lunes, 25 de febrero de 2013

CREER EN LA GENTE


            Esto de la crisis desastrosa en la que vivimos, sumergidos todos, asfixiados muchos, y tratando de salir a flote la mayoría, va a tener la virtud de despertarnos. Vivíamos pensando que cualquier cosa que pudiéramos soñar la podíamos conseguir, y no es así. Esto es la vida real, no un anuncio de Coca-Cola, Punta Cana no es un paraíso de obligada visita para todos, ni vivir de alquiler es tirar el dinero, ni un conductor que solo va a circular por carreteras necesita un enorme todo-terreno que traga más combustible que un reactor de cuatro turbinas. Que por mucho que el banco te diga que sí, es que no, y el brazo no se puede alargar más de lo que da la manga sin correr serio riesgo de que, de tanto estirar la tela para que cubra más, al final se rompa y se nos vea el culo.

            Cuando nos dimos cuenta de que no vivíamos en los Mundos de Yupi, el batacazo fue tan serio que nos volvimos animales heridos. Feroces. Tratamos de defender ese estatus indefendible culpando a los demás; si un cliente no pagaba, le amenazábamos. Si un proveedor nos exigía, le dábamos largas llamándole cabrón por la espalda. Alguien tenía que tener la culpa de lo que estaba ocurriendo, y casi siempre era el de al lado. “Fulano me está robando los clientes”, pensaba el pequeño empresario. “Fulana infla los precios para forrarse a mi costa”, pensaba el consumidor. “Este año no voy a poder tener vacaciones”, pensaba el trabajador. Y vivíamos enfadados todo el tiempo.

            Han pasado ya tres años desde que esto explotó, y creo que ya vamos entendiendo quiénes son los culpables de todo, y no es el de al lado. No es el que te compra lo tuyo ni el que te vende lo suyo. Son los de arriba. Porque, no nos equivoquemos, si algo nos han dejado claro es que, por dinero que tuviéramos, por buenos coches que compráramos y buena ropa que usáramos, por buen sueldo que nos pagasen y buenos viajes que nos pegásemos, seguíamos siendo los de abajo. Y aunque parezca que alguno de los de arriba ha caído o se ha arruinado, nunca es tal, porque ellos ya sabían que esto se iba al garete, y ya se procuraron lancha salvavidas en la que flotan con un Martini en la mano mientras los demás tratamos de no ahogarnos. Durante unos años hemos soñado que podíamos, y lo único que hemos hecho ha sido llenarles los bolsillos alegremente, para que ahora puedan hacer y deshacer a su albur, recuperando el control total. Y se ríen de esa falsa impresión que un día tuvimos de que el futuro de nuestro país estaba en manos de todos.

            Eso no quita para que esta crisis tenga un lado positivo. Y es que de verdad, por primera vez en mucho tiempo, hemos dejado de mirarnos el ombligo para mirar la cara del de al lado y compartir lo poco que nos ha quedado entre las manos. No son grandes rescates, sino pequeños gestos que a priori no parecen ser ninguna heroicidad, pero que tienen su significado tierno, verdadero, solidario y francamente esperanzador.

            Yo tengo una amiga a la que no conozco (milagritos de internet) que trabaja en una administración de loterías. Es una persona que padece una dolorosísima enfermedad y que podría estar siempre compadeciéndose de sí misma, pero no lo hace: cuanto más se hincha, cuanto más le duele, más se agudiza su vista hacia los que la rodean, porque lo suyo no tiene cura, pero mejorar la vida de los demás la consuela como ninguna otra cosa. Hoy me contaba que a su establecimiento se acerca cada poco una anciana; rebusca en las papeleras para obtener los décimos no premiados que tiran los clientes después de comprobar que no valen nada. Hoy le ha preguntado para qué los recoge. “Se los doy a mis nietos y les digo que son cromos. Lo malo es que ya vienen un tiempo preguntándome por el álbum, y yo les digo que no quedan en el kiosko, pero es que en realidad no se lo puedo comprar”. Y después se ha echado a llorar, justo como estáis haciendo ahora muchos de los que me leéis, porque os estáis poniendo en su pellejo, estáis imaginando la cara de vuestros propios nietos, o la de vuestros padres ya mayores. O quizá el rostro de la anciana lo estéis visualizando parecido al de esa vecina que sabéis que apenas tiene para comer decentemente a final de mes. Seguro que ya todos tenéis cara y voz para los personajes de esta historia.

            Esa amiga, a la que no conozco pero a la que ya quiero, le ha pedido a la anciana: “dígale a sus nietos que mañana reciben los álbumes en el kiosko, que no se preocupen”. Y en cuanto ha podido, se ha escapado a comprarlos. Y, o mucho me equivoco, o le guardará cuantos décimos no premiados pueda reunir a la pobre abuelita para que no tenga que meter las manos en las papeleras tratando de encontrarlos.

            La protagonista de mi historia de hoy no es esa lotera, ni la anciana. No son tampoco los maestros de ese colegio que, a pesar de haber perdido un porcentaje de su sueldo y la paga extra, compran a diario de su bolsillo zumos y galletas para los niños que llegan a clase en ayunas y sin almuerzo en la cartera porque en su casa no tienen nada para darles. Tampoco es esa mujer que recoge ropa usada de los amiguitos de sus nietos, la adecenta y viste con ella a los niños de una familia con problemas. Ni siquiera el bombero que se negó a descerrajar la puerta de Aurelia, en La Coruña, sabiendo que lo expedientarían por ello. El verdadero protagonista, para mí, es ese sentimiento que teníamos olvidado, perdido en el espejismo de bienestar en el que nos hacían vivir. Hemos recordado que todos tenemos una escoba en casa, y que si atamos los palos de todas, unas junto a otras, crearemos una balsa que no se hundirá, en la que cabemos todos, y a la que podemos subir, para que no se ahoguen, incluso a aquellos a los que ni siquiera eso, una triste escoba, les han dejado.

            Permitidme que siga creyendo en la gente. Ellos, los de arriba, feroces individualistas, adoradores del dinero, son tan pobres que están solos en su Olimpo de mentiras. Nosotros tenemos la verdad: nos tenemos unos a otros.

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