martes, 8 de enero de 2013

Y DE REPENTE... UN CONEJO


            Llegó a mi vida un día de Reyes de hace… bueno, hay discrepancias sobre ese tema. Yo digo que fue cuando cumplí los cinco años, mi hermana dice que yo tenía tres y ella cuatro. La realidad es que hace ya muchas navidades de eso. Fueron nuestros primeros peluches. Eran dos conejos, uno para ella, otro para mí. Idénticos en todo, excepto en el color: el mío era más pálido y el suyo más tostado. No sé si fue casualidad, o lo decidieron así porque yo tiraba más a rubia y ella más a morena. Tenían al cuello un lazo anudado en forma de pajarita, de color rojo con lunares blancos, bastante hortera. Yo se lo quité al mío porque era pequeña, pero no tonta, y sabía de sobra que los conejos de verdad van desnudos.

            Mi conejillo me ha acompañado durante muchos años. Aquello sí que eran peluches bien hechos, no como los de ahora, que se rompen a la de dos. Este aguantó lavados, algún pis nocturno, varios cambios de domicilio y trotes múltiples. Descosí la punta de una de sus orejas, saqué el alambre que la mantenía tiesa, le puse un botoncito automático y la usé durante bastante tiempo como escondite seguro para mis billetes de cien pesetas.

            Es el juguete más antiguo que conservo; me habría quedado también con mi Nancy melenuda, pero mi hermano la usó de pelota de golf una vez (el palo era una escoba), y del golpe se desarmó. No tuvo arreglo. Los barriguitas, que teníamos una docena, fueron desapareciendo por alguna oscura razón que desconozco. Total, los teníamos repetidos, rubios y gordos; no teníamos el negro, ni el chino, ni el indio. Eran todos caucásicos, nórdicos y aburrídicos. El caso es que, cuando me casé y me vine a vivir a estos Levantes, el conejo se vino conmigo.

            No imaginé que mi hermana mayor, mucho más bohemia y mucho menos convencional que yo, también iba a guardar el suyo. Jamás me dio por preguntarle qué había sido de él, hasta que un día lo vi en Internet. Y es que los dos hermanos conejos han evolucionado de muy distinta manera, igual que nosotras. Así como el mío sigue tan mudo como siempre, jubilado ya de vigilar mis sueños infantiles primero y los de mis vástagas después, quieto y sentado en una estantería, el suyo no. De aspecto parece el mismo, pero en todo lo demás…

            Resulta que ese bicho orejón tiene nombre y apellidos. Se llama DelaRose Lapin, y se mete en todos los fregados habidos y por haber. Le da al carajillo de orujo de Potes como el que bebe Coca-Cola, es adicto a los barquillos de Hacendado (los rellenos de turrón no, los otros, los de las puntas de chocolate), lee la prensa a diario y opina. Mucho. Además, cuando se aburre hace malabarismos, convierte la cocina de mi madre en un local de strip-tease con su barra americana y todo, les hace cirugías varias a las latas de piña en almíbar y zampa roscón de reyes a dos zarpas. Es contestón, irreverente, sinvergüenza y muy, muy tierno.

            Como el lenguaje de los humanos le resultaba algo aburrido, ha desarrollado el suyo propio, que a menudo hace que me tenga que ir corriendo al baño de la risa. Mi hermana le riñe a menudo: “So conejo, que eres un so conejo”, pero él hace una pedorreta, se coloca las gafas de mi padre y se pone a leer el “Pronto” para echarse unas carcajadas. Si la ansiedad le puede porque no tiene chocobarquillos a mano, igual se pone a jugar a los trapecistas en la lámpara del comedor. Aborrece cordialmente lavarse los dientes, y le van a salir unas caries como túneles del Metro, pero cualquiera se atreve a llevarle al dentista conejuno…

            DelaRose Lapin campa a sus anchas haciendo de las suyas en todas las redes sociales habidas y por haber; lo mismo se asoma a Twitter, que me lo tropiezo por Facebook haciéndose un piercing con una pinza de tender la ropa… Tiene blog propio, y hasta una web, y como tiene pelos en todos los sitios menos en la lengua, dice lo que se le pasa por la neurona, y se queda tan fresco. Qué distinto es de su hermano, el conejo que me tocó a mí, que no chista ni una. Lástima no haberle dado el cambiazo a la caja aquel lejano día de Reyes, mecachis. O “mecasoensoria”, como diría DelaRose.

            Merece la pena conocerle; a mí me tiene enamorada. Os dejo el enlace de su web. La conejera más divertida del mundo mundial.

2 comentarios:

  1. Sú... tus cuentos en mi móvil son un pequeño regalo que espero cada día. Gracias por cada uno de ellos. Me hacen sonreír y por eso pensé en ti cuando tuve que otorgar premios virtuales...
    http://juntandomasletras.blogspot.com.es/2013/01/yo-premiada-y-por-partida-doble-no-me.html

    Besos!

    ResponderEliminar
  2. Gracias por acordarte de mí, Lidia. Un beso grande.

    ResponderEliminar