jueves, 28 de febrero de 2013

CON PIES DE BARRO


            Un comportamiento muy propio de los seres humanos es lo de idealizar a nuestros semejantes. Alguien destaca, da igual por qué; le admiramos, y poco a poco le vamos elevando a nuestro particular altar. Cada vez le vemos más guapo, cada vez le encontramos más amable, más sonriente, más bueno, más magnético. Se va convirtiendo en nuestro modelo a seguir, imaginamos que en su día a día todo es igual de formidable que en sus apariciones públicas. Imaginamos que no tiene ningún defecto, o, como mucho, tiene alguno pequeñito, insignificante y perdonable.

            Para nosotros, esas personas a las que admiramos tan profundamente son mejores que los demás, sobresalen del común de los mortales. No somos siquiera capaces de imaginarlos en situaciones comprometidas o poco agradables, como yendo al lavabo, al ginecólogo, o cortándose las uñas de los pies. Es casi como si no fueran humanos mortales igual que nosotros, como si hubiesen bajado de algún lugar que a los demás nos está vedado. Preguntad, por ejemplo, a las más encendidas fans de Bisbal, a los adoradores de Cristiano Ronaldo o Messi, a los que idolatran a Charlize Theron o a quienes les hacen los ojos chispitas en cuanto les nombras a Madonna, Pablo Alborán y demás, porque estrellas hay de todos los tipos, tamaños, colores y talentos.

            Lo malo de esto es cuando el ídolo comienza a meter la pata, o sea, a mostrarse humano con todas sus consecuencias, y se te rompe el mito. Así, de repente te encuentras con que Maradona le pega a la coca y va abandonando hijos por ahí, Ronaldo come como un cerdo y vale la pena saltarlo antes que rodearlo, Lance Armstrong lo ganaba todo porque iba dopado hasta las pestañas… Salta en pedazos todo lo que significaron un día, y ya no vale de nada cuanto hicieran de bueno, porque jamás se les vuelve a mirar igual. Desaparecen los ejemplos de superación personal para convertirse en un simple “lo hacía por dinero”. Entonces, la actriz ya no es tan deslumbrantemente guapa, el cantante ya no te embelesa, la cara del corredor te inspira más asco que otra cosa. Empiezas a darte cuenta de que, aunque destaquen o hayan destacado por alguna faceta, descuidaron demasiado las demás, incluso las verdaderamente importantes. Descubres que no son mejores que tú.

            El último gran ejemplo de lo que digo es el de Óscar Pistorius, que ha pasado en menos de un año de ser el súper hombre que supo sobreponerse a su deformidad y colocarse a la altura de los mejores corredores sin tener piernas, a ser un monstruo que apalea a su novia y la asesina de cuatro tiros. Y a ti, que lloraste de emoción al verle correr en las olimpiadas de Londres, con sus prótesis biónicas, su mirada de tenacidad y su coraje, se te queda cara de panoli, el estómago encogido y una sensación de haber sido estafado que no se te quita en semanas. Era, como los demás, un ídolo de pies de barro; vino el agua, se ablandó y cayó. Sin más. La apariencia dorada se la habían dado nuestros propios ojos. Bueno, y la publicidad de la televisión, que siempre ayuda.

            Hace mucho tiempo aprendí a tomar ejemplo de personas cercanas. En ellas veo cosas que admiro, pero también todo lo demás, y eso me hace tener la cabeza sobre los hombros, sin más decepciones de las que, imagino, yo misma podría producir en los demás. Tal vez mis particulares ídolos no sean superfabulosos, superguapos, superdeportistas, supermillonarios ni super-nada, pero todos me enseñan cosas que me hacen ser mejor. Y no me ocultan ninguna de sus caras. Así no hay trampa, ni cartón, ni espejismo. Admiro y admiraré a mi madre por su paciencia conmigo y su amor infinito; a mi padre, por su capacidad intelectual, su hambre de cultura y su abrazo protector. Admiro a mi mitad por su tolerancia, su capacidad de adaptación y la seguridad que su sola mención proporciona a todos los que le conocemos. Admiro a mis amigos Josué y Gustavo por sus voces inmensas y el cariño que me devuelven, y también a mi amiga Teresa por su capacidad de mirar hacia delante a pesar de los problemas. Estos son solamente cuatro ejemplos. Podría seguir, pero la lista sería interminable.

            Tener un ídolo que nos sorbe el seso, al que adoramos y al que querríamos parecernos en todo, es un grandísimo atraso, porque todos nosotros tenemos algo digno de ser admirado. Saquémosle brillo a nuestras propias cualidades, y hagamos un gran “collage” con las cosas que nos gustan, para que nuestro modelo no tenga pies de barro, sino unas raíces firmes en la tierra, ramas que nos den sombra, hojas que nos proporcionen aire que respirar y frutos que nos alimenten.

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