viernes, 15 de febrero de 2013

COSAS QUE NO ENTIENDO


            Últimamente estoy un poco confusa. Y no, no es cosa de la gripe esta fastidiosa que me tiene las neuronas medio derretidas. Ya hace bastante tiempo que me siento así, porque vengo notando que a mi alrededor pasan muchas cosas que no entiendo. No les encuentro explicación por más que se la busco, y mira que me esfuerzo, pero nada, no hay manera. Aún va a resultar que fui a un colegio distinto del resto de gente, o que algún tipo de rara dislexia hizo que entendiese al revés cuanto me enseñaron.

            Desde mi más tierna infancia me insistieron en que las niñas y los niños podíamos aprender las mismas cosas y alcanzar las mismas metas. De hecho, nos enseñaron a leer a todos igual, a sumar, a restar, multiplicar y dividir del mismo modo. Ya sabéis: la M con la A, “MA”, dos mas dos, cuatro, y tres por dos, seis. Yo aprendí todo eso igual que los chicos, y no soy más lista que nadie, porque aún lo recuerdo. Y no me salen las cuentas.

También teníamos una clase de economía doméstica, en la que nos decían que tanto trabajas, tanto te pagan y tanto tienes para gastar; que si se hacen trabajos extra en las horas de ocio, el sobresueldo permite ciertas holguras, y ya. Que el dinero no cae del cielo, y que cuanto más preparado estés, mejor trabajo tendrás y mejor será el resultado de tus cuentas. Ahí también aprendíamos a distinguir los gastos superfluos de los necesarios, que comer es imprescindible, que a los hijos hay que procurarles educación, y que tan importante era que nosotras supiéramos administrar las cuentas familiares como que ellos supieran cocinar o planchar, de modo que todos lo practicamos todo. Pues nada, por lo visto, también hubo muchos que no fueron a esas clases. Y no me refiero a personas que ya cobran pensión de jubilación, no. Me refiero a gente de mi edad.

Luego estaban las clases de religión, de las que no nos podíamos librar; curiosamente, en los coles más modernos daban ética (en el mío no), y los valores que se enseñaban eran, en esencia los mismos. La ayuda a los demás, la importancia del respeto, del valor ante lo injusto, de la honradez, de la educación. La dignificación de la persona a través del trabajo. Puedo jurar que eso se estudiaba, aún guardo algunos cuadernos de aquella época. Por eso, cuanto más los repaso, menos lo entiendo.

No entiendo que algunas señoras muy conocidas juren y perjuren que no sabían de dónde salía el dinero que traían a casa sus maridos, que desconocían que fueran fruto de actividades fraudulentas. ¿Que qué? ¡Anda ya! Si mi marido empieza a traer a casa cantidades de dinero fuera de nómina, me doy cuenta más pronto que tarde, porque sé sumar, y dos mas dos son cuatro, no diecisiete ni cuarenta y dos. Cuatro. Todo lo demás sale de algún sitio, y quien no se hace preguntas es porque sabe pero no quiere saber. Si yo salgo a cantar, puedo traer a casa cincuenta, o sesenta euros que saben a gloria. Si salimos a tocar, puede que con suerte traigamos treinta o cuarenta cada uno, aunque muchas veces no llega ni a la mitad. No colaría que yo volviese a casa de un bolo con ocho mil euros, porque mi chico es listo y no traga. Cuando estábamos planeando la comunión de la niña, ahorrábamos para poder llegar a costear la celebración, contemplando cada gasto sin dejar nada al azar. Si de pronto hubiera llegado mi marido y lo hubiese pagado todo con esplendidez, ampliando la lista de invitados y sin reparar en gastos, el tema me daría qué pensar.

No me sirve. No me sirve que se defiendan diciendo que “yo no sabía lo que él ganaba”, “no preguntaba de dónde salía el dinero”, “no soy responsable de los delitos que él haya podido cometer”. No eres responsable. Eres cómplice, porque sabías que esos euros no eran limpios, y los disfrutaste. Porque tú también sabes sumar, multiplicar y dividir, y deliberadamente “olvidaste” hacerlo porque te convenía. Porque tus viajes en avión privado a Marruecos a comer cus-cús, los confetis de tus celebraciones familiares, los fastos de la boda de tu hija como si fuera una infanta de España, la colección de Vuittones que tienes en el armario han salido del pelotazo, el fraude, el blanqueo, el soborno, la estafa, el robo y la malversación, y no de tu nómina ni de la de tu marido, que por mucha carrera universitaria que uno tenga, el trabajo honrado no da para tanto. Para darse cuenta de ello solo hace falta saber sumar. Para no darse cuenta, hay que ser retrasado mental, analfabeto o las dos cosas, y ninguna de las señoras a las que me refiero lo son. Más bien son demasiado listas, me temo. Y no entiendo por qué no están ya desde hace tiempo, ellas y sus maridos, ante un juez que de verdad haya ido a la escuela y aplique lo que aprendió.

Otra cosa que no entiendo es la cantidad de asesores de todo tipo que tenemos, nombrados a dedo, cuyo sueldo (astronómico) pagamos entre todos, y que no tienen más que estudios primarios. ¿Qué hace la gente realmente preparada en la cola del paro o emigrando a Alemania? Yo se lo diré: hace el imbécil. Aquí, al final, o nos vamos todos y que se apañen esta caterva de sinvergüenzas, o les mandamos a ellos al paro y que emigren si quieren comer.

No sé si es que yo no entendí lo que me explicaron, o es que en esta ecuación hay una variable que sobra: o ellos o nosotros. Vosotros diréis. Yo lo tengo claro.

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