jueves, 28 de febrero de 2013

CON PIES DE BARRO


            Un comportamiento muy propio de los seres humanos es lo de idealizar a nuestros semejantes. Alguien destaca, da igual por qué; le admiramos, y poco a poco le vamos elevando a nuestro particular altar. Cada vez le vemos más guapo, cada vez le encontramos más amable, más sonriente, más bueno, más magnético. Se va convirtiendo en nuestro modelo a seguir, imaginamos que en su día a día todo es igual de formidable que en sus apariciones públicas. Imaginamos que no tiene ningún defecto, o, como mucho, tiene alguno pequeñito, insignificante y perdonable.

            Para nosotros, esas personas a las que admiramos tan profundamente son mejores que los demás, sobresalen del común de los mortales. No somos siquiera capaces de imaginarlos en situaciones comprometidas o poco agradables, como yendo al lavabo, al ginecólogo, o cortándose las uñas de los pies. Es casi como si no fueran humanos mortales igual que nosotros, como si hubiesen bajado de algún lugar que a los demás nos está vedado. Preguntad, por ejemplo, a las más encendidas fans de Bisbal, a los adoradores de Cristiano Ronaldo o Messi, a los que idolatran a Charlize Theron o a quienes les hacen los ojos chispitas en cuanto les nombras a Madonna, Pablo Alborán y demás, porque estrellas hay de todos los tipos, tamaños, colores y talentos.

            Lo malo de esto es cuando el ídolo comienza a meter la pata, o sea, a mostrarse humano con todas sus consecuencias, y se te rompe el mito. Así, de repente te encuentras con que Maradona le pega a la coca y va abandonando hijos por ahí, Ronaldo come como un cerdo y vale la pena saltarlo antes que rodearlo, Lance Armstrong lo ganaba todo porque iba dopado hasta las pestañas… Salta en pedazos todo lo que significaron un día, y ya no vale de nada cuanto hicieran de bueno, porque jamás se les vuelve a mirar igual. Desaparecen los ejemplos de superación personal para convertirse en un simple “lo hacía por dinero”. Entonces, la actriz ya no es tan deslumbrantemente guapa, el cantante ya no te embelesa, la cara del corredor te inspira más asco que otra cosa. Empiezas a darte cuenta de que, aunque destaquen o hayan destacado por alguna faceta, descuidaron demasiado las demás, incluso las verdaderamente importantes. Descubres que no son mejores que tú.

            El último gran ejemplo de lo que digo es el de Óscar Pistorius, que ha pasado en menos de un año de ser el súper hombre que supo sobreponerse a su deformidad y colocarse a la altura de los mejores corredores sin tener piernas, a ser un monstruo que apalea a su novia y la asesina de cuatro tiros. Y a ti, que lloraste de emoción al verle correr en las olimpiadas de Londres, con sus prótesis biónicas, su mirada de tenacidad y su coraje, se te queda cara de panoli, el estómago encogido y una sensación de haber sido estafado que no se te quita en semanas. Era, como los demás, un ídolo de pies de barro; vino el agua, se ablandó y cayó. Sin más. La apariencia dorada se la habían dado nuestros propios ojos. Bueno, y la publicidad de la televisión, que siempre ayuda.

            Hace mucho tiempo aprendí a tomar ejemplo de personas cercanas. En ellas veo cosas que admiro, pero también todo lo demás, y eso me hace tener la cabeza sobre los hombros, sin más decepciones de las que, imagino, yo misma podría producir en los demás. Tal vez mis particulares ídolos no sean superfabulosos, superguapos, superdeportistas, supermillonarios ni super-nada, pero todos me enseñan cosas que me hacen ser mejor. Y no me ocultan ninguna de sus caras. Así no hay trampa, ni cartón, ni espejismo. Admiro y admiraré a mi madre por su paciencia conmigo y su amor infinito; a mi padre, por su capacidad intelectual, su hambre de cultura y su abrazo protector. Admiro a mi mitad por su tolerancia, su capacidad de adaptación y la seguridad que su sola mención proporciona a todos los que le conocemos. Admiro a mis amigos Josué y Gustavo por sus voces inmensas y el cariño que me devuelven, y también a mi amiga Teresa por su capacidad de mirar hacia delante a pesar de los problemas. Estos son solamente cuatro ejemplos. Podría seguir, pero la lista sería interminable.

            Tener un ídolo que nos sorbe el seso, al que adoramos y al que querríamos parecernos en todo, es un grandísimo atraso, porque todos nosotros tenemos algo digno de ser admirado. Saquémosle brillo a nuestras propias cualidades, y hagamos un gran “collage” con las cosas que nos gustan, para que nuestro modelo no tenga pies de barro, sino unas raíces firmes en la tierra, ramas que nos den sombra, hojas que nos proporcionen aire que respirar y frutos que nos alimenten.

miércoles, 27 de febrero de 2013

METÁFORAS


            El viejo profesor tenía muchos años de oficio a sus espaldas. Sus alumnos ya no eran niños, sino chicos y chicas de dieciséis, de diecisiete y hasta dieciocho años. Proyectos de hombres y mujeres casi hechos, en una edad en que la rebeldía existencial de la primera adolescencia ya debe haber pasado a la historia. Ciudadanos a los que ya se les suponía una cultura, una educación, unos cuantos libros leídos, un proyecto de futuro. Habían llegado casi al final del bachillerato; los que carecían de ambición intelectual y no pensaban hacer estudios superiores, ya hacía tiempo que habían abandonado el centro. Los que quedaban ya conocían los fundamentos del álgebra, la aritmética, las ciencias y la química, la geografía y la historia, el arte y la literatura, las lenguas propias y algunas extranjeras, el latín, el griego y hasta la filosofía.

            El profesor sabía ya perfectamente cómo era cada uno de sus alumnos. Sabía quién estudiaba y quién no, quién copiaba, quién miraba los apuntes la noche antes, soltaba lo poco que había podido retener para aprobar justito, y lo olvidaba instantáneamente. Sabía quién se esforzaba por encima de sus posibilidades intelectuales, quién amaba su asignatura y quién no. Pero, les gustase o no, debían aprobarla para continuar adelante, y se afanaba en enseñarles al menos a respetarla para poder entenderla, aplicarla y retenerla. No era de los que daba aprobados generales, así que, en el ránking de popularidad del instituto, no estaba en los puestos más altos, pero eso le daba igual. Su tarea no incluía la de ser amigo de los chicos, sino enseñarles.

            En una ocasión, el viejo profesor puso un examen. Toda la materia se había dado en clase, estaba explicada, había preguntado por las dudas y resuelto cuantas se le plantearon; había avisado de la fecha de la prueba, así que no era una sorpresa. Antes de empezar, ya sabía quién dominaba los temas y quién no, quiénes contestarían al azar por si sonaba la flauta y arañaban algún punto, quién pondría solamente el nombre y entregaría la hoja antes de dos minutos, quién estiraría hasta que sonara el timbre peleándose con el texto… Ya era casi final de curso, y el camino y la actitud de todos estaban bastante claros.

            Al día siguiente, puntualmente, entregó las notas; casi todos esperaban, más o menos, la calificación que iban a obtener. Solamente uno se mostró en desacuerdo, de modo que el viejo profesor le hizo quedarse al final de la clase. Era un muchacho alto, no demasiado estudioso. Iba aprobando porque era inteligente, pero nada trabajador. Se saltaba algunas clases, y le faltaban apuntes. Lo de estudiar en casa no era, precisamente, su actividad favorita, pero por alguna razón, no esperaba suspender aquel examen. Gran parte de las preguntas le sonaban, había contestado “de oído” y acertado algunas, pero se había quedado en un cuatro. Se echó a llorar.

            El viejo profesor le puso la mano en el hombro para confortarlo, y le contó una antigua leyenda. “Mira, Fulanito. Cuando el rey Boabdil el Chico perdió Granada en 1492 a manos de los Reyes Católicos, tuvo que huir de la ciudad. Su madre, la sultana Aixa, iba con él. Desde un cerro próximo, Boabdil contempló por última vez su amada y bellísima Granada, lo que había sido el último bastión de su reino, y sintió tanta pena que se echó a llorar. Su madre, en ese momento, le dijo: “hijo mío, no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Quería decirle que lamentarse después no sirve, hay que pelear mucho más si se quiere que los resultados sean distintos. Lo entiendes, ¿verdad?” El chico se sonó los mocos en un pañuelo, le devolvió el examen y se marchó.

            Al día siguiente, el viejo profesor fue llamado al despacho del director. El alumno y sus indignadísimos padres habían puesto una denuncia contra él “por llamar al chico maricón”. Fueron incapaces de entender siquiera una metáfora tan sencilla y hermosa como sutil.
De donde no hay, no se puede sacar.

martes, 26 de febrero de 2013

LA TARTA


           El bizcocho crecía en el horno, inundando toda la casa con el olor de sus ingredientes: el yogur de limón, la corteza de naranja, el chocolate en polvo, las almendras… Ponía siempre especial cuidado en cubrir la masa con papel de aluminio hasta que terminaba de subir, porque si no se le hacía una costra tostada por encima que impedía a la levadura hacer todo su efecto, y ya no quedaba suficientemente esponjoso. No quería que tuviese la consistencia de un ladrillo; por eso había empleado un buen rato en poner a punto de nieve las claras. El aceite, del mejor y más aromático que había en la tienda. Y la harina, bien fresca. Nada podía fallar.

            Pensó en el relleno que le podía poner; a él le gustaba que emborrachase primero con un poquito de patxarán, así que hizo un almíbar ligero con azúcar, le añadió un chorro generoso de licor y un poco de canela, y buscó la brocha. Después, buceó en la despensa. Las mermeladas caseras eran su debilidad, y la semana anterior había preparado gran cantidad de confitura de fresas, de modo que cogió un frasco de color rojo oscuro y lo llevó a la cocina.

            Para adornar ya tenía preparadas las fresas frescas; el frutero del barrio había escogido las más bonitas de la tienda. “Son para adornar la tarta de cumpleaños de alguien especial”, le había dicho. El hombre le había guiñado un ojo y había sacado una cajita que tenía guardada, fuera de la vista del resto de clientes. “Entonces, necesitas fresas especiales”. Eran grandes, de un precioso color rosa. Brillaban, perfectas, haciendo que se llenaran las bocas de saliva solamente de verlas. Las compró.

            Montar la nata fue un momento. Tuvo cuidado de no batir más de la cuenta, para que no se pasara a punto de mantequilla. Después, con el bizcocho ya frío, usó un hilo de pescar para cortarlo en tres capas iguales. Un truco sencillo, pero efectivo. Emborrachó con mimo la lámina de bizcocho, extendió la mermelada, puso la siguiente lámina, repitió la operación. Tapó con la última, la regó de patxarán con almíbar, extendió la nata y colocó los fresones, partidos transversalmente y bien limpios, cubriendo toda la tarta. Después puso la nata restante en su manga pastelera, una boquilla estriada, y adornó el borde y todos los espacios entre la fruta.

            Sabía que le iba a encantar, porque siempre había tenido una especial predilección por las tartas con fruta fresca por encima. Después, metió el pastel en una caja, cogió la corona de cartón para nombrarlo rey, y se marchó a la residencia.

            Aníbal no la esperaba. Estaba aburrido en su silla de ruedas, en un rincón del salón, sumido en sus recuerdos de juventud. Ella llegó a la hora de la merienda. Puso las mesas en el comedor, le llevó allí junto con todos sus compañeros de sala. Cuando Aníbal vio la tarta, no se lo podía creer. Se dejó coronar, feliz, aplaudiendo como un niño, lleno de ilusión. Apagó su vela con mucha dificultad, riendo. “Aún tengo fuelle, aún puedo”, decía sin advertir que ella, desde su espalda, también había tenido que soplar para extinguir la llamita. Todos sus compañeros le felicitaron, y compartieron con él su pastel de cumpleaños. Le cantaron. Lloró, emocionado, conmovido por tanto cariño inesperado. Esa noche se fue a dormir feliz.

            Ella recogió los restos de la pequeña fiesta, ayudada por una trabajadora de la residencia. Era el ritual de todos los meses; Aníbal adoraba las tartas y los cumpleaños, y siempre se había celebrado sus aniversarios en familia. Ahora ya casi no le quedaba familia, pero él no lo sabía. Tenía noventa y seis años, su esposa y sus dos hijos ya habían muerto, y también sus nueras. De los cuatro nietos, solamente ella, la que hacía sus tartas, vivía en la ciudad donde estaba la residencia. El resto estaba desperdigado por el país.

            Esperar un año entero para que te den lo que más te gusta no es demasiado en la juventud, pero es mucho en la vejez. Por eso su nieta le hacía cada mes ese pequeño homenaje. Y para él eran los mejores ratos del mundo. No olvidaré la luz de la ilusión en aquellos ojos cansados. Pocas veces una simple tarta significó tanto.

lunes, 25 de febrero de 2013

CREER EN LA GENTE


            Esto de la crisis desastrosa en la que vivimos, sumergidos todos, asfixiados muchos, y tratando de salir a flote la mayoría, va a tener la virtud de despertarnos. Vivíamos pensando que cualquier cosa que pudiéramos soñar la podíamos conseguir, y no es así. Esto es la vida real, no un anuncio de Coca-Cola, Punta Cana no es un paraíso de obligada visita para todos, ni vivir de alquiler es tirar el dinero, ni un conductor que solo va a circular por carreteras necesita un enorme todo-terreno que traga más combustible que un reactor de cuatro turbinas. Que por mucho que el banco te diga que sí, es que no, y el brazo no se puede alargar más de lo que da la manga sin correr serio riesgo de que, de tanto estirar la tela para que cubra más, al final se rompa y se nos vea el culo.

            Cuando nos dimos cuenta de que no vivíamos en los Mundos de Yupi, el batacazo fue tan serio que nos volvimos animales heridos. Feroces. Tratamos de defender ese estatus indefendible culpando a los demás; si un cliente no pagaba, le amenazábamos. Si un proveedor nos exigía, le dábamos largas llamándole cabrón por la espalda. Alguien tenía que tener la culpa de lo que estaba ocurriendo, y casi siempre era el de al lado. “Fulano me está robando los clientes”, pensaba el pequeño empresario. “Fulana infla los precios para forrarse a mi costa”, pensaba el consumidor. “Este año no voy a poder tener vacaciones”, pensaba el trabajador. Y vivíamos enfadados todo el tiempo.

            Han pasado ya tres años desde que esto explotó, y creo que ya vamos entendiendo quiénes son los culpables de todo, y no es el de al lado. No es el que te compra lo tuyo ni el que te vende lo suyo. Son los de arriba. Porque, no nos equivoquemos, si algo nos han dejado claro es que, por dinero que tuviéramos, por buenos coches que compráramos y buena ropa que usáramos, por buen sueldo que nos pagasen y buenos viajes que nos pegásemos, seguíamos siendo los de abajo. Y aunque parezca que alguno de los de arriba ha caído o se ha arruinado, nunca es tal, porque ellos ya sabían que esto se iba al garete, y ya se procuraron lancha salvavidas en la que flotan con un Martini en la mano mientras los demás tratamos de no ahogarnos. Durante unos años hemos soñado que podíamos, y lo único que hemos hecho ha sido llenarles los bolsillos alegremente, para que ahora puedan hacer y deshacer a su albur, recuperando el control total. Y se ríen de esa falsa impresión que un día tuvimos de que el futuro de nuestro país estaba en manos de todos.

            Eso no quita para que esta crisis tenga un lado positivo. Y es que de verdad, por primera vez en mucho tiempo, hemos dejado de mirarnos el ombligo para mirar la cara del de al lado y compartir lo poco que nos ha quedado entre las manos. No son grandes rescates, sino pequeños gestos que a priori no parecen ser ninguna heroicidad, pero que tienen su significado tierno, verdadero, solidario y francamente esperanzador.

            Yo tengo una amiga a la que no conozco (milagritos de internet) que trabaja en una administración de loterías. Es una persona que padece una dolorosísima enfermedad y que podría estar siempre compadeciéndose de sí misma, pero no lo hace: cuanto más se hincha, cuanto más le duele, más se agudiza su vista hacia los que la rodean, porque lo suyo no tiene cura, pero mejorar la vida de los demás la consuela como ninguna otra cosa. Hoy me contaba que a su establecimiento se acerca cada poco una anciana; rebusca en las papeleras para obtener los décimos no premiados que tiran los clientes después de comprobar que no valen nada. Hoy le ha preguntado para qué los recoge. “Se los doy a mis nietos y les digo que son cromos. Lo malo es que ya vienen un tiempo preguntándome por el álbum, y yo les digo que no quedan en el kiosko, pero es que en realidad no se lo puedo comprar”. Y después se ha echado a llorar, justo como estáis haciendo ahora muchos de los que me leéis, porque os estáis poniendo en su pellejo, estáis imaginando la cara de vuestros propios nietos, o la de vuestros padres ya mayores. O quizá el rostro de la anciana lo estéis visualizando parecido al de esa vecina que sabéis que apenas tiene para comer decentemente a final de mes. Seguro que ya todos tenéis cara y voz para los personajes de esta historia.

            Esa amiga, a la que no conozco pero a la que ya quiero, le ha pedido a la anciana: “dígale a sus nietos que mañana reciben los álbumes en el kiosko, que no se preocupen”. Y en cuanto ha podido, se ha escapado a comprarlos. Y, o mucho me equivoco, o le guardará cuantos décimos no premiados pueda reunir a la pobre abuelita para que no tenga que meter las manos en las papeleras tratando de encontrarlos.

            La protagonista de mi historia de hoy no es esa lotera, ni la anciana. No son tampoco los maestros de ese colegio que, a pesar de haber perdido un porcentaje de su sueldo y la paga extra, compran a diario de su bolsillo zumos y galletas para los niños que llegan a clase en ayunas y sin almuerzo en la cartera porque en su casa no tienen nada para darles. Tampoco es esa mujer que recoge ropa usada de los amiguitos de sus nietos, la adecenta y viste con ella a los niños de una familia con problemas. Ni siquiera el bombero que se negó a descerrajar la puerta de Aurelia, en La Coruña, sabiendo que lo expedientarían por ello. El verdadero protagonista, para mí, es ese sentimiento que teníamos olvidado, perdido en el espejismo de bienestar en el que nos hacían vivir. Hemos recordado que todos tenemos una escoba en casa, y que si atamos los palos de todas, unas junto a otras, crearemos una balsa que no se hundirá, en la que cabemos todos, y a la que podemos subir, para que no se ahoguen, incluso a aquellos a los que ni siquiera eso, una triste escoba, les han dejado.

            Permitidme que siga creyendo en la gente. Ellos, los de arriba, feroces individualistas, adoradores del dinero, son tan pobres que están solos en su Olimpo de mentiras. Nosotros tenemos la verdad: nos tenemos unos a otros.

viernes, 22 de febrero de 2013

LO IMPENSABLE


            Toda la vida profesional de mi padre se desarrolló en los institutos. Enseñaba una de las asignaturas menos queridas por la mayoría de estudiantes, y lo hizo como entendió que debía hacerlo: con traje y corbata, por respeto a sus alumnos. Tratándoles de usted, y exigiendo de ellos el mismo trato. Con exquisita puntualidad, y no dejando entrar a nadie en su clase a partir de los cinco minutos de cortesía después de la hora. Con seriedad, sin amiguismos raros, sin palabras malsonantes. “No soy su amigo, ni su colega, soy su profesor”. La diferencia estaba más que clara. Nunca aprobó a nadie por debajo de cinco, como establecía la norma, pero estiraba las décimas a aquellos cuya capacidad no era la ideal, pero cuyo esfuerzo merecía ser tenido en cuenta. A los que pasaban de todo, solía ponerles un uno si eran capaces de escribir su nombre y dos apellidos correctamente, ya que en muchos exámenes era lo único que escribían en sus hojas. Algunos ni siquiera eso lo hacían bien, y además les importaba un bledo.

            Sus últimos años de ejercicio profesional, cuando yo ya estaba casada y fui madre por primera vez, me comentaba, cansado: “Susi, no puedo con los adolescentes de ahora. No puedo con su falta de educación, con su falta de respeto a la autoridad. No puedo con el hecho de señalarle a una alumna que escribe mal hasta su nombre, y que al día siguiente venga su madre, igual de inculta y taruga que ella, a decirme que el equivocado soy yo. Cada vez me siento más fuera de lugar en el instituto, verlos mascando chicles como si fueran vacas rumiando todo el día, oyendo su vocabulario lleno de palabras soeces, en las que decirle a uno hijo de puta es casi un piropo. No puedo pasarme la mitad de mis horas lectivas vigilando la biblioteca, no estudié una carrera para esto. Necesito jubilarme”. Pensé que se había hecho mayor. Que le fallaban las fuerzas. Me dio pena.

            Ayer pude ver en el informativo cómo un alumno de dieciséis años le pegaba fuego con un mechero, en el pasillo del instituto, al pelo de una de sus profesoras. Vi cómo ella caminaba, ignorante de que su melena ardía sobre su espalda, hasta que una chiquilla la alcanzó por detrás y se lo apagó a manotazos. El chico se quedó mirándola alejarse, con el cabello en llamas, tan tranquilo, sin preocuparse de si se le prendía la ropa, si se podía abrasar viva, si podía sentir dolor, quemarse la cara y quedar marcada de por vida. Él no iba mal vestido: sudadera Adidas, vaqueros de buena factura, deportivas caras, Smartphone de última generación, seguramente, en el bolsillo. Pero iba desnudo por dentro. Desnudo de moral, de empatía y de principios. Me dio tanta pena, y tanta rabia, que me eché a llorar delante del televisor.

            Es curioso que, para ser charcutero, te exijan título, carnet de manipulador de alimentos y un certificado de prácticas en alguna empresa del gremio. Y quien dice charcutero, dice cualquier otra profesión. Sin embargo, para ser padre nadie te pide absolutamente ninguna cualificación. Cualquiera vale. Cualquiera. Este es el resultado, porque la raíz del problema no está en los centros escolares, sino en la total y absoluta dejación de funciones de muchos padres, que ponen de canguro al televisor, que no dicen “no”, que no imponen castigos coherentes cuando hace falta. Que salen de trabajar y se van al bar en lugar de ir a casa a educar a sus hijos. Que, cuando se separan y su hogar se desmorona, siguen pensando que no necesitan ayuda para educar. Que en lugar de ponerse de acuerdo con los profesores para trazar un plan y ayudar al niño, les acusa de ser los únicos responsables de sus malas notas, de tenerle manía, de tratarlo mal. Que ven a su hijo hacer una gamberrada y le ríen la gracia. Que piensan que comprándole al chaval móviles caros y ordenadores chulos le compensan todas las horas que no le dedican “porque yo también tengo una vida”.

            Sí, es verdad, los padres también tenemos vida, pero los que somos responsables la aparcamos momentáneamente para entregarnos a construir la personalidad y el futuro de los hijos que conscientemente hemos decidido traer al mundo; darles más no es criarlos mejor, el “no” es un gran regalo para su educación, y los límites son las paredes en las que ellos se apoyan para crecer. “El árbol que se tuerce se puede enderezar cuando aún es pequeño, pero no cuando se ha hecho grande. Entonces ya solo sirve para leña, porque ni su sombra es estable”.

            Cuanto más mayor me hago, mejor entiendo a mi padre. Cuánto me alegro de verle en casa, jubilado y feliz, lejos de la jauría.

jueves, 21 de febrero de 2013

EL CASTIGO DE LAS RANAS


            Las ranas, como todos sabéis, son animales anfibios. Es decir, que pueden vivir y desplazarse con soltura en tierra y en el agua, y en ambos medios se defienden bien, pero no pueden vivir lejos del líquido elemento. Dentro del mundo de las ranas, dejando aparte sus múltiples razas y colores, se pueden distinguir varias clases de ejemplares: las ranas de río, las de laguna, las de arroyo y las de charca.

            Se podría establecer una curiosa analogía entre las ranas y los humanos; independientemente de si son blancos, negros, amarillos, tostados o alabastrinos, también es fácil, a poco que se les oiga hablar, distinguir los que son de ciudad, los que son de pueblo, de aldea o directamente ciudadanos del mundo. Pero no seré yo quien juzgue su manera de vivir, porque este cuento va a hablar de ranas, y solamente de ranas. Las similitudes y conclusiones, cada uno que extraiga las que más le apetezca.

            Las ranas de laguna se relacionan en pequeños grupos, porque la extensión en la que viven es muy grande, y sería imposible ver y saber de todos los batracios que la habitan. Son animales acostumbrados a buscarse el sustento sin depender de nadie; en la laguna hay peligros, pero es bastante sencillo encontrar buenas moscas y mosquitos de los que alimentarse. Por las noches, las ranas de laguna cantan para las más cercanas a ellas, y si buscan aparearse, se lanzan a buscar en otros grupos para no perturbar la paz del suyo con aventuras amorosas.

            Las ranas de río, y en más pequeña escala las de arroyo, son distintas. Van y vienen, les gusta trabar amistad con ranitas nuevas, dormir cada noche en un rincón distinto de la ribera… Son nómadas, no se meten con nadie porque el “vive y deja vivir” es su filosofía favorita. Solamente se disputan las moscas con las truchas, y juegan con la ventaja de poder saltar por la orilla para cazarlas, de modo que es difícil que les falte el alimento. De noche posan su canto en la corriente para que les llegue a los ejemplares de aguas abajo, pensando que quizá mañana, o al otro, se puedan conocer. Son seres felices, desde luego. Libres y felices.

            Las ranas de charca son, con diferencia, las más amargadas de todas. Viven en una sociedad cerrada con la misma agua siempre, que a veces, por efecto del calor, se ve privada de oxígeno y se pudre, ocasionando malos olores. Casi siempre son las mismas ranas, día tras día, noche tras noche, las que se ven las caras. Las que van naciendo nuevas aprenden y adoptan el comportamiento de las otras, de modo que allí nada cambia. Todas lo saben todo sobre todas, y se aburren tanto, pero tanto, tanto, que pasan el día hablando y cuchicheando unas de otras. Sospechan de cualquier cosa, y lo comentan entre ellas; si pasa una nube, porque pasa. Si hace sol, porque hace. Si la Rana Fulanita ha engordado, porque come demasiado. Si el Rana Menganito busca novia, que mira tú a quién se arrimó. No saben vivir sin abrir su bocaza para hablar de alguien, por lo común mal, y hay más veneno en sus pieles que en un ejército de serpientes pitón.

            En su favor hay que decir que las ranas de charca se ayudan mucho entre ellas; es el único pasatiempo que las saca de su rutina. Y después comentan cuanto vieron u oyeron mientras echaban una mano a la vecina. Los batracios que vienen a la charca procedentes de la laguna, o del arroyo, se quedan un tiempo en el agua estancada, pero pronto se asfixian y se marchan. Los pocos que se quedan, al final terminan comportándose como el resto, perdiendo su carácter.

            Hubo una vez un grupo de ranas que vivían en una charca muy pequeña. Solamente abrían su bocaza para comer y hablar mal. De noche cantaban versos envenenados sobre sus prójimas, y de día pregonaban la vida y milagros de las mismas con emponzoñada malicia. Los extraños que llegaban se iban enseguida, ahuyentados por tanta maledicencia. Las ranas de aquella charca eran feroces conversadoras y jueces de las vidas ajenas.

            Un día, el Dios de aquella charca, que se llamaba Elquematec (El Que Maneja Todo Este Cotarro), se hartó de tanta tontería y bajó a hablar con las ranas. “O cambiáis de actitud o seco la charca”. Las ranas bocazas se rieron de él y comenzaron a criticarle: que si mira tú qué soberbia, que si quién se ha creído este, que si menos lobos, Caperucita… Elquematec, que menos paciencia tenía de todo, dio un gran soplido y dejó la charca más muerta que el desierto de Gobi.

            Al ver aquello, todas las ranas tuvieron que emigrar. Algunas aprendieron la lección, se adaptaron a vivir en la laguna siendo más discretas, o en el arroyo y el río, y dejaron de meterse con las demás. Las que, a pesar del castigo, continuaron esparciendo el veneno de la maledicencia charqueril por doquier, fueron llamadas de nuevo por Elquematec. “No tenéis remedio”, les dijo. “No permitiré que continuéis enturbiando la convivencia del resto de ranas que os rodean, rompiendo la paz de las criaturas y llenando mi buzón de quejas y querellas. A partir de ahora, de vuestras bocazas solamente saldrá agua cristalina”. Y dicho esto, lanzó sobre ellas un rayo y quedaron convertidas en fuentes de jardín.

            Todas las ranas merecen una segunda oportunidad, pero una tercera ya es perder el tiempo.
 

miércoles, 20 de febrero de 2013

HUNDIMIENTO DE HOGAR


            Un hogar es una entidad tremendamente curiosa. Hasta la fecha, yo pensaba que para paralizar un hogar sólido tenía que pasar algo en verdad duro, un problema lo suficientemente terrible como para que la nave se fuera a pique después de años de navegación por mares procelosos. Yo creía que, para que un hogar dejase de funcionar, hacía falta un auténtico monstruo, como una gran infidelidad, una drogadicción, alcoholismo, maltrato, ludopatía, una visita de Rajoy… pero no. Para que un hogar se detenga de forma inexplicable, no es menester nada de eso.

            Ya habréis oído decir que la gripe de este año viene muy mala. Que ríete tú de la famosa “gripe A” de hace tres o cuatro años, que también la pasé, y no me incapacitó de esta manera. Certifico, sí, es cierto, una simple gripe puede tumbar a una adulta con un par de narices, como esta que escribe, dejándola K.O. durante una semana entera. Y ahí es a donde yo quería llegar: por ser una enfermedad infectocontagiosa, no quise que la “mamá suplente”, más conocida con el nombre de “Lagüelita” viniese a cubrir mi baja como ama de casa. Hoy me he levantado, he visto el resultado… y me he vuelto a acostar. Para hundir un hogar, una simple gripe de mamá es suficiente.

            Hay que ver. No imaginaba yo que el cesto de la ropa sucia tuviese tanta capacidad, no en su interior, sino por encima. En plan montaña. Que no sé si meterle mano o escalarlo y clavarle una banderita en la cumbre; ya decía yo que estos días veía a mis hijas con unos modelitos que no se habían puesto en años. Por lo visto, han decidido que más vale ir “demodé” que levantar la liebre y preguntar cómo funciona la lavadora. ¡Pues no muerde! ¡Ni se come a nadie! Es más sencilla de usar que cualquiera de esos chismes cacharrangos con los que juegan los niños de ahora, pero debe ser que no tiene suficientes colorines, ruidos y lucecitas como para que osen probarla. Mi hija mayor, de hecho, no se ha quitado el jersey en los últimos tres días. Yo pensé que es que tenía frío, pero no. Es porque lleva las blusas arrugadísimas y no quiere que se vean; “antes cocida en mi propio jugo que aprender a planchar y que luego pretendan que lo haga más veces”, eso es lo que ha debido de maquinar mi (inteligentísima, oh, sí) vástaga.

            La nevera está vacía. Hace eco. Solo habita en ella una coliflor. Eso sí, mi chico, con toda la buena voluntad, en los ratos libres que le deja el trabajo (que son entre cero y menos dos) friega los cacharros. Lo malo es que cuando los guarda lo hace donde él piensa que deben ir. Que no suele ser donde van. Si alguien encuentra mi escurridor de verduras, ruego que me lo diga, porque yo hace tres días que no sé de él. Le echo de menos, me hacía mucho papel.

            Luego está el tema de los animales. En esta casa acaban de descubrir varias cosas curiosas, como por ejemplo, que los peces, si tardas muchos días en darles de comer, no aprenden a buscarse el sustento. Se mueren. Así, tal cual, sin paños calientes, sin previo aviso, ni notificación, ni nada. Y los que sobreviven, lo hacen porque han podido comerse a los que murieron primero. La ley de la jungla en un acuario doméstico. Mi hija pequeña no ha rescatado los cuerpos, que le da asquito, pero eso sí, se ha maquillado concienzudamente para el sepelio, y después de unas palabras de condolencia ha tirado ella misma de la cadena. Dudo que mañana se acuerde de darles de comer; para algunas cosas (las que no le interesan, me temo) ella también tiene memoria de pez. Tres segundos, más o menos.

            Igual pasa con los gatos: aún no han inventado la arena auto-limpiable, de modo que si alguien no retira las cositas del cajón, ahí se quedan. En mi casa hay gato desde hace dieciséis años. A estas alturas, digo yo que ya no sería necesario decir toooooodos los días: “que alguien limpie la arena de los gaaaaaatos”. Ya deberían saber que hay que haceeeeeerlo. Pues no. Si no lo grito desde la cama, no hay manera. Igual que lo de cepillar al perro, lo de estirar las sábanas o lo de barrer.

            Ahora que digo barrer; hoy he cometido la osadía de ir a la cocina a beber agua yo solita. Y no se veía el suelo. Resignada, he cogido la escoba. Me ha salido relleno para un colchón de cama de 90, de lo que deduzco que no han barrido desde que caí enferma. Las pelusas que caminaban ellas solas por el pasillo me lo han confirmado, que esto en vez de una casa parecía la escena de un western, con los matojos rodando por ahí mientras el malo y el bueno se aprestaban a sacar sus pistolas.

            Lo del cuarto de baño no os lo quiero ni contar; por lo visto, alguien les dijo que la ropa que uno se quita para ducharse camina sola hacia la lavadora, se auto-lava alegremente, sube al terrado cantando por la escalerita, se tiende al sol como nosotros cuando vamos a la playa, y luego baja, se dobla y se mete a dormir al cajón como una niña buena. Y resulta que no, que al día siguiente continúa ahí, y al siguiente, y al otro. Los indisciplinados botes de gel y champú, cuando se terminan, no se suicidan en el contenedor del plástico, sino que hay que llevarlos. Y la basura de todo tipo no se auto-destruye, hay que bajarla a su lugar correspondiente.

            Las otras veces que me puse enferma, no pasó nada, casi ni se notó, porque estaba la “mamá suplente” (Lagüelita). Esta vez, por no contagiarla, no dejé que viniese. Y mi casa se ha detenido hasta embarrancar. No sé si levantarme de la cama y empezar a limpiar como una loca o llamar a una ambulancia, porque estoy al borde de un ataque de nervios. Eso sí, ya voy avisando: el próximo que me vaya a contagiar la gripe, que se prepare, porque, o me paga la asistenta los días que tenga que guardar cama, o le meto una demanda que se defeca pata abajo. Lo juro. Prevenidos quedáis.

viernes, 15 de febrero de 2013

COSAS QUE NO ENTIENDO


            Últimamente estoy un poco confusa. Y no, no es cosa de la gripe esta fastidiosa que me tiene las neuronas medio derretidas. Ya hace bastante tiempo que me siento así, porque vengo notando que a mi alrededor pasan muchas cosas que no entiendo. No les encuentro explicación por más que se la busco, y mira que me esfuerzo, pero nada, no hay manera. Aún va a resultar que fui a un colegio distinto del resto de gente, o que algún tipo de rara dislexia hizo que entendiese al revés cuanto me enseñaron.

            Desde mi más tierna infancia me insistieron en que las niñas y los niños podíamos aprender las mismas cosas y alcanzar las mismas metas. De hecho, nos enseñaron a leer a todos igual, a sumar, a restar, multiplicar y dividir del mismo modo. Ya sabéis: la M con la A, “MA”, dos mas dos, cuatro, y tres por dos, seis. Yo aprendí todo eso igual que los chicos, y no soy más lista que nadie, porque aún lo recuerdo. Y no me salen las cuentas.

También teníamos una clase de economía doméstica, en la que nos decían que tanto trabajas, tanto te pagan y tanto tienes para gastar; que si se hacen trabajos extra en las horas de ocio, el sobresueldo permite ciertas holguras, y ya. Que el dinero no cae del cielo, y que cuanto más preparado estés, mejor trabajo tendrás y mejor será el resultado de tus cuentas. Ahí también aprendíamos a distinguir los gastos superfluos de los necesarios, que comer es imprescindible, que a los hijos hay que procurarles educación, y que tan importante era que nosotras supiéramos administrar las cuentas familiares como que ellos supieran cocinar o planchar, de modo que todos lo practicamos todo. Pues nada, por lo visto, también hubo muchos que no fueron a esas clases. Y no me refiero a personas que ya cobran pensión de jubilación, no. Me refiero a gente de mi edad.

Luego estaban las clases de religión, de las que no nos podíamos librar; curiosamente, en los coles más modernos daban ética (en el mío no), y los valores que se enseñaban eran, en esencia los mismos. La ayuda a los demás, la importancia del respeto, del valor ante lo injusto, de la honradez, de la educación. La dignificación de la persona a través del trabajo. Puedo jurar que eso se estudiaba, aún guardo algunos cuadernos de aquella época. Por eso, cuanto más los repaso, menos lo entiendo.

No entiendo que algunas señoras muy conocidas juren y perjuren que no sabían de dónde salía el dinero que traían a casa sus maridos, que desconocían que fueran fruto de actividades fraudulentas. ¿Que qué? ¡Anda ya! Si mi marido empieza a traer a casa cantidades de dinero fuera de nómina, me doy cuenta más pronto que tarde, porque sé sumar, y dos mas dos son cuatro, no diecisiete ni cuarenta y dos. Cuatro. Todo lo demás sale de algún sitio, y quien no se hace preguntas es porque sabe pero no quiere saber. Si yo salgo a cantar, puedo traer a casa cincuenta, o sesenta euros que saben a gloria. Si salimos a tocar, puede que con suerte traigamos treinta o cuarenta cada uno, aunque muchas veces no llega ni a la mitad. No colaría que yo volviese a casa de un bolo con ocho mil euros, porque mi chico es listo y no traga. Cuando estábamos planeando la comunión de la niña, ahorrábamos para poder llegar a costear la celebración, contemplando cada gasto sin dejar nada al azar. Si de pronto hubiera llegado mi marido y lo hubiese pagado todo con esplendidez, ampliando la lista de invitados y sin reparar en gastos, el tema me daría qué pensar.

No me sirve. No me sirve que se defiendan diciendo que “yo no sabía lo que él ganaba”, “no preguntaba de dónde salía el dinero”, “no soy responsable de los delitos que él haya podido cometer”. No eres responsable. Eres cómplice, porque sabías que esos euros no eran limpios, y los disfrutaste. Porque tú también sabes sumar, multiplicar y dividir, y deliberadamente “olvidaste” hacerlo porque te convenía. Porque tus viajes en avión privado a Marruecos a comer cus-cús, los confetis de tus celebraciones familiares, los fastos de la boda de tu hija como si fuera una infanta de España, la colección de Vuittones que tienes en el armario han salido del pelotazo, el fraude, el blanqueo, el soborno, la estafa, el robo y la malversación, y no de tu nómina ni de la de tu marido, que por mucha carrera universitaria que uno tenga, el trabajo honrado no da para tanto. Para darse cuenta de ello solo hace falta saber sumar. Para no darse cuenta, hay que ser retrasado mental, analfabeto o las dos cosas, y ninguna de las señoras a las que me refiero lo son. Más bien son demasiado listas, me temo. Y no entiendo por qué no están ya desde hace tiempo, ellas y sus maridos, ante un juez que de verdad haya ido a la escuela y aplique lo que aprendió.

Otra cosa que no entiendo es la cantidad de asesores de todo tipo que tenemos, nombrados a dedo, cuyo sueldo (astronómico) pagamos entre todos, y que no tienen más que estudios primarios. ¿Qué hace la gente realmente preparada en la cola del paro o emigrando a Alemania? Yo se lo diré: hace el imbécil. Aquí, al final, o nos vamos todos y que se apañen esta caterva de sinvergüenzas, o les mandamos a ellos al paro y que emigren si quieren comer.

No sé si es que yo no entendí lo que me explicaron, o es que en esta ecuación hay una variable que sobra: o ellos o nosotros. Vosotros diréis. Yo lo tengo claro.

miércoles, 13 de febrero de 2013

POR TUS COLORES


            “Querida mía:

            Desde la última vez que estuvimos juntos, no he podido dejar de pensar en ti. Hasta ahora pensaba que Dios se había equivocado haciéndome ciego, pero ya voy entendiendo sus razones. Y es que desde que te conozco me doy cuenta de que, sin verte, veo mucho más que antes. Esa razón oculta que me hizo nacer sin luz tiene que ver contigo, y con la forma en que, recorriéndote, he aprendido a amar los colores que no conocía, y a amarte a ti a través de ellos.

            Nunca he visto el cielo ni tampoco el mar, pero sé que su color y el de tus ojos son el mismo. Lo sé porque cuando intuyo que me estás mirando me siento volar, y también porque aquel día que lloraste besé tu mejilla, y me bebí sin querer una de tus lágrimas, que sabía como el agua de la más limpia de las playas. Por eso tengo la certeza de que tus ojos han de ser intensa, inmensamente azules.

            Tu piel es blanca, lo sé. Tan blanca como la nieve, porque cuando te acaricio, tu cuerpo tiene esa misma suavidad que posee ella cuando está recién caída y nadie la ha pisado aún. Y también, como ella, te derrites entre mis dedos contagiándote del calor que yo desprendo, un calor que solamente tú sabes despertar, y que hace que me estremezca cuando te abrazo, igual que nos estremecemos cuando la nevada nos coge con poco abrigo. Tus mejillas han de ser rosadas, seguramente, como dicen que son esas rosas que llenan de fragancia los jardines por los que paseo cuando voy a tu encuentro. Rosadas y suaves como esos pétalos que, al rozarlos, me impregnan los dedos de su fresca fragancia primaveral, tan parecida al perfume que tú exhalas, porque aunque no me lo digas, yo sé que te perfumas para mí, lo percibo cuando llegas, cuando me abrazas.

            Yo no he visto nunca el color dorado. Me han dicho que es luminoso, como el sol, y por eso sé que tu pelo ha de ser así, porque al tocarlo siento que esos bucles infinitos en los que enredo mis dedos adornan a un ser de luz. Cuando tu pelo me roza el pecho el calor me inunda, como cuando me descubro para que el sol me broncee. Yo sé que si mis ojos te vieran, el oro de tu melena me deslumbraría, y por eso estoy contento de ser ciego: así puedo permanecer a tu lado sin creerte un ángel, y acariciarte, y poseerte, y dejarme poseer por ti sin sentir que estoy pervirtiendo a una criatura celestial.

            El color de tu boca ha de ser rojo, como el fuego. Lo puedo jurar por cómo me quema cuando me recorre, por cómo hace que me abrase de deseo en cuanto la siento sobre mi piel. Esa boca que me susurra palabras indecentes, y que solo calla cuando está bebiendo de mí, esa boca que le niegas a la mía sin que yo llegue a entender por qué, tiene que ser roja, como el corazón de los volcanes, como el centro de la Tierra, porque es el centro de mi mundo. Y la deseo igual que te deseo a ti, anhelo fundirme en ella y recorrer su sabor, pero tú no me lo permites, porque temes que si por un momento dejo de decirte cuánto te quiero, si dejo de hablarte de lo hermosa que mis manos te ven, dejaré también de amarte.

            Dejar de amarte… ¡como si eso fuera posible! Aunque quisiera, solo tendría que recordar tus colores para volver a sentir de nuevo que el amor me invade, porque contigo he aprendido a verlos, y te quiero a través de ellos. Por eso, mi ángel rubio de rosadas mejillas, mi ninfa blanca de azules ojos, necesito verte otra vez, hoy mismo, en el lugar de siempre.

            Eternamente tuyo,

Homero Feliz”.

            Ella dobló la carta, y la metió en su bolso. “Estos poetas ciegos, qué cursis y qué cargantes me resultan. Menos mal que pagan bien”. Y la prostituta africana se ajustó la mini-falda, se pintó los labios, y echó a andar hacia el parque para hacer el primer servicio de la noche.

martes, 12 de febrero de 2013

PARA SAN VALENTÍN


            El catorce de febrero del ‘92, a mi “yo emocional” le arrancaron un trozo considerable; han pasado muchos años, pero cuando la fecha se acerca no puedo evitar recordar aquel como uno de los peores días de mi vida, así que no me gusta que el día de San Valentín me regalen nada. Ni siquiera flores, porque las que yo compré ese día fueron para adornar una tumba. Sin embargo, mi medio pomelo se merece lo mejor del mundo, y por él soy capaz de celebrar cualquier fiesta con una sonrisa, aunque lleve un crespón negro cosido al corazoncito.

            Este año la cosa está un poco compleja, la verdad. Si miráis alrededor, casi todos estamos pasando por una situación económica más o menos complicada, de modo que, definitivamente, desecho la idea de comprar cualquier regalo. Cuando paso junto a las tiendas, llenos sus escaparates de corazones y angelotes de arco y flecha, no necesito taparme los ojos para que no me entre la tentación, porque ya mi tarjeta de crédito, desde su escondite del bolso, se encarga de decirme, cual Pepito Grillo extraplano: “ni se te ocuuuuurraaaaa”. Y más me vale hacerle caso.

            Pensé, fugazmente, en una tartita, de esas tan monas con forma de músculo cardíaco, o en unas bonitas galletas alusivas al tema. Entonces me visualicé a mí misma sobre la báscula del baño, la última vez que osé pesarme. Jamás confesaré la cifra. Solamente os digo que la pobre electrodoméstica chilló como una posesa hasta que me bajé, y ya no ha vuelto a ser la misma. Definitivamente, no.

            Como último recurso, nos imaginé a los dos en un restaurante, atendidos por un par de elegantes camareros, con luz de velas y un violinista derramando románticas notas al aire. Brindaríamos con un buen vino, degustaríamos los platos que más nos apeteciesen, y nos miraríamos arrobados, como corresponde a dos enamorados que están tontos perdidos el uno por la otra y la otra por el uno, o sea, como nosotros. Lo malo es que, en esa soñada escena, se coló el jefe de sala con la cuenta, y se rompió el hechizo: entre lo señalado de la fecha y la subida del IVA, la cifra me congeló el romanticismo, haciendo llorar, de paso, a mi decrépita billetera, que no la jubilo porque la uso muy poco, pero que la pobre ya no está para muchos trotes. Y menos para estos disgustos. Olvidemos lo del restaurante, porque el presupuesto solamente da para ir al MacDonald’s, y eso es todo menos romántico.

            Creo que ya sé lo que voy a hacer: una cena especial preparada en casa, pero que parezca de restaurante. No hace falta gastarse mucho, veréis. Si los mejillones de lata se comen directamente de la lata, queda cutre. Pero si los colocas en un platito con algunas patatas fritas, espolvoreas perejil y dibujas corazoncitos de kétchup en los bordes del plato, ya hacen otro efecto. Igual pasa con los espárragos, que solos no parecen nada, pero con un poco de pimienta, unos pegotillos de mahonesa bien distribuidos y alguna viruta de corteza de limón (que no se come, pero adorna que no veas), parecen salidos de la cocina de Arzak.

            Seguimos con la ensalada. Tomates cherry, de las macetas del balcón. Albahaca, de la misma procedencia. Lechuguita, y un vinagre de esos modernos de reducción de vino de nosedónde a la frambuesa, o similar (carreflús, un euro el bote). Si lo pones todo bien arreglado, luego dibujas por encima una cuadrícula de chorricos de vinagre y queda de escándalo. ¡Ah! Y queso, del que se quedó duro en la nevera, rallado y espolvoreado, como toque de “chic europeo”. Vamos, inmejorable.

            Para el segundo plato, primero pensé en unas truchas, pero luego empiezas que si la espina, que si la cabeza, y queda incómodo. Recurriremos a las pechuguitas de pollo, baratas y socorridas. Unas berenjenas, que ahora están a buen precio, todo en daditos, un pelín de cebolla y una buena besamel (beeesameeeeel, besamel muuuuchooooool… siempre que hago esa salsa canto eso, no sé por qué. Asociaciones de ideas raras de este cerebro mío). Y para postre, he visto los plátanos a un euro el kilo, que ensartados en palitos con gajos de mandarina (rodaja, gajo, rodaja, gajo) y con unos hilillos de caramelo líquido que tengo por ahí de un día que hice flan, quedan buenísimos.

            ¿Qué se me olvida? ¡Ah, sí, el vino! Lambrusco fresquito. No es muy bueno, pero sí barato, entra bien, y a la segunda copa se te pone la risa boba y todo te parece más bonito, y más romántico, y más de todo. Perfecto.

            Por último, el café. Solo y con sacarina, como a él le gusta. Entonces es cuando hay que susurrar ESO. Sí, no os hagáis los tontos. ¡Eso! ¡Venga, no me toméis el pelo! No me lo puedo creer. ¿Cómo que no lo sabéis? “Eso” es… (póngase lo que uno prefiera: “te quiero”, “te quiero”, “te quiero” o “te quiero”. O “te quiero”. O “no llevo ropa interior”. O…)

            Feliz San Valentín.

domingo, 10 de febrero de 2013

SE VENDE TIEMPO


            Cuando la muerte le dijo a Meritxell que vendría a buscarla temprano, la dejó conmocionada por unos días. “¿Cómo de temprano?”, le preguntó. “De ti depende”, contestó la de la guadaña, con su voz cavernosa y burlona. “Perdería todo el respeto que el hombre me tiene si solamente viniera para buscar a los viejos. Yo no nací para ser el alivio del ser humano, sino para ser su azote. Si no me tuvieran miedo a mí, no habría orden en el mundo, de modo que, de vez en cuando, vengo y me llevo algún joven. Así, la humanidad no olvida que, al final, siempre gano yo, y que aún no ha llegado quien pueda vencerme. Tú vas a ser mi elegida antes que la mayoría”. Y, dicho esto, acarició la mejilla redonda de la muchacha y se marchó.

            Meritxell tardó varias semanas en asimilar la idea de que muchos de los planes que para sí misma soñó desde niña no se cumplirían jamás. Quizá no le diera tiempo a ser madre, tal vez no llegara a conocer el amor de verdad, o a viajar para ver los sitios que encendían su imaginación. Tampoco sabía qué forma elegiría la Muerte llevársela, si de pronto, con un accidente, o de forma lenta, con una enfermedad. Tantas dudas eran más de lo que alguien inquieto y joven como ella podía soportar, de modo que salió una noche a la calle a buscar a la de la guadaña. Después de mucho vagar la encontró sentada en la sala de espera del hospital.

            “Señora, no es por molestar, pero me gustaría que me aclarase algunas cosas sobre lo que me dijo de llevarme con usted. ¿En qué medida depende de mí? ¿Cuánto tiempo me queda para volver a verla? ¿Cuántas cosas podré hacer antes de que ese momento llegue?” La harapienta Muerte, con gesto aburrido, se colocó una costilla que se le había torcido al sentarse. “Mira, guapa, yo no doy nunca día y hora de mis apariciones. Si no, esto no tendría mucho sentido, la verdad. Solamente te diré que, cuanto más pienses en mí, peor será tu vida. Ya que sabes que no te harás vieja, trata de ser feliz. Si actúas guiada por lo que quieren y esperan los demás de ti, vivirás más años, pero serán peores, amargos y eternos. En cambio, si vives como tu corazón te lo ordene, tu tiempo será más corto, pero al menos podrás decir que mereció la pena. Piénsalo bien, y luego decide”. Después de terminado su discurso, la Muerte se levantó para besar a un hombre que entraba en ese momento en una camilla por la puerta de Urgencias. Ante la impotencia de los médicos, salieron juntos del hospital, cogidos de la mano como dos enamorados, y se perdieron en la ciudad.

            Meritxell se fue a casa pensando en las palabras de la Muerte. Tenía quince años, y decidió que, ya que iba a morir, lo haría divirtiéndose de lo lindo. Abandonó los libros y no se dejó droga por probar, fiesta por exprimir ni chico con quien ligar. Se bebía todo lo que encontraba, se fumaba todo lo que le ponían delante… Desesperó a su familia, nadie entendía en qué se había convertido aquella niña inteligente y educada que con tanto mimo habían criado. Una noche de esas, su cuerpo intoxicado de alcohol cayó inconsciente al suelo de un aparcamiento, en pleno botellón. Mientras los médicos del hospital trataban de hacerla reaccionar, la Muerte le pellizcó en un brazo. “Niñata estúpida, te dije que vivieras tu tiempo como tú quisieras tratando de ser feliz, y lo que estás haciendo es tirar tu escasa vida por el váter. ¿Qué parte de mi mensaje no has entendido?”. La joven abrió los ojos, y con la lengua hinchada y balbuceante, replicó: “Le estoy haciendo caso a usted, no me regañe. Me dijo que si vivía como a mí me daba la gana, sin dejar a los demás decidir por mí, mi tiempo sería mejor, y eso intento”. El esqueleto le propinó un bofetón. “¡Despierta, pava! ¿No ves que son las drogas las que te manejan? ¿Para qué tienes la cabeza? ¿Esta es la idea que tú tienes de la felicidad?” Meritxell cerró los ojos, aturdida. Cuando los volvió a abrir, la Muerte ya no estaba.

            Retomó todo donde lo había dejado suspendido. Comenzó derecho, como siempre había querido su padre, y lo dejó en segundo, porque no era lo que ella deseaba. No tenía tiempo que perder, le gustaba más cocinar, de modo que se matriculó en una escuela de hostelería. Allí comenzó a salir con Arnau. Después de diez años juntos, con el restaurante ya en marcha, lo normal era casarse, y comenzaron a preparar la boda, aunque Meritxell ya no le quería como antes. De hecho, había comenzado a sentir una fuerte atracción por uno de los camareros, que respondía a sus miradas con el mismo ardor que ella experimentaba.

            Por no montar un escándalo que afectase a las dos familias, se casó con quien “debía”; después de nacer la niña, se dio cuenta de que no podía continuar con aquella mascarada de matrimonio, hacía tiempo que se veía con Oriol a hurtadillas, y no podía seguir manteniendo tantas mentiras. Se separó, y el escándalo fue mayúsculo. Oriol también se separó de su mujer, y la pareja ya no se escondió nunca más de nadie. Para evitar males mayores, los dos dejaron el restaurante y alquilaron un pequeño local para poner su propio negocio de hostelería juntos.

            Meritxell se despertó una noche, cinco años después de haber decidido, por fin, vivir junto al amor de su vida en contra de la opinión de los demás. Aún había quienes no les habían perdonado, pero aprendieron a vivir con eso, afrontando todo lo que pudieran opinar de ellos con la seguridad de haber hecho lo mejor. El chasquido de los dedos huesudos de la Muerte la sacó de su sueño. “Hola, Meritxell. He venido a buscarte porque llegó tu momento”. La mujer, presa de la angustia, se echó a llorar. “¿Por qué ahora? Casi no he podido disfrutar de la vida junto a Oriol, que es quien me ha hecho realmente feliz. ¿No podrías darme un poco más de tiempo?”

            La Muerte, con un mohín en su rostro de “te lo avisé”, le dio a escoger. “Puedo venderte una prórroga, pero el precio es alto. Elige: ven conmigo ahora, o vive un año más con una enfermedad terrible. Si decides que sea hoy, no sentirás ningún dolor, provocaré un derrame en tu cerebro, te dormirás y nos iremos. Si decides comprarme un año, será a costa de mucho sufrimiento, pero tendrás la oportunidad de despedirte de aquellos a los que amas, y también de que se acostumbren a la idea de que pronto no estarás. ¿Qué decides? ¿Serás capaz de aguantar, o prefieres que te encuentren muerta cuando se despierten?”

            Meritxell miró a Oriol, que dormía tranquilo a su lado. Después fue a ver a Laia a su habitación, acarició sus rizos morenos y pensó que merecían ese tiempo más que nadie en el mundo, aunque fuera a costa de un precio tan alto. Por eso, le tendió la mano a la de la guadaña, y compró su último año a cambio del dolor.

            Anoche murió, después de una dura lucha contra el cáncer. Lo hizo rodeada por todos los que la querían, tras doce intensos meses demostrando valor, entereza y un inmenso amor por los suyos, que ellos le devolvieron con creces cada día, cada minuto precioso desde que supieron que su tiempo se acababa. No le importó el sufrimiento, porque tuvo la oportunidad, a cambio, de dejar todo en orden. No dudó de que, de verdad, había merecido la pena.

            El último beso que sintió en su cara no fue el de la Muerte, sino el de Oriol, el de Laia, el de sus padres, el de sus hermanas, el de sus amigas más queridas, porque nadie faltó a la cita. Después, cerró los ojos y se dejó ir sonriendo.

jueves, 7 de febrero de 2013

AGRAVANTES


            “Levántense los acusados”, ordenó el juez. En la sala, el silencio era tan denso que se podía haber cortado como un cuchillo. Se pusieron de pie, y todos miraron al frente, hacia el jurado que les observaba como queriendo descifrar sus pensamientos. Tres jornadas de juicio habían sido suficientes para que aquellos hombres y mujeres tuviesen una idea clara de los hechos; los testigos ya habían declarado, y también los acusados, jurando que lo que decían era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Los acusados rehusaron un abogado, no lo necesitaban. Lo que hubiera de ser, sería, y así lo aceptarían, con nobleza, a cara descubierta. Como siempre habían hecho.

            “¿El jurado ha alcanzado un veredicto?” Todos ellos asintieron, y los “presuntos” se miraron. En el fondo ya lo sabían, pero siempre queda una esperanza. Mientras no se pronuncian esas palabras, es como si no existieran. Después de escucharlas ya no hay vuelta atrás, pero hasta que alguien las dice aún queda una mínima posibilidad de que el final sea distinto.

            El ujier se acercó al estrado con un papel en la mano, y el juez se colocó las gafas de vista corta y comenzó a leer. “Después de valorar las declaraciones de los testigos y acusados, este es nuestro veredicto.

El señor Sacapuntas Rojo, el señor Cera Verde, el señor Carioca Marrón, el señor Alpino Blanco, los señores lápices Ikea, Tablas de Multiplicar y Rayado del 2, los hermanos Bic, los señores gomas Milan Nata y Pelikan Boli, el señor Stabilo amarillo fluorescente, el señor Pegamento Imedio y demás cómplices y colaboradores son encontrados culpables de los siguientes delitos:

Lesa majestad, por burlas despiadadas a la figura del Rey y su familia, que tanto hacen por mostrar al mundo las excelencias de nuestra amada patria.

Desacato a la autoridad, poniendo en entredicho la buena intención del gobierno actual y su brillante gestión, tanto económica como en materia educativa.

Intromisión al honor de empresas privadas de probada buena influencia en la población, como son las televisiones que, con sus contenidos edificantes y altamente intelectuales, elevan el nivel cultural del país, beneficiándonos a todos.

Incitación al desorden público, animando a la ciudadanía a salir a la calle y protestar de cosas que funcionan perfectamente, como por ejemplo el sistema bancario, gracias al cual gozamos del nivel de bienestar que todos conocemos.

Subversión, por insinuar sin pudor alguno una supuesta falta de honorabilidad de destacados personajes que ostentan el poder político y han sido elegidos por el pueblo de manera democrática.

El líder de la banda, el señor Boli de Cuatro Colores, es acusado además de cargar las tintas, con sus cuatro afiladas puntas, escribiendo coplas ridiculizantes, sangrantes, descalificatorias y pretendidamente graciosas sobre temas de los que a este tribunal no le conviene que se hable, con los agravantes de nocturnidad, alevosía y reincidencia.

Por todo ello condenamos a los aquí presentes materiales escolares a la pena de un año de confinamiento en su estuche, con la cremallera cerrada, en el cajonazo más grande del escritorio de este tribunal, quedando fuera del concurso oficial.

¿Tienen algo que añadir los acusados?”

El bolígrafo de cuatro colores levantó la mano. “Señoría, con la venia. Estamos en Carnaval, y durante ese tiempo tenemos permiso para cantar y decir en nuestras coplas lo que nos dé la gana. No es nuestra culpa que ustedes nos den motivos de sobra para cuartetas como las que se han juzgado aquí. A los buenos carnavaleros no les calla, ni este tribunal, ni el mismísimo Papa de Roma, que como se descuide tampoco se libra de la quema. A los buenos carnavaleros no les juzga un jurado, sino el pueblo en la calle. Por tanto, puede usted hacerse un avioncito de Ryanair con el veredicto que tiene en la mano, que nosotros nos vamos a los tablaos a cantar del Rey, del banco, del Ayuntamiento y de quien se nos ponga delante. Ea, que se levanta la sesión”.

Y dicho esto, ceras, rotus, bolis, gomas, sacapuntas, pegamento y todo el resto del material se marcharon a tomarse unas copas a la salud del jurado, y cantaron todo lo que les dio la gana sin dejar títere con cabeza. Como debe ser.

miércoles, 6 de febrero de 2013

¿LA FERRETERÍA MÁS CERCANA?


            Boni llegó a la residencia un mes de octubre. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer mismo. Lo trajo su hijo, la nuera no bajó siquiera del coche. Venía vestido con un pantalón de chándal azul marino, el típico de las tres rayas blancas en el lado exterior de las perneras, una camisa de cuadros y un jersey de mercadillo. En sus pies, unas zapatillas de estar por casa baratas. Todo su equipaje era una maleta, y cuando la deshice me quedé de piedra: otros dos pantalones iguales, otras dos camisas iguales y otros dos jerseys de la misma ganadería, un par de zapatillas aún más raídas que las que llevaba puestas, y dos camisetas interiores. Ni calzoncillos, ni calcetines, ni nada más. Bueno, sí: cuatro maquinillas de afeitar desechables y un peine.

            Me asomé a la ventana para ver marchar al hijo. No llevaba mal coche; la falta de equipaje no era cuestión de escasez de recursos, por lo visto. La religiosa de la planta y yo nos miramos, y sin hablar nos entendimos. Me mandó a la ropería, a buscar en los armarios de reserva ropa de su talla: pantalones de vestir para ir a misa los domingos, pijamas, calzones, calcetines. Lo mínimo. Hay mucha gente que piensa que a los abuelos, cuando ya salen poco y no pueden contener sus esfínteres, no vale la pena ponerles ropa aseada que les mantenga viva su maltrecha dignidad, y a algunos les niegan incluso el llevar calzoncillos, o bragas, aunque sea sobre el necesario pañal. Hay quien piensa que no les hiere verse así, pero se equivocan.

            Toda la ropa de reserva que teníamos procedía de residentes difuntos, aquellos cuyas familias habían donado las prendas de los que se nos iban para suplir las carencias de los que iban llegando. Estaréis pensando que el tema es un poco macabro. Lo de vestir a ancianos con la ropa de otros que han muerto, digo. Pero si bien lo miráis, cuando los recursos son pocos no se puede desaprovechar nada, y si te traen a alguien desnudo te ves en la obligación de cubrir su desnudez; si la familia no proveía, tampoco tenía derecho a quejarse. Así que aquella tarde busqué un poco de todo, planché algunas camisas, cosí etiquetas con las iniciales de Boni y el número de la planta en la que iba a vivir, y le compuse un armario decente.

            Lo que intuíamos que pasaría fue exactamente lo que pasó: en los dos años que aquel pobre hombre que apenas hablaba vivió en la residencia, no fueron nunca a verle. Nunca. Ni el hijo, ni la nuera, ni los otros dos hijos, ni los nietos. Nadie. Tampoco le trajeron una chaqueta nueva por Navidad, ni esponjas, ni jabón. Le lavábamos con el gel que compraban las monjas para los internos sin recursos, de marca blanca en botella de litro, y le poníamos colonia de la de granel. La familia ingresaba su pensión para cubrir la residencia, y ya. Una vez se puso muy enfermo, y les llamamos para que viniese alguien porque íbamos a llevarle al hospital. Me fui de allí a las tres de la madrugada sin que hubiese aparecido nadie.

            Cuando trabajas en una residencia te das cuenta de que hay varias clases de familias: las que llevan allí al abuelo por necesidad y los que lo llevan para poder olvidarlo. Los primeros, ya sea por falta de tiempo, o de espacio en casa, o por las necesidades asistenciales del enfermo, lo internan para que esté acompañado y mejor atendido, y van a verle, lo sacan a pasear, lo acompañan muchas tardes, juegan a las cartas con él, le cuentan cómo van las cosas, o simplemente le cogen la mano y le ayudan a cenar. Los segundos solo vuelven cuando les llamas para decirles que su padre ha muerto. Para ellos, residencia y olvidadero son sinónimos.

            El día en que Boni murió, la monja que estaba de turno y yo amortajamos su cuerpo. Lo lavamos, lo vestimos, lo afeitamos, lo peinamos con cuidado. Le pusimos las gafas, porque si no, no parecía él, y le colocamos unos zapatos de vestir “heredados”, para que no se fuera en zapatillas de estar por casa. Estábamos terminando de recoger la habitación cuando llegaron ellos, los tres hijos y las tres nueras. Arramblaron con todo: la ropa que no era suya, los pañales que no había utilizado, el bote de gel a medio terminar, las esponjas aún húmedas de haberle limpiado yo misma el trasero minutos antes. Las gafas, el peine, la colonia barata de granel. Lo metieron en bolsas y se lo llevaron a sus coches.

            La monja y yo les mirábamos sin decir nada; no estábamos sorprendidas, porque no era la primera vez que veíamos ese comportamiento. Pero el colmo fue cuando nos pidieron los alicates. “Es que lleva un sello y el anillo de casado, y no se los podemos quitar. Y claro, no pretenderán que le entierren con el oro puesto, ¿verdad?”

            La monja les dijo que, si querían alicates, que fueran a la ferretería y los compraran. Qué tristeza, pensar que el único dinero que se iban a gastar en su padre iba a ser en una herramienta para arrancarle los anillos de sus dedos rígidos. Vinieron a preguntarme a mí dónde estaba la ferretería más cercana.

            Yo no sé si Boni fue un mal padre, no sé si fue buen hombre, si les pegó o les quiso, si trató bien a su madre o le fue infiel. No sé qué falta tan grande pudo cometer para que ellos se portasen así. Solo sé que era su padre, y al menos, por el hecho de haberles dado la vida, se merecía un mínimo respeto.

No les mandé a la ferretería. Les mandé a la mierda, con todas las letras. Me gané un expediente, pero me quedé bien a gusto.