco de cuadra, como yo digo), las cigüeñas más grandes y hermosas del continente… y las cuevas de Valporquero. Recorrerlas es tan mágico que uno se abstiene de hablar siquiera para no romper el hechizo de su silencio eterno. Inmensos salones, galerías, formaciones caprichosas… un recorrido que pone a prueba las piernas y que hay que hacer abrigado en cualquier estación del año (allí abajo la temperatura es bastante fresca incluso en verano), con un buen calzado deportivo, los sentidos alerta y la capacidad de soñar de un niño. El resultado es sorprendente, os lo garantizo. Allí, caminando por sus enormes salones, podríais encontrar piratas ocultando sus botines, diálogos de campanas subterráneas, criaturas desconocidas con inmensos ojos creados para ver en la eterna oscuridad, miedosas y tiernas… Podríais encontrar cualquier cosa que seáis capaces de imaginar.
http://www.youtube.com/watch?v=EBpVKprMDyU

            Apuntad el nombre: Cuevas de Valporquero. Un sitio fantástico que recomiendo a todos los que sabéis mirar con los dos pares de ojos que todos tenemos: los de la cara y los de dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario